Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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loc. cit.

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cuyo paradigma cambian.15 Y quizá no fuera necesario expresar explícitamente este punto, ya que, evidentemente, se trata de hombres que, al no estar comprometidos con las reglas tradicio­nales de la ciencia normal debido a que tienen poca práctica anterior, tienen muchas probabili­dades de ver que esas reglas no definen ya un juego que pueda continuar adelante y de conce­bir otro conjunto que pueda reemplazarlas.

La transición consiguiente a un nuevo paradig­ma es la revolución científica, tema al cual es­tamos finalmente listos para acercarnos directa­mente. Sin embargo, nótese primeramente un aspecto final y aparentemente esquivo, para el que ha preparado el camino el material de las últimas tres secciones. Hasta la Sección VI, don­de presentamos por primera vez el concepto de anomalía, los términos de "revolución" y de "cien­cia extraordinaria" pudieron parecer equivalentes. Lo que es más importante, ninguno de esos tér­minos parecía significar otra cosa que "ciencia no normal", circularidad que habrá resultado mo­lesta para algunos lectores al menos. En la prác­tica, no era preciso que fuera así. Estamos a punto de descubrir que una circularidad seme­jante es característica de las teorías científicas. Sin embargo, molesta o no, esta circularidad no

15 Esta generalización sobre el papel de la juventud en la investigación científica fundamental es tan común como una frase gastada. Además, una mirada a casi cual­quier lista de contribuciones fundamentales a la teoría científica, proporcionará una confirmación muy clara. Sin embargo, esa generalización hace muy necesaria una investigación sistemática. Harvey C. Lehman (Age and Achievement [Princeton, 1953]) proporciona muchos datos útiles; pero sus estudios no tratan de aislar contribucio­nes que involucren un reenunciado fundamental. Tampoco pregunta nada sobre las circunstancias especiales, si las hay, que puedan acompañar a la productividad relativa­mente tardía en las ciencias.

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deja ya de estar calificada. En esta sección y en las dos anteriores del ensayo hemos enunciado numerosos criterios de una quiebra de la activi­dad científica normal, criterios que no dependen en absoluto de si a esa quiebra sigue o no una revolución. Al enfrentarse a anomalías o a crisis, los científicos adoptan una actitud diferente ha­cia los paradigmas existentes y en consecuencia, la naturaleza de su investigación cambia. La pro­liferación de articulaciones en competencia, la disposición para ensayarlo todo, la expresión del descontento explícito, el recurso a la filosofía y el debate sobre los fundamentos, son síntomas de una transición de la investigación normal a la no-ordinaria. La noción de la ciencia normal de­pende más de su existencia que de la de las re­voluciones.

IX. NATURALEZA Y NECESIDAD DE LAS REVOLUCIONES CIENTÍFICAS

estas observaciones nos permiten finalmente considerar los problemas que dan título a este ensayo. ¿Qué son las revoluciones científicas y cuál es su función en el desarrollo científico? Gran parte de la respuesta a esas preguntas ha sido anticipada ya en secciones previas. En par­ticular, la discusión anterior ha indicado que las revoluciones científicas se consideran aquí como aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, com­pletamente o en parte, por otro nuevo e incom­patible. Sin embargo, hay mucho más que decir al respecto y podemos presentar una parte de ello mediante una pregunta más. ¿Por qué debe lla­marse revolución a un cambio de paradigma? Frente a las diferencias tan grandes y esenciales entre el desarrollo político y el científico, ¿qué paralelismo puede justificar la metáfora que en­cuentra revoluciones en ambos?

Uno de los aspectos del paralelismo debe ser ya evidente. Las revoluciones políticas se inician por medio de un sentimiento, cada vez mayor, restringido frecuentemente a una fracción de la comunidad política, de que las instituciones exis­tentes han cesado de satisfacer adecuadamente los problemas planteados por el medio ambiente que han contribuido en parte a crear. De ma­nera muy similar, las revoluciones científicas se inician con un sentimiento creciente, también a menudo restringido a una estrecha subdivisión de la comunidad científica, de que un paradigma existente ha dejado de funcionar adecuadamente en la exploración de un aspecto de la naturaleza,

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hacia el cual, el mismo paradigma había previa­mente mostrado el camino. Tanto en el desarro­llo político como en el científico, el sentimiento de mal funcionamiento que puede conducir a la crisis es un requisito previo para la revolución. Además, aunque ello claramente fuerza la metáfo­ra, este paralelismo es no sólo válido para los principales cambios de paradigmas, como los atri-buibles a Copérnico o a Lavoisier, sino también para los mucho rnás pequeños, asociados a la asimilación de un tipo nuevo de fenómeno, como el oxígeno o los rayos X. Las revoluciones cien­tíficas, como hicimos notar al final de la Sec­ción V, sólo necesitan parecerles revolucionarias a aquellos cuyos paradigmas sean afectados por ellas. Para los observadores exteriores pueden parecer, como las revoluciones balcánicas de co­mienzos del siglo xx, partes normales del proceso de desarrollo. Los astrónomos, por ejemplo, po­dían aceptar los rayos X como una adición simple al conocimiento, debido a que sus paradigmas no fueron afectados por la existencia de la nueva radiación. Pero, para hombres como Kelvin, Cro-okes y Roentgen, cuyas investigaciones trataban de la teoría de la radiación o de los tubos de rayos catódicos, la aparición de los rayos X vio­ló, necesariamente, un paradigma, creando otro. Es por eso por lo que dichos rayos pudieren ser descubiertos sólo debido a que había algo que no iba bien en la investigación normal.

Este aspecto genético del paralelo entre el des­arrollo político y el científico no debería ya dejar lugar a dudas. Sin embargo, dicho paralelo tiene un segundo aspecto, más profundo, del que de­pende la importancia del primero. Las revolucio­nes políticas tienden a cambiar las instituciones políticas en modos que esas mismas institucio­nes prohiben. Por consiguiente, su éxito exige el

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abandono parcial de un conjunto de instituciones en favor de otro y, mientras tanto, la sociedad no es gobernada completamente por ninguna insti­tución. Inicialmente, es la crisis sola la que ate­núa el papel de las instituciones políticas, del mismo modo, como hemos visto ya, que atenúa el papel desempeñado por los paradigmas. En números crecientes, los individuos se alejan cada vez más de la vida política y se comportan de manera cada vez más excéntrica en su interior. Luego, al hacerse más profunda la crisis, muchos de esos individuos se comprometen con alguna proposición concreta para la reconstrucción de la sociedad en una nueva estructura institucio­nal. En este punto, la sociedad se divide en cam­pos o partidos enfrentados, uno de los cuales trata de defender el cuadro de instituciones anti­guas, mientras que los otros se esfuerzan en esta­blecer otras nuevas. Y, una vez que ha tenido lugar esta polarización, el recurso político fracasa. Debido a que tienen diferencias con respecto a la matriz institucional dentro de la que debe tener lugar y evaluarse el cambio político, debido a que no reconocen ninguna estructura suprains-titucional para dirimir las diferencias revolucio­narías, las partes de un conflicto revolucionario deben recurrir, finalmente, a las técnicas de per­suasión de las masas, incluyendo frecuentemente el empleo de la fuerza. Aunque las revoluciones tienen una función vital en la evolución de las instituciones políticas, esa función depende de que sean sucesos parcialmente extrapolíticos o extrainstitucionales.

El resto de este ensayo está dedicado a demos­trar que el estudio histórico del cambio de para­digma revela características muy similares en la evolución de las ciencias. Como la elección entre instituciones políticas que compiten entre sí, la

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elección entre paradigmas en competencia resulta una elección entre modos incompatibles de vida de la comunidad. Debido a que tiene ese carác­ter, la elección no está y no puede estar determi­nada sólo por los procedimientos de evaluación característicos de la ciencia normal, pues éstos dependen en parte de un paradigma particular, y dicho paradigma es discutido. Cuando los para­digmas entran, como deben, en un debate sobre la elección de un paradigma, su función es nece­sariamente circular. Para argüir en la defensa de ese paradigma cada grupo utiliza su propio pa­radigma.

Por supuesto, la circularidad resultante no hace que los argumentos sean erróneos, ni siquiera inefectivos. El hombre que establece como pre­misa un paradigma, mientras arguye en su de­fensa puede, no obstante, proporcionar una mues­tra clara de lo que será la práctica científica para quienes adopten la nueva visión de la naturaleza. Esa muestra puede ser inmensamente persuasiva y, con frecuencia, incluso apremiante. Sin em­bargo, sea cual fuere su fuerza, el status del argu­mento circular es sólo el de la persuasión. No puede hacerse apremiante, lógica ni probable­mente, para quienes rehusan entrar en el círculo. Las premisas y valores compartidos por las dos partes de un debate sobre paradigmas no son suficientemente amplios para ello. Como en las revoluciones políticas sucede en la elección de un paradigma: no hay ninguna norma más ele­vada que la aceptación de la comunidad perti­nente. Para descubrir cómo se llevan a cabo las revoluciones científicas, tendremos, por consi­guiente, que examinar no sólo el efecto de la na­turaleza y la lógica, sino también las técnicas de argumentación persuasiva, efectivas dentro de los

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grupos muy especiales que constituyen la comu­nidad de científicos.

Para descubrir por qué la cuestión de la elec­ción de paradigma no puede resolverse nunca de manera inequívoca sólo mediante la lógica y la experimentación, debemos examinar brevemente la naturaleza de las diferencias que separan a los partidarios de un paradigma tradicional de sus sucesores revolucionarios. Este examen es el ob­jeto principal de esta sección y de la siguiente. Sin embargo, hemos señalado ya numerosos ejem­plos de tales diferencias, y nadie pondrá en duda que la historia puede proporcionar muchos otros. De lo que hay mayores probabilidades de poner en duda que de su existencia —y que, por consi­guiente, deberá tomarse primeramente en consi­deración—, es de que tales ejemplos proporcionan información esencial sobre la naturaleza de la ciencia. Dando por sentado que el rechazo del paradigma ha sido un hecho histórico, ¿ilumina algo más que la credulidad y la confusión huma­nas? ¿Hay razones intrínsecas por las cuales la asimilación de un nuevo tipo de fenómeno o de una nueva teoría científica deba exigir el rechazo de un paradigma más antiguo?

Nótese, primeramente, que si existen esas ra­zones, no se derivan de la estructura lógica del conocimiento científico. En principio, podría sur­gir un nuevo fenómeno sin reflejarse de manera destructiva sobre parte alguna de la práctica cien­tífica pasada. Aunque el descubrimiento de vida en la Luna destruiría paradigmas hoy existentes (que nos indican cosas sobre la Luna que pare­cen incompatibles con la existencia de vida en el satélite), el descubrimiento de vida en algún lu­gar menos conocido de la galaxia no lo haría. Por la misma razón, una teoría nueva no tiene por qué entrar en conflictos con cualquiera de sus

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predecesores. Puede tratar exclusivamente de fe­nómenos no conocidos previamente, como es el caso de la teoría cuántica que trata (de manera significativa, no exclusiva) de fenómenos subató­micos desconocidos antes del siglo xx. O también, la nueva teoría podría ser simplemente de un nivel más elevado que las conocidas hasta ahora, agrupando todo un grupo de teorías de nivel más bajo sin modificar sustancialmente a ninguna de ellas. Hoy en día, la teoría de la conservación de la energía proporciona exactamente ese enla­ce entre la dinámica, la química, la electricidad, la óptica, la teoría térmica, etc. Pueden conce­birse todavía otras relaciones compatibles entre las teorías antiguas y las nuevas. Todas y cada una de ellas podrían ilustrarse por medio del pro­ceso histórico a través del que se ha desarrollado la ciencia. Si lo fueran, el desarrollo científico sería genuinamente acumulativo. Los nuevos tipos de fenómenos mostrarían sólo el orden en un aspecto de la naturaleza en donde no se hubiera observado antes. En la evolución de la ciencia, los conocimientos nuevos reemplazarían a la igno­rancia, en lugar de reemplazar a otros conoci­mientos de tipo distinto e incompatible.

Por supuesto, la ciencia (o alguna otra empre­sa, quizá menos efectiva) podría haberse desarro­llado en esa forma totalmente acumulativa. Mu­cha gente ha creído que eso es lo que ha sucedido y muchos parecen suponer todavía que la acumu­lación es, al menos, el ideal que mostraría el desarrollo histórico si no hubiera sido distorsio­nado tan a menudo por la idiosincrasia humana. Hay razones importantes para esta creencia. En la Sección X descubriremos lo estrechamente que se confunde la visión de la ciencia como acu­mulación con una epistemología predominante que considera que el conocimiento es una cons-

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trucción hecha por la mente directamente sobre datos sensoriales no elaborados. Y en la Sec­ción XI examinaremos el fuerte apoyo propor­cionado al mismo esquema historiográfico por las técnicas de pedagogía efectiva de la ciencia. Sin embargo, a pesar de la enorme plausibilidad de esta imagen ideal, hay cada vez más razones para preguntarse si es posible que sea una imagen de la ciencia. Después del período anterior al pa­radigma, la asimilación de todas las nuevas teo­rías y de casi todos los tipos nuevos de fenómenos ha exigido, en realidad, la destrucción de un para­digma anterior y un conflicto consiguiente entre escuelas competitivas de pensamiento científico. La adquisición acumulativa de novedades no pre­vistas resulta una excepción casi inexistente a la regla del desarrollo científico. El hombre que tome en serio los hechos históricos deberá sospe­char que la ciencia no tiende al ideal que ha forjado nuestra imagen de su acumulación. Quizá sea otro tipo de empresa.

Sin embargo, si los hechos que se oponen pue­den llevarnos tan lejos, una segunda mirada al terreno que ya hemos recorrido puede sugerir que la adquisición acumulativa de novedades no sólo es en realidad rara, sino también en princi­pio, improbable. La investigación normal que es acumulativa, debe su éxito a la habilidad de los científicos para seleccionar regularmente proble­mas que pueden resolverse con técnicas concep­tuales e instrumentales vecinas a las ya existen­tes. (Por eso una preocupación excesiva por los problemas útiles sin tener en cuenta su relación con el conocimiento y las técnicas existentes, puede con tanta facilidad inhibir el desarrollo científico). Sin embargo, el hombre que se es­fuerza en resolver un problema definido por los conocimientos y las técnicas existentes, no se li-

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mita a mirar en torno suyo. Sabe qué es lo que desea lograr y diseña sus instrumentos y dirige sus pensamientos en consecuencia. La novedad inesperada, el nuevo descubrimiento, pueden sur­gir sólo en la medida en que sus anticipaciones sobre la naturaleza y sus instrumentos resulten erróneos. Con frecuencia, la importancia del des­cubrimiento resultante será proporcional a la amplitud y a la tenacidad de la anomalía que lo provocó. Así pues, es evidente que debe haber un conflicto entre el paradigma que descubre una anomalía y el que, más tarde, hace que la ano­malía resulte normal dentro de nuevas reglas. Los ejemplos de descubrimientos por medio de la destrucción de un paradigma que mencionamos en la Sección VI no nos enfrentan a un simple accidente histórico. No existe ningún otro modo efectivo en que pudieran generarse los descubri­mientos.

El mismo argumento se aplica, de manera to­davía más clara, a la invención de nuevas teorías. En principio, hay sólo tres tipos de fenómenos sobre los que puede desarrollarse una nueva teo­ría. El primero comprende los fenómenos que ya han sido bien explicados por los paradigmas exis­tentes y que raramente proporcionan un motivo o un punto de partida para la construcción de una nueva teoría. Cuando lo hacen, como en el caso de las tres famosas predicciones que analiza­mos al final de la sección VII, las teorías resultan­tes son raramente aceptadas, ya que la naturaleza no proporciona terreno para la discriminación. Una segunda clase de fenómenos comprende aque­llos cuya naturaleza es indicada por paradigmas existentes, pero cuyos detalles sólo pueden com­prenderse a través de una articulación ulterior de la teoría. Éstos son los fenómenos a los que dirigen sus investigaciones los científicos, la ma-

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yor parte del tiempo; pero estas investigaciones están encaminadas a la articulación de los para­digmas existentes más que a la creación de otros nuevos. Sólo cuando fallan esos esfuerzos de ar­ticulación encuentran los científicos el tercer tipo de fenómenos, las anomalías reconocidas cuyo rasgo característico es su negativa tenaz a ser asimiladas en los paradigmas existentes. Sólo este tipo produce nuevas teorías. Los paradigmas pro­porcionan a todos los fenómenos, excepto las anomalías, un lugar determinado por la teoría en el campo de visión de los científicos.

Pero si se adelantan nuevas teorías para resol­ver anomalías en la relación entre una teoría existente y la naturaleza, la nueva teoría que tenga éxito deberá permitir ciertas predicciones que sean diferentes de las derivadas de su prede-cesora. Esta diferencia podría no presentarse si las dos teorías fueran lógicamente compatibles. En el proceso de su asimilación, la segunda de­berá desplazar a la primera. Incluso una teoría como la de la conservación de la energía, que hoy en día parece una superestructura lógica que se relaciona con la naturaleza sólo por medio de teorías independientemente establecidas, no se desarrolló históricamente sin destrucción de paradigma. En lugar de ello, surgió de una cri­sis en la que un elemento esencial fue la incom­patibilidad entre la dinámica de Newton y cier­tas consecuencias recientemente formuladas de la teoría calórica. Sólo después del rechazo de la teoría calórica podía la conservación de la ener­gía llegar a ser parte de la ciencia.1 Y sólo des­pués de ser parte de la ciencia durante cierto tiempo, podía llegar o parecer una teoría de un

1 Silvanus P. Thomson,
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