La lección de la odisea 62




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LA RESPUESTA GRIEGA AL PROBLEMA DE LA MUERTE



De todas maneras, en esta visión tan positiva del hombre, los griegos debían aún dar respuesta a esos problemas que todas las culturas tienen que resolver, por más diferentes que sean entre sí. Por ejemplo: ¿cómo se explica la existencia de dos sexos? ¿Por qué hay hombres y mujeres? Así, Hipólito se pregunta por qué hay mujeres. No debería haber más que hombres! Sería mejor y mucho más simple. Pero hay hombres y mujeres; y por añadidura, eso no es lo peor, ya que únicamente las mujeres dan vida, el nacimiento implica un vientre femenino. Y eso no es lo peor aun, porque no sólo ellas engendran mujeres, sino que ellas ¡también engendran hombres! Todas las culturas intentan resolver esos problemas. Entre los griegos, es el mito de Pandora.
Pero está también el problema de la muerte. ¿De dónde viene? ¿Por qué morimos? Los griegos respondieron estas preguntas en el marco de esta cultura aristocrática del honor heroico, por esta idea de la muerte heroica. Independientemente de lo que acabo de decir, existe, pues, una dimensión metafísica. En la Ilíada, cuando Aquiles se ha retirado del combate, los troyanos empujan a los griegos hasta sus naves. Dos licios, Glauco y Sarpedón, son personajes heroicos, dos jóvenes gallardos que quieren aprestarse para partir hacia la primera fila. Nunca es fácil marchar a la primera fila, exponer en la confrontación del combate la propia existencia, “todo o nada”. Dudan, y se plantea una discusión interesante entre esos dos jóvenes. Sarpedón dice: “Es preciso ir hasta allí; si entre nosotros, los hombres, los licios, nos brindan grandes honores, nos alaban, nos dan las mejores tierras, nos ofrecen las mujeres más bellas, los más hermosos caballos, nos permiten llevar una vida maravillosa de honores, es porque somos reyes, porque nosotros combatimos en la primera fila”. Él razona, falsamente, como si hubiera, de manera obligatoria, un acuerdo preestablecido entre el hecho de ser el rey, como lo es Agamenón, y el hecho de ser heroico, como lo es Aquiles. Ahora bien, en ese caso, Agamenón se queda atrás y Aquiles se lanza a la primera fila: su condición es diferente. Sarpedón afirma que, si es reconocido como rey, es porque se lo considera capaz de la muerte heroica; como si, al ser rey, fuera necesario aceptar esa muerte, y como si i.mnicamente los que son reyes socialmente supieran aceptarla. Esto no es verdad. Luego, Sarpedón se rectifica y confía a su compañero la verdadera razón: “Si nosotros, pobres humanos, mortales y efímeros, también pudiésemos vivir como los dioses, eternamente, sin conocer la muerte, y siempre jóvenes, la corva y los brazos siempre en forma, entonces no debería incitarte a arriesgar tu vida en la primera fila. ¡Pero no! ¡La vejez, la edad vieja, la fatiga, la muerte al final del camino; no escaparemos de todo eso! Es la verdadera razón por la cual te pido que vayas”.
Se puede observar que la apuesta por la muerte heroica —lo que verdaderamente se plantea— es el hecho de que nosotros, los humanos, a pesar de todo, no podemos dejar de cuestionarnos el sentido de todo eso. ¿Por qué he hecho tantas cosas, conocido tantas luchas, tantas fatigas de las que no me quedará nada? Cómo podría llegar a cumplir una hazaña que me distinga del común de los mortales, no como un dios, sino como si el brillo de lo divino se posara sobre mí, un ser humano, del mismo modo que la belleza de Afrodita se inclina sobre una bella joven y, repentinamente, la vida humana se aclarara, deviniera otra, única, como si llegara a ser otra también por el heroísmo de ciertos combatientes.
He aquí, creo, uno de los sentidos de la muerte heroica que nos lleva a comprender que, en ese esfuerzo en el interior mismo de esta concepción griega del hombre —una concepción muy terrenal-, la vida, la felicidad de la vida, el coraje, la fuerza, el ímpetu, la juventud, el placer amoroso son los únicos valores que cuentan. Pero todo eso se deshilacha, no es nada. Entonces, ¿cómo puedo encontrar la manera de alcanzar un poco la estabilidad de esta existencia, que atribuyo a los dioses? Esta estabilidad depende del hecho de que mí nombre, mi existencia singular, lo que he hecho, lo que he sido, permanezcan inscritos para siempre en la memoria de los hombres. Y esto, de dos maneras. En primer lugar, los poetas celebran en sus cantos lo que los griegos llaman kleos áphthiton, una gloria cantada, imperecedera: Aquiles será cantado indefinidamente, de generación en generación. Luego, la memoria funeraria:
será erigida una tumba con una estela donde se grabarán el nombre de Aquiles y algunas palabras un verso o dos, quizá.
¿Por qué es preciso insistir en este punto? Para un cristiano, hoy, la muerte no es nada, es un pasaje que no daña su individualidad: los seres que él amaba se han ido a otra parte con sus individualidades. Esa preocupación por la individualidad en el interior del pensamiento cristiano está marcada justamente por la idea de la resurrección de los cuerpos. ¿De qué modo el alma de alguien —incluso muy espiritual— podría ser independiente de su rostro, de sus gestos de su piel, de su prestancia? Si verdaderamente existe una inmortalidad de las personas en su singularidad, es preciso que los cuerpos también resuciten. La idea de la resurrección de los cuerpos para los antiguos griegos es impensable. La cuestión de la individualidad permites pues, distinguir netamente la cultura cristiana de la cultura griega. Permite también distinguir la cultura griega de la cultura hindú.
Entre nuestros griegos digamos entre los homéricos, se incineran los cadáveres. Patroclo es incinerado, también Héctor. Hay una gran ceremonia durante la cual se erige una especie de pira; allí se deposita el cadáver del joven guerrero heroico que el canto inmortalizará para siempre. Cuando Héctor cae en el campo de batalla
—aquel Héctor a quien los griegos han temido y detestado—, los griegos lo rodean. Le quitan sus armas y su coraza, queda desnudo, gymnóS, y, como dice la Ilíada, “admiran la belleza de Héctor”. Él también es un hombre joven, y las primeras preocupaciones funerarias consisten en devolver a ese cuerpo que ahora es un sonul, un cadáver, toda la belleza de su juventud. Le limpian las llagas, lo perfuman, lo untan con aceite; es hermoso admirarlo, a diferencia del cuerpo de un vieO. Después lo depositan en la pira, lo incineran. Cuando el ardor del fuego se calma mediante las libaciones, se pueden ver y distinguir los restos del cadáver sobre la ceniza. Recogen esas osamentas con la mayor preocupación las depositan en una urna, a menudo con aceite, cubierta con una tela, y las entierran. Finalmente, elevan un túmulo para que cada uno pueda ver el sitic donde las osamentas del muerto han sido sepultadas, exactamer de la misma manera como todos escucharán los cantos. Ésta es la, Mnemosyne, la memoria cantada, la mneme del muerto.
También en la India se procede a la cremación del muerto, pero cuando el fuego se extingue y se ven las osamentas blancas, se las recoge y se hace lo que se llama, desde el punto de vista funerario, una segunda cremación: se queman los huesos para que también se consumañ completamente. Después, en lugar de poner las cenizas en un sitio preciso, con una estela que marque el punto singular de la superficie de la tierra donde el hombre y sus restos se encuentran, se los arroja al agua de un río o se los dispersa para que no subsista ninguna huella de lo que el difunto fue.
Entonces, ¿cómo hacer para que lo que un hombre ha sido a lo largo de su vida yios actos heroicos que ha realizado no sean olvidados, para que la civilización en cierto modo se haga cargo de lo que ha hecho y que sea un elemento vital para las generaciones venideras? En la India, es preciso que todo lo que el hombre ha hecho y ha sido se disperse frente al Todo, a un Absoluto que es, al mismo tiempo, la nada. Es preciso que se disperse el peso de los actos, de la singularidad, de la individuación. En la India, cuando un hombre sacrifica un animal o alguna otra cosa, es él mismo quien, por procuración, arde en el fuego, y toda su acción consiste en llegar a ese momento en el que él mismo se sacrifica, en el que él mismo va a entrar en esta especie de nada cósmica de la que jamás debió ser separado. Pero, como ha escrito Weber, para los griegos no hay religión extramundana; lo religioso y lo sagrado están en el mundo, los dioses forman parte del cosmos, es la vida la que es sagrada. El problema, entonces, es diferente: ¿cómo se puede mantener una individualidad en tales condiciones?
La solución del heroísmo, que se ha mantenido en todas las ciudades griegas, constituye justamente un esfuerzo por resolver esa paradoja. Y esa paradoja a menudo implica también la afirmación de que la muerte heroica liga a una gloria inmortal a aquel que la ha enfrentado, que deviene, por su kleos, inmortal y vivo en medio de todos, e incluso más vivo en el pensamiento de los vivos que los mismos vivos. Esa paradoja implica que, contrariamente a la idea india de un retorno a lo Absoluto —que es un anonadamiento—, la muerte tenga un aspecto atroz, horrible. Gracias a que se vive la muerte como algo monstruoso, la muerte heroica ha sido idealizada de este modo, como solución vertiginosa e increíble a una condición humana marcada por la mortalidad. Y, por consiguiente, el héroe que ha elegido la muerte heroica acoge también la idea de que existen poderes que simbolizan la muerte.
La muerte en Grecia, Thánatos, es un nombre masculino, y la muerte heroica también. Cuando, en los jarrones se ve aparecer a ThánatOS, a menudo con su hermano HypnoS, Sueño, no resulta para nada horroroso. Está vestido con un casco y presenta la belleza de la muerte juvenil. Pero están también las Keres, descritas por Hesíodo de manera terrible: ellas atrapan los cadáveres, los devoran; y sobre todo, está la imagen misma de la muerte, que es la Gorgona, Medusa, es decir, un rostro monstruoso que petrifica. Cuando leemos los textos sobre Perseo y la Gorgona, advertimos que ella representa el hecho de que la muerte es algo impensable para un hombre. Esta Gorgona, de la que se nos dice que es un monstruo que no se puede ver ni nombrar, indecible e irrepresentable, condensa lo absurdo, el no sentido, lo no humano. Alguien que vivía y que ya no vive más; he aquí lo absurdo, lo impensable la muerte. Y es eso impensable lo que hay que evitar.
He aquí, pues, una solución para la condición humana: encontrar en la muerte el medio para superar esta condición, vencer la muerte por la muerte misma, dándole un sentido que ella no tiene, del que ella está absolutamente privada.

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