2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




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El día en que fui con mi madre a vender la casa recordaba todo lo que había impresionado mi infancia, pero no estaba seguro de qué era antes y qué era después, ni qué significaba nada de eso en mi vida. Apenas si era consciente de que en medio del falso esplendor de la compañía bananera, el matrimonio de mis padres estaba ya inscrito dentro del proceso que había de rematar la decadencia de Aracataca. Desde que empecé a recordar, oí repetirse —primero con mucho sigilo y después en voz alta y con alarma— la frase fatídica: «Dicen que la compañía se va». Sin embargo, o nadie lo creía o nadie se atrevió a pensar en sus estragos.

La versión de mi madre tenía cifras tan exiguas y el escenario era tan pobre para un drama tan grandioso como el que yo había imaginado, que me causó un sentimiento de frustración. Más tarde hablé con sobrevivientes y testigos y escarbé en colecciones de prensa y documentos oficiales, y me di cuenta de que la verdad no estaba de ningún lado. Los conformistas decían, en efecto, que no hubo muertos. Los del extremo contrario afirmaban sin un temblor en la voz que fueron más de cien, que los habían visto desangrándose en la plaza y que se los llevaron en un tren de carga para echarlos en el mar como el banano de rechazo. Así que mi verdad quedó extraviada para siempre en algún punto improbable de los dos extremos. Sin embargo, fue tan persistente que en una de mis novelas referí la matanza con la precisión y el horror con que la había incubado durante años en mi imaginación. Fue así como la cifra de muertos la mantuve en tres mil, para conservar las proporciones épicas del drama, y la vida real terminó por hacerme justicia: hace poco, en uno de los aniversarios de la tragedia, el orador de turno en el Senado pidió un minuto de silencio en memoria de los tres mil mártires anónimos sacrificados por la fuerza pública.

La matanza de las bananeras fue la culminación de otras anteriores, pero con el argumento adicional de que los líderes fueron señalados como comunistas, y tal vez lo eran. Al más destacado y perseguido, Eduardo Mahecha, lo conocí por azar en la cárcel Modelo de Barranquilla por los días en que fui con mi madre a vender la casa, y tuve con él una buena amistad desde que me presenté como el nieto de Nicolás Márquez. Fue él quien me reveló que el abuelo no había sido neutral sino mediador en la huelga de 1928, y lo consideraba un hombre justo. De modo que me completó la idea que siempre tuve de la masacre y me formé una concepción más objetiva del conflicto social. La única discrepancia entre los recuerdos de todos fue sobre el número de muertos, que de todos modos no será la única incógnita de nuestra historia.

Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos. Entre ellos, el más persistente es el de mí mismo en la puerta de la casa con un casco prusiano y una escopetita de juguete, viendo desfilar bajo los almendros el batallón de cachacos sudorosos. Uno de los oficiales que los comandaba en uniforme de parada me saludó al pasar:

—Adiós, capitán Gabi.

El recuerdo es nítido, pero no hay ninguna posibilidad de que sea cierto. El uniforme, el casco y la escopeta coexistieron, pero unos dos años después de la huelga cuando ya no había tropas de guerra en Cataca. Múltiples casos como ése me crearon en casa la mala reputación de que tenía recuerdos intrauterinos y sueños premonitorios.

Ése era el estado del mundo cuando empecé a tomar conciencia de mi ámbito familiar y no logro evocarlo de otro modo: pesares, añoranzas, incertidumbres, en la soledad de una casa inmensa. Durante años me pareció que aquella época se me había convertido en una pesadilla recurrente de casi todas las noches, porque amanecía con el mismo terror que en el cuarto de los santos. Durante la adolescencia, interno en un colegio helado de los Andes, despertaba llorando en medio de la noche. Necesité esta vejez sin remordimientos para entender que la desdicha de los abuelos en la casa de Cataca fue que siempre estuvieron encallados en sus nostalgias, y tanto más cuanto más se empeñaban en conjurarlas. Más simple aun: estaban en Cataca pero seguían viviendo en la provincia de Padilla, que todavía llamamos la Provincia, sin más datos, como si no hubiera otra en el mundo. Tal vez sin pensarlo siquiera, habían construido la casa de Cataca como una réplica ceremonial de la casa de Barrancas, desde cuyas ventanas se veía, al otro lado de la calle, el cementerio triste donde yacía Medardo Pacheco.

En Cataca eran amados y complacidos, pero sus vidas estaban sometidas a la servidumbre de la tierra en que nacieron. Se atrincheraron en sus gustos, sus creencias, sus prejuicios, y cerraron filas contra todo lo que fuera distinto.

Sus amistades más próximas eran antes que nadie las que llegaban de la Provincia. La lengua doméstica era la que sus abuelos habían traído de España a través de Venezuela en el siglo anterior, revitalizada con localismos caribes, africanismos de esclavos y retazos de la lengua guajira, que iban filtrándose gota a gota en la nuestra. La abuela se servía de ella para despistarme sin saber que yo la entendía mejor por mis tratos directos con la servidumbre. Aún recuerdo muchos: atunkeshi, tengo sueño; jamusaitshi taya, tengo hambre; ipuwots, la mujer encinta; arijuna, el forastero, que mi abuela usaba en cierto modo para referirse al español, al hombre blanco y en fin de cuentas al enemigo. Los guajiros, por su lado, hablaron siempre una especie de castellano sin huesos con destellos radiantes, como el dialecto propio de Chon, con una precisión viciosa que mi abuela le prohibió porque remitía sin remedio a un equívoco: «Los labios de la boca».

El día estaba incompleto mientras no llegaran las noticias de quién nació en Barrancas, a cuántos mató el toro en la corraleja de Fonseca, quién se casó en Manaure o murió en Riohacha, cómo amaneció el general Socarras que estaba grave en San Juan del César. En el comisariato de la compañía bananera se vendían a precios de ocasión las manzanas de California envueltas en papel de seda, los pargos petrificados en hielo, los jamones de Galicia, las aceitunas griegas. Sin embargo, nada se comía en casa que no estuviera sazonado en el caldo de las añoranzas: la malanga para la sopa tenía que ser de Riohacha, el maíz para las arepas del desayuno debía ser de Fonseca, los chivos eran criados con la sal de La Guajira y las tortugas y las langostas las llevaban vivas de Dibuya.

De modo que la mayoría de los visitantes que llegaban a diario en el tren iban de la Provincia o mandados por alguien de allá. Siempre los mismos apellidos: los Riasco, los Noguera, los Ovalle, cruzados a menudo con las tribus sacramentales de los Cotes y los Iguarán. Iban de paso, sin nada más que la mochila al hombro, y aunque no anunciaran la visita estaba previsto que se quedaban a almorzar. Nunca he olvidado la frase casi ritual de la abuela al entrar en la cocina: «Hay que hacer de todo, porque no se sabe qué les gustará a los que vengan».

Aquel espíritu de evasión perpetua se sustentaba en una realidad geográfica. La Provincia tenía la autonomía de un mundo propio y una unidad cultural compacta y antigua, en un cañón feraz entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la sierra del Perijá, en el Caribe colombiano. Su comunicación era más fácil con el mundo que con el resto del país, pues su vida cotidiana se identificaba mejor con las Antillas por el tráfico fácil con Jamaica o Curazao, y casi se confundía con la de Venezuela por una frontera de puertas abiertas que no hacía distinciones de rangos y colores. Del interior del país, que se cocinaba a fuego lento en su propia sopa, llegaba apenas el óxido del poder: las leyes, los impuestos, los soldados, las malas noticias incubadas a dos mil quinientos metros de altura y a ocho días de navegación por el río Magdalena en un buque de vapor alimentado con leña.

Aquella naturaleza insular había generado una cultura estanca con carácter propio que los abuelos implantaron en Cataca. Más que un hogar, la casa era un pueblo. Siempre había varios turnos en la mesa, pero los dos primeros eran sagrados desde que cumplí tres años: el coronel en la cabecera y yo en la esquina de su derecha. Los sitios restantes se ocupaban primero con los hombres y luego con las mujeres, pero siempre separados. Estas reglas se rompían durante las fiestas patrias del 20 de julio, y el almuerzo por turnos se prolongaba hasta que comieran todos. De noche no se servía la mesa, sino que se repartían tazones de café con leche en la cocina, con la exquisita repostería de la abuela. Cuando se cerraban las puertas cada quien colgaba su hamaca donde podía, a distintos niveles, hasta en los árboles del patio.

Una de la grandes fantasías de aquellos años la viví un día en que llegó a la casa un grupo de hombres iguales con ropas, polainas y espuelas de jinete, y todos con una cruz de ceniza pintada en la frente. Eran los hijos engendrados por el coronel a lo largo de la Provincia durante la guerra de los Mil Días, que iban desde sus pueblos para felicitarlo por su cumpleaños con más de un mes de retraso. Antes de ir a la casa habían oído la misa del Miércoles de Ceniza, y la cruz que el padre Angarita les dibujó en la frente me pareció un emblema sobrenatural cuyo misterio habría de perseguirme durante años, aun después de que me familiaricé con la liturgia de la Semana Santa.

La mayoría de ellos había nacido después del matrimonio de mis abuelos. Mina los registraba con sus nombres y apellidos en una libreta de apuntes desde que tenía noticia de sus nacimientos, y con una indulgencia difícil terminaba por asentarlos de todo corazón en la contabilidad de la familia. Pero ni a ella ni a nadie le fue fácil distinguirlos antes de aquella visita ruidosa en la que cada uno reveló su modo de ser peculiar. Eran serios y laboriosos, hombres de su casa, gente de paz, que sin embargo no temían perder la cabeza en el vértigo de la parranda. Rompieron la vajilla, desgreñaron los rosales persiguiendo un novillo para mantearlo, mataron a tiros a las gallinas para el sancocho y soltaron un cerdo ensebado que atropello a las bordadoras del corredor, pero nadie lamentó esos percances por el ventarrón de felicidad que llevaban consigo.

Seguí viendo con frecuencia a Esteban Carrillo, gemelo de la tía Elvira y diestro en las artes manuales, que viajaba con una caja de herramientas para reparar de favor cualquier avería en las casas que visitaba. Con su sentido del humor y su buena memoria me llenó numerosos vacíos que parecían insalvables en la historia de la familia. También frecuenté en la adolescencia a mi tío Nicolás Gómez, un rubio intenso de pecas coloradas que siempre mantuvo muy en alto su buen oficio de tendero en la antigua colonia penal de Fundación.

Impresionado por mi buena reputación de caso perdido, me despedía con una bolsa de mercado bien provista para proseguir el viaje. Rafael Arias llegaba siempre de paso y deprisa en una mula y en ropas de montar, apenas con el tiempo para un café de pie en la cocina. A los otros los encontré desperdigados en los viajes de nostalgia que hice más tarde por los pueblos de la Provincia para escribir mis primeras novelas, y siempre eché de menos la cruz de ceniza en la frente como una señal inconfundible de la identidad familiar.

Años después de muertos los abuelos y abandonada a su suerte la casa señorial, llegué a Fundación en el tren de la noche y me senté en el único puesto de comida abierto a esas horas en la estación.

Quedaba poco que servir, pero la dueña improvisó un buen plato en mi honor. Era dicharachera y servicial, y en el fondo de esas virtudes mansas me pareció percibir el carácter fuerte de las mujeres de la tribu. Lo confirmé años después: la guapa mesonera era Sara Noriega, otra de mis tías desconocidas.

Apolinar, el antiguo esclavo pequeño y macizo a quien siempre recordé como un tío, desapareció de la casa durante años, y una tarde reapareció sin motivo, vestido de luto con un traje de paño negro y un sombrero enorme, también negro, hundido hasta los ojos taciturnos. Al pasar por la cocina dijo que venía para el entierro, pero nadie lo entendió hasta el día siguiente, cuando llegó la noticia de que el abuelo acababa de morir en Santa Marta, adonde lo habían llevado de urgencia y en secreto.

El único de los tíos que tuvo una resonancia pública fue el mayor de todos y el único conservador, José María Valdeblánquez, que había sido senador de la República durante la guerra de los Mil Días, y en esa condición asistió a la firma de la rendición liberal en la cercana finca de Neerlandia. Frente a él, en el lado de los vencidos, estaba su padre.

Creo que la esencia de mi modo de ser y de pensar se la debo en realidad a las mujeres de la familia y a las muchas de la servidumbre que pastorearon mi infancia. Eran de carácter fuerte y corazón tierno, y me trataban con la naturalidad del paraíso terrenal. Entre las muchas que recuerdo, Lucía fue la única que me sorprendió con su malicia pueril, cuando me llevó al callejón de los sapos y se alzó la bata hasta la cintura para mostrarme su pelambre cobriza y desgreñada. Sin embargo, lo que en realidad me llamó la atención fue la mancha de carate que se extendía por su vientre como un mapamundi de dunas moradas y océanos amarillos. Las otras parecían arcángeles de la pureza: se cambiaban de ropa delante de mí, me bañaban mientras se bañaban, me sentaban en mi bacinilla y se sentaban en las suyas frente a mí para desahogarse de sus secretos, sus penas, sus rencores, como si yo no entendiera, sin darse cuenta de que lo sabía todo porque ataba los cabos que ellas mismas me dejaban sueltos.

Chon era de la servidumbre y de la calle. Había llegado de Barrancas con los abuelos cuando todavía era niña, había acabado de criarse en la cocina pero asimilada a la familia, y el trato que le daban era el de una tía chaperona desde que hizo la peregrinación a la Provincia con mi madre enamorada. En sus últimos años se mudó a un cuarto propio en la parte más pobre del pueblo, por la gracia de su real gana, y vivía de vender en la calle desde el amanecer las bolas de maíz molido para las arepas, con un pregón que se volvió familiar en el silencio de la madrugada: «Las masitas heladas de la vieja Chon…».

Tenía un bello color de india y desde siempre pareció en los puros huesos, y andaba a pie descalzo, con un turbante blanco y envuelta en sábanas almidonadas. Caminaba muy despacio por la mitad de la calle, con una escolta de perros mansos y callados que avanzaban dando vueltas alrededor de ella.

Terminó incorporada al folclor del pueblo. En unos carnavales apareció un disfraz idéntico a ella, con sus sábanas y su pregón, aunque no lograron amaestrar una guardia de perros como la suya. Su grito de las masitas heladas se volvió tan popular que fue motivo de una canción de acordeoneros. Una mala mañana dos perros bravos atacaron a los suyos, y éstos se defendieron con tal ferocidad que Chon cayó por tierra con la espina dorsal fracturada. No sobrevivió, a pesar de los muchos recursos médicos que le procuró mi abuelo.

Otro recuerdo revelador en aquel tiempo fue el parto de Matilde Armenta, una lavandera que trabajó en la casa cuando yo tenía unos seis años. Entré en su cuarto por equivocación y la encontré desnuda y despernancada en una cama de lienzo, y aullando de dolor entre una pandilla de comadres sin orden ni razón que se habían repartido su cuerpo para ayudarla a parir a gritos. Una le enjugaba el sudor de la cara con una toalla mojada, otras le sujetaban a la fuerza los brazos y las piernas y le daban masajes en el vientre para apresurar el parto. Santos Villero, impasible en medio del desorden, murmuraba oraciones de buena mar con los ojos cerrados mientras parecía excavar entre los muslos de la parturienta. El calor era insoportable en el cuarto lleno de humo por las ollas de agua hirviendo que llevaban de la cocina. Permanecí en un rincón, repartido entre el susto y la curiosidad, hasta que la partera sacó por los tobillos una cosa en carne viva como un ternero de vientre con una tripa sanguinolenta colgada del ombligo. Una de las mujeres me descubrió entonces en el rincón y me sacó a rastras del cuarto.
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