Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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Idem, p. 218. Mi colega Postman me dijo que, aun­que conocía de antemano todo sobre el aparato y la pre­sentación, se sintió, no obstante, muy incómodo al mirar las cartas anómalas.

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en las que más adelante podrá observarse la ano­malía. Sin embargo, un mayor conocimiento da como resultado la percepción de algo raro o re­laciona el efecto con algo que se haya salido antes de lo usual. Esta percepción de la anoma­lía abre un periodo en que se ajustan las cate­gorías conceptuales, hasta que lo que era inicial-mente anómalo se haya convertido en lo previsto. En ese momento, se habrá completado el descu­brimiento. He insistido ya en que ese proceso u otro muy similar se encuentra involucrado en el surgimiento de todas las novedades científi­cas fundamentales. Ahora señalaré cómo, recono­ciendo el proceso, podemos comenzar por fin a comprender por qué la ciencia normal, una acti­vidad no dirigida hacia las novedades y que al principio tiende a suprimirlas, puede, no obs­tante, ser tan efectiva para hacer que surjan.

En el desarrollo de cualquier ciencia, habitual-mente se cree que el primer paradigma aceptado explica muy bien la mayor parte de las observa­ciones y experimentos a que pueden con facilidad tener acceso todos los que practican dicha ciencia. Por consiguiente, un desarrollo ulterior exige, normalmente, la construcción de un equipo com­plejo, el desarrollo de un vocabulario esotérico y de habilidades, y un refinamiento de los con­ceptos que se parecen cada vez menos a sus prototipos usuales determinados por el sentido común. Por una parte, esta profesionalización conduce a una inmensa limitación de la visión de los científicos y a una resistencia considerable al cambio del paradigma. La ciencia se hace así cada vez más rígida. Por otra parte, en los cam­pos hacia los que el paradigma dirige la atención del grupo, la ciencia normal conduce a una in­formación tan detallada y a una precisión tal en la coincidencia de la teoría y de la observación

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como no podrían lograrse de ninguna otra forma. Además, esa minuciosidad y esa precisión de la coincidencia tienen un valor que trasciende su interés intrínseco no siempre muy elevado. Sin el aparato especial que se construye principal­mente para funciones previstas, los resultados que conducen eventualmente a la novedad no podrían obtenerse. E incluso cuando existe el aparato, la novedad ordinariamente sólo es apa­rente para el hombre que, conociendo con preci­sión lo que puede esperar, está en condiciones de reconocer que algo anómalo ha tenido lugar. La anomalía sólo resalta contra el fondo propor­cionado por el paradigma. Cuanto más preciso sea un paradigma y mayor sea su alcance, tanto más sensible será como indicador de la anoma­lía y, por consiguiente, de una ocasión para el cambio del paradigma. En la forma normal del descubrimiento, incluso la resistencia al cambio tiene una utilidad que exploraremos más detalla­damente en la sección siguiente. Asegurando que no será fácil derrumbar el paradigma, la resis­tencia garantiza que los científicos no serán dis­traídos con ligereza y que las anomalías que con­ducen al cambio del paradigma penetrarán hasta el fondo de los conocimientos existentes. El he­cho mismo de que, tan a menudo, una novedad científica importante surja simultáneamente de varios laboratorios es un índice tanto de la pode­rosa naturaleza tradicional de la ciencia normal como de lo completamente que esta actividad tradicional prepara el camino para su propio cambio.

VII. LAS CRISIS Y LA EMERGENCIA DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS

todos los descubrimientos examinados en la Sec­ción VI fueron causas de cambio de paradigmas o contribuyeron a él. Además, los cambios en que estuvieron implicados esos descubrimientos fue­ron tanto destructivos como constructivos. Des­pués de que el descubrimiento había sido asimi­lado, los científicos se encontraban en condiciones de explicar una gama más amplia de fenómenos naturales o de explicar con mayor precisión algu­nos de los previamente conocidos. Pero este avan­ce se logró sólo descartando ciertas creencias y procedimientos previamente aceptados y, simul­táneamente, reemplazando esos componentes del paradigma previo por otros. He insistido ya en que los cambios de este tipo están asociados a todos los descubrimientos logrados por la cien­cia normal, exceptuando sólo los no sorprenden­tes, previstos en todo, con excepción de los deta­lles. Sin embargo, los descubrimientos no son las únicas fuentes de esos cambios, tanto destructi­vos como constructivos, de los paradigmas. En esta sección comenzaremos a estudiar los cam­bios similares, pero generalmente mucho mayo­res, que son el resultado de la formulación de nuevas teorías.

Habiendo visto ya que en las ciencias, hecho y teoría, descubrimiento e invento, no son categó­rica y permanentemente diferentes, podemos es­perar que haya coincidencias entre esta sección y la anterior. (La sugestión imposible de que Priestley fue el primero en descubrir el oxígeno y de que Lavoisier lo inventó más tarde, tiene sus atractivos. Ya hemos encontrado el oxígeno 112

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como descubrimiento; pronto lo veremos como invento). Al ocuparnos del surgimiento de nuevas teorías, es también inevitable que ampliemos nuestra comprensión de los descubrimientos. Sin embargo, coincidencia en ciertos puntos no es lo mismo que identidad. Los tipos de descubrimien­tos estudiados en la sección anterior no fueron responsables, al menos por sí solos, de los cam­bios de paradigmas que se produjeron en revo­luciones tales como la de Copérnico, la de New-ton, la química y la de Einstein. Tampoco fueron responsables de los cambios de paradigma algo menores (debido a que fueron más exclusivamen­te profesionales) producidos por la teoría ondu­latoria de la luz, la teoría dinámica del calor o la teoría electromagnética de Maxwell. ¿Cómo pueden surgir teorías como ésas de la ciencia normal, una actividad todavía menos dirigida a ellas que a los descubrimientos?

Si la percepción de la anomalía desempeña un papel en la aparición de nuevos tipos de fenó­menos, no deberá sorprender a nadie que una percepción similar, aunque más profunda, sea un requisito previo para todos los cambios acep­tables de teoría. Creo que en este punto, las pruebas históricas son absolutamente inequívo­cas. El estado de la astronomía de Tolomeo era un escándalo, antes del anuncio de Copérnico.1 Las contribuciones de Galileo al estudio del mo­vimiento dependieron estrechamente de las difi­cultades descubiertas en la teoría aristotélica por los críticos escolásticos.2 La nueva teoría de

  1. A. R. Hall, The Scientific Revolution, 1500-1800 (Lon­
    dres, 1954), p. 16.

  2. Marshall Claget, The Science of Mechanices in the Middle Ages (Madison, Wis., 1959), Partes II-III. A. Koyré muestra una serie de elementos medievales en el pensa­ miento de Galileo, en sus Etudes Galiléennes (París, 1939), sobre todo el Vol- I.

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Newton sobre la luz y el color tuvo su origen en el descubrimiento de que ninguna de las teorías existentes antes del paradigma explicaban la lon­gitud del espectro, y la teoría de las ondas, que reemplazó a la de Newton, surgió del interés cada vez mayor por las anomalías en la relación de los efectos de difracción y polarización con la teoría de Newton.3 La termodinámica nació de la coli­sión de dos teorías físicas existentes en el siglo XIX, y la mecánica cuántica, de una diversidad de difi­cultades que rodeaban a la radiación de un cuer­po negro, a calores específicos y al efecto foto­eléctrico.4 Además, en todos esos casos con excepción del de Newton, la percepción de la anomalía había durado tanto y había penetrado tan profundamente, que sería apropiado descri­bir los campos afectados por ella como en es­tado de crisis creciente. Debido a que exige la destrucción de paradigmas en gran escala y cam­bios importantes en los problemas y las técnicas de la ciencia normal, el surgimiento de nuevas teorías es precedido generalmente por un pe­riodo de inseguridad profesional profunda. Como podría esperarse, esta inseguridad es generada por el fracaso persistente de los enigmas de la ciencia normal para dar los resultados apeteci­dos. El fracaso de las reglas existentes es el

3 Sobre Newton, véase "Newton's Optical Papers", en Isaac Newton's Papers and Letters in Natural Philosophy, de T. S. Kuhn, ed. I. B. Cohén (Cambridge, Mass., 1958), pp. 27-45. Para el preludio de la teoría de las ondas, véase: A History of the Theories of Aether and Electricity, I, de E. T. Whittaker (2a ed.; Londres, 1951), 94-109; y History ai the Inductive Sciences, de W. Whewell (ed. rev.; Lon­dres, 1847), II, 396-466.

4 Sobre la termodinámica, véase: Life of William Thom­son Baron Kelvin of Largs, de Silvanus P. Thompson (Londres, 1910). Sobre la teoría cuántica, véase: The Quantum Theory, de Fritz Reiche, trad. H. S. Hatfield y H. L. Brose (Londres, 1922), caps. I-II.

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que sirve de preludio a la búsqueda de otras nuevas.

Examinemos primeramente un caso particular­mente famoso de cambio de paradigma, el sur­gimiento de la astronomía de Copérnico. Cuando su predecesor, el sistema de Tolomeo, fue des­arrollado durante los dos siglos anteriores a Cris­to y los dos primeros de nuestra era, tuvo un éxito admirable en la predicción de los cambios de posición tanto de los planetas como de las estrellas. Ningún otro sistema antiguo había dado tan buenos resultados; con respecto a las estre­llas, la astronomía de Tolomeo es utilizada to­davía en la actualidad, con bastante amplitud, como manual de aproximación de ingeniería; con respecto a los planetas, las predicciones de Tolo­meo eran tan buenas como las de Copérnico. Pero para una teoría científica, el tener un éxito ad­mirable no es lo mismo que tener un éxito com­pleto. Con respecto tanto a la posición planetaria como a la precesión de los equinoccios, las pre­dicciones hechas con el sistema de Tolomeo nun­ca se conformaron por completo a las mejores observaciones disponibles. La posterior reducción de esas pequeñas discrepancias constituyó, para un gran número de los sucesores de Tolomeo, muchos de los principales problemas de la inves­tigación astronómica normal, del mismo modo como un intento similar para hacer coincidir la observación del cielo con la teoría de Newton, proporcionó en el siglo XVIII problemas de inves­tigación normal a los sucesores de Newton. Du­rante cierto tiempo, los astrónomos tenían todas las razones para suponer que esos intentos ten­drían tanto éxito como los que habían conducido al sistema de Tolomeo. Cuando se presentaba una discrepancia, los astrónomos siempre eran capaces de eliminarla, mediante algún ajuste par-

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ticular del sistema de Ptolomeo de los círculos compuestos. Pero conforme pasó el tiempo, un hombre que examinara el resultado neto del es­fuerzo de investigación normal de muchos astró­nomos podía observar que la complejidad de la astronomía estaba aumentando de manera mucho más rápida que su exactitud y que las discrepan­cias corregidas en un punto tenían probabilidades de presentarse en otro.6

Debido a que la tradición astronómica fue in­terrumpida repetidamente desde el exterior y a que, en ausencia de la imprenta, la comunicación entre los astrónomos era limitada, esas dificulta­des sólo lentamente fueron reconocidas. Pero se produjo la percepción. Durante el siglo XIII, Al­fonso X pudo proclamar que si Dios lo hubiera consultado al crear el Universo, hubiera recibido un buen consejo. En el siglo XVI, Domenico da Novara, colaborador de Copérnico, sostuvo que ningún sistema tan complicado e inexacto como había llegado a ser el de Tolomeo, podía existir realmente en la naturaleza. Y el mismo Copér­nico escribió en el Prefacio al De Revolutionibus, que la tradición astronómica que había heredado sólo había sido capaz de crear un monstruo. A principios del siglo XVI, un número cada vez mayor de los mejores astrónomos europeos reco­nocía que el paradigma astronómico fallaba en sus aplicaciones a sus propios problemas tradi­cionales. Este reconocimiento fue el requisito previo para que Copérnico rechazara el paradig­ma de Tolomeo y se diera a la búsqueda de otro nuevo. Su famoso prefacio es aún una de las des­cripciones clásicas de un estado de crisis.6

5 J. L. E. Dreyer, A History af Astronomy from Thales to Kepler (2a ed.; Nueva York, 1953), caps, XI-XII.

6 The Copernican Revolution, T. S. Kuhn (Cambridge, Mass., 1957), pp. 13543.

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Por supuesto, el derrumbamiento de la activi­dad técnica normal de resolución de enigmas no fue el único ingrediente de la crisis astronómica a la que se enfrentó Copérnico. Un estudio más amplio revelaría también la presión social en pro de la reforma del calendario, presión que volvió particularmente apremiante al enigma de la pre­cesión. Además, una explicación más completa tomaría en consideración la crítica medieval a Aristóteles, el ascenso del neoplatonismo en el Renacimiento, así como también otros elementos históricos significativos. Pero el desbarajuste téc­nico seguiría siendo todavía el centro de la crisis. En una ciencia madura —y la astronomía había llegado a serlo ya en la Antigüedad— los factores externos como los que acabamos de mencionar tienen una importancia particular en la determi­nación del momento del derrumbamiento, en la facilidad con que puede ser reconocido y en el campo donde, debido a que se le concede una atención particular, ocurre primeramente el tras­torno. Aunque inmensamente importantes, cues­tiones de ese tipo se encuentran fuera de los límites de este ensayo.

Si todo esto está claro ya con respecto a la revolución de Copérnico, pasemos a un segundo ejemplo bastante diferente, la crisis que precedió a la aparición de la teoría de Lavoisier sobre la combustión del oxígeno. En los años de la dé­cada de 1770, se combinaron muchos factores para generar una crisis en la química y los historia­dores no están completamente de acuerdo ya sea respecto a su naturaleza o a su importancia re­lativa. Pero se acepta generalmente que dos de esos factores tuvieron una importancia de pri­mera magnitud: el nacimiento de la química neu­mática y la cuestión de las relaciones de peso. La historia del primero se inicia en el siglo XVII

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con el desarrollo de la bomba de aire y su utili­zación en la experimentación química. Durante el siglo siguiente, utilizando esa bomba y otros numerosos artefactos neumáticos, los químicos llegaron a comprender, cada vez mejor, que el aire debía ser un ingrediente activo de las reac­ciones químicas. Pero con pocas excepciones —tan equívocas que pueden no ser consideradas como excepciones— los químicos continuaron creyendo que el aire era él único tipo de gas. Hasta 1756, cuando Joseph Black demostró que el aire fijo (CO2) se distinguía claramente del aire normal, se creía que dos muestras de gas eran sólo diferentes por sus impurezas.7

Después del trabajo de Black, la investigación de los gases se llevó a cabo rápidamente, princi­palmente por Cavendish, Priestley y Scheele quie­nes juntos, desarrollaron una serie de técnicas nuevas, capaces de distinguir una muestra de gas de otra. Todos esos hombres, desde Black hasta Scheele, creían en la teoría del flogisto y la em­pleaban a menudo en el diseño y la interpreta­ción de sus experimentos. En realidad, Scheele produjo oxígeno por primera vez, mediante una cadena compleja de experimentos destinados a deflogistizar el calor. Sin embargo, el resultado neto de sus experimentos fue una variedad de muestras de gases y de propiedades de estos tan complejas, que la teoría del flogisto resultó cada vez menos capaz de hacer frente a la experiencia de laboratorio. Aunque ninguno de esos químicos sugirió que era preciso reemplazar la teoría, fue­ron incapaces de aplicarla de manera consistente. Para cuando Lavoisier inició sus experimentos con el aire, durante los primeros años de la década de 1770, había casi tantas versiones de la teoría

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