Contribuciones al pensamiento




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XI. EL VIAJE

Sigo subiendo a pie por el camino montañoso. Me detengo un instante y miro hacia atrás. A la distancia, veo la línea de un río y lo que podría ser una arboleda. Más lejos, un desierto rojizo que se pierde en la bruma del atardecer. Camino unos pasos más, mientras la senda se estrecha hasta quedar borrada. Sé que falta un último tramo, el más difícil, para llegar a la meseta. La nieve apenas molesta mi desplazamiento, así es que continúo el ascenso.

He llegado a la pared de roca. La estudio cuidadosamente y descubro en su estructura una grieta por la que podría trepar. Comienzo a subir enganchando los borceguíes en las salientes. Pego la espalda en un borde de la grieta, mientras hago palanca con un codo y el otro brazo. Subo. La grieta se ha estrechado. Miro hacia arriba y hacia abajo. Estoy a mitad de camino. Imposible desplazarme en ninguno de los dos sentidos. Cambio la posición, quedando pegado de frente a la resbaladiza superficie. Afirmo los pies y muy despacio, estiro un brazo hacia arriba. La roca me devuelve el jadeo húmedo de la respiración. Palpo sin saber si encontraré una pequeña fisura. Estiro el otro brazo suavemente. Siento que me balanceo. Mi cabeza comienza a separarse lentamente de la piedra. Luego, todo mi cuerpo. Estoy por caer de espaldas... Pero encuentro un pequeño hueco en el que aferro mis dedos. Ya afirmado, continúo el ascenso trepando sin dificultad en el asalto final.

Por fin llego arriba. Me incorporo y aparece ante mí una pradera interminable. Avanzo unos pasos. Luego, cambio de frente. Hacia el abismo es de noche; hacia la llanura, los últimos rayos del sol fugan en tonalidades múltiples. Estoy comparando ambos espacios cuando escucho un sonido agudo. Al mirar hacia lo alto veo un disco luminoso que, describiendo círculos a mi alrededor, comienza a descender.

Se ha posado muy cerca. Movido por una llamada interior me acerco sin prevenciones. Penetro en su interior con la sensación de traspasar una cortina de aire tibio. Al momento, experimento que mi cuerpo se aliviana. Estoy en una burbuja transparente, achatada en su base.

Como impulsados por un gran elástico, partimos rectamente. Creo que vamos en dirección a Beta Hydris o, tal vez, hacia NGC3621 (?).

Alcanzo a ver, fugazmente, el atardecer en la pradera. Subimos a mayor velocidad, mientras el cielo se ennegrece y la Tierra se aleja. Siento que aumenta la velocidad. Las límpidas estrellas van virando de color hasta desaparecer en la oscuridad total.

Al frente, veo un único punto de luz dorado que se agranda. Vamos hacia él. Ahora se destaca un gran aro que se continúa en larguísimo corredor transparente. En un momento, nos detenemos súbitamente. Hemos descendido en un lugar abierto. Atravieso la cortina de aire tibio y salgo del objeto.

Estoy entre paredes transparentes que, al atravesarlas, producen musicales cambios de color.

Sigo avanzando hasta llegar a un plano en cuyo centro veo un gran objeto móvil, imposible de capturar con la mirada, porque al seguir una dirección cualquiera en su superficie ésta termina envuelta en el interior del cuerpo. Siento mareo y aparto la vista.

Encuentro una figura, al parecer, humana. No puedo ver su rostro. Me tiende una mano en la que veo una esfera radiante. Comienzo a acercarme y en un acto de plena aceptación, tomo la esfera y la apoyo en mi frente. (*)

Entonces, en silencio total, percibo que algo nuevo comienza a vivir en mi interior. Ondulaciones sucesivas y una fuerza creciente bañan mi cuerpo, mientras brota en mi ser una profunda alegría. (*)

Sé que la figura me dice sin palabras: “Regresa al mundo con tu frente y tus manos luminosas”. (*)

Así pues, acepto mi destino. Luego, la burbuja y el aro y las estrellas y la pradera y la pared de roca. (*)

Por último, el camino y yo, humilde peregrino que regresa a su gente. (*)

Yo que vuelvo luminoso a las horas, al día rutinario, al dolor del hombre, a su simple alegría. Yo que doy de mis manos lo que puedo, que recibo la ofensa y el saludo fraterno, canto al corazón que del abismo oscuro renace a la luz del ansiado Sentido.

XII. EL FESTIVAL

Acostado en una cama, creo estar en la habitación de un hospital. Escucho apenas el goteo de un grifo de agua mal cerrado. Intento mover los miembros y la cabeza, pero no me responden. Con esfuerzo mantengo los párpados abiertos.

Me parece que alguien ha dicho a mi lado, que afortunadamente salí de todo peligro... que ahora, todo es cuestión de descanso. Inexplicablemente, esas palabras confusas me traen un gran alivio. Siento al cuerpo adormecido y pesado, cada vez más flojo.

El techo es blanco y liso, pero cada gota de agua que escucho caer destella en su superficie como un trazo de luz. Una gota, una raya. Luego otra. Después, muchas líneas. Más adelante, ondulaciones. El techo se va modificando, siguiendo el ritmo de mi corazón. Puede ser un efecto de las arterias de mis ojos, al pasar los golpes de sangre. El ritmo, va dibujando el rostro de una persona joven.

–¡Eh, tú! –me dice– ¿por qué no vienes?

–Claro –pienso– ¿por qué no?

...Allí adelante se desarrolla el festival de música y el sonido de los instrumentos inunda de luz un enorme espacio tapizado de hierba verde y flores.

Estoy recostado en el prado, mirando hacia el escenario. A mi alrededor hay una enorme cantidad de gente, pero me agrada el hecho de ver que no está apiñada porque hay mucho espacio. A la distancia, alcanzo a ver antiguos amigos de la niñez. Siento que están realmente a gusto.

Fijo la atención en una flor, conectada a su rama por un delgado tallo de piel transparente en cuyo interior se va profundizando el verde reluciente. Estiro la mano, pasando suavemente un dedo por el tallo terso y fresco, apenas interrumpido por pequeñísimos abultamientos. Así, subiendo por entre hojas de esmeralda, llego a los pétalos que se abren en una explosión multicolor. Pétalos como cristales de catedral solemne, pétalos como rubíes y como fuego de leños amanecidos en hoguera... Y en esa danza de matices, siento que la flor vive como si fuera parte mía. (*)

Y la flor, agitada por mi contacto, suelta una gota de rocío amodorrado apenas prendida en una hoja final. La gota vibra en óvalo, luego se alarga y ya en el vacío se aplana para redondearse nuevamente, cayendo en un tiempo sin fin. Cayendo, cayendo, en el espacio sin límite... Por último, dando en el sombrero de un hongo, rueda por él como pesado mercurio, para deslizarse hasta sus bordes. Allí, en un espasmo de libertad, se abalanza sobre un pequeño charco en el que levanta el tormentoso oleaje que baña a una isla de piedra-mármol. (*)

Alzo la mirada para ver a una abeja dorada que se acerca a libar en la flor. Y en ese violento espiral de vida contraigo mi mano irrespetuosa, alejándola de aquella perfección deslumbrante. Mi mano... La miro atónito, como si la viera por primera vez. Dándola vuelta, flexionando y estirando los dedos, veo las encrucijadas de la palma y en sus líneas comprendo que todos los caminos del mundo convergen allí. Siento que mi mano y sus profundas líneas no me pertenecen y agradezco en mi interior la desposesión de mi cuerpo.

Adelante se desarrolla el festival y yo sé que la música me comunica con esa muchacha que mira sus vestidos y con el hombre joven que, acariciando un gato azul, se respalda en el árbol. Sé que antes he vivido esto mismo y que he captado la rugosa silueta del árbol y las diferencias de volumen de los cuerpos. Otra vez ya, he advertido esas nubes ocre de forma blanda, pero como de cartón recortado en el celeste límpido del cielo. Y también he vivido esa sensación sin tiempo en que mis ojos parecen no existir, porque ven todo con transparencia como si no fueran ojos del mirar diario, aquellos que enturbian la realidad. Siento que todo vive y que todo está bien. Que la música y las cosas no tienen nombre y que nada, verdaderamente, puede designarlas. (*)

En las mariposas de terciopelo que vuelan a mi alrededor, reconozco la calidez de los labios y la fragilidad de los sueños felices. El gato azul se desplaza cerca mío. Caigo en cuenta de algo obvio: se mueve por sí solo, sin cables, sin control remoto. Lo hace por sí mismo y eso me deja atónito. En sus perfectos movimientos y tras los hermosos ojos amarillos, sé que hay una vida y que todo lo demás es un disfraz, como la corteza del árbol, como las mariposas, como la flor, como la gota mercurial, como las nubes recortadas, como la mano de los caminos convergentes. Por un momento, me parece comunicar con algo universal. (*)

...Pero una voz suave, me interrumpe justo antes de pasar a otro estado de conciencia.

“¿Usted cree que así son las cosas? –me susurra la desconocida–. Le diré que no son de ese modo, ni del otro. Usted, pronto volverá a su mundo gris, sin profundidad, sin alegría, sin volumen. Y creerá que ha perdido la libertad. Por ahora no me entiende, ya que no tiene capacidad de pensar a su antojo. Su aparente estado de libertad es sólo producto de la química. Esto le sucede a miles de personas a las que aconsejo cada vez. Buenos días!”

La amable señora ha desaparecido. Todo el paisaje empieza a girar en un espiral gris claro, hasta que aparece el techo ondulante. Oigo la gota de agua del grifo. Sé que estoy acostado en una habitación. Experimento que el embotamiento de los sentidos se diluye. Pruebo mover la cabeza y responde. Luego, los miembros. Me estiro y compruebo que estoy en perfectas condiciones. Salto de la cama reconfortado, como si hubiera descansado años.

Camino hasta la puerta de la habitación. La abro. Encuentro un pasillo. Camino velozmente en dirección a la salida del edificio. Llego hasta ella. Veo una gran puerta abierta, por la que pasa mucha gente en ambas direcciones. Bajo unos escalones y llego a la calle.

Es temprano. Miro la hora en el reloj de pared y comprendo que debo apurarme. Un gato asustado cruza por entre peatones y vehículos. Lo miro correr y, sin saber por qué, me digo a mí mismo: “Hay otra realidad que mis ojos no ven todos los días”.

XIII. LA MUERTE

Creo que estoy en un teatro. Todo está a oscuras. Poco a poco comienza a iluminarse la escena, pero he aquí que yo estoy en ella.

El ambiente es cinematográfico. Por allí luces de antorchas, en el fondo una gigantesca balanza de dos brazos. Creo que el techo, posiblemente abovedado, está a mucha altura porque no veo sus límites. Alcanzo a reconocer algunas paredes de roca, árboles y pantanos alrededor del centro de escena. Tal vez todo se continúe en una selva muy espesa. Por todas partes hay figuras humanas que se mueven furtivamente.

Súbitamente dos sujetos encapuchados aferran mis brazos. Entonces una voz grave me pregunta:

–¿De dónde vienes?

No sé que responder así que explico que vengo de “adentro”.

–¿Qué es “adentro”?, –dice la voz.

Ensayo una respuesta: “Como vivo en la ciudad, el campo es ‘afuera’. Para la gente del campo, la ciudad también es ‘afuera’. Yo vivo en la ciudad o sea ‘adentro’ y por eso digo que vengo de ‘adentro’ y ahora estoy ‘afuera’”.

–Eso es una estupidez, tú entras a nuestros dominios de manera que vienes de “afuera”. Este no es el campo sino que es tu “adentro”. ¿No pensaste acaso que esto era un teatro? Entraste al teatro que, a su vez, está en tu ciudad. La ciudad en que vives está afuera del teatro.

–No –respondo–, el teatro es parte de la ciudad en que vivo.

–Escucha insolente –dice la voz–, terminemos con esta discusión ridícula. Para empezar te diré que ya no vives en la ciudad. Vivías en la ciudad, por lo tanto tu espacio de “adentro” o de “afuera” se quedó en el pasado. Así, estás en otro espacio-tiempo. En esta dimensión las cosas funcionan de otra manera.

De inmediato, aparece al frente un vejete portando en su diestra un recipiente. Al llegar a mí introduce la otra mano en mi cuerpo como si este fuera de mantequilla. Primeramente extrae mi hígado y lo coloca en la vasija, luego procede con los riñones, el estómago, el corazón y, por último, saca sin profesionalismo todo lo que va encontrando hasta que termina desbordando el receptáculo. Por mi parte, no siento nada especial. El sujeto gira sobre sí mismo y llevando mis vísceras hasta la balanza, concluye depositándolas en uno de los platos que desciende hasta tocar el piso. Entonces pienso que estoy en una carnicería en la que se pesan trozos de animales ante la vista de los clientes. En efecto, una señora portando un cesto trata de apoderarse de mis entrañas, pero es rechazada por el vejete que le grita: “Pero ¿qué es esto? ¿Quién le ha autorizado a llevarse las piezas?”. El personaje entonces, sube por una escalerilla hasta el plato en alto y allí deposita una pluma de búho en el plato vacío.

La voz vuelve a dirigirse a mí con estas palabras: “Ahora que estás muerto y has descendido hasta el umbral del mundo de las sombras, te dirás: ‘están pesando mis vísceras’, y será cierto. Pesar tus vísceras es pesar tus acciones”.

Los encapuchados que me flanqueaban dejan mis brazos en libertad y comienzo a caminar lentamente pero sin dirección precisa. La voz continúa: “Las vísceras bajas están en el fuego infernal. Los cuidadores del fuego se muestran siempre activos e impiden que se acerquen aquellos a quienes deseas”.

Me doy cuenta que la voz va guiando mis pasos y que a cada insinuación cambia la escena. La voz dice: “Primeramente, pagarás a los cuidadores. Luego entrarás al fuego y recordarás los sufrimientos que causaste a otros en la cadena del amor. (*)

“Pedirás perdón a los maltratados por ti y saldrás purificado únicamente cuando te reconcilies. (*)

“Entonces, llama por su nombre a los perjudicados y ruégales que te permitan ver sus rostros. Si ellos acceden, escucha con cuidado sus consejos porque estos son tan suaves como brisas lejanas. (*)

“Agradece con sinceridad y parte siguiendo la antorcha de tu guía. El guía atravesará oscuros pasadizos y llegará contigo a una cámara en donde aguardan las sombras de aquellos que has violentado en tu existencia. Ellos, todos ellos, están en la misma situación sufriente en la que un día los dejaras. (*)

“Pídeles perdón, reconcíliate y bésalos uno por uno antes de partir. (*)

“Sigue al guía que bien sabe llevarte a tus lugares de naufragio, a los lugares de las cosas irreparablemente yertas. ¡Oh, mundo de las grandes pérdidas en el que sonrisas y encantos y esperanzas son tu peso y tu fracaso! Contempla tu larga cadena de fracasos y para ello, pide al guía que alumbre lentamente todas aquellas ilusiones. (*)

“Reconcíliate contigo mismo, perdónate a ti mismo y ríe. Entonces verás como del cuerno de los sueños surge un viento que lleva hacia la nada el polvo de tus ilusorios fracasos”. (*)

De pronto, toda la escena cambia y me encuentro en otro ambiente en el que escucho: “Aún en el bosque oscuro y frío, sigues a tu guía. Las aves de malos presagios rozan tu cabeza. En los pantanos, lazos serpentinos te rodean. Haz que tu guía te lleve hacia la gruta. Allí no puedes avanzar a menos que pagues tu precio a las formas hostiles que defienden la entrada. Si, finalmente, logras penetrar pídele al guía que vaya iluminando a izquierda y a derecha. Ruégale que acerque su antorcha a los grandes cuerpos de mármol de aquellos que no has podido perdonar. (*)

“Perdónalos uno por uno y cuando tu sentimiento sea verdadero, las estatuas se irán convirtiendo en seres humanos que te sonreirán y extenderán hacia ti sus brazos en un himno de agradecimiento. (*)

“Sigue al guía fuera de la gruta y no mires atrás por ninguna circunstancia. Deja a tu guía y vuelve aquí, a donde se pesan las acciones de los muertos. Ahora mira el plato de balanza en el que están depositadas tus acciones y comprueba como éstas suben y son más livianas que una pluma.

Siento un quejido metálico al tiempo que veo elevarse el plato en el que está depositada la vasija.

Y la voz concluye: “Has perdonado a tu pasado. Demasiado tienes como para pretender más por ahora. Si tu ambición te llevara más lejos podría suceder que no volvieras a la región de los vivos. Demasiado tienes con la purificación de tu pasado. Yo te digo ahora: ‘Despierta y sal fuera de este lugar’”.

Las luces de la escena se van apagando lentamente, mientras siento que estoy afuera de aquel mundo y nuevamente adentro de éste. Pero también advierto que en este mundo contengo las experiencias de aquel otro.
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