El arte de no amargarse la vida, rafael santandreu




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1) Ayudar a los demás

Siendo indigentes podríamos ayudar a otros indigentes, colaborar con ONG de ayuda a países con pobreza endémica, etc.

2) Hacer buenos amigos

Como ejemplo, solemos decir que podemos empezar a hacer grandes amigos entre los voluntarios que ayudan en los centros de indigencia, gente maravillosa que se entrega a los demás.

3) Profundizar en la espiritualidad

¿Por qué no? Las iglesias están abiertas, los centros de meditación suelen ser gratuitos… Se dice que en la pobreza es más fácil ser espiritual que en la riqueza, así que la opción espiritual está disponible en la indigencia y, en realidad, prácticamente en todas las situaciones (estando enfermo, impedido…).

4) Hacer algo artístico

Siendo pobres podemos escribir literatura (alguien nos dará un cuaderno y un bolígrafo), componer poemas o canciones, incluso pintar, tocar música… Los medios para practicar la música o la pintura los podremos conseguir pidiéndolos o tomándolos de entre los enormes «desperdicios» de la sociedad capitalista en la que vivimos.

5) Cuidar mente y cuerpo

Hacer deporte está siempre en nuestra mano: correr por el parque, hacer yoga, nadar en el río o en el mar. Cuidar la mente puede incluir leer este libro y practicar con ahínco lo que se dice en él.

6) Estudiar/aprender

Las bibliotecas están llenas de libros. Incluso la mayor parte de las universidades dejan entrar a alumnos oyentes y seguir las explicaciones de los profesores.

7) Vida de ocio

Pasear, nadar, bailar…, las posibilidades de disfrutar de actividades ociosas es enorme. Sólo hay que sosegar la mente y permitirse gozar.

8) Amor sentimental

Un indigente sano a nivel mental, limpio y educado (en nuestra visualización no tenemos por qué ir desarreglados), que se cultiva y ama la vida encontrará fácilmente el amor sentimental.
Yo les recomiendo a los pacientes que utilicen todo el poder de su imaginación para ver posible el hecho de ser feliz siendo indigente

Cuando estas visualizaciones racionales se realizan correctamente (con intensidad, creyendo en ellas), la persona experimenta una sensación inmediata de alivio y bienestar emocional. ¡Verse feliz con poco es quitarse necesidades de encima, es hacerse más ligero y más fuerte!
LA REFLEXIÓN DE SCHEURMANN

Scheurmann antes de la 1ª guerra mundial visitó Samoa.

Como todos los primeros viajeros que visitaron aquel lugar, todavía virgen, Scheurmann quedó fascinado con el estilo de vida samoano. Sus habitantes eran saludables, alegres y pacíficos. No conocían la propiedad privada tal y como la entendemos nosotros, y se abrían a los extranjeros con sencillez, ofreciéndoles sus posesiones…decidió escribir un libro sobre su experiencia en Samoa. Sin embargo, lo hizo desde la perspectiva de los samoanos e inventó el personaje de un jefe polinesio llamado Tuiavii de Tiavea que viajaba a Europa invitado por un hombre blanco y hacía una descripción del modo de vida occidental. El libro se titula Los papalagi y fue publicado en 1920.

Tuiavii dice:

Actualmente esos papalagi piensan que pueden hacer mucho y que son tan fuertes como el Gran Espíritu. Por esa razón, miles y miles de manos no hacen nada más que producir cosas, del amanecer al crepúsculo. El hombre hace cosas, de las cuales no conocemos el propósito ni la belleza.

Sus manos arden, sus rostros se vuelven cenicientos y sus espaldas están encorvadas, pero todavía revientan de felicidad cuando han triunfado haciendo una cosa nueva. Y, de repente, todo el mundo quiere tener tal cosa; la ponen frente a ellos, la adoran y le cantan elogios en su lenguaje.

Pero es signo de gran pobreza que alguien necesite muchas cosas, porque de ese modo demuestra que carece de las cosas del Gran Espíritu. Los papalagi son pobres porque persiguen las cosas como locos. Sin cosas no pueden vivir.

…Cuantas más cosas necesitas, mejor europeo eres. Por eso las manos de los papalagi nunca están quietas, siempre hacen cosas. Ésta es la razón por la que los rostros de la gente blanca a menudo parecen cansados y tristes y la causa de que pocos de ellos puedan hallar un momento para mirar las cosas del Gran Espíritu o jugar en la plaza del pueblo, componer canciones felices o danzar en la luz de una fiesta y obtener placer de sus cuerpos saludables, como es posible para todos nosotros.

Tienen que hacer cosas. Tienen que seguir con sus cosas. Las cosas se cierran y reptan sobre ellos, como un ejército de diminutas hormigas de arena. Ellos cometen los más horribles crímenes a sangre fría, sólo para obtener más cosas. No hacen la guerra para satisfacer su orgullo masculino o medir su fuerza, sino sólo para obtener cosas.

Si ellos hicieran uso de su sentido común, sin duda comprenderían que nada de lo que no podemos retener nos pertenece y que cuando la marcha sea dura no podremos llevar nada. Entonces también empezarían a darse cuenta de que Dios hace su casa tan grande porque quiere que haya felicidad para todos. Y en verdad sería suficientemente grande para todo el mundo

La necesititis siempre produce malestar emocional porque: a) si no poseemos esas cosas que creemos que necesitamos, somos desgraciados; b) y si las tenemos, tampoco estamos bien por dos razones. En primer lugar, porque siempre las podríamos perder y esta posibilidad introduce la ansiedad en nuestra vida.

La segunda razón por la que las necesidades inventadas, aunque las poseamos, también nos producen malestar reside en que esas cosas nos desilusionan. Cuando deseamos demasiado, depositamos unas expectativas exageradas en el objeto deseado y, tarde o temprano, nos caemos del caballo: esa cosa no nos hace felices.


EL FETICHE DE LA COMODIDAD


No nos curaremos completamente de la necesititis si no combatimos una idea irracional crucial que podríamos denominar «el fetiche de la comodidad». En la actualidad, más que nunca, tenemos sobrevalorado ese bien llamado comodidad.

Si le damos demasiada importancia a la comodidad vamos a ser muy infelices. A la comodidad en cualquiera de sus formas: gozar de más tranquilidad, silencio, limpieza, descanso, etc., porque:

1) La comodidad no es tan importante, esto es, no da la felicidad.

2) La comodidad viene y va. Es así, es inevitable.

3) Un exceso de comodidad es incompatible con el disfrute activo de la vida.

La comodidad es como el chocolate, poco agrada, mucho es cargante…

Estos ejemplos intentan expresar las siguientes ideas:

• La comodidad es buena, pero sólo en su justa medida.

• Demasiada comodidad es aburrida y no te permite disfrutar plenamente de la vida.

• Si queremos tener vidas emocionalmente equilibradas e interesantes nos convendría renunciar a una buena parte de comodidad. Todos los días.

• Cuando ya no nos importe tanto la comodidad, estaremos libres de ese fetiche, tendremos menos manías y seremos más libres para disfrutar de la vida.

LA VERGÜENZA O EL MIEDOAL RIDÍCULO

La vergüenza es un problema mayor de lo que imaginamos. ¡Por culpa de ella, perdemos tantas oportunidades de disfrutar de la vida! Por vergüenza, dejamos de conocer personas maravillosas con las que tener un bellísimo romance. Por vergüenza, dejamos de aprender cuando no levantamos la mano para admitir que no entendemos. Por vergüenza…, siempre por la estúpida vergüenza, perdemos tanto… Ya lo decía el escritor Jean de La Fontaine: «La vergüenza de confesar el primer error, hace cometer muchos otros».

Y es que la vergüenza nos puede producir auténtico pavor. En una encuesta se comprobó que las personas temen más a hablar en público que a la muerte. De hecho, el temor a hacer el ridículo es el miedo número uno en nuestra sociedad. ¡Qué cosa más absurda!

Existen dos vías cognitivas (de pensamiento) para combatir la vergüenza. La primera consiste en no darle demasiada importancia a la propia sensación de ridículo, es decir, entender que es normal la emoción de vergüenza y, por tanto, imposible de eliminar del todo. La segunda vía -la esencial- gira en torno al hecho de darse cuenta de que nuestra imagen social es poco importante. Si pensamos así, nunca tendremos demasiada sensación de ridículo porque, simplemente, nos importará muy poco lo que los demás opinen de nosotros.


LA VERGÜENZA NO MATA
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