Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente.




descargar 1.65 Mb.
títuloBibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente.
página8/34
fecha de publicación27.10.2015
tamaño1.65 Mb.
tipoBibliografía
b.se-todo.com > Economía > Bibliografía
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   34
holístico, las enfermedades físicas no son sino manifestaciones de un desequilibrio básico del organismo13. Otras manifestaciones pueden tomar la forma de patologías psicológicas y sociales, y cuando los síntomas físicos de una enfermedad se suprimen eficazmente con un intervención médica, el mal puede muy bien manifestarse de otras maneras.

De hecho, las patologías psicológicas y sociales se han vuelto un gran problema para la sanidad pública. Según varias encuestas, hasta el 25 por ciento de la población tiene suficientes problemas psicológicos para ser considerada gravemente disminuida y necesitada la atención terapéutica14. Al mismo tiempo ha habido un alarmante incremento del alcoholismo, de los crímenes violentos, de los accidentes y suicidios, todos ellos síntomas del malestar social. Del mismo modo, los graves problemas de salud que padecen los niños de hoy han de ser vistos como indicadores de malestar social, junto con el aumento del delito y del terrorismo político15.

Por otra parte, en los últimos doscientos años ha aumentado la esperanza de vida en los países desarrollados, y esto se suele citar como una indicación de los efectos beneficiosos de la medicina mo­derna. Sin embargo, este razonamiento puede inducir a error. La salud tiene varias dimensiones y todas ellas surgen de la compleja interacción entre los aspectos físicos, psicológicos y sociales de la naturaleza humana; sus distintas facetas reflejan todo el sistema so­cial y cultural y nunca se lo puede representar con un solo pará­metro, como el índice de mortalidad o el promedio de vida. La es­peranza de vida es una estadística útil pero no basta para medir la salud de una sociedad. Para tener una imagen más exacta hemos de prestar más atención a la calidad que a la cantidad. El aumento de la esperanza de vida ha sido el resultado, en primer lugar, de un decrecimiento de la mortalidad infantil, que a su vez está relacionada con el nivel de pobreza, la disponibilidad de una alimentación ade­cuada y muchos otros factores sociales, económicos y culturales. Aún se desconoce casi por completo cómo se combinan estas fuerzas para afectar el índice de la mortalidad infantil, pero se sabe que la atención médica ha carecido prácticamente de importancia en su disminución16.

Entonces, ¿cuál es la relación entre medicina y salud? ¿Hasta qué punto ha logrado la medicina occidental curar las enfermedades y aliviar el dolor y el sufrimiento? Las opiniones sobre este tema varían considerablemente y han llevado a varias afirmaciones conflictivas. Por ejemplo, las siguientes declaraciones se han tomado de un re­ciente estudio sobre la salud en los Estados Unidos, patrocinado por la Fundación Johnson y la Fundación Rockefeller:
En el mundo, nuestra investigación médica es la que ha hecho los mayores esfuerzos, y nuestra tecnología no tiene que envidiarle nada a nadie.

John H. Knowles,

presidente de la Fundación Rockefeller
En la mayoría de los casos no podemos hacer casi nada para prevenir las enfermedades y para mantener la salud por medio de intervenciones médicas.

David E. Rogers,

presidente de la Fundación Robert Wood Johnson
...los asombrosos, casi inimaginables adelantos que la medicina ha realizado en las últimas décadas...

Daniel Callahan, director del Instituto de Sociedad,

Ética y Ciencias Biológicas, Hasting on Hudson, Nueva York
Hoy nos enfrentamos prácticamente con las mismas enfermedades comunes con las que nos enfrentábamos en 1950, y la cantidad de información que desde entonces hemos acumulado sobre algunas de ellas no es suficiente para prevenir ni mucho menos para curar mucha de ellas.

Lewis Thomas

presidente del Centro Oncológico Sloan-Kettering
Los cálculos más favorables revelan que el sistema médico (médicos, medicinas, hospitales) afecta aproximadamente al 10 por ciento de los índices que se suelen utilizar para medir la salud.

Aaron Wildavsky,

Decano de la Facultad de Política Social, Universidad de Berkeley

California17.
Estas declaraciones aparentemente contradictorias resultan comprensibles si tenemos en cuenta que cada persona se refiere a un fenómeno distinto cuando habla de medicina. Los que alegan que ha habido grandes progresos se refieren a los adelantos científicos que desvelaron las relaciones ocultas entre los mecanismos biológicos y ciertas enfermedades y desarrollaron las tecnologías adecuadas para curarlas. De hecho, en este sentido, el éxito de las ciencias biomé­dicas en los últimos años ha sido enorme. Ahora bien: puesto que los mecanismos biológicos rara vez son la causa exclusiva de una enfermedad, entenderlos no equivale necesariamente a un adelanto de la asistencia sanitaria. Por tanto, los que afirman que la ciencia ha progresado muy poco en los últimos veinte años también tienen razón, pues están refiriéndose a la curación y no a los conocimientos científicos. Desde luego, ambas formas de progreso no son incom­patibles. La investigación biomédica seguirá siendo una parte im­portante de la asistencia sanitaria del futuro, siempre y cuando se vaya integrando en un enfoque más amplio y holístico.

En una discusión sobre la relación entre medicina y salud, hemos de tener en cuenta que la medicina abarca gran cantidad de campos que van desde la medicina general hasta la medicina de urgencia y desde la cirugía hasta la psiquiatría. En algunos de estos campos el enfoque biomédico ha sido muy fructífero, mientras que en otros ha resultado muy poco eficaz. Los grandes triunfos de la medicina de urgencia en caso de accidentes, infecciones agudas y partos prema­turos son de dominio público: todos sabemos de alguien cuya vida se salvó, o cuyos dolores y molestias se redujeron drásticamente por una intervención médica. En verdad, nuestras tecnologías médicas modernas son excelentes para resolver estas emergencias. Pero a pe­sar de que la atención médica puede ser decisiva en casos individua­les, no parece haber mucha diferencia cuando se trata de la salud del conjunto de la población18. La enorme publicidad concedida a ciertos procedimientos médicos espectaculares —como la cirugía a corazón abierto y los transplantes de órganos— con frecuencia nos hacen ol­vidar que en primer lugar muchos de estos pacientes no estarían hos­pitalizados si se hubiese insistido más rigurosamente en tomar me­didas preventivas.
Un triunfo espectacular en la historia de la salud pública, que se suele atribuir a la medicina moderna, ha sido la marcada disminución de las enfermedades infecciosas durante los siglos XIX y XX. Hace cien años, enfermedades como el cólera, la tuberculosis y la fiebre tifoidea eran una amenaza constante para la población. Cualquier persona las podía coger en cualquier momento, y todas las familias sabían de antemano que uno de sus hijos moriría. Hoy la mayoría de estas enfermedades han desaparecido casi por completo de los paí­ses industrializados y cuando rara vez aparecen se las puede controlar fácilmente por medio de antibióticos. Este camino espectacular se ha efectuado más o menos al mismo tiempo que el desarrollo de la me­dicina científica y este hecho ha contribuido a difundir la idea de que fue ocasionado por los adelantos de la medicina. Esta idea, pese a ser compartida por la mayoría de los médicos, es totalmente errónea. Estudios de la historia de los modelos de enfermedades han revelado pruebas concluyentes de que la aportación de la intervención médica a la disminución de las enfermedades infecciosas ha sido menor de lo que generalmente se cree. Thomas Mc Keown, una de las principales autoridades en el campo de la salud pública y de la medicina social, ha realizado uno de los estudios más detallados que existen sobre la historia de las infecciones19. Su obra demuestra sin lugar a dudas que la asombrosa disminución de la mortalidad a partir del siglo XVIII fue debida principalmente a tres motivos. El primero de ellos, y el más importante a lo largo de este tiempo, fue una gran mejora en la alimentación. A partir del siglo XVII, la producción de alimentos aumentó rápidamente en todo el mundo occidental: se realizaron una gran cantidad de adelantos en el campo de la agri­cultura, lo que repercutió en un abastecimiento general que hizo a la gente más resistente ante las infecciones. El importante papel de­sempeñado por la nutrición al reforzar la resistencia del organismo a las enfermedades infecciosas se halla hoy bien afirmado y coincide con la experiencia de los países tercermundistas, donde la falta de alimentación es la causa principal de la mala salud20. La segunda ra­zón para la disminución de las enfermedades infecciosas fue la mejora de la higiene y del saneamiento en la segunda mitad del siglo XIX. En este siglo no sólo se realizaron los descubrimientos de los mi­croorganismos y de la teoría de los gérmenes sino que también fue en esta época cuando la influencia del entorno en la vida humana se convirtió en punto de mira del pensamiento científico y de la opinión pública. En opinión de Lamarck y de Darwin, la evolución de los organismos era un resultado de la influencia del medio: Bernard su­brayaba la importancia del «milieu intérieur» y Pasteur estaba intri­gado por el «terreno» en el que los microorganismos realizaban su actividad. En la sociedad, una preocupación similar por el entorno dio origen a varios movimientos populares de salud y a campañas sanitarias que promovían la salud pública y la higiene.

La mayoría de los reformadores de la salud pública del siglo XIX no creían en la teoría de los gérmenes, pero aceptaban que la enfer­medad tenía su origen en la pobreza, la desnutrición y la falta de higiene, y organizaron enérgicas campañas para combatir estas con­diciones. Su lucha tuvo como resultado un mejoramiento en la hi­giene personal y en la nutrición, además de introducir nuevas me­didas sanitarias —la depuración del agua, la evacuación eficaz de las aguas residuales, el consumo generalizado de leche no contaminada y la mejora de la higiene alimentaria— que resultaron muy eficaces para controlar las enfermedades infecciosas. También se produjo una disminución significativa del índice de natalidad, relacionado con la mejora de las condiciones de vida21. En consecuencia, disminuyó el índice de crecimiento de la población y esto aseguró que el mejo­ramiento del sistema sanitario no peligrara debido a un aumento de la población.

El análisis realizado por Mc Keown sobre los distintos factores que influyeron en la reducción de la mortalidad por infecciones pone en evidencia que la intervención médica fue menos importante que las demás. Las principales enfermedades infecciosas habían llegado a su auge y decaído mucho antes de que se introdujeran los primeros antibióticos eficaces y las técnicas inmunizadoras. La falta de corre­lación entre los cambios de los modelos de enfermedad y la inter­vención médica ha sido sorprendentemente confirmado por varios experimentos en los que la tecnología médica moderna fue utilizada y fracasó en varias tentativas de mejorar la salud de las poblaciones «subdesarrolladas» de los Estados Unidos y de otros países22. Estos experimentos parecen indicar que la tecnología médica por sí misma no es capaz de efectuar cambios significativos en los modelos pa­tológicos básicos.

La conclusión que podemos sacar de estos estudios sobre la re­lación entre medicina y salud es quizá que las intervenciones bio­médicas, si bien pueden resultar muy útiles en casos individuales de emergencia, influyen muy poco en la salud del conjuntó de la po­blación. El factor principal que determina la salud de los seres hu­manos no es la intervención médica, sino su comportamiento, su alimentación, y la naturaleza de su entorno. Puesto que estos fac­tores varían de una cultura a otra, cada civilización tiene sus enfer­medades características, y como la alimentación, el comportamiento y las situaciones ambientales van cambiando gradualmente, también varían los modelos patológicos. Por eso las infecciones agudas, que en siglo XIX eran las principales plagas de Europa y Norteamérica y que siguen siendo los mayores asesinos en el tercer mundo de hoy, han sido reemplazadas en los países desarrollados por enfermedades que ya no están vinculadas a la pobreza y a las condiciones de vida deficientes, sino que están ligadas al bienestar material y a la com­plejidad tecnológica. Estas enfermedades son crónicas y degenerativas —enfermedades cardíacas, cáncer, diabetes— y se las describe justamente con el nombre de «males de la civilización», ya que están íntimamente vinculadas al estrés, la alimentación rica en grasas y proteínas, el abuso de drogas, la vida sedentaria y la contaminación ambiental, que caracterizan la vida moderna.

A causa de las dificultades que tienen para tratar las enfermedades degenerativas dentro de la estructura biomédica, los médicos vez de ampliar esta estructura— suelen resignarse a aceptar estas enfermedades como consecuencias inevitables del desgaste normal general para el que no existe curación posible. El público, en contraste, está cada vez más descontento con el actual sistema de atención médica: se ha percatado de que sus costos exorbitantes no han mejorado de manera significativa la salud de las personas, y se quejan de que los médicos se ocupan de las enfermedades pero no se interesan por los pacientes.
Las causas de nuestra crisis sanitaria son varias: pueden encontrarse tanto fuera como dentro de la medicina, y están indisolublemente ligadas a una mayor crisis cultural y social. A pesar de ello es cada vez mayor el número de personas, tanto fuera como dentro del sistema médico, que son conscientes de que los fallos del sistema actual de asistencia sanitaria radican en la estructura conceptual que sostiene la práctica y la teoría de la medicina. Estas personas están convencidas de que la crisis perdurará a no ser que esta estructura se modifique23. Por consiguiente, hemos de estudiar detalladamente la base conceptual de la medicina científica moderna —el modelo biomédico— para ver cómo influye en la práctica de la medicina en la organización de la asistencia sanitaria24.

La medicina es practicada de muchas maneras diferentes, por hombres y mujeres de distintas personalidades, actitudes y creencias. Por tanto, es imposible aplicar la siguiente descripción a todos los médicos, investigadores médicos o instituciones. Existe una gran variedad dentro de la estructura de la medicina científica moderna: algunos médicos de cabecera se preocupan mucho por sus pacientes otros no; hay cirujanos que practican su arte con un profundo respeto por la condición humana y hay otros que son cínicos e interesados sólo en el dinero; en los hospitales uno puede tener una experiencia muy humana, o una experiencia inhumana y humillante. Ahora bien, a pesar de estas diferencias, hay un sistema ideológico común que sirve de base para la educación médica, para la investi­gación y para la asistencia sanitaria institucional. Este sistema de creencias se apoya en el modelo conceptual cuya evolución hemos descrito anteriormente.

El modelo biomédico está firmemente arraigado en el pensamiento cartesiano. Descartes enunció la estricta separación entre mente y cuerpo e introdujo la idea de que el cuerpo humano es una máquina concebible con arreglo a la colocación y el funcionamiento de sus partes. Una persona sana era como un reloj cuyos mecanismos fun­cionan perfectamente, mientras una persona enferma era como un reloj cuyas partes no funcionan como deben. Las principales carac­terísticas del modelo biomédico, y también muchos aspectos de la práctica médica actual, pueden encontrarse en las imágenes cartesia­nas.

Siguiendo el método cartesiano, las ciencias médicas se han limi­tado a intentar comprender los mecanismos biológicos implicados en las heridas de las distintas partes del cuerpo. Estos mecanismos se estudian desde el punto de vista de la biología celular y Molecular, sin tener en cuenta la influencia que las circunstancias no biológicas ejercen en los procesos biológicos. El enfoque biomédico estudia so­lamente algunos aspectos fisiológicos de la gran red de fenómenos que influyen en la salud. Desde luego, el conocimiento de estos as­pectos es muy útil, pero sólo representa una parte de la historia. Las prácticas médicas, basadas en ese enfoque parcial, no resultan muy eficaces en la promoción y el mantenimiento de la salud. De hecho, según los críticos, muchas prácticas de la medicina actual suelen oca­sionar más sufrimiento y más enfermedades de las que curan25. Esta situación no cambiará mientras la ciencia médica no relacione el es­tudio de los aspectos biológicos de la enfermedad con la condición física y psicológica del organismo humano y de su entorno.

Como los físicos en su estudio de la materia, también los médicos han tratado de entender el cuerpo humano reduciéndolo a sus ele­mentos constitutivos básicos y a sus funciones fundamentales. En palabras de Donald Frederickson, director del Instituto Nacional de la Salud: «El objeto básico de la investigación biomédica es reducir la vida de todas las formas complejas a ciertos elementos fundamen­tales y luego sintetizarlos para comprender mejor al hombre y sus enfermedades.26. El espíritu reduccionista analiza los problemas, médicos utilizando fragmentos cada vez más pequeños, pasando de órganos y tejidos a células, luego a fragmentos celulares, y por timo a las simples moléculas. Muchas veces, en el proceso, se pierde de vista el fenómeno en sí. La historia de la medicina moderna ha demostrado repetidas veces que no basta con reducir la vida a ciertos fenómenos moleculares para comprender la condición humana en lar salud y en la enfermedad.

Cuando se les confronta con problemas ambientales o sociales, los investigadores médicos suelen alegar que estos problemas están fuera de los límites de la medicina. La enseñanza de la medicina —o por lo menos eso dicen— tiene que disociarse por definición de las preo­cupaciones sociales, pues éstas son engendradas por fuerzas sobre las que los médicos no tienen ningún control27. Sin embargo, los mis­mos médicos han sido responsables de la creación de este dilema, insistiendo en que son ellos los únicos capacitados para determinar lo que constituye una enfermedad y para escoger la terapia adecuada, Mientras sigan manteniendo su posición en la cúspide de la jerarquía del poder dentro del sistema de la asistencia sanitaria, seguirán siendo responsables de todos los aspectos de la salud.

Los intereses de la salud pública suelen estar aislados de la educación y de la práctica de la medicina, severamente desequilibradas por el énfasis excesivo puesto en los mecanismos biológicos. En las facultades de medicina rara vez se discuten muchas cuestiones fun­damentales para la salud —la alimentación, el trabajo, la densidad de población y la casa— y, por consiguiente, hay muy poco espacio para la asistencia sanitaria preventiva en la medicina moderna. Cuando los médicos hablan de prevenir las enfermedades, muchas veces lo hacen dentro del esquema reduccionista del modelo bio­médico. Es evidente que unas medidas preventivas que parten de un esquema tan limitado no pueden ir muy lejos. John Knowles, presidente de la fundación Rockefeller, lo dice sin rodeos: «Aún no te­nemos suficientes datos sobre los mecanismos biológicos básicos de la mayoría de las enfermedades para dar una orientación clara a las medidas preventivas»28.

Lo que es válido para la prevención de enfermedades también lo es para el arte de la curación. En ambos casos, los médicos tienen que tratar con toda la persona del paciente y con la relación de éste con el entorno físico y social. A pesar de que el arte de la curación se sigue practicado en muchos lugares, tanto fuera como dentro de la medicina, este hecho no lo reconocen explícitamente nuestras ins­tituciones médicas. El fenómeno de la curación seguirá excluido de las ciencias médicas mientras los investigadores se limiten a un es­quema que no les permite comprender la interacción entre el cuerpo, la mente y el entorno.
La distinción cartesiana ha influido de varias maneras en la práctica de la asistencia sanitaria. En primer lugar, ha dividido a los profe­sionales en dos campos que rara vez se comunican. Los médicos se ocupan del tratamiento del cuerpo, mientras los psiquiatras y los psi­cólogos se encargan de la curación de la mente. La diferencia entre ambos grupos ha sido un grave obstáculo para la comprensión de la mayoría de las principales enfermedades, pues ha impedido a los in­vestigadores estudiar el papel causativo del estrés y del estado emo­cional en el desarrollo de una enfermedad. Sólo en los últimos años los profesionales de la medicina han comenzado a admitir la impor­tancia del estrés en el origen de una gran variedad de enfermedades, pero siguen prestando muy poca atención al archiconocido vínculo entre los estados emocionales y la enfermedad.

La división cartesiana ha engendrado los dos tipos diferentes de documentación que hoy existen en el campo de la investigación mé­dica. La documentación psicológica trata extensivamente y aporta pruebas sobre la importancia de los estados emocionales en la en­fermedad: estas investigaciones son llevadas a cabo por psicólogos que utilizan métodos experimentales y se publican en revistas de psi­cología que rara vez son leídas por los científicos biomédicos. Por su parte, la documentación médica está firmemente basada en la fi­siología y casi nunca se ocupa de los aspectos psicológicos de la en­fermedad. Un ejemplo típico son los estudios realizados sobre el cán­cer. La relación entre el estado emocional del paciente y el cáncer se conoce desde finales del siglo XIX y en las revistas de psicología se pueden encontrar numerosas referencias a esta relación. Pero muy pocos médicos han leído estas obras, y los científicos no han inte­grado los datos psicológicos en sus investigaciones29.

Otro fenómeno casi desconocido a causa de la incapacidad de los científicos para integrar en su visión elementos físicos y psicológicos es el fenómeno del dolor30. Los investigadores ignoran la causa exacta del dolor y sólo tienen una idea aproximativa de los enlaces entre el cuerpo y la mente. De la misma manera que toda enfermedad tiene aspectos psicológicos y físicos, también los tiene el dolor que suele estar relacionado con ella. En la práctica, muchas veces resulta imposible distinguir entre los orígenes físicos del dolor y sus orígenes psicológicos. Por ejemplo, en el caso de dos pacientes con los mis­mos síntomas físicos, uno puede sentir dolores terribles mientras el otro no siente nada. Para entender el dolor y poder aliviarlo en el proceso de curación, tenemos que verlo dentro de un amplio con­texto, teniendo en cuenta la actitud mental del paciente, sus espe­ranzas, su sistema de creencias, el apoyo emocional de su familia y de sus amigos, y muchos otros factores. En vez de tratar el dolor de esta manera comprensiva, la medicina moderna, operando desde un esquema biomédico y parcial, intenta reducir el dolor a una indi­cación de una determinada disfunción fisiológica. La mayoría de las veces trata de negar y lo suprime con la ayuda de calmantes.

Desde luego, el estado psicológico de una persona no sólo es im­portante en el brote de una enfermedad, sino que también es un punto clave del proceso curativo. La reacción psicológica del pa­ciente con respecto a su médico es un aspecto importante —quizá el más importante— de toda terapia. Tranquilizar al paciente y con­vencerlo de su restablecimiento siempre ha sido uno de los objetivos primordiales de los encuentros terapéuticos entre médico y paciente, y los médicos saben perfectamente que esto suele darse intuitiva­mente y que no tiene nada que ver con alguna habilidad técnica. En palabras del destacado cirujano Leonard Shlain: «Algunos médicos parecen curar a sus pacientes, mientras que otros, pese a su habili­dad, tienen muchísimos problemas para conseguirlo. El arte de curar no es cuantificable»31.
En la medicina moderna son los psiquiatras quienes estudian y se ocupan de los problemas psicológicos y de comportamiento. Pese a que los psiquiatras tienen un título y una formación en el campo de la medicina, la comunicación entre ellos y los profesionales de la salud física es escasa. Muchos médicos llegan incluso a despreciar a los psiquiatras y los tienen por médicos de segunda categoría. Ello demuestra una vez más el poder del dogma biomédico. A los me­canismos biomédicos se los considera como la base de la vida y a los fenómenos mentales se los considera como acontecimientos secun­darios. Por algún motivo, los médicos que se ocupan de las enfer­medades mentales son considerados menos importantes.

En muchos casos, la reacción de los psiquiatras ante esta actitud ha sido una adherencia rigurosa al modelo biomédico y una tentativa de entender las enfermedades mentales enfocándolas como trastor­nos de los mecanismos físicos situados en el cerebro. Según esta vi­sión, una enfermedad mental es básicamente idéntica a una enfer­medad física: la única diferencia estriba en que la primera afecta al cerebro y no a otro órgano del cuerpo, y por consiguiente, se ma­nifiesta a través de síntomas mentales y no de síntomas físicos. Este desarrollo conceptual ha engendrado una situación muy curiosa. Mientras que a lo largo de la historia los curanderos han intentado curar las enfermedades físicas con medios psicológicos, los psiquia­tras modernos tratan las enfermedades mentales como remedios fí­sicos, pues están convencidos de que las enfermedades mentales son enfermedades del cuerpo.

La orientación orgánica de la psiquiatría ha tenido como resultado la adopción de conceptos y de métodos cuya utilidad se ha compro­bado en el tratamiento de las enfermedades físicas: estos métodos fueron aplicados posteriormente a los trastornos emocionales y de comportamiento. Creyendo que estas alteraciones están basadas en ciertos mecanismos biológicos, los psiquiatras se preocupan mucho por determinar el diagnóstico correcto, para lo que utilizan un sis­tema de clasificación reduccionista. Si bien este método ha resultado un fracaso en la mayoría de los trastornos mentales, muchos psi­quiatras siguen abordando el problema de esta manera con la espe­ranza de encontrar, a la larga, los mecanismos causativos de las en­fermedades y los correspondientes métodos de tratamiento de los trastornos mentales.

En cuanto al método de tratamiento, los psiquiatras muestran una clara preferencia por la medicación, que controla los síntomas del trastorno pero no los cura. Cada día se hace más patente que este tipo de tratamiento va en contra de la terapia. En una perspectiva holística de la salud, la enfermedad mental puede verse como el re­sultado de un fracaso en la evaluación y la integración de la experiencia. Concebidos de esta manera, los síntomas de un trastorno mental reflejan un intento por parte del organismo de curarse y de alcanzar un nuevo nivel de integración32. La práctica psiquiátrica corriente interfiere en este proceso curativo espontáneo al suprimir los síntomas. Un ambiente tal, en vez de eliminar el proceso de un sín­toma, lo intensificaría y le permitiría llegar a manifestarse comple­tamente y a integrarse a través de una continua autoexploración, fi­nalizando de esta manera el proceso de curación.

Para practicar esta terapia se requiere un vasto conocimiento de todo el espectro de la conciencia humana, y esto es algo de lo que carecen la mayoría de los psiquiatras, a pesar de ser legalmente res­ponsables del tratamiento de los enfermos mentales. En consecuen­cia, los enfermos mentales suelen recibir atención médica en insti­tuciones donde los psicólogos clínicos, que a menudo tienen un co­nocimiento mucho más extenso de los fenómenos psicológicos, son simplemente personal auxiliar subordinado a los psiquiatras.

En conjunto, la extensión del modelo biomédico al tratamiento de los trastornos mentales ha sido una equivocación. No cabe duda al­guna de que su utilidad ha sido grande en el tratamiento de ciertos trastornos de origen obviamente orgánico, pero ha resultado insu­ficiente en muchos otros casos en los que los modelos psicológicos tienen una importancia fundamental. Se han malgastado muchos es­fuerzos en varias tentativas de llegar a un método preciso, de base orgánica, para diagnosticar los trastornos mentales, sin tomar en cuenta que la mayoría de los casos psiquiátricos no se pueden diag­nosticar con precisión y objetividad. La desventaja práctica de este enfoque es que muchos individuos que no tenían problemas orgá­nicos fueron internados en instituciones médicas donde recibieron terapias de problemático valor y de coste extremadamente amplio.

Actualmente los profesionales de la salud son cada vez más cons­cientes de las limitaciones del enfoque biomédico en la psiquiatría; estos médicos han entablado una animada discusión sobre la naturaleza de las enfermedades mentales. Thomas Szasz, para quien las enfermedades mentales son un mito, representa quizá la posición más extremada33 en su opinión, la enfermedad es algo que ataca a las personas sin ninguna relación con su personalidad, su modo de vida, sus creencias o su medio social. En este sentido, toda enfer­medad, sea física o mental, es un mito. Si se emplea el término en sentido
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   34

similar:

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconMovimiento cultural y artístico

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconUna introducción a la epistemología de la psicología
«La epistemología, o filosofía de la ciencia, es la rama de la filosofía que estudia la investigación científica y su producto, el...

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconLiteratura universal. Movimiento literario

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconFunciones de la percepción del movimiento

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconEs un arte en movimiento o, que parece que se mueve

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconMovimiento autonomo estudiantil voluntario

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. icon1. Magnitudes necesarias para describir el movimiento 2

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconProblemas resueltos sobre Movimiento Armónico Simple

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconEl encuentro mundial del movimiento juvenil salesiano

Bibliografía Tras un tiempo de decadencia llega el punto crucial. Retorna la poderosa claridad olvidada. Existe un movimiento, pero no se pone de manifiesto a través de la fuerza El movimiento es na­tural, elevándose espontáneamente. iconUna evaluación del Movimiento Evangélico de Ex-Gays basado en




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com