ColeccióN «teohia y realidad»




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II

Como se acaba de indicar, estas dos últimas actitudes han sido las prevalecientes dentro de la filosofía positivista de la ciencia desde los tiempos de Comte y Mill. Mas, por lo que a nosotros se refiere, nos ha bremos de limitar en lo que sigue a aquella variedad contemporánea de positivismo que —para distinguirla del positivismo decimonónico— sue le ser conocida de ordinario bajo la denominación de «neo positivismo». En cuanto tal, el movimiento neo positivista podría identificarse con las actividades del llamado Círculo de Viena, constituido —allá por los años veinte a treinta— por figuras como Moritz Schlick, Rudoif Carnap, Otto Neurath, Herbert Feigl o Friedrich Waismann (a estos nombres podrían añadirse los de Hans Reichenbach y Carl Hempel, en rigor miembros ambos de una agrupación gemela radicada en Berlín por esas fechas). Para ser exactos, el Círculo de Viena no agrupaba exclusivamente a filó solos profesionales, sino asimismo a científicos como —por citar sólo un par de ejemplos— el físico Philip Frank o el matemático Kurt G y científicos —como Frege o Mach— eran también los inspiradores de los más llamativos rasgos, casi característicos definitorias, del neo posi tivismo: el atenimniento a un estricto empirismo (esto es, la adscripción o una teoría del conocimiento modelada sobre la base de lo que se creía el funcionamiento de las ciencias empíricas) y la sistemática utilización de la lógica matemática (esto es, la incorporación de una teoría del razonamiento especialmente atenta a las exigencias de las ciencias for males). Pero, comoquiera que sea, el movimiento neopositivista lue un movimiento filosófico. Filosóficas eran sus raíces últimas: el racionalismo

- Crítica y conocimiento

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y el empirismo de los siglos Xvii y XVIII, tal y como podría;i representarlos un Leibniz Y un Hume. Y filosóficas han sido igualmente las prolongaciones del neo positivismo, una vez disuelto el Círculo de Viena. Como es bien sabido, el Circulo de Viena se disolvió poco en de la Segunda Guerra Mundial con ocasión de la anexión de Austria por la Alemania nazi, y la mayoría de sus miembros activos emigraron a los Estados Unidos, donde —junto con una serie de filósofos americanos continuaron agrupándose precisamente bajo el rótulo de «empiristas lógicos» con que los acabamos de caracterizar. Rebautizado en tales términos, el neopositivismo —que ya que con anterioridad había ejer cido su ascendiente, hasta llegar en ocasiones a la hegemonía, sobre la filosofía de la ciencia de una amplia gama de países (Inglaterra, los países escandinavos, algunos centroeuropeos, etc.) previa su adaptación a las correspondientes tradiciones filosóficas nacionales— extendería su área de influencia, no sin las naturales modulaciones doctrinales im puestas por el paso del tiempo,’ prácticamente a todo el ámbito de lo que se conoce como el mundo occidental, incluidos los países latinos y algunos latinoamericanos (y también, por lo tanto, nuestro país).

Aunque puedan bastarnos para nuestros propósitos, las precedentes coordenadas son sin duda demasiado imprecisas. Y prueba de ello es la frecuente indiscriminación con que el calificativo de «positivistas» se aplica a troche y moche. Para atenernos a dos cas os ilustres de filóso fos austríacos contemporáneos del Círculo de Viana, a los que sin las obligadas matizaciones se les suele catalogar entre nosotros como posi tivistas, ahí están los de Wittgenstein —que ami su primera época in fluyó notablemente en el neopositivismo, pero que jamás fue un posi tivista ni en un sentido aproximado ni remoto— y Popper —cuya principal relación con el neo positivismo revistió siempre un carácter preferentemente polémico, lo que, sin embargo, no impide, según se anticipaba más arriba, apreciar en no pocos de sus puntos de vista resonancias Positivistas.

Esta última circunstancia complica un tanto el panorama de la discusión epistemológica contemporánea que nos ofrece el presente volu men, donde tal discusión parece consistir en poco más que un ajuste de cuentas entre Popper y Kuhn. El célebre simposio de la International Union of History and Philosophy of Science de 1965 se reconoce en él se aliaba, en efecto, articulado en torno a la ponencia de

Kuhn «Logic of Discovery or Psychology of Research?», donde por Iogic of discovery hay que entender la «lógica de la investigación cienti

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1. Lahatos & A. Musgrave

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fico» popperiana y lo que usualmente se entiende por «lógica del descubrirniento», mientras psychology es un término de extrema laxitud cuya extensión no sólo incluye a la «psicología social» sino asimismo a la «sociología» (corno el propio Kuhn subraya en sus finales «Reflections on my Critics»).” Pasando ahora a sus interlocutores, no hay que pensar que todos ellos fuesen exactamente popperianos ni que, dentro de estos, lo fuesen t( con el mismo grado de divci lina y ob servancia. Pero los popperianos constituian en cualquier caso, mayoría, lo que pudiera dar la errónea sensacion que lo integraba un frente único. Quizá convenga comenzar, por consiguiente. tratando de des vanecer tal sensación.

El «frente popperiano se halla: de algun modo capitaneado por la breve comunicación «Normal Scieuce aud its Dangcrs», que todavia conserva algo del proverbial vigor del pensamiento de Popper, pero se encuentra incursa en la: la pendiente de senil dilatacion ¿fue culmine hoy por hoy en la esclerosiS de algunos en los recintes trabajos incluidos en su libro ObjecLive Know-1ed le 1972.- La posición mas próxima a la suya dentro de este volumen sería la sustentada en la comunicacion «Against “Norma! Science”» de John Watkins, cuya parti cipación puramente ocasional en el simposio tal vez sirva de excusa a la puntualidad con la que desempeña su función de acólito. Pese a sus protestas de fidelidad, llevadas basta el conmovedor extremo de inventarse un cierto Popper al que poder atribuir sus propias opiniones, el caso es muy distinto por lo que se refiere al largo trabajo de Lakatos «Falsification aud the Mc hod ology of Seientific Research Pro grammes», redactado con posterioridad a la celebración del simposio y emplazado entre una anterior versión de parecido título de 1968 el próximo libro del autor The Changing Logic of Scientific Discovery. La última parte del trabajo constituye evidentemente un denotado esfuerzo por salir del impasse popperiano, mientras que la primera se asemeja bastante a una especie de liquidación por dentro de lo que oficialmente se venía considerando la doctrina de Popper. A pesar de ello, y mientras Lakatos no se anime expresamente a cortar su cordón umbilical, el lector no sabrá a ciencia cierta si atribuir a Lakatos el mérito de pretender ir más allá que su maestro o echar al lastre de ese magisterio la culpa de que Lakatos logre consumar tal pretencion. En cuanto al trabajo de Paul Feyerabend «Consolatious for ile pecíalist», ligeramente inferior en ambición y hasta probable ‘ en calidad a los trabajos

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«Againsi Method» (1970) entre los cuales se produjo su redacción definitiva tan sólo el hecho de centrarsce al igual que el resto de las intervenciones reseñadas hasta ahora— en la controversia con Kuhn podría velar la percepción de hasta qué extremos está más cerca de este último que de cualquier posible línea o, una serie de puntos decisivos.

Quedan, por fin, las comunicaciones de L. Pearce Williams, StephenToulmifl y Margaret ..Masterman. El primero personifica en la suya el típico buen sentido del historiador de la ciencia impacientado ante un aluvión de disquisiciones filosóficas insufieien teniente refrendadas por los datos históricos disponibles, si bien en este caso no hay otro remedio que lamente su excesivo laconismo como un estrago más de esos que a veces causa el buen sentido. “ La posición de Toulminn, que interviene aquí en su doble condición de historiador y filósofo de la ciencia, es sin duda más confortable. Ello tal vez pudiera haberle permitido sacar mayor provecho de su equidistancia respecto de las posiciones de Kuhn y Popper en litigio. Pero se ha de advertir que, por lo que al primero (y tambíén al segundo) se refiere, las críticas de Toulmim en «Does the Distinetion between Normal and Revolutionary Science Hold Water?» constituyen tan sólo un anticipo de su propia concepción del desarrollo de la ciencia tal y como ésta sa halla expuesta en el primer volumen de su trilogía Human Understanding de i972. Por último, la contribución de Margaret Masterman «The Nature of a Paradigm», o más exactamente su autora, es difícilmente clasíficable, tanto a título profesional —pese a su insistencia como presentarse como es pecialista en «computer sciences»— cuanto a su doctrina, si cabe hablar realmente a su respecto en tales términos. Dejando a un lado la relativa utilidad del inventario de usos kuknianos de termino «pa radigma» que su trabajo nos presenta, así como algunas observaciones no exentas de agudeza esparcidas aquí y allá de lo lago de este ultimo no acaba de explicarse la presencia simposio de esta vieja loca con la que ya Marcuse cometiera una vez mas el mismo error —aun si de signo inverso— de tomarla en serio. La atención que recibe Kuhn en este caso puede deberse, aparte de ung loable sentido de la gentileza, al hecho de ser la única participante que abraza sin reservas y hasta con un derroche de entusiasmo la causa /cz (lo que co’; firma, desde luego, que hay amores que matan, toda vez que esa cause saldría hurto malparada si aquélla resultase ser la mejor ¿e sus fensas)

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1. Lakatos & A. Musgrave

Alguien h dicho que a la base de toda disputa filosófica hay siem pre un quid pro quo. Es posible que en esta ocasión haya más de uno. Pero el más lamentable de todos ellos lo encarnan los trabajos de P per y de Watkins (y también, aunque en menor medida, e de Laha tos e inclusive algunos pasajes del de Feyerahend). Los popperianos, en efecto, arremeten no contra la existencia de una ciencia normal en ci sentido de Kuhn —exístcnc/r? que dan por admitida—, sitio contra lo que interpretan como su apología por pa/te de este último. La cien

cia normal es rutinaria y no creativa, dogmática y izo crítica: al hallar se los presupuestos básicos de la teoría dominante a salvo de discusión, al científico no le queda más cometido que ocuparse dic la mecánica resolución cJe «puzzles»; y, aunque a la posibilidad de semejante me canización se debe cii gran medida la tremenda eficacia y el prestigio de la ciencia normal, su práctica entraña una degradación del ideal científico, una aberrante desviación respecto de éste, una monstruosa anormalidad en suma. La práctica de la ciencia norma! no es, pues, nor mal si por «norma!» se entiende lo mismo que corre: la o a instada a la norma, esto es, a lo que «debe» ser la ciencia (aif/ir nc lo pueda ser si por «normal» se entiende lo que la ciencia «es’>, por desprecia, en ranchos casos, esto es, su práctica mostrenca cuando se llega a conver tir en habitual). El pro granza a esgrimir frente a elle, seg:ín Popper, es el de lo que llama Kuhn la ciencia extraordinaria o revolucionaria, erigida ahora en práctica científica cotidiana. Pero lo que 1::, esté muy claro Cii este punto es si dicho programa no se esgrime de pasada fren te a Kuhn, 31 en cuyo caso el despropósito no podría ser más gi co. Cargar a Kuhiz con los pecados de la ciencia ;zorierl seria como achacar a Koch las consecuencias de la tuberculosis por haber descu bierto su bacilo. Pues, por más que la descripción histórica de un hecho se haya de dar inevitablemente entremezclada con juicios de valor, lo que Kuhn hace con el hecho de la ciencia normal es, en definitiva, des cribirlo y no recomendarlo. Y todavía habría que preguntarse si en la propuesta popperiana cJe erigir a la ciencia extraordinaria ca práctica ordinaria de la ciencia no se estará abusando de la moralilia. La revo lución permanente tiene poco que ver con la revolución cJe cada día, pues a revolución dic/-ja la cosa habría de resultar agotadora (salvo que la «revolución» no tenga cJe revolucionaria más que el nombre, en cuyo caso, ciertamente, sería más descansada: de hecho, todos los regímenes reaccionarios de nuestro siglo —desde el fascismo italiano a..., bueno,. vamos a dejarlo—— pudieron autotitularse revolucionarios sin más dis

Crítica y con oCimid’1

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pendio de energías que las puralneate verbales). A lo que más recuerda la «revolución permanente» popperiana ——hay otras, por fortuna, i;z cluida naturalmente la trotskysta— es al estado de gracia permanen te. Y, puesto que irremediablemente somos pecadores, semejante pro- granza equivaldría a cortar la realidad a la medida de nuestros deseos. Con la excepción acaso de la Masterman, todo el mundo consideraría deseable que la ciencia vieie.ve permanentemente en el estado de ple nitud característico de sus grandes momentos. En cuanto a los historia dores que nos digan que esos grandes momentos son bien raros —o. por lo menos, bastante más excepcionales que normales—, la res pon sabilidad será suya si yerran en su afirmación. Mas, si acertaran, no iba a ser cosa encima de culparles a ellos por este hecho.

Por lo demás, la concentración en el debate acerca de las virtudes o defectos de la ciencia normal no es más que una cortina de humo que oculta la verdadera divisoria entre los puntos de vista de Kuhn y los más clásicos de los positivistas (divisoria que alio ea fatalmente a Popper con los últimos y no con el primero). Como en otro lugar he señalado, los dos extremos de esa divisoria se dejarían marcar por la oposición de la «nueva filosofía de la ciencia» —de la que Kuhn, como veremos, no es el único representante ni tan siquiera cii este libro— a dos dogmas positivistas como son el de la exclusiva relevancia episte mológica de la justificación del conocimiento científico y el de la abso luta neutralidad o descontextualización del lenguaje cientffico rnedia;íc el que se expresa aquel conocimiento. Los ¿os dogmas se hallan est;’e chamente vinculados entre sí, por lo que es natural que el repudio de uno de ellos apareje el del otro. Por lo que hace al primero de esos dogmas, quienes no vean en el conocimiento científico inés que un con junto de derivaciones lógicas y contrastaciones empíricas ten sólo se interesarán por el problema ¿e su justificación —esto es, de su cohe reí/cia interna y su correspondencia externa con los hechos—, lo que les llevará —si no en principio, sí al menos en la práctica— a desinte resarse del problema de la génesis y la evolución de dicho conocí/aiea to, relegando su consideración a los dominios de la psicología y le sociología y, en definitiva, de la historia de la ciencia (que era lo que, según ya vimos, hacía Popper a smi modo). Ahora bien, si del conoci miento científico pasamos al lenguaje cientí fico que le sirve de trasun to, tal Proceder equivaldría a interesarse en exclusiva por los aspectos Sil/tácticos y semánticos de este último —esto es, por el modo como Sus Signos se relacjona,í entie sí y con sus significados—. con entera

1. Lakatos & ji. i Crítica y cO/7ocimt

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pee/e; IL :)lZ de sus aspectos prag-;icí/zcos, esto es, JL1 modo COr

signos en cuestión se relacionan Con SU usna; Jo, sea individual o ce?ec. tivo, esto es, sea que se trate de un hombre de cJencia o una cezuo dad científica. Ahora bien, es posible —aunque tampoco faltará quien lo discuta— que el lenguaje de la ciencia sea un Ie,:guaj,’ lJbre de coij texto desde un punto de vista lógico o sintáctJco: quepa o no ¡u Piar de lógicas alternativas, las leyes de la lógica rií por docjnur »nesto míe lo hacen para todos los mundos posibles o —lo que para el caso vendría a ser lo mismo— para ninguno de ellos en concreto. ¿Ocurri rá igual con tal lenguaje desde un punto de vista semántico? Desde un punto de vista semántico, es usual subdividir al lenguaje científico en lenguaje teórico y lenguaje observacional, donde el primero contendrá términos y enunciados que puedan re! erirse a fenómenos inobservables

—por ejemplo, la existencia de micropartículas en el dominio de la físi ca——- en tanto que el segundo correlacionará a dichos fenómenos con sus efectos observables, sólo posibles de apreciar e;; ocasiones a través de complejas reacciones nucleares provocadas con la ayuda de potentes máquinas. Ahora bien, si se piensa que la conexión entre el lenguaje teórico y el observacional no sirve solamente para correlacionar con la experiencia a una teoría, sino asimismo para dirimir la competencia en tre diversas teorías científicas contrapuestas, alguien podría sentirse te; tado de concluir que el lenguaje observacional tendrá que ser —para poder actuar de árbitro— teóricamente independiente y, por lo tan/o, hallarse también libre de contexto. Y lo que se comienza a pensar hoy es que esta tesis —la tesis, a saber, de la invariancia en cuanto a su significado de los términos y enunciados del lenguaJe observacional— resulta un dogma, el segundo de los que hace un mo;eento se mente/un;, insostenible por más tiempo. La predicción de un fis;o medieval se gún la cual el ímpetu de un cuerpo que no se halle bajo la influencia de una fuerza externa ha de permanecer ‘onstante pudiera coincidir ene; titativamente, y a todos los efectos observables, cae la de mi !ísico newtoniano que prediga «lo mismo» sobre le base del princ’pio de jo; u- cia; pero el significado teórico de los ¿os enu;;cioc un scrb’ en ,7o alguno coincidente, ya que en el primer ceso se estaría partiendo ¿e Li noción aristotélica o prenewtoniana de fuerza como el producto 1.’ masa por la velocidad del móvil (que presupone un esp ; como Ci de la hidrodinámica), mientras que e;’ el segundo coso 10 (10? cuenta es el concepto newtoniano de fuerza como el producto de la masa por la aceleración (compatible en principio con la idea de ‘un
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