Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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Scientific Autobiography and Other Pa­pers, trad. F. Gaynor (Nueva York, 1949), pp. 33-34.

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antiguo y más tarde, aislar la aporía de cuyo estudio pueda surgir un nuevo paradigma.

No obstante, el pretender que la resistencia es inevitable y legítima y que el cambio de paradig­ma no puede justificarse por medio de pruebas, no quiere decir que no haya argumentos perti­nentes o que no sea posible persuadir a los cien­tíficos de que cambien de manera de pensar. Aunque a veces se requiere de una generación para llevar a cabo el cambio, las comunidades científicas se han convertido una vez tras otra a los nuevos paradigmas. Además, esas conver­siones no ocurren a pesar del hecho de que los científicos sean humanos, sino debido a que lo son. Aunque algunos científicos, sobre todo los más viejos y experimentados, puedan resistirse indefinidamente, la mayoría de ellos, en una u otra forma, podrán ser logrados. Las conversio­nes se producirán poco a poco hasta cuando, des­pués de que los últimos en oponer resistencia mueran, toda la profesión se encuentre nueva­mente practicando de acuerdo con un solo para­digma, aunque diferente. Debemos por consi­guiente, inquirir cómo se induce a la conversión y cómo se encuentra resistencia.

¿Qué tipo de respuesta puede esperarse a esta pregunta? Tan sólo debido a que se refiere a téc­nicas de persuasión o a argumentos y contra-argumentos en una situación en la que no puede haber pruebas, nuestra pregunta es nueva y exi­ge un tipo de estudio que no ha sido emprendido antes. Debemos prepararnos para una inspección muy parcial e impresionante. Además, lo que ya se ha dicho se combina con el resultado de esta inspección para sugerir que, cuando se pre­gunta algo, más sobre la persuasión que sobre las pruebas, el problema de la naturaleza de la argumentación científica no tiene una respuesta

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única o uniforme. Los científicos individuales aceptan un nuevo paradigma por toda clase de razones y, habitualmente, por varias al mismo tiempo. Algunas de esas razones —por ejemplo, el culto al Sol que contribuyó a que Kepler se convirtiera en partidario de Copérnico— se en­cuentran enteramente fuera de la esfera aparente de la ciencia.9 Otras deben depender de idiosin­crasias de autobiografía y personalidad. Incluso la nacionalidad o la reputación anterior del inno­vador y de sus maestros pueden a veces desem­peñar un papel importante.10 Por tanto, en última instancia, debemos aprender a hacer esa pregun­ta de una manera diferente. No deberemos inte­resarnos por los argumentos que de hecho con­vierten a uno u otro individuo, sino más bien por el tipo de comunidad que siempre, tarde o temprano, se reforma como un grupo único. Voy, sin embargo, a aplazar este problema para la sec­ción final, examinando mientras tanto algunos de los tipos de argumentos que resultan particular­mente efectivos en las batallas sobre cambios de paradigmas. Probablemente la pretensión simple de mayor

9 Con respecto al papel del culto al Sol en el pensa­
miento de Kepler, véase The Metaphysical Foundations of
Modern Physical Science, de E. A. Burtt (ed. rev.; Nueva
York, 1932), pp. 44-49.

10 Sobre el papel de la reputación, tómese en conside­
ración lo siguiente: Lord Rayleigh, en una época en que
su reputación estaba ya bien establecida, sometió a la
Asociación Británica un documento sobre varias para­
dojas de la electrodinámica. Por inadvertencia, su nom­
bre fue omitido cuando se envió el documento por primera
vez y dicho escrito fue primeramente rechazado como
obra de algún "hacedor de paradojas". Poco después,
con el nombre del autor en su lugar, el documento fue
aceptado con toda clase de excusas (R. J. Strutt, 4° Barón
Rayleigh, John William Strutt, Third Baron Rayleigh
[Nueva York, 1924], p. 228).

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relevancia que plantean quienes proponen un nuevo paradigma es la de que pueden resolver los problemas que condujeron al paradigma anti­guo a la crisis. Cuando de manera legítima puede hacerse esta pretensión con frecuencia es la más efectiva posible. En el campo en que se propone, se sabe que el paradigma se encuentra en dificul­tades. Estas dificultades han sido exploradas re­petidamente y las tentativas para vencerlas han resultado vanas una y otra vez. Se han recono­cido y atestiguado "experimentos cruciales" —los que son capaces de establecer una discrimina­ción particularmente clara entre los dos para­digmas—, antes de que se inventara siquiera el nuevo paradigma. Copérnico pretendía, en esa forma, que había resuelto el problema que se había resistido durante tanto tiempo sobre la lon­gitud del año del calendario, Newton que había reconciliado la mecánica terrestre con la celeste, Lavoisier que había resuelto los problemas de identidad de los gases y de las relaciones de peso y Einstein que había hecho que la electrodiná­mica fuera compatible con una ciencia del mo­vimiento revisada.

Las pretensiones de este tipo tienen muchas probabilidades de tener éxito si el nuevo para­digma muestra una precisión cuantitativa sor­prendentemente mayor que la de su competidor más antiguo. La superioridad cuantitativa de las tablas Rudolphine de Kepler sobre todas las que habían sido calculadas desde la aparición de la teoría de Tolomeo, fue un factor importante para la conversión de los astrónomos al copernicanis-mo. El éxito de Newton para predecir observa­ciones astronómicas cuantitativas fue probable­mente la razón singular más importante del triunfo de su teoría sobre sus competidoras más razonables, pero más uniformemente cualitativas.

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Y en este siglo, el sorprendente éxito cuantitativo tanto de la ley de la radiación de Planck como de la del átomo de Bohr, persuadieron rápidamente a los físicos de que debían adoptarlas, aun cuan­do, viendo la ciencia física como un todo, esas dos contribuciones creaban muchos más proble­mas de los que resolvían.11

La pretensión de haber resuelto los problemas provocadores de una crisis, sin embargo, rara­mente es suficiente por sí sola. Además, no siem­pre puede hacerse de manera legítima. En efecto, la teoría de Copérnico no era más exacta que la de Tolomeo y no condujo directamente a nin­gún mejoramiento en el calendario. O también, la teoría ondulatoria de la luz no tuvo, durante varios años después de haber sido proclamada, ni siquiera el mismo éxito que su rival corpuscular para resolver los efectos de polarización, que eran una de las causas principales de la crisis de la óptica. A veces, la práctica floja que carac­terice a la investigación no-ordinaria producirá un candidato a paradigma que, inicialmente, no contribuya en absoluto a resolver los problemas que provoquen la crisis. Cuando eso suceda, de­berán obtenerse pruebas de otros lugares del cam­po, como de todas formas sucede con frecuencia. En estas otras zonas pueden desarrollarse para­digmas particularmente persuasivos si el nuevo paradigma permite la predicción de fenómenos totalmente insospechados cuando prevalecía el pa­radigma anterior.

Por ejemplo, la teoría de Copérnico sugirió que los planetas debían ser similares a la Tierra,

11 Con respecto a los problemas creados por la teoría cuántica, véase The Quantum Theory, de F. Reiche (Lon­dres, 1922), caps, II, VI-IX. Con respecto a los demás ejemplos de este párrafo, véanse las referencias anteriores de esta sección.

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que Venus debía mostrar fases y que el Universo debía ser muchísimo más grande de lo que hasta entonces se había supuesto. Como resultado de ello, cuando, sesenta años después de su muerte, los telescopios descubrieron repentinamente mon­tañas en la Luna, las fases de Venus y un número inmenso de estrellas cuya existencia no se sospe­chaba siquiera, esas observaciones dieron a la nueva teoría muchísimos adeptos, principalmente entre los no astrónomos.12 En el caso de la teo­ría ondulatoria, una de las causas principales de la conversión de profesionales resultó más dra­mática. La resistencia opuesta por los franceses se derrumbó de repente y de una manera relati­vamente completa, cuando Fresnel logró demos­trar la existencia de un punto blanco en el centro de la sombra de un disco. Era un efecto que ni siquiera él había esperado, pero que Poisson, inicialmente uno de sus oponentes, había demos­trado que era una consecuencia necesaria aunque absurda de la teoría de Fresnel.13 A causa de la valía de su impacto y de que de manera evidente, desde un principio, no habían sido incluidos en la nueva teoría, argumentos como estos resultan especialmente persuasivos. A veces esa fuerza complementaria puede explotarse, incluso a tra­vés de fenómenos que han sido observados mucho antes de que se presentara la teoría que los ex­plica. Por ejemplo, Einstein no parece haber previsto que la relatividad general explicara con precisión la conocida anomalía en el movimiento del perihelio de Mercurio y experimentó el triun­fo consiguiente cuando lo logró.14

12 Kuhn, op. cit., pp. 219-25.

13 E. T. Whittaker, A History of the Theories of Aether and Electricity, I (2a ed.; Londres, 1951), 108.

14 Véase ibid., II (1953), 151-80, sobre el desarrollo de la relatividad general. Con respecto a la reacción de Eins­tein sobre el acuerdo preciso de la teoría con el movi-

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Todos los argumentos en pro de un nuevo pa­radigma que hemos presentado hasta ahora, han estado basados en la habilidad comparativa de un competidor para resolver problemas. Para los científicos, esos argumentos son ordinaria­mente los más importantes y persuasivos. Los ejemplos anteriores no deben dejar dudas sobre el origen de su inmensa atracción. Pero, por razones que veremos dentro de poco, no son ni individual ni colectivamente apremiantes. Afor­tunadamente, hay también otro tipo de considera­ción que puede conducir a los científicos a recha­zar un antiguo paradigma, en favor de otro nuevo. Éstos son los argumentos, raramente establecidos explícitamente, que hacen un llamamiento al sen­tido que tienen los individuos de lo apropiado y de lo estético: se dice que la nueva teoría es "más neta", "más apropiada" o "más sencilla" que la antigua. Es probable que esos argumen­tos sean menos efectivos en las ciencias que en la matemática. Las primeras versiones de la ma­yoría de los nuevos paradigmas son aproximadas. Para cuando puede desarrollarse toda su atrac­ción estética, la mayor parte de la comunidad ha sido persuadida por otros medios. Sin embargo, la importancia de las consideraciones de estética puede ser a veces decisiva. Aunque a menudo sólo atraen a unos cuantos científicos hacia una nueva teoría, es posible que su triunfo final dependa precisamente de esos pocos. Si por fuer­tes razones individuales no lo hubieran tomado a su cargo rápidamente, el nuevo candidato a pa­radigma pudiera no desarrollarse nunca lo sufi­ciente como para atraer a la comunidad científica como un todo.

miento observado del perihelio de Mercurio, véase In carta citada en Albert Einstein, Philosopher-Scientist, de P. A. Schilpp (ed.), Evanston, III., 1949), p. 101.

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Para ver las razones de la importancia de esas consideraciones más subjetivas y estéticas, re­cuérdese qué es un debate paradigmático. Cuan­do por primera vez se propone un candidato a paradigma, es raro que haya resuelto más que unos cuantos de los problemas a que se enfrenta y la mayoría de las soluciones distarán mucho todavía de ser perfectas. Hasta Kepler, la teo­ría de Copérnico apenas había logrado mejorar las predicciones de posición planetaria que ha­bía hecho Tolomeo. Cuando Lavoisier vio el oxígeno como "el aire mismo entero", su nueva teoría no podía enfrentarse en absoluto a los pro­blemas presentados por la proliferación de nue­vos gases, un argumento que utilizó con gran éxito Priestley en su contraataque. Los casos como el del punto blanco de Fresnel son extremada­mente raros. Ordinariamente, es sólo mucho más tarde, después de que el nuevo paradigma ha sido desarrollado, aceptado y explotado, cuando se desarrollan argumentos aparentemente decisi­vos, como el péndulo de Foucault para demos­trar la rotación de la Tierra o el experimento de Fizeau para demostrar que la luz se desplaza más rápidamente en el aire que en el agua. El pro­ducirlos es parte de la ciencia normal y su fun­ción no se desempeña en el debate paradigmá­tico sino en los libros de texto posteriores a la revolución.

Antes de que se escribieran esos libros de tex­to, mientras tiene lugar el debate, la situación es muy diferente. Habitualmente, los adversarios de un nuevo paradigma pueden legítimamente pretender que incluso en la zona de crisis éste es muy poco superior a su rival tradicional; por supuesto, resuelve mejor algunos problemas y descubre algunas regularidades nuevas. Pero es probable que el antiguo paradigma pueda articu-

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larse para satisfacer esas condiciones, como lo ha hecho antes con otras. Tanto el sistema astro­nómico geocéntrico de Tycho Brahe como las últimas versiones de la teoría del flogisto fueron respuestas a desafíos planteados por un nuevo candidato a paradigma, y ambas tuvieron un éxi­to completo.15 Además, los defensores de la teoría y los procedimientos tradicionales pueden casi siempre señalar problemas que su nuevo rival no ha resuelto pero que, desde el punto de vista de ellos, no son problemas en absoluto. Hasta el descubrimiento de la composición del agua, la combustión del hidrógeno era un fuerte argumen­to en pro de la teoría del flogisto y en contra de Lavoisier; y después del triunfo de la teo­ría del oxígeno, todavía no podía explicar la pre­paración de un gas combustible a partir del car­bono, fenómeno al que los partidarios del flogisto habían recurrido como apoyo firme para su teo­ría.16 Incluso en la zona en crisis, el balance del argumento y del contraargumento pueden ser muy similares y fuera de esa zona, la balanza, con fre­cuencia, favorecerá a la tradición. Copérnico des­truyó una explicación mucho tiempo reconocida del movimiento de la Tierra, sin reemplazarla; Newton hizo lo mismo con una explicación más antigua de la gravedad, Lavoisier con las propie-

15 Con respecto al sistema de Brahe que, desde el punto de vista geométrico, era absolutamente equivalente al de Copérnico, véase A History of Astronomy from Thales to Kepler, de J. L. E. Dreyer (2a ed.; Nueva York, 1953), pp. 359-71. Con respecto a las últimas versiones de la teoría del flogisto y sus éxitos, véase "Historical Stu­dies on the Phlogiston Theory", de J. R. Partington y D. McKie, Annals of Science, IV (1939), 11349.

16 Sobre el problema presentado por el hidrógeno, véase A Short History of Chemistry, de J. R. Partington (2a ed.; Londres, 1951), p. 134. Sobre el monóxido de car­bono, véase Geschichte der Chemie, III (Braunschweig, 1845), 294-96.

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dades comunes de los metales, y así sucesiva­mente. En resumen, si debe juzgarse un nuevo candidato a paradigma desde el principio por personas testarudas que sólo examinen la capa­cidad relativa de resolución de problemas, las ciencias experimentarían muy pocas revoluciones importantes. Añádanse los argumentos contra­rios, generados por lo que hemos denominado antes la inconmensurabilidad de los paradigmas, y es posible que las ciencias pudieran no sufrir revolución alguna.

Pero los debates paradigmáticos no son real­mente sobre la capacidad relativa de resolución de problemas aunque, por buenas razones, se ex­presen habitualmente en esos términos. En lugar de ello, lo que se encuentra en juego es qué para­digma deberá guiar en el futuro las investiga­ciones que se lleven a cabo sobre problemas que ninguno de los competidores puede todavía re­solver completamente. Es necesaria una decisión entre métodos diferentes de practicar la cien­cia y, en esas circunstancias, esa decisión deberá basarse menos en las realizaciones pasadas que en las promesas futuras. El hombre que adopta un nuevo paradigma en una de sus primeras eta­pas, con frecuencia deberá hacerlo, a pesar de las pruebas proporcionadas por la resolución de los problemas. O sea, deberá tener fe en que el nuevo paradigma tendrá éxito al enfrentarse a los muchos problemas que se presenten en su camino, sabiendo sólo que el paradigma antiguo ha fallado en algunos casos. Una decisión de esta índole sólo puede tomarse con base en la fe.

Ésa es una de las razones por las que resulta tan importante una crisis anterior. Los científi­cos que no la hayan experimentado, raramente renunciarán a las pruebas poderosas de la reso­lución de problemas para seguir lo que fácilmente

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pueda resultar y será considerado como un fuego fatuo. Pero la crisis sola no es suficiente. Debe haber también una base, aun cuando no necesite ser racional ni correcta en definitiva, para tener fe en el candidato particular que se escoja. Algo debe hacer sentir, al menos a unos cuantos cien­tíficos, que la nueva proposición va por buen camino y, a veces, sólo consideraciones estéticas personales e inarticuladas pueden lograrlo. Hay hombres que se han dejado convertir por ellas, en momentos en los que la mayoría de los argu­mentos técnicos articulables señalaban en direc­ción opuesta. Cuando fueron presentadas por primera vez, ni la teoría astronómica de Copér-nico ni la teoría de la materia de De Broglie tenían muchos otros puntos importantes de atrac­ción. Incluso hoy en día, la teoría general de Einstein atrae a los hombres principalmente so­bre bases estéticas, atractivo que pocas personas fuera de la matemática han podido sentir.

Esto no quiere decir que los nuevos paradigmas triunfan en definitiva mediante alguna estética mística. Contrariamente, son muy pocos los hom­bres que abandonan una tradición sólo por esas razones. Quienes lo hacen, con frecuencia se dan cuenta de haber sido llevados a conclusiones erróneas. Pero para que un paradigma pueda triunfar deberá ganar algunos primeros adeptos, hombres que lo desarrollen hasta el punto de que puedan producirse y multiplicarse argumentos tenaces. E incluso estos argumentos, cuando son producidos, no son individualmente decisivos. Debido a que los científicos son hombres razo­nables, uno u otro de los argumentos persuadirán en última instancia a muchos de ellos. Pero no existe ningún argumento único que pueda o deba persuadirlos a todos. Lo que ocurre, más que la conversión de un solo grupo, es un cambio cada

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vez mayor en la distribución de la fidelidad pro­fesional.

Al comienzo, un nuevo candidato a paradigma puede tener pocos partidarios, y a veces los mo­tivos de esos partidarios pueden resultar sospe­chosos. Sin embargo, si son competentes, lo me­jorarán, explorarán sus posibilidades y mostrarán lo que sería pertenecer a la comunidad guiada por él. Al continuar ese proceso, si el paradigma está destinado a ganar la batalla, el número y la fuerza de los argumentos de persuasión en su fa­vor aumentarán. Entonces más científicos se con­vertirán y continuará la exploración del nuevo paradigma. Gradualmente, el número de experi­mentos, instrumentos, artículos y libros basados en el paradigma se multiplicará. Otros hombres más, convencidos de la utilidad de la nueva vi­sión, adoptarán el nuevo método para practicar la ciencia normal, hasta que, finalmente, sólo existan unos cuantos que continúen oponiéndole resistencia. Y ni siquiera podemos decir que es­tén en un error. Aunque el historiador puede encontrar siempre a hombres que, como Pries­tley, se mostraron irrazonables al resistirse du­rante tanto tiempo como lo hicieron, no hallará un punto en el que la resistencia se haga ilógica o no científica. Cuando mucho, puede desear decir que el hombre que sigue oponiendo resis­tencia después de que se hayan convencido todos los demás miembros de su profesión, deja
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