ColeccióN «teohia y realidad»




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Es Posible que el ultraempirismo y el convencionalismo no carezcan de precedentes en el empirismo y el racionalismo clásicos. Pero, en cual caso, han sido históricaniente precedidos por una tercera posición que, reteniendo del empirismo el carácter sintético de las leyes natura les (nuestro mundo podría haber sido otro del que es, por lo que la ne de una ley como f no entraña una contradicción) y rete del racionalismo su carácter apriorístico (ninguna generalización miuctiva Podría llevarnos a partir de la experiencia a la formulación

( 4

Crítica Y conocm;icnlo

1. Lakatos & A. Musgrave

e in ley conio fnJ, ¡Ja zni:z tocía costa en preseri’ar rcícter de necesarias. Nos re/crimos, está claro, a la posición de Kant Su defensa de la necesidad de la legalidad científico-natural parece, ej principio, concordar con nuestra tendeizcia natural e intuctiva a Canee. der a dichas leyes algún carácter necesario (si a nuestra ley contrapu. viésemos la afirmación aristotélica vegún la cmii —puesto que la vejo. cici de un móvil era considerada proporcional al cociente de la fuer y la resistencia— un cuerpo viajaría desde un lugar a o:ro a’iste.ute, e ausencia de resistencia, sin umne rut el incnor tiempo en el trsf cc/o, di cha afirmación no nos parecería sJ!o increíble, SÍ,uO scncillcme::!e fez po. ihle). Pero cabe pensar que Kant exageró el absolutismo de esa nece. sid En efecto. ci gran inconveniente a’e la interpretación ¡caritiana de la legalidad científico-natural no estriba exactamente —contra lo clic se piensa de ordinario— en la Circií?iSte’iCia de que esas leyes, sin téticas y a priori a la vez, vengan a coustihiir una monstruosa b’brida. ción. Es muy posible que sea así. Pero lo verdaderamente peligroso sería más bien el estatuto de leyes necesarias que —sin la oportuna adición de alguna cláusula restrictiva-—— concedió Kant a las leves natu rales (y, muy concretamente, a las de la física de Newton), tornando así imposible —contra lo que, a su manera, permitían tanto el uitraem pirísmo como el convencionalismo— su sustz/uczó;z por otras leyes. La adopción del punto de vista de Kant —o, en cualquier caso, su adop ción literal— comportaría, por consiguiente, nada menos que la fataf parálisis del desarrollo de la ciencia. En opinión de Hanson, a mije» hasta ahora hemos seguido muy de cerca y a quien en lo que sigue i» terpretaremos un tanto libremente, ° cuando se habla de necesidad e» el dominio de la ciencia natural se impone precisar que esa necesidad no es absoluta, sino tan sólo relativa, Esto es, les leyes cientifico-natli rafes son necesarias —y, por lo tanto, incuestionables— dentro de ¡a teoría cuya estructura determinan: por ejemplo, una ley como f sería necesaria o incuestionable dentro de la meCániCa clásica, pues i inconcebible que un fenómeno cuya comprensión descanse para nose tros en las leyes de Newton dejara de ajustarse a dichas leyes, pero p» dna no serlo si se admite el principio relativista de la variación de ¡nasa de inercia, esto es, si nos situamos en un contexto teórico dU tinto. De doiude se desprende que la «necesidad relativa» de las leY c:e1?t —-que es la que, en 7í!tiv: instancia, las Lace ser que son— es siempre dependiente de un contexto. Por lo a ‘:ecesidav! rcLs/íva, illterilledia en/le la «CO:uólg.cílCie» de unes/rus L

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• dos universales ordinarios y la «necesidad absoluta» de las ta ob- cia lógicas, sería perfectamente compatible con el carácter Sin! ético y

aposteriorida de tales leyes. Ni el propio Kant llegó a ‘legar la po jbilidad de que nuestro mundo hubiera podido ser otro del que es; y, cualquier cosa que sea lo que Pensara Kant, nuestra idea de cómo sea ese mundo precisará de algún refrendo empírico La reacción kantiana frente al empirismo precedente, que tendía a considerar a las leyes new ‘tonianas del movimiento como no más que «regularidades empíricas más expectativas Psicológicas», fue sin duda acertada. Mas Kant, que vio el pro blema, no acertó en cambio con la solución que las leyes científico-naturales sean relativamente incuestionables no quiere decir que lo sean absolutamente, lo que acarrearía consecuencias has tan te más indeseables para la ciencia que las que se trataba de preveni;’ (co use cuencias que de algún modo cabe detectar en la teoría kantiana de la ciencia). Y lo que habría que hacer a este respecto no es amal gamar lo «necesario» y lo «Sintético», que acaso Constituye una mixture indigerible, Sino por el contrario relativizar la noción de ne cesidad, revisando de paso la distinción entre lo «Sintético» y lo «ana lítico», que acaso se halle lejos de resultar tan ¡nf lexible como un tiem po se creyera. Un enunciado como «El sol sale por el Este» podría ex presar ya una verdad empírica, ya una tautología. Si «Este» fuera el nombre que asignamos al lugar por donde sale el sol, cualquiera que éste sea, el sol saldría por el Este aunque lo hiciera por Ante quera con lo que el enunciado sería obviamente tautológico P si la asignación de dicho nombre depend ¡era dc resultado de una dctermi;zevjó,i en las cartas celestes más bien que de una de/inició que salga el sol o no por Antequera sería asunto a debatir cznpírica,’zee,e COT2 fr) 1/ile el enunciado podría considera una verdad cm pírica. Y, gc;zer las leyes científicas —las de la ciclucia natural o cualquier otra--— ;‘en drzan a ser lo uno o [ ot;’o según su inserción en un Con/en/o teórico Y. muy concreta se lo ale jedes f próxin;oç í/z’e .rc / de a base en la que ¡a teoría cozitacta con ci mu;zdo real.

Como es bi sah senze fon/e revisión de la d!iStiizcidí, e;zt;-e em/u ‘sa os anal t icos y siO/éticos forne parte ini/mr/cinte de ¡o que al co enzo de este t hemos llamedlo ¡0 Visión pl’agmáu fea de

ia de un Quine ‘Tomada aisla 1 revis ¡duz de (fn/;ic res 21/10

°Pznión, hastaz’ más df vc (‘Ue ujer en coize.yij- con ¡0

tes:sd 1

d e ¿a dependencia coiz/cyFual l si mif frado de a que//os enuucie OSqu

e aqu hemos hecho luz/es/re El disPecto ucís greta de esta te

Y

no

67

sis es la posibilidad que introduce de deizegar inmu;iiclad a ca clase de enunciados científicos, que pasarían eo ipso a ser cor revisables (aunque también en este punto habría que matizar, rece evidente que los principios lógicos supremos son en algií más recalcitrantes a la revisión que los enunciados geográfico por lo demás, y como antes ya se i,zsinuó, la dependencia context afecta sólo a los enunciados científicos insertos dentro de una t sino asimismo a las teorías científicas insertas en el conjunto de la cia como totalidad histórica, esto es, en el todo de la ciencja viento. Y aquí es donde volvemos a retomar el hilo de la ‘ desenvuelta a lo largo de este libro. No es de extrañar que s concepción bolista de la ciencia sea objeto de crítica —bajo el de la tesis de Duhem-Quine— al final del trabajo de Lakatos,b0 p que asesta la puntilla a los presupuestos metodológicos del r lismo crítico popperiano. La totalidad de la ciencia, en efecto, bloque granítico frente al que se estrellarían todas las reglas de dimiento de aquel último, dado que —así como ninguna e’ científica sería inmune a la revisión— cualquiera de ellas protegida del intento de ponerla en cuestión por medio de los , nos reajustes en el seno del sistema dentro del cual se integra. . bien, por más fuerte que sea el sentido en que esa tesis se interprete hay ninguna ocasión a criticarla por desterrar la racionalidad del de la ciencia. Lo único que sucede es que —como Kuhn, F Toulmin y otros han sabido ver bien— la tesis de la dependencia textual es también aplicable a la ciencia como totalidad. El todo 4 ciencia, ciertamente, no es el único contexto imaginable, como si límites de la ciencia vinieran a identi/icarse con los de nuestro r Lejos de ser independiente de contexto, la ciencia ha de insertarse por lo menos, entrecruzarse— con muy diversos otros tipos de e to, sean teóricos, técnicos o prácticos. El hombre de ciencia o munidad científica no carecen de una cosmovisión, ni son ajenos necesidades del resto de la humanidad en su lucha por acomodat su medio natural u organizarse socialmente, ni tienen por que P necer insensibles a cualquier género de instancias de orden r se quiere decir así, la ciencia no es sólo un lenguaje bien hecho, una compleja actividad humana, en cuanto tal inmersa en la complejidad de las demás actividades de los hombres.

La razón científica es, ante todo y por encima de todo, un t más de responder a esos múltiples desafíos. Y es por eso por

, ._-como Hegel eíitrevie o ¡nenas oscuramente— reduCfrse a una regla de procedimiento que canc!ice de ante caPatt de creación, su libertad de acción y’ de este modo,

posibilidades de contribuir a nuestra felicidad. En la medida ev l historia coflstituíYa un proceso abierto, y pi/esto que ignoramos nuevos desafíos haya de depararnos, se ¡ja quimérico intentar pla j/kar de una vez y por siempre las estrategias de la razón y, por lo prontos de la razÓn científica.

Es probable y sin duda lamentable, que los filósofos hayan contri ¡,sido más que cualesquiera otros súbditos del imperio de la Razón a jomentar esa voluntad planilicadora. Por lo que a los filósofos de la ciencia se refiere, la planificación de la razón científica corrió un día e cargo de los cultivadores metafísicos de la vieja phiiosophia naturalis. Pero no está muy claro que las cosas hayan mejorado excesivamente ¡a filoso fía moderna de la ciencia, en especial si la hemos de juzgar por ¡o que los positivistas han hecho de ella. Como en más de una ocasión —alguna de ellas en este mismo trabajo— he reconocido si:2 reservas, la valiosa aportación del pensamiento positivista —aunque no sólo, ni acaso fundamentalmente, positivista— a la liquidación de los últimos vestigios de una metafísica trasnochada es innegable, mas convendría ponerse en guardia frente a la inercia aiztiespeculativa que el positivismo desencadenó en su momento a través del ataque contra la metafísica. La metafísica, al fin y al cabo, sirvió en tiempos preté ritos de depósito de la capacidad de especulación del género humano, capacidad que luego heredarían la ciencia, el arte, la técnica o la polí tka, Y la pretensión de administrar todo ese caudal de creatividad en cerrándolo en los estrechos límites de una determinada preceptiva filo sófica sería sencillamente ridícula, cuando no algo peor. Pues lo cierto es que los positivistas heredaron a su vez —entre otras cosas— la odio za tu/cia ejercida por la filosofía del pasado sobre la ciencia, asignándo se a sí mismos el papel de policías de la ciencia y encargándose de ve lar por su organización interior y sus fronteras exteriores (atribi dose, por ejemplo, la misión de decidir lo que en la consideración del cho de la ciencia merezca la pena y lo que no, lo que sea auténtica

y lo que no sea más que pseudocjencia etc., etc., etc.). Es posi que esas tareas sean hoy por hoy tareas inevitablemente necesarias la ciencía no ha de degenerar en caótica confusión (lo que, 120

te, Podr ser divertido y hasta fecundo) convertirse en VíCtii de manipulaciones extrañas a su cometido (lo que vería

i. Lak’atos & ‘4.

O,socitflteumto

T. La & A.. M

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más grave , desde luego, bastante meilos divertido). Pero lo se comprende en dicho caso es por qué los científicos se , desentender de ellas y renunciar a desempeñarlas, enco7nendan desempeño a uno guardia mercenaria de filósofos. Y lo Úfljcü bría añadir a este respecto es que parece que ya es hora de propios científicos se animen a licenciar a tales policías filosófk 0 flO positivistas, sustituyéndolas —como, por lo demás, sería sear que sucediese con toda otra policía— por la milicia

La apelación a la ciudadanía científica, por desgracia, está jos de resolver todos los problemas. Es posible que, como Kuh ta, los momentos de normalización científica resulta;: i. . , si han de explotarse al máximo las posibilidades abiertas por la j ración revolucionaria de un nuevo paradigma. Pero algunos de niestros aspectos de la ciencia normal que en este libro se son muy ciertos y concuerdan bastante con la irna gen que la presenta con frecuencia en nuestros días, cuando se la convierte i77st; el servicio de la op’esión y represión de los hombres iae;izando muchas veces por SUS propios practicantes— en lugar ar de ella el instrumento al servicio de la emancipación iedzsdablemente podría ser. El destino de la comunidad científic ti a, pues, a sus miembros —tanto a título individual coiilo C una acuciante opción moral. Pero tampoco veo qUe e tal efecto r especialmente necesarios los filósofos, como no sea que alguien pensado —ahora que la Filosofía anda de capa cahia en sus czdtades en fomcnlar la profusión de cátedras de Deontolog las facultadcs de Ciencia.v. Aunque las consecitc;%CU’S de esa ;os hayan de afectar a todos, la responsabilidad i la misma sólo a los científicos Y. en este sentido, cornienzen a registrarSe tomas pcranzadores (publicaciones como Survivrc, organizaci0fle la Socie’y for Social Res poizsability in Science, documentos C iec ogulos en la Autocritique de la Science, etc.) de una creciente e ‘ ci:?:.’ :za » r parte de cc/Os ultzmos. í t - 51ff L co,; ,‘n. toma de conciencia. Por pers :;ales que sean p ¡ 5 da ; sa ,l a plasmaciói’ ,dc c la ¡sabrá de disaír; ir po cal/Ca coiiílí’litarios, ó S - reza S! logía— la moral es esencialmente una actii’ida. 1 lv Cf a índole Y ;,;unidad científica se enfreisterá prohablemc;ita e ;dvel práCtiCO mismos problemas a que bahía de hacer fr te a ci teóricO L

todo, la di ¡st.’5; entre ciencia cora j’

-_jo a,;a!ogado ¿a d dominio de ti isiral, donde cabe cci

de una moral cerrada —rígid rey lada por las ¡e

bab establecido, sea éste el (Jue sen, y especialmente grita j có de mandarines y burócratas—’-- y ami moral abierta e la

suet’ un código por otro ‘ ¡casta ;‘eiss:r ea des que quepa f códigos. Más aún, la ‘leerión da ¿. u otro ca se de C siquiera es un asunto exclus moral, puesto qtIe o nítlo.,ies políticas de la preyzinla mcccl del sen/do y los d

pbc4 Os de la actividad el ‘ sm’ 71f

os qr su res uesta tenga tambió;.’, e isevitr’blemente, que bks. De ,r hasta, pues, con alcanzar la lúcida convicción ,de que la

$ una fuerza proeuctiva mas y ser cusco ‘oics de ilcsatuszc nc4es .

¿ma y las relaciones vigentes e p; o,aíceí(sfl, J qe’,

aire esta 5 no hay pcr qz;á limitase a a1ie lo realidad -c romo ya Sé .

tual de la Cje /) transfornarla— se precisa ¡a accio» Li “ss to de lo que o’ comzcnza ya a ilamarse la rc,oe’ia de los cie’tífs.ev»

u jmpreV fosma de revolución ¿ien;í/b »i’e caso ¿‘u dIo qz’c; bisto’iar— está, ni mucho menos, go ‘/ e uva soc como ¡a de nuestr días. Por el contrario, y (‘n ¿rs mundo como el que ¡l sos, su futur o no puede en realidad ser Unís mese re Pero si su pro ¡agonistas log raran ese éxito, lo que hay que ¿escaries de todo cora zón, su ejernj podría cundir en la más amplía eomi;autad humana y cercarnos u poco más la posibilidad de iaç! : t ics /sor” uaa sociedad verdaderamente libertaria.

¿Y qué a todo esto, dd papel de los filóse los de la ciencia? Bueno, piens que ¡os filósofos deberíamos moderar un tanta nuestra biPersensibili gremial. En sus mejores momentos, la filosofía ha consssbdo des de sic sume en una invitación a la crítica. Pero el día en que el se?z crítico estuviese suficientemente bien repartido entre

¡OSPre . . .

ucba a/ z culturales, es posible que los filoso fos ya no rsicleraii i Id ambién se piensa hoy, y con alguna razón, que la filoso

stituir un puente entre las «dos» culturas, entre las cien 1 entre la ciencia y la ético; pero si no hubiere ya, ¡ 5 harían falta los puentes. El día en que esto ocurrie po b4b,j ‘ gozaría de un digno entierro, puesto que al mismo tiem des d garantizada su eviternidad. Pero por suerte o por ‘Sorno de los filósofos de aquí y de a/jora, y dicho sea sin el menor

quier Cq ese día está lejano todavía. Y mientras haya, en filósofos dogmáticos de la ciencia erupeñodos en

17 jito

- t

70

NOTAS

1. T. S. Kuhn, The St;ucture of Scieaiific Revolutions, C

1962; 2.’ ed., 1970 (hay trad. cast. de Agustín Contín, México, 1971

2. A la par que la primera edición citada en la flota precedente efecto, otra del libro de Kuhn como fascículo n.° 2 del voi. II de la E (cuyo originario comité editorial lo integraban, según es bien sabido, i des tan significativas dentro de la tradición positivista o parapositivista d Neurath, Carnap y Morris).

3. T. Roszak, The Making of a Counter Culture. Nueva York, VII (hay trad. cast. de Angel Abad, Barcelona, 1970).

4. En el Prefacio de su obra, Kuhn cita como particularmente los Etudes Galiléennes (3 vois., París, 1939-1940) de Koyré, a quien en OttO llama «mi maestro, por encima de cualquier otro historiador» (cfr. Kuhn, notions de causalité dans le développement de la physique», en Piaget 7 Les théories de la causalíté, París, 1971, pág. 8). De semejante influjo, bargo, no hay por qué concluir una identidad entre sus respectivos f vista acerca de la historia (y la historiografía) de la ciencia, que con categorías notablemente más «externalistas» que las de Koyré, a asimismo su «discontinuismo» (a estos efectos pudiera resultar ilustratiS paración de las tesis del primero con las declaraciones del segundo en < ver sur l’histoire des sciences», en tudes d’kistoire de la pensée sc:efl ns, 1966).

5. Cfr., entre otras obras de G. Bachelard, La formalion dg l’esP que, París, 1938 (hay trad. cast. de José Babini, Bucnos Aires, 1948), L, :-ationalíste de Ja pfsvsirue contemporaine, París, 1951 y L’actt1al C

71

ces (ConférenCe du Palais de la Découverte, sénie 1), Ilistoire des Scien. imismo Georges Canguilhem, «L’histoire des sciences dans l’oeuvr

1%ogique de Gaston Bachelard», en Études d’histoire et de philosophje des

1 1970); M Foucault, Les ,noiS et les choses, París, 1966 (hay trad. Cecilia Frost, México, 1968); M. Pécheux-M. Fichant, Sur l’histoire

¡ ,cience París, 1969 (hay trad. cast. de Delia Karsz Esquibel, México, 1971).

6. Cfr. E. A. Burtt, The Metaphysical Foundations of Modern Physical Scien a, LondreS, 1932 (ed. revisada, Nueva York, 1955; hay trad. cast. de Roberto

buenos Aires, 1960) y G. Buchdahl, Metapbysics and the P/ailosophy of

Oxford, 1969.

. K. R. Popper, «The Nature of Philosophical Problems and their Roots j je en Conjectures and Re/utations, Londres, 1963 (hay trad. cast. de N MigueS, Buenos Aires, 1967); J. Agassi, «The Nature of Scientiflc Pro b and their Roots in Metaphysics», en Mario Bunge (cd.), Yhe Critical Ap pv ¡o Science and Philosophy, Glencoe-Londres, 1964. (Un sugerente comen tirio sobre el significado de aquella inflexión puede encontrarse en Marx W. War tofrky, Metaphysics as Heuristic for Science», en R. S. Cohen-M. W. Wartofsky, c Boston Studies in the Philosophy of Science, vol. III, Dordrecht, 1967). Pu Ij y Feyerabend, véase mfra el apartado II de este trabajo.

8. Sobre las sugerencias aportadas por la obra de Jean Piaget, véase Kuhn, Tbe Structure of Scienti/ic Revolutions, Prefacio, y «Les notions de causalj;é dans k d de la physique», cit., págs. 7-8. La historia social de la ciencia dd propio John D. Bernal constituye probablemente un producto demasiado audo como para haber influido directamente en la obra de i pero las citas de historiadores de la ciencia (Joseph Needham, Derek J. de S. Price, etc.) promovi das por dicho estilo no son infrecuentes en aquel y otros textos del autor.

9. fr. sobre este punto Kuhn, The Copernican Revolution: Plan etrrv A ç sr in ¡be Development of Western Thought, Cambridge, Mass., 1957.

10. Cfr. Edmund Husserl, Die Krisjs der europdischen Wissenscha fien ,md ¿le fr’$7JndentaJe Phiinomenologie cd. Walter Biemel, La Haya, 1954, así corno

—desde distintas perspectivas Júrgen Habermas, Erkenninjs und Interesse, Prinkfurt/M 1968, y Zur Logik der Sozialwissenschaften Frankfurt/Main 1970; Kirl.Otto Apel, Transf ormat ion der Philosophje, 2 vols., Frankfurt/Main 1973.

11. Cfr., a título de muestra, B. M. Kedrov (cd.), Dialektika-teorjja pozisa I: Pioblemi naucnogo metoda, Moscú, 1964 (hay trad. alemana parcial al aald.d de Günter Krijber Erkenntnjstheoretjsche ucd methodologische Pro

Wissensc Berlín, 1966), y P. V. Tavanec (cd.), Problemi logiki ‘ POznanijo, Moscú, 1964 (hay trad. alemana al cuidado de G-iintcr Krii r. S Zur Logik der wissenschaftljchen Erkenntnjs Berlín, 1967; e inglesa

J. Blakeley, Problems of the Logm of Scientific Knowiedge, Dordrecht,

van Orman Quine, From a Logical Point of View, Cam 53 (hay trad cast. de Manuel Sacristén, Barcelona, 1967); Word

N. YorkLondres 1960 (hay trad. cast. de Manuel Sa’:riatín, Barce. Ontologic Relativzty and Other Essays, N. York-Londres, 1970.

de Quine dentro de la filosofía analítica víasc e intno

I.Lakatos&A j

y

g és’a ci ¿,itolerables corsés de hierro —filósofos que ayer e-

tal isicos, y hoy son positivistas y mañana, quién sabe, pudieran

que sustenten puntos de vista que hoy nos parecen crítico ,

inexorablemente deslustrados y puestos al servicio ele alguna

causa—, quienes deseen entretenerse en arrancar de la filosofía ¡

hierba del dogmatismo tendrán trabajo asegurado para lar.go

JAVIER MUGUERZA

Octubre de 1973.

Departamento de Filosofía

Universidad de La Laguna.

Crítica y COfl(jC

73

72 1. Lakatos & A. Musgrav€

ducrorio « lisplendor y miseria del aflhliSiS filosófico» en Lecturas de F,1osof analítica. 1. La concepcióO anddca de la filosofía, Madrid, en prensa.

13. Nada hay de malo, ea c en el intento de tenerlas en cu si encerrarse en un miope provinAdsmo bastante poco acorde con las dimensiones efectivamente p que aviste hoy nuestra cultura, incluida —hasta dond quepa hacerlo así— la filosófici, Una muestra de e acdtud abierta y pluralista puede encontrarse en Gerard adniazhy, Cootes,1pO Schools of Metascience, N. York, 1968. (Hay trad. cast en preparación de Lluís Pujadas, con el t de Corrientes actnsles de la filossio de la ciencia, Barcelona: Grijalbo, Coi. «T ría y R Del mismO aator, véase también —en relación con alg d los temas discutidos en el prcse.te trabaj «Towards a “Prixological” Theury of Re (Cati re be stsa o a way that is ncither logical reconseruction nor empírica psychology or setiology of sLjeflce?)’>, SysteinetiCs, 12, 3, 1972, pi. ginas 12°

14. En líneas generales, Is actitudes en cuestión serían c:sractcií de

toda conecpeidn acumulativa ¿2 progreso científico, pe”o adquirieron particulas

relevancia en el contexto del p sitivasmo por su contribución al nacanfiento de b

historia de la cienca cuIno disaplina específica. Cf r. soh”c este punto ‘E. M. S

mon, Ita ‘opeata Poai9vism in ti 3 Centasry, Ithacs’., N. YorU, 1963, e

peeial.mente paígs. 130 y sigs.

1.5. Cf r. a este reSpecto U. Kraft, Drr Wiener Kreis, Vier,a. 1950 (hay trad. caso de Francisco Gracia, Madrid, 1966), y A. J. Ayer ( 1. Logical Pos tivism, Gleneoe. 111., 1959 (hal trad. cano de U. Alisma y oaros, M: Aires, 1965).

16. Tal circun cesu’n espcei,sinsente digna de ser tenió5 en cuenta a la hora de evaiu.ar la recepción de po coaitenapOr cta nuestro propiO medro filosófico, pues de nada valdría esga mir frente al mi, —corno entte nosotros es frecvcnte— argunxstos eu poiibie contundencia periclitó con d positivi aflO de los años treiqta lo que, por lo dem,ís, no excluye que los ciási del positivismo con teaxpormneo valga como botón da muesst’a Carnap —pucd cas ceasiones ser juzgados por lo que entonces escribieron, puesto que, al fin y al cabo, scripta manesat).

17. Scb”e la precedenci a di volumen C”itisisca asad the Growth of Know!d’ ge, véase el Prefacio de los edisres ingleses, pógs. 9-10 de este libro.

18. Véase nafro ci apartad III de este trabajo. a

19. En este libro, pégs. 391 y sigs.

20. Cf r. especialmente «Edstemology Without a Knoving Subjeet» Y the Theory of Objective Misad>, en Objéctíve Knowie Oxford, 1972 trad. cast. de una versión del egundo de esos trabajos por Victor Sénch Zavala en Varios, Ensayos de ,:losofía de la deudO en torno a la obra de Karl R. Poppér (Simposio de ua Madrid, 1970; también la hay d b en su conjunto por Carlos Solí, Madrid, en preparación).

21. Véase, en este libro, seicelaración de princpios de las pígs. i1

22. Eso es al menos lo e ocurre con la mitad de lo que Lakatos e’ te libro, pégs. 291 y sigs.— lema «el Popper,

23. 1. Lakatos, «Criticism and thc Metisodology of Selentitie Leseare

, E “ oJ ji . “.‘ . VoAety, c9, 1969. a’ íes. 1 ‘fA 1 “6. A’.> a do para 1970, el libro de Labatos y Changing I.og of Scienti/ic Divcoa.’sr

luego diferid su publicación y no he tenido hasta las f oportunidad de conocerlo.

24. P. 1 Fcy «Prohie,ns of Empirici’na JI», en R. G. Colodna ‘ed 1 The N>itaire ans Fwaction of Scientiíic Theor’, Pittsl’urgh, 1069: «Aga’a slethod», en M. Radoer-S. Winokur (ads.). Analyscs of Theo’ics a,ad Matbods of phvsics a,>d Ps Minne>saa Studies i the Phifis:orhy of Science IT, Minneapolis, 1970 (hay ejicón apante del ensayas de Feyerabend cunan libro, Londres, 1972, y trad. C t. tU 1 i LO 1 le”:mn, Lar Ariel, l974

25. Véase, por ejemplo, sai lIbro R> 1 “i Thcao’s: Its Oeigins ansi Tmpact n Mode Toa Ithsca, N. York, 1969,

26. Era medio del faírrago de la l’ c 5’, ‘ ‘sni”ris’Juad de la comunicación de L. P..aarce \Vllliaans sU ‘aa. Setence, Sc>entific R’:volutions and she History of Science’ no pa ‘de ‘mr asar osan de producirle a une cta un primer momento, una grata impresión. Consi,’. xi con anís deaonindentn, fila m lego, recuerda un tanto aquel conSejo qu. rl a un hi’tcrie’dor ciar una ve.”. a am doctorando: «No aventure Vsi. hípdtLs tiC no sstn s:síaeLsrcrna’ , ,e ceisI :‘ias5 das» (consejo que ,ípr 1’ ‘.Va luce’ eqsbvra . d re aves turar hipótesis en absolutot.

27. VEn e, c.’et”e ea. ‘ , a libros ‘‘ PEE r’,” a’ nf J. edres, 1053

(hay trad. C>ast. do jo. jubu CaStro. Pleno Ajíes, 1964 ‘5, o s’ > as IT, derstanding, N. York-Lvanston, 1961, a como la serie ——en celahuración cora

June Goodfietd— 7 Fahric of [ 73>’ .2> “Peleare o,> dfatter y TE

Discovery of Time, Lond: es, l 967 1’’>’ trad e: >. 2.1 ó 1 vcie’nen po:

Néstor Míguez, Duernas Aires, 196(t

28. S. Toulmin, Hríuian Colees. e ;óosg, 1. 7/,’ Col!> dive’ 1 ‘“e mcl Evois tion of Coaacepts, Princoton, 1972.

29. Las alusionsa ‘de Marcuse (O> -01 ‘1,’;, >isa,° SEa, 1,oas 1964, pi- ganas 186-187; hay trad, cast. de Anton’o E10r7a, Barcelona, 1969) Si «tortuoso esprie de sérieux» desplegado por la as’ao’a en su eal.’sao «Meta”sy and Ideographíc Lan’a’sage» (en C. A. Mace, cd., 13 ita,,h J’ in the 2.11 Century, Londres, 1957) estaban mE que justificarlas, poca el tal ensayo es real mente Increíble’ aunque —como el prodo Marcuse no deiaha de reconocer la representarividad que le atribuía como exponente del «perasamento uvidimen SiOnal» era absolutamente desproporcionad».

30. Vease el trabajo de Popper en este libro, pígs. 149 y sips.

apuM Cfr., era especial, el artículo de \Xlaakins, que a trechas no se sabe s’ nta «conja “la ciencia normal”» o Contra Kuhn.

‘1

. 50S re finales, especsa.naente paga. 102 y siga.

eompa Para que no se nos acuse de exagerar podríamos quedarnos en Si> la ¡ ‘ acaon coas la educación permanente lo que concuerda al fIn y a cabo con SiStencaa de Popper —níg. 151— en enfocar e problema de la ciencia normal

un problema pedagógico».

Ve.sse mi trabajo «Nuevas per’;p.cds a’ u la tilusufra cenrempor:íoe..

1. Lakatos & .61

75

74

ríe a ciencia», 3, 1971 págs. 2560. En torno a la fihiac ta de la filosofía popperiana de la ciencia pueden verse los trabajos dPO1 Angel Quintanilla «Formalismo y epistemología en la obra de Karl R Teorema, 4, 1971, págs. 77-84, y «Popper y Piaget: Dos perspectiv teoría de la ciencia», Teorema, 111/1, págs. 5-24. P

35. Cfr. sobre este punto P. K. Feyerabend, «Explanation, R

Empiricism», en H. Feigl-G. Maxwell eds.), Scientzfic Explanatio

Time. Minnesota Studies in the Philosophy of Science, vol. III

1962. Para una discusión de la cuestión, véase Peter Achinstein, Cc

Science, Baltirnore, 1968, págs. 67-120.

36. Para un muestrario de estas acusaciones, véase Israel Scheffier aod Sub)ectivity. N York, 1967.

37. Cfr. «Nuevas perspectivas en la filosofía contemporánea de la c’ cit., págs. 49 y sigs. En lo que sigue Continúo manteniendo que la oto ducibilidad entre lenguajes teóricos diferentes bastaría a salvar la j,, dad del conocimiento científico, pero no estoy ni mucho menos tan s lo estaba allí de que dicha traducibilidad sea suficiente para garantiz bilidad de los llamados «experimentos cruciales» en el dominio de la e cuestión ésta tan diferente de la anterior como lo puedan ser las del si y la verdad. (Para más detalles sobre Ci problema de la intertradv ción o no con el de los experimentos cruciales, véanse mfra los aparta y IV de este trabajo.) Deseo consignar que he extraído al respecto gran p de la discusión de estos puntos con mis compañeros del Departamc Filosofía de la Universidad de La Laguna, de enrie los que eitaré especi a José Luis Escohotaclo, Luis Vega, Gabriel Bello y Fernando Carbone!!.

38. Cfr. los ya clásicos trabajos de Yehoshua Bar-Hillel sobre la tr

automática en Language and Informa Reading, Mass.-Jerusalén, 1964

de los cuales —«A Demonstration of the Nonfeasibility of Fully 1

High Quality Translation»— hay trad. cast. en Francisco Gracia, ed., 1.

ción del Lenguaje, Madrid, 1972; asimismo, A. D. Booth (ed.), Machine 7

tiori, Amsterdam, 1967.

39. Que el problema es arduo —y que, por tanto, semejante reconoci

diata de ser universal— lo demuestra la discusión (con participación, entre

autores, de P. Winch, E Gellner, 1. C. Jarvie, A. Maclntyre, R. Horton, S. L

M. Hollis y J. H. M. Beattie) recogida en B. R. Wilson (cd.), RationalitY, C

1970.

40. Recuérdese el célebre ensayo de Jan Lukasiewicz, «Zur GeSCh1d Aussagenlogik», Erkenntnis, V, 1935-1936, págs. 111-131 (hay reedición en en S. McCall, Polish Logic 1920-1939, Oxford, 1967).

41. M. Polanyi, Personal Knowledge, Towards a Post-Critical Londres, 1958; A. Musgrave, Impersonal Knowledge, tesis doctoral pr en la Universidad de Londres en 1969 e inédita por ahora que yo sepa.

42. j. Ziman, Puhlic Koowiedge, Cambridge, 1968 (hay trad. caSt. de :res1 Utrilia, México, 1972).

43. En su trabajo de este libro, Lakatos contrapone «justi6eaCj0 racionalista como empirista, o «inductivismo» el3sico) y «fleojt

nismo», mientras que para nosotros el jusfificecionis-rno a «falsacio r por la adhesión al dogma de la exclusiva relevancia

use caracteriza

de la justíficauón del conocimiento científico (lo que permite alesquiera de las variantes conocidas de la epistemol

se rótulo a CU

Laka op. cit., págS. 455 y sigs.

¿j. E. cMU1 «The HistorY and Philosophy of Science: A Taxonomy», er, (ed.), Historical and Phiiosophicai Perspectives of Science,

L a S in the PhilosoP&i’ of Science, vol. V, Minneapolis, 1970, p3- Studie

31 y sigs.

. Véanse el trabajo de Feyerabend en este libro (así como «Against Me dKxl», cit.), págs. 345 y sigs., y la réplica final de Kuhn, pág. 391.

47. Feyerabefld, op. ci págs 345 y sigs.

48. Ibid., págs. 345 y sigs.

9. Ibid., págs. 345 y sig.

i Ibéd., cd finem.

51. Tiulmin, Human Understandmg, cit., págs. 96 y sigs.

52. Cír. Kuhn, «The Function of Dogma in Scicntific Research», en A. C. C.rombie (cd.), Scientific Change, Londres, 1963 (la redacción del trabajo de 1961), y «Postscript-19 The Structure of Scientific Revolutjons, 2.’ cdi ddn, dt. (donde el autor se hace eco, entre otras, de la crítica de la noción de qsrsdi en Dudley Shapere,
F. Suppe (cd.), The Structure of Scientific Théories, Urbana, III., en

53. Véase su trabajo de este libro, así como Human Understanding, cit. es pedilmente págs. 319-358.

54. Toulmin, op. cit., pág. 129.

55. Ibid., págs. 359-503. Para un avance de estos puntos de vista, cfr. asi su primitivo libro The Uses of Argumeni, Cambridge, 1958.

56. V* R. Braithwaite, Scientific Explanation, 1953, N. York-Londres (I ad. cast. de Víctor Sánchez de Zavala, Madrid, 1965); E. Nagel, The

Scjenc Londr&s 1961 (hay trad. cast. de Néstor Míguez, Buenos Ah 1968); W. Sregmüller, Wissenschaftliche Erkl3rung und Begründung und Erfahrung (Probleme und Resultate der Wissenschaftstheorie und

Aflhlytjscben Philosophie, 1 y II), Berlín-Heideiberg York, 1969-1970; M. Bun científica (versión cast. de Scientific Research por Manuel

- ), Barcelo 1969. Manuales de segundo o tercer orden los hay a

Por lo que dejamos al lector la tarea de ilustrar nuestra afirmación con 8USte

H.E. Kyburg, Philosophy of Sc’ence A Formal App>oach, N. YorL

,

/ ()

77

[ \lÇoojge B;olo .d 1 rN y’, Cainbridge, 1952 .59. Cfr. en conexión con este punto 11. B. Braithss’aite, «Mode

1 :rnpirical Sciences», en E. Nagel-P. Suppes-A. Tar (eds.), Logic M

aol Ph of Selence, Standford, Galif., 1962 .;\simismo E thç

TI,e Longuage of Modero Ph Lnndre York, 1956, Págs. 73

14. B. Hesse, Modeis and Analogies jo Science, Notre Dame, md., 19

60. Cfr. E. Kyburg, op. cit., págs. 35 y sigs., 209-214, 245 y

Oria disea general ele la nc’cidn de modelo, \ l( s dos primeros

de Mario Bunge, Teoría y ;ealza’ad (ve 6,’ eso. 1 J. 1.. G Molina y

pere), Barcelona, 1972, págs. 9-52.

61 Las alusiones a la irreducLb1idad metodológica de Li func del genio científico —dr., por ejemplo, ilans Reieheni’ach, The Rise of Phi Berkeley, 1951, pág. 231 lh trad. cas do Horacio Flores Máxieo, 1953 apen’ss lo9ran paPar tOS imp mientras que la in1stenea en la anécdota de Kekulé ‘.1 anillo del benceno resulta sopeehosa.

62. Véanee, entre otros, los enss 6. ilensun T Logic of r y «More on TIte 1 ogie of Discovery “», / reo nl of [ op/ay, 55, - 1960, págs. I (i’ay reedición d PrImo CO II. Brody-N. Capald

Seience: Mc-p Met/o Goe!s, N. York-Amsierdant, 1*8); «Is There a of Ditcover en II. Feigl-G. TM (sdr.), Crinen! ‘seas ja the p.l’ of ,Çcjeny PL Yoik, 1961; y N Toward rs Loge of Discovi R. j. Bersten (cd.), Fc’rspcctiC’es oti PArca, N lleven, 1965.

6’ N. R Hanson, Patterns nf Discovery, Crsrnbridge. 1965, cap. IV.

64. De no habórselo impedido su temprana muerte, es probable

prop’o Ilanson —una de l merites más agudas y mejor equipadas d

panorama de la filosofía eontensporáaea de la ci hub1 hecho n

nadie por disipar aquella ambtgíiedad.

65. Cfr. las reflexiones fina de Kuhn en este libro así como su trabajo «The Historical Srructure of Scientiflc Diseovery», Scwncé, 134, gínas 760-764.

66. Para la dis,ineión entre discovcry that y di.tcovery why, cfr. R. J.. well, Disco ve ja the Physical Sciences, Notre Dame-Londres, 1969, P y sigs. Véase asimismo, en relación con lo que sigue, R. E. Butts-J. W. (eds.), Tija Methodological Herita of Newton, Oxford, 1970.

67. Este vendría a ser, por ejemplo, el caso de lo que en este Lakatos «el Popper (por no hablar del «inexistente» Popper que en de Lakatos sería sólo un invento de sus críticos).

68. Mucho menos, según Lakatos, un «falsaeionista» dogmático El ‘ tico» Popper (véanse, no obstante, las reservas apuntadas su pTa en la fl se identi5er la tal vez con lo que Lakatos da en llamar «el Popper

69. Con tantos Popper, cori su correspondiente subíndice cada unO, andar a decir verdad cori pies de plomo a la hora de atribuir una uno cualquien de ellos.

pncia (Acerca % S relacioneS entre ci etáterio de demarcación científica ‘ el

j.o cn1Pj

pmo a la obr significado)», en Varios, Ensayos de fi/oso fía de la ciencia ¿e Sir Karl R. Popper (Simposio da Burgos), cit., esp. íl t en los párrafos que siguen se hable sin más de «ciencia,>, ‘\omo allí— «ciencia empírica».

Pág. 213.

2 Lakatos, i

uhn desde cit. Tal moraleja, pot’ lo demás, había a sido anticipada primitivo trabajo «The Function of Measurement in Modero

p Science», ‘ 52, 1961, págs. 161-193 (dr. asimismo sus reflexiones de este libro)

Lakatos, ci págs. 244 y sigs.

veanse Ur par de muestras de la objeción en Feyerabcnd, «Against d», C págs. 72 y sigs., y Toulmin, Human Understanding, cit., pági I

Con porterloridad a la redacción de este trabajo, he tenido ocasión de

una interesa discusión de la cuestión en G. Radnitzky, «Life Cycies

cientific Tradition», Main Currenis in Modern Thought (The Journal of

enter br Inte Education), vol. 29, n. 3, 1973, págs. 107-116.

Cfr. sobre este punto G. Buchdahl, Me:aphysics and the Philosop/’y of j cit., págs. 147 y sigs.

7. Véate la discusión de nuestro ejemplo en R. J. Blackwell, Discovery jo f/ysical Sciences cit., págs. 10-24.

‘18. Véanse sus comentarios a j. Mas’nard Smith, «The Status of Neo-Dar

y su propio ensayo «Paradigm for an Evolutionary Process», en ‘1. Waddington (ed.), Towards a Theoretical Biology, 3 yola., Edimburgo, 1%8—1970, vol. 1. Para una más amplia discusión de la introducción de la noción de ¿ en las ciencias biológicas, cfr., entre otros, los trabajos de

M. E. Ruse, «Two Biological Revolutions» y «Reduction, Replacement, and k Biology», Dialectica, vol. 25, fase. 1, 1971, págs. 17-38 y 39-72 re-, P

7 Váanse, en conexión con este ejemplo, las obse-vaciones de Luis Ángel Rc fl su epílogo a la edición castellana de R. l.ekachnsan (cd.) Ctítzca de la

aaía clásica, Barcelona, 1968, así como el trabajo por él citado de G. C. Ar «Aspectos etodológieos de la “Teoría General” de Keynes», 2

r setiembre de 1967. Aunque Kuhn ha da,’.) más de una vez a entender la inmadurez de Otros dominios de la investigación social (desde 15 t !tí a la sociología) no les ha permitido hasta la fecha rebasar un estadio

10 cierto es que urs hin faltado intentos —tanto más dise:i uanto menos tírnjdos_.. de introdricir también en ellos l categorías kuh

(cfr., entre otros, los de S. 5. Wolin «Paradigcss md Poiirical Theories», Kiog c. cds., Po/it frs aol Expe.’frncc E’says Presentad to 4 Oakeshott 00 the Occasion of Jfiy ReIi,csspn/ Csmbdd 1068,

de A Sociology of SOcioíogy, PL York-Londre 1970). As ideas

en cualquier caso, parecen l dado lugar un ruevo paradigma

do de la Sociología d la ciencia como eaprc. ,r lo reconoce

1. Lakatos & ‘ 1’ CO/i!)Cl

70 En onexión con este punto puede ‘erse mi trah «Tres

78

Crítica 32 co;lOC7i/?ZC/UO

79

1. Lakatos & /1. M llsgraD

Jerome R. Ravctz en su xce1cntc l1hro Sc/en/i/ic Knowledge ana’ lis Problems, Oxford, 1971, pág. 73.

80. j. Ziman, op. oit., págs. 13 y sigs., 927 y sigs.

81. J. Rostand, Le courrier d’un biologiste, París, 1970 (hay trad. case, de Inés Ortega, Madrid, 1971), págs. 101 y sigs.

82. Z. A. Medvedev, The Rise ana’ FalI of T. D. Lysenko, N. York, 1969 y The Medvedev Paper3 (con prólogo de John Ziman), Londres, 1971.

83. Véase mi trabajo «La versatilidad do la explicación científica», Teoema en prensa.

84. El locus clásico a este respecto son los «Studies jo the Logic of Exph, nation» de Carl G. Hempel y Paul Oppenheim, Philosophy of Science, 15, 1948 páginas 135-175 (recogidos en H. Feigl-M. Brodbeck, eds., Readings in tise Phjlo. sophy of Science, N. York, 1953 y —con un «Postscript» de Hempel— en el volumen de este último Aspects of Scieutif se Explanation and Other Essays j the Philosophy of Science, N. York-Londres, 1965).

85. De semejante evolución dan idea los ensayos recogidos en la cuarta y i’iitimi sección de los citados Aspecis of Scientific Explanation de Hempel, pi. pinas 229-496.

86. Cfr. Hempel, op. cit., págs. 291 y sigs., 331 y sigs. Una versión coin pendiada de tales requisitos en Hempel, Philosophy of Natural Science, ha. giewood Cliffs, N. J., 1966, págs. 47-49 (hay trad. case, de Alfredo Deaño, Ma. drid, 1973).

87. Cfr. sobre la cuestión el Apéndice «All Fali Down: Tise Deveiopment of the Concept of Motion from Aristotie to Galileo», en Marx W. Wartofsky Conceptual Foundations of Scientifíc Thought, N. York-Londres, 1968 (hay tra. ducción cast de Magdalena Andreu, Francisco Carmona y Víctor Sánchez de Zavala, 2 vois., Madrid, 1973). Asimismo, E. McMullin (ed.), Galileo, i%fan o/ Science, N. York-Londres, 1967.

88. Cfr. a este respecto William Dray, Laws and Explanation is Histoty,

Oxford, 1957, págs. 31-37, así como Alan Donagan, «The Popper-Hempel Theory

Reconsidered», en \. 1-1. Dray (ed.), Philosoplaical Analysis ana’ History, N. York

Londres, 1966

89. Cfr. Haskell Fain, Batween Philosophy asad History, Princeton, 1970, Vi pinas 309 y sigs.; asimismo, Michel Scriven, «Logical Positivism and the Behav ral Sciences», en P. Achinstein-S. F. Barker (eds.), The Legacy of Logical post Iivism, Baltimore, 1969.

90. Cfr. Charles Taylor, The Explanation of Bchaviour, I..ondrcs, 1964, Vi pinas 37-44, 54 y sigs.

91. Cfr. Georg Henrik von Wright, Explaneiion and Understaadzng, Itha

N. York, 1971, págs. 13 y sigs., así como Michel Scriven, «Expianations, Pt dictions and Laws», en H. Feigl-G. Maxwell (eds.), Scientific Explanation, Spa’ and Time, cit. (y, con anterioridad, «Thc Temporal Asymmetry of Explanat10 and Predictions», en B. Baurnrin, cd., Philosophy of Science (The Dela Seminar), vol. 1, N. York-Londres-Sidney, 1961-1962).

92. Cfr. Ernest Mayr, «Cause sud Effect lo Biologyo, Science, 134, 1961.

1501-1516 (recogido en C. I Waddington, cd., Towards a Theos’etjc cit. vol. 1), que remite expresamente a las tesis de Scriven aludidas en

1 precedente. Contrástese, no obstante, su punto de vista con el de Mario

«Is Biology Methodologically Unique?», en Method, Model ¿ Mattej Dordrecht, 1972.

3. Cfr. Haskeli Fajo, op. ci!., págs 272 y sigs.

4 S. Bromberger, «A Theory about the Theory of Theory and about tlie

TheOrY of Theories», en B. Baumrin (ed.), Philosophy of Scicnce (The Dclasv Sertiflar), vol. II N. York-Londres-Sidney, 1962-1963.

95. Véase, para aquella Jerarquización de leyes explicaciones científicas, JohifG. Kemeny, A Philosopher Looks ¿st Scic’nce, Toronto-N. York-Londres, 1959, páginas 167-169.

96. Véase supra el apartado II de este trabajo, así como la bibliografía cita da en la nota 35.

97. Consúltese, Por increíble que pueda hoy parecernos, el cuadro de (el lenguaje de) la ciencia presentado por Carnap en Logical Fowidatioas of the Unity of Science, Chicago, 1938 (aparecido como fascículo n. 1 del volumen 1 de la International Encyclopedia of Unified Science, fue luego reeditado con el conjunto de este último en 1955). Por lo demás, y si bien es cierto que con un grado de sofisticación muy superior al de aquel trabajo, las actitudes reduccio nistas en cuestión continúan siendo perceptibles en obras posteriores de Carnap (como sería el caso, por ejemplo, de un artículo tan evolucionado corno «The Methodological Character of Theoretical Concepts», en Ji. Feigl-M. Scriven, eds., The Foundations of Science ana’ the Concepts of Psychology and Psychoanaiysis, Minnesota Studies in the Phzlosophy of Science, vol. 1, Minneapolis, 1964; cfr. en conexión con este punto Juan Carlos García-Bermejo, «Notas sobre verificacio nismo y términos teóricos» en F, Gracia-J. Muguerza-V. Sánchez de Zavala, eds., Teoría y Sociedad, Homenaje al Prof. Arengaren, Barcelona, 1970).

98. Véase 50pta el apartado II de este trabajo, en especial todo lo relativo a las flotas 37-40.

99. Cfr. Carlos París, «Hacia una epistemología de la interdisciplioariedad»

1-4 educación hoy, vol. 1, n.° 3, 1973, págs. 117-128. (Sobre el específico proble ma del reduccionismo en el dominio de la biología espero que se pueda pronto leer el trabajo todavía inádito de Carlos Solís, «Mecanicjsrno reducción, biología», que conozco a través d texto de la conferencia pronunciada por el autor en el flstltuto de Investigaciones Biológicas del CSIC de Madrid.)

00. N. Reschcr Scientific Explanation, N. York-Londres, 1970, págs. 68.

Cfr. el conocido ensayo de Nelson Goodrnan, « Problem of Counrer tualCoflditionals» Journal of Phzlosophy, 44, 1947, págs. 113-128 (recogido en

iCtion asad Forecast, Londres, 1955); con la única variante de su puesta es C con la temática de la explicación científica, Ci criterio de Goodman of 0Ptado Sin reservas por Hempel en ntre otros lugares— Thc Pi5ilosopisv

Oral Sczence, cit., págs. 54 y sigs.

Cfr Peter Adijostein Lafl’ osad E*pianat ion Oxford, 1971, págs. 40 guien

1. LanatoS 11. IUUsgraD

103. N. R. Hanson, Observa/ion and Explonalzon (cd. póstuma Y prcfa de S. Toulmin), N. York-Londres, 1971, págs. 49 y sigs.

104. Hanson, Op. cit., págs. 58-59.

105. Interpretado desde esta perspectivo, el perspicaz trabajo de Moulines, «Lo analítico y lo sintético: dualismo admisible», Teo;ema, 1973, págs. 89-97, podría entenderse más bien como una puneualizaci6n a hasta, en cierto sentido, como una generalización de— la tesis de Quine que como un intento de refutarla (véase una observación análoga a ésta en Ferrater Mora, Cambio de marcha en filosofía, Madrid, Alianza, 1974, 111 par te, § 3).

106. Lakatos, op. cit., Apéndice, págs. 291 y sigs.

107. Sobre la trascendencia de la «tesis de Condillac» para la epistcmoJog positivista —y, generalizando, la filosofía analítica de la ciencia en su casi t lidad— puede verse el capítulo III de m libro Adversos Positivistas, Madrid, prensa.

108. Debo la mayor parte de mi información acerca de estos extremos, y en’ especial la relativa a la anunciada obra de J. M. Lévy-Lcblond y A. jaubert Autocritique de la Science, a una ponencia presentada por mis compañeros de li Facultad de Ciencias José Luis Montesinos y Antonio Martinón en ci Seminario de Ciencias y Humanidades del Departamento de Filosofía de la Universidad de Lo Laguna.
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