La lección de la odisea 62




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LA LECCIÓN DE LA ODISEA


Sin embargo, en el interior mismo del sistema, se encuentra lo contrario, sobre todo en la Odisea, cuando Ulises, al fin de su viaje al arribar a la boca de los Infiernos, en el límite del mundo, más allá del Océano, hace venir a los muertos. Entonces, un “severo temor” se apodera de él cuando ve subir la masa de sombras. Ellas no tienen rostro ni voz, y en lugar de hablar claramente, emanan una suerte de murmullo horroroso, inaudible. Y a Ulises le viene la idea de que también él podría convertirse en una sombra inconsistente. Para un ser que vive a la luz del sol, la amenaza que pesa sobre él es sumergirse de golpe en la noche, hundirse en la ceguera, no ver más, ni ser visto, no tener más rostro, ni poder hablar, ni ser nada ni nadie.
Después aparece Aquiles, bebe la sangre del cordero que le permite, por un breve instante, volver a ser consciente y hablar con Ulises. Ulises es lo contrario de Aquiles. Aquiles es el hombre de la vida corta y de la muerte gloriosa; Ulises es el hombre del retorno junto a los suyos, de una vida larga con su mujer, de la fidelidad a sí mismo, a Ítaca, a Penélope, a su propia vida. Ulises ve a Aquiles en el reino de las sombras y le dice: “Tú que eres el más grande de los héroes, tú a quien todo el mundo admira, tú que eras como un sol entre nosotros, en la luz de la vida, ahora que estás ahí, debes ser como un rey en medio de las sombras”. Aquiles le responde que preferiría ser el último de los esclavos de un campesino, desdichado en el estiércol, pero vivo, antes que ser Aquiles muerto. Hay, pues, un contrapunto: mostrar que incluso la muerte del héroe es una cosa terrible y que, justamente, es preciso encontrar la manera de salir de ella.
El episodio de las sirenas no es menos significativo. Ulises navega por el camino de retorno y Circe, con quien él ha vivido feliz, le aconseja prestar atención porque, cuando su nave roce el islote de las sirenas, si se deja seducir, será su fin. No debe escucharlas. Astuto, Ulises pone cera en los oídos de sus marineros y, como quiere escuchar a las sirenas, que son como musas, que cantan con voz maravillosa, son pájaros en la parte de abajo de sus cuerpos y mujeres por lo alto, se hace atar al mástil. Frente a la isla de las sirenas, el navío no avanza, la calma reina súbitamente, los marineros permanecen con sus remos y las sirenas cantan. Es un canto irresistible, canto de seducción femenina y canto de saber a la vez. Ellas se dirigen a Ulises, que las escucha:
“Ulises, tú, tan célebre, tan alabado, has venido. Vamos a decirte todo. Tú serás muy sabio, tú sabrás la verdad si nos escuchas”. Ulises intenta desatarse, pero había dado la consigna a sus marineros de que apretaran sus lazos si él se sacudía, lo que ellos hacen para inmovilizarlo. Luego, toman los remos y parten. Pero ¿qué le han revelado a Ulises las sirenas? Le hacen entender, cantando, lo que Mnemosyfle, Memoria, le revela al aedo: lo que es, lo que ha sido y lo que será, todo el curso del tiempo de los humanos que se despliega, con las hazañas de los héroes; y ellas, sin duda, van a revelar a Ulises quién es él mismo, sus aventuras, sus conductas heroicas, su viaje, en cierto modo, su destino. Él habría querido continuar escuchando ese canto, pero todos aquellos que han cedido a esta seducción, a esta tentación de un saber que no le está permitido al hombre, han quedado alrededor de la isla, sobre la ribera, sobre los prados en flor Sin embargo, sus cadáveres y su carne en descomposición SOfl el alimento de los pájaros. Porque las sirenas, al revelar al marino que todavía está vivo y que pasa delante de ellas los secretos que quiere conocer, le predicen una muerte ignominiOSas opuesta a la bella muerte. La “bella muerte” tiene un opuesto, el “ultraje al cadáver”, es decir, el trato que se le inflige a los enemigos muertos para que no se vuelvan memorables, para dejar que se pudran. Es así como Aquiles quiere ultrajar a Héctor cuando lo arrastra con su carro y se encarniZa con su cadáver para que no acceda a la bella muerte, y es también eso lo que hacen las sirenas.
En la Ilíada, el viejo Príamo, guiado por Hermes, le reclama a Aquiles el cuerpo de su hijo Héctor, que ha sido ultrajado y debería encontrarSe en un estado deplorable. Aquiles es el enemigo de Héctor, lo detesta, no porque es troyano (no hay nación, tampoco chovinismo, griegos y troyanos se comprenden muy bien, hablan la misma lengua, tienen las mismas reacciones, y los troyanos están descritos por el poeta con la misma simpatía), sino porque ha matado a Patroclo, que era para él como un hermano. Héctor ha elegido la muerte heroica; él mismo lo dice al comienzo del enfrentamiento; cuando comprende que Aquiles es más fueri que él, se pregunta si podría tratar de transformar esta situación en una especie de intercambio galante, de hablar con Aquiles y plantearle que le devolverán a Helena. Pero no, se dice a sí mismo que debe combatir para que los “hombres del futuro” sepan quién es. Es la muerte heroica. Aquiles quiere impedir que acceda a esa muerte privándolo de los funerales, mutilando su cadáver para que no se parezca a nada, que no sea más que un montón de carne. Naturalmente, los dioses se mantienen en vela; Afrodita y Hermes afirman claramente a Príamo que procuraron que el ultraje no tenga éxito. Por lo tanto, el cadáver de Héctor está allí y Aquiles está a punto de celebrar un banquete. Una escena maravillosa muestra la estupefacción de Aquiles cuando ve entrar al viejo Príamo; después se establece una especie de juego donde no se sabe bien quién es quién y donde, finalmente, Aquiles piensa en sí mismo, en su padre, y una especie de emoción se apodera de él. ¿Habrá una muerte heroica? ¿Habrá una suerte de engrandecimiento del personaje de Héctor o Aquiles terminará destruyéndolo? Al mismo tiempo, el héroe, que daba pruebas frente a Agamenón de una altivez tal, de un espíritu de superioridad tal, va a experimentar algo parecido al retorno a una especie de humanidad más simple y más común, a la idea de su padre. Todo un juego se establece entre lo humano y lo heroico.
De hecho, en ese sistema de la muerte heroica reside al mismo tiempo la idea de que la muerte es un umbral infranqueable, detrás del cual se encuentra un mundo de horror, de anonimato, un magma donde cada uno se pierde. Aquiles no entiende la fama que brinda la muerte heroica cuando está en el reino de sombras; no más orejas, no más ojos. Si Ulises se hubiera dejado llevar y, estando vivo, hubiera escuchado lo que las sirenas cantaban sobre él en la muerte, se habría convertido en un cadáver en descomposición. Por evitar ese obstáculo, Ulises se ha convertido, cuando retorna a su hogar, en el héroe de la fidelidad, de la rememoración, del recuerdo: el héroe de la fidelidad a sí mismo, de la curiosidad del mundo y del retorno junto a los suyos.

La inmortalidad, el kleos áphthiton que confiere la muerte heroica, no atraviesa las fronteras del Hades: Aquiles es conocido entre los vivos, pero en el reino de los muertos deja de existir. Entretanto, en esta muerte heróica y detrás de esta especie de idealidad de la muerte que los griegos han intentado precisar —así como han precisado una suerte de idealidad del espacio y del número en sus matemáticas—, encontramos también la afirmación de que la vida merece ser vivida si le damos un sentido y que ese sentido no está en el exterior, en un lejano más allá; los dioses están ahí, en el mundo, pero ese mundo es inaccesible, existe una frontera. Existe, por cierto, un culto heroico, pero la vida y la muerte de quienes han estado vivos son, fundamentalmente, un asunto sólo de los vivientes y nos compete como sus herederos. Ésa es la continuidad en la civilización del canto de los poetas, de la gloria de Aquiles y de Ulises; aquí se ve cuál es la apuesta de la muerte heroica, y no se trata, como tendemos a pensar y esperar, del ingreso a otro mundo, a un más allá, de la recompensa de una suerte de paraíso donde seremos todavía nosotros mismos, pero bajo la forma de una individualidad sin vínculo con lo que éramos antes, seres vivientes.
EL IDEAL ARISTOCRÁTICO EN LA DEMOCRACIA
El ideal de la muerte heroica se sostendrá mediante el conocimiento de los textos homéricos a través de toda la Antigüedad. Se sabe de manera casi cierta que, en la biblioteca de Alejandría, los manuscritos de la Ilíada y de la Odisea eran más importantes que todo el resto. Platón, que pensaba que era preciso expulsar a los poetas de la ciudad después de haberlos coronado, explica bien cómo a los ojos de los griegos el texto de Homero contiene todo el saber. No sólo los valores heroicos, sino también la manera de labrar, de navegar, cómo un carpintero construye un barco, etc. El texto nunca cae en el olvido.
Hay otros valores, por cierto, pero la ciudad, según mi opinión, e incluso la ciudad democrática, permanece enraizada en los valores aristocráticos. En el problema de los orígenes de la ciudad se encuentra la idea sorprendente de que un grupo humano no puede ser dirigido por un único personaje. Si consideramos la mayoría de las antiguas civilizaciones orientales, encontraremos sociedades muy jerarquizadas, con un soberano que representa la autoridad y que sirve, al mismo tiempo, de intermediario entre los dioses y los hombres. Su poder funda el orden social. Entre los griegos —esto se percibe todavía en Hesíodo—, constatamos que en un momento dado la comunidad considera que no debe haber poder soberano, que el poder, el kratos, debe estar depositado en el centro de la comunidad y que cada uno de sus miembros debe tener la posibilidad de decidir asuntos comunes. Una idea completamente loca! ¿De dónde proviene? En el dominio privado, cada uno ejerce un poder en cierto modo real. El jefe de la casa es como un rey para sus hijos, sus esclavos y su esposa; pero, para que él sea igual a los demás en la comunidad cívica, es preciso encontrar modelos de instituciones que permitan que el poder sea completamente despersonalizado y que circule de unos a otros, que se lo ejerza y obedezca de manera sucesiva y que todo esté regulado por un debate público en el centro de la ciudad.
Evidentemente, si observamos la Ilíada, eso es lo que sucede:
este ejército no tiene un único rey, como en el mundo micénico. El término técnico para designar al rey es basiléus; ahora bien, esta palabra admite un comparativo, uno es más basiléus que otro, basiléuteros, y un superlativo, basiléutatos, el mayor de los reyes; esto quiere decir que no hay un solo rey, sino reyes, y que el ejército griego es una coalición de reyes que se sienten basiléis y que tienen gente que ha ido con ellos. Si uno de ellos quiere irse, como Aquiles, puede hacerlo. Él es dueño de sí. Y cuando hay un problema importante, como en la primera asamblea —o en otros casos a lo largo de la Ilíada—, el ejército traza un círculo, es decir que delimita un espacio central que es colectivo e impersonal. En este espacio central, todos los reyes que lo deseen, todos los áristoi, todos los buenos —no Tersites, por ejemplo, que ha sido expulsado—, tienen el mismo derecho a ir, a tener en su mano el skept ron, que en ese momertto no es solamente el símbolo de un poder real particular sino que se convierte en el signo de un derecho igual a la palabra. Quien quiera hablar avanza hacia el centro para dar su opinión al grupo. Eso manifiesta la idea de una comunidad guerrera de personas que, sin querer someterse a la autoridad incontrolable de un soberano, sino en libertad, buscan constituir una comunidad con un espacio libre, en el centro, donde cada uno dirá lo que quiera decir. Ese rechazo proviene de la idea de que se es un hombre, aner, sólo si se es libre de la sumisión a una autoridad soberana. Eso es lo que será democratizado y concernirá no sólo a los jefes de guerra, a la aristocracia guerreras a los eupátridaS sino en definitiva a todos los atenienses, a todos los ciudadanos de Atenas, campesinos o gente de la ciudad. El conjunto del cuerpo cívico va a encarnar esos ideales de no dominación por otro, lo que llevará, sobre todo después de las Guerras Médicas, al hecho de que los griegos tenderán a definirSe como griegos en oposición a los que llaman “bárbaros”: los que no son totalmente hombres, por más inteligentes que sean, o muy sabios, incluso más sabios que ellos, o muy religiosoS incluso más religiosos que ellos, como los egipcioS en la medida en que aceptan ser dominados por un soberano. Ellos, los griegos no lo aceptan. Este ideal aristocrático, modificado en el curso de los sigloS permanece vivo aún hoy.


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