Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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idem., p. 483.

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ley son los cambios en la cantidad de movimiento que experimentan las dos partes que entran en colisión. El mismo cambio de movimiento pro­porciona la definición de la fuerza dinámica im­plícita en la segunda ley. En este caso, como en muchos otros durante el siglo XVII, el paradigma corpuscular engendró un nuevo problema y una parte importante de su solución.6

Sin embargo, aunque gran parte del trabajo de Newton iba dirigido a problemas e incluía nor­mas derivadas de la visión mecánico-corpuscular del mundo, el efecto del paradigma que resultó de su trabajo fue un cambio ulterior y parcial­mente destructor de los problemas y las normas legitimadas por la ciencia. La gravedad, interpre­tada como una atracción innata entre cualquier par de partículas de materia, era una cualidad oculta en el mismo sentido que lo había sido la "tendencia a caer" de los escolásticos. Por con­siguiente, aunque continuaban siendo efectivas las normas del corpuscularismo, la búsqueda de una explicación mecánica de la gravedad fue uno de los problemas más difíciles para quienes acepta­ban los Principia como paradigma. Newton le dedicó mucha atención, lo mismo que muchos de sus sucesores del siglo XVIII. La única opción aparente era la de rechazar la teoría de Newton debido a que no lograba explicar la gravedad, y también esta alternativa fue adoptada amplia­mente. Sin embargo, en última instancia, ningu­na de esas opiniones triunfó. Incapaces de prac­ticar la ciencia sin los Principia o de hacer que ese trabajo se ajustara a las normas corpuscula­res del siglo XVII, los científicos aceptaron gra­dualmente la idea de que la gravedad, en realidad, era innata. Hacia mediados del siglo XVIII esa

6 Dugas, La mécanique au XVIIe siècle (Neuchatel, 1954), pp. 177-85, 284-98, 345-56.

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interpretación había sido casi universalmente aceptada y el resultado fue una reversión ge-nuina (que no es lo mismo que retroceso) a una norma escolástica. Las atracciones y repulsiones innatas se unían al tamaño, a la forma, a la posi­ción y al movimiento como propiedades primarias, físicamente irreductibles, de la materia.7

El cambio resultante en las normas y proble­mas de la ciencia física fue una vez más de con­secuencias. Por ejemplo, hacia los años de la década de 1740, los electricistas podían hablar de la "virtud" atractiva del fluido eléctrico, sin in­currir en el ridículo que había acogido al doctor de Moliere un siglo antes. Al hacerlo así, los fenómenos eléctricos exhibieron, cada vez más, un orden diferente del que habían mostrado cuan­do se consideraban como los efectos de un efluvio mecánico que sólo podía actuar por contacto. En particular, cuando la acción eléctrica a dis­tancia se convirtió por derecho propio en tema de estudio, pudo reconocerse como uno de sus efectos el fenómeno que ahora conocemos como carga por inducción. Previamente, cuando se ob­servaba, se lo atribuía a la acción directa de "atmósferas" eléctricas o a las pérdidas inevita­bles en cualquier laboratorio eléctrico. La nueva visión de los efectos de inducción fue, a su vez, la clave para el análisis que hizo Franklin de la botella de Leyden y, en esa forma, para el surgi­miento de un paradigma nuevo y newtoniano para la electricidad. La dinámica y la electricidad no fueron tampoco los únicos campos científicos afectados por la legitimación de la búsqueda de fuerzas innatas de la materia. El gran caudal

7 I. B. Cohen, Franklin and Newton: An Inquiry into Speculative Newtonian Experimental Science and Fran­klin's Work in Electricity as an Example Thereof (Filadel-fia, 1956), caps, VI-VII.

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de literatura del siglo XVIII sobre afinidades quí­micas y series de reemplazo, se deriva también de este aspecto supramecánico del newtonismo. Los químicos que creían en esas atracciones diferen­ciales entre las diversas especies químicas, pre­pararon experimentos que no hubieran podido concebir antes y buscaron nuevos tipos de reac­ciones. Sin los datos y los conceptos químicos que se desarrollaron en el curso de este proceso, el trabajo posterior de Lavoisier y, de manera especial, el de Dalton, hubieran sido incompren­sibles.8 Los cambios en las normas que rigen los problemas, conceptos y explicaciones admisibles, pueden transformar una ciencia. En la sección siguiente sugeriré incluso un sentido en el que pueden transformar al mundo.

En la historia de cualquier ciencia, casi en cual­quier periodo de su desarrollo, pueden encon­trarse otros ejemplos de esas diferencias no sustantivas entre paradigmas sucesivos. Por el momento, contentémonos con otras dos ilustra­ciones, mucho más breves. Antes de la revolución química, una de las tareas reconocidas de la quí­mica era la de explicar las cualidades de las sustancias químicas y los cambios que sufrían esas cualidades durante las reacciones químicas. Con la ayuda de un número reducido de "princi­pios" elementales —uno de los cuales era el flo-gisto—, el químico debía explicar por qué algu­nas sustancias son acidas, otras básicas, combus­tibles, y así sucesivamente. En este sentido, se habían logrado ciertos éxitos. Ya hemos hecho notar que el flogisto explicaba por qué los me­tales eran tan similares y hubiéramos podido desarrollar una argumentación similar para los

8 Sobre la electricidad, véase idem, caps, VIII-IX. Sobre la química, véase Metzger, op. cit., 1a Parte.

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ácidos. Sin embargo, la reforma de Lavoisier, eli­minó finalmente los "principios" químicos y, de ese modo, le quito a la química algo del poder real de explicación y gran parte del potencial. Para compensar esa pérdida, era necesario un cambio en las normas. Durante gran parte del siglo XIX, el no lograr explicar las cualidades de los compuestos no era acusación contra una teo­ría química.9

También Clerk Maxwell compartía con otros proponentes del siglo XIX de la teoría ondulatoria de la luz, la convicción de que las ondas de luz debían propagarse a través de un éter material. El diseño de un medio mecánico para sostener a esas ondas fue un problema normal para mu­chos de sus más capaces contemporáneos. Sin embargo, su propia teoría electromagnética de la luz, no dio ninguna explicación sobre un medio capaz de soportar las ondas de luz y claramente hizo que dar tal explicación resultara mucho más difícil de lo que había parecido antes. Inicialmen-te, la teoría de Maxwell fue ampliamente recha­zada por esas razones; pero, como la teoría de Newton, la de Maxwell resultó difícil de excluir y cuando alcanzó el status de paradigma, cambió la actitud de la comunidad hacia ella. Durante las primeras décadas del siglo xx, la insistencia de Maxwell en la existencia de un éter mecánico pa­reció ser cada vez más algo así como un mero reconocimiento verbal y se abandonaron los in­tentos para diseñar un medio etéreo de ese tipo. Los científicos no consideraron ya como no cien­tífico el hablar de un "desplazamiento" eléctrico, sin especificar qué estaba siendo desplazado. El resultado, nuevamente, fue un nuevo conjunto

9 E. Meyerson, Identity and Reality (Nueva York, 1930). cap. x.

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de problemas y normas que, en realidad, tuvo mucho que ver con la aparición de la teoría de la relatividad.10

Esos cambios característicos en la concepción de la comunidad científica sobre sus problemas y sus normas legítimos tendrían menos importan­cia para la tesis de este ensayo si fuera posible suponer que siempre tuvieron lugar de un tipo metodológico más bajo a otro más elevado. En este caso, asimismo, sus efectos parecerían ser acumulativos. No es extraño que algunos histo­riadores hayan argumentado que la historia de la ciencia registra un aumento continuo de la madurez y el refinamiento de la concepción del hombre sobre la naturaleza de la ciencia.11 Sin embargo, el argumento en pro del desarrollo acu­mulativo de los problemas y las normas de la ciencia es todavía más difícil de establecer que el de la acumulación de las teorías. El intento para explicar la gravedad, aunque abandonado convenientemente por la mayoría de los científi­cos del siglo XVIII, no iba dirigido a un problema intrínsecamente ilegítimo; las objeciones a las fuerzas innatas no eran inherentemente no cien­tíficas ni metafísicas en sentido peyorativo. No existen normas externas que permitan ese juicio. Lo que ocurrió no fue ni un trastorno ni una elevación de las normas, sino simplemente un cambio exigido por la adopción de un nuevo paradigma. Además, desde entonces, ese cambio fue invertido, y puede volver a serlo. En el si­glo xx, Einstein logró explicar las atracciones

  1. E. T. Whittaker, A History of the Theories of Aether
    and Electricity, II (Londres, 1953), 28-30.

  2. Sobre una tentativa brillante y absolutamente al
    día de encajar el desarrollo científico en este lecho de
    Procusto, véase The Edge of Objectivity: An Essay in the
    History of Scientific Ideas,
    de C. C. Gillispie (Princeton,
    1960).

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gravitacionales y esta explicación hizo que la ciencia regresara a un conjunto de cánones y problemas, a este respecto, que se parece más a los de los predecesores de Newton que a los de sus sucesores. Asimismo, el desarrollo de la mecánica cuántica ha invertido la prohibición me­todológica que tuvo su origen en la revolución química. Los químicos actualmente intentan, y con gran éxito, explicar el color, el estado de agregación y otras cualidades de las sustancias utilizadas y producidas en sus laboratorios. Es posible que esté teniendo lugar también una in­versión similar en la teoría electromagnética. El espacio, en la física contemporánea, no es el sus­trato inerte y homogéneo empleado tanto en la teoría de Newton como en la de Maxwell; algu­nas de sus nuevas propiedades no son muy dife­rentes de las atribuidas antiguamente al éter; es posible que lleguemos a saber, algún día, qué es un desplazamiento eléctrico.

Cambiando el acento de las funciones cognosci­tivas a las normativas de los paradigmas, los ejemplos anteriores aumentan nuestra compren­sión de los modos en que dan forma los para­digmas a la vida científica. Previamente, hemos examinado, sobre todo, el papel desempeñado por un paradigma como vehículo para la teoría cien­tífica. En este papel, su función es la de decir a los científicos qué entidades contiene y no contiene la naturaleza y cómo se comportan esas entida­des. Esta información proporciona un mapa cu­yos detalles son elucidados por medio de las investigaciones científicas avanzadas. Y puesto que la naturaleza es demasiado compleja y va­riada como para poder estudiarla al azar, este mapa es tan esencial como la observación y la experimentación para el desarrollo continuo de la ciencia. A través de las teorías que engloban,

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los paradigmas resultan esenciales para las acti­vidades de investigación. Sin embargo, son tam­bién esenciales para la ciencia en otros aspectos y esto es lo que nos interesa en este momento. En particular, nuestros ejemplos más recientes muestran que los paradigmas no sólo proporcio­nan a los científicos mapas sino también algunas de las indicaciones principales para el estableci­miento de mapas. Al aprender un paradigma, el científico adquiere al mismo tiempo teoría, mé­todos y normas, casi siempre en una mezcla inse­parable. Por consiguiente, cuando cambian los paradigmas, hay normalmente transformaciones importantes de los criterios que determinan la legitimidad tanto de los problemas como de las soluciones propuestas.

Esta observación nos hace regresar al punto en que se inició esta sección, pues nos proporcio­na nuestra primera indicación explícita de por qué la elección entre paradigmas en competencia plantea regularmente preguntas que no pueden ser contestadas por los criterios de la ciencia normal. Hasta el punto, tan importante como incompleto, en el que dos escuelas científicas que se encuentren en desacuerdo sobre qué es un pro­blema y qué es una solución, inevitablemente ten­drán que chocar al debatir los méritos relativos de sus respectivos paradigmas. En los argumen­tos parcialmente circulares que resultan regular­mente, se demostrará que cada paradigma satis­face más o menos los criterios que dicta para sí mismo y que sé queda atrás en algunos de los dictados por su oponente. Hay también otras ra­zones para lo incompleto del contacto lógico que caracteriza siempre a los debates paradigmáticos. Por ejemplo, puesto que ningún paradigma re­suelve todos los problemas que define y puesto que no hay dos paradigmas que dejen sin resol-

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ver los mismos problemas, los debates paradig­máticos involucran siempre la pregunta: ¿Qué problema es más significativo resolver? Como la cuestión de la competencia de normas, esta cues­tión de valores sólo puede contestarse en térmi­nos de criterios que se encuentran absolutamente fuera de la ciencia normal y es ese recurso a cri­terios externos lo que de manera más obvia hace revolucionarios los debates paradigmáticos. Sin embargo, se encuentra también en juego algo más fundamental que las normas y los valores. Hasta ahora, sólo he argüido que los paradigmas son parte constitutiva de la ciencia. A continua­ción, deseo mostrar un sentido en que son tam­bién parte constitutiva de la naturaleza.

X. LAS REVOLUCIONES COMO CAMBIOS DEL CONCEPTO DEL MUNDO

examinando el registro de la investigación pa­sada, desde la atalaya de la historiografía contem­poránea, el historiador de la ciencia puede sen­tirse tentado a proclamar que cuando cambian los paradigmas, el mundo mismo cambia con ellos. Guiados por un nuevo paradigma, los científicos adoptan nuevos instrumentos y buscan en luga­res nuevos. Lo que es todavía más importante, durante las revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con instrumentos co­nocidos y en lugares en los que ya habían buscado antes. Es algo así como si la comunidad profe­sional fuera transportada repentinamente a otro planeta, donde los objetos familiares se ven bajo una luz diferente y, además, se les unen otros objetos desconocidos. Por supuesto, no sucede nada de eso: no hay transplantación geográfica; fuera del laboratorio, la vida cotidiana continúa como antes. Sin embargo, los cambios de para­digmas hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera diferente. En la medida en que su único acceso para ese mundo se lleva a cabo a través de lo que ven y hacen, podemos desear decir que, des­pués de una revolución, los científicos respon­den a un mundo diferente.

Las demostraciones conocidas de un cambio en la forma (Gestalt) visual resultan muy suges­tivas como prototipos elementales para esas trans­formaciones del mundo científico. Lo que antes de la revolución eran patos en el mundo del científico, se convierte en conejos después. El hombre que veía antes el exterior de la caja
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desde arriba, ve ahora su interior desde abajo. Las transformaciones como ésas, aunque habi-tualmente más graduales y casi siempre irrever­sibles, son acompañantes comunes de la prepa­ración de los científicos. Al mirar el contorno de un mapa, el estudiante ve líneas sobre un pa­pel, mientras que el cartógrafo ve una fotografía de un terreno. Al examinar una fotografía de cámara de burbujas, el estudiante ve líneas inte­rrumpidas que se confunden, mientras que el fí­sico un registro de sucesos subnucleares que le son familiares. Sólo después de cierto número de esas transformaciones de la visión, el estu­diante se convierte en habitante del mundo de los científicos, ve lo que ven los científicos y responde en la misma forma que ellos. Sin em­bargo, el mundo al que entonces penetra el estu­diante no queda fijo de una vez por todas, por una parte, por la naturaleza del medio ambien­te y de la ciencia, por la otra. Más bien, es conjuntamente determinado por el medio ambien­te y por la tradición particular de la ciencia normal que el estudiante se ha preparado a se­guir. Por consiguiente, en tiempos de revolución, cuando la tradición científica normal cambia, la percepción que el científico tiene de su medio ambiente debe ser reeducada, en algunas situacio­nes en las que se ha familiarizado, debe aprender a ver una forma
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