ColeccióN «teohia y realidad»




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dónde reside el mayor encanto ¿le la teoría de las revolucio:,’es

- científicas de la misma manera que la insisiencie en cambios «radice les» o revolucionarios podría servir en los úominios de la sociología teó rica para contrarrestar la propensión funcionalista a considerar a la so ciedad en su con/Unto como un estable «sistema social», de la misma manera esa insistencia podría servir en los dominios de la teoría y la historia de la ciencia para contrarrestar la propensión a convertir a toda ciencia —y, si llegara el caso, a «la» ciencia sin mas— en í!1i Sistema cerrado o, por lo menos, de pareja «sistematicidad> a la exhibida por la geometría de Euclides o la mecánica de Newton. I’ero, como observa Toulmin, la racionalidad no se reduce al ejercicio rutinario de una fa cultad que permita discurrir por los caminos trillados de un determina do paradigma científico, sino que en lo fundamental consiste en la ca pacidad del hombre de ciencia o la comunidad científica para hacer frente a situaciones inéditas. Según reza su lema favorito, la raciona lidad de uno y de otra no se demuestra por su adhesión a ideas fijas. procedimientos estereotipados o conceptos i sino por la ma nera como uno y otra cambian esas ideas, procedimientos y conceptoi y las ocasiones en que lo hacen.

Tras de cuanto se acaba de decir, la su gestión de ver como com plementarias las respectivas posiciones de Feyerabend y de Toulmin se torna irresistible. En líneas generales, se podría concluir que mientras éste hace suya una idea tal vez magnificada de les revoluciones, el pri mero trabaja con un conce pto un tanto mninirnizador de la razón. En términos socio políticos, una revolución es todo cambio de estructuras lo suficientemente drástico corno pera que no se pueda decir que la sociedad que la ha experimentado signe sieizdo la misma, en una serie de aspectos decisivos, que antes de su acontecimiento. Nada excluye, en principio que esos cambios pudieran alcanzarse por vía «evolutiva»

sin por ello ser menos revolucionarios Pero lo cierto, por desgracia, es que las transiciones revolucionarias discurren rara vez por semejante vía y que los cambios verdaderamente drásticos sólo consiguen impo nerse de ordinario en medio de violentos cataclismos. Tal circunstancia podría darnos la medida de la capacidad de resistencia humana al cam- bjo y, por lo tanto, la medida de nuestra irracionalidad. Pero si las comunidad es científicas fuesen a este respecto un poco más civilizadas que las SOcjO Políticas —cavia no sé 5 sería mucho esperar de ellas—, en su seno no tendría por qué darse una incompatihil entre eva/u CjÓ y revolución Y tampoco la habría, por cOnSig;iiente, entre la iv L

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1. Lakatos & A. i’vfusgra

tcrp)etación del cambio científico por parte de Tonlinin y la teoría de Kuhn. Entendidas así las cosas, esta última podría ser asimismo compa tibie con el punto de vista de Feyerabend, pues el «irracionalismo» de Feyerabend acaso no sea más que un modo refinado de practicar la ra. cionalidad. Para aprovecharnos de su propia comparación, la razón tiene más que ver con una atrayente cortesana capa: de anticiparse a los deseos de su amante que con la severa matrona en la que sacj su complejo de Edipo los filósofos racionalistas al uso. Y lo que de su exposición vendría a concluirse no es que la ciencia sea, en última ms. tancia, tan irracional como el arle, sino que ci arte constituye una ac tividad tan racional como la ciencia pueda serlo. Pero, con todo, ignoro hasta qué punto vie estaré yendo ¿e la mimo tratando de ¡orzar las coincidencias. Cualquiera que sea el grado de complementariedad que pueda darse entre Toulmin y Feye;ahend, los malentendidos entre cada uno de ellos, por un lado, y Kuhn por otro, son todavía lo suficiente. mente considerables como para poder concluir nada taxativo a tal res pecto. Como tantas veces sucede en filosofía, el acuerdo entre los tres es sin duda más fácil en cuanto a lo que niegan o rechazan que en cuan to a lo que afirman. Y será en lo primero, por lo tanto, en lo que hayamos de concentrarnos a con tía uación.

III

Al positivismo contra el que todos ellos reaccionan por igual no po demos negarle unas cuantas aportaciones valiosas a la filosofía contem poránea de la ciencia, la más notable de las cuales acaso sea haberla li brado de su secular supeditación a la vieja metafísica. Cierto es que no le ha faltado compañía en el empeño —el caso, por ejemplo, de no pocos filósofos analíticos de muy otra filiación—, así como tampO precursores ilustres, como en buena parte Kant. Pero, puesto que el empeño era encomiable en grado sumo y hay gloria para todos, no veo razón para regatearle su cupo da esta última. Que el empei3o era en comiable parece estar fuera de toda duda. Desde el Renacimiento, Of ejemplo, la moderna ciencia de la naturaleza se ha venido esforzandO por explicar mejor o peor 103 fenómenos a!n: c yéndose P

Crítica Y conocimiento

ello en hipótesis más o menos fecundas de las que esos fenómenos se dejen deducir lógicamente y sobre las que puedan montarse luego pre dicciones susceptibles de contrastaciófl empírica. Así es, por ejemplo, como se hizo posible la mecánica de Newton y así es como proceden de ordinario —según se piensa, por lo menos— las explicaciones científi cas y, muy concretarnelite, las de la moderna dzeuda natural. Los filó so/os metafísicos de la naturaleza, sin embargo, se creían por su parte en el derecho de elaborar sus propias explicaciones de esos mismos fenómenos explicados por la ciencia y, lo que es más, creían poderlo hacer ahorrándose en cambio todo aquel engorrosisimo montaje de de ducciones lógicas y contrastacioneS empíricas a que rendían tributo los científicos. Y cuando, como era de suponer, las explicaciones filosófi cas y las explicaciones científicas de los hechos se negaban a coincidir, nunca faltaba la suprema instancia del teólogo que diera la razón a los filósofos y la quitara al Galileo de turno.

Desde hace ya algún tiempo, oficialmente por lo menos desde el siglo xv el hombre de ciencia se ha sacudido esa tutela filosófica. Pero los filósofos de la naturaleza —y, generalizando, los filósofos de la ciencia con cualquier otra cualificación— seguían frecuentemente empecinados en sostener la posibilidad de algún conocimiento mete fisi co que todavía suministrase explicaciones filosóficas de los hechos ex plicados por los científicos, ya que, de no contar con ella, temían verse abocados al paro tecnológico. El mérito de sus críticos ha consistido en hacer ver que los filósofos no quedarían cesantes por el hecho de re nunciar a semejantes pretensiones explicativas. Al fin y al cabo, y tauz bién ya en el siglo xv alguien tuvo ci acierto discutible de apuntar que una ciencia no era otra cosa que «un lenguaje bien hecho». Y los filósofos, a los que —a diferencia del científico— no les es dado expli car nada, podrían no obstante estudiar esas explicaciones de la ciencia estudiando el lenguaje en que las mismas se formulan, lenguaje diferen te en cada caso según que de lo que se trate sea de subsumir el fe nómeno explicado bajo una ley universal o una regularidad estadística, de interesarnos por su causa o atender a su ¡unción, de abordarlo en su génesis estrueturalmente etc., etc., etc. Para decirlo con la jerga consagrada la filosofía de la ciencia se concebiría hoy como una «refle xión metacienti/ica» esto es, como una reflexión de segundo orden sobre el lenguaje de la ciencia (con esto de los «órdenes», no obstante, ha bría que andarse con cuidado: en el índice de autores de los modernos flianuales de filosofía de la ciencia de primer orden —el caso, por

1 . CRÍTICA Y CONOCINUFNTO

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ejemplo, de los de Richard Brait/ Ernest Ncgcl, Wolfgang Ste rniiller o Mario Bunge—, los nombres de científicos abundan Por lo menos tanto como los de filósofos citados; en los de segundo o tercer orden, las citas de Braithwaite, Nagel, Stegmüller o Bunge superan c mucho a cualesquiera otras). Y como, para continuar con nuestro ejemplo, explicaciones científicas las hay de muchas clases / cas y estadísticas, causales y funcionales, genéticas y estructura/es, etc. etc., etc—, el filósofo de la ciencia que desee estudiar las peculiar ida. des de todas ‘ cada una no tendrá, desde luego, tiempo de ahurrirse

Acabo de aludir a un tópico importante de la filosofía contelnporá. nea de la ciencia —la teoría de la explicaci6n científica— que constitu. ye, a no dudarlo, un buen banco de prueba de las posibilidades y lími. les de la epistemología positivista. Pero, antes de ocuparnos muy por encima del asunto, convendría insistir en la caracterización del positi. vismo como una síntesis o alianza de lógica y empirismo que en su momento hicimos nuestra, Y para ello podríamos elegir otros dos tó picos no menos renombrados, como son los problemas planteados por la formalización de las teorías científicas y la demarcación de la ciencia empírica frente a lo que no es tal.

Para empezar, pues, por la lógica, una de las tareas que normalmen te se asi gua a la filosofía de la ciencia es la de reconstruir lógicamente una teoría científica —esto es, presentarla como un sistema formal—, tarea que hubo de verse grandemente posibilitada po;’ los progresos de la axiomática a partir del pasado siglo. Así es como hoy sabemos, por ejemplo, que —valiéndonos de los recursos de la lógica cuantificacio nal de orden superior— será posible presentar axiornáticamente cual quier teoría científica medianamente desarrollada con sólo que selec cionemos, de entre sus enunciados y a título de axiomas, aquellos que por su fertilidad deductiva permitan la derivación de los restantes enufl ciados de la teoría a título de teoremas. Como los filósofos «forrnalis tas» de la ciencia reconocen sin ambages, el resultado de un tratamiento semejante —por más que contribuya a arrojar luz sobre la estructu ra y propiedades formales de la teoría originaria— podría guarda;’ es caso parecido con esta última. Y, a la vista del reconocimiento de este hecho, la irritación de los historiadores de la ciencia —e incluso de flO pocos científicos— ante aproximaciones a la ciencia del estilo de Phi losophy of Science de Henry E. Kyburg resulta cuando menos cOtfl’ prensible, aun si no siempre está justificada.

Pensemos, por ejemplo, en los trabajos sobre axiornatización de te

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Crítica y conocí inient o

rías iológica5 —el caso cIa determinadas / cia ¡corza celular— del biólogo americano John fi. Woodpcr, jiie al l y al cabo es im científico además de un filósofo de la ciencia. Sin duda el investj doy, tras de fruncir el ceño al con tem pial’ las tres o cuatro líneas de fa rragoso simbolismo de que Woodger 50 Si;’ve pa;’a expresar el enuncia do de que una célula constituye una unidad orgánica, pudiera deplorar como una lastimosa pérdida de tiempo el invertido en tal tarea cuando tantas cosas hay hoy por descubrir en bología. El reproche, repito, es, sin embargo, injusto. Sería injusto, por ejemplo, tachar de pedante el uso de complicadas fórmulas para expresar lo que en castellano se ex presa en tres palabras, porque después de todo Woodger no ha inven tado el lenguaje de la lógica cuantificacional: también podría decirse que es pedante servirse de la jerga «input-blackbox-output» en lugar del esquema tradicional «estímulo-célula-respuesta», pero todo depende de que uno desee o no servirse de la teoría de la información o la teo ría de los sistemas para propósitos biológicos. Y de nada vale tampoco lamentarse de que la lógica no tenga por sí misma ningún alcance heu rístico. Quizás haya un sentido, un tanto amplio, en que la axiomati zación de una teoría pueda sugerir rutas —o, por lo menos, dejar la puerta abierta— para ulteriores descubrimientos científicos. Por ejem plo, todos sabemos que no sólo hay sistemas axiomáticos equivalentes, esto es, sistemas que axiomatizan una misma teoría (como los de Hil bert o Veblen para la geometría euclídea), sino también sistemas axio máticos monomorfos, esto es, sistemas satisfechos por diversos modelos isomorfos o de idéntica estructura (el caso del modelo algebraico ela borado por el propio Hilbert para su citada presentación axiomática de la geometría enclidea) Un sistema axiomático es siempre, en tal sen tido, un cálculo pendiente de interpretación y baste —si así puede de cirse— una invitación a la búsqueda de modelos que lo satisfagan. Na turalmente, cuando se habla de «modelos» corno se acaba ahora de hacerlo se está aludiendo simplemente a la interp;-etación de un sistema formal, que en el caso de sistemas formales puros —como los de la maternática_ será eci sí misma empíricamente irrelevante. Pero pense ‘nos en la conexión entre estos modelos y los «modelos» de que se habla cuando se habla, por ejemplo, del modelo atórnico de Bohe o del modelo de Watson y Crick para la molécula de ADN. Para tomar una caso más sencillo pensemos en la explicación de los fenómenos lu minos en términos de corpúsculos, esto es, en el modelo (o la teoría, que Para el caso -endria sa,- lo mismo) corpuscular de la luz. El

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1. La/zatos & l. J Crítica y conoCi11u1e

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inimi «n?o ‘em estaría e: este caso bien e:n por el hecho de que el sistema cJe corpúsculos mecánicos de Newton ccllstitu’ce lina iizterpreíaciríiz dci sistema formal o semifornial (el sistema formal im. puro en que vendría a hacerse consistir a la mecánica de Newton) del que aquellos fenómenos resulten deducibles, que es lo ove sucede jus. tam ente cuando —en dicha jo/ce prelación— las pro piedades de pro pa gación lineal y reflexión de la luz se dejan deducir de les leyes nero ¡lianas del movimiento, que serían los axiomas del sistei,za. “ Lo que, por lo demás, sucede con frecuencia es que una teoría científica no se halla todavía lo suficientemente desarrollada como para que sea posi. ble ensayar su formalizeción, en cuyo caso los científicos se contentan con lo que hay y proponen modelos con fines puramente aclaratorios o para facilitar la intuición. Éste es el caso, por ejemplo, de las répli cas o las máquinas analógicas que comportan el uso más frecuente del término «modelo», como cuando se habla de un modelo electrónico del sistema nervioso o de un modelo hidráulico de la of erta y la demanda, modelos que reproducen ciertos aspectos relevantes del dominio de objetos modelado. Pero, incluso en estos casos, la relación con el sen tido lógico de dic ho término podría hacerse ver si admitimos que el isomorfismo entre el modelo y el correspondiente dominio de objetos (entre, supongamos, el sistema nervioso y su modelo electrónico) los convierte a ambos en modelo (o interpretación lógica) de un sistema formal por construir, como pudiera ser la formalización de le moderna ¡muro fisiología. Pero con todo esto, entiéndaseme bien, no he tratado en ¡nodo alguzo de sostener la posibilidad de que la lógica detente en c:i:nía tal eice;zce eurístico. La lógica no puede con sus propios recur sos determinar si una representación simbólica o malenzática dada de los hechos coincide, iso;;zóef o no, con la estructura de estos ¿d nos. Eso es a7 7Itural que depende cíe le experiencio, Sifl la que las cencias cza/’ízices no serían lo que son. Y, como alguna vez se ha dicho, reprochar c le lógica su ¡nutilidad e efectos hez risticoS, :5to cs, reprocharle ejite no sirva Jara ci descubrimiento ci ;‘iuíco sería como reprochar a los geólogos que no se ocupen óc cultivar la tierra.

iiho;a ñien, la lógica está lejos de haber sido ps/rimo úo cual sí CO de los positivistas. Pero lo que los positivistas sí han hecho es un uso muy particular de la lógica e la hora de ponaz a teo;zzar soT re la ciencia: tras de ha ‘:er caracterizado a la filoso fía cje la ciencia con/O iifl c lógico del lenguaje de esta última, y tras de haber reconocido ci hecleo obvio de que la lógica carece por sí misma ¿e verdadero alcan

ce heuristko, han acabado concluyendo que ¿a reflexión teoiw. sobre la ciencia o «metaclencia» no tendría que inteicsarse para nada por el descubrufiie científico. Más aún, y puesto que no habría ninguna «regla de procedimiento» que regule ducho ¿lesczubrimie;ito, éste tendría que declararse punto menos que «irracional». La protesta de Otros teó ricos contemporáneos de la ciencia frente a esta cxpeditive descalifica ción del descubrimiento científico está más oua jnsiifica pero se ha visto obstruida por no pocos malentendidos. sle es el ceso, en mi opi nión, de la defensa que Norwood R. Hanson ha hecho de la existen cia de una «lógica» del descubrimiento, esto es, de la exzstencia de «patrones de descubrimiento» de naturaleza lógica irreductible a la ló gica de la deducción o la inducción, Pare ceñir//os a su eiemuplo ¡muís conspicuo —e1 del llamado «patrón rctrmuc/ivo» de dcscubrinziento, que cabría expresar en estos términos: «Tc zcmos ¡mu fenómeno dado F; ese fenómeno sería explicable si la hipótesis II es verdadera; luego hay razón para pensar que H es verdadera es cierto quue las leyes típicas de la física —como las del movimzeulo y la grcn it: Jón, la ter modinámica, el electromagnetismo o la conservación de la carga en la física clásica y en la cuántica— no pueden explicarse a partir de la in ducción baconiana o inducción por enumcreció;z (las teorías no su gen de la simple «acumulación» de datos, sino de la «sistemalización» de estos últimos) y tampoco cabe dar cuenta de sti descubrimiento en tér minos hipotético-deductivos, pues lo cierto es que los físicos no parlen de hipótesis sino de datos, que son precisamente lo que hay que ex plicar (una vez acabada la investigación, quizá pueda pensarse en oc- denaria o «reconstruirla» hipotético-deductivume pero lo que inte resa desde un punto de vista heurístico es justamente su «construc ción», no su reconstrucción); en consecuencia, una teoría es para Han- son una «conceptual ización» de una serie de datos más o menos pro blemáticos, y la misión de aquélla sería hacerlos retroductivamente inteligibles según la pauta del patrón transcrito más arriba. Mas como con razón se le ha objetado más de una vez, su propuesta de una lógi ca heurística o inventiva es decididamente ambigua y no está claro que constituya una alternativa respecto de la lógica deductiva o induc tiva. Eso es lo que sucede, por lo pronto, con el patrón retroductivo de descubri Pues si nos empeñáramos en hacer de él, como i veces da Hanson la sensación de sugerir, ucna regla de procedimiento, esto es, una regla lógica de derivación, su representación por medio del esque «Si H, entonces F; F; luego H» nos obligaría a interpretarlo
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