La lección de la odisea 62




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El acontecimiento forma un bloque


Los vínculos entre los historiadores de un período y quienes han sido testigos o actores no siempre son fáciles. Me acuerdo de un coloquio, en Toulouse, sobre la historia de la Resistencia en el suroeste. Allí se confrontaron personas que habían jugado un rol protagónico en esta historia y ciertos historiadores especializados que presentaban las conclusiones de sus investigaciones respecto de los mismos acontecimientos. En el último encuentro, algunos resistentes aludidos —y no los menos importantes—, como Ravanel, Carovis, Benech, Nil-Duplan y otros, no ocultaban su decepción y su cólera. No se reconocían en el enfoque “histórico” de esos acontecimientos sobre los que creían conservar un recuerdo intacto porque los habían vivido de manera directa. Creo haberles hecho observar que los historiadores no tienen la ambición de revivir los acontecimientos. pasados, de resucitarlos en su carne y en su sangre para que los testigos se reconozcan a sí mismos y se sientan, otra vez, conmovidos y emocionados. Esa sería, más bien, la tarea de una obra de arte, de una novela, de un poema o de una película cinematográfica. La historia se esfuerza por establecer los hechos de manera precisa y exactay de presentarlos, tan claramente como sea posible, en cuanto a su sucesión y sus condicionamientos. En la restitución o recomposición del pasado, los historiadores trabajan con la certeza de obedecer a la exigencia de verdad, de no tener otro criterio más que el de la búsqueda de lo verdadero.
Pero ¿cómo expresar, por medio de un relato o de cualquier otro procedimiento textual, “lo que realmente pasó”? El aconteci U

to histórico forma parte de un todo cuya significación no de deducirse si no se tiene en cuenta lo que los actores huma tenían en mente cuando intervenían para hacer y, al mismo o, experimentar la historia: sus objetivos, sus esperanzas,
b ilusiones, sus errores de interpretación. En ese sentido, el tes)fliO de los actores —incluso sus distorsiones y a veces gracias
esas distorsiones— aporta al historiador una dimensión que, si descarta, dificulta la aprehensión de las cosas. Llega siempre
¿ momento en que, para comprender, debe ponerse en la piel de uellos para quienes el desarrollo de los acontecimientos no ha
parte de la historia, sino de lo dramático cotidiano. No se puede aislar el acontecimiento de su contexto y de los actores que
han vivido. El acontecimiento forma un bloque.
Eso es lo que intenté explicar cuando trabajé sobre la memoria. Existen las memorias individuales de los actores y existe la memoria social: como un grupo, ya sea mediante monumentos a la memoria o conmemoraciones, filmes, tradiciones escritas u orales, se conforma una memoria de lo que lo ha precedido, en otro tiempo, el pasados lejano o próximo. Esto origina memorias diferentes. Si retomamos el ejemplo de Francia, podemos encontrar allí recuerdos sobre Juana de Arco muy diferentes entre sí. Ni todos los grupos, ni todas las corrientes de pensamiento francés, ni todas las clases sociales tienen el mismo recuerdo de Juana de Arco. Esas memorias individuales y colectivas reconstruyen el pasado. Sin embargo, creo que Meyerson tenía razón al señalar el giro que ha representado para la situación de la memoria histórica y del pasado, la escuela historicista alemana del siglo xix. Desde entonces, todo acontecimiento pasado es objeto de verdad; todo lo que se ha producido, por el sólo hecho de pertenecer a un tiempo pretérito, que ha tenido lugar, se convierte en objeto de investigación científica.
Ese estatus de verdad que los historiadores de este modo confieren al pasado se extiende incluso más allá de la historia humana. Se produce así una historia de la Tierra, una historia de los continentes, de la constitución del cosmos a partir de lo que se denominó el big bang, una historia de las especies animales antes

de la aparición del hombre. Por lo tanto, en principio tenemos, en el historiador, la voluntad de conferir al pasado como tal la consistencia de un puro objeto de análisis científico y la convicción de no tener otro objetivo más que la investigación de la verdad.
Pero ¿en qué consiste la verdad de un acontecimiento histórico? Los historiadores se interrogan y discuten sobre ese punto. A veces, ponen en duda que pueda establecerse. Pero un aspecto está garantizado: la memoria histórica, contrariamente a la memoria individual y a la memoria colectiva, se sitúa bajo el signo de la verdad.
Con respecto a esto, pienso en el trabajo de Paul Ricceur, que muestra muy bien cómo la memoria histórica está ligada a las formas de narración. Él está convencido —y en eso sigue a Bergson— de que hay dos formas de memoria. En primer lugar, lo que Bergson llamaba la memoria hábito, que está inscripta en nuestro organismo a través de un proceso repetitivo: aprendo de memoria o aprendo a hacer un movimiento. Para Bergson, esta memoria hábito brota del cuerpo, de lo orgánico, del cerebro, de la materia. Después, hay otra memoria, la del recuerdo que conservamos en su unicidad, sin repetición. El recuerdo que, contrariamente al hábito, no está fabricado por la repetición, puesto que es su unicidad lo que lo define. Es puramente espiritual. Uno encuentra eso en Ricceur cuando se refiere a la inmediatez, de la transparencia del recuerdo en la memoria individual, para decirles a los historiadores que no se benefician de esta gracia divina, de este milagro.
No creo en esta memoria inmediata y fuera del tiempo por su permanencia. ¿Dónde está? ¿En el espíritu? No está en las neuronas ni en el inconsciente, pero está allí. Bergson ve en ella la señal de que existe una dimensión espiritual de la existencia humana, y esta experiencia espiritual se comprueba en la duración, que se opone a la extensión; es en esta duración cualitativa donde residen los recuerdos. No soy neurólogo, pero sé que, en efecto, hay recuerdos que a veces afloran produciéndonos ese vivo sentimiento de inmediatez. Sin embargo, tengo tendencia a pensar que todos los recuerdos son el efecto de operaciones mentales, de una reconstitución, y que la memoria individual reconstruye sin cesar sus recuerdos. Ciertamente, la memoria colectiva los fabrica y los modifica. Y la memoria del historiador no actúa de manera diferente, aun cuando esta reconstrucción no tiene la misma finalidad, ya que está sometida a las reglas de su disciplina científica. Pienso también que existe una historia de la memoria. Al igual que muchas actividades mentales o funciones psicológicas del hombre, la memoria no es inmutable.
Hay, pues, una historia de la memoria. Pero, más allá de que ésta sea individual, social o histórica, siempre es una construcción compleja, y no una coincidencia inmediata con un pasado
Un pasado problemático
Rememoración, testimonio, documentos, archivos. ¿Cómo se articulan en el trabajo del historiador esos diversos instrumentos de reconstrucción del pasado? Aparte de los documentos escritos, cuando se trata de hechos muy recientes, el análisis dispone del testimonio de los sobrevivientes que conservan el recuerdo de lo que pasó. La tarea del historiador, navegando entre memoria oral y archivos escritos, es confrontarlos para establecer —a falta de lo verdadero, que no siempre es posible alcanzar— al menos lo probable y lo verosímil. A propósito de Vichy y de la Resistencia, el debate de los historiadores sobre esos problemas ha adquirido, en estos últimos tiempos, un tono muy apasionado. ¿Qué crédito hay que otorgar a la memoria de las personas, a los relatos de los testigos? Aun dando crédito a algunos, no pueden ser utilizados: no importa lo que digan.
En cuanto a los escritos y a los documentos oficiales, ¿se puede confiar plenamente en ellos? Por último, ¿de qué y de quién fiarse?
No me siento en condiciones de intervenir en una discusión que enfrenta, a veces de manera violenta, a los especialistas. Me concluido. contento con aportar sobre este asunto, que concierne a los años negros, algunas experiencias personales que implican, me parece, cuestiones de orden general.
Transcurría la primavera de 1944. Mayo o junio, no sabría decirlo con seguridad. Mayo me parece sin embargo más probable porque, a partir del desembarco en Normandía, después del 6 de junio, ya no se trataba de que asegurara mi puesto en el liceo Fermat de Toulouse. En esa época, todavía habitaba en la calle Auguste-Dide, pero allí vivía solo. Lida, mi mujer, su madre y Claude, nuestra pequeña hija, habían abandonado ese lugar. Las tres se alojaban en una casa aislada, en pleno campo, y, salvo yo, ninguna otra persona sabía exactamente dónde las había escondido.
Ahora bien, una mañana, en el correo, encuentro una carta sin fecha y sin lugar de expedición cuyo texto era el siguiente:
Querido señor Vernand [sic],
Vengo de Vichy, donde he tenido conocimiento con verdadera tristeza de que el señor Bonnard, luego de la comunicación de notas confidenciales de los señores Bridoux y Couissin, ha resuelto tenerlo bajo control. Como usted sin duda ya lo sabrá, esta medida debe ser publicada aquí al iniciarse las clases, en una fecha que la Administración considere oportuna de acuerdo con los miembros de la Milicia y de la Legión Francesa de Combatientes especialmente dispuestos para el control del personal docente: ¡puedan los acontecimientos precipitarse de manera de conjurar esta sanción!
De cualquier manera, le aseguro que vería con profundo dolor que hirieran al universitario tan distinguido y cortés que siempre he encontrado en usted y, a la hora de vuestra exclusión tan brutal e injustificada, le daría testimonio de toda mi estima.
Acepte, querido señor Vernand, la expresión de mis mejores sentimientos.

ATRAVESAR FRONTERAS

¿Quién me había escrito? Misterio; no logré identificar la firma. Por el contrario, la advertencia me parecía clara. Al margen de “como usted sin duda ya lo sabrá”, fórmula puramente retórica que anuncia una puesta en guardia que no tendría ningún sentido si ya estuviera al corriente (,y cómo podría haberlo estado?), quien me escribía me prevenía: no debía esperar a que la Milicia viniera a buscarme a mi domicilio a anunciarme mi exclusión, cuya novedad todavía nome había sido comunicada oficialmente, para asegurarse de que no me escabulliría de allí. Tomé mi bicicleta para ir a la ciudad, llegar hasta el liceo y dictr clase. En la entrada, en la portería, había una pared reservada para los buzones de los profesores. Abrí el mío. Allí encontré una pequeña tarjeta plegada; he aquí su texto (conservo la ortografía original):*
Señor Vernan,
No soy más que un empleado, pero debo decirle la verdad que he escuchado: no se fíe del señor Inspector general, que ha hecho un informe sobre usted, tampoco del señor Director del Lycée de

Garcons, que lo traiciona.
Reciba, señor Vernan, mis respetables saludos.

siones, no pisé más el liceo. ¡No más Vernant! Desaparecido. Sólo un tal Berthier, que sucedió a Thierry, Tixier, Jougla, Lacomme, mis seudónimos anteriores.
Por más anecdótica que sea la historia, me parece muy significativa. Hermano del general colaborador Eugéne Bridoux (1888-1955), el inspector filósofo de igual nombre me conocía bien porque había formado parte de mi tribunal de oposiciones. En esa ocasión, él se había mostrado particularmente caluroso conmigo. Pero eso no sólo no le impedía a este universitario, que

Por cierto, a partir de ese momento, como se decía entonces, me sumergí en la niebla, es decir, entré en una completa clandestinidad. Dejé de habitar en mi casa, dormí aquí o allá, según las oca-
* En el original francés hay varios errores ortográficos que se han perdido en la traducción. El texto original es:
“Monsieur Vernan,
Je ne suis qu’url employé, mais je dois vous dire la vérité, l’ayant entendu:
méfié-vous de Monsieur l’Inspecteur générale, qui a fait un rapport sur vous,
ainsi que Monsieur le Proviseure du Lycée de Garcons qui vous trahit.
Recevez, Monsiçur Veman, mes respectueuse salutations.

ocupaba un alto cargo en 1944, denunciarme en sus notas confidenciales al ministro Bonnard, hasta el final de la victoria alemana, sino también correr hasta Toulouse para informar al director de la nueva situación.
¿Qué pudo transmitirle? Que se había tomado la decisión de excluirme de la enseñanza, pero que por el momento yo no debía estar al tanto. ¡Mutis! Sin que sospechara nada, la presa debía ser cazada en su madriguera, en el momento deseado y por quien correspondiera. Ese celo diligente, en la cumbre del Estado, de altos personajes, del que no se sabe si es preciso imputarlo a su espíritu de sumisión, a su cobardía o a un fanatismo compartido, estaba contrarrestado por personas comunes, por simples individuos que actuaban por iniciativa propia, sin ninguna obligación, porque seguían siendo, bajo Vichy y al margen de la ocupación, seres humanos.

El cepo donde debía caer no había funcionado. Dos personas, sin título, sin grado, dos cartas, como dos botellas en el mar, fueron suficientes. Dos personas que no me conocían íntimamente, puesto que la primera escribió mi nombre con una d, y la segunda sin t.

Si no hubieran existido, en muchos casos, esas pequeñas piedritas imprevistas que bloqueaban la marcha de la aplanadora represiva de los nazis y de Vichy, lanzadas aquí y allá por simples personas —alguien o todo el mundo—, pienso que nosotros, los re-

sistentes, estaríamos todos muertos.
Pero, eii esa primavera de 1944, no estaba preparado para dejarme llevar por esa clase de reflexiones ni para interrogarme sobre el enigma del autor de la primera carta. Por otra parte, una vez terminada la guerra, cuando en 1946 volví a asumir un cargo de profesor de filosofía, y fui nombrado en el liceo Jacques-Decour de París, no me pregunté en qué había quedado esta historia de exclusión que, entre tanto, no había tenido el menor eco. Si esta exclusión hubiera sido efectiva en 1944, habría sido preciso reincorporarme en 1946. Ahora bien, el único documento que recibí

fue una nota del inspector general de filosofía Bridoux, siempre en funciones y fiel al puesto, avisándome que, en razón de mis

ildades profesionales y del excepcional coraje cívico que siempre había demostrado, era promovido y subía de golpe muchos malones en el curso de mi carrera de docente.
Consideré que la farsa era un poco burda y siniestra. Pero entonces debía ocuparme de otros asuntos y no tenía ganas, para actuar de justicieros de vestir el horrible hábito de denunciante. Lo dejé pasar. Fue mucho más tarde, sólo algunos años después, cuando encontré las dos cartas mientras revisaba viejos papeles. Por qué las había conservado, no lo sé. Lo que es seguro, en todo caso, es que aquí están. Y que plantean una serie de cuestiones que competen a la investigación histórica.
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