La lección de la odisea 62




descargar 476.68 Kb.
títuloLa lección de la odisea 62
página17/17
fecha de publicación09.03.2016
tamaño476.68 Kb.
tipoLección
b.se-todo.com > Historia > Lección
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17

ATRAVESAR UN PUENTE*



CRUZAR UN PUENTE, traspasar un río, atravesar una frontera, es abandonar el espacio íntimo y familiar donde uno está en su sitio para penetrar en un horizonte diferente, un espacio extranjero, desconocido, donde se corre el riego, al confrontarse con el otro, de descubrirse sin lugar propio, sin identidad.
Polaridad, pues, del espacio humano hecho de un interior y de un exterior. Ese interior tranquilizador, cercado, estable, y ese exterior inquietante, abierto, inestable, fueron expresados por los griegos bajo la forma de una pareja de divinidades unidas y opuestas: Hestia y Hermes. Hestia es la diosa del hogar, en el corazón de la casa. Ella hace del espacio doméstico que enraíza en lo más profundo un interior, fijo, delimitado, inmóvil, un centro que le asegura al grupo familiar un ámbito espacial y, a la vez, le confiere permanencia en el tiempo, singularidad en la superficie del suelo, seguridad frente a lo exterior. Mientras que Hestia es sedentaria, encerrada entre los humanos y las riquezas que res- guarda, Hermes es nómada, vagabundo, siempre listo para recorrer el mundo; él va de un lugar a otro sin detenerse, burlándose de las fronteras, de los cercos, de las puertas, que franquea por juego, a su voluntad. Maestro de los cambios, de los contactos, al acecho de lbs encuentros, es el dios de los caminos, en los que guía al viajero, el dios también de las superficies sin rutas, de las tierras sin cultivo, donde conduce a los rebaños, riqueza móvil de la que él se encarga, así como Hestia vela por los tesoros ocultos en el secreto de las casas.
Este texto, solicitado para el quincuagésimo aniversario del Consejo de Europa, está inscrito, junto a otros, sobre un mojón del Puente de Europa que une Estrasburgo y Kehl.

Divinidades que se oponen, por cierto, pero que también son indisociables. Un componente de Hestia pertenece a Hermes, una parte de Hermes remite a Hestia. Es sobre el altar de la diosa, en el hogar de las vivendas privadas y de los edificios públicos, donde, según el rito, son acogidos, alimentados y albergados los extranjeros que vienen de lejos, huéspedes y embajadores. Para que haya verdaderamente un interior, es preciso que éste se abra hacia el exterior para recibirlo en su seno. Y cada ser humano debe asumir su parte de Hestia y su parte de Hermes. Para ser uno mismo, es preciso proyectarse hacia lo que es extranjero, prolongarse en y por él. Permanecer encerrado en su identidad es perderse y dejar de ser. Uno se conoce, se construye por el contacto, el intercambio, el comercio con el otro. Entre las riberas de lo mismo y de lo otro, el hombre es un puente.

INTERVENCIONES DE JEAN-PIERRE VERNANT DURANTE LA MESA REDONDA
DEL 17 DE MAYO DE 1997 ORGANIZADA POR EL DIARIO LIBÉRATION
PALABRAS LIMINARES: Especialista en la Grecia antigua, al no ser un historiador de formación sino un filósofo, mi presencia aquí parece más desubicada que la de mi colega Agulhon. Sin embargo, desde el día en que me orienté hacia una antropología histórica del mundo antiguo, me enfrenté a textos, a descripciones, a documentos y a imágenes cuya interpretación no plantea problemas muy diferentes a los que encuentra cualquier historiadoL
Si hoy experimento alguna duda, es por otras razones. Ellas son esencialmente de dos órdenes. Asistí a esta reunión a pedido de Raymond Aubrac; por consiguiente, a título puramente personal. Pensé que sucedía lo mismo con cada uno de nosotros. Pero me parece que los historiadores formaban, frente a los esposos Aubrac, un cuerpo cuya misión consistía, en su espíritu, en plantear a esos dos resistentes, en nombre de la historia, interrogantes que parecían causarles problema. Uno se encuentra así, desde el comienzo, en una situación que considero no sólo desagradable, sino incorrecta y falsa. Ciertamente, los Aubrac no se han enfrentado a ningún tribunal, ni han sido convocados por un jurado, una comisión de investigación, ni han sido sometidos a un interrogatorio, pero el carácter programado de las preguntas da a nuestra reunión el aspecto de una prueba de verdad a la que ellos deben someterse. Ahora bien, mi parecer sobre este punto es absolutamente claro. Si tengo preguntas para formular a los Aubrac, iré a verlos y se las plantearé cara a cara, de hombre a hombre (tanto a Lucie como a Raymond), en confianza, como sucede entre compañeros que han vivido juntos los acontecimientos cuyos recuerdos comparten. Que los historiadores que trabajan sobre sus documentos y sus expedientes encuentren allí materia de investigación es no sólo su derecho, sino también su deber. Que busquen responder a esto, no tanto dirigiéndose personalmente a los testigos, sino convocándolos delante de una corte investida del poder de decidir, en última instancia, sobre lo que realmente ha sucedido, lo que pone al testigo, lo quiera o no, en posición de tener que justificarse y rendir cuentas, es lo que no puedo admitir cuando se trata de personas que, por la experiencia que tuve con ellos, me impulsan a creer en su palabra, a admirarlas sin reservas.
A la primera divergencia, se añade una segunda. Creía que nuestro debate debía estar centrado en el libro de Gérard Chauvy, cuya publicación está en el origen de nuestra reunión de hoy. He leído esta obra, es un libro malo en todos los sentidos del término. Gravita alrededor del “Testament de Barbie”, documento esencial del cual las restantes piezas del expediente son presentadas e interpretadas para demostrar, si no su veracidad, al menos su posibilidad y, en algunos puntos, su probabilidad. Desde las primeras páginas, se nota la idea preconcebida del autor y que, como suele decirse, su posición está tomada, a pesar de algunas precauciones de lenguaje. Pero, en ningún momento, este seudotestamento, redactado por Vergés para la causa, es sometido a la reflexión o al examen crítico del historiador. Si se publica Los protocolos de los sabios de Sión sin mostrar que no se trata de un documento, sino de uno falso invento para justificar el odio hacia los judíos, no se realiza un trabajo de historiador; sólo se aporta agua al molino del antisemitismo.
Pero, si es que he comprendido bien a mis colegas y amigos historiadores, el libro de Chauvy, al que se hace poco caso, y el “Testament de Barbie”, al que nadie otorga el menor crédito, no son el objeto del debate: ¿cuál es entonces? ¿Los Aubrac?
Último punto: tuve la oportunidad, en el transcurso de un coloquio sobre la Resistencia, en Toulouse, de discutir con Daniel Cordier, a quien admiro como resistente y como historiador, sobre el valor que fue preciso otorgar a los testimonios orales o escritos de los actores frente a los documentos de los que dispone el inves tigador

Por cierto, la memoria individual es en cada uno de nosotros una incesante fabricación; ella debe confrontarse con documentos que, por ser más estables, más precisamente datados, más “oficiales”, no son por esto menos obras humanas que es necesario interpretar situándolas en su contexto. No creo que los historiadores, para comprender lo que fue la Resistencia, puedan prescindir del testimonio de los que la han vivido. Si Cordier, que en muchos aspectos es el hombre de los “documentos”, no hubiera conocido de manera personal y frecuentado a Jean Moulin en las circunstancias excepcionales de la época, si no hubiera visto, conocido desde el interior la clase de hombre que era, cómo se comportaba, su estilo de pensamiento, de sentimiento, de vida, su escala de valores, ¿se habría comportado, al intervenir como lo ha hecho, con esa fuerza de indignación y de certeza, frente a las acusaciones de las que Moulin ha sido objeto? ¿Habría efectuado esta enorme tarea de documentación si no hubiera tenido la ocasión de escuchar esta “música” particular de la que habla, y que aquellos que no la han escuchado por sí mismos, de viva voz, tienen muchas dificultades para reconocer? Y en cuanto a mí, he venido hasta aquí con la “música” de los Aubrac en mis oídos, que conservo para orientarme como un punto de apoyo ineludible.
PALABRAS CONCLUSIVAS: Mis sentimientos al concluir esta jornada son ambiguos. Desde el comienzo de la sesión —lo dije en su momento— tuve una impresión desagradable. Una gran mesa con los historiadores de un lado, quienes ya habían establecido el orden del día, la manera como los debates debían desarrollarse, y del otro lado, los Aubrac; entre los dos, por no mencionar a los periodistas de Libération que nos han acogido, Aguihon y yo. Esto no fue una corte de justicia sino que, para un universitario como yo, evocó una sala de examen o una defensa de tesis, con la distancia que separa a los miembros del jurado del candidato.
La discusión, a menudo, fue apasionante, siempre sin complacencia. Ella descartó las acusaciones de Barbie-Vergés e hizo justicia respecto de ciertos alegatos o insinuaciones de Chauvy. El objeto esencial de esta sesión debía ser, a mis ojos, dar una respuesta neta a las cuestiones que Raymond Aubrac formuló desde que tomó la palabra. Se puede resumir la sesión en dos fórmulas:
¿los Aubrac han traicionado y entregado a sus compañeros de combate? ¿Dicen ellos la verdad? Sobre esos puntos —los únicos que verdaderamente cuentan—, la respuesta al término de los debates no deja ninguna duda.
Restan dos asuntos subsidiarios que causan problema y sobre los que Raymond responde: “Yo no sé”. ¿Hay que sorprenderse de esto? La experiencia me ha enseñado que a lo largo de los acontecimientos históricos, en el comportamiento de los hombres, e incluso en lo que concierne a cada uno de nosotros, en sus motivaciones, hay preguntas que uno se formula, incluso sobre uno mismo, sin poder resolverlas, y cuya respuesta es: yo no sé.’
Para ser franco, una cosa me sorprendió a lo largo de estos debates. Me ha parecido —sin estar seguro de que esta impresión esté fundada— que en los historiadores se manifestaba cierta hostilidad hacia los Aubrac. Me he preguntado cuáles podían ser las razones de ello. Aún no estoy seguro de nada. Pero emito dos hipótesis. Los historiadores consideran que, si no la Resistencia, al menos la historia de la Resistencia es un asunto de su competencia. Ella les pertenece. Y miran con recelo a los que pretenden, fuera de ellos, mediante el relato de su experiencia personal, convertirse en cierto modo en los defensores oficiales de lo que ha sido la Resistencia. La envidia debe hacerles cosquillas, cuando se presenta la ocasión, al reubicar a los impertinentes en su lugar. Los historiadores también saben que, fuera de las grandes figuras emblemáticas que han desempeñado para la memoria social un papel ejemplar, de dimensiones casi legendarias, existen centenares y millares de hombres y de mujeres de los que no se habla y que han dado prueba de un coraje, una entrega, una abnegación comparables. Tienen razón
1 Lo que precede ha sido publicado en el cuaderno de Libé ration del 8 de julio de 1997; los parágrafos siguientes, en la edición de los días 12 y 13 de julio, bajo el título “Faut-il briser les idoles?”.

en ese punto. ¿Es preciso, sin embargo, bajo el pretexto de romper los ídolos, ceder a la tentación de provocar a los más grandes y volverlos al tamaño corriente, a la dimensión ordinaria? Los resistentes no han sido héroes. A quienes han tenido la suerte de salir vivos, esa palabra, cuando se les adjudica, les causa horror. Cuántas mujeres he conocido, de todas las edades y condiciones, sin quienes la Resistencia no hubiera sido posible. ¿Quién hablará de la firmeza de su carácter, su energía, su resolución, su modestia? Sin embargo, eso no me impide afirmar, leyenda o historia, que Lucie es un ser excepcional, incomparable a su manera, y que se debe admirar en conjunto, tal como ella es y sin reservas.

françaiSe d’histoire des sciences de l’homme, Créteil, 9 y 10 de
marzo de 1995, bajo el título “Deux inédits retrouvés dans les archi ves ‘11 doit y avoir une histoire de la volonté”, publicado en Pour


1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17

similar:

La lección de la odisea 62 iconCuestionario de evaluación sobre la odisea de la especie

La lección de la odisea 62 iconLección IV. Enunciado de un sustantivo lección V. Los géneros y los números en latín

La lección de la odisea 62 iconLección

La lección de la odisea 62 iconLeccióN: 07

La lección de la odisea 62 iconDiscipulado 26 Leccion 9

La lección de la odisea 62 iconLección inaugural

La lección de la odisea 62 iconCÉlula de discipulado lección 1

La lección de la odisea 62 iconLección de personal articulo 1

La lección de la odisea 62 iconLeccióN 1: realidad de la sordera

La lección de la odisea 62 iconCÉlula de crecimiento lección 10




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com