La “Union” (Europea) que no quiere ser “Jack”: “British go home” (and God save the Queen) ¿Es imaginable una Unión Europea sin el Reino Unido? El Reino Unido y la Unión Europea




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títuloLa “Union” (Europea) que no quiere ser “Jack”: “British go home” (and God save the Queen) ¿Es imaginable una Unión Europea sin el Reino Unido? El Reino Unido y la Unión Europea
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25/10/05)
Tema: El próximo día 27 de octubre, bajo presidencia británica, se reunirá el Consejo Europeo en sesión informal con el fin de discutir acerca de cómo enfrentar los desafíos de la globalización.
Resumen: La Presidencia británica ha puesto en marcha una iniciativa de dudosa utilidad. Lo hace, además, desde una posición excéntrica en la construcción europea que es estructuralmente incompatible con la vocación de liderazgo mostrada por Tony Blair. El análisis que se ofrece a continuación desgrana el contenido hipotético de una posible respuesta española a las preguntas formuladas por Blair en su carta de invitación a los líderes de la Unión. La conclusión es rotunda: España comparte plenamente el análisis planteado por la Presidencia británica, pero precisamente por ello solicita al Reino Unido que deje a un lado sus recelos históricos hacia la integración europea y dote a la Unión Europea de los poderes y recursos necesarios para llevar a cabo dichas tareas…
La reunión de Hampton Court
El presidente en ejercicio de la Unión ha cursado al presidente del Gobierno una carta de invitación para asistir a un Consejo Europeo informal que se celebrará en Hampton Court el 27 de octubre. En contra de lo que es habitual, el Consejo se prolongará sólo durante un día, no habrá conclusiones escritas ni tampoco se prevén ruedas de prensa oficiales. No se adoptará decisión alguna, porque deliberadamente se ha evitado situar en la agenda las dos grandes cuestiones pendientes que dividen a los 25: el proceso de ratificación de la Constitución Europea y la decisión en torno al presupuesto europeo o perspectivas financieras para el período 2007-2013.
El presidente en ejercicio quiere una cumbre completamente informal, una discusión franca y abierta en torno a la globalización, las reformas económicas y la seguridad interior y exterior de la Unión. Para ello cuenta con la ayuda del presidente de la Comisión Europea, el liberal José Manual Durão Barroso, que ha preparado un documento sobre “Los valores europeos en un mundo globalizado” (COM 2005 525 final, de 20 de octubre de 2005) que servirá como base para la discusión. Las cinco preguntas que plantea la Presidencia para orientar el debate son las siguientes:
(1) ¿Cuáles son sus reacciones al análisis de la Comisión en cuanto a la escala del desafío que enfrenta Europa?

(2) ¿Cuál piensa que es la mejor manera de proporcionar empleos, crecimiento y solidaridad? ¿De qué manera concebir hoy la justicia social?

(3) ¿Cómo puede apoyar la Unión los esfuerzos de los Estados miembros en este área? ¿Deberíamos hacer más en investigación y desarrollo y mejorar nuestras universidades de manera que nuestros ciudadanos fueran capaces de beneficiarse plenamente de las oportunidades de la globalización? ¿Cómo podemos explicar a nuestros electorados la necesidad de modernización?

(4) ¿Qué puede hacer Europa para mejorar la seguridad personal de nuestros conciudadanos? ¿Qué más podemos hacer para combatir la inmigración ilegal y la seguridad en relación a terceros países?

(5) ¿Podemos hacer algo más para que el mundo sea un lugar mejor y más seguro?
Valoración general de la iniciativa
Como se recordará, la Presidencia británica comenzó marcada por la decisión de Blair de no permitir que un acuerdo presupuestario en el Consejo de Bruselas del 16-17 de junio insuflara a la Unión Europea el oxígeno que necesitaba para sobrevivir tras los “noes” en Francia y en Holanda a la Constitución Europea en mayo y junio. La negativa de Blair a aceptar ninguno de los sucesivos compromisos ofrecidos por el entonces presidente en ejercicio de la Unión, el luxemburgués Jean Claude Juncker, seguida de un vibrante discurso en el Parlamento Europeo al hilo de la presentación de la Presidencia británica de la Unión el día 23 de junio, dejó bien claro que Blair, reforzado tanto por su recién ganado tercer mandato, pero también por la debilidad interna de Chirac y Schröder, había decidido dar un golpe de timón y hacerse con el liderazgo de una Unión Europea sumida en plena crisis.
Con la excusa del elevado gasto agrícola de la Unión y la ineficacia económica del continente, en contraposición al dinamismo británico y estadounidense, Blair situó como objetivo central de su presidencia el arrumbar la política constitucional en favor de las reformas económicas, utilizar el presupuesto europeo para impulsar la competitividad y el empleo, en detrimento de la cohesión regional, y fortalecer el papel de la Unión en el mundo.
Sin embargo, en un breve lapso de tiempo, su llamada a escuchar a los ciudadanos se ha desvanecido. En primer lugar, porque los atentados de Londres han cambiado completamente las prioridades y la agenda del Reino Unido. Más allá de la lógica preocupación en torno a los problemas de convivencia entre el islam y la sociedad británica, la respuesta de Londres no ha tenido lugar en clave europea (impulsando las políticas comunes de lucha contra el terrorismo y, más ampliamente, el Espacio de Libertad Seguridad y Justicia). En segundo lugar, porque Blair pronto ha caído en la cuenta de que escuchar a los ciudadanos es altamente incompatible con los objetivos que se ha propuesto para su Presidencia: tanto en lo que se refiere a la apertura de negociaciones de adhesión con Turquía como en las propuestas de reforma de los modelos sociales en Europa o la liberalización comercial en el marco de la Ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC), es más que evidente que la opinión pública europea es abiertamente hostil, no favorable, a las políticas de Blair.
Como pone de manifiesto el excelente documento de trabajo en torno a los modelos sociales presentado por André Sapir (Globalization and the Reform of the European Social Model) con motivo de la reunión de Hampton Court, los modelos sociales en Europa son cuatro (escandinavo, continental, anglosajón y latino), no dos, y, significativamente, aunque el británico sea más eficaz que el continental, el escandinavo es igual de eficaz que el anglosajón pero logra, además, unos niveles de justicia social mucho más elevados que éste. Hoy por hoy, son numerosos los Estados miembros de la Unión Europea que superan al Reino Unido en los Índices de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (PNUD); por encima del Reino Unido, en la posición decimoquinta, están Dinamarca, Finlandia, Holanda, Bélgica, Irlanda, Suecia y Luxemburgo. Como demuestran los países escandinavos, se pueden tener mercados laborales flexibles, economías abiertas, servicios públicos de interés general que funcionen, un alto gasto social y elevadas contribuciones a la ayuda oficial al desarrollo. Por ello, el Reino Unido tiene todo el derecho a opinar, compartir experiencias y sugerir reformas pero no a impartir lecciones.
Por tanto, pese a que la Presidencia británica haya querido polarizar el debate construyendo un discurso simplista en torno a la supuesta existencia de dos únicos modelos sociales (el anglosajón, eficaz, que crearía empleo, y el franco-alemán, ineficaz, que produciría desempleo y estancamiento económico), lo cierto es que hay hoy en día en la Unión Europea mucho más consenso del que parece en torno a las medidas necesarias para hacer más viables, homogéneos, competitivos y eficaces los diversos modelos sociales europeos.
En consecuencia, frente a lo que se quiere hacer creer, es más que evidente que la globalización no exige en modo a alguno a Europa adoptar el modelo social anglosajón ni elevar la “Tercera Vía” de Blair a la categoría de política europea única. Resulta por ello preocupante que la Comisión Europea encabece bajo el título de “Los valores europeos” toda una serie de cuestiones relacionadas con la eficiencia económica que simplemente tiene que ver con la lógica de mercado, pero bien poco con el proyecto de integración europeo en sus aspectos políticos, económicos y sociales.
Los problemas que plantea la Comisión Europea en su comunicación al Consejo son propios de cualquier sociedad avanzada (desde Chile a Australia), no específicos a Europa. Lo específico a Europa es el método y la manera de solucionar los problemas, cosa que tanto Blair como Barroso parecen olvidar. Con ello, la Comisión Europea, o su presidente, el liberal Barroso, demuestran que no ha entendido que la revuelta ciudadana contra la Unión se origina en el constante empeño en utilizar los valores europeos para legitimar reformas económicas que no tienen nada que ver con dichos valores europeos sino que más bien suponen una amenaza para ellos. Los europeos aspiran a un alto grado de bienestar material con, a la vez, un alto grado de cohesión social, sostenibilidad medioambiental y solidaridad con el Tercer Mundo. Y todo ello, con instituciones supranacionales fuertes, compatibles con el Estado nación. Sin embargo, el carácter específicamente europeo de las respuestas a las preguntas de Blair está completamente ausente en la estrategia británica.
Estrategia a seguir
Resulta evidente que detrás de la retórica sobre la reflexión, las reformas económicas y la cercanía a los ciudadanos se esconde una completa falta de voluntad para impulsar las dos cuestiones de las cuales depende el futuro de Europa en estos momentos. Sin Constitución y sin presupuesto es dudoso que la Unión pueda jugar papel alguno en el mundo ni llevar a cabo las políticas que necesita. Los debates abstractos como los que plantea Blair acerca de la globalización están bien, es más: España comparte plenamente el análisis y ha adoptado y adoptará cuantas reformas económicas sean necesarias para garantizarse un futuro dinámico y cohesionado.
Sin embargo, es imprescindible que Gobiernos como el español contribuyan a dar la vuelta al debate de Hampton Court y utilicen el franco y amigable intercambio de opiniones que propone Blair para poner en evidencia que no es el debate abstracto sobre la globalización y las reformas económicas los que nos separa de los británicos, sino la reticencia de Blair a dotar a la Unión Europea de los poderes necesarios para llevar a cabo dichas tareas.
Por todo ello, la estrategia de España en esta Cumbre debe consistir en poner en evidencia a la Presidencia británica por su falta de voluntad de dotar a la Unión Europea de las políticas y los mecanismos necesarios para convertirla en un actor político y económico global relevante que mantenga la cohesión social interna y, a la vez, promueva “los valores europeos en la globalización” (título elegido por la Comisión su documento para el debate). En consecuencia, se recomienda al presidente del Gobierno la adopción de la siguiente posición en su intervención oral en Hampton Court:
“Mi Gobierno está absolutamente de acuerdo en la urgencia y necesidad de llevar a cabo reformas económicas que eleven la competitividad de nuestras economías en un mundo globalizado y que permitan sostener nuestros altos índices de bienestar económico en un marco de justicia social y sostenibilidad medioambiental. De hecho, España ha sido pionera en adoptar este tipo de reformas desde su adhesión a la Unión, gracias a lo cual nuestra economía crece hoy sostenidamente. Por esa razón apoyamos plenamente la Agenda de Lisboa y deseamos ver todos sus objetivos cumplidos con la mayor brevedad posible.
“Al mismo tiempo, sin embargo, el Gobierno hace notar que en la consecución de los fines de crecimiento, empleo y justicia social que plantea la Presidencia británica sería sin duda una gran ayuda contar con el concurso del Reino Unido, siempre a la zaga en cuanto a su voluntad de participar en la Unión Económica y Monetaria y, también muy destacadamente, en su sistemática negativa a considerar una profundización de las competencias de la Unión Europea en materia de armonización fiscal y política social.
“Por ello, alabamos la decisión del Reino Unido de reorientar el gasto presupuestario hacia la inversión y el desarrollo, aunque le recordamos que su posición ha sido siempre la de limitar el gasto de la Unión al 1% del PIB europeo, lo cual resulta sin duda un cifra ridícula para hacer frente a todas las ambiciones que plantea en su carta de invitación.
“También recordamos al Gobierno británico que el mantenimiento a ultranza del “cheque británico” y la filosofía subyacente a él es incompatible con el discurso político que viene sosteniendo en pro de reformas presupuestarias eficaces y solidarias.
“Un Gobierno británico que mostrara voluntad de adherirse al euro, de reforzar los poderes de la Comisión Europea en materia de gobernanza económica, de renunciar al “cheque” en pro de un sistema presupuestario moderno y racional, de armonizar el impuesto de sociedades y de sostener los protocolos sociales firmados por los 24 contribuiría decisivamente al reforzamiento de la capacidad de la Unión de competir en el mundo.

“En el mismo sentido, qué duda cabe que la posición de Europa en el mundo, así como su seguridad interior e interior, se vería notablemente reforzada si el Gobierno británico ratificara la Constitución Europea, abandonara su discurso en torno a las líneas rojas, se integrara plenamente en el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia e impulsara decisivamente la Política Exterior de Seguridad y Defensa (PESD) común de la Unión, Todo ello inevitablemente requeriría más y mejores medios económicos, pero también institucionales.
“Una Unión que actuara conjuntamente en las Naciones Unidas, pero también dentro de la OTAN y otros organismos regionales y que contribuyera solidariamente al desarrollo de otros países podría desde luego hacer mucho por la regulación de los flujos de inmigrantes ilegales que tanto nos preocupan a todos. Lamentablemente, hoy por hoy, el Reino Unido carece de la voluntad de poner su asiento en el Consejo de Seguridad a disposición de la Unión Europea, de impulsar el servicio de acción exterior común y de sostener y financiar políticas comunes cruciales como las relativas al Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia.
“Por todo ello, invitamos al Reino Unido a que actúe coherentemente e impulse la construcción europea dotando a la Unión de los instrumentos legales y presupuestarios necesarios para que los valores europeos se abran camino en la globalización así como completando su participación en todos los ámbitos de la integración europea en los que voluntariamente ha decidido jugar un papel marginal. La Unión Europea necesita al Reino Unido tanto como el Reino Unido a Europa. Por eso, es necesario que el primer ministro británico emplee sus considerables dosis de liderazgo para poner fin a la ambigüedad y debilidad del compromiso histórico del Reino Unido con Europa y de un paso decisivo en pro del bienestar de todos los europeos. Eso es lo que afirmó el primer ministro británico al inicio de su primer mandato y es lo que todos esperamos que haga.”
- David Cameron: ¿el heredero de Blair? (GEES)

(Por Rafael L. Bardají - Grupo de Estudios Estratégicos - 13/12/05)
(Publicado en Suplemento de Exteriores de Libertad Digital, 13 de diciembre de 2005)

Durante años, los ingleses -y el resto del mundo- han pensado que el heredero de Tony Blair saldría de las filas del laborismo. Los últimos tres líderes conservadores, William Hague, Iain Duncan-Smith y Michael Howard, eran claramente unos candidatos no ganadores en términos electorales y, en consecuencia, no representaban ningún peligro para la continuidad de Blair o del Partido Laborista.

En esas circunstancias, todo el mundo apostaba por una sucesión dentro de las filas laboristas. Es más, hasta hace unos días era generalmente admitido que tras Blair vendría la figura del sempiterno aspirante a primer ministro, Gordon Brown, hoy chancellor o ministro de Economía. Pero las cosas han cambiado con la designación de David Cameron como nuevo líder del Partido Conservador. No sólo su nuevo rostro trae consigo una esperanza para batir electoralmente a un laborismo ya muchos años en el poder, sino que su ideario representa mejor el conservadurismo de Blair, frente al tradicionalismo de la izquierda británica que encarna Brown. No en balde se le ha puesto el mote, rápidamente, de Tory Blair.

Hace unos pocos meses, justo al comienzo del verano, David Cameron, un joven parlamentario de 39 años de cara jovial, admitía que el equipo político con el que contaba para hacerse con las riendas del Partido Conservador cabía en un taxi londinense. Su situación, aunque fue mejorando, nunca se tradujo en las encuestas internas en una ventaja sobre su principal contendiente por el puesto, David Davis. Muy al contrario, hasta el último instante Cameron era considerado el perdedor. Sin embargo, en el recuento barrió a su oponente.

Lo inesperado sucedió, y este joven político, cuya intervención en la convención del Partido Conservador fue ingeniosa y aparentemente espontánea, se encuentra ahora en la tesitura de enfrentarse al Gobierno de Blair y liderar un cambio histórico a favor de los tories. El primer impacto que ha tenido la victoria de Cameron ha sido una ola inmensa de alegría y esperanza dentro de las filas conservadoras. La cara y el estilo de Cameron representan un salto hacia la modernidad. Juventud, educación clásica pero modales comunes (iba en bicicleta desde su casa hasta los Comunes), padre imperturbable de dos hijos, uno de ellos discapacitado, y a la espera del tercero, de palabra directa y clara; alguien real, de la calle de la Inglaterra de hoy, no un estirado de Eton y Oxford, baqueteado por años de sentarse en su escaño de los Comunes o los Lores. Como el mismo Cameron ha dicho tras su victoria, “quiero un Partido Conservador que ame la Inglaterra de hoy, no la de ayer”. Un aire de actualidad.

Ese aliento de avance se ha hecho notar en toda la prensa británica, que mira al nuevo líder, de momento, con ojos de gracia. A los periodistas siempre les apasionan las sorpresas, y su elección lo ha sido. Por primera vez en más de 15 años, las encuestas -como la del Sunday Telegraph de ayer- otorgan a los conservadores una ligera ventaja sobre los laboristas. Ahora bien, que Cameron y su estilo relajado resulte bien por televisión o en la prensa no significa que va a gozar siempre del beneplácito de los medios. Una cosa es ganar unas primarias donde su actitud modernizadora contrastaba claramente con el tufillo a tradicionalismo de su oponente, y otra muy distinta ganar una generales. A medida que vaya perfilando sus estrategias tendrá que vérselas con un criticismo analítico que todavía no ha sufrido en demasía.

Tal vez sea ése el punto más flaco del nuevo líder conservador. Su relativa inexperiencia parlamentaria y política hace que su programa, sus ideas y creencias personales sean prácticamente desconocidos. Es verdad que él ayudó a redactar el manifiesto conservador y que, por tanto, asume gran parte de los valores allí reflejados, pero todos sabemos que los líderes desarrollan rápidamente su propio conjunto de ideas cuando llegan a la posición de responsabilidad. Cameron da la impresión de ser coherente, pero tiene que explicar aún con qué.

Su plataforma básica es muy simple, tanto que no se puede derivar gran cosa de ella: “Necesitamos cambiar cómo sentimos, necesitamos cambiar cómo pensamos y necesitamos cambiar, y vamos a cambiar, cómo nos comportamos”. Grandes frases de las que se puede derivar todo tipo de propuestas. De hecho, David Cameron sólo ha dicho una cosa concreta: hay que incrementar el número de mujeres en las filas de los líderes conservadores, especialmente en el Parlamento. Indicativo de su gusto por ajustar el partido a la realidad social de Inglaterra, de igualdad de sexos pero también multirracial.

En su primera cita con el primer ministro británico, en la sesión de control de los Comunes de la semana pasada, sobre la reforma educativa, dio bien. Tuvo autoridad y no cometió ningún error; tal vez, como ha señalado alguno de sus adversarios, porque no se salió del guión que llevaba preparado. En cualquier caso, lo más relevante políticamente de su enfrentamiento dialéctico con Blair fue su actitud, lo que sus modales y tono escondían o reflejaban de su estrategia global. Cameron no quería ni castigar ni ridiculizar a Blair: le tendía su mano para colaborar en un proyecto de difícil tramitación. No es debilidad. Cameron sabe que su enemigo no es ni debe ser Tony Blair, sino Gordon Brown, con quien deberá verse las caras y algo más dentro de cuatro años, en las próximas elecciones generales. Fustigar a Blair no le sirve para nada.

Blair representó el cambio en su día. Y hasta cierto punto es lo más vanguardista del laborismo. Y lo que Cameron debe plantear a los electores ingleses es que él es el sucesor natural de esa tendencia al cambio y a la modernidad, mientras que debe presentar a Gordon Brown -King Kong, como le llaman sus allegados- como una muestra del pasado y del reaccionarismo de izquierdas. El mismo Cameron lo dijo, tomando prestada una frase del laborista Heath: “Ustedes (en alusión a Brown) son gente del pasado con ideas del pasado”.

Hay que decir que Brown se lo está poniendo relativamente fácil a Cameron. Su propuesta de presupuesto, recientemente hecha pública, es más de lo mismo: caída de la competitividad, crecimiento bajo, más impuestos y más sector público. Con todo, David Cameron deberá convencer a los más de 700.000 empleados públicos creados con el dinero de Brown que su posible Gobierno no les va a mandar al paro, y que recortando los impuestos van a poder vivir mejor. No es fácil, pero hay un emergente consenso social de que la situación actual es insostenible en el medio plazo. Y eso beneficia a Cameron.

En todo caso, el nuevo líder tiene varios años por delante hasta que tenga que definir más concretamente sus propuestas políticas. De momento, lo que debe hacer es controlar bien su partido, formar un buen equipo y estar en el debate de la calle. Y todo apunta a que lo puede lograr.
- Blair, acaba el ciclo moral (GEES)

(Por Florentino Portero - Grupo de Estudios Estratégicos -
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