2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




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—Ustedes no pueden imaginarse por las que ha pasado este pueblo.

Aquella sola frase, que resumió toda una vida, bastó para que lo viera como quizás fue siempre: un hombre solitario y triste. Era alto, escuálido, con una hermosa cabellera metálica cortada de cualquier modo y unos ojos amarillos e intensos que habían sido el más temible de los terrores de mi infancia. Por la tarde, cuando volvíamos de la escuela, nos subíamos en la ventana de su dormitorio atraídos por la fascinación del miedo. Allí estaba, meciéndose en la hamaca con fuertes bandazos para aliviarse del calor. El juego consistía en mirarlo fijo hasta que él se daba cuenta y se volvía a mirarnos de pronto con sus ojos ardientes.

Lo había visto por primera vez a mis cinco o seis años, una mañana en que me colé en el traspatio de su casa con otros compañeros de escuela para robar los mangos enormes de sus árboles. De pronto se abrió la puerta del excusado de tablas construido en un rincón del patio, y salió él amarrándose los calzones de lienzo. Lo vi como una aparición del otro mundo con un camisón blanco de hospital, pálido y óseo, y aquellos ojos amarillos como de perro del infierno que me miraron para siempre. Los otros escaparon por los portillos, pero yo quedé petrificado por su mirada inmóvil. Se fijó en los mangos que yo acababa de arrancar del árbol y me tendió la mano.

—¡Dámelos! —me ordenó, y agregó mirándome de cuerpo entero con un gran menosprecio—: Raterito de patio.

Tiré los mangos a sus pies y escapé despavorido.

Fue mi fantasma personal. Si andaba solo daba un largo rodeo para no pasar por su casa. Si iba con adultos me atrevía apenas a una mirada furtiva hacia la botica. Veía a Adriana condenada a cadena perpetua en la máquina de coser detrás del mostrador, y lo veía a él por la ventana del dormitorio meciéndose a grandes bandazos en la hamaca, y esa sola mirada me erizaba la piel.

Había llegado al pueblo a principios del siglo, entre los incontables venezolanos que lograban escapar por la frontera de La Guajira al despotismo feroz de Juan Vicente Gómez. El doctor había sido uno de los primeros arrastrados por dos fuerzas contrarias: la ferocidad del déspota de su país y la ilusión de la bonanza bananera en el nuestro. Desde su llegada se acreditó por su ojo clínico —como se decía entonces— y por las buenas maneras de su alma. Fue uno de los amigos más asiduos de la casa de mis abuelos, donde siempre estaba la mesa puesta sin saber quién llegaba en el tren. Mi madre fue madrina de su hijo mayor, y mi abuelo lo enseñó a volar con sus primeras alas. Crecí entre ellos, como seguí creciendo después entre los exiliados de la guerra civil española.

Los últimos vestigios del miedo que me causaba de niño aquel paria olvidado se me disiparon de pronto, mientras mi madre y yo, sentados junto a su cama, escuchábamos los pormenores de la tragedia que había abatido a la población. Tenía un poder de evocación tan intenso que cada cosa que contaba parecía hacerse visible en el cuarto enrarecido por el calor. El origen de todas las desgracias, por supuesto, había sido la matanza de los obreros por la fuerza pública, pero aún persistían las dudas sobre la verdad histórica: ¿tres muertos o tres mil? Quizás no habían sido tantos, dijo él, pero cada quien aumentaba la cifra de acuerdo con su propio dolor. Ahora la compañía se había ido por siempre jamás.

—Los gringos no vuelven nunca —concluyó.

Lo único cierto era que se llevaron todo: el dinero, las brisas de diciembre, el cuchillo del pan, el trueno de las tres de la tarde, el aroma de los jazmines, el amor. Sólo quedaron los almendros polvorientos, las calles reverberantes, las casas de madera y techos de cinc oxidado con sus gentes taciturnas, devastadas por los recuerdos.

La primera vez que el doctor se fijó en mí aquella tarde fue al verme sorprendido por la crepitación como una lluvia de gotas dispersas en el techo de cinc. «Son los gallinazos —me dijo—. Se la pasan caminando por los techos todo el día.» Luego señaló con un índice lánguido hacia la puerta cerrada, y concluyó:

—De noche es peor, porque se siente a los muertos que andan sueltos por esas calles.

Nos invitó a almorzar y no había inconveniente, pues el negocio de la casa sólo necesitaba formalizarse. Los mismos inquilinos eran los compradores, y los pormenores habían sido acordados por telégrafo. ¿Tendríamos tiempo?

—De sobra —dijo Adriana—. Ahora no se sabe ni cuándo regresa el tren.

Así que compartimos con ellos una comida criolla, cuya sencillez no tenía nada que ver con la pobreza sino con una dieta de sobriedad que él ejercía y predicaba no sólo para la mesa sino para todos los actos de la vida. Desde que probé la sopa tuve la sensación de que todo un mundo adormecido despertaba en mi memoria. Sabores que habían sido míos en la niñez y que había perdido desde que me fui del pueblo reaparecían intactos con cada cucharada y me apretaban el corazón.

Desde el principio de la conversación me sentí ante el doctor con la misma edad que tenía cuando le hacía burlas por la ventana, de modo que me intimidó cuando se dirigió a mí con la seriedad y el afecto con que le hablaba a mi madre. Cuando era niño, en situaciones difíciles, trataba de disimular mi ofuscación con un parpadeo rápido y continuo. Aquel reflejo incontrolable me volvió de pronto cuando el doctor me miró. El calor se había vuelto insoportable. Permanecí al margen de la conversación por un rato, preguntándome cómo era posible que aquel anciano afable y nostálgico hubiera sido el terror de mi infancia. De pronto, al cabo de una larga pausa y por cualquier referencia banal, me miró con una sonrisa de abuelo.

—Así que tú eres el gran Gabito —me dijo—. ¿Qué estudias?

Disimulé la ofuscación con un recuento espectral de mis estudios: bachillerato completo y bien calificado en un internado oficial, dos años y unos meses de derecho caótico, periodismo empírico. Mi madre me escuchó y enseguida buscó el apoyo del doctor.

—Imagínese, compadre —dijo—, quiere ser escritor. Al doctor le resplandecieron los ojos en el rostro.

—¡Qué maravilla, comadre! —dijo—. Es un regalo del cielo —Y se volvió hacia mí—: ¿Poesía?

—Novela y cuento —le dije, con el alma en un hilo.

El se entusiasmó:

—¿Leíste Doña Bárbara?

—Por supuesto —le contesté—, y casi todo lo demás de Rómulo Gallegos.

Como resucitado por un entusiasmo súbito nos contó que lo había conocido en una conferencia que dictó en Maracaibo, y le pareció un digno autor de sus libros. La verdad es que en aquel momento, con mi fiebre de cuarenta grados por las sagas del Misisipí, empezaba a verle las costuras a la novela vernácula. Pero la comunicación tan fácil y cordial con el hombre que había sido el pavor de mi infancia me parecía un milagro, y preferí coincidir con su entusiasmo. Le hablé de «La Jirafa» —mi nota diaria en El Heraldo— y le avancé la primicia de que muy pronto pensábamos publicar una revista en la que fundábamos grandes esperanzas. Ya más seguro, le conté el proyecto y hasta le anticipé el nombre: Crónica.

Él me escrutó de arriba abajo.

—No sé cómo escribes —me dijo—, pero ya hablas como escritor.

Mi madre se apresuró a explicar la verdad: nadie se oponía a que fuera escritor, siempre que hiciera una carrera académica que me diera un piso firme. El doctor minimizó todo, y habló de la carrera de escritor. También él hubiera querido serlo, pero sus padres, con los mismos argumentos de ella, lo obligaron a estudiar medicina cuando no lograron que fuera militar.

—Pues mire usted, comadre —concluyó—. Médico soy, y aquí me tiene usted, sin saber cuántos de mis enfermos se han muerto por la voluntad de Dios y cuántos por mis medicinas.

Mi madre se sintió perdida.

—Lo peor —dijo— es que dejó de estudiar derecho después de tantos sacrificios que hicimos por sostenerlo.

Al doctor, por el contrario, le pareció la prueba espléndida de una vocación arrasadora: la única fuerza capaz de disputarle sus fueros al amor. Y en especial la vocación artística, la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella.

—Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud —dijo él. Y remató con una encantadora sonrisa de masón irredimible—: Así sea la vocación de cura.

Me quedé alucinado por la forma en que explicó lo que yo no había logrado nunca. Mi madre debió compartirlo, porque me contempló con un silencio lento, y se rindió a su suerte.

—¿Cuál será el mejor modo de decirle todo esto a tu papá? —me preguntó.

—Tal como acabamos de oírlo —le dije.

—No, así no dará resultado —dijo ella. Y al cabo de otra reflexión, concluyó—: Pero no te preocupes, ya encontraré una buena manera de decírselo.

No sé si lo hizo así, o de qué otro modo, pero allí terminó el debate. El reloj cantó la hora con dos campanadas como dos gotas de vidrio. Mi madre se sobresaltó. «Dios mío —dijo—. Se me había olvidado a qué hemos venido.» Y se puso de pie:

—Tenemos que irnos.

La primera visión de la casa, en la acera de enfrente, tenía muy poco que ver con mi recuerdo, y nada con mis nostalgias. Habían sido cortados de raíz los dos almendros tutelares que durante años fueron una seña de identidad inequívoca y la casa quedó a la intemperie. Lo que quedaba bajo el sol de fuego no tenía más de treinta metros de fachada: la mitad de material y techo de tejas que hacían pensar en una casa de muñecas, y la otra mitad de tablas sin cepillar. Mi madre tocó muy despacio en la puerta cerrada, luego más fuerte, y preguntó por la ventana:

—¿No hay gente?

La puerta se entreabrió muy despacio y una mujer preguntó desde su penumbra:

—¿Qué se le ofrece?

Mi madre respondió con una autoridad tal vez inconsciente:

—Soy Luisa Márquez.

Entonces la puerta de la calle acabó de abrirse, y una mujer vestida de luto, huesuda y pálida, nos miró desde otra vida. En el fondo de la sala, un hombre mayor se mecía en un sillón de inválido. Eran los inquilinos, que al cabo de muchos años habían propuesto comprar la casa, pero ni ellos tenían aspecto de compradores ni la casa estaba en estado de interesarle a nadie. De acuerdo con el telegrama que mi madre había recibido, los inquilinos aceptaban abonar en efectivo la mitad del precio mediante un recibo firmado por ella, y pagarían el resto cuando se firmaran las escrituras en el curso del año, pero nadie recordaba que hubiera una visita prevista. Al cabo de una larga conversación de sordos, lo único que se sacó en claro fue que no había ningún acuerdo. Agobiada por la insensatez y el calor infame, bañada en sudor, mi madre dio una mirada en su entorno, y se le escapó con un suspiro:

—Esta pobre casa está en las últimas —dijo.

—Es peor —dijo el hombre—: Si no se nos ha caído encima es por lo que hemos gastado en mantenerla.

Tenían una lista de reparaciones pendientes, además de otras que se habían deducido del alquiler, hasta el punto de que éramos nosotros quienes les debíamos dinero. Mi madre, que siempre fue de lágrima fácil, era también capaz de una entereza temible para enfrentar las trampas de la vida. Discutió bien, pero yo no intervine porque desde el primer tropiezo comprendí que la razón la tenían los compradores. Nada quedaba claro en el telegrama sobre la fecha y el modo de la venta, y en cambio se entendía que debería ser acordada. Era una situación típica de la vocación conjetural de la familia. Podía imaginarme cómo había sido la decisión, en la mesa del almuerzo, y en el mismo instante en que llegó el telegrama. Sin contarme a mí, eran diez hermanos con los mismos derechos. Al final mi madre reunió unos pesos de aquí y otros de acá, hizo su maleta de escolar y se fue sin más recursos que el pasaje de regreso.

Mi madre y la inquilina repasaron todo otra vez desde el principio, y en menos de media hora habíamos llegado a la conclusión de que no habría negocio. Entre otras razones insalvables, porque no recordábamos una hipoteca que pesaba sobre la casa y que no fue resuelta hasta muchos años después, cuando por fin se hizo la venta en firme. Así que cuando la inquilina trató de repetir una vez más el mismo argumento vicioso, mi madre lo cortó por lo sano con su talante inapelable.

—La casa no se vende —dijo—. Hagamos cuenta de que aquí nacimos y aquí morimos todos.

El resto de la tarde, mientras llegaba el tren de regreso, malla pasamos recogiendo nostalgias en la casa fantasmal. Toda era nuestra, pero sólo estaba en servicio la parte alquilada que daba a la calle, donde estuvieron las oficinas del abuelo. El resto era un cascarón de tabiques carcomidos y techos de cinc oxidado a merced de los lagartos. Mi madre, petrificada en el umbral, exhaló una exclamación terminante:

—¡Ésta no es la casa!

Pero no dijo cuál, pues durante toda mi infancia la describían de tantos modos que eran por lo menos tres casas que cambiaban de forma y sentido, según quien las contara. La original, según le oí a mi abuela con su modo despectivo, era un rancho de indios. La segunda, construida por los abuelos, era de bahareque y techos de palma amarga, con una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían los chivos en comunidad pacífica con los cerdos y las gallinas. Según la versión más frecuente, ésta fue reducida a cenizas por un cohete que cayó en la techumbre de palma durante las celebraciones de un 20 de julio, día de la Independencia de quién sabe cuál año de tantas guerras. Lo único que quedó de ella fueron los pisos de cemento y el bloque de dos piezas con una puerta hacia la calle, donde estuvieron las oficinas en las varias veces en que Papalelo fue funcionario público.

Sobre los escombros todavía calientes construyó la familia su refugio definitivo. Una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas, a lo largo de un corredor con un pasamanos de begonias donde se sentaban las mujeres de la familia a bordar en bastidor y a conversar en la fresca de la tarde. Los cuartos eran simples y no se distinguían entre si, pero me bastó con una mirada para darme cuenta de que en cada uno de sus incontables detalles había un instante crucial de mi vida.

La primera habitación servía como sala de visitas y oficina personal del abuelo. Tenía un escritorio de cortina, una poltrona giratoria de resortes, un ventilador eléctrico y un librero vacío con un solo libro enorme y descosido: el diccionario de la lengua. Enseguida estaba el taller de platería donde el abuelo pasaba sus horas mejores fabricando los pescaditos de oro de cuerpo articulado y minúsculos ojos de esmeraldas, que más le daban de gozar que de comer. Allí se recibieron algunos personajes de nota, sobre todo políticos, desempleados públicos, veteranos de guerras. Entre ellos, en ocasiones distintas, dos visitantes históricos: los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, quienes almorzaron en familia. Sin embargo, lo que mi abuela recordó de Uribe Uribe por el resto de su vida fue su sobriedad en la mesa: «Comía como un pajarito».

El espacio común de la oficina y la platería estaba vedado a las mujeres, por obra de nuestra cultura caribe, como lo estaban las cantinas del pueblo por orden de la ley. Sin embargo, con el tiempo terminó por ser un cuarto de hospital, donde murió la tía Petra y sobrellevó los últimos meses de una larga enfermedad Wenefrida Márquez, hermana de Papalelo. De allí en adelante empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia. Yo fui el único varón que disfrutó de los privilegios de ambos mundos.

El comedor era apenas un tramo ensanchado del corredor con la baranda donde las mujeres de la casa se sentaban a coser, y una mesa para dieciséis comensales previstos o inesperados que llegaban a diario en el tren del mediodía. Mi madre contempló desde allí los tiestos rotos de las begonias, los rastrojos podridos y el tronco del jazminero carcomido por las hormigas, y recuperó el aliento.
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