La lección de la odisea 62




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El documento en cuestión


Existen dos testimonios históricos que vuelven a barajarse, un testigo viviente que es al mismo tiempo quien interroga y que tiene la ventaja de no tener que buscar al culpable, sino que sólo debe establecer y comprender los hechos tal como sucedieron. Nada más simple en apariencia, pero no lo he logrado aún. Las dificultades y, finalmente, el fracaso me llevaron a reflexionar sobre los infortunios y los deberes de la memoria histórica.
La reunión de Borinard y los inspectores ciertamente tuvo lugar y debía referirse, además de a mí, a otros docentes, condenados como yo, y por análogas razones, a la execración. Y la decisión de exclusión, aun cuando no pudo efectivizarse, ha debido dejar un rastro en algún lugar de los archivos del Ministerio o en la academia de Toulouse. Por eso, me dispuse a buscar esos documentos con los medios adecuados, vale decir, interrogando a los historiadores, quienes, por su oficio, deben meter la nariz en los papeles administrativos de Vichy.
Nada. Ni una línea. El ministro convoca a sus inspectores generales, que acuden al llamado; se enfurece y decide excluir de la enseñanza a algunos profesores. Los inspectores van a los diversos liceos para comunicar la noticia a los directores. Pero, más allá

de is cartas, no hay ningún texto, ni la menor palabra en los documento oficiales
¿Qué deducir de todo esto? Supuse, en primer lugar, que antes de abandonar Francia en los furgones del ejército alemán en retirada Bonnard su entorno habían pasado la ñoche preparando la mudanza en el Ministerio y que habían destruido in extremis los papeles demasiado comprometedores. Pero uno de mis colegas de Hautes Études,. Marc-Oljvier Baruch, me sugirió otra explicación, más plausible en su opinión. Que el asunto haya sucedido en mayo o en junio poco importa. Durante ese período, todos los cuadros del Ministerio de Educación —personal académico, empleados ministeriales, administrativos, consejeros e incluso miembros del gabinete— se convencieron de que no era el momento de hacer escándalos y de complicar las cosas. El ministro Puede estallar como un loco furioso y vociferar sus excomufl Ones Se le permite decirlas, se lo escucha, pero el aparato burocrático no se pone en marcha, , por lo tanto, no se redacta la orden de exclusión Se lo analizará bien, hay tiempo hasta el próximo coflj0 de clases. No se lo toca. Y se deja a la Milicia y a la Legión France de Combatientes la tarea de decidir las modalidades y la fecha de la ejecución.
Pero, si no fue necesario destruir los documentos que ratificaban esta decisión, ya que jamás existieron, cómo fue entonces mi exclusión ¿real o irreal? O bien, ¿de una y otra forma a la vez? A la opacidad de este pequeño acontecimiento responden, en esta nueva Perspectiva, la ambivalencia de los comportamientos y la de las personas. El Ministerio de Educación, como iflStibción del Estado, no conadijo a su ministro ni puso obstáculos a SU decisión. Se escabulló. Se apresuró en no hacer nada. Confiar °n la Milicia dejando el asunto en sus manos, aun cuando constj. una amenaza directa contra mí, era también una manera de no inmiscuirse y de darme una oportunidad para que me fuera al POSponer un poco el plazo.
El inspector Bridoux, cuando se encierra en el despacho del director del liceo Fermat para transmitirle una decisión todavía

secreta, juega más quizá a Poncio Pilatos que a un ángel exterminador, lavándose las manos en una situación difícil. Vernant ha sido excluido, pero es preciso ver cómo se desarrollan los acontecimientos; no hay que decirle nada, eso no nos compete, estamos fuera del golpe.
Una conclusión engañosa parece imponerse entonces: en este estado de la investigación, no es posible decidir sobre este asunto; hay, al menos, dos interpretaciones para deducir de la existencia de mis dos cartas y de la ausencia de todo documento oficial. Al margen de esta incertidumbre, algo es seguro según mi opinión. Aun cuando no desembocó en instrucciones escritas, la decisión de excluirme fue tomada. La noticia circuló entre el ministro, el inspector Bridoux y el director del liceo.
Ya que en los archivos de Vichy no había nada que confirmase ese hecho, pensé que quizá tendría más suerte en mi expediente administrativo personal. Allí se encuentran reunidos todos los documentos oficiales que jalonan la carrera de un docente, desde el comienzo hasta su jubilación. Solicité entonces la consulta de ese expediente. Allí no encontré nada de lo que buscaba, pero lo que no buscaba me reservó tales sorpresas que la confianza demasiado ingenua que otorgaba a los documentos como tales se quebró.
Abro mi expediente, muy voluminoso, y constato, estupefacto, que ha sido confeccionado con documentos que no me competen, sino que conciernen a mi hermano Jacques, a quien han confundido conmigo como si fuéramos un único individuo.
En 1935, mi hermano había resultado primero en el concurso de la cátedra de filosofía. Dos años más tarde, yo también fui admitido primero en el mismo concurso. A partir de ese momento, nuestros caminos divergieron. En 1937, partí al ejército y permanecí allí hasta mi desmovilización en agosto de 1940. Mi hermano, luego de un año de servicio militar, fue designado por tres años becario de la fundación Thiers. Convocado para el servicio militar en 1939, fue desmovilizado al mismo tiempo que yo, en Narbona, en el mes de agosto de 1940. Lo nombraron profesor en Clermont-Ferrand, mientras que yo fui nombrado profesor en Toulouse.

Pero la confusión entre los dos Vernant no se detiene allí. En la parte de mi expediente que se refiere, en realidad, a mi hermano figura una ficha añadida por los Servicios de Información* referida al llamado Vernant. Esta ficha había sido pedida por el rectorado o por la prefectura de Clermont en las circunstancias siguientes: durante las vacaciones de Navidad de 1940, mi hermano y Elena, su mujer, se fueron a París sin autorización para resolver ciertos asuntos. Al regresar, fueron arrestados en la línea de frontera y detenidos durante largo tiempo, por lo que no pudieron reintegrarse a Clermont en la fecha precisa de reanudación de sus cursos, a comienzos de enero. Por lo tanto, el liceo de Clermont estuvo una semana entera sin tener noticias de uno de sus profesores de filosofía.
Jacques era colega en esa época de Pierre Boutang. Cuando mi hermano regresó, uno de sus alumnos se encontró con él a la salida de su curso, para ponerlo sobre aviso. En plena clase, delante de sus alumnos, Boutang había vituperado contra la tolerancia de las autoridades, que permitían que cualquiera, como el profesor de al lado, pudiera ir a París a recibir las consignas de Londres o de Moscú, en lugar de cumplir con sus obligaciones como docente. De hecho, Jacques, que le había explicado las razones de su ausencia a su director, fue convocado a la prefectura. Tuvo allí la suerte de encontrarse con un antiguo compañero del barrio latino, al que había conocido en 1930 en una organización de estudiantes de izquierda, la LAURS (Ligue d’action universitaire républicaine et socialiste). Este amigo, que cumplía funciones junto al prefecto de Clermont, le confirmó que su ausencia había provocado una carta de protesta, pero que ella no habría tenido más consecuencias. Tuvo una, según parece, muy pequeña en relación con las demás:
esta ficha que los Servicios de Información de París expidieron a Clermont evidentemente a pedido de un departamento académico o de la prefectura de la ciudad, ficha que se encuentra hoy en mi expediente, por error, puesto que concierne a mi hermano.
* En francés, Renseignements Généraux. Se trata del servicio de inteligencia y de información que depende de la Policía francesa. [N. del T.]

¿Qué hay en esta ficha? Un retrato intelectual y político del señor Vernant. Calificado como un brillante egresado de la École normale (totalmente falso: ni mi hermano ni yo hemos sido alumnos de la École normale, ni siquiera aspirantes a ella), se lo presenta como un militante comunista convencido y activo. Ahora bien mi hermano, aunque anclado en la izquierda, jamás ha sido comunista ni militante político. La ficha menciona también la edición y publicación de periódicos. Sobre ese punto, me pregunto si un tercer Vernant, mi tío Pierre, no ha venido a mezclarse con sus dos sobrinos en la cabeza del policía. Mi abuelo Adolphe había fundado en Provins, a fines del siglo xix, un diario “republicano”, Le Briard. A la muerte de Adolphe, mi padre Jean asumió la dirección hasta su muerte en el frente, en 1915, como sargento de infantería. Luego de la guerra, Le Briard pasó a otras manos. Pero, a fines de los años treinta, mi tío Pierre, hermano menor de Jean, retomó la dirección del diario, y es en Le Briard donde mi hermano, en el momento de la firma del pacto germano-soviético, publicó un artículo para denunciarlo vigorosamente. Fuera de ese texto, jamás ejerció actividad periodística alguna, ni yo tampoco.
Pero es al final de la ficha donde se aclara mi mente: “Casado con una joven rusa”. Así termina, en una conclusión que cae como el filo de la guillotina, el informe policial concerniente a Vernant. Ahora bien, no es mi hermano sino yo quien se ha casado con una joven de origen ruso (nacida en Riazan), de familia judía no religiosa y que, en el momento en que la ficha fue redactada, era de nacionalidad francesa. Todo se aclara. Cuando Clermont se dirige a París para saber quién es ese tal Vernant, profesor de filosofía en el liceo, ausente durante ocho días al inicio del segundo trimestre, los Servicios de Información se apresuran a enviarle la única ficha de la que disponen que existe con ese nombre y que concierne al joven Vernant, estudiante comunista, abiertamente militante en el barrio latino, es decir, yo mismo.
Esta nota felizmente permaneció sin consecuencias para mi hermano. Sin consecuencias o casi. A finales del año escolar 1940- 1941, mi hermano solicitó ser transferido a África del Norte invo cando la mala salud de su mujer, quien no toleraba el invierno riguroso de Clermont, pero este pedido fue denegado según consta en otra nota administrativa que subrayaba que no ofrecía las garantías políticas requeridas. Y esta nueva nota, basada en la confusión entre mi hermano y yo creada por los Servicios de Información, vino a caer finalmente en mi propio expediente por una nueva confusión entre los dos Vernant. Es preciso creer que una gracia providencial quiso que, en los documentos administrativos, los errores se anularan al duplicarse. Pero, para separar lo verdadero de lo falso en ese fárrago de textos oficiales, fue necesario que haya sido yo mismo el testigo viviente de hechos que se supone que brinda por escrito el acta más exacta y objetiva.

Me viene a la memoria otra historia, más dramática pero también ridícula y que conduce a reflexiones análogas sobre “lo que realmente pasó” en esos tiempos lejanos de la Resistencia.
La mañana del 19 de octubre de 1943, por una casualidad desafortunada, la policía de Vichy consiguió armar una emboscada donde el estado mayor del Ejército Secreto había establecido su base. Tan pronto se abrió la puerta, uno a uno fueron arrestados:
dos jóvenes mujeres, Jeanne Modigliani y Hélne, su secretaria, y tres hombres, Rossi, Boigey y Victor Leduc, los tres miembros de la dirección militar de la Resistencia para la región llamada R4 (los nueve departamentos del suroeste). Los documentos secuestrados en ese lugar no dejaban ninguna duda sobre las formas de organización del Ejército Secreto, su rol, sus objetivos, ni tampoco sobre las responsabilidades que en ese asunto asumía cada uno de los sospechosos. Victor Leduc había llegado último. Al ingresar, tuvo la sensación de que algo no andaba bien. Cuando dio media vuelta para descender de nuevo por la escalera, los policías lo tumbaron al suelo. Peleó tan violentamente para liberarse que sus agresores debieron molerlo a golpes con una silla. Fue trasladado al hospital La Grave por una herida en la cabeza, y aprovechó esto para simular, durante los interrogatorios, una amnesia completa:
j no se acordaba de nada, ni de su nombre, ni de su domicilio, ni de su profesión, ni de qué hacía allí donde lo habían atrapado.
Leduc, cuyo verdadero nombre es Nechtscheifl, era profesor de filosofía. Expulsado de su cargo por las leyes raciales de Vichy, había llegado a Toulouse para organizar conmigo la Resistencia armada. Se puede decir que él trabajaba a tiempo completo, sin otra actividad que las tareas clandestinas. En el momento en que fue arrestado dingía la acción directa a nivel regional1 donde daba pruebas, por una hábil combinación de prudencia y de audacia, de una gran eficacia.
Leduc disponía de lo que se llamaba, vaya uno a saber por qué, un auténtico documento de identidad falso o un falso documento de identidad auténtico. El documento correspondía a una persona real, viva, cuyo nombre, lugar y fecha de nacimiento eran exactos. Todo eso era verdad, salvo la foto y el titular del documento. Yo creo que Leduc había pedido prestado a su cuñado, Grandgirard, una identidad impecable que la policía no pusiera en duda. Sin aguardar1 algunos días después del arresto, intentamos un golpe comando en el hospital para liberar a Leduc. Fue un fracaso.
Rivier (Rousselier), jefe regional de R4 para el Ejército Secreto, que había tenido como yo la suerte de sortear la trampa, le hizo saber al prefecto regional, CheneauX de Leyritz, que si entregaba a los alemanes el expediente del Ejército Secreto y los responsables arrestados, sería condenado a muerte por Londres y ejecutado por nuestro encargo. De hecho, al margen de la complicidd que la Gestapo se había asegurado junto a ciertos elementos de la policía tolosana, no trascendió nada acerca de este caso, que permaneció estrictamente en manos de las autoridades de Vichy.
Rossi, Boigey y Leduc —cuando estuvo en condiciones de abandonar el hospital— fueron encarcelados en principio en la central de Eysse, y luego en la ciudadela de Sisteron. Como medida de seguridad, Vichy había transformado Sisteron en un campo atrincherado:
1.200 gendarmes montaban guardia allí, la zona había sido declarada prohibida1 y no se podía entrar y circular por ella sin un per miso especial. ¿Cómo rescatar a nuestros camaradas y lograr que retomaran su puesto donde resultaran necesarios? Un golpe comando era imposible. Pero en Toulouse disponíamos de una fuente policial muy activa que llamábamos, en broma, la “banda de los corsos”: Simoni, Danesi, Poggioli. Con el apoyo de la red Ajax, de la que ellos formaban parte, se puso en marcha un proyecto, descabellado a primera vista, pero que con la práctica resultó maravillosamente eficaz: actuar cori sutileza, muy sutilmente, para liberar a los prisioneros con toda legalidad sin que Vichy notara nada.
Para liberar a un prisionero, si es que el ministro del Interior tenía alguna razón particular para hacerlo, enviaba al prefecto del departamento donde estaba localizada la prisión un telegrama oficial que ordenaba la liberación inmediata. La red Ajax disponía de muchos ejemplares auténticos de ese telegrama: bastaba con llenarlos y escribir en ellos los nombres deseados.
Es verdad que el prefecto debía asegurarse de que no hubiera ningún error. La confirmación debía llegarle bajo la forma de un texto impreso reglamentario del que no disponíamos, pero que el imprentero Lion, de la calle del Rempart-Saint-Étienne en Toulouse, tuvo el placer de crear para nosotros en forma idéntica. Una vez que obtuvimos las dos piezas —telegrama oficial y confirmación reglamentaria—, debimos usarlas de tal manera que la apariencia de verdad fuera respetada de un extremo al otro de la maniobra. Eso no era muy fácil. Era preciso que el telegrama fuera depositado en la prefectura, en el momento y el día precisos, la víspera del domingo, un sábado por la tarde, con el último correo, lo suficientemente temprano para que la orden de liberación fuera transmitida al director de la prisión y lo suficientemente tarde para impedir una conversación telefónica con Vichy.
Disfrazado de cartero, J. Arhex,5 que estaba estrechamente vinculado con Leduc y que se había trasladado a Digne, donde

Rivier había ido a buscarlo, se encargó de la operación. Lo hizo de tal manera que el telegrama fue puesto en la propia mano del prefecto. Enseguida, marchó a Sisteron para prevenir a los prisioneros, utilizando, con su consentimiento, el automóvil de un médico de Digne que poseía un salvoconducto para la zona prohibida. Al mismo tiempo, Simoni se dirigió a Vichy, desde donde envió el impreso de la confirmación, fechada el mismo día que el telegrama.
El domingo, los prisioneros estaban libres y huían hacia el campo. El lunes a la mañana, el prefecto fue puesto al tanto de todo: todo estaba en regla, no había y no podía haber posibilidad de evasión de la ciudadela de Sisteron.
El golpe había tenido tanto éxito que fue repetido en muchas ocasiones. Para Jeanne y Héléne, en primer lugar, y después para otros resistentes, que, en algunos casos, sólo comprendieron lo que les había sucedido después del rescate.
Los tres fugados de Sisteron abandonaron la región de Toulouse y se sumergieron en otro lugar para continuar el trabajo clandestino. Rossi fue arrestado por los alemanes en Marsella y luego fusilado. Boigey y Leduc se escaparon.


Una vez terminada la guerra, Leduc, luego de muchas tribulaciones que él mismo contó en un libro autobiográfico,6 perdió su trabajo permanente en el Partido Comunista y retomó su puesto como docente. Es en ese momento, muchos años después de Sisteron, que decide reconocer oficialmente su condición de resistente, de prisionero fugitivo; jamás se había preocupado antes por eso, a pesar de los beneficios que tal condición podía representar. Dirige, pues, un pedido a las autoridades competentes. La respuesta de la administración no se hizo esperar. El rechazo fue tajante: él no se había escapado, él había sido liberado por una decisión especial del ministro del Interior; su caso exigía más bien, si no un comité de depuración, al menos una comisión de investigación. Prevenido por Leduc, creí que si escribía una simple carta confirmando que él había sido liberado por orden de la Resistencia, bastaría. No había nada que hacer. Los archivos estaban ahí, formales, con el telegrama ministerial y la carta oficial de confirmación.
Los documentos eran irrefutables. A los ojos de la administración, entre ellos y el acontecimiento no había ninguna diferencia. El hecho se ajustaba a los documentos, o mejor, sólo a uno, puesto que esa acción —la liberación— era la consecuencia inmediata del documento: la orden de liberación. La autenticidad del documento entrañaba la realidad de una liberación acordada por el favor ministerial. Para convencer a las autoridades, era preciso movilizar la memoria de todos aquellos que habían jugado un papel destacado en la operación.
Puesto por escrito, hasta en los menores detalles (juna verdadera novela!), su testimonio extrae su fuerza de convicción de donde surge el nudo del asunto: toda la operación consistía en poner a punto, sin falla, los medios para fabricar una auténtica decisión de Vichy, de la que ninguna persona, más allá de los mismos actores, pudiera sospechar su validez.
El telegrama no era falso. No podía serlo sin que se corriera el riesgo de que se descubriera su carácter fraudulento. Era auténfico y permanecía como tal. Pero es preciso saber por experiencia propia, por haberlos vivido en persona, cómo se desarrollaron esos acontecimientos para conocer el secreto de ese documento, verlo como lo que es: auténtico y falso al mismo tiempo, auténticamente falso.
Si se considera el documento en sí mismo como un hecho bruto, decisivo, miente. Cuando se lo interroga sobre lo que oculta, es decir, sobre la manera como disimula, detrás de su lisa apariencia, la serie de actos humanos tendenciosos que lo han construido, fabricado para realizar un proyecto, es entonces y sólo entonces cuando arroja un poco de luz sobre un momento de la historia de la Resistencia.

EL CASO AUBRAC
Hablemos ahora de la notoriedad que ha alcanzado el denominado “caso Aubrac”. Se puede hablar, por cierto, de caso en razón del lugar que ese hecho ha ocupado durante semanas en la prensa y en los medios, y también por la violencia de las reacciones que ha suscitado, por las fallas que ha puesto de manifiesto tanto en los historiadores como en la opinión pública, en lo que concierne a la pareja Aubrac, el arresto de Jean Moulin y la historia de la Resistencia en general.
Como punto de partida, un libro ruin, mal escrito y dañino. El autor, el periodista Gérard Chauvy,7 pretendía aprovecharse de la celebridad que le había valido a Lucie Aubrac el éxito del filme que llevaba su nombre para lanzar una primicia editorial al publicar los resultados de una supuesta nueva investigación tendiente a arruinar la “leyenda” de esa pareja de grandes resistentes. Para poner en duda su integridad, llegando incluso a sugerir que tal vez tenían algo que ver con el arresto de Jean Moulin, Chauvy se basaba en un supuesto “testamento de Barbie”, documento que el jefe de la Gestapo lionesa habría sido incapaz de escribir, pero que su abogado, Jacques Vergés, tomando la pluma por él, había redactado con prolijidad para comprometer a Raymond Aubrac. Vergés había aprovechado la ocasión que le1ofrecía el proceso mediatizado de su cliente gestapista para escupir su veneno, y, así como después de la batalla uno arroja una última bomba detrás de sí, satisfacer a través de ese seudotestamento su odio visceral contra los Aubrac y contra todo lo que ellos representaban.
Los Aubrac habían acusado a la obra de Chauvy de difamación. Pero, sin esperar los resultados de un proceso que, finalmente, les fue enteramente favorable y que refutó punto por punto las acusaciones, deseaban ser públicamente desagraviados por un colegio de historiadores reconocidos como especialistas en los años cuarenta. El diario Libération se encargó de coordinar la

operación. El 17 de mayo de 1997, organizó en su sede una mesa redonda que reunía, durante toda la jornada, en torno de los Aubrac —o mejor dicho, frente a los Aubrac—, a ocho historiadores,8 algunos de los cuales conocían la Resistencia por haber participado de ella y otros, más jóvenes, por haberla convertido en su objeto de estudio privilegiado. El 9 de julio, Libération publicó, en una edición especial bajo el título “Les Aubrac et les historiens. Le debat”, un abultado fascículo de 24 páginas que presentaban extractos de esta larga sesión de intercambios y discusiones.
La conclusión firmada por Serge July en la última página pretendía remarcar la importancia del acontecimiento y deducir su significación. Para separar lo verdadero de lo falso en la embrollada madeja de los acontecimientos de 1943, el público dispondría, a partir de ese momento, de un nuevo libro de Método. Tenía en sus manos, como lo anunciaba el título de esta conclusión, “La leçon d’histoire”. El caso Aubrac estaba de moda.
No faltaba mucho tiempo para que esa bella pompa de celebración de virtudes de la ciencia histórica se dislocara. Dos días más tarde, en Le Monde del 12 de julio, se lanzó el primer proyectil. En una tribuna libre —“Les historiens et les Aubrac: une question de trop”—, el historiador Antoine Prost intenta expresar públicamente su desacuerdo y su indignación. Su desacuerdo: para él, el “debate” entre los Aubrac y los historiadores se parecía más a un golpe mediático que a una investigación histórica. La empresa, por las condiciones mismas en que la mesa redonda había sido organizada, no podía dejar de descarrilar; y las patinadas que se habían producido en su marcha no dependían del azar: ellos, desde el comienzo, en cierta medida estaban inmersos en la lógica del dispositivo. De hecho, si por la mañana ciertos puntos que presentaban problemas habían podido ser elucidados gracias a un trabajo de investigación común entre historiadores y testigos, la sesión del mediodía se desvirtuó muy rápidamente hacia un ajuste de cuentas aborrecible, durante el cual los “historiadores”, o algunos de ellos, se comportaron como jueces, autorizados a decidir de manera soberana sobre lo verdadero y lo falso, y donde los testigos fueron tratados como sospechosos, por no decir inculpados, y fueron sometidos a responder a acusaciones enteramente gratuitas ya que carecían de la menor prueba. Un solo ejemplo que esgrime Antoine Prost, y cuyo carácter manifiestamente escandaloso justifica su indignación: la imputación hecha a Lucie Aubrac de ser la responsable del arresto, la deportación y la muerte de sus suegros.
Aquí y ahora, subraya Prost, en esta sala del diario, “se ha franqueado la línea amarilla”. La línea que delimita el espacio que el historiador debe ocupar y en el que debe mantenerse si quiere que su voz resuene como la del investigador desinteresado que busca determinar “lo que realmente pasó”. Cuando se ha borrado esa frontera, que en su ejercicio define la condición de historiador, no hay más historia ni historiadores en tanto tales, sino sólo seres particulares con sus pasiones ordinarias. El debate queda ahora en el nivel de una controversia periodística y deja de considerarse científico.
Una segunda descarga, lanzada algunos días más tarde, echa por tierra lo que restaba del edificio. Un grupo de once historiadores 9 —toda una generación de historiadores que trabajaba sobre el presente— publicó el 25 de julio en Libération, bajo el título “Déplorable leçon d’histoire”, un texto que recusaba la validez del debate afirmando que esa mesa redonda era “todo lo contrario a una lección de historia”. La única enseñanza que podía extraerse era que, a través de todos sus defectos, se veía más claramente lo que no debía hacerse para pensar, hablar o comportarse como historiador.


En lo que a mí concierne, había asistido a esa mesa redonda a pedido de los Aubrac. Como especialista en la Grecia antigua, mi presencia junto a historiadores del mundo contemporáneo podía parecer fuera de lugar. Pero, más allá de la vieja amistad que nos unía —conocía a Lucie Aubrac desde principios de los años treinta—, mi participación estaba justificada por el hecho de que antes de convertirme en helenista, en mi juventud, había vivido intensamente la Resistencia junto a los Aubrac.
Al principio me había sorprendido de la manera en que el debate estaba organizado y, algunas horas más tarde, estaba un poco escandalizado —pero no tanto, me parece hoy— por el rumbo que había tomado. Pero, en ese momento, no comprendí las razones de ese derrape ni la naturaleza de los interrogatorios que habían orientado desgraciadamente la discusión. Me había contentado, en la introducción y más tarde en la conclusión, con formular mi sorpresa y mis reservas.10
Por supuesto, me había alegrado por las críticas y desaprobaciones que se formularon públicamente. Pero, por mi parte, el 21 de julio recibí una carta de un hombre que admiraba y que, por sus cualidades intelectuales, el rigor de su proceder y sus cualidades morales, representaba para mí el modelo del historiador. Su carta me golpeó, en la medida en que jamás había mantenido correspondencia con él:
Lo que me ha chocado, como a tantos otros —me escribía Édouard Will—,11 es que los historiadores se hayan convertido en inquisidores frente a sobrevivientes de una época que ellos han convertido en su fondo de comercio, negándoles a esos sobrevivientes el derecho al error, a la pérdida de memoria (yo lo experimento en mí mismo con respecto a esa misma época), incluso eventualmente al silencio voluntario, que puede disimular otra cosa que
la traición.
Sus indicaciones sobre los historiadores, “cuerpos misioneros” de la Verdad, “guardianes de un campo de investigación” (de pesquisa) que se reservan, donde se creen investidos de un magisterio que transforman en magistratura, etc., sobrepasan por otra parte el presente caso. Observo esta tendencia en otros ejemplos de la historia del presente e incluso de tiempos más lejanos.
¿Qué pensar hoy de este caso? O, para retomar la expresión utilizada por Édouard Will en otro pasaje de su carta, ¿qué lección extraer de “esta penosa publicación”? Yo tendería a decir que no se está cuestionando a los Aubrac. En ese tema todo resulta claro. En cuanto a los dos puntos esenciales que se relacionan con ellos, el acuerdo fue unánime. Raymond no es en nada responsable del arresto de Jean Moulin; para liberar a su marido y a otros resistentes que estaban en prisión, Lucie organizó el ataque al furgón alemán que los transportaba y participó personalmente en ese golpe comando audaz y coronado con el éxito.
Entonces, ¿de qué se trata? De historia precisamente y, en particular, de la historia de acontecimientos todavía próximos, todavía calientes, podría decirse. Sobre ese punto, de manera contraria a la interpretación que más frecuentemente se ha hecho, reconozco con agrado que no se trata de un conflicto de método entre los que valorarían el testimonio de los actores, con sus recuerdos personales, y los que tendrían en cuenta exclusivamente documentos escritos. Exceptuando algunos matices —incluso a veces muy marcados—, los historiadores del presente están de acuerdo en general en pensar que, si existen testigos vivos, es necesario escucharlos. Todo el problema consiste en saber en qué condiciones y de qué forma escucharlos para que sus testimonios constituyan una fuente válida de información histórica.
El caso Aubrac se presenta en este sentido como un verdadero contraejemplO. Jugó el rol de un revelador. Al disponer, en un careo espectacular, y bajo los ojos del público, a los historiadores de i lado, y a los Aubrac —los testigos— del otro, la puesta en escena conducía a cada uno de los protagonistas a desempeñar su papel,4 a representar un personaje, a mostrar lo mejor en su parte. Los; historiadores, en su proclamada exigencia de verdad, pretendían ser más expertos sobre los asuntos debatidos que quienes habían estado directamente implicados en ellos. Cuando un abogado Pleitea en un tribunal, cuando un profesor toma la palabra en la defensa de una tesis, saben bien que, frente al inculpado, al candi- dato, a sus colegas, al público, deben dar prueba de su competencia excepcional, de su superioridad en el dominio del saber. De la misma manera, en el curso del debate periodístico, los protagonis- tas no podían escapar a la tentación de aparecer allí de la mejor 1 forma y de mostrarse como los mejores en esa situación donde la rivalidad, entre ellos y con los Aubrac, los obligaba a llevar siempre más allá la lógica del cuestionamiento, de la puesta en duda, de la sospecha
Aun así es preciso notar la existencia, en el marco judicial o universitario, de reglas profesionales que frenan los eventuales desbordes de agresividad. El único freno, en el curso del debate de Libérat ion se vinculaba con las promesas de amistad r de admiración que fueron prodigadas de manera generosa a la pareja Aubrac; pero lo que se descubriría con estupor, hacia el mediodía, es que ellas se asociaban con otros sentimientos, más fuertes, que en realidad enmascaraban un fondo muy poderoso de hostilidad, descorijjanza y celos.
lina extraña lección de historia
En la vida social, el historiador no está en ninguna parte. Él tiene un lugar prescrito en la red de instituciones que condicionan el ejercicio de su profesión. Existe, pues, un lugar desde donde habla cuando se expresa en calidad de historiador. Cuando deja ese lugar, tiene el derecho, como cada uno de nosotros, de expresar sus simpatías y sus antipatías, de proclamar sus amores y sus odios. Pero, en el silencio de su escritorio y de sus bibliotecas, en los seminarios que anima, en los archivos que examina o en los coloquios y congresos científicos de los que participa, debe comportarse de otra manera y mantenerse imperativamente al margen de lo que señalan sus preferencias o aborrecimientos personales.
No es fácil. Incluso cuando se trata de épocas tan lejanas como la Grecia antigua, la mirada del historiador, sus preguntas sobre el pasado son siempre las de un hombre del presente, con su cultura, su manera de pensar y de sentir, su escala de valores. Si los especialistas en la Antigüedad, desde hace un cuarto de siglo, han tendido a focalizar mucho más sus investigaciones sobre ciertos aspectos de la vida de las ciudades olvidados previamente —uno de los puntos ciegos de la historia antigua—, como la situación de las mujeres, el juego masculino/femenino en los diferentes planos de la existencia colectiva, es por cierto debido al desarrollo actual del movimiento feminista y de las transformaciones que ha implicado. El historiador no ignora que el curso de su disciplina está en parte condicionado, en sus orientaciones, por problemas que el presente ha hecho surgir; pero esta conciencia de su dependencia con respecto a su tiempo y su propia sociedad lo pone en guardia contra los peligros del anacronismo. En el mismo movimiento que lo lleva a ver qué ocurre con lo femenino en los griegos, evita cuidadosamente proyectar sobre la Antigüedad, como fuera de ella, todo lo que los tiempos modernos han elaborado sobre ese tema. Una militante feminista que lee el mito de Pandora en Hesíodo se indigna, acusa, enarbola el viejo texto como un arma en su combate actual. El historiador intenta comprender. Se esfuerza por deducir el sentido del relato situándolo en su contexto. Es decir, situándose él mismo en la perspectiva de un pasado donde la mujer no tenía el estatus que hoy posee, ni en el plano de las instituciones ni en relación con el marco intelectual y la psicología común.
El historiador toma distancia, se aleja de su objeto. Entre el presente que vive y el pasado que estudia, reconoce una grieta, una separación, una frontera. Las cruza en la marcha que lo lleva

del hoy al ayer, del yo al otro, de lo idéntico a lo diferente, de lo fijo a lo cambiante, de lo humano universal a la singularidad de cada cultura. En su labor de indagación, debe atravesar necesariamente esas fronteras, en los dos sentidos, en un constante ir y venir, que él se esfuerza en controlar, del presente al pasado y del pasado al presente, para volverlos, el uno mediante el otro, en sus contrastes y en sus semejanzas, más inteligibles. Este atravesar fronteras no pretende borrarlas; por el contrario, las confirma, reconociendo en ellas la con1ición mayor, para el historiador, de su indispensable desapego.
Esta cuestión de las fronteras está en el corazón del caso Aubrac porque, a lo largo del debate, todas han sido horrorosamente confundidas. En primer lugar, lo hemos visto, ha sido franqueada esta “línea amarilla” que delimita el lugar desde donde habla el historiador. Cuando se lleva a un historiador al ámbito de un gran periódico o de un estudio de televisión, ya no está donde debería estar y es otro quien, en su nombre, asume la palabra. Esta confusión de roles, que cada uno de nosotros fue tentado a representar, ha planteado a los historiadores, más allá del caso Aubrac, un caso de conciencia que los ha dividido. En el transcurso de los últimos grandes procesos ligados a Vichy, a la colaboración, a la deportación y a la muerte de miles de víctimas, la Justicia ha solicitado la cooperación de los historiadores para trabajar sobre esas cuestiones. Los magistrados desean su presencia en el tribunal para que declaren allí, públicamente, sobre los hechos que la acusación imputa a los inculpados. Algunos historiadores han aceptado; otros, no. ¿A título de qué, han observado estos últimos, podían o debían hablar en una corte de justicia? ¿Como testigos?
La historia de las nociones de testigo y de testimonio es compleja, tal como lo ha mostrado particularmente François Hartog.’2


Pero, según como se considera en la actualidad, el testigo en un juicio es aquel que ha presenciado los acontecimientos y que, bajo juramento, cuenta fielmente lo que ha visto o escuchado. Ni más ni menos. El rol del historiador es otro. Él no estuvo en el momento de los hechos, no los conoce y no puede hablar como testigo. ¿Interviene entonces como experto? Pero ¿experto en qué? La Justicia ha recurrido a expertos en esferas determinadas y sobre puntos muy específicos. La Justicia llama a un grafólogo para establecer si un escrito es auténtico, qué mano lo ha redactado, si no ha sido falsificado. Convoca a psicólogos y psiquiatras, a título de expertos, para evaluar el grado de responsabilidad o de irresponsabilidad de un criminal. Ya sea como experto, ya como testigo, el historiador está fuera de juego. No puede más que aclarar a la corte respecto del contexto general de los acontecimientos incriminados o de ciertos aspectos de las decisiones tomadas por los inculpados, con sus consecuencias. No está seguro de que ésa sea su función, y sin duda tiene ventaja en tanto evite todo lo que podría asimilarlo a un representante de la Justicia y no se sienta tentado de considerarse a sí mismo poseedor, en el ejercicio de un pretendido magisterio —para retomar las palabras de Édouard Will—, frente a testigos o si es necesario contra ellos, del único saber auténtico, absolviendo o condenando soberanamente, en nombre de la Verdad. Pero, mucho más que de una audiencia, el historiador está fuera de lugar bajo las candilejas; se puede discutir incluso su paso por la sala de la audiencia, pero, en cambio, sin ninguna duda, debe huir de todo lo que señala el audiómetro de los medios de comunicación. Ésa es la condición sine qua non para evitar que vuelva a repetirse el siniestro escenario del “debate” con los Aubrac.
Otra frontera ha sido franqueada. La línea de demarcación entre pasado y presente, cuando se trata de Vichy y de la Resistencia, es todavía laxa y porosa. Esos años negros se han definido como “un pasado que no pasa”,’3 un pasado que, más allá de lo
13 Para retomar la expresión que Éric Conan y Henry Rousso utilizaron para dar título a su obra: Vichy, un passé qui ne passe pas, París, Fayard, 1994.

que fue, continúa presente de alguna manera en las posturas ticas, en la vida social y en cada uno de nosotros.
Los dos historiadores que se habían mostrado más agresivo; contra los Aubrac, en el momento en que la lógica del enfrentamiento había alcanzado un grado tal de violencia que los debates
—y algunos de sus participantes— se habían vuelto incontrolables, habían participado personalmente, cada uno con responsabilida- 1 des muy diferentes, en la Resistencia. En ellos, el historiador y el testigo se codeaban, lo que, en lugar de reconciliarlos con los Aubrac y de facilitar el diálogo, parecía agravar mucho los reproches y la incomprensión.
Daniel Cordier se había desempeñado principalmente como secretario de Jean Moulin, con quien compartió la acción clandestina, con sus pruebas y sus riesgos. Después de la guerra se convirtió en el hombre de los archivos, el historiador más reticente a los testimonios orales y la memoria individual, cuya validez para la reconstrucción del pasado estaría tentado a negar. ¿Cómo se explica si no que de pronto se haya permitido tratar a los Aubrac de manera tan indigna que hasta escandalizaría si se tratara de un juez que interroga a un presunto culpable? El corazón y la mente del hombre son insondables. Pero no puedo dejar de pensar que el historiador de archivos es también el testigo de lo que ha hecho y de quien ha sido su jefe; su admiración justificada por aquel que encama a sus ojos la figura modelo del resistente no es, me parece, ajena a la hoscjuedad que manifestó en esa ocasión respecto de los Aubrac, como si la difusión de su renombre y el impacto de su leyenda hicieran sombra a su héroe.
François Bédarida también participó desde muy joven en la lucha clandestina en el movimiento de la Resistencia cristiana. Su experiencia y su campo de acción estaban desplazados respecto de lo que constituía el horizonte de combate, en lo cotidiano y a más largo plazo, de los jefes de la Resistencia civil y militar como los Aubrac y Cordier. Esta diferencia de jerarquías explica tal vez las desviaciones en la interpretación de ciertos hechos, el escepticismo pregonado por Bédarida en lo que concierne a las visitas e Lucie Aubrac pudo haber hecho a los miembros de la policía emana en la sede misma de la Gestapo en Lyon. Cuando ma- fiesta hostilidad y rencor hacia los Aubrac, sin lugar a dudas
ilente que habla en nombre de la “infantería” de los resistentes, F de todos esos hombres y mujeres que, así como eran anónimos en el combate, también lo han sido luego de la victoria. Es como si para Bédarida el renombre de los grandes pudiera eclipsar el coraje, la entrega, el heroísmo que él ha visto en quienes sólo pueden considerarse “la mezcolanza” de la Resistencia si se olvida que en la Resistencia no podía haber mezcolanza, sino seres distintos, cualquiera fuera su puesto, individuos excepcionales por su decisión de arriesgarlo todo y combatir.
En el caso de esos dos historiadores, mi interpretación de su violenta agresividad contra dos testigos, comprometidos con ellos en el mismo combate, se basa en impresiones personales, sin ninguna certeza. Me parece que en realidad se trata de dos razones que explican por qué el debate ha sido falseado y ha terminado de una manera tan lamentable. La primera es de orden profesional. La puesta en escena ha contribuido a presentar, frente a los Aubrac, a un conjunto de personas muy diversas, pero unificadas en un bloque por su profesión de historiadores; historiadores precisamente de este período en el que los Aubrac habían jugado un rol importante y sobre el cual su testimonio, oral y escrito, representaba para mucha gente el relato exacto de lo que había sucedido. Ahora bien, para los historiadores, este relato era su tema; el mismo suponía, para ser objetivo, un trabajo de elucidación crítica que sólo los especialistas formados en esa disciplina eran capaces de llevar a cabo.
Admirar a los Aubrac por lo que habían hecho, por supuesto, y tanto como se lo quisiera; pero, como “historiadores del tiempo presente”, tenían el monopolio de la reconstrucción verídica de los acontecimientos. Dominio reservado. Desde que se aventuraban en el relato de los hechos, con el pretexto de dar testimonio, los Aubrac pisoteaban las bases del saber histórico. Les quitaban a los historiadores el pan de la boca. Era preciso, por todos los medios, ponerlos en su lugar; que no se confundieran las cosas.

La segunda razón es de orden político. En el corazón de la R sistencia interior gaullista, Raymond Aubrac, como tantos otrg dirigentes de Libération Sud, como la mismá Lucie, estaba pr ximo a los comunistas. Esta presencia de simpatizantes, de an guos miembros o de afiliados al Partido Comunista en el interi de la Resistencia no comunista, al margen de organizaciones r abiertamente ligadas al Partido, como el Frente Nacional14 y, en plano militar, los srrp (Francs-Tireurs et Partisans [Francotiradore y Partisanos]), ha dado mucho que hablar, no sólo entre los histo riadores, y ha suscitado indignaciones virulentas. Es la desconfianza, nunca explícitamente formulada, respecto de las supu convicciones de los Aubrac, y de su eventual relación con el Partido Comunista, la que alimentó, a lo largo del debate, una insoportable atmósfera de sospecha. Es ella la que estuvo presente, sin que nada lo expresara, en un segundo plano de los interrogatorios malintencionados, de los reproches dirigidos a Raymond sobre no revelar todo, sobre ocultar información, sobre guardar secretos. Frente a esa clase de actitudes y de sospechas, ¿qué podía o qué debía responder sino, como lo hizo algunas veces, “yo no sé”? Extraña lección de historia, en verdad.
Felizmente, hay otros ejemplos que prueban que la historia no está desarmada frente a las secuencias de acontecimientos muy cercanos. En plena guerra de Argelia, el historiador del mundo antiguo Pierre Vidal-Naquet pudo demostrar en su obra L’Affaire Audin,’5 mediante un análisis riguroso, a pesar de los falsos testimonios y los documentos oficiales fabricados, que el joven matemático presuntamente desaparecido durante una fuga en realidad había muerto torturado. Las conclusiones de esta investigación, enfocada en hechos de una actualidad candente, son reconocidas hoy como la verdad de lo que realmente sucedió en Argelia en los días posteriores al 11 de junio de 1957, fecha del arresto de Maurice Audin.
Otro historiador, Carlo Ginzburg, ha hecho el mismo trabajo de análisis crítico minucioso para distinguir lo cierto de lo incierto en el expediente acusatorio del que Adriano Sofri era objeto con respecto al asesinato de un comisario de policía en Milán, el 17 de mayo de 1972.16 Pero esta difícil empresa de reconstrucción del pasado, incluso de un pasado tan próximo al que estamos íntimamente ligados, no es un privilegio único de los historiadores profesionales, expertos en los métodos de su disciplina. En su última obra, Les Abeilles et la Guépe,17 François Maspero dedica su primer capítulo a dilucidar las circunstancias y la fecha exacta de la muerte de su padre en Buchenwald. Movilizando sus recuerdos y los de sus allegados, cruzándolos con todo tipo de información, indicios, cartas, testimonios, Maspero manifiesta frente a los testigos, incluso cuando ellos se equivocan, una gran generosidad, y pone al servicio de su pasión por lo verdadero la lucidez de su inteligencia crítica para recuperar, en su desnudez y en su autenticidad, los últimos días de su padre.
Que los historiadores se inclinen sobre esas páginas. Verán allí un trabajo ejçmplar —modesto, honesto, riguroso— para hacer surgir de la bruma de la memoria el pedestal sólido de los acontecimientos de otros tiempos. Lección de historia, ciertamente, pero más allá, para cualquier lector, para cada uno de nos6tros, en su relación con el pasado y consigo mismo, una lección a secas.
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