El arte de no amargarse la vida, rafael santandreu




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Efectivamente, la experiencia de hacer el ridículo es un poco desagradable, pero no es el fin del mundo. De hecho, no deja secuelas físicas ¡como la ceguera o la pérdida de un brazo! Es decir, no es tan malo como nos solemos decir a nosotros mismos.

Si perdemos miedo al hecho en sí de pasar vergüenza, nos daremos 

cuenta de que, muchas veces, el ridículo vale la pena si a cambio obtenemos beneficios. Levantar la mano en clase para preguntar puede dar un poco de reparo, pero es conveniente, y el cosquilleo en el estómago pasa muy rápido. Invitar a una chica a salir nos provocará un nerviosismo repentino, pero si acepta, ¡qué pasada!

  • Hay pruebas conductuales para enfrentar la vergüenza: ejemplo atar un plátano a una cuerda y pasearlo como si fuera una mascota

  • Pero es más eficaz el trabajo mental… Hacer lo que da vergüenza y darse cuenta mentalmente de que no pasa nada… Incluso aunque se pase vergüenza…


LA PARADOJA «ESTAR ABAJO PARA LLEGAR A LO MÁS ALTO»
Pero, para disminuir todavía más la vergüenza y la timidez, es necesario ir más lejos y atacar a la propia base mental de esas emociones, el auténtico origen de la vergüenza, que es la «necesidad» inventada de mantener cierta imagen positiva basada en logros o capacidades.
Como veremos a continuación, uno se libera definitivamente del miedo al ridículo cuando basa su valía en su capacidad de amar y no en capacidades o logros. A las personas fuertes no les importa mostrarse torpes, feas o pobres: sólo se muestran interesadas en su propia capacidad de hacer cosas hermosas, divertidas y positivas con los demás. Dicho de otra forma, se dejan de tonterías (la imagen) y se concentran en lo realmente valioso. Y es precisamente este enfoque, mantenido con firmeza, lo que les hace fuertes.

Las personas con carisma, con auténtica capacidad de atracción, son así.
Es muy sano mantener la filosofía que afirma que no necesito ser rico, elegante, inteligente, etc. para tener valor. Para mí, esta idea es básica en mi sistema filosófico por varias razones:

a) En primer lugar, creo firmemente en ello porque las personas que yo realmente aprecio son aquellas capaces de amar y no las que tienen una gran imagen. ¿De qué me serviría tener amigos excepcionalmente inteligentes y guapos, si no me aman ni se divierten conmigo?

b) En segundo lugar, es imposible no ser «menos» con frecuencia. En un círculo determinado, podemos encajar perfectamente, pero en otro, no conoceremos los códigos y costumbres y estaremos en inferioridad de condiciones. Pero ¿qué importa? Lo esencial es que somos personas maravillosas y estamos ahí para aprovechar cualquier ocasión de colaborar, amar y divertirnos.

Así que si no nos dejamos engañar por las apariencias y valoramos por encima de todo la capacidad de amar y hacer cosas gratificantes, la autoimagen deja de ser importante. Apreciaremos por igual a un indigente, un ministro, un potentado o un barrendero… A priori, todos nos merecerán el mismo respeto e interés, ya que pueden ser personas valiosas a la hora de compartir la vida

…A esto es a lo que yo llamo «bajar abajo para estar en lo más alto». Porque considero que las personas más maduras y fuertes son aquellas que pueden visualizarse con hándicaps y ser felices. Pueden verse con limitaciones, pero con una gran capacidad de amar y de hacer cosas positivas por sí mismas y por los demás.

Por eso, puedo contemplar la idea de ser «tonto», pero valioso; «pobre», pero maravilloso. Digamos que puedo ser tonto y pobre y estar orgulloso de serlo. En ese momento, me sitúo por encima de las valoraciones de los demás. En ese instante, me libero de la necesidad de la aprobación de los demás y me siento tranquilo frente a cualquiera.

…Si pensamos así, cuando alguien nos diga: «¡Pero qué tonto eres!», podremos contestar: «OK, es posible; pero estoy orgulloso de no necesitar ser listo. Al margen de eso: ¿quieres colaborar y hacer algo divertido conmigo?».
LO VALIOSO ES HACER COSAS VALIOSAS
Efectivamente, mucho más importante que los logros y capacidades es la capacidad de amar. Y, en segundo lugar, las ganas de hacer cosas valiosas.

Si cuando alguien nos falta al respeto, nos concentramos en vivir la vida con emoción y plenitud, al margen de las palabras feas, focalizamos nuestra atención en algo diferente a la imagen y acentuamos la desactivación del problema. Para nosotros y para los demás.

Esto es, imaginemos que estamos en una cena con amigos y alguien dice en voz alta:

- ¡Pero qué camisa llevas! ¡Pareces un vagabundo! ¡Qué ridículo!

Aceptemos provisionalmente todo lo que nos dicen. Podemos comprender, en primer lugar, que ser un vagabundo no es un hecho tan negativo. Como ya hemos visto, ser pobre no dificulta la felicidad y no disminuye el valor personal.

Y, en segundo lugar, concentrémonos en aprovechar la vida, en ese momento y en los inmediatamente siguientes, aun siendo un vagabundo, al margen de nuestra imagen. Nuestra actitud, por tanto, puede reflejar el pensamiento: «De acuerdo, es posible que sea un vagabundo. Pero después de cenar, vamos a ir a bailar y pasaremos una noche inolvidable. ¿Te apuntas?».

Con esta maniobra queremos expresar -a nosotros mismos y a los demás- que la imagen no es tan importante como nuestra capacidad de disfrutar de la vida, de hacer cosas valiosas. Nuestra atención mental -y la de los demás- se traslada y pasa del hecho supuestamente ridículo a nuestra vitalidad y ganas de vivir a tope, lo cual es mucho más importante para todos.
NO TE TOMES TAN EN SERIO
La vergüenza y el temor al ridículo, cuando son muy fuertes, son problemas que afectan también a nuestras relaciones de amistad. Muchas veces, somos demasiado sensibles a las bromas de los demás, exigimos demasiado respeto, y esto puede acabar afectando a nuestra capacidad de relacionarnos.

Lo que debemos aprender entonces es que: ¡es normal que los demás se rían un poco de nosotros! También nosotros podemos reírnos de ellos.

Ése es el verdadero camino para superar la vergüenza excesiva y no otro: ¡que no te importe que se rían de ti! Sé que esto, de entrada, parece contraproducente y levantará el rechazo del lector, pero repito, el método es éste y no otro.

Las personas realmente fuertes y maduras están muy por encima de la evaluación ajena. No les importa demasiado que los demás les critiquen tontamente y, entonces, paradójicamente, gozan de un mayor respeto de los demás.

…Ser demasiado sensible con respecto a nuestra imagen es una debilidad. La solución no es defenderla a capa y espada, sino aprender a no darnos tanta importancia. Porque, en definitiva, ¿qué es la imagen?, ¿para qué sirve?

La mejor filosofía personal es aquella que sostiene que todos tenemos el mismo valor, independientemente de nuestro sueldo, habilidades o imagen. Lo importante es nuestra capacidad de amar, y ello está disponible para todos por igual.

Cuando tengamos que hablar en público y eso nos suscite algún temor, podemos sacudírnoslo pensando que nuestra imagen -basada en logros o habilidades- no es importante. Podemos visualizarnos allí, en el escenario, frente al público, haciéndolo mal, muy mal, para acto seguido preguntarnos:

• «No ha salido bien, pero ¿aún puedo ser feliz?»

• «¿Es tan importante para mí este discurso? ¿Podría no hacerlo y seguir construyéndome una vida interesante?»

• «¿Podría renunciar para siempre a hablar en público y gozar de la vida con otras cosas?»

• «¿Cuáles son los verdaderos valores de mi vida?”
• «La charla o discurso sale mal. No me sale la voz. Me olvido de lo que tenía que decir… Pero al margen de eso, soy feliz porque la vida es mucho más que hablar o no en público. Las personas que haya entre la audiencia, si me tienen que apreciar, que sea por mi capacidad de amar.»
EL GREGARISMO TONTO
La vergüenza o el miedo al ridículo también se sustenta en la creencia irracional de que la aprobación de los demás es algo esencial. Y la verdad es que no la necesitamos. Es agradable que la gente apruebe todo lo que hacemos y pensamos, pero en realidad no es más que eso: un poco agradable. La aprobación de los demás no aporta mucho más.

Si lo pensamos bien, sólo podemos mantener un número limitado de buenos amigos. Cinco o seis, quizás. Es difícil tener un mayor número porque a los buenos amigos hay que cuidarlos y eso toma su tiempo: llamarles, ayudarles, planificar actividades juntos, compartir alegrías y tristezas.

Por otro lado, es recomendable rodearse de buenos amigos y éstos son aquellos que nos aman como somos. ¡Sí, con todos nuestros defectos! Con ellos podremos mostrarnos como somos y nos querrán y respetarán. Por lo tanto, tampoco hemos de tener miedo al ridículo con ellos. De hecho, es sano hacer el tonto delante de las amistades y comprobar que eso no hace mella en la calidad de la relación. Recordemos que todos somos valiosos y que nuestra única cualidad importante es nuestra capacidad de amar.


MEJORANDO LAS RELACIONES


En las relaciones humanas, hay que aceptar más al otro y componer lo que llamo «el collage de la amistad», es decir, plantearse las relaciones como un gran mural donde cada persona te aporta una cosa diferente. De esa forma, entre varias personas, uno por aquí, otro por allá, lograremos tener «los mejores amigos».

Si lo pensamos bien, cada uno de nosotros tenemos unos puntos fuertes y otros débiles. ¡No existe la perfección! Y no podemos exigir a nuestros amigos y familiares que sean perfectos. Cuando lo hacemos, nos indignamos con facilidad y tenemos la tentación de descartar a personas muy valiosas. Y, a veces, de tanto descartar nos quedamos solos. ¡Qué paradoja: de tanto buscar la mejor compañía nos quedamos más solos que la una!
UN GIRO RADICAL EN LA FORMA DE ENTENDER LA AMISTAD
La concepción cognitiva de las relaciones está basada en un concepto llamado «aceptación incondicional de los demás», lo que implica un giro radical respecto a la idea habitual de las relaciones. Si queremos tener «los mejores amigos», como María Luisa Merlo, hemos de acostumbrarnos a pedirles sólo lo que pueden dar. Si enfocamos el asunto de esta forma, nos volveremos más flexibles y aceptaremos a las personas tal y como son, aprovechando sus puntos fuertes y olvidándonos de sus fallos.

…la amistad también implica no dejarse presionar por los demás. Muchas veces, serán los otros quienes nos exijan la perfección y eso tampoco lo tenemos que admitir. Si yo no soy un buen cocinero es mejor que no me pidan que prepare la cena de Navidad.

Cada uno de nosotros escoge lo que desea aportar y no tenemos por qué esforzarnos demasiado sólo para complacer a alguien que exige demasiado. ¡La vida es demasiado corta para exigirse ser el amigo o el hermano ideal! Como amigos, hermanos o hijos habrá cosas que sí podamos ofrecer y otras que no.


GANAR TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN


..A lo largo de nuestra existencia, nos esperan unas veinte mil adversidades. Aceptémoslo lo antes posible. ¿Nos damos cuenta de que encerrarse en casa para evitar posibles desgracias es la manera más eficaz de llegar a ser un desgraciado?

Lo bueno del asunto es que, en la gran mayoría de los casos, se trata sólo de pequeñas incomodidades sin trascendencia. En realidad, ¡seguimos teniendo todo lo necesario para la felicidad!
DEJAR DE SER UN CASCARRABIAS
Cuando el autobús va abarrotado, nos ponemos de mal humor; un dependiente nos responde mal en una tienda y nos indignamos; la compañía telefónica no nos atiende la reclamación y nos enfurecemos… «¡Leche, qué día de perros!», nos decimos agriamente. ¡Atención! ¡Mucho cuidado!, porque las quejas cotidianas tienen una cualidad especial: tienden a convertirse en hábito.

Todos los cascarrabias tuvieron un pasado. De jóvenes, seguro que eran personas deliciosas. Pero en un momento dado de sus vidas, empezaron a quejarse. El cascarrabias permitió, poco a poco, que el hábito nocivo de la queja empezase a invadir su mente. Cuando quiso dar marcha atrás, era demasiado tarde: «¡Ya todo es una m…!».

Para el psicólogo cognitivo, el cascarrabias es un reto fantástico y, por difícil que parezca, conseguimos ayudarle. Es maravilloso asistir al cambio de una de estas personas. Cuando se curan, vuelven psicológicamente a una etapa de su vida más fresca y feliz: es como si recuperasen su alma juvenil que se hallaba enterrada por capas y capas de quejas.

Veamos ahora en qué consiste el proceso de cambio. El primer paso será aceptar los problemas de antemano. El segundo, darse cuenta de que esos inconvenientes no son relevantes para la felicidad. Y, tercero, focalizar la atención en las maravillas que aún tenemos a nuestro alcance.
1.-ACEPTAR NO ES CONFORMARSE
La psicología cognitiva nos aconseja tener confianza en la naturaleza armónica de todo lo que sucede en la vida y, sobre todo, mucha capacidad de aceptación. Pero alguien se puede preguntar: pero ¿eso no es simplemente conformismo?, ¿no hay que luchar por las metas y objetivos? Y la respuesta la encontramos en un antiguo proverbio budista que dice: «En verano hace calor y en invierno, frío».

El adagio nos dice que hay cosas que debemos aceptar porque son más grandes que nosotros mismos. Hay hechos controlables pero también muchas eventualidades que simplemente suceden.

Nosotros, mientras tanto, podemos poner las bases para que algunas cosas sucedan, pero también debemos esperar una buena dosis de imprevistos y frustraciones.

Se dice que cuando uno inclina la cabeza con las manos juntas frente a una estatua de Buda, espontáneamente empieza a sentir reverencia. Si uno echa la cabeza hacia atrás en un gesto de arrogancia, la reverencia no aparece. Generalmente, si trabajamos para que los demás nos respeten, si somos amables con todo el mundo, la mayor parte de las veces obtendremos el mismo trato por parte de los demás. Pero no siempre. Por lo general, si seguimos las lecciones y hacemos los deberes, aprenderemos inglés en el tiempo estimado. Aunque no es así para todo el mundo.

Poner la bases para conseguir nuestros objetivos es saludar a las personas cuando nos cruzamos con ellas, poner en marcha proyectos ilusionantes, organizar encuentros románticos con la persona amada…, y si las aguas se desbordan y no nos devuelven el saludo, aparecen dificultades en nuestra nueva empresa o el sexo hoy no resulta, sonreírle a la vida y continuar con nuestros planes, la amistad, la realización personal y el sexo pleno llegarán de manera natural, tarde o temprano, porque ésas son las metas hacia las que discurre la vida, si no nos empeñamos en modificarla.
2.- MEJOR QUE AUTOESTIMA, AUTOACEPTACIÓN Y ACEPTACIÓN DE LOS DEMÁS
…Liberarse de una autoestima basada en logros o capacidades es un gran descanso. Uno ya no tiene que demostrar nada a nadie. Uno puede mostrarse con todos sus fallos y estar orgulloso de uno mismo. Es más, esa aceptación incondicional de uno mismo y de los demás pasa a ser nuestra principal cualidad, nuestra principal fuerza.

Para conseguir esa liberación tenemos que convencernos profundamente de nuestra nueva escala de valores hasta el extremo de sentirnos orgullosos de «ser menos» en términos mercantiles, pero «más» en términos humanistas. Y defender esa actitud interior en todas partes. Puede ayudarnos el hecho de pensar que somos muchos los que pensamos de esta forma; somos un verdadero club donde se ingresa sólo si se cree que «menos» puede ser «más».
3.- ACEPTACIÓN INCONDICIONAL DE LOS DEMÁS
La aceptación incondicional de uno mismo va ligada a la aceptación de los demás. Los seres humanos somos animales lógicos y si no aceptas a los demás incondicionalmente, tampoco lo harás contigo mismo cuando falles o cuando alguien deje de valorarte.

…En psicología cognitiva aconsejamos a nuestros pacientes que cuando se topen con alguien que se comporta de forma inadecuada piensen que se debe al desconocimiento, a la ignorancia, a una enfermedad emocional que le lleva a comportarse así, pero que en su interior esa persona tiene la potencialidad de ser una persona muy generosa y valiosa. En ese sentido, aceptamos incondicionalmente incluso a los delincuentes. Este ejercicio nos permite mantener la mente apaciguada en todo momento. Con esta filosofía, no nos dejamos invadir por la ira o la indignación.

Eso no significa, claro está, que tengamos que vivir junto a esas personas. Podemos apartarnos de ellas, ya que su problema puede llegar a afectarnos, puede perjudicarnos, pero no vamos a evaluarlos ni a rechazarlos como personas.


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