Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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The Develop­ment of the Concept of Electric Charge (Cambridge, Mass., 1954), pp. 21-29.

9 Véase la discusión, en la Sección VII, y la literatura indicada en esa sección en la nota número 9.

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tuvo que modificar también su visión de otras muchas substancias más conocidas. Por ejemplo, vio un mineral compuesto donde Priestley y sus contemporáneos habían visto una tierra elemen­tal y había, además, otros varios cambios. Cuando menos, como resultado de su descubrimiento del oxígeno, Lavoisier vio a la naturaleza de manera diferente. Y a falta de algún recurso a esa natu­raleza fija e hipotética que "veía diferentemente", el principio de economía nos exigirá decir que, después de descubrir el oxígeno, Lavoisier tra­bajó en un mundo diferente.

Me preguntaré en breve si existe la posibilidad de evitar esa extraña frase; pero, antes, necesita­mos un ejemplo más de su uso, derivado de una de las partes mejor conocidas del trabajo de Ga­lileo. Desde la Antigüedad más remota, la mayo­ría de las personas han visto algún objeto pesado balanceándose al extremo de una cuerda o cade­na, hasta que finalmente queda en reposo. Para los aristotélicos, que creían que un cuerpo pesado se desplazaba por su propia naturaleza de una posición superior a una más baja hasta llegar a un estado de reposo natural, el cuerpo que se balanceaba simplemente estaba cayendo con di­ficultad. Sujeto a la cadena, sólo podía quedar en reposo en su posición más baja, después de un movimiento tortuoso y de un tiempo considerable. Galileo, por otra parte, al observar el cuerpo que se balanceaba, vio un péndulo, un cuerpo que casi lograba repetir el mismo movimiento, una y otra vez, hasta el infinito. Y después de ver esto, Galileo observó también otras propiedades del péndulo y construyó muchas de las partes más importantes y originales de su nueva dinámica, de acuerdo con esas propiedades. Por ejemplo, de las propiedades del péndulo, Galileo dedujo sus únicos argumentos completos y exactos para la

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independencia del peso y del índice de caída, así como también para la relación entre el peso ver­tical y la velocidad final de los movimientos des­cendentes sobre un plano inclinado.10 Todos esos fenómenos naturales los vio diferentemente de como habían sido vistos antes.

¿Por qué tuvo lugar ese cambio de visión? Por supuesto, gracias al genio individual de Galileo. Pero nótese que el genio no se manifiesta en este caso como observación más exacta u objetiva del cuerpo oscilante. De manera descriptiva, la per­cepción aristotélica tiene la misma exactitud. Cuando Galileo informó que el periodo del pén­dulo era independiente de la amplitud, para am­plitudes de hasta 90°, su imagen del péndulo lo llevó a ver en él una regularidad mucho mayor que la que podemos descubrir en la actualidad en dicho péndulo.11 Más bien, lo que parece haber estado involucrado es la explotación por el ge­nio de las posibilidades perceptuales disponibles, debido a un cambio del paradigma medieval. Galileo no había recibido una instrucción total­mente aristotélica. Por el contrario, había sido pre­parado para analizar los movimientos, de acuerdo con la teoría del ímpetu, un paradigma del final de la Edad Media, que sostenía que el movimien­to continuo de un cuerpo pesado se debía a un poder interno, implantado en él por el impulsor que inició su movimiento. Jean Buridan y Nicole Oresme, los escolásticos del siglo XIV que lleva­ron la teoría del ímpetu a sus formulaciones más perfectas, son los primeros hombres de quienes se sabe que vieron en los movimientos de oscila­ción una parte de lo que vio en ellos Galileo.

  1. Galileo Galilei, Dialogues Concerning Two New
    Sciences, trad. H. Crew y A. de Salvio (Evanston, III,
    1946), pp. 80-81, 162-66.

  1. Ibid., pp. 91-94, 244.

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Buridan describe el movimiento de una cuerda que vibra como aquel en el que el ímpetu es implantado primeramente cuando se golpea la cuerda; ese ímpetu se consume al desplazarse la cuerda en contra de la resistencia ofrecida por su tensión; a continuación, la tensión lleva a la cuerda hacia atrás, implantando un ímpetu cre­ciente hasta alcanzar el punto medio del movi­miento; después de ello, el ímpetu desplaza a la cuerda en sentido contrario, otra vez contra la tensión de la cuerda, y así sucesivamente en un proceso simétrico que puede continuar indefini­damente. Más avanzado el siglo, Oresme bosquejó un análisis similar de la piedra que se balancea, en lo que ahora, aparece como la primera discu­sión sobre un péndulo.12 De manera clara, su opinión se encuentra muy cerca de la que tuvo Galileo cuando abordó por primera vez el estudio del péndulo. Al menos, en el caso de Oresme y casi seguro que también en el de Galileo, fue una visión hecha posible por la transición del para­digma aristotélico original al paradigma escolás­tico del ímpetu para el movimiento. Hasta que se inventó ese paradigma escolástico no hubo péndulo, sino solamente piedras oscilantes, para que pudiera verlas el científico. Los péndulos co­menzaron a existir gracias a algo muy similar al cambio de forma (Gestalt) provocado por un pa­radigma.

Sin embargo, ¿necesitamos realmente describir lo que separa a Galileo de Aristóteles o a Lavoi­sier de Priestley como una transformación de la visión? ¿Vieron realmente esos hombres cosas di­ferentes al mirar los mismos tipos de objetos? ¿Hay algún sentido legítimo en el que podamos decir que realizaban sus investigaciones en mun-

12 M. Clagett, The Science of Mechanics in the Middle Ages (Madison, Wis., 1959), pp. 537-38, 570.

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dos diferentes? No es posible continuar apla­zando estas preguntas, ya que existe otro modo evidente y mucho más habitual de describir to­dos los ejemplos históricos delineados antes. Mu­chos lectores desearán decir, seguramente, que lo que cambia con un paradigma es sólo la interpre­tación que hacen los científicos de las observa­ciones, que son fijadas, una vez por todas, por la naturaleza del medio ambiente y del aparato per­ceptual. Según esta opinión, Lavoisier y Priestley vieron ambos el oxígeno, pero interpretaron sus observaciones de manera diferente; Aristóteles y Galileo vieron ambos el péndulo, pero difirieron en sus interpretaciones de lo que ambos habían visto. Ante todo diré que esta opinión muy habi­tual sobre lo que sucede cuando los científicos cambian de manera de pensar sobre cuestiones fundamentales, no puede ser ni completamente errónea ni una simple equivocación. Más bien es una parte esencial de un paradigma filosófico iniciado por Descartes y desarrollado al mismo tiempo que la dinámica de Newton. Ese paradig­ma ha rendido buenos servicios tanto a la ciencia como a la filosofía. Su explotación, como la de la dinámica misma, ha dado como fruto una com­prensión fundamental que quizá no hubiera po­dido lograrse en otra forma. Pero, como indica también el ejemplo de la dinámica de Newton, ni siquiera los éxitos pretéritos más sorprenden­tes pueden garantizar que sea posible aplazar indefinidamente una crisis. Las investigaciones actuales en partes de la filosofía, la psicología, la lingüística, e incluso la historia del arte, se unen para sugerir que el paradigma tradicional se encuentra en cierto modo, desviado. Este fracaso en el ajuste aparece también cada vez con mayor claridad en el curso del estudio his­tórico de la ciencia, hacia el cual habremos de

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orientar necesariamente la mayor parte de nues­tra atención.

Ninguno de esos temas productores de crisis ha creado todavía una alternativa viable para el paradigma epistemológico tradicional; pero co­mienzan a insinuar lo que serán algunas de las características de ese paradigma. Por ejemplo, me doy cuenta perfectamente de la dificultad creada al decir que, cuando Aristóteles y Galileo miraron a piedras oscilantes, el primero vio una caída forzada y el segundo un péndulo. Las mis­mas dificultades presentan, en forma todavía más fundamental, las frases iniciales de esta sección: aunque el mundo no cambia con un cambio de paradigma, el científico después trabaja en un mundo diferente. No obstante, estoy convencido de que debemos aprender a interpretar el sen­tido de enunciados que, por lo menos, se parez­can a ésos. Lo que sucede durante una revolución científica no puede reducirse completamente a una reinterpretación de datos individuales y es­tables. En primer lugar, los datos no son inequí­vocamente estables. Un péndulo no es una piedra que cae, ni el oxígeno es aire deflogistizado. Por consiguiente, los datos que reúnen los cien­tíficos de esos objetos diversos son, como vere­mos muy pronto, ellos mismos diferentes. Lo que es más importante, el proceso por medio del cual el individuo o la comunidad lleva a cabo la transición de la caída forzada al péndulo o del aire deflogistizado al oxígeno no se parece a una interpretación. ¿Cómo podría serlo, a falta de datos fijos que pudieran interpretar los cientí­ficos? En lugar de ser un intérprete, el científico que acepta un nuevo paradigma es como el hom­bre que lleva lentes inversores. Frente a la mis­ma constelación de objetos que antes, y sabiendo que se encuentra ante ellos, los encuentra, no

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obstante, transformados totalmente en muchos de sus detalles.

Ninguno de estos comentarios pretende indi­car que los científicos no interpretan caracterís­ticamente las observaciones y los datos. Por el contrario, Galileo interpretó las observaciones del péndulo y Aristóteles las de las piedras en caída, Musschenbroek las observaciones de una botella llena de carga eléctrica y Franklin las de un con­densador. Pero cada una de esas interpretacio­nes presuponía un paradigma. Eran partes de la ciencia normal, una empresa que, como ya hemos visto, tiene como fin el refinar, ampliar y articu­lar un paradigma que ya existe. En la sección III presentamos muchos ejemplos en los que la in­terpretación desempeñaba un papel esencial. Esos ejemplos eran típicos en la mayoría abrumadora de las investigaciones. En cada uno de ellos, en virtud de un paradigma aceptado, el científico sabía qué era un dato, qué instrumentos podían utilizarse para ubicarlo y qué conceptos eran im­portantes para su interpretación. Dado un para­digma, la interpretación de datos es crucial para la empresa de explorarlo.

Pero esta empresa de interpretación —y ese fue el tema del antepenúltimo párrafo— sólo puede articular un paradigma, no corregirlo. Los paradigmas no pueden ser corregidos por la cien­cia normal. En cambio, como ya hemos visto, la ciencia normal conduce sólo, en último aná­lisis, al reconocimiento de anomalías y a crisis. Y éstas se terminan, no mediante deliberación o interpretación, sino por un suceso relativamente repentino y no estructurado, como el cambio de forma (Gestalt). Entonces, los científicos hablan con frecuencia de las "vendas que se les caen de los ojos" o de la "iluminación repentina" que "inunda" un enigma previamente oscuro, permi-

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tiendo que sus componentes se vean de una manera nueva que permite por primera vez su resolución. En otras ocasiones, la iluminación pertinente se presenta durante el sueño.13 Ningún sentido ordinario del término "interpretación" se ajusta a esos chispazos de la Intuición por medio de los que nace un nuevo paradigma. Aunque esas intuiciones dependen de la experiencia, tan­to anómala como congruente, obtenida con el antiguo paradigma, no se encadenan lógica ni gradualmentes a conceptos particulares de esa ex­periencia como sucedería si se tratara de inter­pretaciones. En lugar de ello, reúnen grandes porciones de esa experiencia y las transforman para incluirlas en el caudal muy diferente de experiencia que será más tarde, de manera gra­dual, insertado al nuevo paradigma, y no al antiguo.

Para aprender algo más sobre cuáles pueden ser esas diferencias de experiencia, volvamos por un momento a Aristóteles, Galileo y el péndulo. ¿Qué datos pusieron a su alcance la interacción de sus diferentes paradigmas y su medio ambien­te común? Al ver la caída forzada, el aristotélico mediría (o al menos discutiría; el aristotélico ra­ramente medía) el peso de la piedra, la altura vertical a que había sido elevada y el tiempo requerido para que quedara en reposo. Junto con la resistencia del medio, ésas fueron las ca­tegorías conceptuales tomadas en consideración por la ciencia aristotélica para tratar la caída de

13 Jacques Hadamard, Subconscient intuition, et lo gique dans la recherche scientifique. Conférence faite au Palais de la Découverte le 8 Décembre 1945 (Alençon, s.f.), pp. 7-8. Un informe mucho más completo, aunque restringido a las innovaciones matemáticas, es la obra del mismo autor: The Psychology of Invention in the Mathematical Field (Princeton, 1949).

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un cuerpo.14 La investigación normal guiada por ellas no hubiera podido producir las leyes que descubrió Galileo. Sólo podía —y lo hizo por otro camino— conducir a la serie de crisis de la que surgió la visión de Galileo de la piedra oscilante. Como resultado de estas crisis y de otros cambios intelectuales, Galileo vio la piedra que se balan­ceaba de manera totalmente diferente. El traba­jo de Arquímedes sobre los cuerpos flotantes hizo que el medio no fuera esencial; la teoría del ímpetu hacía que el movimiento fuera simétrico y duradero; y el neoplatonismo dirigió la aten­ción de Galileo hacia la forma circular del movi­miento.15 Por consiguiente, midió sólo el peso, el radio, el desplazamiento angular y el tiempo por oscilación, que eran precisamente los datos que podían interpretarse de tal modo que produjeran las leyes de Galileo para el péndulo. En realidad, la interpretación resultó casi innecesaria. Con los paradigmas de Galileo, las regularidades similares a las del péndulo eran casi accesibles a la inspec­ción. De otro modo, ¿cómo podríamos explicar el descubrimiento hecho por Galileo de que el perio­do de oscilación es enteramente independiente de la amplitud, un descubrimiento que la ciencia normal sucesora de Galileo tuvo que erradicar y que nos vemos imposibilitados de probar teórica­mente en la actualidad? Las regularidades que para un aristotélico no hubieran podido existir (y que, en efecto, no se encuentran ejemplifica­das precisamente en ninguna parte de la natura­leza), fueron para el hombre que vio la piedra

14 T. S. Kuhn, "A Function for Thought Experiments", en Mélanges Alexandre Koyré, ed. R. Taton e I. B. Cohén, que deberá ser publicado por Hermann (París) en 1963.

15 A. Koyré, Études Galiléennes (París, 1939), I, 46-51; y "Galileo and Plato", Journal of the History of Ideas, IV (1943), 400-428.

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oscilante como la vio Galileo, consecuencias de la experiencia inmediata.

Quizá sea demasiado imaginario el ejemplo, ya que los aristotélicos no registran ninguna discu­sión sobre las piedras oscilantes. De acuerdo con su paradigma, éste era un fenómeno extraordina­riamente complejo. Pero los aristotélicos discu­tieron el caso más simple, el de las piedras que caían sin impedimentos no comunes, y en ese caso pueden observarse claramente las mismas diferencias de visión. Al observar la caída de una piedra, Aristóteles vio un cambio de estado más que un proceso. Para él, por consiguiente, las medidas pertinentes de un movimiento eran la distancia total recorrida y el tiempo total trans­currido, parámetros que producen lo que actual­mente no llamaríamos velocidad sino velocidad media.16 De manera similar, debido a que la pie­dra era impulsada por su naturaleza para que alcanzara su punto final de reposo, Aristóteles vio como parámetro importante de la distancia en cualquier instante durante el movimiento, la dis­tancia
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