ColeccióN «teohia y realidad»




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Crítica y conocimiento

44 1. Lakatos & A. Musgp

ción empírica corno «la regla de procedimiento» destinada a din de modo concluyente cualquier conflicto entre teorías científicas tuainente incompatibles, sino también el abandono de la mis,

idea de que quepa arbitrar regia alguna de procedimiento a esos ej tos. Lo que hace Lakatos, por el contrario, es proponer de Cosec una de tales reglas de procedimiento —eso es lo que, en definj/j pretende ser su propia metodología de los programas de investigacjó y, de este modo, un nuevo criterio de demarcación cient com envuelto en su distinción entre a «progresivos» y «dege tivos» de encadenamientos de problemas. La objeción fatal a e última versión riel racionalismo crítico popperiano, que sólo de boqu asigna a la historia el lugar que le corresponde, es ésta: ¿cuánto tiem (pronúnciese silabeando «cuán-to-t tendrían que pro gresar degenerar esas cadenas problemáticas para acordar que se han desar liado en uno u otro sentido? ‘ La pregunta admite múltiples ilusi ciones: ¿por qué, pongamos por ejemplo, los Principia de Newton no su Optica? Y sería ilusorio pretender confiar esa respuesta a regla cíe procedimiento. Pues la nueva pregunta sería entonces: ¿qui (pronúnciese ese «quién» con todo el énfasis de que se sea capaz) s el encargado de manejar aquella regia? Con un poco de buena vol tad, cabría tomar el calendario por una regia de procedimiento. P ¿quién fijará la fecha tope para el cómputo riel progreso o la degener ción? Lo natural, por descontado, parecería encomendar la decisión hombre de ciencia o a la comunidad científica ( quién si no?) Mas4 la decisión depende en suma de estos últimos, lo menos que cabría de es que para ese viaje no se necesitaban las alforjas de Labatos. O, col diría Kuhn, ésa es ya otra historia. 1

En cuanto a la noción de programa de investigación, es induda que ésta guarda estrecha relación con la noción de paradigma, de la ql aún es más cierto que procede. Para nuestros efectos, por lo tanI parece preferible servirnos en lo sucesivo de la terminología kuhfli4 La noción de paradigma pudiera sernos útil, por lo pronto, para

jamos una idea bastante más realista de la historia de la ciencia la corriente entre filósofos. Volviendo por ejemplo al problema de demarcación científica, está muy bien decir, como decíamos, que csø cia y metafísica son dos cosas distintas y que —aunque no este ¡ bien, también se dice— no deben entremezclarse la una con la 1l1 Ése pudiera ser tal vez el desideratum. Pero en la historia de la Ci cia, a diferencia de los textos de metodología científica, las cosas —

crítica y cOnoci1fli

bien O para m 00 siempre estáiz tan ciaras. Como es sabido, Des cartes se antiCiPó a Newton en la formulación del principio de inercia, princiPiO que no fundarnefltab0, Siifl embargo, en la noción newtoniana de masa como vis insita y viS inertiac, sino cii la inmutabilidad de mi Dios productol de una determinada cantidad constante cíe materia y movimiento en el universo. Si se quiere, puede decirse que la teoría cartesiana era más metafísica que la newtoniana y presentar la impo sición de la de Newton como una especie de victoria de los buenos sobre los malos. Pero esos términos maniqueos son de poco provecho para la historia de la ciencia. En rigor, metafísica y ciencia se entre mezclaban asimismo en la obra de Newton no menos que en la de Descartes. Y, en cuanto a ésta, la apelación cartesiana a la inmutabili dad divina, cualquiera que su carga metafísica pueda ser, tuvo al menos la virtud de enfatizar debidamente la importancia de las leyes físicas de conservación. Más aún, lo que deterininó el colapso del meca nicísmo cartesiano frente al newtoniano no fue ningún experimento crucial concluido con un saldo a favor de Newton, sino el cúmulo de hechos de los que el primero no podía dar cuenta y que en cambio encajaban bastante bien en el nuevo paradigma mecanicista (comenzando por el fenómeno de las colisiones entre los cuerpos, que Descartes tra taba de explicar a partir de su noción de cantidad de movimiento corno producto del volumen del cuerpo por la velocidad escalar en lugar de echar mano —como Newton— de la masa más bien que dci volumen, interpretando la velocidad como un vector y no como una magnitud escalar). Mas de no haber surgido la teoría de Newton, o alguna otra equivalente, es muy probable que las leyes de conservación siguieran explicándose en virtud de la inmutabilidad divina (tal y como, según antes veíamos, de no haber surgido la ¡ de Einstein u otra que hubiera hecho sus veces, las perturbaciones cíe in órbita de Mercurio seguirían explicámidose en función de Lo existencia cíe un planeta desco nocido en su proximidad)

Como vemos, la noción de paradigma pudiera ¡‘e vc’larse muy ¡caic Para la historia de la ciencí e; su interés metodológico no sería menor en la teoría de las ciencias cm píricas, tanto naturales cuanto sociales Consideremos un par de ejemplos, Pare empezar por un ejem plo relativo a las ciencias naturales, la noción ¿le paradigma ha sido recientemente introducida por iVecldiigton en el dominio de la meto dología de las ciencias biológicas.78 En las discusiones sobre el status

sus partidarios han de hacerse cargo con

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[ Labatos & A.

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frecuencia de! conocido reproche de que la ¡coria de la selección ¡ural es una tautología, puesto que la aptitud a que se alude c habla de «la supervivencia del más apto» no sería más que la de sobrevivir, con lo que aquella frase vendría a convertirse en la cia/nación de «la supervivencia del que sobrevive». Naturalmente impresión podría corre girse tan pronto como la noción de selección , ral sea interpretada como una consecuencia necesaria de la variabj hereditaria. Pero la argumentación neodarwinista pudiera asimjsm ner su acento en demostrar que el neodarwinismo no es ¡auto! precisamente por dejar la puerta abierta a su posibilidad de refute lo que sería seguro indicio, por lo pronto, de su contenido quien escoja esa vía de argumentación, no tendrá inconveniente en mitir que puedan darse cursos evolutivos de los que no quepa cuenta en términos neodarwinistas, por lo que no sería insensato tentar, supongamos, encontrar excepciones al llamado «dogma ce’ de la biología molecular, según el cual la transmisión de «inform, ha de discurrir siempre de acuerdo con el esquema «ADN teína», pero nunca a la inversa (o, para decirlo en términos macrc lógicos, no sería insensato dedicarse a la búsqueda de efectos larn ios); lo único que sucede es que cor’ IJasta la fecha, la tea resistido cualquier intento de refutarla, se la considera todo lo ¿‘ada —
—según se decía antes— como un «dogma» (esto es, no es que 1 haya pruebas de que la «información» cliscurra en sentido contrario, 4 la proteína al ADN, sino que semejante eventualidad se considera concebible; la relación entre ADN y proteína —como, a otra relación entre organismo y medio— se considera de sentido i sólo el azar —para decirlo en los términos de Monod— podría ¿1 ducir la variación en la férrea necesidad de la maquinaria de la t misión hereditaria, que es lo que normalmente se cia a entender c se habla de las mutaciones como motor exclusivo de la evolucio única alternativa a dicho paradigma consistiría en la conf otro paradigma o, por lo menos, en la introducción de estas o precisiones en el paradigma vigente (del tipo, por eeinpio, de las b.

conocidas sugeridas por el propio Waddzngton a propósito de la tratis , de una cierta «capacidad de adaptación» del organismo, en

por supuesto, de la transmisibilidad de los llamados cuanto diferente, idos»). Por razones de manifiesta incompetencia, une «caracteres sobre la interpretación dada por Waddington no puede proflufl pero —desde un punto de vista mctodológico— de su neodarwuhhis

su insistencia en considerar al neodarwinismo, el clásico o cualquier otro, como un paradigma parece acertada: la experiencia es sumamente importante, y el empirismo ha hecho nuy bien en recalcar esa impor tancia; pero la ciencia no es sólo experiencia, si/lo también teoría, esto es, capacidad de ver los mismos hechos de una manera u otra; y —pues to que los hechos que podrían refutar una teoría son aquellos de que ésta no puede hacerse cargo— miel/tras no haya otra teoría capaz de hacerse cargo de tales hechos, los hechos en cuestión no tendrían nunca por sí solos carácter de refutatorios de la primera. Pero vayamos con nuestro segundo ejemplo, relativo esta vez a una ciencia social como la economía. Como también recientemente se ha puesto de relieve, el modelo macroeconómico de Keynes (la «revolución keynesiana») no se impuso exactamente como una consecuencia de la refutación del modelo macroeconómico neoclásico por la Gran Depresión de 1929. Según el modelo macroeconóinico neoclásico, un sistema capitalista posee meca nismos automáticos que tic//den a impulsar la economía hacia la situa ción del pleno empleo; y esto no podía refutarlo la Depresión del año 29 porque, después de todo, los economistas clásicos jamás ne garon la posibilidad de crisis y paro involuntario a corto plazo y sólo hablaron de equilibrio a largo plazo. Lo que determinó ci éxito de Keynes fue justamente la sustitución sistemática de las consideraciones a largo plazo por las consideraciones a corto plazo en el estudio de los /enómenos macroeconómicos esto es, el surgimiento de un nuevo para digma en sentido kuhnjano capaz de hacerse cargo de una serie de hechos —como el funcionamiento de las modernas economías capita listas en las que no se cumpla la plena flexibilidad de los salarios mo netarios, hechos de los que no podía hacerse cargo el paradigma clá sico por descansar precisamente en el supuesto de la plena flexibili dad. Y, por razones de índole análoga, el modelo de Keynes comienza hoy a erosionarse por no ofrecer respuestas 1 pretender acaso ha cer1 a buen número de problemas planteados en el mundo actual de los Países subdesarrollados y las sociedades industriales lflás o me nos estabilizadas.

Crtti” y conOCimjc

J. Laka;os & A. Mus

Una última puntualizaciáiz, antes de coecluir este apartado, sob, al que antes se dijo. Más arriba afirmé que la distinción entre cje no-ciencia era algo menos nítida —o bastante menos nítida, Para exactos— de lo que el empirismo (positivista, popperiano o le c quier otra especie) creyó un tiempo, pero no he afirmado —entjé,sd seme bien— que dicha distinción no sea importante ni que no posible. Naturalmente que es importante distinguir entre, digamos física científica y la «física aria» de los nazis (esto es, la física corrjen menos los descubrimientos debidos a seres de razas inferiores), o ent la astronomía y la astrología. Lo que sucede es que el criterio de densa cación entre unas cosas y otras no siempre corre a cargo de las pre siones metodológicas de los filósofos de la ciencia. Como ha puest Ziman de relieve, 8 ese criterio es muchas veces sociológico (las coma nidades de científicos trabajan según tales o cuales patrones prof esjo nales que, por ejemplo, excluyen de su seno a los echadores de cartarj y hasta socioadministrativo (las Universidades e Institutos de Inves gación conceden becas para investigaciones astronómicas, pero no si las dan a los astrólogos). Para bien o para mal, si Fred Hoyle y Dr. Velikovsky se disputasen entre sí la concesión de un grant, 4 «colegio invisible» de la ciencia —y no digamos el visible— optar hoy por hoy por el primero y no habría más que hablar, Y si iale criterios, tan crudos como realistas, escandalizasen a los oídos filosó/ camente sensibles, también cabría invocar criterios morales, esto es, terios relativos a lo que el biólogo francés Jean Rostand llamó «étíca científica». 1 Las teorías de Lysenko no dejaban de ser científic por el hecho de ser falsas, cualquier cosa que sea lo que esto sígnifíq pues la historia de la ciencia se halla jalonada de teorías fracasad que no por eso dejaron de ser ciencia. Pero lo que hizo l ttna doctrina pseudocientifica —como lo ¿en unció en su d el biólogo ruso Zores Medvedev fue su proclividad a utilizar con sus adversarios argumentos tales como el encarcelamiento y la dep tación, de dudosa compatibilidad con lo que otros científicos creer 7Ue debe ser 1 práctica Jefa ciencia.

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crítica y conocimieuubo

Como balance de lo expuesto en nuestro apartado precedente, po- ‘riamos concluir que el positivismo supuso un dic un estimulo notable

la teoría de la ciencia, coetríbuyendo, por elem vio, a realzar la ndudable importancia metodológica del recurso a, lO lógica la expe riencia; pero que, en la medida en que el posittvzs;uo continua szendo una actitud filosófica (¿y qué otra cosa habria de ser?), las exirapoLa ciones filosóficas de aquellos rasgos de la ciencia (el formalismo y el empirismo a ultranza, por ejemplo) pudieran conducir a una visión de esta última bastante poco acorde con su efectiva realidad vision de la que, por ejemplo, haya que cercenar aspectos tales y tan decisivos como la consideración del descubrimiento científico o de la que se siga un lamentable falseamiento de la historia de la ciencia y hasta una adul teración de su proceder melódico, que el ositivisrno pretendía escrjj pulosamente recoger. Para decirlo con otras palabras, el Positivismo

—no menos que las viejas filosofías metafísicas de la ciencia que con tribuyera a arrumbar— entraña el riesgo de imponernos peligrosas e infundadas abstracciones a la hora de encarar el hecho de la ciencia, abstracciones de las que la teoría contemporánea de la ciencia haría sin duda bien en desembarazarse

Corno se advirtió ya más arriba, en pocos dominios de la re/lexión

metactenti/ica es más perceptible ese riesgo que en el de lo teoría (o metateoria) Positivista de la explicación científica. Si no deseamos dar a este traba dimensiones la/catosianas, no nos podremos ¿etc lee todo o que seria Preciso hacerlo en la cuestión, que he abordado por lo demás en otra Parte 83 Pero, aun exponiéndonos a desmañadas e mdc b simplificaciOnes algo habría que decir de ella.

En nuestros días Parece haber acuerdo general acerca ¿e que el cometido de la ciencia, dejando a un ledo aquellas disciplinas científicas escasamenteevoluid que todavía no ha,’; rehaseco un ;;:c! o

I

4 CRI Y CO

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1. Lakatos & A. Musgrave Crítica y conocimiento

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—< qué llovió el viernes pasado? »— o un suceso criminal —< qué fue asesinado este hombre?»), sea que la refiramos a clases de acontecimientos singulares de carácter más o menos regular (pongamos por caso cosas tales corno la estación de los monzones o la conducta agresiva), cualesquiera que puedan ser los instrumentos conceptuales de que el científico eche mano para obtener esa respuesta. Ahora bien, a pesar de la i?7aportancja qt la explicación científica reviste, como ve rnos, lo cierto es que la filosofía positivista de la ciencia tan sólo tardía. szente le prestó atención.” Y no es menos cierto que esa atención

—centrada ccm lo estuvo desde el primer momento en el modelo privilegiado de las ciencias naturales, a las que concedió sin discusión carácter antonomástico— condujo a pergeñar una teoría unilateral de la explicación, que tan sólo a regañadientes y como con calzador se ac cedió luego a ensanchar, pero sin acabar nunca de abandonar la primi tiva horma ni aceptar d buen grado la posibilidad de hormas dis tintas. No es- de extrañar, en consecuencia, que el Zapato positivista apriete a la ciencia también en este punto Y con no menos estrechez que en aquellos otros a Iris que se pasaba antes revista. En lo que si gue, y por las razones de brevedad que se indicaron, nos atendremos ex clusivamente a los aspectos del problema que guardan relación CO/J es tos últimos.
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