El escultor contemplaba un tronco de madera noble que tenía delante y, entornando los ojos, descubrió en él, como al tragaluz, una talla perfecta y luego otra




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PASTORAL VOCACIONAL1
Un cuento: EL ESCULTOR

El escultor contemplaba un tronco de madera noble que tenía delante y, entornando los ojos, descubrió en él, como al tragaluz, una talla perfecta y luego otra y otra... en un desfile interminable. No eran seres imaginarios, no; eran reales; estaban allí dentro. Su oficio consistiría en rescatar a aquellas criaturas liberándolas de su prisión de madera.

Pero al tomar la gubia se sitió totalmente paralizado. Desde el corazón de aquel tronco, millones de seres levantaban los brazos clamando por su liberación. Salvar a uno era abandonar a muchos, pero no elegir era excluir a todos. Y, ¿cómo renunciar a salvar a aquella única criatura que le era posible?

... Y sintió un estremecimiento, porque intuyó de pronto que el tronco era su propia vida; las figuras ocultas, lo mil posibles modos de vivirla, y que él mismo debía elegir un único destino y tallarlo con sus propias manos.

 

Definición

La Pastoral Vocacional (PV) es la específica y compleja actividad de la Comunidad eclesial por la que, en íntima unión con la pastoral general, se compromete en la tarea de suscitar, acoger, acompañar y proporcionar la adecuada formación a las vocaciones.

Por medio de esta actividad la Iglesia crea condiciones para que cada cristiano pueda optar, con madurez y libertad, por una forma específica de seguimiento de Jesús, según la voluntad de Dios sobre su vida.
Objetivos

1.   Provocar un decidido interés por las vocaciones en todos los sectores del Pueblo de Dios con quienes nos relacionamos, principalmente a través de la acción apostólica.

2.   Suscitar en todos los consagrados la conciencia de su responsabilidad respecto de las vocaciones y estimularlos al compromiso en la PV, según las posibilidades de cada uno y en el marco de misión en que están trabajando.

3.   Potenciar una pastoral juvenil que incluya la dimensión vocacional y que, mediante un proceso de discernimiento, promueva la opción por el propio estilo de vida.

4.   Proponer la imagen clara, completa y realista de la vocación, tal como se realiza en la propia Familia carismática o Instituto, e invitar a su seguimiento.

5.   Cuidar y acompañar a las personas y grupos que desean vivir la experiencia de vida consagrada, ayudándolos a responder conscientemente a la llamada de Dios.

6.   Llevar a cabo una selección de calidad, atenta, cuidadosa y exigente.
Exigencias para la PV

Es preciso, ante este panorama, reactivar nuestro compromiso vocacional desde nuevas actitudes, en concreto:


  1. Talante testimonial:

No se trata de hacer una PV de emergencia sino una pastoral que sea expresión normal y continuada de la maternidad de la Iglesia.

Debe aparecer como expresión estable y coherente de la maternidad de la Iglesia, abierta al designio de Dios que siempre engendra vida en ella. Por eso la PV no es la consecuencia coyuntural de la crisis e indigencia vocacionales.

Tampoco debe nacer del miedo ni de la timidez ante los destinatarios, sino que se ha de nutrir de la alegría y de la convicción en que la fuerza de Dios nunca abandona a su comunidad.

La preocupación que la alienta no es la de rellenar nuestros huecos sino el convencimiento de que hay que trabajar sinceramente en pro de todas las formas de vida cristiana.

Nace del testimonio eclesial. No es puro reclutamiento de vocaciones, ni propaganda. La vocación se difunde mediante el testimonio de una vida plenamente cristiana vivida en los ámbitos familiares, parroquiales, educativos y otros.

La vivencia de una vocación en profundidad es, pues, la primera invitación para que los demás descubran y vivan la suya. Por ello, cada miembro de la comunidad eclesial debe ser, en su nivel y desde su específica ubicación eclesial, portavoz e intérprete de la propuesta vocacional.


  1. Compromiso coral.

No debe ser llevada sólo por algunos sino que está llamada a ser asumida como tarea de todos, aun cuando solamente unos cuantos estén dedicados de modo expreso a suscitar y acompañar de cerca a los llamados. O crecemos juntos en una Iglesia comunión o no crece ninguno.

Ha de ser un compromiso coral, acción de toda la comunidad cristiana en sus diversas expresiones. Por ello:

1º. Reclama una nueva mentalidad sobre la común corresponsabilidad de todos respecto de las vocaciones. Así, pues, todos deben sentirse urgidos, de una manera particular, a impulsar y apoyar la pastoral de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Y esto, ante todo, con una vida coherente y testimoniante hasta generar una verdadera cultura vocacional.

2º. Requiere la colaboración activa de pastores, religiosos, familias y educadores y pasar de una PV llevada a cabo exclusivamente por un solo agente a una pastoral concebida como acción conjunta de toda la comunidad, evitando exenciones o delegaciones.

3º. Debe ser entendida, por su carácter propio, más que como una pastoral específica, como dimensión de toda acción pastoral. De ahí el deber de alentar y explicitar la dimensión vocacional en todos sus ámbitos (pastoral de la Palabra, liturgia y acción caritativa) y en todos sus sectores (infantil, familiar, educativo, social y otros) sin recluirla exclusivamente al ámbito de la pastoral juvenil, aún cuando encuentre en ella su lugar natural de privilegiada consideración.

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Hemos de distinguir “PV” de “ministerio vocacional”. La PV realiza tareas más amplias que las que conlleva el ministerio vocacional. La misión propia de éste es sembrar, acompañar, educar, formar y discernir la vocación de los candidatos. Dicho ministerio se integra dentro de la PV. Conviene distinguirlos en un plano operativo. Todos deben involucrarse en la PV, aunque no todos puedan estar llamados a trabajar directamente con los candidatos.


  1. Universal y carismática.

No se trata de plantear la vocación sólo a los cercanos (los que están en nuestros grupos) sino que se dirige a todos, porque el Señor puede llamar donde menos imaginamos. La PV es categoría unificadora, que ha de hacerse presente en toda la pastoral. La cruza transversalmente y la orienta.

Existe un flujo permanente entre la pastoral general, que debe confluir en la animación vocacional para favorecer la opción vocacional y la PV que, a su vez, debe permanecer abierta a otras dimensiones, insertándose en ellas. De esta manera, no es una pastoral aparte o paralela con relación a la pastoral eclesial. Tampoco es el apéndice o el culmen final de una sola de las acciones pastorales de la comunidad eclesial, por importante que ella sea. Es más que una pastoral sectorial, como lo son la pastoral juvenil, familiar, obrera y otras. Tampoco ha de diluirse en la pastoral general, ni colocarse al margen de ella, ni mucho menos contradecirla. En consecuencia, la PV debe estar necesariamente presente en toda la dedicación pastoral.

Debe orientarse a todas las vocaciones con las que Dios enriquece a su Pueblo. Cada persona, como ser singular, único e irrepetible, ha sido agraciada con una particular acción de Dios que, por amor, la llama a la existencia para darse a conocer a ella, ser alcanzada por el Hijo y ser habitada, poseída y vivificada por el Espíritu. Al ser universal esa llamada, la PV debe promover todas las vocaciones. De esta manera, evita elitismos, olvidos o recelos, y no cae en disolución, rebajamiento de identidades o dispersión en sus planteamientos.

La PV debe ser carismática. Sin perder su apertura eclesial, debe suscitar y promover vocaciones para la Iglesia, presentando expresamente la propia vocación acentuando los rasgos esenciales del propio carisma. Deberá, por tanto, explicitar en toda propuesta vocacional que el carisma particular puede ser vivido como consagrados y como laicos.
4.   Conectada con la pastoral juvenil

Ha de conectar, en particular, con la pastoral juvenil como parte constitutiva de ella. Ésta es completa si lleva a los jóvenes a plantearse la vocación ante el Señor. Ello le exige mantener siempre la perspectiva vocacional en sentido amplio.

Por tanto, desde un esmerado acompañamiento vocacional, preparará el momento más adecuado para mostrar a todos los jóvenes las diversas vocaciones de la Iglesia y de la Congregación y para hacer a algunos una propuesta vocacional más personal, sea o no concepcionista. Esto supone, en las responsables de esta pastoral, valentía para proponer, capacidad de acompañar y orientar a la candidata en el discernimiento progresivo de la propia vocación y firmeza en exigirle la fidelidad debida al Señor.


  1. Personalizada.

Hay que desterrar el mero reclutamiento, porque se trata de una pastoral que acompañe a las personas con cercanía y profundo respeto.

Ha de centrarse en cada persona para que ésta llegue a descubrir y discernir el designio de Dios sobre su vida y formalice su opción vocacional. Normalmente no se llega a la madurez de la fe en la opción vocacional si no es por la mediación de otros creyentes. Ellos ayudan a desvelar el misterio de Dios y las exigencias de su Palabra y proporcionan aquel clima particular que sólo la relación personal puede garantizar. La ayuda vocacional deberá tener siempre en cuenta la realidad de cada persona, su contexto social, sus preocupaciones y sus necesidades, según la etapa evolutiva en que se encuentre.

TAREAS DEL MINISTERIO VOCACIONAL

El término ministerio viene del latín ministerium que significa servicio. En las primeras comunidades de la Iglesia vemos una gran variedad de servicios, funciones y tareas que reciben la denominación común de ministerios.

Pablo recuerda encarecidamente a la comunidad de Tesalónica que valore «a esos de vosotros que trabajan duro, haciéndose cargo de vosotros por el Señor y llamándoos al orden» (1Tes 5, 12). Dentro de la rica pluralidad de carismas, ministerios y funciones de la Iglesia (Rom 12, 6-8;1Cor 12, 4-11; Ef 4, 11-12), hay tres ministerios a los que se da un valor nuclear: los apóstoles, los profetas y los doctores (1Cor 12, 28); junto a estos están los evangelistas y los pastores (Ef 4,11), y los responsables de cada comunidad (2 Cor 1, 1; Fil 1, 1; Rom 16, 3 ss.).

La teología sobre el ministerio la tenemos sintetizada en Ef 4, 1-6. En las cartas pastorales el obispo es el que preside la comunidad; los presbíteros y diáconos aparecen como colaboradores íntimamente asociados a los obispos (Tit 1, 5-7; 1 Pe 5, 1-2; Hch 20, 17-28). En la Carta a los Hebreos se habla de los «primeros testigos» que guían y confirman a sus hermanos en la fe, la esperanza y el amor (Hb 2, 3-4; 13, 7). En este marco nos queremos situar. Y desde ahí contemplamos las acciones pedagógicas que exige este peculiar ministerio.

 

1.     SEMBRAR (Cf. NVNE 33)

*Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó junto al camino, y viniendo las aves se la comieron. Otra cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol se agostó, y se secó porque no tenía raíz. Parte cayó entre cardos, pero éstos crecieron y la ahogaron. Finalmente otra parte cayó en tierra buena y dio fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta + (Mt 13, 3-8).

Según hemos indicado, la primera tarea del animador vocacional es sembrar. Nos conviene detenernos a considerar el significado y el alcance de esta acción que precede a todas las demás, sabiendo que solamente se recogerá lo que primeramente se ha sembrado.

a)      ¿QUÉ SEMBRAR? LA MÁS PEQUEÑA DE TODAS LAS SEMILLAS

La dimensión vocacional penetra todo el Evangelio. En efecto, todo encuentro o diálogo que registra el Evangelio tiene un significado vocacional. Jesús recorre los caminos de Galilea como enviado por el Padre para llamar al hombre a la salvación y revelarle el designio del Padre mismo. Todo en Jesús es, por tanto, llamada. El fue sembrador.

No es ciertamente labor fácil, hoy, *la del sembrador vocacional+. Por los motivos que sabemos: no existe, propiamente hablando, una cultura vocacional; el modelo antropológico prevalente parece ser el del *hombre sin vocación+; el contexto social es éticamente neutro y carente de esperanza y de modelos prospectivos. Todos los elementos parecen concurrir para debilitar la propuesta vocacional y, quizá, nos permiten aplicarle cuanto Jesús dice a propósito del Reino de Dios (cfr. Mt 13,31 ss.): la semilla de la vocación es como un granito de mostaza que cuando se lo siembra, o cuando viene propuesta o indicada como presente, es la más pequeña de todas las semillas; muy a menudo no suscita consenso inmediato alguno; al contrario, es negada y desmentida, es como sofocada por otras expectativas y proyectos, ni tomada en serio; o, más bien, se la mira con recelo y desconfianza, como si fuese una semilla de infelicidad.

Y, entonces, el joven, rechaza, dice no interesarle, ha hipotecado ya su futuro (u otros ya lo han hecho por él); o quizá dice que le agradaría y le interesa, pero que no está seguro y, además, es muy difícil y le da miedo... Nada de extraño y absurdo en esta reacción medrosa y negativa; en el fondo lo había dicho ya el Señor. La semilla de la vocación es la más pequeña de todas las semillas, es débil y no se impone, precisamente porque es manifestación de la libertad de Dios que quiere respetar hasta el extremo la libertad del hombre.

Y, por lo tanto, también es necesaria la libertad del animador vocacional: una libertad de espíritu que permita continuar y no echarse atrás ante el rechazo y desinterés iniciales.

Jesús dice, en la breve parábola del grano de mostaza, que *una vez crecida, es la más grande de las hortalizas+ (Mt 13,32); por tanto, es una semilla que posee su fuerza, aunque no es evidente de inmediato, antes bien, necesita muchos cuidados para madurar. La siembra es sólo el primer paso, al que deben seguir otras atenciones bien precisas.

b)      ¿CÓMO SEMBRAR? COMO LO HACE DIOS, RESPETANDO LA LIBERTAD

La actitud del animador vocacional debe inspirarse en el hacer de Dios. Dios-Padre es el sembrador. Los campos donde continúa esparciendo su semilla son la Iglesia y mundo. Y la esparce abundantemente, con absoluta libertad y sin exclusiones de ningún tipo.

La parábola del sembrador manifiesta que la vocación es un diálogo entre Dios y la persona humana. El interlocutor principal es Dios, que llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere *según su propósito y su gracia+ (2 Tim 1,9). Llama a todos a la salvación, sin dejarse limitar por las disposiciones del receptor. Pero la libertad de Dios se encuentra con la libertad del hombre, en un diálogo misterioso y fascinante, hecho de palabras y silencios, de mensajes y acciones, de miradas y gestos; una libertad perfecta, la de Dios, y otra imperfecta, la del hombre. La vocación es, por tanto, totalmente acción de Dios, pero también real actividad del hombre: trabajo y penetración de Dios en lo profundo de la libertad humana, pero también fatiga y lucha del hombre libre de acoger el don.

El animador vocacional sabe que podrá ayudar a un hermano sólo si respeta el misterio de su libertad. Incluso cuando ello debiera suponer, al menos en apariencia, un menor resultado. Como ocurre con el sembrador de la parábola.

c)      ¿DÓNDE SEMBRAR? POR DOQUIER

Precisamente el respeto de ambas libertades significa, ante todo, valor para sembrar la buena semilla de la fe y del seguimiento. No se hace ninguna pastoral vocacional, si no se tiene este valor. No sólo esto; sino que es necesario sembrar por doquier, en el corazón de cualquiera, sin ninguna preferencia o excepción. Si todo ser humano es criatura de Dios, también es portador de un don, de una vocación particular que espera ser reconocida.

Con frecuencia, deploramos en la Iglesia la escasez de respuestas vocacionales; y no reparamos en que, con igual frecuencia, la propuesta es hecha dentro de un limitado círculo de personas, y, tal vez, retirada inmediatamente tras el primer rechazo. Viene bien recordar aquí, el reclamo de Pablo VI: “Que ninguno, por nuestra culpa, ignore lo que debe saber, para orientar, en sentido diverso y mejor, la propia vida+. Y, sin embargo, ¡cuántos jóvenes nunca han oído una propuesta cristiana acerca de su vida y de su futuro!”.

d)      ¿CUÁNDO SEMBRAR? EN EL TIEMPO PROPICIO

Forma parte de la sabiduría del sembrador esparcir la buena semilla de la vocación en el momento propicio. Lo que de ningún modo significa adelantar los tiempos de la opción o pretender que el adolescente tenga la misma capacidad de decisión que un joven, sino comprender y respetar el sentido vocacional de la vida humana.

Cada etapa de la existencia tiene un significado vocacional, comenzando del momento en el que el muchacho/a se abre a la vida y tiene necesidad de comprender su sentido, e intenta preguntarse sobre cuál es su papel en ella. No dar respuesta a tal pregunta en el momento adecuado, podría perjudicar el germinar de la semilla: *la experiencia pastoral demuestra que la primera señal de la vocación aparece, en la mayor parte de los casos, en la infancia y en la adolescencia. Por esto parece importante recuperar o proponer fórmulas que puedan suscitar, sostener y acompañar esta primera manifestación vocacional+. Sin limitarse exclusivamente a ellas. Cada persona tiene sus ritmos y sus tiempos de maduración. Lo importante es que junto a sí tenga un buen sembrador.
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