¿QUÉ es el pensamiento lateral?




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¿QUÉ ES EL PENSAMIENTO LATERAL?

por Adrián Paenza

A uno le presentan un problema que no contiene la información suficiente para poder descubrir la solución. Para avanzar, se requiere de un diálogo entre quien lo plantea y quien lo quiere resolver. En consecuencia, una parte importante del proceso es hacer preguntas. Las tres respuestas posibles son: sí, no o irrelevante.

Cuando una línea de preguntas se agota, se necesita avanzar desde otro lugar, desde una dirección completamente distinta. Y aquí es cuando el pensamiento lateral hace su presentación. Para algunas personas, es frustrante que un problema “admita” o “tolere” la construcción de diferentes respuestas que “superen” el acertijo. Sin embargo, los expertos dicen que un buen problema de pensamiento lateral es aquel cuya respuesta es la que tiene más sentido, la más apta y la más satisfactoria.

Es más: cuando uno finalmente accede a la respuesta, lo que se pregunta es: “¡¿cómo no se me ocurrió?!”. *

Quiero plantear ahora un ejemplo muy interesante. No sé si es el mejor que conozco, pero sí el que generó y genera muchísimas controversias.

Aquí va: recuerde que no hay trampas, no hay cosas escondidas, todo está a la vista. Algo más: si no conoce el ejemplo, permítame una sugerencia. Trate de pensarlo solo porque vale la pena, en particular, porque demuestra que lo que usted cree sobre usted mismo a lo mejor no es tan cierto. O, en todo caso, es incompleto.

Antonio, padre de Roberto, un niño de 8 años, sale manejando desde su casa en la Capital Federal y se dirige rumbo a Mar del Plata. Roberto, va con él. En el camino se produce un terrible accidente. Un camión, que venía de frente, se sale de su sector de la autopista y embiste de frente al auto de Antonio.

El impacto mata instantáneamente a Antonio, pero Roberto sigue con vida. Una ambulancia de la municipalidad de Dolores llega casi de inmediato, advertida por quienes fueron ocasionales testigos, y el niño es trasladado al hospital.

No bien llega, los médicos de guardia comienzan a tratar al nene con mucha dedicación pero, luego de charlar entre ellos y estabilizarle las condiciones vitales, deciden que no pueden resolver el problema de Roberto. Necesitan consultar. Además, advierten el riesgo de trasladar al niño y, por eso, deciden dejarlo internado allí, en Dolores.

Luego de las consultas pertinentes, se comunican con el Hospital de Niños de la Capital Federal y finalmente conversan con una eminencia en el tema a quien ponen en autos de lo ocurrido. Como todos concuerdan que lo mejor es dejarlo a Roberto en Dolores, la eminencia decide viajar directamente desde Buenos Aires hacia allá. Y lo hace.

Los médicos del lugar le presentan el caso y esperan ansiosos su opinión. Finalmente, uno de ellos es el primero en hablar: “¿Está usted en condiciones de tratar al nene?”, pregunta con un hilo de voz. Y obtiene la siguiente respuesta: “¡Cómo no lo voy a tratar si es mi hijo!”.

Bien, hasta aquí, la historia. Está en usted el tratar de pensar una manera de que tenga sentido. Como no compartimos la habitación, o donde sea que usted esté, le insisto en que no hay trampas, no hay nada oculto. Y antes de que lea la solución, quiero agregar algunos datos:

a) Antonio no es el padrastro.

b) Antonio no es cura.

Ahora sí, lo dejo a usted y su imaginación. Eso sí, le sugiero que lea otra vez la descripción del problema y, créame, es muy, muy sencillo.

Solución

Lo notable de este problema es lo sencillo de la respuesta. Peor aún: no bien la lea, si es que usted no pudo resolverlo, se va a dar la cabeza contra la pared pensando, ¿cómo puede ser posible que no se me hubiera ocurrido?

La solución o, mejor dicho, una potencial solución, es que la eminencia de la que se habla, sea la madre.

Este punto es clave en toda la discusión del problema. Como se advierte (si quiere vuelva y relea todo), nunca se hace mención al sexo de la eminencia. En ninguna parte. Pero nosotros tenemos tan internalizado que las eminencias tienen que ser hombres que no podemos pensarla mujer.

Y esto va mucho más allá de que puestos ante la disyuntiva explícita de decidir si una eminencia puede o no puede ser una mujer, creo que ninguno de nosotros dudaría en aceptar la posibilidad tanto en una mujer como en un hombre. Sin embargo, en este caso, falla. No siempre se obtiene esa respuesta. Más aún: hay muchas mujeres que no pueden resolver el problema y cuando conocen la solución se sienten atrapadas por la misma conducta machista que condenan.

En fin, creo que es un ejercicio muy interesante para testear nuestras propias complicaciones y laberintos internos.

* Es muy vasta la bibliografía sobre Pensamiento Lateral. Con todo, es Edward de Bono, un psicólogo de origen maltés, también médico y escritor, quien se adjudica el haber “acuñado” ese nombre. El propio De Bono escribió un libro El Pensamiento Lateral, publicado por Editorial Paidós. También se puede encontrar mucho material en Internet. Algunos de los sitios más relevantes son:

1) http://www.edwdebono.com/debono/lateral.htm

2) http://es.wikipedia.org/wiki/Pensamiento_lateral

3) http://en.wikipedia.org/wiki/Lateral_thinking

4) http://eluzions.com/Puzzles/Lateral/
http://www.elgeniomaligno.eu/numero3/materia_revolucion_androcentrismo_martinez.html

Un aposento para el fantasma: el androcentrismo en Medicina
Emilia Martínez Morante | Descargar PDF
Mrs. Alving: I almost think we are all ghosts, all of us, Pastor Manders. It isn’t just what we have inherited from the father and mother that walks in us. It is all kinds of dead ideas and all sorts of old and obsolete beliefs. They are not alive in us; but they remain with us none the less, and we can never rid ourselves of them. I only have to take a newspaper and read it, and I see ghosts between the lines. They lie as thick as grains of sand. And we’re all so horribly afraid of the light.
Henrik Ibsen. Ghost, 1881

Ghost es la historia de Mrs. Alving que, siguiendo el consejo del pastor Manders, vive con un marido violento simulando ser feliz y preservando la imagen respetable que la sociedad mantiene de él. El pasaje anterior marca un momento crucial para la protagonista. Mirando atrás, advierte que su vida nunca le ha pertenecido porque ha seguido un camino trazado por viejos y patriarcales fantasmas. Mediante la voz de este personaje femenino, Henrik Ibsen [1] denuncia que habitamos a la sombra de fantasmas ideológicos heredados del pasado. De los que es imposible librarse si tememos a la luz. Estrenada en Berlín la obra fue prohibida el día de su estreno; también fue prohibida en Noruega, durante quince años, al considerarla revolucionaria.
Seguimos a la sombra de fantasmas. La historia puede interpretarse como una especie de morada donde residen sucesivos cuerpos, vivos y espectrales. Desde la Antigüedad Clásica al siglo XXI, la Medicina se ha erigido como una disciplina con autoridad en los asuntos corporales, y de ahí su poder. En su recorrido, ha elaborado visiones sobre el cuerpo de las mujeres y de los hombres. Es un caso palpable sobre cómo la visión del cuerpo humano se construye y se transforma sumando las expectativas dominantes de cada época, y de cómo la sombra del androcentrismo se aposenta en los saberes.

Como actividad cultural que es la ciencia, hay una imbricación inseparable entre ésta y las humanidades. Al leer textos científico-médicos he ido descubriendo versiones sobre los saberes muy partidarias, y he sentido cierto mareo al pretender conocer la verdad acerca de un hecho y descubrir la fantasía androcéntrica que lo rodeaba. De ahí que piense que incluso los saberes médicos se desenvuelven entre lo ficticio y lo verdadero, y que no hay fronteras entre nuestro mundo y el de nuestros fantasmas.

La idea de este ensayo nace tras leer el artículo Men, Women, and Ghosts in Science [2], escrito por un célebre genetista británico, donde se nombra la existencia del «fantasma de la igualdad» para la ciencia. Ahora yo defenderé la presencia de un fantasma bastante más nocivo para la ciencia: «el fantasma del androcentrismo».
El «fantasma de la igualdad»

El artículo mencionado trata sobre el porqué no hay más mujeres en los altos cargos de la carrera científica. Como explicación, defiende la existencia de un fastidioso fantasma en la ciencia que no deja ver con claridad los factores implicados: «el fantasma de la igualdad». Este fantasma distorsiona una verdad científica referida a que, efectivamente, hay una diferencia sexual entre mujeres y hombres por nuestra biología y genética, y no una discriminación sexual.

El discurso, que presume ser neutro en valores, se inserta en una reciente polémica sobre la capacidad o no de las mujeres para prosperar en la ciencia. El escaparate de este debate online ha sido la revista Nature [3]. Peter Lawrence, su autor, es partidario de la «Hipótesis de Summers», donde es la falta de aptitudes intrínsecas y no la discriminación la causa de que las mujeres tengan menor éxito que sus compañeros en la carrera científica. Además, acuña una idea de masculinidad caracterizada por mayor agresividad, autoconfianza y autismo, atributos naturales necesarios para la actividad científica, según Lawrence. Su discurso es ejemplo de como en la comunidad internacional existe una peligrosa tendencia a pensar que las mujeres aún tienen que demostrar su capacidad para ejercer en el mundo científico; justo cuando se reclaman criterios de paridad. Se trata de un pensamiento arraigado y divulgado por personas muy galardonadas y en puestos relevantes en la comunidad científica [4].

Resulta un texto curioso. De forma elocuente, se inspira para la metáfora del «el fantasma de la igualdad» en la obra Ghost. Si Ibsen fue un abanderado del feminismo, ¿por qué Lawrence lo invoca para relanzar la «Hipótesis de Summers»? En sus propias palabras:

Unos cien años atrás, Ibsen ilumina los secretos de la vida contemporánea y se logran los derechos para las mujeres. Pero hasta hoy, la campaña feminista por la igualdad ha ayudado a dar forma a la creencia de que, por término medio, hombres y mujeres tienen exactamente las mismas aptitudes. Es tiempo de exorcizar este fantasma particular, y si lo hacemos, se ayudará a que los miembros menos agresivos de la sociedad, la mayoría mujeres, adquieran posiciones de poder [5].
Según el fragmento, interpreto que Lawrence cita a Ibsen no sólo para embellecer su texto sino para revelar con exactitud el “fantasma particular” al que teme y para el cual solicita exorcismo, el feminismo.

Desde mi punto de vista, el feminismo no es un espíritu obstaculizador para la ciencia; al contrario contribuye a hacer mejor ciencia (Keller, 1985; Harding, 1996). Los discursos científicos no son casuales ni todo el conocimiento es igualmente válido. La ciencia tiene el poder de decir y el poder de decir cuál es la verdad; y en este juego de poderes las mujeres han sido históricamente excluidas (Fee, 1979; Harding, 1996; Jagoe, 1998; Medina, 1999; Sánchez, 1999; Miqueo, 2001; Puleo, 2000; Ortiz, 2006). Pienso que la recuperación de una consciencia histórica en la ciencia es una de las vías de búsqueda de la verdad y puede ayudar a averiguar quién es el auténtico fantasma para la ciencia ¿el feminismo o el androcentrismo? Para ello, la historiadora Joan Scott (1990) propone estudiar el aparato simbólico y los conceptos normativos con los que la medicina y la ciencia crean, definen y legitiman como dicotómicas las categorías varón y mujer; de ahí la importancia de seguir el hilo que teje el pensamiento sobre la diferencia sexual.
El «fantasma del androcentrismo»

La sombra de Aristóteles ha planeado sobre toda la historia de la Filosofía y habrá que mirar a nuestro alrededor para ver si aún continúa proyectada sobre nosotras.

María Luisa Femenías. Cómo leer a Aristóteles, 1994.

Para describir al fantasma del androcentrismo y mostrar su existencia efectuaré un recorrido particular por la construcción histórica del pensamiento sobre la diferencia sexual, a través de textos científico-médicos, producidos y divulgados en distintos periodos.

El lenguaje científico es retórico y bastante simbólico [6]. El androcentrismo suele aparecer en los procedimientos metafóricos del texto, a través del uso, en concreto, de metáforas sexuales. El pensamiento sobre la diferencia sexual va unido a las concepciones que sobre el cuerpo humano ha ido acumulando la ciencia. Gracias a las aportaciones historiográficas, sabemos que ha habido dos formas históricas de entender el cuerpo humano: el modelo unisexual o isomórfico y el modelo de dos sexos o dimórfico (Schiebinger, 1989; Laqueur, 1994; Ortiz, 2002). El modelo isomórfico se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVII y el dimórfico desde ahí hasta la actualidad ¿Cómo se produce esta metamorfosis? Curiosamente, parece que el dimorfismo se radicaliza en paralelo al movimiento de emancipación de las mujeres (Fee, 1979; Jagoe, 1998; Puleo, 2000; Ortiz, 2006).

Cada época histórica ha aportado sus matices al modelo de cuerpo humano, y lo que entendemos hoy es un reflejo de todos ellos. El mundo del sexo único pervivió a lo largo de dos mil años, aproximadamente. Aristóteles, Galeno y todo el escolasticismo medieval compartieron una concepción isomórfica del cuerpo humano, divulgando metáforas sobre la imperfección y la pasividad femenina. Si bien Aristóteles y Galeno iniciaron esta tradición, la escolástica medieval la interpretó aplicando el prisma de la religión, en su versión judeocristiana.

El concepto de cuerpo antiguo poseía una impronta política. Ser hombre o mujer significaba tener un rango social, no ser orgánicamente de uno u otro sexo. El cuerpo era sólo uno, en versión más o menos perfecta según el grado de calor [7]. Claro que la versión más perfecta y activa era el hombre y la más imperfecta y pasiva la mujer. El patrón del cuerpo humano era el masculino y la descripción de la mujer se hacía subrayando sus carencias. El cuerpo de la mujer era accidental por no completar su cocción e inverso al tener los mismos órganos que los varones pero en lugares equivocados. Por ejemplo, tenemos el caso de la vagina traducida como un pene sin aflorar, al igual que los “ojos del topo” (Laqueur, 1994; Ortiz, 2002; Puleo, 2000; Rouselle, 1997; Schiebinger, 2004) (Imagen 1).

Con ello, el isomorfismo no promovió la diferencia pero sí la desigualdad al instalar en segundo plano las facetas femeninas ¿Por qué? La historiografía feminista considera que situar al hombre como modelo de perfección fue una fórmula usada para afirmar el patriarcado y el poder masculino [8] (Laqueur, 1994; Puleo, 2000; Schiebinger, 2004).

En el medievo, con la concepción cristiana imperante en Europa, ser mujer podía significar ser un cuerpo imperfecto pero también un cuerpo peligroso por su facultad de elegir el mal. Este largo período me parece interesante porque intuyo que podría haber cambiado la forma de entender el cuerpo y la ciencia. Resulta que, durante siglos, convivieron diversas teorías sobre la diferencia sexual [9] pero a finales del s. XIII se produce el llamado “triunfo de la revolución aristotélica”. Tal evento va de la mano del auge escolástico y se traduce en que la teoría sobre la diferencia sexual más misógina, la de la polaridad, arrasa. El conocimiento aristotélico y los escritos galénicos se instauran como autoridad en las universidades medievales; siendo compatible con la supuesta voluntad divina. Así se sembró el pensamiento de las oposiciones binarias, hombre-activo-superior y mujer-pasiva-inferior, como marco para la investigación del cuerpo humano. De paso se barrían los saberes de las mujeres, ya no legitimados [10], y otras teorías no basadas en la polaridad (Imagen 2).
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