Memorias de áfrica




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títuloMemorias de áfrica
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fecha de publicación31.01.2016
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todos los que habían viajado a la isla habían terminado por regresar antes o después...

Entonces, de repente, le vino a la mente la imagen de la persona a quien preguntar. ¿Cómo no se le había

ocurrido antes?

¡Julia!

¡Nadie como ella para resolver sus dudas! Cumplía todos los requisitos: había estado presente en momentos del pasado de su familia; había vivido en la isla en esas fechas; compartía el tono de la añoranza por el esplendor perdido y la seducción de lo exótico de las narraciones de Jacobo y Kilian; y siempre estaba dispuesta para una larga conversación con Clarence, a quien trataba con un afecto casi maternal desde que era pequeña, quizá porque solo había tenido hijos varones.

Se giró rápidamente buscando un cenicero y apagó el cigarrillo antes de salir del salón y dirigirse a su despacho para llamar a Julia por teléfono. Al cruzar por el gran vestíbulo que servía de distribuidor hacia las diferentes estancias de la casa, y por el que también se accedía a las escaleras que conducían a los dormitorios de la planta superior, no pudo evitar detenerse ante el enorme cuadro que lucía sobre una gran arca de madera tallada a mano con el primor de los artesanos del siglo XVII, una de las pocas joyas de mobiliario que había sobrevivido al paso de los años para recordar la nobleza perdida de su casa.

El cuadro mostraba el árbol genealógico de su familia paterna. El primer nombre que se podía leer en la parte inferior y que databa de 1395, Kilian de Rabaltué, seguía intrigando a Clarence. Que el nombre de un santo irlandés que había recorrido Francia para terminar en Alemania fuera el nombre del fundador de su casa era un misterio que nadie de la familia podía explicar. Probablemente ese

Kilian cruzara de Francia a Pasolobino por los Pirineos y él, su gen viajero y los reflejos cobrizos de su cabello se establecieran allí. A partir de esas tres palabras, aparecía dibujado un largo tronco que se extendía verticalmente hacia arriba, del cual salían las ramas horizontales con las hojas en las que aparecían escritos los nombres de los hermanos y hermanas con sus esposas y esposos y los descendientes de las siguientes generaciones.

Clarence se detuvo en la generación de su abuelo, la pionera de la aventura en tierras lejanas, y repasó con la vista las fechas. En 1898 había nacido su abuelo, Antón de Rabaltué, quien se había casado en 1926 con Mariana de Malta, nacida en 1899. En 1927 nació su padre. En 1929 nació su tío, Kilian, y en 1933 su tía, Catalina.

Pensó que los árboles genealógicos podían ser muy previsibles en esas tierras. Había pocas variaciones. Se sabía perfectamente de dónde procedía cada persona. En la casilla correspondiente aparecía su fecha de nacimiento, nombre y apellidos, y su casa natal. A veces los apellidos eran sustituidos por el nombre de la casa y de la aldea de procedencia, puesto que muchos de los nuevos candidatos a gozar de casilla provenían de pueblos vecinos. El tronco central del árbol conducía la vista desde el primer Kilian hasta los últimos herederos en línea directa. Lo normal era que los nombres se repitieran generación tras generación, evocando épocas pasadas de condes y damas —porque los nombres antiguos en papeles antiguos tenían la extraña habilidad de excitar la imaginación de la joven: Mariana, Mariano, Jacoba,

Jacobo, algún Kilian, Juan, Juana, José, Josefa, alguna Catalina, Antón, Antonia... Leyendo árboles genealógicos, una de sus grandes pasiones, Clarence se podía imaginar cómo fluía la vida sin grandes cambios: nacer, crecer, reproducirse y morir. La misma tierra y el mismo cielo.

Sin embargo, los últimos nombres que aparecían en el árbol suponían una clara ruptura con un pasado supuestamente petrificado. Los nombres de Daniela y Clarence rompían la monotonía de los anteriores. Era como si al nacer ambas algo ya estuviera cambiando, como si sus progenitores las estuvieran marcando de alguna manera con unas palabras cargadas de significado para ellos. Habían sabido ya mayores que Kilian había elegido el nombre de Daniela sin que su mujer, Pilar, pudiera argumentar nada para impedirlo. Era un nombre que a él le había gustado siempre y punto. Por otro lado, la explicación para el nombre de Clarence había que buscarla en su madre, gran lectora de novela romántica, que había hurgado entre el pasado viajero de su marido hasta dar con un nombre lo suficientemente contundente como para satisfacerla: Clarence de Rabaltué. Por lo visto, Jacobo no había puesto objeciones, tal vez porque ese nombre, que correspondía a una antigua ciudad africana, le hacía recordar cada día su relación con ese pasado idílico al que tantas veces aludían tanto él como Kilian.

Frente a ese cuadro, por un momento, Clarence abrió mentalmente unas nuevas casillas en las líneas inmediatamente superiores a la suya y a la de su prima. ¿Cómo se llamarían las siguientes generaciones, si es que las había? Sonrió para sus adentros. Definitivamente, a la velocidad que iba ella, pasarían años antes de que se completara una nueva línea, lo cual era una pena porque ella entendía la vida como una larga cadena en la que todos los eslabones con nombres y apellidos creaban una sólida y larga unidad. No podía comprender que hubiera quien desconociera a los antepasados de generaciones anteriores a la de sus abuelos. Pero claro, no todos tenían lo que para ella era la suerte de haber crecido en un entorno cerrado, controlado y anotado al que acudir cuando la vida la desorientaba con sus indecisiones. En su caso, su comprensible pero un tanto exagerado apego hacia su casa natal, su valle y sus montañas traspasaba y superaba lo meramente genético para convertirse en algo más profundo y espiritual que calmaba su aprensión existencial a la intrascendencia. Tal vez por ese deseo de formar parte de una íntima conexión entre pasado y futuro, Clarence había conseguido enfocar su vida laboral, dedicada a la investigación lingüística, hacia el estudio del pasolobinés. La reciente defensa de su tesis doctoral, por cuya razón estaba exhausta y saturada del mundo académico, la había convertido no solo en la persona del mundo que más sabía a nivel teórico sobre esa lengua al borde de la extinción, sino también en guardiana de una parte de su herencia cultural, de lo cual se sentía muy orgullosa.

No obstante, tenía que admitir que en ocasiones se lamentaba de la cantidad de tiempo de vida real que tanto estudio le había quitado. Sobre todo en cuanto a relaciones, porque lo cierto era que su vida amorosa era un desastre. Por una razón u otra, sus noviazgos nunca conseguían traspasar la barrera de los doce meses, algo en lo que coincidía con Daniela, solo que a esta no parecía afectarle tanto, quizá por ser seis años más joven o simplemente por su naturaleza paciente. Se sonrió de nuevo al pensar en la suerte que habían tenido ambas, hijas únicas, de haber crecido prácticamente juntas. ¿Qué hubiera hecho ella sin ese regalo que el cielo le había enviado para sustituir a todas sus muñecas infantiles? A pesar de ser tan diferentes física y emocionalmente, se sentían como hermanas inseparables y, como tales, habían compartido miles de vivencias y anécdotas. Recordó el código de honor que habían pactado cuando la diferencia de edad dejó de ser un impedimento para salir juntas de fiesta: en caso de que las dos se sintieran atraídas por el mismo joven, tenía vía libre aquella que lo hubiera conocido primero. Afortunadamente, por sus caracteres — Daniela era más tímida, más práctica y aparentemente menos apasionada—, y por sus gustos —a Clarence le atraían inexistentes hombres solitarios y misteriosos de cuerpos musculosos y a su prima los reales—, no había sido necesario poner a prueba su fidelidad.

Suspiró y dejó que la imaginación volara unos segundos, solo eso, unos segundos, para completar las casillas de sus invisibles descendientes.

De pronto, un leve escalofrío recorrió su cuerpo, como si alguien hubiera soplado sobre su nuca o se la hubiera acariciado con una pequeña pluma. Dio un respingo y se giró rápidamente. Durante unas décimas de segundo se sintió aturdida, incluso atemorizada, por haber sentido la presencia de alguien, lo cual era ridículo, razonó enseguida, porque sabía que nadie volvería hasta dentro de unos días y todas las puertas estaban bien cerradas: no era excesivamente miedosa —tal vez más de lo que le gustaría—, pero tomaba sus precauciones.

Sacudió la cabeza para alejar los absurdos pensamientos de los últimos minutos y se centró en lo que tenía que hacer, que era telefonear a Julia. Cruzó una de las puertas de cuarterones en forma de rombo de la salita, la que estaba situada bajo la amplia escalera de peldaños de madera que conducía al piso superior, y entró en su despacho, dominado por una ancha mesa americana de roble sobre la que estaba su móvil.

Miró el reloj y calculó que a esas horas Julia, una mujer bastante metódica, ya habría llegado a casa de la iglesia. Cuando estaba en Pasolobino, todos los días acudía con una amiga a misa de cinco, daba una vuelta por el pueblo y se tomaba un chocolate antes de regresar a su casa en coche.

Para su extrañeza, Julia no contestó. Decidió llamarla al móvil y la localizó tan concentrada jugando a las cartas en casa de otra amiga que apenas conversaron. Lo justo para quedar al día siguiente. Se sintió un poco desilusionada. No le quedaba más remedio que esperar.

Tendría que esperar un día.

Decidió regresar al salón y ordenar todos los papeles que había extendido. Devolvió las cartas a su sitio y se

guardó el pedazo de papel en la cartera.

Después del entretenimiento de las últimas horas, de pronto no sabía qué hacer para pasar lo que quedaba del día. Se sentó en el chester frente al fuego, se encendió otro cigarrillo, y pensó en cómo había cambiado todo desde que Antón, Kilian y Jacobo fueron a la isla, sobre todo el concepto del tiempo. Las personas de la generación de Clarence tenían el ordenador, el correo electrónico y el teléfono para contactar al instante con sus seres queridos. Eso les había convertido en seres impacientes: no se llevaban bien ni con la incertidumbre ni con la espera, y cualquier pequeño retraso en la satisfacción de sus deseos se convertía en una lenta tortura.

En esos momentos, lo único que le interesaba a Clarence era que Julia le pudiera decir algo que explicara el sentido de esas pocas líneas que en su mente se traducían en una única idea: su padre podría haber estado enviando dinero a una mujer con cierta frecuencia.

El resto de su vida había pasado de golpe a un segundo plano.

Al día siguiente, a las cinco y media en punto, Clarence estaba en la puerta de la iglesia esperando a que Julia saliera. Apenas llevaba unos minutos contemplando la majestuosa silueta de la torre románica recortada contra el cielo cuando la puerta se abrió y comenzaron a salir las pocas personas que asistían a los oficios entre semana, y que la saludaron con familiaridad.

Enseguida localizó a Julia, una mujer menuda, sencilla pero perfectamente arreglada, con su corta melena castaña recién peinada en la peluquería y un bonito pañuelo alrededor del cuello. Julia se acercó a ella con una amplia sonrisa.

¡Clarence! ¡Cuántos días sin verte! —Le dio dos afectuosos y sonoros besos y pasó su brazo por el de la joven para comenzar a caminar en dirección a la salida del recinto, rodeado de un muro de piedra coronado por una alta verja de forja—. Perdona que ayer no te hiciera mucho caso, pero me llamaste en plena revancha. ¿Cómo es que estás por aquí? ¿Y el trabajo?

Este cuatrimestre tengo pocas clases —respondió Clarence—. Es lo bueno de la universidad. Me organizo para tener temporadas libres y poder investigar. Y tú, ¿te vas a quedar mucho tiempo esta vez?

La familia materna de Julia era oriunda del valle de Pasolobino y ella todavía conservaba una de las muchas casas emplazadas en medio de los campos a unos kilómetros del pueblo. Su madre se había casado con un hombre de un valle vecino y ambos se habían ido a trabajar a África cuando ella era muy pequeña, dejándola al cuidado de los abuelos hasta que el negocio de ferretería comenzó a ir bien y decidieron llevársela con ellos. Allí, Julia se había casado y había dado a luz a sus dos hijos. Después de instalarse definitivamente en Madrid, ella y los niños habían disfrutado de cortas vacaciones en Pasolobino a las que se sumaba su marido de manera ocasional. Desde que había enviudado hacía un par de años, sus estancias en su valle natal eran cada vez más largas.

Por lo menos hasta octubre. Es lo bueno de tener a los hijos mayores, que ya no me necesitan. —Sonrió con picardía antes de añadir—: Y así no me pueden dejar a los nietos a todas horas.

Clarence rio abiertamente. Le gustaba Julia. Era una mujer de carácter fuerte, aunque físicamente no diera esa imagen. También era culta, observadora, reflexiva y sensible, muy abierta y agradable al trato, con un punto incluso de sofisticación que la hacía destacar sobre las demás mujeres del pueblo. Clarence estaba convencida de que esto se debía tanto a su pasado viajero como a sus años en la capital. No obstante, Julia se sentía en Pasolobino como si nunca se hubiera ido, y su sencillez hacía de ella una mujer apreciada. A pesar de su comentario sobre los hijos y nietos, no podía evitar estar siempre pendiente de lo que les pasaba a los demás y ofrecer su ayuda en caso necesario.

¿Te apetece un chocolate caliente? —sugirió Clarence.

¡El día que no me apetezca, ya puedes empezar a preocuparte!

Caminaron tranquilamente por las callejuelas dominadas por el gris de las piedras, dejaron atrás el casco antiguo del pueblo y tomaron la amplia avenida que vertebraba la parte nueva, con altas farolas y edificios de cuatro y cinco alturas, hasta el único establecimiento de Pasolobino donde —según la experta Julia— el chocolate era auténtico porque superaba la prueba de dar la vuelta a la taza sin que se derramase. «Cuando has crecido tomando cacao puro —solía decir—, es imposible aceptar sucedáneos.»

Durante el trayecto conversaron de cuestiones triviales, del tiempo y del trabajo de la joven, y se pusieron al día sobre los diferentes miembros de sus familias. Clarence creía percibir siempre una ligera variación en el tono de voz de Julia cuando preguntaba por Kilian o por Jacobo. Era algo muy tenue, nada importante, pero precedido por un nervioso carraspeo que solo se producía antes de las preguntas recurrentes en sus conversaciones:

Hace días que no veo a tu tío. ¿Se encuentra bien?

La verdad es que está bastante bien, gracias. Empieza a tener alguna gotera, pero nada importante.

¿Y qué vida lleva tu padre? ¿Es que no sube?

Sí que sube, sí, pero no con tanta frecuencia como antes. Dice que cada vez le da más pereza conducir.

¡Con lo que le han gustado los coches!

Yo creo que con los años se nos está haciendo friolero y espera a que llegue el buen tiempo.

Bueno, eso nos pasa a todos. Y lo cierto es que hay que tenerle mucho amor a esta tierra para resistir este clima tan salvaje...

«Clima —pensó Clarence—. Contraste entre el calor tropical y el frío de Pasolobino.»

Supo que esa era una buena excusa para desviar fácilmente la conversación hacia lo que le interesaba.

Pues sí —asintió—. Y más si has vivido en el

trópico, ¿eh?

Mira, Clarence, te voy a decir una cosa. —Julia se detuvo ante la chocolatería y se giró hacia la joven—. Si no fuera por todas las circunstancias..., en fin, por cómo nos tuvimos que ir, quiero decir...

La entrada al establecimiento sirvió de pausa. Clarence la guió al interior amablemente sin interrumpirla, encantada de que hubiera picado el anzuelo.

... Me hubiera quedado allí...

Se acercaron a la mesa libre más cercana al ventanal, se quitaron las chaquetas, bolsos y pañuelos de cuello y se sentaron.

Porque aquellos fueron los mejores años de mi vida...

Suspiró, hizo un gesto con las manos al camarero indicándole que tomarían dos tacitas, pero reparó en que no había consultado a Clarence. La miró y esta asintió a la par que aprovechaba para llevar las riendas de la conversación.

¿Sabes dónde estuve hace poco?

Julia arqueó las cejas en actitud interrogante.

En un congreso en Murcia sobre literatura hispano- negro-africana. —Clarence se percató del gesto de extrañeza de su amiga—. Sí, a mí también me chocó al principio. Me costó entender el término. Conocía algo de literatura de africanos que escribían en inglés, en francés, e incluso en portugués, pero no en castellano.

No tenía ni idea. —Julia se encogió de hombros—. Bueno, la verdad es que tampoco me lo había planteado.

Pues por lo visto hay una gran producción literaria desconocida tanto allí como aquí, entre otros motivos, porque esos escritores han estado años en el olvido.

¿Y a qué fuiste? ¿Tiene algo que ver con tu investigación universitaria?

Clarence titubeó.

Sí y no. La verdad es que después de acabar la tesis no sabía muy bien por dónde tirar. Un compañero me comentó lo del congreso y aquello me dio que pensar. ¿Cómo es posible que ni siquiera me hubiera planteado ciertas cosas después de toda la vida escuchando las anécdotas de papá y tío Kilian? Francamente, me sentí un poco mal. A cualquier otra persona le tendría que haber sorprendido, pero a mí no.

Cogió la taza de chocolate entre las manos. Estaba tan caliente que tuvo que soplar varias veces antes de poder probarlo. Julia permanecía en silencio observando como la joven cerraba los ojos para saborear de la manera que ella le había enseñado la mezcla dulce y amarga.

¿Y aprendiste algo? —preguntó por fin, con un interés real—. ¿Te gustó?

Clarence abrió los ojos y dejó la tacita sobre el plato.

Disfruté mucho —respondió—. Había escritores africanos residentes en España, otros que vivían fuera en diferentes países, y los de aquí, que estábamos descubriendo un mundo nuevo. Se habló de muchas cosas, especialmente de la necesidad de dar a conocer sus obras y su cultura. —Se detuvo para comprobar que a Julia no le aburría su explicación y resumió—: En fin, que fue todo un descubrimiento percatarse de la existencia de africanos con los que compartimos la misma lengua y la misma gramática. Chocante, ¿no? Digamos que los temas tratados diferían bastante de las historias que he escuchado en casa.

Julia frunció el ceño.

¿En qué sentido?

Evidentemente, se habló mucho de la época colonial y poscolonial; de la herencia ideológica que había condicionado su vida; de la admiración, el rechazo, e incluso el rencor hacia quienes les habían obligado a cambiar el curso de su historia; de sus problemas de identidad y sus traumas; de los intentos por recuperar el tiempo perdido; de las experiencias del exilio y del desarraigo; y de la multiplicidad étnica y lingüística. Vamos, nada que ver con lo que yo creía que sabía... ¡Y no creo que hubiera muchas hijas de coloniales en ese congreso! Yo, desde luego, ni abrí la boca. Me daba un poco de vergüenza... ¿Sabes? Incluso un profesor americano nos recitó poesía en su lengua materna, el bubi... —Metió la mano en su bolso, sacó un bolígrafo y cogió una servilleta de papel—, que, en realidad, se escribe así,
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