ColeccióN «teohia y realidad»




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títuloColeccióN «teohia y realidad»
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os’ cQ ten/es r ‘ ‘ d’c en ¡j e

,ientos evOlUtW social— no ¡lev «fc e absolutos», 5 q

¡g pzai hallan circunscritos e:, el espacto Y en cf tzempo).

todos ellos one en guardi: ¡reo/e C Ufl col?trdrgumento, típi;. - uJtU alusio nos ue a menudo se o Po’ e 1(1 espoci/icidad de l;zs e:

mente, PO5itiVi en el dominio de le biología: una cosa es leozer plicac:ones « curso de la evoluCió/i (su story o su relato) y otra ele post fa ría de la mis/ita, donde las leyes que la explican tendríe;r boyar una aces —si no de predeciria— si al 7/je’ios cte re/rodecirla ( que ser caPde ordinario, se cree dar e entender cuando se afirma que la

is ciencia —la bistory— predice el pasado). Pues bien, al ún historiador ha replicado que no hay historia como ciencia sin tutie arrativa coherente del pasado (sin una story-line). Y que lo que el historiador, por tanto, necesita en sus explicaciones genéticas no son exactamente leyes —cualquiera que sea su grao o de generalidad—, sino hipótesis de trabajo que le permiia/i pergeñar narraciones cohe rentes. Si se desea un ejemplo, ahí está el Marx de El 18 de Brumario sirviéndose de los principios del materialismo histórico —el caso, por ejemplo, del principio de la lucha de clases— no tanto como leyes ge nerales cuanto como hipótesis de trabajo, destinadas a iluminar un fragmento de la Historia de Francia como lo f ve’ el acceso al poder a Luis Bonaparte. Eso vendría a ser histouy precisamente por ser Star’. lo que —como ya viene siendo acostumbrado— per’n f e hecer res u:.’

idea del trabajo del científico, en es/e’ ceso del his bario cus ta de la que nos sugieren los estereotipos reinantes en la teoría positi vista de la explicación.

Parodiando el título de un conocido trabajo de S L - ger,’ cabría quizá decir que lo que la teoría de la explicación necesita es «una explicación acerca de la explicación de las explicaciones y no una explicacion acerca de la explicación de la explicación». Un sa/lO plu Y ismo en materia de explicacjon ciezitífíccu seria, efectivamente, el mejor antídoto frente al 7/jO/uis’r’o inetoda/’i; o a que antes nos re/c rimos y que el Positivismo arrdsfra residuial;,ie:-te desde los vicios t5-

h15t Si se ada-ite por ejeznpb, qzíe las ! s de Ke»/e r jan «explicar» o «declucira a partí;’ de las Ja Newir,;, Osí ((“no

eny:r Partir de las de la teoría de la rebat5- dad, poc!r1, p 1/ deja «reT inversa ‘ af innia;’ que la cinemática kepteriana se doble Pro r» a la mecanica newtoniana y ésta a einsteiniana. Ese

ceso vendria tambiéii a darse, por este orden, con las leyes

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1. Lake & /1 Musgra

Cdk y con0ctm1

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electromagnéticas de bajo nivel, las de Maxwell y las de la cuántica. Y si, por fin, fuera posible reconducir la teoría de la vidad y la mecánica cuántica a una teoría del campo unificado, la alcanzaría a presentar un armonioso cuadro de conjunto. Como , tros ya sabemos, sin embargo, hay pequeños che farrinones que han la descripción positivista de ese cuadro. La metáfora de la circulación «deducción-reducción» es, en el mejor de los casos e ca; y, en caso de no serlo, seria sencillamente inaceptable. La ción-reducción de las leyes de Kepler y las de Newton podría, e nitiva, concederse, salvando algún detalle de importancia (de las leyes de la mecánica newtoniana, por ejemplo, no se sigue e lamente que las órbitas planetarias sean ehpticas, sino sólo que planetas describen una cónica, que lo mismo podría haber sido hipérbola o una parábola, en cuyo caso sabe Dios dónde a. ahora). Pero por lo que se refiere a la deducción-reducción de la tuca newtoniana y la relativista, y si se acepta cuanto se dijo más ha sobre su mutua incompatibilidad empírico-teórica, no podremos menos de tener muy en cuenta que —en la supuesta «reducción» de primera (T) a la segunda (T’)— el aparato conceptual de este :

impondrá decisivas modificaciones a la base em pírica de aquélla, h. el punto de convertirla en una teoría distinta (T”), que será la q

—como una subteoría— se pueda derivar por «deducción» a partir

T ‘.

Pero, dejando a un lado ahora la arquitectura interna de la hubo un tiempo en que el furor reduccio del positivismo c incluso el grandioso proyecto de ensayar la reducción metodológic toda ciencia a la física (o, para ser exactos, a la fisicoquímica). El p cipal escollo por aquellos años —los años treinta--— era la red fisico química de la biología (si la biología molecular hubiera su actual auge por esa época, los positivistas no habrían experzr la menor vacilación en dar un tal escollo por salvado). Pero, una 1 salvado dicho escollo, la cosa se veía fácil. La biología, des pues todo, se dejaba subdividir en biología en sentido estricto (hiolog1a izeral, botánica, zoología «estática» o anatómico-fisiológica) y CL tística o zoología «dinámica», subdividida a su vez en el estudio de conducta de organismos individuales (psicología) y grupos de o inos (sociología). Que la conducta de Einstein hubiera de se con la del chimpancé Sultán de K (la oca Martina de había nacido aún) o que la de los miembros de la Sociedad

ud de Física Teórica se tuviese que emparejar con la de Lts hormigas de un termitero no importaba, por lo visto, demasiado. Por nuestra

positivista de la «reducción» tendríamos que opo te, a la metáfora etáfora de la «traducción», que haría posible

ner nuestra propia m

1 la mecánica newtoniana a la relativiste, pero con vertiría en absurdo el intento de traducir la sociología a la fisicoquímica. Para decirlo en términos fregeanos, una traducción es posible entre teorías cuando sus términos y enunciados poseen la misma «referencia» (esto es, cuando coinciden —o pueden coincidir— al menos parcialmente sus dominios de objetos respectivos) aun cuando sus «sentidos» sea;z

tintos. Pero esa traducción, que a veces es posible pa/a con ¡as teorías incluidas dentro de una y la misma ciencia, no siempre tiene por qué serlo entre teorías pertenecientes a diferentes ámbitos cientí ficas, como cuando una ciencia (como la sociología, por ejemplo) se ocupa de do minios de objetos emergentes respecto de otras ciencias situadas (como en el caso, por ejemplo, de la física o de la química) a un nivel de emer gencia inferior.

Digo que no siempre tiene por qué serio, porque tal traducción a veces es posible: el caso, por ejemplo, de la biología molecular, que tiene tanto o más que ver con la fisicoquímica que con la macrobiología tradicional. Mas, ¿por qué hablar, en dicho caso, de reducción de la bio logIa a la fisicoquímica (como si no existiese al menos otra biología, cual la evolucionista)? ¿No sería mejor hablar del nacimiento de una nueva teoría científica, que al fin y al cabo constituye un enriquecimien to del reino de la ciencia, que no de la empobrecea reducción de una ciencia a otra? El cuadro de la ciencia está experimentando en nuestros días una transformación no menos radical que la experimen tada por la ciencia aristotélica con la aparición de la ciencia moder na.” Y las clasificaciones convencionales saltan, así, hechas añicos casi de un día para otro y en por lo menos dos fundamentales direcciones, L hacen, digamos ad inferjus: cada día, en efecto, se afianza más la convicción de que lo que hay son «teorías científicas» y no ciencias. Y lo hacen asimismo ad superius, puesto que —aunque no en el sentido red cionj de la «ciencia unificada» sobre bases fisicalistas del posé ti la ciencia constituye en cualquier caso, una totalidad en c momento de su historia No hay que perder de vista, pues, lo que Quine «el todo de la ciencia del momento».

1. í,akatos & A.

a y con0

Siendo como era el terna de lo c:pl:ceción mi t6. central (le la teoría contemporánea de la ciencia, no es de extrañar que de consideración quepa extraer al gIme que otra couclus:6n de tipo g acerca de aquella última. Pero, para ir paso por paso, podríamos zar modestamente preguntándonos por la naturaleza de las leyes ficas y, muy concretamente, por la de aquellas leyes universales eran para el positivista las leyes por antonomasia: a saber, las leyes la ciencia nattiral o —para revestirias de toda su aureola— las ‘ de la naturaleza». Pocos autores habrán logrado compendiar insu/ic:encias de la teoría de la explicación criticada en los párrafos tenores que Nich olas Rescher cuando, a la hora de abordar re -- tema, nos propone dejar a un lado «el aspecto pragmático de la L cación científica», entendiendo por ial su «dependencia contextual Para hacernos idea de hasta qué punto es inviable esa propuesta, s tendríamos que hacer ver cómo —en caso de seguirla— ni tan s-; habría manera de comprender que sea una «ley de la naturaleza». 1 en efecto, ¿qué es una ley de la naturaleza?

La universalidad es, según vimos, el rasgo coincidente más notorio los enunciados científicos a los que designamos por tal nombre. F decirlo de otro modo, la universalidad es —según todos los la propiedad más universal de las leyes de la ciencia natural. Dos científico-naturales pudieran ambas coincidir entre si o bien por f ni n ;,eisrno dominio de objetos, aun cuenda su estructura diversa —así, las leyes de la mecánica newtoniana (sean, por — f=ma y f=mrn’/kr o bien por la aca de su estructura, cuando se refieran a distintos dominios de obietos ——asi, la segunda aquellas dos leyes de Nezeioa (f=rnrn Ln v!ecV de Cc (fpp’/11r2) Pero la coincidencia que ahora nos interesa es nos permite expresar todas esas leyes mediaiite un e - de la partícula cuantijicacional «Todo (aí» (o «Nin (a)», si el e ciado en cuestión fuese un enuncPzdo negcf izo), sea que a contífl haremos de escribir «cuerpo» o pcriícu! deteda de carga

tema termodinámjco», etc.). Para expresarlo como antes

(o gaS esquema de la lógica cuantzfzcacional, una ley uuiicer

por ,wdj0 de to toda ley natural de esas caractcrísf tcas— rcvcs!i

—y, por forma: «Para todo X, Si X es F, entonces X es G». Aljo; rL siemPre d como «Todos los árboles que veo desde mi vezilana bien, Ufl en de esa forma y, además, es verdadero. Mas, sin son jacarand lo llamaría una ley universal, pl/esto iíC sil universa e,bargo,’ sumo casual o accidental. Como criterio de dzsti;iczón

¿,J 7 enunciados genuinamente universales y este segundo tIPO

se ha aducido alguna vez que los primeros —mas no así los segundos podrían «dar pie» a un coez»zcz000l ccr’t:c

¡st, si digo «Si desde mi ventana soltase esta en-ra ni i ‘o obstante en mi mano), la piedra caez:a con acc- u,,,

7 contra fáctico en cuestión podría ser «apoyado» por me dio de la ley de Galileo que nos dice que todos los graves caen así CUC’í do caen; por el contrario, sería absurdo buscar parejo apoyo en una ley al condicional «Si el Drago de Icod (que, co ajo su nombre indica, está en Icod y no delante de mi ventana) estuviese delante de mi ven t entonces sería un jacarandá». iVÍas, corno se ¡Ja observado, 10 que quiera decir en aquel caso «dar pie» (o «apoyar») no está muy claro. Y si —como parece lo más probable— quisiera decir tanto como «implicar», el criterio suministrado resultaría completamente superte ta.torio. Si se desea, puede decirse que la ley «Todos los graves que caen lo hacen con aceleración uniforme» implica el condicional «Si esto que tengo en la mano fuera un grave que cae, entonces lo haría con aceleración uniforme»; y hasta que lo implica irres ente, de suerte que cupiera ref ormularlo en estos términos: «Cualquier cosa que sea lo que tengo en la mano, si fuera un grave que cae, entonces lo

con aceleración uniforme». En cuyo caso no habría modo de dis tinguir entre la ley implicai y el condicional implicado, puesto que ambos revestirían la inisilza forrna «Para todo x, si X es F, entonces

aei G». Y, en tanto que los progresos de la llamada «lógica de los Pos» (o la propia «lógica de los condicionales coiztrafá no

:tapj que el simbolismo lógico convencional recoia semelautes Jis uy ?1 entre modos verbales de pre.sente e condicional (o szihjun ‘nire hechos y contrahechos, etc., el famoso criterio de la con-

SN discusión nO nOs permitirá ir lnjjy lejos. Pero, si nos fijemos bien,

algo q abra servzdo al enanos para llanzoinos 10 etailCiÓli sobi e

a la Postre— era ya conocido Ie iinisíóteles, a saber. le

62

1. Lakatos & 4

y coflOCtmt

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conexión existente entre «universalidad» y «necesidad». En algún lo del vocablo, a todos nos parece necesario que los graves caí g como lo prescribe la legislación de Galileo, mientras que nada crc ver de necesario en que los árboles de una calle sean jacarand bien que dragos o palmeras. Y no era en vano, pues, como a la -- universalidad contraponíamos la universalidad «accidental». V ver, por consiguiente, si la noción de necesidad nos puede ser de na utilidad en nuestro intento por obtener una caracterización s- tana de la especificidad de las leyes naturales.

Corno acaba de apreciarse, los enunciados legi/orrnes de la natural parecen diferir notablemente —aunque todavía no sepamos en qué— de los enunciados corrientes y molientes del lenguaje o. nario. Pero, a los electos de distinguir a unos de otros, convend, traer a colación una tercera categoría de enunciados —distintos a vez de ambos— como son las tautologías de la lógica formal. Desde punto de vista puramente lingüístico, un enunciado acostumbra a bir el calificativo de analítico cuando su negación entraña una c- dicción. Desde el punto de vista de la conexión entre el lenguaje y posible correlato extralingüístico, un enunciado se dice necesario necesariamente verdadero) cuando bajo ningún concepto aquella -- xión pudiera conducir a cuestionar su verdad. Desde el punto de finalmente, del conocimiento que res palda nuestro uso del len gua/ un enunciado se le llama a priori cuando su establecimiento para requiere del concurso de la experiencia. Es evidente que una ley 1 como el principio de identidad «Si E, entonces E» (donde «E» r senta un enunciado cualquiera) sería a un tiempo analítica, neces a priori, puesto que su negación entraña una contradicción, su e es incuestionable y su establecimiento no requiere para nada d curso de la experiencia. A diferencia ahora de las tautologías 1 un enunciado ordinario como el que nos servía antes de ejemplo tenido por sintético (la negación de que todos los árboles contein dos a través de mi ventana sean jacarandás no entraña una contra ción, por más que pueda ser falsa), contingente (la afirmación de q todos esos árboles son jacaranda’s podría, a su vez, ser falsa, St P ejem pb yo hubiese dejado de percibir entre ellos un flamboYal a posteriori (para poder afirmar o negar una cosa u otra no tengo remedio que acudir a la experiencia y escudriñar qué es lo que, en finitiva, se divisa a través de mi ventana). En opinión de no pOCOS sitivistas, y de muchos que no lo son, la dicotomía entre

ecesatt° a priori, por un lado, y enunciados sintéticos jJtkos s— a postCri0r POT el otro? sería tajante y exhaustiva, lo _

arie . se echa de ver bien fácilmente— plantea el inquietante ebrade de cabeza de en cuál de esos dos mundos emplazar a las leyes de ¡a naturaleza, pues evidentemente sería demasiado poco decir ¿e ellas que se reducen a enunciados ordinarios, pero también sería evi dentemente demasiado convertirlas sin más en leyes lógicas.

En honor a la verdad, y como acaba de apuntarse, hay que advertir que semejante quebradero de cabeza ha atormentado a bastantes otros filósofos a los que no hay por qué llamar positivistas y cuyas solucio ises al dilema (ya sea optando por una de las dos alternativas, ya sea tratando de encontrar una vía media) dejan bastante que desear por cuenta propia. Haciendo nuestra una tipología de Hanson,’° cabría tít- dar de «ultraempiristas» a aquellos filósofos de la ciencia —Al ach serLi d ejemplo clásico— que, en su intento de salvar el carácter sintética y a posteriori de las leyes naturales, no han dudado en arrojar por la bor da su carácter de necesarias (una ley como f no sería en dicho caso más que una «descripción» —aun si considerablemente abstrae ta— de experiencias nuestras tales como arrastrar pesos o correr mue bles, descripción que los hechos pudieran desmentir y obligarnos a co rregir). Tildaríamos, en cambio, de «con vencionalistas» —y el ejemplo clásico sería ahora Poincaré— a aquellos otros que, menos impresiona dos que los anteriores por el carácter empírico de las leyes naturales, no han vacilado en declararlas a priori y analíticas (una ley como fma vendría en tal caso a reducirse a la «definición» que Newton ofreciera de la noción de fuerza y, tratándose de una libre estipulación, no ha bría lugar a preguntarse si se acomoda o no a los hechos, sino más bien cómo los acomoda en su interior), sin que por lo demás esté muy claro que se salve tampoco su carácter de necesarias, pues, aunque nin gún hecho podría desmentir una definición, el científico sí parece que podría corregirla a discreción.
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