Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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Principles of the Theory of Probability, Vol. I, núm. 6, de Ernest Nagel, International Encyclo­pedia of Unified Science, pp. 60-75.

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rías alternativas deberá proceder de alguna tradi­ción basada en un paradigma. Con esta limitación, no tendría acceso a todas las experiencias o teo­rías posibles. Como resultado de ello, las teorías probabilistas disimulan la situación de verifica­ción tanto como la iluminan. Aunque esta si­tuación, como insisten, depende de la comparación de teorías y de muchas pruebas presentadas, las teorías y observaciones en cuestión están siempre estrechamente relacionadas con otras ya existen­tes. La verificación es como la selección natural: toma las más viables de las alternativas reales, en una situación histórica particular. El hecho de si esta elección es la mejor que pudo hacerse si se hubiera dispuesto todavía de otras alternativas o si los datos hubieran sido de otro tipo, no es una pregunta que pueda plantearse de manera útil. No hay instrumentos que puedan emplearse para encontrar las respuestas pertinentes.

Un método muy distinto para abordar todo este conjunto de problemas ha sido desarrollado por Karl R. Popper, quien niega la existencia de todo procedimiento de verificación.2 En su lu­gar, hace hincapié en la importancia de la falsa-ción, o sea de la prueba que, debido a que su resultado es negativo, hace necesario rechazar una teoría establecida. Claramente, el papel atri­buido así a la falsación se parece mucho al que en este ensayo atribuimos a las experiencias anó­malas; o sea, a las experiencias que, al provocar crisis, preparan el camino hacia una nueva teo­ría. Sin embargo, las experiencias anómalas no pueden identificarse con las de falsación. En rea­lidad, dudo mucho que existan estas últimas.

2 K. R. Popper, The Logic of Scientific Discovery (Nueva York, 1959), sobre todo los caps. I-IV. Versión al español: La lógica del descubrimiento científico. Ed. Tecnos.

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Como repetidamente hemos subrayado con ante­rioridad, ninguna teoría resuelve nunca todos los problemas a que en un momento dado se enfren­ta, ni es frecuente que las soluciones ya alcanza­das sean perfectas. Al contrario, es justamente lo incompleto y lo imperfecto del ajuste entre la teoría y los datos existentes lo que, en cualquier momento, define muchos de los enigmas que ca­racterizan a la ciencia normal. Si todos y cada uno de los fracasos en el ajuste sirvieran de base para rechazar las teorías, todas las teorías debe­rían ser rechazadas en todo momento. Por otra parte, si sólo un fracaso contundente en el ajuste justifica el rechazo de la teoría, entonces los se­guidores de Popper necesitarán cierto criterio de "improbabilidad" o de "grado de demostración de falsación". Al desarrollar un criterio, es casi seguro que se enfrentarán al mismo tejido de dificultades que ha obsesionado a los partidarios de las diversas teorías de verificación proba-bilista.

Muchas de las dificultades precedentes pueden evitarse reconociendo que tanto las opiniones prevalecientes como las opuestas, con respecto a la lógica básica de la investigación científica, han tratado de comprimir en uno solo dos procesos muy separados. La experiencia anómala de Pop­per es importante para la ciencia, debido a que produce competidores para un paradigma exis­tente. Pero la demostración de falsación aunque seguramente tiene lugar, no aparece con el surgi­miento, o simplemente a causa del surgimiento de una anomalía o de un ejemplo que demuestre la falsación. En lugar de ello, es un proceso subsiguiente y separado que igualmente bien po­dría llamarse verificación, puesto que consiste en el triunfo de un nuevo paradigma sobre el ante­rior. Además, es en este proceso conjunto de

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verificación y demostración de falsación en donde desempeña un papel crucial la comparación pro-babilista de teorías. Creo que esa formulación en dos etapas tiene la virtud de una gran vero­similitud y puede capacitarnos también para co­menzar a explicar el papel del acuerdo (o del desacuerdo) entre el hecho y la teoría en el pro­ceso de verificación. Para el historiador al menos, tiene poco sentido el sugerir que la verificación es establecer el acuerdo del hecho con la teoría. Todas las teorías que tuvieron significado histó­rico estuvieron acordes con los hechos; pero sólo en forma relativa. No existe ninguna respuesta más precisa para la pregunta de si una teoría individual se ajusta a los hechos y hasta qué punto lo hace. Pero pueden plantearse pregun­tas muy similares a ésas, cuando se toman las teorías colectivamente o por parejas. Cabe pre­guntar cuál de dos teorías, reales y en competen­cia, se ajusta mejor a los hechos. Por ejemplo, aunque ni la teoría de Priestley ni la de Lavoisier concordaban precisamente con las observaciones existentes, pocos contemporáneos dudaron más de una década en llegar a la conclusión de que, de las dos, la teoría de Lavoisier era la que mejor se ajustaba.

Sin embargo, esta formulación hace que la ta­rea de escoger entre paradigmas parezca más fácil y familiar de lo que es en realidad. Si no hubiera más que un conjunto de problemas cien­tíficos, un mundo en el que poder ocuparse de ellos y un conjunto de normas para su resolu­ción, la competencia entre paradigmas podría re­solverse por medio de algún proceso más o menos rutinario, como contar el número de problemas resueltos por cada uno de ellos. Pero, en realidad, esas condiciones no son satisfechas completa­mente nunca. Quienes proponen los paradigmas

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en competencia se encuentran siempre, por lo menos ligeramente, en pugna involuntaria. Nin­guna de las partes dará por sentadas todas las suposiciones no empíricas que necesita la otra para poder desarrollar su argumento; como Proust y Berthollet, cuando discutieron sobre la compo­sición de los compuestos químicos, estarán, hasta cierto punto, obligadas a hablar sin entenderse; aunque cada una de ellas podrá esperar conven­cer a la otra de su modo de ver su ciencia y sus problemas, ninguna de ellas podrá esperar pro­bar su argumento. La competencia entre paradig­mas no es el tipo de batalla que pueda resolverse por medio de pruebas.

Ya hemos visto varias razones por las que los proponentes de paradigmas en competencia nece­sariamente fracasan al entrar en contacto com­pleto con los puntos de vista de los demás. Co­lectivamente, estas razones han sido descritas como la inconmensurabilidad de las tradiciones científicas normales anteriores y posteriores a las revoluciones, y sólo necesitaremos repetirlas brevemente. En primer lugar, los proponentes de paradigmas en competencia estarán a menudo en desacuerdo con respecto a la lista de problemas que cualquier candidato a paradigma deba resol­ver. Sus normas o sus definiciones de la ciencia serán diferentes. ¿Debe una teoría del movi­miento explicar la causa de la fuerza de atrac­ción entre partículas de materia o puede simple­mente notar la existencia de esas fuerzas? La dinámica de Newton fue ampliamente rechazada debido a que, a diferencia de las teorías de Aris­tóteles y de Descartes, implicaba la última res­puesta a la pregunta. Por consiguiente, cuando se aceptó la teoría de Newton, una pregunta fue eliminada de la ciencia. Sin embargo, la relati­vidad general podría públicamente enorgullecerse

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de haber resuelto esa pregunta. También la teo­ría química de Lavoisier, diseminada a lo largo del siglo XIX, impidió a los químicos plantear la pregunta de por qué se parecían tanto los meta­les, pregunta que la química del flogisto había planteado y respondido. La transición al paradig­ma de Lavoisier, como la que tuvo lugar al de Newton, significo no solo la pérdida de una pre­gunta permitida sino también la de una solución lograda; sin embargo, tampoco esa pérdida fue permanente. En el siglo xx, las preguntas res­pecto a las cualidades de las substancias químicas han sido nuevamente incluidas en la ciencia, jun­to con algunas respuestas.

Sin embargo, está implicado algo más que la inconmensurabilidad de las normas. Puesto que los nuevos paradigmas nacen de los antiguos, in­corporan ordinariamente gran parte del vocabu­lario y de los aparatos, tanto conceptuales como de manipulación, que previamente empleó el pa­radigma tradicional. Pero es raro que empleen exactamente del modo tradicional a esos elemen­tos que han tomado prestados. En el nuevo para­digma, los términos, los conceptos y los experi­mentos antiguos entran en relaciones diferentes unos con otros. El resultado inevitable es lo que debemos llamar, aunque el término no sea abso­lutamente correcto, un malentendido entre las dos escuelas en competencia. El profano que fruncía el ceño ante la teoría general de la rela­tividad de Einstein, debido a que el espacio no podía ser "curvo" —no era exactamente eso—, no estaba simplemente equivocado o engañado. Tampoco los matemáticos, los físicos y los filó­sofos que trataron de desarrollar una versión euclideana de la teoría de Einstein.3 Lo que an-
3 Sobre las reacciones de los profanos ante el concepto del espacio curvo, véase Einstein, His Life and Times,

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teriormente se entendía por espacio, era necesa­riamente plano, homogéneo, isotrópico y no afec­tado por la presencia de la materia. De no ser así, la física de Newton no hubiera dado resul­tado. Para llevar a cabo la transición al universo de Einstein, todo el conjunto conceptual cuyas ramificaciones son el espacio, el tiempo, la ma­teria, la fuerza, etc., tenía que cambiarse y esta­blecerse nuevamente sobre el conjunto de la na­turaleza. Sólo los hombres que habían sufrido juntos o no habían logrado sufrir esa transfor­mación serían capaces de descubrir precisamente en qué estaban o no de acuerdo. La comunica­ción a través de la línea de división revoluciona­ria es inevitablemente parcial. Por ejemplo, tó­mese en consideración a los hombres que llamaron loco a Copérnico porque proclamó que la Tierra se movía. No estaban tampoco simple o comple­tamente equivocados. Parte de lo que entendían por 'Tierra' era una posición fija. Por lo menos, su tierra no podía moverse. De la misma mane­ra, la innovación de Copérnico no fue sólo mover la Tierra; por el contrario, fue un modo comple­tamente nuevo de ver los problemas de la física y de la astronomía, que necesariamente cambiaba el significado de 'Tierra' y de 'movimiento'.4 Sin esos cambios, el concepto de que la Tierra se movía era una locura. Por otra parte, una vez

de Philipp Frank, trad. y ed. por G. Rosen y S. Kusaka (Nueva York, 1947), pp. 142-46. Sobre algunos de los in­tentos hechos para preservar los triunfos de la relatividad general dentro de un espacio euclideano, véase Einstein and the universe, de C. Nordmann, trad. J. McCabe (Nueva York, 1922), cap. IX.

4 T. S. Kuhn, The Copemican Revolution (Cambridge, Mass., 1957), caps, III, IV y VII. Uno de los temas princi­pales de todo el libro es el punto sobre hasta dónde el heliocentrismo fue algo más que una cuestión estricta­mente astronómica.

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llevados a cabo y comprendidos, tanto Descartes como Huyghens comprendieron que el movimien­to de la Tierra era una cuestión que carecía de contenido para la ciencia.5

Estos ejemplos señalan hacia el tercero y más fundamental de los aspectos de la inconmensu­rabilidad de los paradigmas en competencia. En un sentido que soy incapaz de explicar de manera más completa, quienes proponen los paradigmas en competencia practican sus profesiones en mun­dos diferentes. Unos contienen cuerpos forzados que caen lentamente y otro péndulos que repiten sus movimientos una y otra vez. En un caso, las soluciones son compuestos, en otro, mezclas. Uno se encuentra inserto en una matriz plana del es­pacio, el otro en una curva. Al practicar sus profesiones en mundos diferentes, los dos grupos de científicos ven cosas diferentes cuando miran en la misma dirección desde el mismo punto. Nuevamente, esto no quiere decir que pueden ver lo que deseen. Ambos miran al mundo y aquello a lo que miran no ha cambiado. Pero, en ciertos campos, ven cosas diferentes y las ven en relaciones distintas unas con otras. Es por eso por lo que una ley que ni siquiera puede ser esta­blecida por demostración a un grupo de científi­cos, a veces puede parecerle a otro intuitivamente evidente. Por eso, asimismo, antes de que pue­dan esperar comunicarse plenamente, un grupo o el otro deben experimentar la conversión que hemos estado llamando cambio de paradigma. Precisamente porque es una transición entre in­conmensurables, la transición entre paradigmas en competencia no puede llevarse a cabo paso a paso, forzada por la lógica y la experiencia neu-

5 Max Jammer, Concepts of Space (Cambridge, Mass., 1954), pp. 118-24.

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tral. Como el cambio de forma (Gestalt), debe tener lugar de una sola vez (aunque no necesaria­mente en un instante) o no ocurrir en absoluto. Entonces, ¿cómo llegan los científicos a hacer esta trasposición? Parte de la respuesta es que con mucha frecuencia no la hacen. El coperni-canismo obtuvo muy pocos adeptos durante casi un siglo después de la muerte de Copérnico. El trabajo de Newton no fue generalmente acepta­do, sobre todo en la Europa continental, durante más de medio siglo después de la aparición de los Principia.6 Priestley nunca aceptó la teoría del oxígeno, ni Lord Kelvin la teoría electromag­nética y así sucesivamente. Las dificultades de conversión han sido notadas con frecuencia por los científicos mismos. Darwin, en un pasaje particularmente perceptivo al final de su Origin of Species, escribió: "Aunque estoy plenamente convencido de la verdad de las opiniones expre­sadas en este volumen..., no espero convencer, de ninguna manera, a los naturalistas experimen­tados cuyas mentes están llenas de una multi­tud de hechos que, durante un transcurso muy grande de años, han visto desde un punto de vista directamente opuesto al mío... Pero miro con firmeza hacia el futuro, a los naturalistas nue­vos y que están surgiendo, porque serán capaces de ver ambos lados de la cuestión con imparcia­lidad".7 Y Max Planck, pasando revista a su pro­pia carrera en su Scientific Autobiography, escri­bió con tristeza que "una nueva verdad científica no triunfa por medio del convencimiento de sus
6 I. B. Cohen, Franklin and Newton: An Inquiry into Speculative Newtonian Experimental Science and Fran­klin's Work in Electricity as an Example Thereof (Fila-delfia, 1956), pp. 93-94.

7 Charles Darwin, On the Origin of Species... (edi­ción autorizada de la 6a ed. inglesa; Nueva York, 1889), II, 295-96.

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oponentes, haciéndoles ver la luz, sino más bien porque dichos oponentes llegan a morir y crece una nueva generación que se familiariza con ella".8 Estos hechos y otros similares son demasiado comúnmente conocidos como para necesitar in­sistir en ellos. Pero sí necesitan ser reevaluados. En el pasado a menudo han sido considerados como indicación de que los científicos, debido a que son sólo seres humanos, no siempre pueden admitir sus errores, ni siquiera cuando se en­frentan a pruebas concretas. Yo más bien afir­maría que en estos temas no son pruebas ni errores los que están cuestionados. La transfe­rencia de la aceptación de un paradigma a otro es una experiencia de conversión que no se puede forzar. La resistencia de toda una vida, sobre todo por parte de aquellos cuyas carreras fecun­das los han hecho comprometerse con una tra­dición más antigua de ciencia normal, no es una violación de las normas científicas, sino un ín­dice de la naturaleza de la investigación científi­ca misma. La fuente de la resistencia reside en la seguridad de que el paradigma de mayor anti­güedad finalmente resolverá todos sus proble­mas, y de que la naturaleza puede compelerse dentro de los marcos proporcionados por el pa­radigma. En épocas revolucionarias, inevitable­mente esa seguridad se muestra como terca y tenaz, lo que en ocasiones incluso llega a ser. Pero es también algo más que eso. Esta misma seguridad es la que hace posible a una ciencia, normal o solucionadora de enigmas. Y es sólo a través de la ciencia normal como la comunidad profesional primeramente logra explotar el al­cance potencial y la justeza del paradigma más

8 Max Planck,
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