I. América y el nuevo patrón de poder mundial




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Colonialidad del poder, eurocentrismo

y América Latina 1

Aníbal Quijano 2

La globalización en curso es, en primer término, la culminación de un proceso

que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo colonial/

moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial. Uno de

los ejes fundamentales de ese patrón de poder es la clasificación social de la población

mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la experiencia

básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las dimensiones

más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad específica,

el eurocentrismo. Dicho eje tiene, pues, origen y carácter colonial, pero ha

probado ser más duradero y estable que el colonialismo en cuya matriz fue establecido.

Implica, en consecuencia, un elemento de colonialidad en el patrón de

poder hoy mundialmente hegemónico. En lo que sigue, el propósito principal es

abrir algunas de las cuestiones teóricamente necesarias acerca de las implicancias

de esa colonialidad del poder respecto de la historia de América Latina3.

201

1. Quiero agradecer, principalmente, a Edgardo Lander y a Walter Mignolo, por su ayuda en la revisión de este artículo.

Y a un comentarista, cuyo nombre ignoro, por sus útiles críticas a una versión anterior. Ellos, por supuesto,

no son responsables de los errores y limitaciones del texto.

2. Centro de Investigaciones sociales (CIES), Lima.

3. Sobre el concepto de colonialidad del poder, de Aníbal Quijano: “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, en

Perú Indígena, vol. 13, no. 29, Lima, 1992.

Aníbal Quijano

I. América y el nuevo patrón de poder mundial

América se constituyó como el primer espacio/tiempo de un nuevo patrón de

poder de vocación mundial y, de ese modo y por eso, como la primera id-entidad

de la modernidad. Dos procesos históricos convergieron y se asociaron en la producción

de dicho espacio/tiempo y se establecieron como los dos ejes fundamentales

del nuevo patrón de poder. De una parte, la codificación de las diferencias

entre conquistadores y conquistados en la idea de raza, es decir, una supuesta diferente

estructura biológica que ubicaba a los unos en situación natural de inferioridad

respecto de los otros. Esa idea fue asumida por los conquistadores como

el principal elemento constitutivo, fundante, de las relaciones de dominación que

la conquista imponía. Sobre esa base, en consecuencia, fue clasificada la población

de América, y del mundo después, en dicho nuevo patrón de poder”. De otra

parte, la articulación de todas las formas históricas de control del trabajo, de sus

recursos y de sus productos, en torno del capital y del mercado mundial4.

Raza, una categoría mental de la modernidad

La idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia conocida antes de

América5. Quizás se originó como referencia a las diferencias fenotípicas entre

conquistadores y conquistados, pero lo que importa es que muy pronto fue construida

como referencia a supuestas estructuras biológicas diferenciales entre esos

grupos.

La formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea, produjo en América

identidades sociales históricamente nuevas: indios, negros y mestizos y redefinió

otras. Así términos como español y portugués, más tarde europeo, que hasta

entonces indicaban solamente procedencia geográfica o país de origen, desde

entonces cobraron también, en referencia a las nuevas identidades, una connotación

racial. Y en la medida en que las relaciones sociales que estaban configurándose

eran relaciones de dominación, tales identidades fueron asociadas a las jerarquías,

lugares y roles sociales correspondientes, como constitutivas de ellas y,

en consecuencia, al patrón de dominación colonial que se imponía. En otros términos,

raza e identidad racial fueron establecidas como instrumentos de clasificación

social básica de la población.

202

4. Ver de Aníbal Quijano e Immanuel Wallerstein: “Americanity as a Concept or the Americas in the Modern World-

System”, en International Social Science Journal, no. 134, noviembre 1992, UNESCO, París. También “América,

el capitalismo y la modernidad nacieron el mismo día”, entrevista a Aníbal Quijano, en ILLA, no. 10, Lima, enero

1991. Sobre el concepto de espacio/tiempo, ver de Immanuel Wallerstein: “El Espacio/Tiempo como base del conocimiento”,

en Anuario Mariateguiano, vol. IX, no 9, Lima, 1997.

5. Sobre esta cuestión y sobre los posibles antecedentes de la idea de raza antes de América, remito a mi “‘Raza’,

‘etnia’y ‘nación’en Meriátegui: cuestiones abiertas”, en Roland Forgues(editor) José Carlos Mariátegui y Europa.

La otra cara del descubrimiento , Editorial Amauta, Lima, 1992.

Con el tiempo, los colonizadores codificaron como color los rasgos fenotípicos

de los colonizados y lo asumieron como la característica emblemática de la

categoría racial. Esa codificación fue inicialmente establecida, probablemente, en

el área britano-americana. Los negros eran allí no solamente los explotados más

importantes, pues la parte principal de la economía reposaba en su trabajo. Eran,

sobre todo, la raza colonizada más importante, ya que los indios no formaban parte

de esa sociedad colonial. En consecuencia, los dominantes se llamaron a sí

mismos blancos6.

En América, la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones

de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa

como nueva id-entidad después de América y la expansión del colonialismo

europeo sobre el resto del mundo, llevaron a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica

de conocimiento y con ella a la elaboración teórica de la idea de raza

como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos

y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las

ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados

y dominantes. Desde entonces ha demostrado ser el más eficaz y perdurable

instrumento de dominación social universal, pues de él pasó a depender inclusive

otro igualmente universal, pero más antiguo, el inter-sexual o de género:

los pueblos conquistados y dominados fueron situados en una posición natural de

inferioridad y, en consecuencia, también sus rasgos fenotípicos, así como sus descubrimientos

mentales y culturales7. De ese modo, raza se convirtió en el primer

criterio fundamental para la distribución de la población mundial en los rangos,

lugares y roles en la estructura de poder de la nueva sociedad. En otros términos,

en el modo básico de clasificación social universal de la población mundial.

203

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

6. La invención de la categoría de color -primero como la más visible indicación de raza, luego simplemente como

el equivalente de ella-, tanto como la invención de la particular categoría de blanco, requieren aún una investigación

histórica más exhaustiva. En todo caso, muy probablemente fueron inventos britano-americanos, ya que no hay huellas

de esas categorías en las crónicas y otros documentos de los primeros cien años del colonialismo ibérico en

América. Para el caso britano-americano existe una extensa bibliografía (Theodore W.Allen, The Invention of Whi -

te Race, 2 vols, Verso, Londres, 1994; Mathew Frye Jacobson, Whiteness of a Different Color, Harvard University

Press, Cambridge, 1998, entre los más importantes). El problema es que ésta ignora lo sucedido en la América Ibérica.

Debido a eso, para esta región carecemos aún de información suficiente sobre este aspecto específico. Por eso

ésta sigue siendo una cuestión abierta. Es muy interesante que a pesar de que quienes habrían de ser europeos en el

futuro, conocían a los futuros africanos desde la época del imperio romano, inclusive los íberos que eran más o menos

familiares con ellos mucho antes de la Conquista, nunca se pensó en ellos en términos raciales antes de la aparición

de América. De hecho, raza es una categoría aplicada por primera vez a los “indios”, no a los “negros”. De

este modo, raza apareció mucho antes que color en la historia de la clasificación social de la población mundial.

7. La idea de r a z a es, literalmente, un invento. No tiene nada que ver con la estructura biológica de la especie humana.

En cuanto a los rasgos fenotípicos, éstos se hallan obviamente en el código genético de los individuos y grupos y

en ese sentido específico son biológicos. Sin embargo, no tienen ninguna relación con ninguno de los subsistemas y

procesos biológicos del organismo humano, incluyendo por cierto aquellos implicados en los subsistemas neurológicos

y mentales y sus funciones. Véase Jonathan Mark, Human Biodiversity, Genes, Race and History, Aldyne de Gruyt

e r, Nueva York, 1994 y Aníbal Quijano, “¡Qué tal raza!”, en Familia y cambio social, CECOSAM, Lima, 1999.

Aníbal Quijano

El Capitalismo: la nueva estructura de control del trabajo

De otro lado, en el proceso de constitución histórica de América, todas las

formas de control y de explotación del trabajo y de control de la producción-apropiación-

distribución de productos, fueron articuladas alrededor de la relación capital-

salario (en adelante capital) y del mercado mundial. Quedaron incluidas la

esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción mercantil, la reciprocidad y el

salario. En tal ensamblaje, cada una de dichas formas de control del trabajo no era

una mera extensión de sus antecedentes históricos. Todas eran histórica y sociológicamente

nuevas. En primer lugar, porque fueron deliberadamente establecidas

y organizadas para producir mercaderías para el mercado mundial. En segundo

lugar, porque no existían sólo de manera simultánea en el mismo espacio/tiempo,

sino todas y cada una articuladas al capital y a su mercado, y por ese medio

entre sí. Configuraron así un nuevo patrón global de control del trabajo, a su vez

un elemento fundamental de un nuevo patrón de poder, del cual eran conjunta e

individualmente dependientes histórico-estructuralmente. Esto es, no sólo por su

lugar y función como partes subordinadas de una totalidad, sino porque sin perder

sus respectivas características específicas y sin perjuicio de las discontinuidades

de sus relaciones con el orden conjunto y entre ellas mismas, su movimiento

histórico dependía en adelante de su pertenencia al patrón global de poder. En tercer

lugar, y como consecuencia, para colmar las nuevas funciones cada una de

ellas desarrolló nuevos rasgos y nuevas configuraciones histórico-estructurales.

En la medida en que aquella estructura de control del trabajo, de recursos y

de productos, consistía en la articulación conjunta de todas las respectivas formas

históricamente conocidas, se establecía, por primera vez en la historia conocida,

un patrón global de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos. Y en

tanto que se constituía en torno a y en función del capital, su carácter de conjunto

se establecía también con carácter capitalista. De ese modo se establecía una

nueva, original y singular estructura de relaciones de producción en la experiencia

histórica del mundo: el capitalismo mundial.

Colonialidad del poder y capitalismo mundial

Las nuevas identidades históricas producidas sobre la base de la idea de raza,

fueron asociadas a la naturaleza de los roles y lugares en la nueva estructura global

de control del trabajo. Así, ambos elementos, raza y división del trabajo, quedaron

estructuralmente asociados y reforzándose mutuamente, a pesar de que ninguno de

los dos era necesariamente dependiente el uno del otro para existir o para cambiar.

De ese modo se impuso una sistemática división racial del trabajo. En el área

hispana, la Corona de Castilla decidió temprano el cese de la esclavitud de los indios,

para prevenir su total exterminio. Entonces fueron confinados a la servidumbre.

A los que vivían en sus comunidades, les fue permitida la práctica de su

204

antigua reciprocidad -i.e. el intercambio de fuerza de trabajo y de trabajo sin mercado-

como una manera de reproducir su fuerza de trabajo en tanto siervos. En algunos

casos, la nobleza india, una reducida minoría, fue eximida de la servidumbre

y recibió un trato especial, debido a sus roles como intermediaria con la raza

dominante y le fue también permitido participar en algunos de los oficios en los

cuales eran empleados los españoles que no pertenecían a la nobleza. En cambio,

los negros fueron reducidos a la esclavitud. Los españoles y los portugueses, como

raza dominante, podían recibir salario, ser comerciantes independientes, artesanos

independientes o agricultores independientes, en suma, productores independientes

de mercancías. No obstante, sólo los nobles podían participar en los

puestos altos y medios de la administración colonial, civil y militar.

Desde el siglo XVIII, en la América hispánica muchos de los mestizos de españoles

y mujeres indias, ya un estrato social extendido e importante en la sociedad

colonial, comenzaron a participar en los mismos oficios y actividades que

ejercían los ibéricos que no eran nobles. En menor medida y sobre todo en actividades

de servicio o que requerían de talentos o habilidades especiales (música,

por ejemplo), también los más “ablancados” entre los mestizos de mujeres negras

e ibéricos (españoles o portugueses), pero tardaron en legitimar sus nuevos roles

ya que sus madres eran esclavas. La distribución racista del trabajo al interior del

capitalismo colonial/moderno se mantuvo a lo largo de todo el período colonial.

En el curso de la expansión mundial de la dominación colonial por parte de

la misma raza dominante -los blancos (o a partir del siglo XVIII en adelante, los

europeos)- fue impuesto el mismo criterio de clasificación social a toda la población

mundial a escala global. En consecuencia, nuevas identidades históricas y

sociales fueron producidas: amarillos y aceitunados (u oliváceos) fueron sumados

a blancos, indios, negros y mestizos. Dicha distribución racista de nuevas

identidades sociales fue combinada, tal como había sido tan exitosamente lograda

en América, con una distribución racista del trabajo y de las formas de explotación

del capitalismo colonial. Esto se expresó, sobre todo, en una cuasi exclusiva

asociación de la blanquitud social con el salario y por supuesto con los puestos

de mando de la administración colonial.

Así, cada forma de control del trabajo estuvo articulada con una raza particular.

Consecuentemente, el control de una forma específica de trabajo podía ser al

mismo tiempo el control de un grupo específico de gente dominada. Una nueva

tecnología de dominación/explotación, en este caso raza/trabajo, se articuló de

manera que apareciera como naturalmente asociada. Lo cual, hasta ahora, ha sido

excepcionalmente exitoso.

205

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

Aníbal Quijano

Colonialidad y eurocentramiento del capitalismo mundial

La privilegiada posición ganada con América para el control del oro, la plata

y otras mercancías producidas por medio del trabajo gratuito de indios, negros

y mestizos, y su ventajosa ubicación en la vertiente del Atlántico por donde, necesariamente,

tenía que hacerse el tráfico de esas mercancías para el mercado

mundial, otorgó a dichos blancos una ventaja decisiva para disputar el control del

tráfico comercial mundial. La progresiva monetización del mercado mundial que

los metales preciosos de América estimulaban y permitían, así como el control de

tan ingentes recursos, hizo que a tales blancos les fuera posible el control de la

vasta red preexistente de intercambio comercial que incluía, sobre todo, China,

India, Ceylán, Egipto, Siria, los futuros Lejano y Medio Oriente. Eso también les

hizo posible concentrar el control del capital comercial, del trabajo y de los recursos

de producción en el conjunto del mercado mundial. Y todo ello fue, posteriormente,

reforzado y consolidado a través de la expansión de la dominación colonial

blanca sobre la diversa población mundial.

Como es sabido, el control del tráfico comercial mundial por los grupos dominantes,

nuevos o no, en las zonas del Atlántico donde tenían sus sedes, impulsó

un nuevo proceso de urbanización en esos lugares, la expansión del tráfico comercial

entre ellos, y de ese modo la formación de un mercado regional crecientemente

integrado y monetizado gracias al flujo de metales preciosos procedentes

de América. Una región históricamente nueva se constituía como una nueva

id-entidad geocultural: Europa y más específicamente Europa Occidental8. Esa

nueva id-entidad geocultural, emergía como la sede central del control del mercado

mundial. En el mismo movimiento histórico se producía también el desplazamiento

de hegemonía desde las costas del Mediterráneo y desde las costas ibéricas,

hacia las del Atlántico Noroccidental.

Esa condición de sede central del nuevo mercado mundial, no permite explicar

por sí misma, o por sí sola, por qué Europa se convirtió también, hasta el siglo

XIX y virtualmente hasta la crisis mundial alrededor de 1870, en la sede central

del proceso de mercantilización de la fuerza de trabajo, es decir del desarrollo

de la relación capital-salario como forma específica de control del trabajo, de

sus recursos y de sus productos. Mientras, en cambio, todo el resto de las regiones

y poblaciones incorporadas al nuevo mercado mundial y colonizadas o en

curso de colonización bajo dominio europeo, permanecían básicamente bajo relaciones

no-salariales de trabajo, aunque, desde luego ese trabajo, sus recursos y

sus productos, se articulaban en una cadena de transferencia de valor y de beneficios

cuyo control correspondía a Europa Occidental. En las regiones no-europeas,

el trabajo asalariado se concentraba cuasi exclusivamente entre los blancos.

206

8. Fernando Coronil ha discutido la construcción de la categoría Occidente como parte de la formación de un poder

global, en “Beyond Occidentalism: Toward Nonimperial Geohistorical Categories”, en Cultural Anthropology, vol.

11, no.1, febrero 1996.

No hay nada en la relación social misma del capital, o en los mecanismos del

mercado mundial, en general en el capitalismo, que implique la necesariedad histórica

de la concentración, no sólo, pero sobre todo en Europa, del trabajo asalariado

y después, precisamente sobre esa base, de la concentración de la producción

industrial capitalista durante más de dos siglos. Habría sido perfectamente

factible, como lo demuestra el hecho de que así ocurriera en verdad después de

1870, el control europeo-occidental del trabajo asalariado de cualquier sector de

la población mundial. Y probablemente más beneficioso para los europeo-occidentales.

La explicación debe ser, pues, buscada en otra parte de la historia.

El hecho es que ya desde el comienzo mismo de América, los futuros europeos

asociaron el trabajo no pagado o no-asalariado con las razas dominadas, porque

eran razas inferiores. El vasto genocidio de los indios en las primeras décadas de

la colonización no fue causado principalmente por la violencia de la conquista, ni

por las enfermedades que los conquistadores portaban, sino porque tales indios

fueron usados como mano de obra desechable, forzados a trabajar hasta morir. La

eliminación de esa práctica colonial no culmina, de hecho, sino con la derrota de

los encomenderos, a mediados del siglo XVI. La subsiguiente reorganización política

del colonialismo ibérico, implicó una nueva política de reorganización poblacional

de los indios y de sus relaciones con los colonizadores. Pero no por eso

los indios fueron en adelante trabajadores libres y asalariados. En adelante fueron

adscritos a la servidumbre no pagada. La servidumbre de los indios en América

no puede ser, por otro lado, simplemente equiparada a la servidumbre en el feudalismo

europeo, puesto que no incluía la supuesta protección de ningún señor

feudal, ni siempre, ni necesariamente, la tenencia de una porción de tierra para

cultivar, en lugar de salario. Sobre todo antes de la Independencia, la reproducción

de la fuerza de trabajo del siervo indio se hacía en las comunidades. Pero inclusive

más de cien años después de la Independencia, una parte amplia de la servidumbre

india estaba obligada a reproducir su fuerza de trabajo por su propia

cuenta9.Y la otra forma de trabajo no-asalariado, o no pagado simplemente, el trabajo

esclavo, fue adscrita, exclusivamente, a la población traída desde la futura

Africa y llamada negra.

La clasificación racial de la población y la temprana asociación de las nuevas

identidades raciales de los colonizados con las formas de control no pagado,

no asalariado, del trabajo, desarrolló entre los europeos o blancos la específica

percepción de que el trabajo pagado era privilegio de los blancos. La inferioridad

racial de los colonizados implicaba que no eran dignos del pago de salario. Estaban

naturalmente obligados a trabajar en beneficio de sus amos. No es muy difí-

207

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

9. Eso fue lo que, según comunicación personal, encontró Alfred Metraux, el conocido antropólogo francés, a fines

de los años 50 en el Sur del Perú, y lo mismo que también encontré en 1963, en el Cusco: un peón indio obligado a

viajar desde su aldea, en La Convención, hasta la ciudad, para cumplir su turno de servir durante una semana a sus

patrones. Pero éstos no le proporcionaban vivienda, ni alimento, ni, desde luego, salario. Metraux proponía que esa

situación estaba más cercana del colonato romano del siglo IVd.c., que del feudalismo europeo.

Aníbal Quijano

cil encontrar, hoy mismo, esa actitud extendida entre los terratenientes blancos de

cualquier lugar del mundo. Yel menor salario de las razas inferiores por igual trabajo

que el de los blancos, en los actuales centros capitalistas, no podría ser, tampoco,

explicado al margen de la clasificación social racista de la población del

mundo. En otros términos, por separado de la colonialidad del poder capitalista

mundial.

El control del trabajo en el nuevo patrón de poder mundial se constituyó, así,

articulando todas las formas históricas de control del trabajo en torno de la relación

capital-trabajo asalariado, y de ese modo bajo el dominio de ésta. Pero dicha

articulación fue constitutivamente colonial, pues se fundó, primero, en la adscripción

de todas las formas de trabajo no pagadas a las razas colonizadas, originalmente

indios, negros y de modo más complejo, los mestizos, en América y más

tarde a las demás razas colonizadas en el resto del mundo, oliváceos y amarillos.

Y, segundo, en la adscripción del trabajo pagado, asalariado, a la raza colonizadora,

los blancos.

Esa colonialidad del control del trabajo determinó la distribución geográfica

de cada una de las formas integradas en el capitalismo mundial. En otros términos,

decidió la geografía social del capitalismo: el capital, en tanto que relación social

de control del trabajo asalariado, era el eje en torno del cual se articulaban todas

las demás formas de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos. Eso lo

hacía dominante sobre todas ellas y daba carácter capitalista al conjunto de dicha

estructura de control del trabajo. Pero al mismo tiempo, dicha relación social específica

fue geográficamente concentrada en Europa, sobre todo, y socialmente

entre los europeos en todo el mundo del capitalismo. Y en esas medida y manera,

Europa y lo europeo se constituyeron en el centro del mundo capitalista.

Cuando Raúl Prebisch10 acuñó la célebre imagen de “Centro-Periferia”, para

describir la configuración mundial del capitalismo después de la Segunda Guerra

Mundial, apuntó, sabiéndolo o sin saber, al núcleo principal del carácter histórico

del patrón de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos, que formaba

parte central del nuevo patrón mundial de poder constituido a partir de

América. El capitalismo mundial fue, desde la partida, colonial/moderno y eurocentrado.

Sin relación clara con esas específicas características históricas del capitalismo,

el propio concepto de “moderno sistema-mundo” desarrollado, principalmente,

por Immanuel Wallerstein11 a partir de Prebisch y del concepto marxiano

de capitalismo mundial, no podría ser apropiada y plenamente entendido.

208

10. Ver “Commercial policy in the underdeveloped countries”, American Economic Review, Papers and Procee -

dings, vol XLIX, mayo 1959. También The Economic Development in Latin America and its Principal Problems,

ECLA, United Nations, Nueva York, 1960. De Werner Baer, “The Economics of Prebisch and ECLA”, en Econo -

mic Development and Cultural Change , vol. X, enero 1962.

11. De Immanuel Wallerstein ver, principalmente, The Modern World-System, 3 vol., Academic Press Inc., Nueva

York, 1974-1989, 3 vols. De Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein, World-Systems Analysis. Theory and Metho -

dology, vol. 1, Sage Publications, Beverly Hills, 1982.

Nuevo patrón de poder mundial y nueva intersubjetividad mundial

Ya en su condición de centro del capitalismo mundial, Europa no solamente

tenía el control del mercado mundial, sino que pudo imponer su dominio colonial

sobre todas las regiones y poblaciones del planeta, incorporándolas al “sistemamundo”

que así se constituía, y a su específico patrón de poder. Para tales regiones

y poblaciones, eso implicó un proceso de re-identificación histórica, pues

desde Europa les fueron atribuidas nuevas identidades geoculturales. De ese modo,

después de América y de Europa, fueron establecidas Africa, Asia y eventualmente

Oceanía. En la producción de esas nuevas identidades, la colonialidad del

nuevo patrón de poder fue, sin duda, una de las más activas determinaciones. Pero

las formas y el nivel de desarrollo político y cultural, más específicamente intelectual,

en cada caso, jugaron también un papel de primer plano. Sin esos factores,

la categoría Oriente no habría sido elaborada como la única con la dignidad

suficiente para ser el Otro, aunque por definición inferior, de Occidente, sin

que alguna equivalente fuera acuñada para indios o negros12. Pero esta misma

omisión pone al descubierto que esos otros factores actuaron también dentro del

patrón racista de clasificación social universal de la población mundial.

La incorporación de tan diversas y heterogéneas historias culturales a un único

mundo dominado por Europa, significó para ese mundo una configuración cultural,

intelectual, en suma intersubjetiva, equivalente a la articulación de todas las

formas de control del trabajo en torno del capital, para establecer el capitalismo

mundial. En efecto, todas las experiencias, historias, recursos y productos culturales,

terminaron también articulados en un sólo orden cultural global en torno de

la hegemonía europea u occidental. En otros términos, como parte del nuevo patrón

de poder mundial, Europa también concentró bajo su hegemonía el control

de todas las formas de control de la subjetividad, de la cultura, y en especial del

conocimiento, de la producción del conocimiento.

En el proceso que llevó a ese resultado, los colonizadores ejercieron diversas

operaciones que dan cuenta de las condiciones que llevaron a la configuración de

un nuevo universo de relaciones intersubjetivas de dominación entre Europa y lo

europeo y las demás regiones y poblaciones del mundo, a las cuales les estaban

siendo atribuidas, en el mismo proceso, nuevas identidades geoculturales. En primer

lugar, expropiaron a las poblaciones colonizadas -entre sus descubrimientos

culturales- aquellos que resultaban más aptos para el desarrollo del capitalismo y

en beneficio del centro europeo. En segundo lugar, reprimieron tanto como pu-

209

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

12. Sobre el proceso de producción de nuevas identidades histórico-geoculturales véase de Edmundo O’Gorman, La

invención de América, Fondo de Cultura Económica, México, 1954; José Rabasa, Inventing America, Norman,

Oklahoma University Press, 1993; Enrique Dussel, The Invention of the Americas, Continuum, Nueva York, 1995;

V.Y. Mudimbe, The Invention of Africa. Gnosis, Philosophy and the Order of Knowledge, Bloomington University

Press, Bloomington, 1988; Charles Tilly, Coercion, Capital and European States AD 990-1992, Blackwell, Cambridge,

1990; Edward Said, Orientalism,Vintage Books, Nueva York, !979; Fernando Coronil, op. cit.

Aníbal Quijano

dieron, es decir en variables medidas según los casos, las formas de producción

de conocimiento de los colonizados, sus patrones de producción de sentidos, su

universo simbólico, sus patrones de expresión y de objetivación de la subjetividad.

La represión en este campo fue conocidamente más violenta, profunda y duradera

entre los indios de América ibérica, a los que condenaron a ser una subcultura

campesina, iletrada, despojándolos de su herencia intelectual objetivada. Algo

equivalente ocurrió en Africa. Sin duda mucho menor fue la represión en el

caso de Asia, en donde por lo tanto una parte importante de la historia y de la herencia

intelectual, escrita, pudo ser preservada. Y fue eso, precisamente, lo que

dio origen a la categoría de Oriente. En tercer lugar, forzaron -también en medidas

variables en cada caso- a los colonizados a aprender parcialmente la cultura

de los dominadores en todo lo que fuera útil para la reproducción de la dominación,

sea en el campo de la actividad material, tecnológica, como de la subjetiva,

especialmente religiosa. Es este el caso de la religiosidad judeo-cristiana. Todo

ese accidentado proceso implicó a largo plazo una colonización de las perspectivas

cognitivas, de los modos de producir u otorgar sentido a los resultados de la

experiencia material o intersubjetiva, del imaginario, del universo de relaciones

intersubjetivas del mundo, de la cultura en suma13.

En fin, el éxito de Europa Occidental en convertirse en el centro del moderno

sistema-mundo, según la apta formulación de Wallerstein, desarrolló en los europeos

un rasgo común a todos los dominadores coloniales e imperiales de la historia,

el etnocentrismo. Pero en el caso europeo ese rasgo tenía un fundamento y

una justificación peculiar: la clasificación racial de la población del mundo después

de América. La asociación entre ambos fenómenos, el etnocentrismo colonial

y la clasificación racial universal, ayuda a explicar por qué los europeos fueron

llevados a sentirse no sólo superiores a todos los demás pueblos del mundo,

sino, en particular, naturalmente superiores. Esa instancia histórica se expresó en

una operación mental de fundamental importancia para todo el patrón de poder

mundial, sobre todo respecto de las relaciones intersubjetivas que le son hegemónicas

y en especial de su perspectiva de conocimiento: los europeos generaron

una nueva perspectiva temporal de la historia y re-ubicaron a los pueblos colonizados,

y a sus respectivas historias y culturas, en el pasado de una trayectoria histórica

cuya culminación era Europa14. Pero, notablemente, no en una misma línea

210

13. Acerca de esas cuestiones, ver George W. Stocking Jr ., Race, Culture and Evolution. Essays in the History of

Anthropology, The Free Press, Nueva York, 1968; Robert. C. Young: Colonial Desire. Hybridity in Theory, Culture

and Race , Routledge, Londres, 1995. De Aníbal Quijano, “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, ya citado.

También “Colonialidad del poder, cultura y conocimiento en América Latina”, en Anuario Mariateguiano, vol. IX,

no.9, Lima, 1997; y “Réflexions sur l’Interdisciplinarité, le Développement et les Relations Inter culturelles”, en En -

tre Savoirs. Interdisciplinarité en acte: enjeux, obstacles, résultats. UNESCO-ERES, París, 1992; Serge Gruzinski,

La colonisation de l’imaginaire. Sociétés indigènes et occidentalisation dans le Mexique espagnol XVI-XVIII siècle,

Gallimard, París, 1988.

14. Véase de Walter Mignolo, The Darker Side of the Renaissance. Literacy, Territoriality and Colonization, Michigan

University Press, Ann Arbor ,1995. De J.M. Blaut, The Colonizers Model of the World. Geographical Diffusio -

nism and Eurocentric History, The Guilford Press, Nueva York,1993; y de Edgardo Lander, “Colonialidad, modernidad,

postmodernidad”, Anuario Mariateguiano, vol. IX, no. 9, Lima, 1997.

de continuidad con los europeos, sino en otra categoría naturalmente diferente.

Los pueblos colonizados eran razas inferiores y -por ello- anteriores a los euro -

peos.

Con acuerdo a esa perspectiva, la modernidad y la racionalidad fueron imaginadas

como experiencias y productos exclusivamente europeos. Desde ese punto

de vista, las relaciones intersubjetivas y culturales entre Europa, es decir Europa

Occidental, y el resto del mundo, fueron codificadas en un juego entero de

nuevas categorías: Oriente-Occidente, primitivo-civilizado, mágico/mítico-científico,

irracional-racional, tradicional-moderno. En suma, Europa y no-Europa.

Incluso así, la única categoría con el debido honor de ser reconocida como el Otro

de Europa u “Occidente”, fue “Oriente”. No los “indios” de América, tampoco los

“negros” del Africa. Estos eran simplemente “primitivos”. Por debajo de esa codificación

de las relaciones entre europeo/no-europeo, raza es, sin duda, la categoría

básica15. Esa perspectiva binaria, dualista, de conocimiento, peculiar del eurocentrismo,

se impuso como mundialmente hegemónica en el mismo cauce de

la expansión del dominio colonial de Europa sobre el mundo. No sería posible

explicar de otro modo, satisfactoriamente en todo caso, la elaboración del eurocentrismo

como perspectiva hegemónica de conocimiento, de la versión eurocéntrica

de la modernidad y sus dos principales mitos fundantes: uno, la idea-imagen

de la historia de la civilización humana como una trayectoria que parte de un estado

de naturaleza y culmina en Europa. Y dos, otorgar sentido a las diferencias

entre Europa y no-Europa como diferencias de naturaleza (racial) y no de historia

del poder. Ambos mitos pueden ser reconocidos, inequívocamente, en el fundamento

del evolucionismo y del dualismo, dos de los elementos nucleares del

eurocentrismo.

La cuestión de la modernidad

No me propongo aquí entrar en una discusión detenida de la cuestión de la

modernidad y de su versión eurocéntrica. Le he dedicado antes otros estudios y

volveré sobre ella después. En particular, no prolongaré este trabajo con una discusión

acerca del debate modernidad-postmodernidad y su vasta bibliografía. Pero

es pertinente, para los fines de este trabajo, en especial de la parte siguiente,

insistir en algunas cuestiones 16.

211

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

15. Acerca de las categorías producidas durante el dominio colonial europeo del mundo, existen un buen número de

líneas de debate: “estudios de la subalternidad”, “estudios postcoloniales”, “estudios culturales”, “multiculturalismo”,

entre los actuales. También una floreciente bibliografía demasiado larga para ser aquí citada y con nombres famosos

como Guha, Spivak, Said, Bhabha, Hall, entre ellos.

16. De mis anteriores estudios, ver, principalmente, Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina, Ediciones

Sociedad y Política, Lima, 1988; “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, ya citado; y “Estado-nación, ciudadanía

y democracia: cuestiones abiertas”, en Helena González y Heidulf Schmidt, (editores), Democracia para una

nueva sociedad, Nueva Sociedad, Caracas, 1998.

Aníbal Quijano

El hecho de que los europeos occidentales imaginaran ser la culminación de

una trayectoria civilizatoria desde un estado de naturaleza, les llevó también a

pensarse como los modernos de la humanidad y de su historia, esto es, como lo

nuevo y al mismo tiempo lo más avanzado de la especie. Pero puesto que al mismo

tiempo atribuían al resto de la especie la pertenencia a una categoría, por naturaleza,

inferior y por eso anterior, esto es, el pasado en el proceso de la especie,

los europeos imaginaron también ser no solamente los portadores exclusivos de

tal modernidad, sino igualmente sus exclusivos creadores y protagonistas. Lo notable

de eso no es que los europeos se imaginaran y pensaran a sí mismos y al resto

de la especie de ese modo -eso no es un privilegio de los europeos- sino el hecho

de que fueran capaces de difundir y de establecer esa perspectiva histórica

como hegemónica dentro del nuevo universo intersubjetivo del patrón mundial de

poder.

Desde luego, la resistencia intelectual a esa perspectiva histórica no tardó en

emerger. En América Latina desde fines del siglo XIX, pero se afirmó sobre todo

durante el siglo XX y en especial después de la Segunda Guerra Mundial, en vinculación

con el debate sobre la cuestión del desarrollo-subdesarrollo. Como ese

debate fue dominado durante un buen tiempo por la denominada teoría de la modernización17,

en sus vertientes opuestas, para sostener que la modernización no

implica necesariamente la occidentalización de las sociedades y de las culturas

no-europeas, uno de los argumentos más usados fue que la modernidad es un fenómeno

de todas las culturas, no sólo de la europea u occidental.

Si el concepto de modernidad es referido, sólo o fundamentalmente, a las

ideas de novedad, de lo avanzado, de lo racional-científico, laico, secular, que son

las ideas y experiencias normalmente asociadas a ese concepto, no cabe duda de

que es necesario admitir que es un fenómeno posible en todas las culturas y en todas

las épocas históricas. Con todas sus respectivas particularidades y diferencias,

todas las llamadas altas culturas (China, India, Egipto, Grecia, Maya-Azteca, Tawantinsuyo)

anteriores al actual sistema-mundo, muestran inequívocamente las

señales de esa modernidad, incluido lo racional científico, la secularización del

pensamiento, etc. En verdad, a estas alturas de la investigación histórica sería casi

ridículo atribuir a las altas culturas no-europeas una mentalidad mítico-mágica

como rasgo definitorio, por ejemplo, en oposición a la racionalidad y a la ciencia

como características de Europa, pues aparte de los posibles o más bien conjeturados

contenidos simbólicos, las ciudades, los templos y palacios, las pirámides, o

las ciudades monumentales, sea Machu Pichu o Boro Budur, las irrigaciones, las

grandes vías de trasporte, las tecnologías metalíferas, agropecuarias, las matemáticas,

los calendarios, la escritura, la filosofía, las historias, las armas y las guerras,

dan cuenta del desarrollo científico y tecnológico en cada una de tales altas cultu-

212

17. Hay una vasta literatura en torno de ese debate. Un sumario puede ser encontrado en mi texto “El fantasma del

desarrollo en América Latina”, Revista venezolana de economía y ciencias sociales, no. 2, 2000.

ras, desde mucho antes de la formación de Europa como nueva id-entidad. Lo más

que realmente puede decirse es que, en el actual período, se ha ido más lejos en el

desarrollo científico-tecnológico y se han hecho mayores descubrimientos y realizaciones,

con el papel hegemónico de Europa y, en general, de Occidente.

Los defensores de la patente europea de la modernidad suelen apelar a la historia

cultural del antiguo mundo heleno-románico y al mundo del Mediterráneo

antes de América, para legitimar su reclamo a la exclusividad de esa patente. Lo

que es curioso de ese argumento es que escamotea, primero, el hecho de que la

parte realmente avanzada de ese mundo del Mediterráneo, antes de América, área

por área de esa modernidad, era islamo-judaica. Segundo, que fue dentro de ese

mundo que se mantuvo la herencia cultural greco-romana, las ciudades, el comercio,

la agricultura comercial, la minería, la textilería, la filosofía, la historia, cuando

la futura Europa Occidental estaba dominada por el feudalismo y su oscurantismo

cultural. Tercero que, muy probablemente, la mercantilización de la fuerza

de trabajo, la relación capital-salario, emergió, precisamente, en esa área y fue en

su desarrollo que se expandió posteriormente hacia el norte de la futura Europa.

Cuarto, que solamente a partir de la derrota del Islam y del posterior desplazamiento

de la hegemonía sobre el mercado mundial al centro-norte de la futura Europa,

gracias a América, comienza también a desplazarse el centro de la actividad

cultural a esa nueva región. Por eso, la nueva perspectiva geográfica de la historia

y de la cultura, que allí es elaborada y que se impone como mundialmente hegemónica,

implica, por supuesto, una nueva geografía del poder. La idea misma

de Occidente-Oriente es tardía y parte desde la hegemonía británica. ¿O aún hace

falta recordar que el meridiano de Greenwich atraviesa Londres y no Sevilla o

Venecia?18

En ese sentido, la pretensión eurocéntrica de ser la exclusiva productora y

protagonista de la modernidad, y de que toda modernización de poblaciones noeuropeas

es, por lo tanto, una europeización, es una pretensión etnocentrista y a

la postre provinciana. Pero, de otro lado, si se admite que el concepto de modernidad

se refiere solamente a la racionalidad, a la ciencia, a la tecnología, etc., la

cuestión que le estaríamos planteando a la experiencia histórica no sería diferente

de la propuesta por el etnocentrismo europeo, el debate consistiría apenas en la

disputa por la originalidad y la exclusividad de la propiedad del fenómeno así llamado

modernidad, y, en consecuencia, moviéndose en el mismo terreno y según

la misma perspectiva del eurocentrismo.

Hay, sin embargo, un conjunto de elementos demostrables que apuntan a un

concepto de modernidad diferente, que da cuenta de un proceso histórico específico

al actual sistema-mundo. En ese concepto no están, obviamente, ausentes sus

referencias y sus rasgos anteriores. Pero más bien en tanto y en cuanto forman

parte de un universo de relaciones sociales, materiales e intersubjetivas, cuya

213

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

18. Sobre esto las agudas observaciones de Robert J.C Young, op. cit.

Aníbal Quijano

cuestión central es la liberación humana como interés histórico de la sociedad y

también, en consecuencia, su campo central de conflicto. En los límites de este

trabajo, me restringiré solamente a adelantar, de modo breve y esquemático, algunas

proposiciones19.

En primer término, el actual patrón de poder mundial es el primero efectivamente

global de la historia conocida. En varios sentidos específicos. Uno, es el

primero donde en cada uno de los ámbitos de la existencia social están articuladas

todas las formas históricamente conocidas de control de las relaciones sociales

correspondientes, configurando en cada área una sola estructura con relaciones

sistemáticas entre sus componentes y del mismo modo en su conjunto. Dos,

es el primero donde cada una de esas estructuras de cada ámbito de existencia social,

está bajo la hegemonía de una institución producida dentro del proceso de

formación y desarrollo de este mismo patrón de poder. Así, en el control del trabajo,

de sus recursos y de sus productos, está la empresa capitalista; en el control

del sexo, de sus recursos y productos, la familia burguesa; en el control de la autoridad,

sus recursos y productos, el Estado-nación; en el control de la intersubjetividad,

el eurocentrismo20. Tres, cada una de esas instituciones existe en relaciones

de interdependencia con cada una de las otras. Por lo cual el patrón de poder

está configurado como un sistema21. Cuatro, en fin, este patrón de poder mundial

es el primero que cubre a la totalidad de la población del planeta.

En ese específico sentido, la humanidad actual en su conjunto constituye el

primer sistema-mundo global históricamente conocido, no solamente un mundo

como el que quizás fueron el chino, el hindú, el egipcio, el helénico-románico, el

maya-azteca o el tawantinsuyano. Ninguno de esos posibles mundos tuvo en común

sino un dominador colonial/imperial y, aunque así se propone desde la visión

colonial eurocéntrica, no es seguro que todos los pueblos incorporados a uno

de aquellos mundos tuvieran también en común una perspectiva básica respecto

de las relaciones entre lo humano y el resto del universo. Los dominadores coloniales

de cada uno de esos mundos, no tenían las condiciones, ni probablemente

el interés, de homogenizar las formas básicas de existencia social de todas las poblaciones

de sus dominios. En cambio, el actual, el que comenzó a formarse con

América, tiene en común tres elementos centrales que afectan la vida cotidiana de

la totalidad de la población mundial: la colonialidad del poder, el capitalismo y

el eurocentrismo. Por supuesto que este patrón de poder, ni otro alguno, puede

214

19. Un debate más detenido en “Modernidad y democracia: intereses y conflictos” (de próxima publicación en Anua -

rio Mariateguiano, vol. XII, no. 12, Lima, 2000).

20. Acerca de las proposiciones teóricas de esta concepción del poder, ver “Coloniality of power and its institutions”,

Simposio sobre Colonialidad del poder y sus ámbitos sociales, Binghamton University, Binghamton, Nueva York,

abril de 1999 (mimeo).

21. En el sentido de que las relaciones entre las partes y la totalidad no son arbitrarias y la última tiene hegemonía

sobre las partes en la orientación del movimiento del conjunto. No en el sentido sistémico, es decir en que las relaciones

de las partes entre sí y con el conjunto son lógico-funcionales. Esto no ocurre sino en las máquinas y en los

organismos. Nunca en las relaciones sociales.

implicar que la heterogeneidad histórico-estructural haya sido erradicada dentro

de sus dominios. Lo que su globalidad implica es un piso básico de prácticas sociales

comunes para todo el mundo, y una esfera intersubjetiva que existe y actúa

como esfera central de orientación valórica del conjunto. Por lo cual las instituciones

hegemónicas de cada ámbito de existencia social, son universales a la población

del mundo como modelos intersubjetivos. Así, el Estado-nación, la familia

burguesa, la empresa, la racionalidad eurocéntrica.

Por lo tanto, sea lo que sea lo que el término modernidad mienta, hoy involucra

al conjunto de la población mundial y a toda su historia de los últimos 500

años, a todos los mundos o ex-mundos articulados en el patrón global de poder,

a cada uno de sus segmentos diferenciados o diferenciables, pues se constituyó

junto con, como parte de, la redefinición o reconstitución histórica de cada uno

de ellos por su incorporación al nuevo y común patrón de poder mundial. Por lo

tanto, también como articulación de muchas racionalidades. En otros términos,

puesto que se trata de una historia nueva y diferente, con experiencias específicas,

las cuestiones que esta historia permite y obliga a abrir no pueden ser indagadas,

mucho menos contestadas, con el concepto eurocéntrico de modernidad.

Por lo mismo, decir que es un fenómeno puramente europeo o que ocurre en todas

las culturas, tendría hoy un imposible sentido. Se trata de algo nuevo y diferente,

específico de este patrón de poder mundial. Si hay que preservar el nombre,

debe tratarse, de todos modos, de otra modernidad.

La cuestión central que nos interesa aquí es la siguiente: ¿qué es lo realmente

nuevo respecto de la modernidad? ¿No solamente lo que desarrolla y redefine

experiencias, tendencias y procesos de otros mundos, sino lo que fue producido

en la historia propia del actual patrón de poder mundial?

Dussel ha propuesto la categoría de transmodernidad como alternativa a la

pretensión eurocéntrica de que Europa es la productora original de la modernidad22.

Según esa propuesta, la constitución del Ego individual diferenciado es lo

nuevo que ocurre con América y es la marca de la modernidad, pero tiene lugar

no sólo en Europa sino en todo el mundo que se configura a partir de América.

Dussel da en el blanco al recusar uno de los mitos predilectos del eurocentrismo.

Pero no es seguro que el ego individual diferenciado sea un fenómeno exclusivamente

perteneciente al período iniciado con América.

H a y, por supuesto, una relación umbilical entre los procesos históricos que se

generan a partir de América y los cambios de la subjetividad o, mejor dicho, de la

intersubjetividad de todos los pueblos que se van integrando en el nuevo patrón de

poder mundial. Yesos cambios llevan a la constitución de una nueva subjetividad,

no sólo individual, sino colectiva, de una nueva intersubjetividad. Ese es, por lo

215

Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina

22. Enrique Dussel, The Invention of the Americas. Eclipse of the Other and the Myth of Modernity, Continuum,

Nueva York, 1995.

Aníbal Quijano

tanto, un fenómeno nuevo que ingresa a la historia con América y en ese sentido

hace parte de la modernidad. Pero cualesquiera que fuesen, esos cambios no se

constituyen desde la subjetividad individual, ni colectiva, del mundo preexistente,

vuelta sobre sí misma, o, para repetir la vieja imagen, esos cambios no nacen como

Minerva de la cabeza de Zeus, sino que son la expresión subjetiva o intersubjetiva

de lo que las gentes del mundo están haciendo en ese momento.

Desde esa perspectiva, es necesario admitir que América y sus consecuencias

inmediatas en el mercado mundial y en la formación de un nuevo patrón de poder

mundial, son un cambio histórico verdaderamente enorme y que no afecta solamente

a Europa sino al conjunto del mundo. No se trata de cambios dentro del

mundo conocido, que no alteran sino algunos de sus rasgos. Se trata del cambio

del mundo como tal. Este es, sin duda, el elemento fundante de la nueva subjetividad:

la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que desencadena el

proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo y sobre la historia.

La percepción del cambio lleva a la idea del futuro, puesto que es el único

territorio del tiempo donde pueden ocurrir los cambios. El futuro es un territorio

temporal abierto. El tiempo puede ser nuevo, pues no es solamente la extensión

del pasado. Y, de esa manera, la historia puede ser percibida ya no sólo como algo

que ocurre, sea como algo natural o producido por decisiones divinas o misteriosas

como el destino, sino como algo que puede ser producido por la acción de

las gentes, por sus cálculos, sus intenciones, sus decisiones, por lo tanto como algo

que puede ser proyectado, y, en consecuencia, tener sentido23.

Con América se inicia, pues, un entero universo de nuevas relaciones materiales

e intersubjetivas
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