Selección peruana




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títuloSelección peruana
fecha de publicación13.03.2016
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tipoLección
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Sergio Galarza

Paseador de perros


Candaya S.L.

ISBN 978-84-937077-4-3


136 págs.; 21 x 14 cm

PVP 14 €

¡Nuevo talento FNAC! 





LA OBRA: PASEADOR DE PERROS
Esta es la historia de un tour de force por las calles de Madrid y su periferia, una novela sobre aquello que no se ve en las postales turísticas, el relato de una vida contaminada por el odio y la desesperanza. Pero también hay lugar para otros sentimientos. Y para la música. Sergio Galarza rescata del anonimato las tragedias y los placeres de una ciudad que tiene mucho que contar, desde Malasaña hasta Coslada, desde Alcorcón hasta La Moraleja.

 

El narrador, un joven inmigrante, viaja en metro y en autobús de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo: pasea perros. Así sobrevive. Parece un oficio sencillo, pero el desamor y la sensación de esclavitud del que trabaja de lunes a domingo, lo hacen tan vulnerable y frágil como lo son, por otros motivos, algunos de los personajes con los que se cruza: un anciano con un mapache enjaulado, una mujer adicta a la autoayuda y aterrada por su rostro, un matrimonio que espera su final y, sobre todo, perros, de todas las razas y tamaños.


Sergio Galarza reflexiona sobre los cambios que se han producido en las grandes ciudades tras la llegada masiva de nuevos vecinos de otras latitudes. La suya no es una visión “políticamente correcta”, pero se acerca a la verdad que se respira en las calles. Paseador de perros es la primera novela de lo que Galarza ha llamado su “Trilogía Madrileña”.

EL AUTOR
Sergio Galarza (Lima, 1976) es licenciado en Derecho por la Universidad de Lima, donde formó parte del taller de narrativa a cargo del escritor Cronwell Jara, su maestro. Publicó Matacabros, su primer libro de relatos, cuando aún estudiaba, en 1996. A éste siguieron El infierno es un buen lugar (1997), Todas las mujeres son galgos (1999) y La soledad de los aviones (estruendomudo, 2005). También es coautor con Cucho Peñaloza del reportaje Los Rolling Stones en Perú (2004), reeditado el 2007 por la editorial Periférica.
En Perú ganó un premio de relatos que ya no existe, y ha sido finalista de otros tantos, entre ellos el Premio Eñe en dos ocasiones.
Sus relatos han sido antologados en Se habla español (Alfaguara, 2000), Pequeñas resistencias 3. Antología del nuevo cuento sudamericano (Páginas de Espuma, 2004), Selección peruana (estruendomudo, 2005).
Antes de mudarse a Madrid el año 2005, trabajó como Jefe de Prácticas de un curso de redacción en la misma universidad donde estudió, también fue redactor de un telediario y por último editor de cultura para una revista. Ahora trabaja en una librería de Madrid y tiene a su cargo la sección de Perros, entre otras. Se declara un enfermo del fútbol, deporte que practica los fines de semana en una liga municipal. Le gustan las camisas de leñador y conducir por las carreteras. Nunca ha ejercido como abogado.

De su obra publicada hasta ahora, la crítica ha dicho:
El libro de Galarza y de Peñaloza (Los Rolling Stones en Perú), escrito sin paja y con mucho sentido del humor, me deja tras su lectura un poso de melancolía, como la de quienes disfrutaron de una Lima que “aún no concentraba a un tercio de la población del país”. Una melancolía pop más cercena a los grupos escoceses que a las canciones guitarreras de los Rolling. (Félix Romeo, Letras Libres).
La soledad de los aviones luce un tono evocativo, una búsqueda de la precisión verbal, una suerte de contención. Un relato como “Velas”, por ejemplo, plasma, sin aspavientos, la descomposición y la ansiedad de la clase media limeña en la época más dura del terrorismo. (El Comercio, “El Dominical”).
Escrita en primera persona, con capítulos breves, con prosa ágil y atenta a la vida madrileña, Paseador de perros expone, por un lado, la situación del inmigrante y, por otro, la soledad humana. Más allá de las “coincidencias” autobiográficas que posee el libro, la historia del paseador da cuenta de la vida y la no poca desventura de los inmigrantes. (Pedro Escribano, La República).

Tras su arraigo como cuentista dentro de lo que él mismo llamó alguna vez el "realismo sucio peruano", Sergio Galarza ha sabido labrar su constancia literaria con cuatro volúmenes de cuentos y una crónica extensa a, virtualmente, puño limpio. Y su prosa pega bien. Tentando los combates de las ligas mayores, ahora nos entrega Paseador de perros, una novela corta, la primera en su haber, no por ello sin pegada (...) Galarza se aparta de la rutina de la mayoría de escritores peruanos en el exterior: mirar el país desde el lente de la distancia. Él, aquí, escribe sobre Madrid, donde vive, y lo hace a partir de su realidad, la de un hombre joven que busca adaptarse a España desde su oficio de paseador de perros, gatos y hasta de un mapache. Pero no se despeña en la anécdota. Lo que hace Galarza es relatar la dinámica historia de la adaptación de un migrante a través de las estampas de gentes y lugares que poco a poco van plegándose a su vida, auscultados con sinceridad y pertinencia. Para ello usa capítulos cortos y redondos, una historia central (la suya, al parecer) y las semblanzas de los demás, armónicamente (...) La novela resulta de interés y su lectura fluye como un combate de Muhammad Alí: contundente y elegante. (Enrique Sánchez Hernani, El Comercio, “El Dominical”).

La visión de autor
Esta novela parte de mi propia vida y se transforma en ficción. Las mentiras son pocas, la ficción corresponde más a los hechos que he mezclado para conseguir una historia propia. La escribí porque necesitaba quitarme de encima muchas cosas y recordar los buenos momentos de mi trabajo con los perros, aunque estos sean escasos. Eso es para mí escribir: vengarme.
Y me gusta vengarme con frases que aspiren a ser demoledoras, que dejen knock out al lector, para que las recuerde siempre.
El año que viene me pondré a escribir la última parte de mi Trilogía Madrileña, mientras leo y escucho música buscando el tono final.

Los dos primeros capítulos de Paseador de perros
1
Trabajo paseando perros, también cuido gatos y limpio la jaula de un mapache, ese mamífero gris plata que lleva un antifaz negro como los osos panda. He realizado toda clase de trabajos desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos, pero nunca imaginé que me haría cargo hasta de un mapache. Al comienzo pensé que pasear perros me alejaría de la gente y sus taras. Cuando era lavaplatos el dueño me apuraba a gritos aunque no hubiera muchos clientes y encima tenía que ahuyentar a las ratas del Deep South para poder tirar la basura en un contenedor que emanaba gases tóxicos. Cuando limpiaba la piscina de un hotel los huéspedes se quejaban siempre: habían encontrado un pelo o la hoja de un árbol flotando a su alrededor. Y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que no paraba de preguntarme cómo me sentía.
Una de las cosas que más odio es que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llegado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso necesito ayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez?, como si acabara de salir de un centro de rehabilitación para drogadictos o de un manicomio. A veces no me interesa hablar en las reuniones. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama hecha a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia, como la jaula de Odo, el mapache.
Llegué a Madrid en compañía de Laura Song, mi novia. Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenía ganas de borrar el Lado A de un disco sin éxitos. El Lado B es éste que empieza, como todo aquí, en Madrid. Convencí a Laura Song de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, y menos en Lima. Le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitaré caer en el recuento amoroso de nuestra relación, lo intentaré pero ya verán que es imposible, las cicatrices y los vicios siempre atraen a los reflectores del morbo.
Confieso que el día en que nuestra relación empezó fue el más feliz que he tenido hasta ahora, sobre todo con la escasez de alegrías que atravieso. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando en la cocina y en la calle una 4x4 llena de jóvenes me sopló en la cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría y así fue, yo los vi desde la combi. Quería contarle a los noctámbulos que viajaban conmigo que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararían a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.

2
Vivo en Malasaña, antes lo hice en La Latina, el barrio al que me mudé con Laura Song después de unos meses de ocupar gratis una habitación en el piso de un amigo en la Concepción, frente al parque Calero, ese ex hogar de yonquis donde hoy sólo queda el cadáver de sus leyendas. Después de la ruptura, unos parientes tan lejanos que recién conocí aquí, me alojaron por unos días a unas calles de la habitación que alquilamos, pero no soporté cruzar a diario por delante del edificio donde todo terminó. Tuve la suerte de que unas estudiantes danesas me eligieran como compañero de piso al lado de la Plaza del Dos de Mayo, el alma de Malasaña, donde los niños corretean y trepan entre los juegos de un pequeño parque infantil, mientras bandas de adolescentes latinos matan las horas disfrazados de pandilleros del Bronx y los gringos convertidos en madrileños artificiales comparten las terrazas de los bares con los jóvenes españoles que se mudan al barrio de moda (para siempre). La habitación de La Latina quedaba en un sótano, lo que nos emparentaba con los topos. En invierno el sol apenas se asomaba por las ventanas a ras del suelo y para saber si era de día o de noche había que mirar el reloj, aunque la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados y deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua.
Al principio La Latina me deslumbró. Sus calles apretadas, empedradas, y los balcones, despertaban mi imaginación y activaban esa central nostálgica que la distancia y el odio son incapaces de borrar. Lima no tiene balcones como Madrid, los que aún resisten la humedad quedan en el distrito del Cercado y sólo sirven como testigos de la decadencia que impera en esa zona de la ciudad. Ésa es la nostalgia que me invadía: la certeza de que todo se iría a la mierda más temprano que tarde.
La ruptura con Laura Song sucedió al comienzo de esta primavera, cuando vivir en La Latina ya no me llamaba la atención, pues me parecía un barrio para gente adulta contemporánea, esa edad que se corresponde con un periodo de capitulaciones, sobre todo la aceptación de que las sorpresas desaparecen para ceder su lugar a la planificación. Los adultos contemporáneos escuchan la música a volumen bajo. Por ese entonces yo ya había conocido a Odo. Mi jefe, un español que decía haberse hartado de trabajar para otros desde muy joven y que había puesto una empresa de servicio para mascotas que maneja desde su piso, pensaba que si perros y mapaches tienen cuatro patas, daba lo mismo que yo lo cuidara. Mi jefe se llama JFK. Jotaefeka, como el presidente asesinado y miembro principal de una dinastía desgraciada. Mi jefe no pertenece a ninguna dinastía y prefiere que lo llamen Jota. La F es por Fernández y la K por Klimkiewicz. La primera impresión que me dio fue que era un tipo muy pesado. Llevaba el cabello engominado y largo, vestía botas de vaquero, jeans y una camisa negra dentro del pantalón y remangada hasta los codos. Lucía como un midnight cowboy perdido en Madrid, la clase de personaje que en mis pesadillas se robaría a mi chica y se la tiraría mañana, tarde y noche, uno de esos hombres que se creen dueños del mundo.
La primera vez que nos vimos, Jota me recibió en una oficina diminuta. Por un error infantil (el cartel en la puerta, letras doradas, “Marketing y consultoría”), pensé que se trataba de una megacompañía de servicios para mascotas. Al presentir mi extrañeza, Jota me aclaró que la oficina se la había prestado un colega que trabajaba allí. La entrevista duró cinco minutos. Respondí todas sus preguntas de manera afirmativa. Estaba dispuesto a cualquier sacrificio por el dinero que nos salvaría a mí y a Laura Song. Luego añadí que soy un maniático de la puntualidad, odio que la gente no llegue a la hora indicada. Nos despedimos y, mientras esperaba el ascensor, me dio un ataque de risa. ¿Se podía caer más bajo? Siempre se puede y yo aún no lo sabía.
Laura Song no tenía trabajo y lo que yo ganaba con los perros no alcanzaba para cubrir los gastos. Así que por las mañanas, después de que me marchaba, ella iba a un locutorio y enviaba su currículum a las ofertas de empleo que encontraba en las páginas de internet pese a que no tenía papeles de trabajo, ninguno de los dos los tenía. Aquello se convirtió en nuestra rutina, en un método de desgaste, como conducir un camión a través de un desierto en busca de agua.
Cuando uno se enamora escribe un diccionario de tonterías que nadie imagina que es capaz de pronunciar. Los diminutivos se convierten en un lugar común, se pierde la vergüenza y se reivindica el derecho al ridículo. Con Laura Song escribimos un bestiario que usábamos para poner en práctica nuestro amor, ese que me faltó para estar con ella su último cumpleaños, cuando aún manteníamos el título de novios, o más bien yo el de sponsor, porque, es cierto, me sentía como su sponsor. Cada vez que regresaba del supermercado con el yogur equivocado Laura Song me desquiciaba con esa expresión recriminatoria, de frustración, como si mi equívoco fuera a costarle la vida. Era una egoísta.
Llevaba dos semanas visitando a Odo en su casa de Pozuelo, una zona de gente adinerada, con casas que me recordaban a La Planicie, en Lima, alejadas del ruido y rodeadas de jardines enormes donde las podadoras de césped parecen coches deportivos. Por las mañanas me iba a La Moraleja, otra zona residencial, donde los dos labradores de una treintañera divorciada que acumulaba una biblioteca de autoayuda en el salón, me recibían entre arañazos y lametazos. Luego paseaba a los perros que fueran apareciendo en la semana y, por la tarde, Odo me bufaba desde un rincón de su jaula amenazando atacarme. Que yo recuerde, el mapache no es un animal que se nos ocurriera incluir en nuestro bestiario sentimental ni siquiera una vez. Pero creo que hubiera sido la elección más certera.

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