2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




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Ya en mi niñez no era fácil distinguir unos pueblos de los otros. Veinte años después era todavía más difícil, porque en los pórticos de las estaciones se habían caído las tablillas con los nombres idílicos —Tucurinca, Guamachito, Neerlandia, Guacamayal— y todos eran más desolados que en la memoria. El tren se detuvo en Sevilla como a las once y media de la mañana para cambiar de locomotora y abastecerse de agua durante quince minutos interminables. Allí empezó el calor. Cuando reanudó la marcha, la nueva locomotora nos mandaba en cada vuelta una ráfaga de cisco que se metía por la ventana sin vidrios y nos dejaba cubiertos de una nieve negra. El cura y las mujeres se habían desembarcado en algún pueblo sin que nos diéramos cuenta y esto agravó mi impresión de que mi madre y yo íbamos solos en un tren de nadie. Sentada frente a mí, mirando por la ventanilla, ella había descabezado dos o tres sueños, pero se despabiló de pronto y me soltó una vez más la pregunta temible:

—Entonces, ¿qué le digo a tu papá?

Yo pensaba que no iba a rendirse jamás, en busca de un flanco por donde quebrantar mi decisión. Poco antes había sugerido algunas fórmulas de compromiso que descarté sin argumentos, pero sabía que su repliegue no sería muy largo. Aun así me tomó por sorpresa esta nueva tentativa. Preparado para otra batalla estéril, le contesté con más calma que en las veces anteriores:

—Dígale que lo único que quiero en la vida es ser escritor, y que lo voy a ser.

—Él no se opone a que seas lo que quieras —dijo ella—, siempre que te gradúes en cualquier cosa.

Hablaba sin mirarme, fingiendo interesarse menos en nuestro diálogo que en la vida que pasaba por la ventanilla.

—No sé por qué insiste tanto, si usted sabe muy bien que no voy a rendirme —le dije.

Al instante me miró a los ojos y me preguntó intrigada:

—¿Por qué crees que lo sé?

—Porque usted y yo somos iguales —dije.

El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los macondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.

El tren pasaba a las once por la finca Macondo, y diez minutos después se detenía en Aracataca. El día en que iba con mi madre a vender la casa pasó con una hora y media de retraso. Yo estaba en el retrete cuando empezó a acelerar y entró por la ventana rota un viento ardiente y seco, revuelto con el estrépito de los viejos vagones y el silbato despavorido de la locomotora. El corazón me daba tumbos en el pecho y una náusea glacial me heló las entrañas. Salí a toda prisa, empujado por un pavor semejante al que se siente con un temblor de tierra, y encontré a mi madre imperturbable en su puesto, enumerando en voz alta los lugares que veía pasar por la ventana como ráfagas instantáneas de la vida que fue y que no volvería a ser nunca jamás.

—Ésos son los terrenos que le vendieron a papá con el cuento de que había oro —dijo.

Pasó como una exhalación la casa de los maestros adventistas, con su jardín florido y un letrero en el portal: The sun shines for all.

—Fue lo primero que aprendiste en inglés —dijo mi madre.

—Lo primero no —le dije—: Lo único.

Pasó el puente de cemento y la acequia con sus aguas turbias, de cuando los gringos desviaron el río para llevárselo a las plantaciones.

—El barrio de las mujeres de la vida, donde los hombres amanecían bailando la cumbiamba con mazos de billetes encendidos en vez de velas —dijo ella.

Las bancas del camellón, los almendros oxidados por el sol, el parque de la escuelita montessoriana donde aprendí a leer. Por un instante, la imagen total del pueblo en el luminoso domingo de febrero resplandeció en la ventanilla.

—¡La estación! —exclamó mi madre—. Cómo habrá cambiado el mundo que ya nadie espera el tren.

Entonces la locomotora acabó de pitar, disminuyó la marcha y se detuvo con un lamento largo. Lo primero que me impresionó fue el silencio. Un silencio material que hubiera podido identificar con los ojos vendados entre los otros silencios del mundo. La reverberación del calor era tan intensa que todo se veía como a través de un vidrio ondulante. No había memoria alguna de la vida humana hasta donde alcanzaba la vista, ni nada que no estuviera cubierto por un rocío tenue de polvo ardiente. Mi madre permaneció todavía unos minutos en el asiento, mirando el pueblo muerto y tendido en las calles desiertas, y por fin exclamó aterrada:

—¡Dios mío!

Fue lo único que dijo antes de bajar.

Mientras el tren permaneció allí tuve la sensación de que no estábamos solos por completo. Pero cuando arrancó, con una pitada instantánea y desgarradora, mi madre y yo nos quedamos desamparados bajo el sol infernal y toda la pesadumbre del pueblo se nos vino encima. Pero no nos dijimos nada. La vieja estación de madera y techo de cinc con un balcón corrido era como una versión tropical de las que conocíamos por las películas de vaqueros. Atravesamos la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y nos sumergimos en el marasmo de la siesta buscando siempre la protección de los almendros.

Yo detestaba desde niño aquellas siestas inertes porque no sabíamos qué hacer. «Cállense, que estamos durmiendo», susurraban los durmientes sin despertar. Los almacenes, las oficinas públicas, las escuelas, se cerraban desde las doce y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las tres. El interior de las casas quedaba flotando en un limbo de sopor. En algunas era tan insoportable que colgaban las hamacas en el patio o recostaban taburetes a la sombra de los almendros y dormían sentados en plena calle. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo detrás de la iglesia. Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad: las mismas casas carcomidas, los techos de cinc perforados por el óxido, el camellón con los escombros de las bancas de granito y los almendros tristes, y todo transfigurado por aquel polvo invisible y ardiente que engañaba la vista y calcinaba la piel. El paraíso privado de la compañía bananera, al otro lado de la vía férrea, ya sin la cerca de alambre electrificado, era un vasto matorral sin palmeras, con las casas destruidas entre las amapolas y los escombros del hospital incendiado. No había una puerta, una grieta de un muro, un rastro humano que no tuviera dentro de mí una resonancia sobrenatural.

Mi madre caminaba muy derecha, con su paso ligero, sudando apenas dentro del traje fúnebre y en un silencio absoluto, pero su palidez mortal y su perfil afilado delataban lo que le pasaba por dentro. Al final del camellón vimos el primer ser humano: una mujer menuda, de aspecto empobrecido, que apareció por la esquina de Jacobo Beracaza y pasó a nuestro lado con una ollita de peltre cuya tapa mal puesta marcaba el compás de su paso. Mi madre me susurró sin mirarla:

—Es Vita.

Yo la había reconocido. Trabajó desde niña en la cocina de mis abuelos, y por mucho que hubiéramos cambiado nos habría reconocido, si se hubiera dignado mirarnos. Pero no: pasó en otro mundo. Todavía hoy me pregunto si Vita no había muerto mucho antes de aquel día.

Cuando doblamos la esquina, el polvo me ardía en los pies por entre el tejido de las sandalias. La sensación de desamparo se me hizo insoportable. Entonces me vi a mí mismo y vi a mi madre, tal como vi de niño a la madre y la hermana del ladrón que María Consuegra había matado de un tiro una semana antes, cuando trataba de forzar la puerta de su casa.

A las tres de la madrugada la había despertado el ruido de alguien que trataba de forzar desde fuera la puerta de la calle. Se levantó sin encender la luz, buscó a tientas en el ropero un revólver arcaico que nadie había disparado desde la guerra de los Mil Días y localizó en la oscuridad no sólo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura. Entonces apuntó el arma con las dos manos, cerró los ojos y apretó el gatillo. Nunca antes había disparado, pero el tiro dio en el blanco a través de la puerta.

Fue el primer muerto que vi. Cuando pasé para la escuela a las siete de la mañana estaba todavía el cuerpo tendido en el andén sobre una mancha de sangre seca, con el rostro desbaratado por el plomo que le deshizo la nariz y le salió por una oreja. Tenía una franela de marinero con rayas de colores, un pantalón ordinario con una cabuya en lugar de cinturón, y estaba descalzo. A su lado, en el suelo, encontraron la ganzúa artesanal con que había tratado de forzar la cerradura.

Los notables del pueblo acudieron a la casa de María Consuegra a darle el pésame por haber matado al ladrón. Fui esa noche con Papalelo, y la encontramos sentada en una poltrona de Manila que parecía un enorme pavorreal de mimbre, en medio del fervor de los amigos que le escuchaban el cuento mil veces repetido. Todos estaban de acuerdo con ella en que había disparado por puro miedo. Fue entonces cuando mi abuelo le preguntó si había oído algo después del disparo, y ella le contestó que había sentido primero un gran silencio, después el ruido metálico de la ganzúa al caer en el cemento del piso y enseguida una voz mínima y dolorida: «¡Ay, mi madre!». Al parecer, María Consuegra no había tomado conciencia de este lamento desgarrador hasta que mi abuelo le hizo la pregunta. Sólo entonces rompió a llorar.

Esto sucedió un lunes. El martes de la semana siguiente, a la hora de la siesta, estaba jugando trompos con Luis Carmelo Correa, mi amigo más antiguo en la vida, cuando nos sorprendió que los dormidos despertaban antes de tiempo y se asomaban a las ventanas. Entonces vimos en la calle desierta a una mujer de luto cerrado con una niña de unos doce años que llevaba un ramo de flores mustias envuelto en un periódico. Se protegían del sol abrasante con un paraguas negro, ajenas por completo a la impertinencia de la gente que las veía pasar. Eran la madre y la hermana menor del ladrón muerto, que llevaban flores para la tumba.

Aquella visión me persiguió durante muchos años, como un sueño unánime que todo el pueblo vio pasar por las ventanas, hasta que conseguí exorcizarla en un cuento. Pero la verdad es que no tomé conciencia del drama de la mujer y la niña, ni de su dignidad imperturbable, hasta el día en que fui con mi madre a vender la casa y me sorprendí a mí mismo caminando por la misma calle solitaria y a la misma hora mortal.

—Me siento como si yo fuera el ladrón —dije.

Mi madre no me entendió. Más aún: cuando pasamos frente a la casa de María Consuegra no miró siquiera la puerta donde todavía se notaba el remiendo de la madera en el boquete del balazo. Años después, rememorando con ella aquel viaje, comprobé que se acordaba de la tragedia, pero habría dado el alma por olvidarla. Esto fue aún más evidente cuando pasamos frente a la casa donde vivió don Emilio, más conocido como el Belga, un veterano de la primera guerra mundial que había perdido el uso de ambas piernas en un campo minado de Normandía, y que un domingo de Pentecostés se puso a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro. Yo no tenía más de seis años, pero recuerdo como si hubiera sido ayer el revuelo que causó la noticia a las siete de la mañana. Tan memorable fue, que cuando volvíamos al pueblo para vender la casa, mi madre rompió por fin su mutismo al cabo de veinte años.

—El pobre Belga —suspiró—. Como tú dijiste, más nunca volvió a jugar ajedrez.

Nuestro propósito era ir derecho a la casa. Sin embargo, cuando estábamos a sólo una cuadra, mi madre se detuvo de pronto y dobló por la esquina anterior.

—Mejor vamos por aquí —me dijo. Y como quise saber por qué, me contestó—: Porque tengo miedo.

Así supe también la razón de mi náusea: era miedo, y no sólo de enfrentarme a mis fantasmas, sino miedo de todo. De manera que seguimos por una calle paralela para hacer un rodeo cuyo único motivo era no pasar por nuestra casa. «No hubiera tenido valor para verla sin antes hablar con alguien», me diría después mi madre. Así fue. Llevándome casi a rastras, entró sin ninguna advertencia en la botica del doctor Alfredo Barboza, una casa de esquina a menos de cien pasos de la nuestra.

Adriana Berdugo, la esposa del doctor, estaba cosiendo tan abstraída en su primitiva Domestic de manivela, que no sintió cuando mi madre llegó frente a ella y le dijo casi con un susurro:

—Comadre.

Adriana alzó la vista enrarecida por los gruesos lentes de présbita, se los quitó, vaciló un instante, y se levantó de un salto con los brazos abiertos y un gemido:

—¡Ay, comadre!

Mi madre estaba ya detrás del mostrador, y sin decirse nada más se abrazaron a llorar. Yo permanecí mirándolas desde fuera del mostrador, sin saber qué hacer, estremecido por la certidumbre de que aquel largo abrazo de lágrimas calladas era algo irreparable que estaba ocurriendo para siempre en mi propia vida.

La botica había sido la mejor en los tiempos de la compañía bananera, pero del antiguo botamen ya no quedaban en los armarios escuetos sino unos cuantos pomos de loza marcados con letras doradas. La máquina de coser, el granatario, el caduceo, el reloj de péndulo todavía vivo, el linóleo del juramento hipocrático, los mecedores desvencijados, todas las cosas que había visto de niño seguían siendo las mismas y estaban en su mismo lugar, pero transfiguradas por la herrumbre del tiempo.

La misma Adriana era una víctima. Aunque llevaba como antes un vestido de grandes flores tropicales, apenas si se le notaba algo de los ímpetus y la picardía que la habían hecho célebre hasta bien avanzada la madurez. Lo único intacto en torno suyo era el olor de la valeriana, que enloquecía a los gatos, y que seguí evocando por el resto de mi vida con un sentimiento de naufragio.

Cuando Adriana y mi madre se quedaron sin lágrimas, se oyó una tos espesa y breve detrás del tabique de madera que nos separaba de la trastienda. Adriana recobró algo de su gracia de otra época y habló para ser oída a través del tabique.

—Doctor —dijo—: Adivina quién está aquí. Una voz granulosa de hombre duro preguntó sin interés desde el otro lado:

—¿Quién?

Adriana no contestó, sino que nos hizo señas de pasar a la trastienda. Un terror de la infancia me paralizó en seco y la boca se me anegó de una saliva lívida, pero entré con mi madre en el espacio abigarrado que antes fue laboratorio de botica y había sido acondicionado como dormitorio de emergencia. Ahí estaba el doctor Alfredo Barboza, más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, tendido bocarriba en su eterna hamaca de lampazo, sin zapatos, y con su piyama legendaria de algodón crudo que más bien parecía una túnica de penitente. Tenía la vista fija en el techo, pero cuando nos sintió entrar giró la cabeza y nos fijó con sus diáfanos ojos amarillos, hasta que acabó de reconocer a mi madre.

—¡Luisa Santiaga! —exclamó.

Se sentó en la hamaca con una fatiga de mueble antiguo, se humanizó por completo y nos saludó con un apretón rápido de su mano ardiente. Él notó mi impresión, y me dijo: «Desde hace un año tengo una fiebre esencial». Entonces abandonó la hamaca, se sentó en la cama y nos dijo con un solo aliento:
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