ColeccióN «teohia y realidad»




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o bien como una falacia deductiva (la clásica falacia de afirmación del consecuente) o bien como una variedad trivial de inferencia inductiva (concretamente, como un caso de esquema in/crencial de tipo reducti yo). El malentendido a que antes se aludía podría acaso explicarse Por la laudable resistencia de Han son a conceder la irracionalidad del des cubrimiento científico en virtud de su declarada irreductibilidad a cualquier clase de reglas o patrones lógicos de derivación. Mas como Kuhn ha contribuido a pone! de manifiesto, la lógica así entendida no mono poliza el ejercicio de la racionalidad, como tampoco agota el ám bito de la reflexión rnetacientífica No iba a ser cosa, desde luego, de acotar para los lógicos el estudio de los factores racionales de la deji. cia, dejando a los psicólogos y sociólogos de la ciencia —así corno a sjj historiadores— la consideración de los irracionales. O, dicho de Otro modo, a la psicología y la sociología de la ciencia —así como a su his toria— les está reservado un puesto, ; menos que a la lógica, en el do minio de la «ciencia de la ciencia» o metaciencia. Y no hay la menor base, en consecuencia, para pensar que el descubrimiento científico ten ga que ser ajeno a la vigilia de la razón. El sueño de ésta puede produ cir monstruos, mas no descubrirnien tos científicos. Y, en cuanto a esos descubrimientos, nada tendrían por qué tener de monstruosos, como no sean las aplicaciones que ciertos hombres hacen de ellos al ponerlos al servicio de la destrucción de la vida en el planeta y la planificación militar del asesinato masivo de sus semejantes. La lógica, por tanto, es muy importante, pero el descubrimiento científico —contra lo que creyeran los positivistas— también tiene sus fueros.

Esto es lo que habría que decir, muy a grandes rasgos, del uso (o el abuso) que los positivistas han hecho de la lógica, que es lo que en última instancia les ha valido el título de empiristas lógicos. Veamos ahora el uso (o, de nuevo, el abuso) de la experiencia que les ha vali do el título de empiristas.

En principio, un empirista es todo aquel que niega rango de cientí fica a una hipótesis hasta tanto que la experiencia no se haya pronufl ciado taxativamente a su favor. Pero esta caracterización es en sí mis ma demasiado vaga, pues, por lo pronto, no todas las hipótesis cien tíficas podrían ser empíricas en la misma medida. Pensemos, por ejem plo, en esas célebres hipótesis lo suficientemente acreditadas por la experiencia como para haber merecido el nombre de leyes de Kepler. L efecto, cualquiera de ellas podría haberse hecho acreedora a es4 rotulación co íes de que se ensayara y consiguiera —en parte al iiieflos

Crítica y coflOcim1

su derivación a partir de las de Newton. Esto es, cualquiera de ellas podria considerarse una «hipótesis empírica», pues con paciencia y un suficiente’ número de observaciones astronómicas cualquier astrónomo podría haber descubierto —corno Kepler lo hizo estudiando la órbita de Marte— que los planetas describen órbitas elípticas, que el radio vector del Sol a un planeta dado barre invariablemente áreas iguales en tiempos iguales y que los cuadrados de los períodos de dos planetas son siempre proporcionales al cubo de su distancia media al Sol. Eso no implica, ciertamente, que Kepler no acudiese a suministrar por su par te explicaciones teoricas de los hechos (el caso, por ejemplo, de su postulación de un anima motrix solar, etc.). Pero el descubrimiento de sus leyes —el descubrimiento «de que» los planetas describen tales T tales órbitas, etc.— fue un descubrimiento eminentem ente fáctico, esto es, el descubrimiento de algún hecho y, muy concretamente, de algún hecho empíricamente observable, nO el de su explicación o «de por qué» ocurre así. Y, como se indicaba hace un momento, no todas las hipótesis científicas podrían ser igualmente empíricas. A diferencia de las keplerianas, que tan sólo manejan entidades observables tales como planetas, la hipótesis newtoniana de la naturaleza corpuscular de la luz

—a que antes aludimos— envuelve el manejo de entidades, como los citados corpúsculos de luz, que son inobservables. Eso hace que su com probación no pueda ser directa, sino sólo indirecta: a través, por ejem plo, de las consecuencias directam ente empíricas extraídas de la hipó tesis, que se llamará ahora una «hipótesis teórica». Si, como Newton suponía, la luz se compone de corpúsculos gobernados por sus leyes del movimiento (llamemos H a dicha hipótesis), cabría esperar que esos corpúsculos acusen el efecto de la fuerza ejercida sobre ellos por obs táculos tales como la superficie del agua al incidir un rayo luminoso, según sucede con el fenómeizo de la refracción (llamemos Ci a dicha consecuencia). o como la cara de un espejo, según sucede con el fenó meno de la reflexión (llamemos C a dicha consecuencia); o como el cristal de Ufl prisma, según sucede con el fenómeno de la descomposi ción de los colores (llamemos C a dicha consecuencia), etc., etc., etc.

Como nosotros ya sabemos, el esquema «Si H, entonces C C C etc.; C C C etc.; luego H» no es deductivamente válido, lo que quiere decir que la verdad de H no se halla garantizada por la lógica deductiva Pero al empirista, Sin enibargo, podría bastarle Co que la probabilidad de H se viese reforzada en pro porción al nú mer de C acumj1lados en la segunda premisa, refuerzo que podría

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venir suministrado por las leyes de la lógica inductiva en Cuanto di/e rente de la deductiva. El problema en tal caso estrzbaría en que la clas de las consecuencias de una hipótesis es potencialmente infinita y lo tanto, nunca podríamos estar ciertos de la verdad de H. Ahora bien supongamos que de H se desprenda alguna consecuencia Cn —sea, Po; ejemplo, la que Newton extrajo en el sentido de que la luz se Prop gana más rápidamente en el agua que en el aire en virtud de la fuera ejercida por la primera al refractaria— y que pudiera comprobarse la falsedad de C tal y como se comprobó cuando la velocidad de propa. gación de la luz pudo medirse y se verificó el experimento de Foucau que demostraba que la luz se propaga menos rápidamente en el ag que en el aire, esto es, lo contrario de lo que había supuesto Newton. Tendríamos en tal caso el esquema «Si H, entonces . no-Ca; luego no-FI», esta vez plenamente válido dentro de la lógica deductiva, donde se le conoce desde antiguo bajo el nombre de modus to]Iendo tollens. Para decirlo en des palabras, en tanto que una hipóte. sis teórica no podría nunca ser probada o confirmada de modo cop clu yente, si podría ser, en cambio, concluyentemente discan firmada o refutada, de donde acaso se des prenda (jue lo que hace «científica» a una hipótesis no es tanto su «coi cuanto su «refutabili. dad». Así es, por lo menos, como a veces ha sido interpretada la cé lebre corrección de Popper a la más cruda teoría de la contrastación empírica de los positivistas precedentes. Por lo demás•, no deja de ser cierto que nuestro esquema simplifica abusivamente las cosas, un tanto más complejas en rigor. (Tampoco deja de ser cierto que esta última circunstancia no ha pasado desapercibida para Popper, en la medida en la que éste nunca ha sido un refutacionista o «falsacionista ingenuo.) 68 Por lo pronto, una hipótesis no se da nunca aislada en el seno de una teoría, sino en conjunción con una serie de hipótesis cor’14 plementanias: en el cato de la hipótesis corpuscular, para continuar cOn nuestro ejemplo, las de la propagación rectilínea de la luz, la atracciOn de las partículas de la luz por las de agua cuando la distancia entfC ellas es pequeña, etc., de suerte que tendríamos el esquema «Sí FIi, H .., H entonces C no-Cn; luego no-(Hi, H ..., Hp)». Y ell0 plantea el problema de cuál de esas hipótesis conexas habría qUS remover a consecuencia de la negación de C En el caso de la teOr de la luz, según es bien sabido, el problema se resolvió considerafld0 como suficientemente establecidas las restantes hipótesis y sustituYe la de la naturaleza corpuscular de la luz por la hipótesis

Crítica y conocimiento

de Huygehis, que parecía acomodarse harto fli(’jor al resultado del CX pe rimento de Foucault. Lo que quiere decir que —procediendo a una adecuada recomposición de la teoría C su coIl7untO (a la adición, por ejemplos de hipótesis de nuevo caño)— la hipótesis corpuscular po dría ser resucitada bajo otras variantes, tal y como ocurrió con la teoría einsteiflialia de los fotones o incluso la teoría de los «corpúsculos-onda» de De Broglie. Con otras palabras, la refutación ele una hipótesis tam poco es nunca concluyente más de lo que lo era su confirmación. Pero eso, en cualquier caso, no es lo que importa ahora, pues aquí no se hablaba tanto de refutación nc accho cuanto de refutabílidad o sus ceptibilidad de refutación al menos en principio.

En opinión de Popper —siquiera sea en alguna etapa de su obra o, por lo menos, en algún momento de debilidad 69_, una hipótesis es científica en la medida en que es refutable, esto es, en la medida en que se halla abierta a la posibilidad de su refutación por la experiencia. Y en tanto que el suyo es, como vemos, un criterio empirista, no han sido pocos los positivistas que no han vacilado en ada pIar semejante criterio de cientificidad, llamado a establecer una frontera más o menos segura entre lo que realmente es ciencia y lo que no. Una hipótesis teológica, como la de la bondad divina por ejemplo, es por principio irrefutable, dado que cualquier conirainstancia que tratáramos de opo nerle —corno la existencia de guerras, pestes, terremotos, etc.— podría sernos devuelta por sus defensores como una prueba más de la bondad de Dios, que trata de purificarnos mediante esas calamidades o nos permite merecer a través de ellas la gloria eterna. La teología, por consiguiente, no es una ciencia empírica (cosa que, a decir verdad, tam poco han pretendido exactamente todos los teólogos). Y tampoco será a su vez científica la obra de los cultivadores de pseudociencias tales como la astrología, ni la de magos o quiromantes, ni la de los redac tores de la revista Planeta, etc., que se sirven de recursos semejantes a los de nuestro teólogo para poner sus nf irrnac iones al abrigo de toda refutación ( refutar un horóscopo cuyas predicciones resultan compatibles en virtud de la insuperable vaguedad de su contenido, con cualquier tipo de acontecimientos imaginables?). Ahora bien, en lo que antes se dijo a Propósito de nuestros esquemas de contrastación empírica se Pasaron por alto —o se aludieron sólo de pasada— dos detalles importantes que quizá sea el momento de recoger y rematar en este Punto: a saber, que las refutaciones de una hipótesis (o, gene ralizando, una teoría) científica no son nunca absolutamente conclu

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yentes, y —detalle uo menos importante— que sóio podrían serlo e la medida en la que haya otra teoría rival (como era el caso, ejemplo, de la de Huygens) dispuesta a oficiar como teoría de respecto de la sedicentemente refutada (en nuestro caso, la de NewtOn) ¿En qué medida afectan ambos detalles a la consideración de la ref tabilidad como un criterio de demarcación entre ciencia y no-ciencia Voy a ocuparme de este punto sirviéndome para ello de una fábula a Lakatos, incluida por su autor en su trabajo de este libro. Imagine. ,nos, comienza su relato, un físico de la ero preeinsteiniana que se basó un buen día en la mecánica de Newton y su ley de la gravitación ar calcular, con ayuda de esta última, la órbita de un pequeño planeta l’ero la trayectoria del planeta resultó no ajustarse a la órbita previst por sus cálculos. ¿Consideró por ello nuestro físico newtoniano que desviación de la órbita de P refutaba la teoría de Newton? A decir verdad, no. En lugar de ello, sugirió la existencia de un plan eta desconocido hasta la fecha, que sería el causante de la perturbación de la órbita de P. En consecuencia, nuestro físico procedió a calcular la masa, órbita, etc., de ese hipotético planeta y acudió luego o un astró-; nomo experimental para pedirle una conirastación de sti hipótesis. Con los telescopios normales no había modo de hallar el menor rastro del planeta P’, de modo que el astrónomo pidió una beca para construir un telescopio más potente. Al cabo de tres años, el nuevo telescopio estuvo listo. Si el planeta P’ hubiera sido descubierto con su ayuda, ese descubrimiento habría sido celebrado como un brillante éxito de la ciencia newtoniana. Pero el descubrimiento no llegó nunca a producir se. ¿Abandonó, pues, nuestro físico su idea del fantasmal planeta P y, con ella, la teoría de Newton? A decir verdad, no. En lugar de ello, surgió la presencia de una nube de polvo cósmico que nos impide divisarlo pese a la potencia de nuestros telescopios. En consecuencia, procedió a calcular la localización y propiedades de esa nube y soliC la concesión de una nueva beca para enviar un satélite a contrastar SUS cálculos. Si los instrumentos, sin duda refinados y precisos, del satéllé bu hieran registrado la presencia de la nube conjeturada, tal resultado habría sido saludado como un sensacional triunf o de la ciencia neWtO niana. Pero no ocurrió así. ¿Se consideró esto, al fin, uno refutac10 de la teoría de Newton? A decir verdad, tampoco. En lugar de ella, concluye Labatos, los newtonianos continuaron proponiendo nuevas C ingeniosas hipótesis auxiliares, O bien, otro final alternativo de la hu ¡oria, la historía toda acabó siendo sepultada en los archivos de ¡ai

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revistas científicas y nunca más volvió a oírse hablar de ella. ¿Cuál es la moraleja a extraer de la fábula de Lakatos? Para nosotros, que vivimos en la era de Einstein y no en la preeinstein tana, los protago nistas de la fábula tendrían nombres propios: el físico de marros podría llamarse Leverrie el planeta P se llamaría Mercurio y al planeta P’ le podríamos llamar Vulcano. Más aún, a nosotros —que vivimos, repitO en la era de Einstein y no en la preeinsteiniana— nos sería incluso dado variar el final de la historia: hacia 1919 —diríamos— Einstein tenía ya lista SU teoría general de la relatividad, que permitía explicar la perturbación de la órbita de Mercurio consistente en el ade lanto de su perihelio sobre la base de su hipótesis de que los rayos de luz se curvarían en la proximidad del Sol, hipótesis que modifica de ma nera importante la ley newtoniana de la gravitación; durante un célebre eclipse solar acontecido en el curso de dicho año, se efectuaron unas observaciones que resultaron concordar muy de cerca con la de flexión anticipada por la teoría de Einstein; y desde entonces consideramos a esas observaciones como un caso espectacular de experimentum crucis, del que se seguiría la relativa desvirtuación de la teoría de Newton. Pero parece claro que todo eso lo podemos hacer ni más ni menos que por vivir después que Einstein tuviera lista su teoría. De lo contrario, el eclipse del año 19 habría pasado desapercibido a efectos científicos. Y nuestra historia habría concluido como sugiere Lakatos.’ o bien con una sucesión indefinida de hipótesis ad hoc por parte de los científicos newtonianos, o bien cayendo en el olvido. Con otras palabras, si no hubiera existido la de Einstein, la teoría de Newton no habría sido refutada. Con otras palabras, el científico no opera presentando sus teorías al tribunal de la experiencia y esperando a que ésta le diga taxa tivamente «No»; por el contrario, se embarca en un «programa de investigación» y lo mantiene contra viento y marca hasta tanto que el cúmulo de anomalías —esto es, de hechos dejados fuera de la teoría— lo acabe convirtiendo en inservible y haya ya, claro, otra teoría o pro grama de investigación dispuesto a reemplazarlo. Como de su trabajo se desprende Lakatos no parece tener empacho alguno en hacer suya

S acaso un par de detalles de menor cuantía— la moraleja de Su fábula tal y como aquí acabamos de exponerla. Mas no ha tenido, en cualquier caso, el valor de llevarla hasta sus últimas consecuencias.

Pues, en efecto, entre esas últimas consecuemicias tendría que figurar 5ólo el abandono de cualquier confianza en la cogencia metodológica de los experimentos cruciales y con ella el abandono de la contrasta-
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