Colonia, nación y monarquía




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Sea este el momento de enunciar mi tesis tan claramente como sea posible. Las turbulencias del concepto colonia durante el siglo XVIII son indicios de su transito de vocablo unívoco y relativamente poco polémico a concepto sociopolítico fundamental de la modernidad occidental e ibérica. Esto quiere decir que para principios del siglo XIX se cristaliza conceptualmente una comprensión de la experiencia colonial, marcadamente diferente a la de principios del siglo XVIII. Esa conceptualización será usada como prisma de manera varia y polémica por actores del mundo ibérico para designar, evaluar o criticar la relación de América con España.

La tesis así formulada no intenta restituir visiones decimonónicas de la independencia como cruzada anticolonialista de liberación nacional. Tampoco desconoce los aportes significativos de la nueva historia política que identifican una cultura política compartida por los habitantes de la monarquía a principios del siglo XIX. Pretende, eso sí, restituir una dimensión conflictiva al interior de esa gran comunidad que a mi juicio ha permanecido impensada. Entendida de ese modo la pregunta a desarrollar en el curso de este trabajo será, entonces, ¿cuáles son los significados de los cuales se llenó el concepto “colonial” durante el siglo XVIII y de que tipo de luchas políticas es índice y factor a la vez?

  1. El lugar de las Indias en la Nación y el concepto de colonia durante la segunda mitad del siglo XVIII

Empecemos por señalar que esa proliferación de significados del concepto colonia en el siglo XVIII ocurre en el contexto de los varios proyectos de reformas del reino, diseñadas para rescatar la monarquía de “…la grandeza de los males, que padece…, lo desierto de sus Provincia, lo inculto de sus Campañas, los arruinado de sus Poblaciones, la decadencia de sus Fabricas, y los imponderables perjuicios que recibe del Comercio pasivo”, para su pronta restauración12. Como parte de ese rediseño general de la comunidad política se llevan a cabo extensos debates sobre el papel y la naturaleza de América en el conjunto de la monarquía.

Los reformistas españoles buscaron la creación de un estado fuerte que permita transformar la estructura agregativa de la llamada Monarquía compuesta en una unidad política acabada y económicamente eficiente (Pagden, 1994: 3). Además de las reformas económicas y administrativas necesarias, los procesos de integración buscaron modificaciones socioculturales, la promoción de nuevos valores y una nueva cultura económica y política. Aunque los programas de reformas buscaron transformar por igual la peninsula y los territorios de ultramar, a menudo estas últimas figuraban en los programas, políticas y acciones de cambio en virtud de dos principios dispares: como provincias integrales de la monarquía y como recursos útiles para la restauración de España. Estos dos principios entrarán en intensa contradicción a lo largo del siglo XVIII.

Si bien es cierto que el reformismo del siglo XVIII no modificó la norma jurídica vigente, también lo es que parte de un pensamiento político y económico muy diferente al de la casa de los Habsburgo que redefinió de manera efectiva el lazo entre Europa y América13. La urgencia reformista con relación a América se hacía sentir en los escritos de los economistas ilustrados José del Campillo y Cossio y Bernardo Ward. En el influyente Proyecto económico (1762), Ward escribe:

Los asuntos de América están en mucho peor estado, siendo tan importantes que jamás ha tenido Monarquía alguna posesión igual; arreglar aquel comercio de modo que sirva de fomento a Nuestra industria, extenderlo mucho más y quitar el contrabando. Establecer nuevos ramos que hasta ahora no se han emprendido, de muchos milliones de indios incultos hacer vasallos útiles, aumentar el beneficio de las minas introduciendo las economías, ingenios e inventos que hemos visto en las de Hungría, Sajonia y Suecia, donde florecen mucho estas maniobras; extender más la producción de aquellos preciosos frutos y su consumo en Europa… (Ward, 1779: xv)14.

Muchos de los temas reformistas son comunes a las provincias españolas y americanas, pero los presupuestos mercantilistas que suponían que las colonias debían estar subordinados a los intereses metropolitanos en tanto surtidores de materias primas, el monopolio y los mercados cautivos para la producción manufacturera, fuente de recursos impositivos y sustentadoras de la riqueza y el poderío metropolitano definen una mirada sobre América en la prosa reformista del siglo XVIII15.

Buena parte del impulso y legitimidad de esa mirada deriva del surgimiento de un nuevo regimen colonial en el Caribe británico, francés y, en menor medida, holandés, altamente rentable para las metrópolis. Para los funcionarios españoles esas experiencias se convirtieron simultáneamente en paradigmas de la buena administración económica y en la llave para resolver buena parte de los males que aquejaban la Peninsula. Como escribie Ward en su Proyecto económico “Para ver lo atrasado [que se haya España…] basta considerar, que la Francia saca anualmente de sus colonias cerca de quarenta millones de pesos, que quiere decir quatro veces de lo que saca España de todo el Nuevo Mundo” (Ward, 1779: xiv)16. Para mediados del siglo XVIII las colonias se convierten en objetivos geopolíticos e incluso se vuelven escenarios mismos de las guerras europeas, como ocurre en La Guerra de los Siete Años (1756-1763). Una vasta literatura sobre la naturaleza y el futuro de las colonias europeas -François Quesnay, Robert Jacques Turgot, Adam Smith- acompaña las frecuentes descripciones de la decadencia del imperio español y, en especial, de sus ruinosa relación con sus colonias -el Abate Raynal, William Robertson o el Abate Pradt-.

Un tercer elemento -adicional a las reformas borbónicas y al surgimiento de un nuevo regimen colonial en el Caribe- acompaña y hace posible el surgimiento del concepto “colonia” a lo largo del siglo XVIII y por lo tanto a la re-elaboración del lazo que une América a la Corona. Me refiero al surgimiento del concepto de nación, paralelo y contrario asimétrico al de colonia. Recientes investigaciones han manifestado la complejidad del concepto de nación durante el siglo XVIII, lo que hace que sea simplemente imposible abordarlo en el contexto de esta comunicación17. Valga simplemente señalar que en el amplio espacio euro-americano el concepto de nación sufre una transformación sustantiva hasta adquirir un riguroso sentido político a finales del siglo XVIII. Como dice un reciente diccionario filosófico, bajo el monarquismo, la nación

... se compendia en primer lugar en el cuerpo del rey -la totalidad de sus súbditos, en tanto que son sometidos. Así, la gloria de la nación, tantas veces invocada, no es más que el poderío del rey... La politización de la idea de nación se entiende, entonces, como la serie de esfuerzos realizados para romper la identificación con la persona del monarca absoluto. A la definición monárquica se le opone el intento de recuperar para la nación una historia de la comunidad de las costumbres y la cultura y de hacer valer, contra el poder del rey, los derechos que le da su origen. (Cassin, 2004: 919-920; mi traducción).

Claro está que el concepto sufre procesos y transformaciones locales muy particulares. Monica Quijada ha trazado la manera en que el concepto de “nación” se solapa “con los antiguos principios de pueblo y potestas -que incluye una revisión de las raíces contractuales en la tratadística hispánica…-” (Quijada, 2008: 26)18. Es un proceso que abarca buena parte del siglo XVIII, pues ya desde 1736 Benito Feijoo impugna el amor a la patria local y promueve el amor a la nación, a una nación encarnada en la Monarquía, que incluye, en el caso de Feijoo, ambas riveras del Atlántico (Feijoo, 1773: vol. III, 263). Pero la realidad es que, como ya lo anotó José María Portillo, para esa misma época nación y monarquía precisamente cesan de coincidir (Portillo Valdés, 2006: 32-53)19. En palabras cercanas al siglo XVIII, podríamos decir que la comprensión generalizada es que la colonia hace parte de la Monarquía, pero no hace parte de la nación20.

La urgencia reformista, el nuevo regimen colonial en las posesiones británicas y francesas, y el nuevo vocabulario politico europeo serán factores fundamentales -aunados a una creciente dependencia peninsular en la renta americana- para la elaboración de tres visiones en torno al lazo que vinculaba a América con la Corona y que llenarán de polisemia nuestro concepto a lo largo del siglo XVIII. En primer lugar existía un reducido pero influyente grupo de reformistas ilustrados que defendían la participación de las provincias americanas en el conjunto de la Monarquía en condiciones más o menos de igualdad. En el Consejo Real extraordinario del 5 de marzo de 1768, presidido por el Conde de Aranda, los fiscales Campomanes y Floridablanca, dictaminaron que:

Los Vasallos de S.M. en Indias para amar a la matriz que es España necesitan unir sus intereses, porque no pudiendo haber cariño a tanta distancia, solo se puede promover este bien haciéndolos percibir la dulzura y participación de las utilidades, honores y gracias. ¿Cómo pueden amar un gobierno a quien increpan imputándole que principalmente trata de sacar de allí ganancias y utilidades y ninguno les promueve para que les haga desear o amar a la nación y que todos los que van de aquí no llevan otro fin que el de hacerse ricos a costa suya?

La dramática conciencia de un cierto estado de cosas que atenta contra la unidad de la monarquía contrasta con la contundencia de la última frase del dictamen: “No pudiendo mirarse ya aquellos países como una pura colonia, sino como unas provincias poderosas y considerables del Imperio Español”21. Notemos aquí que el concepto colonia ya no designa el sentido clásico de colonia sino una relación que niega toda consideración política a la posesión22. Es igualmente una previsión que los mismos funcionarios españoles en América van a repetir una y otra vez. Francisco Silvestre, exgobernador de Antioquia y secretario del Virrey de la Nueva Granada manifiesta por vía reservada la urgencia de “estrechar y hacer más íntima la relación de los habitantes de la América española con los de la Península,… si se quiere conservar su unión, nacionalidad y propios sentimientos perpetuamente en orden a religión y gobierno”23. Entre las recomendaciones formuladas por Campomanes y Floridablanca para cultivar los lazos entre América y la Peninsula estaban el nombramiento de un diputado en la Corte como representante de cada uno de los virreinatos24. En este reconocimiento de los dos fiscales de la participación de las provincias americanas en la nación española, se plantea desde muy temprano un tema que se volverá recurrente a partir de la crisis de 1808: el de la representación de la nación.

En segundo lugar mencionemos el proyecto político de mayor fuerza, arraigo y envergadura durante el siglo XVIII. El Ministro José Galvez es la punta de lanza de este ambicioso proyecto reorganizador del espacio americano. Su visita a México en 1765 le sirve de impulso para el trabajo que llevará a cabo desde 1776, cuando es nombrado Secretario del Estado del Despacho de Indias. Su proyecto de intendencias acentuaba la presión fiscal, fortalecía la capacidad del sistema de recaudo tributario, introducía el estanco en varios ramos, establecía nuevos impuestos, reformaba el sistema de aduanas y generaba una administración más eficaz en el traslado de recursos a la metrópoli (Pietschmann, 1996).

En la medida en que crecían las expectativas en torno al potencial económico de las provincias americanas y se intensificaban las reformas administrativas, empieza a formalizar entre los oficiales de la administración una nueva concepción de lo que debe ser una “colonia”, distante ya de la noción de poblaciones de ultramar incorporados a la Corona. La propia formula de Galvez de implementar las reformas “bajo las mismas reglas con que se erigieron en la Península de España … sin que se necesite variarlas en más puntos esenciales que en los del fomento de fábricas, prohibidas en las Colonias …”25, evidencia un entramado conceptual muy complejo en el que se mezclan la tradición jurídica de la Monarquía de cuerpos, la teología política del absolutimos de Carlos III, los presupuestos mercantilistas de la economía colonial y una clara consciencia de un regimen administrativo diferenciado y subordinado para las posesiones de ultramar. El Conde Revillagigedo, Virrey de México (1789-1794), escribía en su relación a su sucesor en 1794:

… no debe perderse de vista, que esto es una colonia que debe depender de su matriz la España, y debe corresponder a ella con algunas utilidades, por los beneficios que recibe de su protección, y así se necesita gran tino para convinar esta dependencia, y que se haga mutuo y reciproco el interés, lo cual cesaría en el momento en que no se necesitáse aquí de manufacturas européas y sus frutos26.

Permítaseme señalar en este momento una de las transformaciones más notables: el término colonia deja de designar simplemente un asentamiento (que bien puede estar situado en Europa o América) y pasa a competir con denominaciones administrativas establecidas en el ámbito americano, tales como virreinato, capitanía, o simplemente provincias. La asimilación del término a las grandes unidades administrativas de la Corona -durante el mismo periodo de reforma que buscaba optimizar el flujo de recursos a la Peninsula- identificaba el aparato administrativo como la unidad encargada de asumir los controles necesarios para asegurar la implementación y el buen funcionamiento de las políticas metropolitanas. En otras palabras, tenemos en esa asimilación indicios de los que Jürgen Osterhammel ha llamado “la función del Estado colonial”, diseñado fundamentalmente para crear un marco definido para el uso económico de la colonia y para asegurar el control de las poblaciones sometidas (Osterhammel, 1997: 57 y ss.)27.

Síntoma de ese nuevo y complejo sentido de colonia será el uso discriminado que un creciente número de cronistas, ensayistas y funcionarios españoles de la segunda mitad del XVIII harán del término para designar las posesiones de otras naciones, en particular las británicas y francesas. Por ejemplo, de los cuatro tomos de la Relación histórica del viage a la América meridional (1748) de Antonio de Ulloa y Jorge Juan sólo en el último, cuando se describen las posesiones inglesas y francesas, los autores apelan al término colonia para describir estas posesiones. El influyente Pedro Rodríguez de Campomanes en sus Reflexiones sobre el comercio español en Indias (1762) y su Discurso sobre la educacion popular de los artesanos y su fomento (1775), ambos documentos intensamente preocupados por la integración de América con España, sigue una práctica similar28. Incluso el capuchino Joaquín de Finestrad,
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