Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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f = ma y que son distintos de las situa­ciones a las que, por ejemplo, se aplican los pro­yectos de ley de la óptica.

Admitamos por el momento que pueda ocurrir algo de esta índole. ¿Debemos decir que lo que se ha adquirido de unos ejemplares son las re­glas y la capacidad de aplicarlas? Esta descrip­ción es tentadora porque el hecho de que veamos una situación como parecida a las que hemos en­contrado antes tiene que ser el resultado de un procesamiento neural, gobernado absolutamente por leyes físicas y químicas. En este sentido, en cuanto hemos aprendido a hacerlo, el reconoci­miento de la similitud debe ser tan totalmente sistemático como el latir de nuestros corazones.

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Pero ese paralelo mismo nos sugiere que el reco­nocimiento también puede ser involuntario, un proceso sobre el cual no tenemos ningún domi­nio. Si es así, entonces no debemos concebirlo propiamente como algo que logramos mediante la aplicación de reglas y normas. Hablar de él en estos términos implica que tenemos acceso a op­ciones; por ejemplo, acaso hayamos desobede­cido una regla, o aplicado mal una norma, expe­rimentado con otra forma de ver.13 Esas, lo acep­to, son las clases de cosas que no podemos hacer. O, más precisamente, son cosas tales que no podemos hacer hasta que hayamos tenido una sen­sación, que hayamos percibido algo; entonces a menudo buscamos normas y las ponemos en uso. Entonces podemos embarcarnos en una interpre­tación, proceso deliberativo por el cual escogemos entre alternativas, como no lo hacemos en la per­cepción misma. Quizás, por ejemplo, haya algo raro en lo que hemos visto (recuérdense unas barajas anormales). Al dar vuelta a una esquina vemos a mamá entrando en una tienda del centro en un momento en que creíamos que se encontra­ba en casa. Al contemplar lo que hemos visto, de pronto exclamamos: ¡"Esa no era mamá, pues tenía el cabello rojo!" Al entrar en la tienda ve­mos de nuevo a esa señora y no podemos enten­der cómo pudimos confundirla con mamá. O, quizá vemos las plumas de la cola de un ave que está tomando sus alimentos del fondo de una pis­cina. ¿Se trata de un cisne o un ganso? Contem-

13 Nunca hubiera sido necesario establecer este punto si todas las leyes fueran como las de Newton y todas las reglas como los Diez Mandamientos. En tal caso, la frase "quebrantar una ley", no tendría sentido y un rechazo de las reglas no parecería implicar un proceso no gober­nado por leyes. Por desgracia las leyes de tránsito y pro­ductos similares de la legislación sí pueden quebrantarse, facilitando la confusión.

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piamos lo que hemos visto y mentalmente com­paramos las plumas de la cola con las de los cis­nes y gansos que antes hemos visto. O quizás, si nos inclinamos hacia la ciencia, tan sólo quere­mos saber algunas características generales (la blancura de los cisnes, por ejemplo) de los miem­bros de una familia zoológica que fácilmente po­damos reconocer. Una vez más, contemplamos lo que antes habíamos percibido, buscando lo que tengan en común los miembros de la familia dada.

Todos estos son procesos deliberativos, y en ellos buscamos y desplegamos normas y reglas. Es decir, tratamos de interpretar las sensaciones que ya tenemos, de analizar qué es lo dado para nosotros. Por mucho que hagamos eso, los proce­sos en cuestión finalmente deben ser neurales, y por tanto están gobernados por las mismas leyes físico-químicas que gobiernan la percepción, por una parte, y el latido de nuestros corazones, por la otra. Pero el hecho de que el sistema obe­dezca las mismas leyes en los tres casos no es una razón para suponer que nuestro aparato neu­ral está programado para operar de la misma ma­nera en la interpretación como en la percepción o en ambas como en el latir de nuestros corazo­nes. A lo que hemos estado oponiéndonos en este libro es, por tanto, al intento, tradicional desde Descartes, pero no antes, de analizar la percep­ción como un proceso interpretativo, como una versión inconsciente de lo que hacemos después de haber percibido.

Lo que hace que la integridad de la percepción valga la pena de subrayarse es, por supuesto, que tanta experiencia pasada se encuentre incorpora­da en el aparato neural que transforma los es­tímulos en sensaciones. Un mecanismo percep­tual apropiadamente programado tiene valor de supervivencia. Decir que los miembros de distin-

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tos grupos pueden tener distintas percepciones cuando se encuentran ante los mismos estímulos no es implicar que tengan percepciones en abso­luto. En muchos medios, el grupo que no podía diferenciar los perros de los lobos, no pudo sub­sistir. Tampoco podría un grupo de físicos nu­cleares de hoy sobrevivir como hombres de cien­cia si no pudieran reconocer las huellas de las partículas y los electrones alfa. Es precisamente porque hay tan pocas maneras de ver por lo que aquellas que han pasado por las pruebas de uso del grupo son dignas de ser transmitidas de ge­neración en generación. Asimismo, es porque han sido seleccionadas por su triunfo sobre el tiempo histórico por lo que tenemos que hablar de la experiencia y el conocimiento de la naturaleza in­corporados en el camino del estímulo a la sensa­ción.

Quizás "conocimiento" no sea la palabra ade­cuada, pero hay razones para valemos de ella. Lo que está incluido en el proceso neural que transforma los estímulos en sensaciones tiene las características siguientes: ha sido transmitido por medio de la educación; tentativamente, ha resul­tado más efectivo que sus competidores históri­cos en el medio actual de un grupo; y, finalmente, está sujeto a cambio, tanto por medio de una nueva educación como por medio del descubri­miento de incompatibilidad con el medio. Tales son características del conocimiento, y ello expli­ca por qué aplico yo ese término. Pero es un uso extraño, porque falta otra característica. No te­nemos acceso directo a lo que es aquello que sa­bemos, no tenemos reglas de generalización con que expresar este conocimiento. Las reglas que pudieran darnos tal acceso se referían a los es­tímulos, no a las sensaciones. Y solo podemos conocer los estímulos mediante una elaborada

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teoría. A falta de ella, el conocimiento incluido en el camino del estímulo de sensación sigue siendo tácito.

Lo que antes se ha dicho acerca de la sensación, aunque obviamente preliminar, y que por ello no tiene que ser exacto en todos sus detalles, ha sido considerado literalmente. Por lo menos, es una hipótesis acerca de la visión que debe someterse la investigación experimental, aunque, probable­mente, no a una verificación directa. Pero hablar así de ver y de sensaciones también sirve aquí a unas funciones metafóricas, como en todo el cuer­po de este libro. No vemos los electrones, sino antes bien su recorrido, o bien burbujas de va­por en una cámara anublada. No ventos para nada las corrientes eléctricas, sino, antes bien, la aguja de un amperímetro o de un galvanóme­tro. Sin embargo, en las páginas anteriores, par­ticularmente en la Sección X, repetidas veces he procedido como si en realidad percibiéramos en­tidades teóricas, como corrientes, electrones y campos, como si aprendiésemos a hacerlo exami­nando ejemplos, y como si en todos estos casos fuese erróneo dejar de hablar de "ver". La me­táfora que transfiere "ver" a contextos similares. apenas resulta base suficiente para tales afirma­ciones. A la larga, tendrá que ser eliminada en favor de un modo de discurso más literal.

El programa de computadoras antes referido empieza a indicar las maneras en que esto pueda hacerse, pero ni el espacio de que disponemos ni el grado de mi actual comprensión me permiten eliminar aquí la metáfora.14 En cambio, breve-

14 Para los lectores de "Second Thoughts", las siguien­tes observaciones crípticas pueden servir de guía. La po­sibilidad de un reconocimiento inmediato de los miem­bros de las familias naturales depende de la existencia, después del procesamiento neural, del espacio perceptual vacío entre las familias que deben ser discriminadas. Si

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mente trataré de sostenerla. Ver unas gotitas de agua o una aguja contra una escala numérica es una primitiva experiencia perceptual para el hom­bre que no está acostumbrado a cámaras anubla­das y amperímetros. Por ello, requiere contem­plación, análisis e interpretación (o bien la inter­vención de una autoridad exterior) antes de que pueda llegarse a conclusiones acerca de electro­nes o de corrientes. Pero la posición de quien ha aprendido acerca de tales instrumentos y ha tenido una gran experiencia con tales ejemplos es muy distinta, y hay una diferencia correspon­diente, en la forma en que procesa los estímulos que le llegan a partir de aquellos. Contemplando el vapor de su aliento en una fría noche de in­vierno, su sensación puede ser la misma del lego, pero al ver una cámara anublada ve (aquí sí li­teralmente) no gotitas sino el rastro de electro­nes, partículas alfa, etc. Tales pistas, si el lector desea, son las normas que él interpreta como ín­dices de la presencia de las partículas correspon­dientes, pero tal camino es a la vez más breve y distinto del que sigue aquél que interpreta las gotitas.

por ejemplo, hubiera un continuo percibido de las clases de aves acuáticas, desde los gansos hasta los cisnes, estaríamos obligados a introducir un criterio específico para distinguirlos. Algo similar puede decirse para enti­dades no observables. Si una teoría física sólo admite la existencia de una corriente eléctrica, entonces un peque­ño número de normas, que pueden variar considerable­mente de un caso a otro, sería suficiente para identificar la corriente, aun cuando no haya un conjunto de reglas que especifiquen las condiciones necesarias y suficientes para la identificación. El punto sugiere un corolario plau­sible, que puede ser más importante. Dado un conjunto de condiciones necesarias y suficientes para identificar una entidad teórica, esa entidad puede ser eliminada a partir de la ontología de una teoría por sustitución. Sin embargo, en ausencia de tales reglas, esas entidades no son eliminables; la teoría, entonces, exige su existencia.

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O bien, consideremos al científico que inspec­ciona un amperímetro para determinar el núme­ro ante el cual se ha detenido la aguja. Su sensa­ción probablemente sea la misma que la del profano, particularmente si este último ha leído antes otras clases de metros. Pero ha visto el metro (una vez más, a menudo literalmente) en el contexto de todo el circuito, y sabe algo acer­ca de su estructura interna. Para él, la posición de la aguja es una norma, pero tan solo del va­lor de la corriente. Para interpretarla sólo tiene que determinar en qué escala debe leerse el me­tro. En cambio, para el profano la posición de la aguja no es una norma de nada, excepto de sí misma. Para interpretarla, tendrá que examinar toda la posición de los alambres, internos y ex­ternos, experimentar con baterías e imanes, etc. En el uso metafórico tanto como en el literal de "ver", la interpretación empieza donde la percep­ción termina. Los dos procesos no son uno mis­mo, y lo que la percepción deja para que la in­terpretación lo complete depende radicalmente de la naturaleza y de la cantidad de la anterior experiencia y preparación.

5. Ejemplares, inconmensurabilidad y revoluciones

Lo que hemos dicho antes nos ofrece una base para aclarar un aspecto más del libro: mis obser­vaciones sobre la inconmensurabilidad y sus con­secuencias para los científicos que han debatido la opción entre teorías sucesivas.15 En las Seccio­nes X y XII yo he afirmado que en tales debates, uno y otro bando inevitablemente ven de manera diferente algunas de las situaciones experiménta­
15 Los puntos que siguen son tratados con mayor deta­lle en las secciones 5 y 6 de "Reflections".

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les u observacionales a las que tienen acceso. Sin embargo, como los vocabularios en que discuten de tales situaciones constan predominantemente de los mismos términos, tienen que estar remi­tiendo algunos de tales términos a la naturaleza de una manera distinta, y su comunicación, ine­vitablemente, resulta sólo parcial. Como resulta­do, la superioridad de una teoría sobre otra es algo que no puede demostrarse en el debate. En cambio, como he insistido, cada bando, mediante la persuasión, debe tratar de convertir al otro. Tan solo los filósofos han interpretado con gra­ves errores la intención de estas partes de mi argumento. Sin embargo, muchos de ellos han asegurado que yo creo lo siguiente:16 los defen­sores de teorías inconmensurables no pueden co­municarse entre sí, en absoluto; como resultado, en un debate sobre la elección de teorías no pue­de recurrirse a buenas razones: en cambio la teo­ría habrá de escogerse por razones que, a fin de cuentas, son personales y subjetivas; alguna es­pecie de percepción mística es la responsable de la decisión a que al final se llegue. Más que nin­guna otra parte de este libro, los pasajes en que se basan estas erróneas interpretaciones han sido responsables de las acusaciones de irracionalidad. Considérense primero mis observaciones sobre la prueba. Lo que he estado tratando de explicar es un argumento sencillo, con el que desde hace largo tiempo están familiarizados los filósofos de la ciencia. Los debates sobre la elección de teo­rías no pueden tener una forma que se parezca por completo a la prueba lógica o matemática. En esta última, desde el principio quedan estipu­ladas las premisas y reglas de inferencia. Si hay desacuerdo acerca de las conclusiones, los bandos

16 Ver los trabajos citados en la nota 9 y, también el ensayo de Stephen Toulmin en Growth of Knowledge.

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que participen en el siguiente debate podrán vol­ver sobre sus pasos, uno por uno, revisando cada uno contra toda estipulación anterior. Al final de cada proceso, uno u otro tendrán que admitir que han cometido un error, que han violado una regla previamente aceptada. Después de tal admisión no tendrán a quien recurrir, y la prueba de su oponente resultará decisiva. En cambio, sólo si los dos descubren que difieren acerca del signi­ficado o de la aplicación de las reglas estipuladas, que el acuerdo anterior no ofrece una base sufi­ciente para la prueba, sólo entonces continúa el debate en la forma que inevitablemente toma du­rante las revoluciones científicas. Tal debate es acerca de las premisas, y recurre a la persuasión como preludio de la posibilidad de demostración. En esta tesis, relativamente familiar, no hay nada que implique que no hay buenas razones para quedar persuadido, o que tales razones a fin de cuentas no son decisivas para el grupo. Tam­poco implica siquiera que las razones para la elec­ción son distintas de aquellas que habitualmente catalogan los filósofos de la ciencia: precisión, sencillez, utilidad y similares. Sin embargo, lo que debe indicar es que tales razones funcionan como valores y que así pueden aplicarse de ma­nera diferente, individual y colectivamente, por los hombres que convienen en aceptarlas. Por ejemplo, si dos hombres no están de acuerdo acerca de la utilidad relativa de sus teorías, o si convienen en ellas pero no en la importancia re­lativa de la utilidad y, digamos, en el ámbito que ofrecen para llegar a una decisión, ninguno podrá quedar convencido de haberse equivocado. Tam­poco estará siendo anticientífico ninguno de los dos. No hay un algoritmo neutral para la elección de teorías, no hay ningún procedimiento sistemá­tico de decisión que, aplicado adecuadamente,

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deba conducir a cada individuo del grupo a la misma decisión. En este sentido es la comunidad de los especialistas, que no sus miembros indivi­duales, la que hace efectiva la decisión. Para comprender por qué se desarrolla la ciencia tal como lo hace, no es necesario desentrañar los de­talles de biografía y personalidad que llevan a cada individuo a una elección particular, aunque esto ejerza una notable fascinación. Lo que debe comprenderse, en cambio, es el modo en que un conjunto particular de valores compartidos inter-actúa con las experiencias particulares que com­parte toda una comunidad de especialistas para determinar que la mayoría de los miembros del grupo a fin de cuentas encuentren decisivo un conjunto de argumentos por encima de otro. Tal proceso es la persuasión, pero presenta un pro­blema más profundo aún. Dos hombres que per­ciben la misma situación de modo diferente pero que sin embargo no se valen del mismo vocabu­lario, al discutirlo tienen que estar valiéndose de las palabras de un modo distinto. Es decir, ha­blan de lo que yo he llamado puntos de vista in­conmensurables. ¿Cómo pueden tener esperanzas de entenderse y mucho menos de ser persuasivos? Hasta una respuesta preliminar a tal pregunta requiere una mayor especificación de la natura­leza de la dificultad. Supongo que, al menos en parte, tal especificación toma la forma siguiente. La práctica de la ciencia normal depende de la capacidad, adquirida a partir de ejemplares, de agrupar objetos y situaciones en conjuntos simi­lares que son primitivos en el sentido en que el agrupamiento se hace sin contestar a la pregunta: "¿Similar con respecto a qué?" Un aspecto cen­tral de toda evolución es, entonces, que cambien algunas de las relaciones de similitud. Objetos que fueron agrupados en el mismo conjunto con

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anterioridad se agrupan de diferentes maneras después, y viceversa. Piénsese en el Sol, la Luna, Marte y la Tierra antes y después de Copérnico; de la caída libre, del movimiento pendular y pla­netario antes y después de Galileo; o en sales, aleaciones y mezclas de hierros azufrados antes y después de Dalton. Como la mayor parte de los objetos, aun dentro de los conjuntos alterados, continúan agrupados, habitualmente se conservan los nombres de los conjuntos. No obstante, la transferencia de un subconjunto forma parte de un cambio crítico en la red de sus interrelaciones. Transferir los metales del conjunto de compues­tos al conjunto de elementos desempeñó un pa­pel esencial en el surgimiento de una nueva teo­ría de la combustión, de la acidez, y de la com­binación física y química. En poco tiempo tales cambios habíanse extendido por todo el campo de la química. Por tanto, no es de sorprender que cuando ocurren tales redistribuciones, dos hombres cuyo discurso previamente había proce­dido con una comprensión aparentemente com­pleta, de pronto puedan encontrarse respondien­do a un mismo estímulo con descripciones y ge­neralizaciones incompatibles. Esas dificultades no se harán sentir en todos los campos, ni si­quiera de su mismo discurso científico, pero sí se plantearán y se agruparán luego más densamente alrededor de los fenómenos de los cuales depen­de más la elección de una teoría.

Tales problemas, aun cuando por primera vez se hacen evidentes en la comunicación, no son meramente lingüísticos, y no pueden resolverse simplemente estipulando la definición de los tér­minos más difíciles. Como las palabras alrede­dor de las cuales se agrupan las dificultades han sido aprendidas, en parte por su directa aplica­ción a ejemplares, quienes participan en una in-

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terrupción de la comunicación no pueden decir: 'Yo uso la palabra 'elemento' (o 'mezcla' o 'planeta' o 'movimiento incontrolado') de ma­nera determinada por las siguientes normas". Es decir, no pueden recurrir a un lenguaje neutro que ambos apliquen de la misma manera y que sea adecuado al planteamiento de sus teorías o siquiera a las consecuencias empíricas de las teo­rías. Parte de la diferencia es anterior a la apli­cación de los idiomas en que, sin embargo, se refleja.

Los hombres que experimentan tales interrup­ciones a la comunicación, por lo tanto, deben con­servar algún recurso. Los estímulos que actúan sobre ellos son los mismos. Y también su aparato neural general, por muy distintamente programa­do que esté. A mayor abundamiento, excepto en una pequeña zona del conocimiento (aunque im­portantísima) aun su programación neural debe estar muy cerca de ser la misma, pues tienen en común una historia, excepto el pasado inmediato. Como resultado, tanto su mundo como su lengua­je científicos son comunes. Dado todo eso en común, debe poder descubrir mucho acerca de aquello en que difieren. Sin embargo, las técni­cas requeridas no son ni directas ni confortables, ni partes del arsenal normal del científico. Los científicos rara vez las reconocen por lo que son, y rara vez las utilizan durante más tiempo del requerido para tratar de inducir a una conversión o para convencerse a sí mismos de que no podrán obtenerla.

En resumen, lo que pueden hacer quienes par­ticipan en una interrupción de la comunicación es reconocerse unos a otros como miembros de diferentes comunidades lingüísticas, y entonces se convierten en traductores.17 Tomando como ob-
17 La ya clásica fuente para la mayor parte de los as-

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