Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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7 J. R. Partington, A Short History of Chemistry (2a ed.; Londres, 1951), pp. 48-51, 73-85, 90-120.

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flogística como químicos neumáticos.8 Esta pro­liferación de versiones de una teoría es un sín­toma muy usual de crisis. En su prefacio, Copér-nico se quejaba también de ello.

Sin embargo, la vaguedad creciente y la utili­dad cada vez menor de la teoría del flogisto para la química neumática no fueron las únicas cau­sas de la crisis a que se enfrentó Lavoisier. Es­taba también muy interesado en explicar el au­mento de peso que experimentan la mayoría de los cuerpos cuando se queman o se calientan, y éste es un problema que también tiene una larga prehistoria. Al menos varios químicos del Islam habían reconocido que algunos metales aumen­tan de peso cuando se calientan. En el siglo XVII varios investigadores habían llegado a la conclu­sión, a partir de ese mismo hecho, de que un metal calentado toma algún elemento de la atmós­fera. Pero en el siglo XVII esa conclusión les pareció innecesaria a la mayoría de los químicos. Si las reacciones químicas podían alterar el vo­lumen, el color y la textura de los ingredientes, ¿por qué no podían modificar también el peso? No siempre se consideraba que el peso era la medida de la cantidad de materia; además, el au­mento de peso mediante el calentamiento conti­nuaba siendo un fenómeno aislado. La mayoría de los cuerpos naturales (p. ej. la madera) pier­den peso al ser calentados, como diría más tarde la teoría del flogisto.

Sin embargo, durante el siglo XVIII, esas res­puestas inicialmente adecuadas para el problema

8 Aunque su principal interés se concentra en un pe­riodo ligeramente posterior, hay mucho material impor­tante diseminado en la obra de J. R. Partington y Douglas McKie, "Historical Studies on the Phlogiston Theory", Annals of Science, II (1937), 361-404; III (1938), 1-58, 337-71; y IV (1939), 337-71.

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del aumento de peso se hicieron cada vez más difíciles de sostener. En parte debido a que la balanza se utilizaba cada vez más como instru­mento ordinario de química y en parte porque el desarrollo de la química neumática hizo posi­ble y conveniente retener los productos gaseosos de las reacciones, los químicos descubrieron mu­chos otros casos en los que el calentamiento iba acompañado por un aumento de peso. Simultá­neamente, la asimilación gradual de la teoría gra-vitacional de Newton condujo a los químicos a insistir en que el aumento de peso debía signifi­car un incremento de la cantidad de materia. Esas conclusiones no dieron como resultado el rechazo de la teoría del flogisto, debido a que esta teoría podía ajustarse de muchas formas diferentes. Era posible que el flogisto tuviera un peso negativo o que partículas de fuego o alguna otra cosa entrara al cuerpo calentado, al salir el flogisto. Había otras explicaciones, además. Pero si el problema del aumento de peso no condujo al rechazo, sí llevó a un número cada vez mayor de estudios especiales en los que dicho problema tenía una gran importancia. Uno de ellos "Sobre el flogisto considerado como una sustancia con peso y [analizado] en términos de los cambios de peso que produce en los cuerpos con los que se une", fue leído ante la Academia Francesa en 1772, el año que concluyó con la entrega que hizo Lavoisier de su famosa nota sellada a la Secretaría de la Academia Francesa. Antes de que se escribiera esa nota, un problema que ha­bía estado al borde de la percepción consciente de los químicos durante muchos años, se había convertido en un enigma extraordinario y no re­suelto.9 Se estaban formulando muchas versiones

9 H. Guerlac, Lavoisier; The Crucial Year (Ithaca, N. Y., 1961). Todo el libro documenta la evolución y el primer

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diferentes de la teoría del flogisto para respon­der a él. Como los problemas de la química neu­mática, los del aumento de peso estaban haciendo que resultara cada vez más difícil saber qué era la teoría del flogisto. Aunque todavía era creído y aceptado como instrumento de trabajo, un pa­radigma de la química del siglo XVIII estaba per­diendo gradualmente su status único. Cada vez más, la investigación que guiaba se iba parecien­do a la llevada a cabo por las escuelas en com­petencia del periodo anterior al paradigma, otro efecto típico de la crisis.

Examinemos ahora, como tercer y último ejem­plo, la crisis de la física a fines del siglo XIX, que preparó el camino para el surgimiento de la teo­ría de la relatividad. Una de las raíces de esta crisis puede remontarse en el tiempo hasta el siglo XVII, cuando una serie de filósofos naturales, principalmente Leibniz, criticaron la retención por Newton de una versión modernizada de la concepción clásica del espacio absoluto.10 Eran casi capaces, aunque no completamente, de de­mostrar que las posiciones absolutas y los mo­vimientos absolutos carecían de función en el sis­tema de Newton y lograron adivinar el atractivo estético considerable que llegaría a tener, más adelante, una concepción plenamente relativista del espacio y el movimiento. Pero su crítica era puramente lógica. Como los primeros seguidores de Copérnico que criticaban las pruebas propor­cionadas por Aristóteles sobre la estabilidad de la tierra, no soñaban que la transición a un sis-

reconocimiento de una crisis. En la página 35 puede verse un enunciado claro de la situación con respecto a La-voisier.

10 Max Jammer, Concepts of Space: The History of Theories of Space in Physics (Cambridge, Mass., 1954), pp. 114-24.

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tema relativista pudiera tener consecuencias en la observación. En ningún punto relacionaron sus opiniones con los problemas que se presen­taron al aplicar la teoría de Newton a la natura­leza. Como resultado, sus opiniones murieron al mismo tiempo que ellos, durante las primeras décadas del siglo XVIII, resucitando sólo en las úl­timas décadas del XIX, cuando tenían una rela­ción muy diferente con la práctica de la física. Los problemas técnicos con los cuales, en últi­ma instancia, iba a relacionarse una filosofía re­lativista del espacio, comenzaron a entrar a la ciencia normal con la aceptación de la teoría ondulatoria de la luz, después de 1815, aproxima­damente; aunque no produjeron ninguna crisis hasta los años de la década de 1890. Si la luz es un movimiento ondulatorio que se propaga en un éter mecánico gobernado por las leyes de Newton, entonces tanto la observación del cielo como la experimentación terrestre se hacen potencialmen-te capaces de detectar el desplazamiento a tra­vés del éter. De las observaciones del cielo, sólo las de la aberración prometían una exactitud su­ficiente para proporcionar información importan­te y el descubrimiento del desplazamiento en el éter por medio de mediciones de la aberración se convirtió, por consiguiente, en un problema reconocido para la investigación normal. Se cons­truyó cantidad de equipo especial para resol­verlo. Sin embargo, ese equipo no detectaba nin­gún desplazamiento observable y, así, el problema fue transferido de los experimentadores y los ob­servadores a los teóricos. Durante las décadas de la mitad del siglo, Fresnel, Stokes y otros inven­taron numerosas articulaciones de la teoría del éter destinadas a explicar el fracaso para obser­var el desplazamiento. Cada una de esas articu­laciones suponía que un cuerpo en movimiento

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arrastra consigo una fracción del éter. Y todas ellas tenían un éxito suficiente para explicar los resultados negativos no sólo de las observaciones celestes, sino también de la experimentación te­rrestre, incluyendo el famoso experimento de Mi-chelson y Morley.11 No había todavía conflicto, salvo el que existía entre las diversas articulacio­nes. A falta de técnicas experimentales pertinen­tes, ese conflicto nunca se volvió agudo.

La situación volvió a cambiar sólo con la acep­tación gradual de la teoría electromagnética de Maxwell durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Maxwell mismo era un seguidor de Newton, que creía que la luz y el electromagne­tismo en general se debían a desplazamientos va­riables de las partículas de un éter mecánico. Sus primeras versiones de una teoría sobre la elec­tricidad y el magnetismo utilizaron directamente propiedades hipotéticas que atribuía a ese medio. Todo ello fue excluido de su versión final; pero continuó creyendo que su teoría electromagnética era compatible con alguna articulación de la con­cepción mecánica de Newton.12 El desarrollo de una articulación apropiada constituyó un desafío, tanto para él como para sus sucesores. Sin em­bargo, en la práctica, como ha sucedido repetidas veces en el desarrollo científico, la articulación necesaria resultó inmensamente difícil de lograr. Del mismo modo como la proposición astronó­mica de Copérnico, a pesar del optimismo de su autor, creó una crisis cada vez mayor de las teo­rías existentes del movimiento, la teoría de Max-

11 Joseph Larmor, Aether and Matter... Including a
Discussion of the Influence of the Earth's Motion on
Optical Phenomena (Cambridge, 1900), pp. 6-20, 320-22.

12 R. T. Glazebrook, James Clerk Maxwell and Modern
Physics (Londres, 1896), cap. IX. Sobre la actitud final
de Maxwell, véase su propio libro: A Treatise on Elec-
tricity and Magnetism (3a ed., Oxford, 1892), p. 470.

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well, a pesar de su origen newtoniano, produjo en última instancia una crisis para el paradigma del que surgió.13 Además, el punto en el que la crisis se hizo más aguda fue proporcionado por los problemas que acabamos de considerar, los del movimiento con respecto al éter.

La discusión hecha por Maxwell del comporta­miento electromagnético de los cuerpos en mo­vimiento no se refirió al arrastre del éter y, ade­más, resultó muy difícil introducir en su teoría dicho arrastre. Como resultado de ello, toda una serie de observaciones destinadas a detectar el desplazamiento a través del éter se hizo anómala. Por consiguiente, los años posteriores a 1890 co­nocieron una larga serie de intentos, tanto expe­rimentales como teóricos, para detectar el mo­vimiento con respecto al éter y para introducir el arrastre del éter en la teoría de Maxwell. Los primeros carecieron uniformemente de éxito, aun cuando algunos analistas consideraron sus resul­tados como erróneos. Los últimos produjeron una serie de puntos de partida prometedores, sobre todo los de Lorenz y Fitzgerald; pero descubrie­ron también otros enigmas y finalmente dieron como resultado precisamente esa proliferación de teorías en competencia que hemos visto previa­mente como síntoma de crisis.14 Fue en medio de ese momento histórico cuando surgió, en 1905, la teoría especial de la relatividad, de Einstein.

Esos tres ejemplos son casi completamente tí­picos. En cada caso, sólo surgió una nueva teoría después de un fracaso notable de la actividad normal de resolución de problemas. Además, ex­cepto en el caso de Copérnico, en el que ciertos

13 Sobre el papel de la astronomía en el desarrollo de la mecánica, véase Kuhn, op. cit., cap. VII.

14 Whittaker, op. cit.. I, 386410; y II (Londres, 1953), 27-40.

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factores exteriores a la ciencia desempeñaron un papel muy importante, ese derrumbamiento y la proliferación de teorías, que es su síntoma, tuvie­ron lugar no más de una o dos décadas antes de la enunciación de la nueva teoría. La teoría nue­va parece una respuesta directa a la crisis. Nó­tese también, aun cuando ello pueda no parecer tan típico, que los problemas con respecto a los que se presentan los derrumbamientos, eran to­dos de un tipo reconocido desde mucho tiempo antes. La práctica previa de la ciencia normal había proporcionado toda clase de razones para creerlos resueltos o casi resueltos, lo cual con­tribuye- a explicar por qué el sentimiento de fracaso, al producirse, pudo ser tan agudo. El fra­caso con un problema nuevo es, a veces, decep­cionante; pero nunca sorprendente. Ni los pro­blemas ni los enigmas ceden generalmente ante los primeros ataques. Finalmente, esos ejemplos comparten otra característica que puede contri­buir a hacer que el argumento en pro del papel desempeñado por la crisis, resulte impresionan­te : la solución de todos y cada uno de ellos había sido, al menos en parte, prevista durante un pe­riodo en que no había crisis en la ciencia corres­pondiente; y en ausencia de crisis, esas previ­siones fueron desdeñadas.

La única previsión completa es también la más famosa, la de Copérnico por Aristarco, en el si­glo III a. c. Se dice frecuentemente que si la ciencia griega hubiera sido menos deductiva y menos regida por dogmas, la astronomía helio­céntrica habría podido iniciar su desarrollo die­ciocho siglos antes.15 Pero esto equivale a pasar

15 Sobre el trabajo de Aristarco, véase: Aristarchus of Samos: The Ancient Copernicus, de T. L. Heath (Ox­ford, 1913), Parte II. Para un enunciado extremo sobre la posición tradicional con respecto al desdén por la po-

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por alto todo el contexto histórico. Cuando Aris­tarco hizo su sugerencia, el mucho más razonable sistema geocéntrico no tenía necesidades de las cuales pudiera concebirse que sólo un sistema heliocéntrico pudiera satisfacer. Todo el desa­rrollo de la astronomía de Tolomeo, tanto sus triunfos como su quiebra, corresponde a los si­glos posteriores a la proposición de Aristarco. Además, no había razones evidentes para tomar en serio a Aristarco. Ni siquiera la proposición más completa de Copérnico era más simple o más exacta que el sistema de Tolomeo. Las pruebas de la observación disponibles, como veremos más claramente a continuación, no proporcionaban una base para la elección entre los dos sistemas. En esas circunstancias, uno de los factores que condujeron a los astrónomos hacia Copérnico (factor que no podía haberlos llevado a Aristar­co) fue la crisis reconocida que, en primer lugar, fue responsable de la innovación. La astronomía de Tolomeo no había logrado resolver sus pro­blemas y había llegado el momento de que sur­giera un competidor. Nuestros otros dos ejem­plos no proporcionan previsiones tan completas. Pero, seguramente, una de las razones por las que las teorías de la combustión por absorción de la atmósfera —desarrolladas en el siglo XVII por Rey, Hooke y Mayow— no lograron hacerse escuchar suficientemente, fue que no entraron en contacto con ningún punto en conflicto en la práctica de la ciencia normal.16 Y el prolongado desdén mostrado por los científicos de los si­glos XVIII y XIX hacia las críticas relativistas de

sición de Aristarco, véase: The Sleepwalkers: A History of Man's Changing Vision of the Universe (Londres, 1959), p. 50.

16 Partington, op. cit., pp. 78-85.

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Newton, debe haber tenido como causa principal una similar falta de confrontación.

Los filósofos de la ciencia han demostrado re­petidamente que siempre se puede tomar base mas que en una construcción teórica, sobre una colección de datos determinada. La historia de la ciencia indica que, sobre todo en las primeras etapas de desarrollo de un nuevo paradigma, ni siquiera es muy difícil inventar esas alternativas. Pero es raro que los científicos se dediquen a tal invención de alternativas, excepto durante la eta­pa anterior al paradigma del desarrollo de su ciencia y en ocasiones muy especiales de su evo­lución subsiguiente. En tanto los instrumentos que proporciona un paradigma continúan mos­trándose capaces de resolver los problemas que define, la ciencia tiene un movimiento más rá­pido y una penetración más profunda por medio del empleo confiado de esos instrumentos. La razón es clara. Lo mismo en la manufactura que en la ciencia, el volver a diseñar herramientas es una extravagancia reservada para las ocasiones en que sea absolutamente necesario hacerlo. El significado de las crisis es la indicación que pro­porcionan de que ha llegado la ocasión para re-diseñar las herramientas.

VIII. LA RESPUESTA A LA CRISIS

supongamos entonces que las crisis son una con­dición previa y necesaria para el nacimiento de nuevas teorías y preguntémonos después cómo responden los científicos a su existencia. Parte de la respuesta, tan evidente como importante, puede descubrirse haciendo notar primeramente lo que los científicos nunca hacen, ni siquiera cuando se enfrentan a anomalías graves y prolon­gadas. Aun cuando pueden comenzar a perder su fe y, a continuación a tomar en consideración otras alternativas, no renuncian al paradigma que los ha conducido a la crisis. O sea, a no tratar las anomalías como ejemplos en contrario, aun­que, en el vocabulario de la filosofía de la ciencia, eso es precisamente lo que son. Esta generali­zación es en parte, simplemente una afirmación del hecho histórico, basada en ejemplos como los mencionados antes y, de manera más detalla­da, los que se mencionarán a continuación. Esto indica lo que nuestro examen posterior del re­chazo del paradigma establecerá de manera más clara y completa: una vez que ha alcanzado el
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