La “Union” (Europea) que no quiere ser “Jack”: “British go home” (and God save the Queen) ¿Es imaginable una Unión Europea sin el Reino Unido? El Reino Unido y la Unión Europea




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títuloLa “Union” (Europea) que no quiere ser “Jack”: “British go home” (and God save the Queen) ¿Es imaginable una Unión Europea sin el Reino Unido? El Reino Unido y la Unión Europea
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2/5/06)

(Publicado en ABC, 2 de mayo de 2006)
Cuando Blair ganó sus primeras elecciones generales los comentaristas insistían en la idea de que con él el laborismo iniciaba un nuevo período histórico, superada ya su dependencia de los poderosos sindicatos y asumidos los principios de la economía liberal. El nuevo Premier no intentó nacionalizar ningún sector estratégico ni dio un giro a la política económica heredada. Se concentró en reformar la administración, descentralizando y estableciendo parlamentos en Escocia y Gales; recuperó los viejos valores liberales de Gladstone, vinculando principios morales con acción exterior, lo que le valió el ser considerado one of us, uno de los nuestros, por los neoconservadores norteamericanos; y realizó una decidida y valiente apuesta por Europa.

Durante un tiempo su indiscutible carisma le aseguró el apoyo de la población, aunque sus camaradas se sentían decepcionados por una gestión más liberal que socialista. La campaña iraquí le ha supuesto un doble desgaste, con su propio partido y con la población. Unos porque rechazaron en todo momento la guerra, otros por las sospechas, nunca confirmadas pero siempre alimentadas, de que mintió. Su opción europea se ha quedado en nada ante la deriva antinorteamericana de Chirac y Schroeder, de una parte, y el contenido del Tratado de la Constitución Europea, inaceptable hasta para europeístas británicos, de otra.

Blair representa la última figura del ciclo moral de la política británica, la réplica laborista de Margaret Thatcher. Con ella el pragmatismo dio paso al compromiso con unos principios y unos programas. Todo era previsible. Se sabía lo que se iba a hacer porque el gobierno había firmado un acuerdo con la ciudadanía para llevar a cabo una política determinada. No cabía el oportunismo. El empirismo de Major fue pronto superado por la gladstoniana figura de Blair, carismático, atractivo, religioso y dispuesto a asumir los riesgos que fueran necesario con tal de actuar según su conciencia.

Su tiempo se acaba. Los laboristas añoran los años en que podían intervenir en la economía nacional y repartir el pastel hasta agotarlo. Mientras ellos sueñan, los nuevos conservadores se sitúan a la cabeza en las encuestas. En las bancadas tories las políticas de compromiso provocan cansancio, de ahí que hayan quedado arrumbadas en el armario de los trastos viejos. David Cameron, Ruiz Cameron según algunos dirigentes populares, ha optado por una estrategia populista, a años luz de las posiciones de Thatcher. Critican a Estados Unidos, asumen el relativismo moral y se muestran dispuestos a incrementar el gasto. Todo vale con tal de recuperar el poder. Ya lo decía Andreotti, rectificando a Lord Acton, lo que desgasta no es el poder, sino los años de oposición.

Blair se ha quedado sin partido, como Thatcher. El testigo está hoy en manos de la nada carismática y todavía maniatada Merkel.
- Tiempo de aniversario, tiempo de trincheras, riesgo de ruptura (ARI)

(Por José Ignacio Torreblanca - ARI Nº 16/2007 - 12/2/07)
Tema: La celebración del 50 aniversario de la firma del Tratado de Roma está poniendo de relieve lo acentuado de las divisiones en el seno de la Unión Europea.
Resumen: La celebración del 50 aniversario del Tratado de Roma, el 25 de marzo de 2007, va a ofrecer una excelente oportunidad para averiguar la profundidad de las aguas que separan a los Estados miembros en cuanto al futuro de Europa y, más concretamente, del Tratado Constitucional. A priori, conmemorar lo logrado en estos 50 últimos años no debería ser objeto de grandes controversias: los logros en cuanto a la paz y prosperidad de Europa son evidentes y bien visibles. El caso es que, según se acerca la fecha, los Estados miembros, en lugar de sentarse a la mesa a reflexionar sobre lo logrado durante estos 50 años y discutir abiertamente acerca de qué se quiere lograr en las próximas décadas, parecen estar atrincherándose de cara a las inminentes negociaciones acerca del futuro del Tratado Constitucional.
Análisis: La Presidencia alemana tiene encomendada la elaboración, con motivo de la conmemoración del 50 aniversario del Tratado de Roma, de una declaración. La iniciativa, asumida por el Consejo Europeo en junio de 2005, partía de la Comisión Europea, que en su comunicación de 10 de mayo había sugerido a los Estados miembros que aprovecharan el 50 aniversario del Tratado de Roma para, mediante una “declaración solemne”, “reconstruir el clima de confianza y reconectar a los ciudadanos con la Unión” (A Citizen’s Agenda: Delivering Results for Europe”, COM 2006 211 f). Más que un ejercicio retórico en el que se repitieran los tópicos habituales en la euro-jerga establecida (en demasiadas ocasiones incomprensible para los ciudadanos), se trataría de una declaración corta, directa, expresada en un lenguaje cercano, que los ciudadanos pudieran entender y compartir. La realidad, sin embargo, se está moviendo en una dirección distinta, ya que la que se llamará “Declaración de Berlín” está encontrando notables dificultades en su camino…
El riesgo de ruptura
El período de escucha y reflexión (para muchos de mera parálisis) ha sido sustituido por un período de tanteo que cada vez se parece más a una negociación intergubernamental, eso sí, de momento soterrada. En este sentido, la reunión de los “amigos de la Constitución” celebrada en Madrid ha tenido como efecto indudable el acelerar el debate en torno al futuro de Europa. La reunión ha sido un éxito; así lo han reconocido públicamente incluso aquellos que, como el eurodiputado liberal Andrew Duff (autor de un interesantísimo “Plan B” para rescatar la Constitución Europea) habían cuestionado con dureza la oportunidad de dicha reunión (véase, por ejemplo, el artículo de Andrew Duff en el Financial Times del 30/1/07).
La razón del éxito de la reunión estriba en que con anterioridad a ella la propuesta del candidato de la UMP a la presidencia y ministro del Interior francés, Sarkozy, referida a un “mini-Tratado” centrado en los aspectos institucionales, había cobrado un protagonismo muy elevado en el debate europeo, dándose por hecho incluso en algunos medios que el plan de Sarkozy contaba con el aval de la canciller Merkel caso de que éste fuera elegido presidente. Después de la reunión de Madrid, sin embargo, ha quedado claro que en lugar de un “mini-Tratado”, una mayoría muy amplia de Estados prefería una opción que podríamos llamar “Constitución plus” es decir, un método de salida de la crisis que pasara por retocar el texto constitucional, complementarlo y adaptarlo a las necesidades del consenso a 27, no por deshacer los delicados equilibrios y compromisos en los que éste se basa. Por tanto, después de la reunión de Madrid ha quedado claro que la solución propuesta por algunos (un Tratado meramente institucional) aunque pudiera satisfacer a franceses, alemanes y británicos por diversas razones, no refleja el sentir mayoritario de los Estados miembros, ni tampoco tiene tantas posibilidades de salir victoriosa como se pensaba.
Como era de esperar, la reunión de Madrid no ha sido muy bien recibida en aquellos países que cuentan con que la salida a la actual crisis pase por enterrar la Constitución Europea. En los Países Bajos y en la República Checa, por ejemplo, la hostilidad hacia la reunión de Madrid ha sido aireada públicamente. En los Países Bajos, la discusión acerca del Tratado Constitucional se encuentra en máximos de animadversión contra todo lo que representan los aspectos políticos del proceso de integración. Mientras, el negociador designado por el Gobierno checo, Jan Zahradil, ha dejado claro que su país rechaza no sólo salvar la Constitución sino (como propone la Presidencia alemana) preservar siquiera su sustancia. El problema es que en un escenario caracterizado por una negativa radical de cuatro países (el Reino Unido, Polonia, República Checa y Países Bajos) a aceptar salvar ni siquiera la “sustancia” del Tratado Constitucional, la posibilidad, y tentación, de ruptura de la Unión estaría claramente encima de la mesa.

En este sentido, es posible anticipar que el resultado de las elecciones presidenciales francesas tendrá un impacto muy importante dependiendo de quién llegue al Eliseo. Allí, el entorno de Sarkozy, consciente de la situación creada por la reunión de Madrid, se ha apresurado a desmentir que su propuesta se limite a los aspectos institucionales y está haciendo un esfuerzo por hacerla más atractiva. El eurodiputado Lammasoure, principal promotor de la iniciativa de Sarkozy, se encuentra así en una difícil posición: por un lado, su propuesta no debería parecerse mucho a la del Reino Unido, so pena de ofrecer un flanco muy fácil para la crítica; por otro, la toma de posición de Ségolène Royal a favor de una Constitución plus o reforzada con aspectos sociales, seguida de un segundo referéndum ratificatorio, aunque es muy arriesgada políticamente, puede complicar enormemente la campaña electoral a Sarkozy, que quiere a toda costa eludir el referéndum.
Pero donde las cosas están tomando un cariz más preocupante es en el Reino Unido. Allí, de acuerdo con lo publicado (¿o interesadamente filtrado?) en The Times el 1 de febrero Blair y Brown coincidirían a la hora de mostrarse inflexibles en cuestiones europeas. Aunque los vaivenes de la política europea del Reino Unido son bien conocidos, es evidente que algo muy profundo ha cambiado en el Reino Unido desde que Tony Blair, Jack Straw y Denis McShane enviaran a la Cámara de los Comunes el proyecto de ley de ratificación de la Constitución Europea.
Entonces argumentaron vehementemente a favor del texto Constitucional, afirmando el propio Blair: “La Constitución traerá consigo auténticas mejoras que harán a Europa más efectiva, más responsable ante los ciudadanos y más fácil de entender […] Creo que es un buen resultado para Gran Bretaña y para Europa. Podemos enorgullecernos del firme papel que hemos representado en la creación del Tratado – un papel ampliamente reconocido a lo largo de la UE” (White Paper on the Treaty Establishing a Constitution for Europe, FCO, septiembre de 2004, p. 3). A su zaga, Jack Straw apelaba al patriotismo británico para recabar el apoyo a la Constitución Europea argumentando: “Es un Tratado que verdaderamente refleja una visión británica para Europa […] La decisión que se le presenta al pueblo británico, cuando llegue el referéndum, será fundamental para nuestros intereses nacionales. Si rechazamos este Tratado, Gran Bretaña se encontrará en Europa debilitada y aislada” (“The Patriotic case for the EU Constitution”, Written Statement by Jack Straw, Foreign Secretary, 26/1/05).
Sin embargo, las cosas han cambiado y mucho. Blair, Straw y MacShane se propusieron entonces dar un giro copernicano a la tradicional política europea del Reino Unido, que según el propio MacShane consistía en “no ver a Europa, no hablar de Europa, no oír a Europa” (“Our Last Chance to Make Europe Work”, The Observer, 16/5/05). La realidad es que, lejos de liderar Europa, el Gobierno laborista se encuentra doblemente atrapado entre sus electores y sus promesas. Por un lado, consciente de que los conservadores son más fuertes electoralmente en cuestiones europeas dadas las escasas simpatías que la Constitución Europea suscita entre el electorado (sólo un 40% la apoyaba según el último Eurobarómetro, EB 66/2007, p. 35), el Gobierno laborista necesita a toda costa evitar la “europeización” del debate político nacional de cara a las elecciones generales del 2008. Por otro, dada la promesa de Blair de realizar un referéndum sobre el Tratado Constitucional, sólo podría aceptar una reforma absolutamente de mínimos, que en modo alguno pudiera ser comparada con la Constitución Europea y que no requiriera un referéndum en el Reino Unido. El margen de maniobra de Blair-Brown es, pues, mínimo, y los riesgos electorales muy elevados.

En consecuencia, todo indica que Blair y Brown piensan explotar a fondo la carta interna a la hora de condicionar a la baja las negociaciones europeas. Eso sí, mientras que en las negociaciones de 2004 que llevaron a la Constitución Europea el resto de los europeos aceptaron todas las “líneas rojas” planteadas por los británicos -en la creencia de que este sería el Tratado que traería al Reino Unido al corazón de Europa-, las cosas no van a ser tan fáciles para Blair y Brown esta vez. Aunque la Alemania de Merkel quiere que el Reino Unido esté en la UE, y hará todo lo posible por acomodarlo, puede haber otros países que no estén dispuestos a aceptar un segundo chantaje británico y se planteen jugar la carta de la retirada parcial del Reino Unido de la Unión (tesis que parece que tendría algunos adeptos dentro del Partido Conservador y que personas como Lord Blackwell, asesor de John Major entre 1995 y 1997, están planteando abiertamente -véase el Financial Times de 29/1/07-).
- Gordon Brown y el internacionalismo realista (ARI)

(Por David Mathieson - ARI Nº 129/2007 (traducido del inglés) - 31/1/08)
Tema: Gordon Brown está a punto de completar su primer semestre como primer ministro británico y ya es posible evaluar algunos de los cambios que ha introducido en la política exterior del Reino Unido. Algunas de las intenciones de Brown han quedado de manifiesto en su respuesta a ciertas cuestiones (desde el Tratado de Reforma de la UE hasta Darfur) que requerían acción inmediata, pero el primer ministro también ha tratado de reformular algunos de los principios que regirán la política exterior británica a más largo plazo. Brown describe esta nueva visión, que combina multilateralismo con intervencionismo, como un “internacionalismo realista”.
Resumen: Gordon Brown ha adoptado un perfil más bajo en la escena internacional que su predecesor, Tony Blair. Durante sus primeros seis meses de mandato, las principales cuestiones de política exterior han girado en torno a Europa y a EEUU. El último capítulo de la perennemente difícil relación del Reino Unido con la UE ha venido protagonizado por el proceso de ratificación del Tratado de Reforma. Brown está intentando evitar a toda costa el referéndum que piden el opositor Partido Conservador y poderosos sectores de los medios de comunicación. El primer ministro ha reafirmado la preeminencia de la relación transatlántica como vínculo bilateral de mayor importancia del Reino Unido, pero ha dado a entender que el surgimiento de un mundo multipolar requerirá cambios de estrategia. Su doctrina de realismo práctico trata de predecir algunos de esos cambios abogando por reformar las instituciones multinacionales e insistiendo, al mismo tiempo, en que la intervención (en ocasiones por la fuerza) será más necesaria que nunca en un mundo globalizado.
Análisis: Desde que Gordon Brown se convirtiera en primer ministro en junio de 2007, la política exterior británica ha experimentado un notable cambio de ritmo y de tono, si no de rumbo. Mientras que a su predecesor, Tony Blair, le deleitaba asumir un papel mundial, Brown muestra mayor reticencia a viajar (o como dijo en un momento dado alguien desde dentro del Gobierno: “Gordon no hace el extranjero”).[1] La reticencia de Brown a buscar oportunidades en la escena internacional o involucrarse en exceso en política exterior ha supuesto uno de los contrastes más marcados con Blair en estos últimos seis meses. En la víspera de su primer gran discurso de política exterior como primer ministro, el Financial Times comentaba: “Debe de apetecerle tanto como ir al dentista. No parece interesarle en exceso el extranjero, especialmente Europa”.[2]
Dado que la política exterior (especialmente las cuestiones de Irak y el Líbano) fue lo que provocó que su predecesor, Tony Blair, abandonara de manera forzosa y prematura Downing Street, quizá resulte comprensible que Brown haya adoptado un enfoque más reservado a este respecto. Pero más allá de conferir a la política exterior menor relieve dentro del mensaje general de su Gobierno, ¿cómo ha variado su contenido y cuál es el nuevo rumbo que tiene en mente la Administración Brown?
Cuando Gordon Brown se convirtió en primer ministro se sabía muy poco de sus opiniones en materia de política exterior. Después del primer ministro, era el miembro más poderoso del Gobierno pero, mientras que en diversas áreas de política interior disponía de poder de veto, si no de control, sus opiniones expresadas en materia de política exterior rara vez, por no decir nunca, discrepaban de la línea adoptada por el Gobierno.
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