2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




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—A veces no podíamos respirar por el olor caliente de los jazmines —dijo, mirando el cielo deslumbrante, y suspiró con toda el alma—. Sin embargo, lo que más me ha hecho falta desde entonces es el trueno de las tres de la tarde.

Me impresionó, porque yo también recordaba el estampido único que nos despertaba de la siesta como un reguero de piedras, pero nunca había sido consciente de que sólo fuera a las tres.

Después del corredor había una sala de recibo reservada para ocasiones especiales, pues las visitas cotidianas se atendían con cerveza helada en la oficina, si eran hombres, o en el corredor de las begonias, si eran mujeres. Allí empezaba el mundo mítico de los dormitorios. Primero el de los abuelos, con una puerta grande hacia el jardín, y un grabado de flores de madera con la fecha de la construcción: 1925. Allí, sin ningún anuncio, mi madre me dio la sorpresa menos pensada con un énfasis triunfal:

—¡Y aquí naciste tú!

No lo sabía hasta entonces, o lo había olvidado, pero en el cuarto siguiente encontramos la cuna donde dormí hasta los cuatro años, y que mi abuela conservó para siempre. La había olvidado, pero tan pronto como la vi me acordé de mí mismo llorando a gritos con el mameluco de florecitas azules que acababa de estrenar, para que alguien acudiera a quitarme los pañales embarrados de caca. Apenas si podía mantenerme en pie agarrado a los barrotes de la cuna, tan pequeña y frágil como la canastilla de Moisés. Esto ha sido motivo frecuente de discusión y burlas de parientes y amigos, a quienes mi angustia de aquel día les parece demasiado racional para una edad tan temprana. Y más aún cuando he insistido en que el motivo de mi ansiedad no era el asco de mis propias miserias, sino el temor de que se me ensuciara el mameluco nuevo. Es decir, que no se trataba de un prejuicio de higiene sino de una contrariedad estética, y por la forma como perdura en mi memoria creo que fue mi primera vivencia de escritor.

En aquel dormitorio había también un altar con santos de tamaño humano, más realistas y tenebrosos que los de la Iglesia. Allí durmió siempre la tía Francisca Simodosea Mejía, una prima hermana de mi abuelo a quien llamábamos la tía Mama, que vivía en la casa como dueña y señora desde que murieron sus padres. Yo dormí en la hamaca de al lado, aterrado con el parpadeo de los santos por la lámpara del Santísimo que no fue apagada hasta la muerte de todos, y también allí durmió mi madre de soltera, atormentada por el pavor de los santos.

Al fondo del corredor había dos cuartos que me estaban prohibidos. En el primero vivía mi prima Sara Emilia Márquez, una hija de mi tío Juan de Dios antes de su matrimonio, que fue criada por los abuelos. Además de una prestancia natural desde muy niña, tenía una personalidad fuerte que me abrió mis primeros apetitos literarios con una preciosa colección de cuentos de Calleja, ilustrados a todo color, a la que nunca me dio acceso por temor de que se la desordenara. Fue mi primera y amarga frustración de escritor.

El último cuarto era un depósito de trastos y baúles jubilados, que mantuvieron en vilo mi curiosidad durante años, pero que nunca me dejaron explorar. Más tarde supe que allí estaban también las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa.

Frente a esos dos aposentos, en el mismo corredor, estaba la cocina grande, con anafes primitivos de piedras calcinadas, y el gran horno de obra de la abuela, panadera y repostera de oficio, cuyos animalitos de caramelo saturaban el amanecer con su aroma suculento. Era el reino de las mujeres que vivían o servían en la casa, y cantaban a coro con la abuela mientras la ayudaban en sus trabajos múltiples. Otra voz era la de Lorenzo el Magnífico, el loro de cien años heredado de los bisabuelos, que gritaba consignas contra España y cantaba canciones de la guerra de Independencia. Tan cegato estaba que se había caído dentro de la olla del sancocho y se salvó de milagro porque apenas empezaba a calentarse el agua. Un 20 de julio, a las tres de la tarde, alborotó la casa con chillidos de pánico:

—¡El toro, el toro! ¡Ya viene el toro!

En la casa no estaban sino las mujeres, pues los hombres se habían ido a la corraleja de la fiesta patria, y pensaron que los gritos del loro no eran más que un delirio de su demencia senil. Las mujeres de la casa, que sabían hablar con él, sólo entendieron lo que gritaba cuando un toro cimarrón escapado de los toriles de la plaza irrumpió en la cocina con bramidos de buque y embistiendo a ciegas los muebles de la panadería y las ollas de los fogones. Yo iba en sentido contrario del ventarrón de mujeres despavoridas que me levantaron en vilo y me encerraron con ellas en el cuarto de la despensa. Los bramidos del toro perdido en la cocina y los trancos de sus pezuñas en el cemento del corredor estremecían la casa. De pronto se asomó por una claraboya de ventilación y el resoplido de fuego de su aliento y sus grandes ojos inyectados me helaron la sangre. Cuando los picadores lograron llevárselo al toril, ya había empezado en la casa la parranda del drama, que se prolongó por más de una semana con ollas interminables de café y pudines de boda para acompañar el relato mil veces repetido y cada vez más heroico de las sobrevivientes alborotadas.

El patio no parecía muy grande, pero tenía una gran variedad de árboles, un baño general sin techo con una alberca de cemento para el agua de lluvia y una plataforma elevada a la cual se subía por una frágil escalera de unos tres metros de altura. Allí estaban los dos grandes toneles que el abuelo llenaba al amanecer con una bomba manual. Más allá estaba la caballeriza de tablones sin cepillar y los cuartos del servicio, y por último el traspatio enorme de árboles frutales con la letrina única donde las indias del servicio vaciaban de día y de noche las bacinillas de la casa. El árbol más frondoso y hospitalario era un castaño al margen del mundo y el tiempo, bajo cuyas frondas arcaicas debieron de morir orinando más de dos coroneles jubilados de las tantas guerras civiles del siglo anterior.

La familia había llegado a Aracataca diecisiete años antes de mi nacimiento, cuando empezaban las trapisondas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano. Llevaban a su hijo Juan de Dios, de veintiún años, y a sus dos hijas, Margarita María Miniata de Alacoque, de diecinueve, y Luisa Santiaga, mi madre, de cinco. Antes de ella habían perdido dos gemelas por un aborto accidental a los cuatro meses de gestación. Cuando tuvo a mi madre, la abuela anunció que sería su último parto, pues había cumplido cuarenta y dos años. Casi medio siglo después, a la misma edad y en circunstancias idénticas, mi madre dijo lo mismo cuando nació Eligió Gabriel, su hijo número once. La mudanza para Aracataca estaba prevista por los abuelos como un viaje al olvido. Llevaban a su servicio dos indios guajiros —Aliño y Apolinar— y una india —Meme—, comprados en su tierra por cien pesos cada uno cuando ya la esclavitud había sido abolida. El coronel llevaba todo lo necesario para rehacer el pasado lo más lejos posible de sus malos recuerdos, perseguido por el remordimiento siniestro de haber matado a un hombre en un lance de honor. Conocía la región desde mucho antes, cuando pasó rumbo a Ciénaga en campaña de guerra y asistió en su condición de intendente general a la firma del tratado de Neerlandia.

La nueva casa no les devolvió el sosiego, porque el remordimiento era tan pernicioso que había de contaminar todavía a algún tataranieto extraviado. Las evocaciones más frecuentes e intensas, con las cuales habíamos conformado una versión ordenada, las hacía la abuela Mina, ya ciega y medio lunática. Sin embargo, en medio del rumor implacable de la tragedia inminente, ella fue la única que no tuvo noticias del duelo hasta después de consumado.

El drama fue en Barrancas, un pueblo pacífico y próspero en las estribaciones de la Sierra Nevada donde el coronel aprendió de su padre y su abuelo el oficio del oro, y adonde había regresado para quedarse cuando se firmaron los tratados de paz. El adversario era un gigante dieciséis años menor que él, liberal de hueso colorado, como él, católico militante, agricultor pobre, casado reciente y con dos hijos, y con un nombre de hombre bueno: Medardo Pacheco. Lo más triste para el coronel debió ser que no fuera ninguno de los numerosos enemigos sin rostro que se le atravesaron en los campos de batalla, sino un antiguo amigo, copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días, al que tuvo que enfrentar a muerte cuando ya ambos creían ganada la paz.

Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlo. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud y el peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero sus pormenores se mantenían entre brumas. Mi madre, con apenas tres años, lo recordó siempre como un sueño improbable. Los adultos lo embrollaban delante de mí para confundirme, y nunca pude armar el acertijo porque cada quien, de ambos lados, colocaba las piezas a su modo. La versión más confiable era que la madre de Medardo Pacheco lo había instigado a que vengara su honra, ofendida por un comentario infame que le atribuían a mi abuelo. Éste lo desmintió como un infundio y les dio satisfacciones públicas a los ofendidos, pero Medardo Pacheco persistió en el encono y terminó por pasar de ofendido a ofensor con un grave insulto al abuelo sobre su conducta de liberal. Nunca supe a ciencia cierta cuál fue. Herido en su honor, el abuelo lo desafió a muerte sin fecha fija.

Desmintió como un infundio y les dio satisfacciones públicas a los ofendidos, pero Medardo Pacheco persistió en el encono y terminó por pasar de ofendido a ofensor con un grave insulto al abuelo sobre su conducta de liberal. Nunca supe a ciencia cierta cuál fue. Herido en su honor, el abuelo lo desafió a muerte sin fecha fija.

Una muestra ejemplar de la índole del coronel fue el tiempo que dejó pasar entre el desafío y el duelo.

Arregló sus asuntos con un sigilo absoluto para garantizar la seguridad de su familia en la única alternativa que le deparaba el destino: la muerte o la cárcel. Empezó por vender sin la menor prisa lo poco que le quedó para subsistir después de la última guerra: el taller de platería y una pequeña finca que heredó de su padre, en la cual criaba chivos de sacrificio y cultivaba una parcela de caña de azúcar. Al cabo de seis meses guardó en el fondo de un armario la plata reunida, y esperó en silencio el día que él mismo se había señalado: 12 de octubre de 1908, aniversario del descubrimiento de América.

Medardo Pacheco vivía en las afueras del pueblo, pero el abuelo sabía que no podía faltar aquella tarde a la procesión de la Virgen del Pilar. Antes de salir a buscarlo, escribió a su mujer una carta breve y tierna, en la cual le decía dónde tenía escondido su dinero, y le dio algunas instrucciones finales sobre el porvenir de los hijos. La dejó debajo de la almohada común, donde sin duda la encontraría su mujer cuando se acostara a dormir, y sin ninguna clase de adioses salió al encuentro de su mala hora

Aun las versiones menos válidas coinciden en que era un lunes típico del octubre caribe, con una lluvia triste de nubes bajas y un viento funerario. Medardo Pacheco, vestido de domingo, acababa de entrar en un callejón ciego cuando el coronel Márquez le salió al paso. Ambos estaban armados. Años después, en sus divagaciones lunáticas, mi abuela solía decir: «Dios le dio a Nicolasito la ocasión de perdonarle la vida a ese pobre hombre, pero no supo aprovecharla». Quizás lo pensaba porque el coronel le dijo que había visto un relámpago de pesadumbre en los ojos del adversario tomado de sorpresa. También le dijo que cuando el enorme cuerpo de ceiba se derrumbó sobre los matorrales, emitió un gemido sin palabras, «como el de un garito mojado». La tradición oral atribuyó a Papalelo una frase retórica en el momento de entregarse al alcalde: «La bala del honor venció a la bala del poder».

Es una sentencia fiel al estilo liberal de la época pero no he podido conciliarla con el talante del abuelo.

La verdad es que no hubo testigos. Una versión autorizada habrían sido los testimonios judiciales del abuelo y sus contemporáneos de ambos bandos, pero del expediente, si lo hubo, no quedaron ni sus luces. De las numerosas versiones que escuché hasta hoy no encontré dos que coincidieran.

El hecho dividió a las familias del pueblo, incluso a la del muerto. Una parte de ésta se propuso vengarlo, mientras que otros acogieron en sus casas a Tranquilina Iguarán con sus hijos, hasta que amainaron los riesgos de una venganza. Estos detalles me impresionaban tanto en la niñez que no sólo asumí el peso de la culpa ancestral como si fuera propia, sino que todavía ahora, mientras lo escribo, siento más compasión por la familia del muerto que por la mía.

A Papalelo lo trasladaron a Riohacha para mayor seguridad, y más tarde a Santa Marta, donde lo condenara un año: la mitad en reclusión y la otra en régimen abierto. Tan pronto como fue libre viajó con la familia breve tiempo a la población de Ciénaga, luego a Panamá, donde tuvo otra hija con un amor casual, y por fin al insalubre y arisco corregimiento de Aracataca, el empleo de colector de hacienda departamental.

Nunca más estuvo armado en la calle, aun en los peores tiempos de la violencia bananera, y sólo tuvo el revólver bajo la almohada para defender la casa.

Aracataca estaba muy lejos de ser el remanso con que soñaban después de la pesadilla de Medardo Pacheco. Había nacido como un caserío chimila y entró en la historia con el pie izquierdo como un remoto corregimiento sin Dios ni ley del municipio de Ciénaga, más envilecido que acaudalado por la fiebre del banano. Su nombre no es de pueblo sino de río, que se dice ara en lengua chimila, y Cataca, que es la palabra con que la comunidad conocía al que mandaba. Por eso entre nativos no la llamamos Aracataca sino como debe ser: Cataca.

Cuando el abuelo trató de entusiasmar a la familia con la fantasía de que allí el dinero corría por las calles, Mina había dicho: «La plata es el cagajón del diablo». Para mi madre fue el reino de todos los terrores. El más antiguo que recordaba era la plaga de langosta que devastó los sembrados cuando aún era muy niña. «Se oían pasar como un viento de piedras», me dijo cuando fuimos a vender la casa. La población aterrorizada tuvo que atrincherarse en sus cuartos, y el flagelo sólo pudo ser derrotado por artes de hechicería.

En cualquier tiempo nos sorprendían unos huracanes secos que desentechaban ranchos y arremetían contra el banano nuevo y dejaban el pueblo cubierto de un polvo astral. En verano se ensañaban con el ganado unas sequías terribles, o caían en invierno unos aguaceros universales que dejaban las calles convertidas en ríos revueltos. Los ingenieros gringos navegaban en botes de caucho, por entre colchones ahogados y vacas muertas. La United Fruit Company, cuyos sistemas artificiales de regadío eran responsables del desmadre de las aguas, desvió el cauce del río cuando el más grave de aquellos diluvios desenterró los cuerpos del cementerio.

La más siniestra de las plagas, sin embargo, era la humana. Un tren que parecía de juguete arrojó en sus arenas abrasantes una hojarasca de aventureros de todo el mundo que se tomaron a mano armada el poder de la calle. Su prosperidad atolondrada llevaba consigo un crecimiento demográfico y un desorden social desmadrados. Estaba a sólo cinco leguas de la colonia penal de Buenos Aires, sobre el río Fundación, cuyos reclusos solían escaparse los fines de semana para jugar al terror en Aracataca. A nada nos parecíamos tanto como a los pueblos emergentes de las películas del Oeste, desde que los ranchos de palma y cañabrava de los chimilas empezaron a ser reemplazados por las casas de madera de la United Fruit Company, con techos de cinc de dos aguas, ventanas de anjeo y cobertizos adornados con enredaderas de flores polvorientas. En medio de aquel ventisquero de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas y mulas muriéndose de hambre en las cuadras del hotel, los que habían llegado primero eran los últimos. Éramos los forasteros de siempre, los advenedizos.
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