ColeccióN «teohia y realidad»




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espacio vacío); en consecuencia, no hay le menor rezó’; para pensar que esos dos físicos estuviera;; predkicndo « m/;t’;a”. esto es. tdé;, tico comportamiento del móvil en cuestión, puesto que el significado de nuestras observaciones al respc. ‘‘o dependerá en Última instanci del contexto teórico dentro del cmd ¡miel; de ser interpretadas. L) análoga manera, tampoco hay que pensar que el conce pto de masa se mantenga invariante para el físico clásico o prerrelativista y para e/ instalado en la física de la relatividad, ya ç ;e pare el primero aquél seuo absoluto en el sentido de que la mesa de un sistema no se vería afecta da (como no fuera, acaso, causalmcnte) por su movimiento d del sistema de referencia elegido, en tanto que para el segundo la masa se convierte en un concepto relacional cuya especilicación sería incom pie ta sin la indicación del sistema al que han de referirse todas las descrip ciones espaciotemporales pertinentes; sin duda, los valores de medición de la masa clásica y la relativista habrían de coincidir en el dominio para ocuparse con el cual fue arbitrada en su día la física prerrelativis la; pero ello no da pie a concluir que el objeto de aquellas mediciones sea «idéntico» en ambos casos, ya que lo que se mide en el primero es una «propiedad intrínseca» del sistema considerado, mientras que lo medido en el segundo es una «relación» entre el sistema y determinades características del dominio en cuestión.’° Ahora bien, si —en oposición a nuestro segundo dogma— aceptamos el principio de que cada len guaje teórico determina el significado de los términos y enunciados de su propio lenguaje observacional, les consecuencias en oposición a nues tro primer dogma no se harán esperar, puesto que habremos de poner en cuarentena la idea de que una base empírica común pueda consi i tuirse en el supremo tribunal de apelación destinado a fallar en ceso de conflicto entre teorías científicas lo suficientemente divergentes

—pero también, claro es, lo suficientemente bemolo gables— como para poder hablar de una fundamental y mutua i; En cuanto al nexo que vincula una con otra mbas oposiciones, habríamos de bus carlo en la pragniatización de la ciencia llamada a posibilitar la debida atención al usuario —el hombre de ciencia, la comunidad científica— de su lenguaje, restaurando de esta manera los derechos por largo lien;- po maltratados del sujeto, tanto individual (‘07720 cclec;i, ¿el cono; 1- miento científico

Como cabía prever, la «vieja filosofía de la ciencia» de inspiración Positivista (con la iflclusión de Popper nuevamente entre sus filas) se ha OPuesto a su vez con energía a se Jan/es conclusiones, ca?Jficámlo-.

1. Lakatos & A. Musgrav

lis de catastróficas para It? u/e cg/a científica y hasta —acusación esta última un tanto más ingenua— para le ciencia misma. Pare e;npe. zar por ahí, el reproche más extendido frente a la denegación de inva. ciencia al significado de los términos y enunciados empíricos del len. guaje científico es el de «subjetivismo» (sustituido a veces por el de «;elativismo» e incluso, otras, por el todavía más patético de «asee pti. cismo»). Ahora bien, epistemológicamente hablando lo «objetivo» no tiene otro sentido que el de lo intersub)etíeamente compartible por u;.’ grupo de sujetos o, abreviando, lo «intersubjetivo». Y no está nada claro que el rechazo de la inrariancia significativa arruine forzosamente la intersubjetividad del conocimiento científico. Como en seguida he mos de ver, dicha intersubjetividad puede ser entendida por lo menos en dos sentidos diferentes aunque en absoluto desconectados entre sí. En el primero de ellos, que suele ser el único tenido en cuenta en medios filosóficos, la dimensión de la intersubjetirided que e;i/raria en juego es la de lo que se podría llamar tal vez la publicidad epistéinica. Y es esta dimensión de la intersubjctividad, precisemente, la que perece pe ligrar en opinión de la vieja guardia epistemológica. No deja de ser cierto, desde luego, que en ni! estros días se abusa un tanto del adje tivo «incomparables» cuando se dice que teorías empírico-teóricamente o/compatibles, como las antes aludidas, por ejemplo, resultan ser in comparables entre sí. Pero eso sólo acarrearía las tan tem idas conse cuencias subjetivistas, relativistas y escépticas si por incomparables hu biera que entender lo mismo que «intraducibles», corolario que en modo alguno es obligado. Dos teorías científicas pudieran ser intradu cibles cuando no tengan nada que ver la una co;; la otra, como sucede ría —imaginemos— con la mecánica cuántica, 1 biología evolucionista y la macroeconomía keynesiana. Pero ése no era el caso de la teoría medieval del irnpetus y la teoría del movimiento newtoniana, o de la física clásica y la relativista, que —en parte al menos y cede lina a su c’ieuera— habían de hacer frente a problemas análogos. La cuestión de su intercomparabilidad vendría C tal caso a asemejarse a la de la in terti-aducihilidad de lenguajes diferentes, que, para bien o para mal, ha de ser siempre una «traducción lib;e» a diferencia de mm «traducción fltcrel» lo que acaso constituya el obstáculo más formidable opues/O baste ahora a los modernos programas de automatización t la tra aucción. Para decirlo en términos semióticos, una traducción libre no es puramente «sintáctica» —esto es, no se reduce a una simple corre lación palabra por palabra entre el lenguaje treduc:do y el tradtiée:zte—

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Crítica , conocirniel

puesto que el eorrelato extralinguísilco Pa de entrar indudablemente en juego; pero tampoco es puramente «semántica», esto es, tampoco se reduce a una corresPo entre esos dos lenguajes y un único co rrelato xtrali11g común a ambos, pues —aunque dicho correlato pueda ser único en un obvio sentido del vocablo— nuestra aprehensión del mismo no necesita ser unívoca,- una traducción libre, en consecuen cia, habrá de ser «pragmática», esto es, envolver la presencia activa de un traductor capaz de ver alternativamente el mw/do —esto es, el co rrelato extralingüístico en su más amplia acepción posible— desde los dos lenguajes y reexperimentar así en ií,so de ellos las experiencias vi vidas en el otro. Esto es algo que los etnolingüistes, y en ge;ieral los antropólogos, reconocen por lo coiflún cuando se encuentran frente al arduo problema de la interpretación de otras culturas. Y con 10 que asimismo se hallan familiarizados los historiadores de la ciencia: para citar un caso verdaderamente espectacular de éxito historiográfico, la lógica antigua —y especialmente la lógica primaria megárico-estoica— habría permanecido indescifrable de no mediar un tal esfuerzo de tra ducción a la teoría de la deducción de ¡os Principia de Russell y Whi tehead. Pero lo que interesaba aquí apuntar es que esa posibilidad de intertraducción acaso baste a los efectos de preservar, dentro de lími tes más restringidos pero también más verosímiles que los positivistas, los fueros de la intersubjetividad en el reino de la ciencia. No voy a entrar a discutir si hay o no razón para oponer a títulos como Personal Knowledge de Michael Polanyi, que no es precisamente un joven filóso fo de la ciencia, títulos tales como Impersonal Knowiedge de Alan Mus grave. Pero el recordatorio del carácter «impersonal», en el sentido de intersubletivo del co//oc imiento científico no era probablemente ne cesario si dirigido a los filósofos postpositivistas a los que nos este//los ahora refiriendo Y, en este sentido, semejante carácter de la ciencia sería perf ectame;ite compatible con su carácter «personal», ya que la ciencia, al fin y al cabo, la hacen hombres. Más aún, ambos tendrían que serlo —corno el físico inglés John Ziman ha puesto de relieve en su libro Public Knowledge — con uiia nueva característica de la cien cia, s dimensión social, que apunta a otro sentido todavía más fuerte de la intersubjetjvidad: el de lo que cabría llamar quizás, a los efec tos de contradistinguirla de le simple publicidad epis! árnica, la publici dad institucional. Precisamente en la/i/o que investigación científica Para emplear una expresión cara a los popperianos, el conocimiento C12 tífico es eminentemente «público» en la medida en que a investigar no

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L

f. La/zatos & A. Musgra

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e aprende en ¡os libros (y menos alío zguíendo cursos (le metodología científica), sino aprendiendo en el ¿ohorstorio a nzcrzcjar aparatos, efe Iz:ar medidas, realizar cálculos, etc .,tc ‘fo lo cual ¡oculta un día al cien. tífico en ciernes para integrarse en une institución (que es la que hace del hombre de ciencia un hombre de ciencia y no su comunión en io. principios del método científico). Mas si pensamos ahora que semejan. te integración recuerda sospechosamente a la tan denostada ciencia normal —con la que, desde luego, tiene y:a ver no poco—, no nos sor prenderá que los discípulos de Popper se sientan alarmados ante toda alusión a la creciente institucionalización de la ciencia (aunque, si bien se piensa, quizá debiera sorprendernos que la alarma se centre en las alusiones a ese proceso y no en el proceso mismo, como si lo de veras alarmante fuese el espejo de la ciencia y no su rostro). Una comunidad científica institucionalizada pudiera, en efecto, cifrar su máximo obje tivo en la auto perpetuación, cerrando así el paso a toda posibilidad de innovación. Pero, incluso suponiendo que no ocurriera así, ¿cómo justi ficar, en cualquier caso, la conveniencia de algún cambio científico una vez arrojados por la borda los mandamientos justificacionistas de la vieja epistemología? Si la lógica y la experiencia no bastasen para jus tificar un cambio así, ¿qué cabría hacer sino encomendar su realización a la veleidad personal del científico de temperamento o al dictado, no menos caprichoso, de la moda triunfante en la comunidad? En uno u otro caso, el reproche del viejo epistemólogo vendría a dejarse resumir en un fatídico vocablo. Ese vocablo es «irracionalismo».

Volviendo ahora a nuestro simposio, este último reproche divia’é aún a los representantes del new look epistemológico, al que —aun si con un amplio espectro de matices— se afiliarían Lakatos, Toidmin y Feyerabend en no menor medida que Kiíbn. En líneas generales, y aun si no todos ellos estarían igualmente de acuerdo en rechazar la invarian cia ¿el significado de los términos y euunc empíricos del lenguaje científico, cada uno se opondría en alguna medida a lo que dimos an tes en llamar el dogma empirista de su absoluta descontextualización (frente al «empirismo», el denominador común de sus posturas tal vez pudiera ser etiquetado de «teoreticismo»). I’or nuestra parte supusi mes que, dado que ese dogma mantenía una estrecha conexión c lo que dimos en llamar el dogma de la exclusiva relevancia epístemológica de la justificación del conocimiento científico, la oposición al uno ha bría de comportar la oposición al otro. Excepcionalmente, sin embargo, la actitud de Lakatos desmiente esa suposición. Pues, en efecto. Laka

Crítica Y conocimiento

tos abogaría por el «justificacioiusmo» en el sentido —contrapuesto a cualquier intento de pragmatizaCión de la ciencia o «pragmatismo»— en que aquí lo venimos entendiendo (que, dicho sea entre paréntesis, no coincide con el que el propio Lakatos otorga a dicho término). Esto es, para Lakatos sería una muestra de irracionalismo confiar la explicación del curso de la historia de la ciencia a la acción de factores psíquicos o sociales, pues junto al mundo del sujeto (individual o co lectivo) del conocimiento científico estaría lo qie I’opper ha llamado «el mundo del conocimiento objetivo», esto es, e mundo de los obje tos ideales (significados, verdades, argumentos) que constituye los con tenidos de la ciencia; ‘ es ahí donde habría de tener lugar la «recons trucción racional» del desarrollo de esta últinza. Pero no es de extra ñar que esos ensayos filosóficos de reconstruir racionainicntc la historia de la ciencia hayan sido calificados por un historiador co ;n

McIvÍullin de pura y simple ilistorsióv de dicha historia al servicio ce los postulados epistemológicos dci autor, comenzando por su

de las hipótesis de Prout y Bohr que ev este libro se proponen como ilustraciones de su propia ‘rietodología de los programas de investiga ción científica».

El que la imputación de tales cargos recaiga sobre Lakatos no ex culparía a Kuhn del de irracionalismo si éste fuese de veras reo del mismo. Por lo que a Kuhn respecta, sin embargo, lo único que ha he cho hasta el presente es protestar de su inocencia. Y eso obliga por ahora a dejar en suspenso la sentencia. La defensa que Fcyerabend hace de este caso —consistente en aceptar con complacencia la acusación y declararse por su parte, «también él», irracionalista— ha sido rechaza da por el interesado, pero en si misma hay que reconocerle su heroís mo. En rigor, esta prueba de solidaridad de Feyerabend es cualquier cosa menos sorprendente, pues la suya es —si la hay— una trayectoria in telectualmente paralela de la de Kuhn, comenzando por la perfecta sincronización de su trabajo «Explanat ion, Reduction and Empiricism» (1962) y el chef-d’oeuvre de este último. La coincidencia entre ambos, en efecto, no era tan sólo cronológica, y sus puntos de vista —desde la tesis de la incomparabilidad de las teorías a la propia teoría de las re voluciones científicas, para no entrar en más detalles— mostraban asombroso parentesco Por lo que en especial concierne a la teoría de las revoluciones, la fe de Feyerabend en el carácter revolucionario de la ciencia no ha desmayado un momento. Y los reparos que en este li bro OPone a la caracterización kuhniana de la ciencia normal obedecen

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1. LaL’atos & A. Mus grave Crítica y coflOCirnieulto

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prmczpalrnente al temor de quc, Si sIc llegara a convertirse en un «programa», semejante programa pudiera dar al traste con tales posjbjl clades revolucionarias: por ejemplo, suplantando la saludable prolil era. czón de teorías científicas alternativas por un dictatorial monismo teórico y exacerbando así el indudable antihurnanismo de buena parte de la prác. tica científica actual. Este temor —que en Feyerabend, a dif erencia de otros muchos popperianos, tiene poco que ver con un huero aspa. viento— es, cii definitiva, el que le lleva a romper ura lanza C pro del «hedonismo», esto es, de la con vicción de que la ciencia habrá de presentarnos una imagen más aractiva y placentera que su imagen oficial —el caso, por ejemplo, de la concepción de la ciencia como la «búsqueda de la verdad» en el fantasmagórico ;nundo de la objetividad ideal del último Popper— si la hemos de considerar como una actividad humanamente digna de atención. Entre esos placeres que la ciencia pudiera depararnos se encontraría ial vez la facultad de encarar impor. lentes decisiones teóricas como si se tratase, a falta de mejores crite. nos, de una cuestión de gustos. Y si la posibilidad de hacerlo así es candalizase a la razón, peor para la razón.

Las objeciones que a Kuhn dirige Toulmin, para concluir con él, van por otro camino y se destinan a prevenimos contra lo que ha lla mado en otra parte .81 la «ilusión revolucionaria». En opinión de Toiíl mm, en efecto, a lo largo de la obra de Kuhn —desde su primitivo tra bajo «The Function of Dogma in Scienti/ic Research» de 1961 al Apén dice a la segunda edición de The Structure of Scientific Revolutions (1970)52_ se habría ido registrando, principalmente por la v de una progresiva atenuación del contraste entre ciencia normal y ex traordinaria, un decrecimiento del énfasis originariamente puesto en el caece pto de revolución. Sea o no cierto esto último —en todo caso es disputable—, lo que a Toulmin le interesa no es tanto la trayectoria intelectual de Kuhn cuanto la trayectoria misma de la ciencia a los cf ec tos de pergeñar una aceptable caracterización del cambio científico. Y lo que en concreto nos propone es la sustitución de la metáfora po lítica de las revoluciones (o, para el caso, las reformas) por una más compleja «concepción evolutiva» de la historia de la ciencia que per mitiese interpretar el cometido de ia cm presa científica como un feno meno más de adaptación de la razón humana a las exigencias de sl ;nedio (la tentación biologista es fuerte en este punto; pero ToulvW1, no obstante, advierte el riesgo y la ecología de que habla es por S puesto de índole sociocultaral). Por lo demás, Touslmin ha visto bien
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