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salvajes o peces, algo que jamás se le ha conocido. Sin miedo a su tamaño o fiereza, las tribus locales
más "avanzadas" ya hubiesen exterminado a los gigantes encontrados por Fawcett y su grupo. La
"irrealidad" de los monstruos, y el vínculo con los ovnis que comparten algunos de ellos, se pone de
manifiesto en casi cualquier informe o fotografía borrosa. El ya fallecido Ted Holiday, autor de The
Goblin Universe (El Universo Fantasma), presentó en este excelentísimo libro un número de razones
por las cuales un ser de carne y hueso sería incapaz de existir en Loch Ness, dado que el mero hecho
de la existencia de tal criatura causaría una disrupción total del ecosistema perfectamente
equilibrado que existe en el lago. Holiday estuvo presente cuando el Rev. Donald Omand llevó a cabo
un exorcismo del lago Ness para desvanecer a "Nessie" al plano astral. El exorcismo pareció tener
éxito inicialmente, aunque a la postre se sucedieron incidentes que a la larga acarearían la muerte
de Holiday.
El Reverendo Omand también realizó el exorcismo de cierto fiordo noruego que estaba plagado por
una serpiente de mar parecida a "Nessie". Por más chocante que sea a los hombres de ciencia, el
método de Omand tuvo éxito. Pero volvamos a los seres peludos.
La teoría de la conexión compartida entre estos y el fenómeno ovni surgió a raíz de un número de
avistamientos acaecidos en los EE.UU. durante los años '70. Repentinamente, el Sasquatch,
habitante de los bosques del noroeste americano, estaba siendo visto desde los bosques de
Pennsylvania hasta los suburbios de Hialeah, en la Florida. Los investigadores sacaron a la luz la
existencia de tradiciones locales que hablaban de "monstruos": la Florida tenía su Sandman, o
"Skunk Ape" (Mono Zorrilla); existía "Momo" en Illinois, y los habitantes de Ligonier, PA, que no
tenían un nombre en especial para el suyo, habían acumulado un historial de avistamientos al paso
de los años.
También se supo que los seres peludos habían merodeado el desierto de Mojave, acechando las
instalaciones militares del gobierno estadounidense. Bigfoot estaba por doquier, hasta en la
televisión: un episodio altamente exitoso de la serie El Hombre Nuclear enfrentó al hombre biónico,
Steve Austin, contra Bigfoot, quien resultó ser un robot controlado por extraterrestres benévolos
oriundos de una estrella cercana.
El próximo subgénero de criaturas vinculadas al fenómeno ovni lo es la variedad alada. La mitología
de cada cultura en el mundo tiene una tradición especial para los seres alados desde la antigüedad
remota, y nuestra propia mitología ha añadido más seres aún al panteón bajo la forma de Mothman,
el pterodáctilo de Brownsville, y otros enigmas alados.
Mothman (tema de un estudio concienzudo realizado por el insigne investigador John A. Keel) fue
un evento paralelo al macroavistamiento de ovnis que tomó lugar en los EE.UU. durante 1967 – 1969.
Jamás se obtuvieron fotografías de esta criatura, pero se realizaron un gran número de bocetos,
fundamentados en las descripciones de los testigos, que indicaban que su aspecto distaba mucho de
ser placentero. La criatura espantaba un depósito de municiones abandonado cerca de la comunidad
de Point Pleasant, Virginia Occidental, en las riberas del río Ohio. Entre la docena de testigos que lo
vieron se encontraban dos parejas de adolescentes que lo vieron mientras que habían estacionado su
auto en el viejo depósito de municiones. La criatura les persiguió mientras que trataban de huir del
sitio, volando sobre su auto y ajustándose a la velocidad sin problema alguno.
En 1975, se desataron los avistamientos del célebre "Big Bird" en Brownsville, Texas (curiosamente,
se practica una variedad de cultos mágicos en la región, cosa que se ajustaría a la teoría postulada
inicialmente. Los horrendos asesinatos presentados en The Matamoros Cult Killings, obra de Jim
Schultze, fueron cometidos en esta región). El testigo clave en este caso sintió cómo las garras de la
criatura le arrancaban la camisa de la espalda, dejándole surcos sangrientos. El desafortunado se
llamaba Armand Grimaldo, un joven de la población de Raymondville, TX. Según su relato, la
criatura tenía "el tamaño de un hombre, pero con la cara de un mono en vez de la de un pájaro, y alas
de envergadura descomunal." De regreso a su casa una noche, escuchó un grito agudo y una figura le
arrojó al suelo. Incorporándose, consiguió echarle un buen vistazo a la criatura justo cuando
escuchó a su esposa gritar desde el interior de la casa. El grito hizo que la criatura se alejase volando
o corriendo. Los médicos en un hospital de la localidad curaron las largas heridas de Grimaldo, que
parecían haber sido hechas por las espuelas de un colosal gallo de pelea. Los espacios entre cada
herida dieron pie a esta conclusión, respaldada por ornitólogos locales.
Esta criatura alada pudo o no haber sido la misma con la cual se encontró un residente de un parque
de casas – caravana. Un tal Alverico Guajardo escuchó sonidos provenientes del patio de su lote y
salió a investigar, no antes de haber procurado una macana. Se enfrentó cara a cara con un ser de
alas de murciélago, de cuatro pies de alto, con un rostro simiesco. Después mirar fijamente al ente
quimérico, Guajardo sintió un poco de temor y entró nuevamente en la casa – caravana, optando por
llamar a la policía. Cuando llegaron estos, no quedaba rastro de la criatura.
En resumen, estos casos constituyen una fracción de los casos recopilados sobre seres enigmáticos.
Algunos de ellos han sido vistos justo cuando salen del interior de ovnis, mientras que otros han
sido vistos volando lentamente sobre los suburbios del medio oeste americano, o sobre las bases
estadounidenses durante la guerra de Vietnam. Algunos informes se remontan a la antigüedad
clásica y parecen no tener fin. Los defensores de la tesis extraterrestre alegan que tienen un origen
interplanetario, los creyentes en otras dimensiones piensan que su origen se basa en la intersección
accidental de nuestro plano de existencia con otro, mientras que los demonólogos... bueno, ya
sabemos lo que creen.

CONTACTO
BOLETIN MENSUAL DE FENOMENOS EXTRAÑOS
Nº 7 – Marzo de 1999

Editado por Jessica Vanesa Parmigiano y Carlos Alberto Iurchuk
jesso@datamarkets.com.ar
iurchuk@netverk.com.ar


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Tres historias de realismo fantástico

Jorge Pablo Calvo
La Plata – Argentina
jorge@bayta.com

(Extracción del libro: "El Retorno de los brujos", de Louis Pauwels y Jacques Bergier, Biblioteca
Fundamental Año Cero, Editorial Americana Ibérica S.A. (España) 1994.)
Historia de un gran matemático en estado salvaje.

Historia del más asombroso de los clarividentes.

Historia de un sabio en 1750.

1. Ramanuján

Un día, a principios del año 1887, un brahmán de la provincia de Madrás se dirige al templo de la
diosa Namagiri. El brahmán ha casado a su hija hace ya muchos meses, y el hogar de los esposos es
estéril. ¡Que la diosa Namagiri les dé la fecundidad! Namagiri escucha la plegaria. El 22 de diciembre
nace un niño, al que se pone el nombre de Srinivasa Ramanuján Alyangar. La víspera se había
aparecido la diosa a la madre, para anunciarle que su hijo sería extraordinario.
A los cinco años, ingresa en la escuela. Desde el primer momento, su inteligencia asombra a todos.
Parece saber ya lo que le enseñan. Se le concede una beca para el liceo de Kumbakonán, donde es la
admiración de sus condiscípulos y profesores. Tiene quince años. Uno de sus amigos hace que la
biblioteca local le preste una obra titulada: A Synopsis of Elementary Results in Pure and Applied
Mathematics. Esta obra publicada en dos volúmenes, es un recordatorio redactado por George
Schoobridge, profesor de Cambridge. Contiene resúmenes y enunciados sin demostración de unos
6.000 teoremas. El efecto que produce en el espíritu del joven hindú es fantástico. El cerebro de
Ramanuján se pone bruscamente a funcionar de un modo totalmente incomprensible para nosotros.
Demuestra todas las fórmulas. Después de haber agotado la geometría, ataca el álgebra. Ramanuján
contará más tarde que la diosa Namagiri se le había aparecido para explicarle los cálculos más
difíciles. A los dieciséis años, fracasa en los exámenes, porque su inglés sigue siendo defectuoso y le
es retirada la beca. Prosigue solo sin documentos, sus investigaciones matemáticas. Por lo pronto,
adquiere todos los conocimientos alcanzados en este terreno hasta 1880. Ya puede prescindir de la
obra del profesor Shoobridge. Y aún va más allá. Por sí solo, acaba de reproducir para rebasarlo
después, todo el esfuerzo matemático de la civilización, partiendo de un recordatorio, por lo demás
incompleto. La historia del pensamiento humano no conoce otro ejemplo semejante. El propio
Galois no había trabajado solo. Estudió en la «Escuela Politécnica», que era en su época el mejor
centro matemático del mundo. Podía consultar millares de obras. Estaba en contacto con sabios de
primer orden. En ninguna ocasión se ha elevado tanto el espíritu humano con tan poco apoyo.
En 1909, después de años de trabajo solitario y de miseria, Ramanuján se casa. Busca un empleo. Le
recomiendan a un preceptor local, Ramachandra Rao, ilustre enamorado de las matemáticas. Éste
nos ha dejado el relato de su encuentro.
«Un hombrecillo desaseado, sin afeitar con unos ojos como jamás he visto otros, entró en mi cuarto,
con una gastada libreta de notas bajo el brazo. Me habló de descubrimientos maravillosos que
rebasaban infinitamente mi saber. Le pregunté qué podía hacer por él. Me dijo que sólo quería lo
justo para comer, a fin de poder proseguir sus investigaciones».
Ramachandra Rao le pasa una pequeña pensión. Pero Ramanuján es demasiado orgulloso. Por fin le
encuentra un empleo: un puesto mediocre de contable en el puerto de Madrás.
En 1913, le convencen de que entable correspondencia con el gran matemático inglés G. H. Hardy, a
la sazón profesor de Cambridge. Le escribe y le envía por el mismo correo ciento veinte teoremas de
geometría que acaba de demostrar. Hardy debía escribir sobre ello:
«Estas notas podían haber sido escritas únicamente por un matemático del mayor calibre. Ningún
ladrón de ideas, ningún farsante, por genial que fuese, podía haber captado abstracciones tan
elevadas». Propone inmediatamente a Ramanuján que se traslade a Cambridge. Pero su madre se
opone, por motivos religiosos. De nuevo la diosa Namagiri se encarga de resolver la dificultad. Se
aparece a la vieja dama para convencerla de que su hijo puede ir a Europa sin peligro para su alma, y
le muestra, en sueños, a Ramanuján sentado en el gran anfiteatro de Cambridge entre ingleses que le
admiran.
A finales del año 1913, se embarca el hindú. Trabajará durante cinco años e imprimirá un avance
prodigioso a las matemáticas. Es elegido miembro de la Sociedad Real de Ciencias y nombrado
profesor de Cambridge, en el colegio de la Trinidad. En 1918, cae enfermo. Tuberculosis. Regresa a la
India, para morir allí, a los treinta y dos años.
Dejó un recuerdo extraordinario en todos cuantos le conocieron. Sólo vivía para los números. Hardy
fue a visitarle al hospital y le dijo que había tomado un taxi. Ramanuján le preguntó el número del
coche: 1.729. «¡Qué hermoso número! —exclamó—. ¡Es el más pequeño que es dos veces la suma de
dos cubos!» En efecto, 1.729 es igual a 10 elevado al cubo más 9 elevado al cubo, y es también igual a
12 elevado al cubo más uno elevado al cubo. Hardy necesitó seis meses para demostrarlo, y el mismo
problema no ha sido aún resuelto para la cuarta potencia.
La historia de Ramanuján es increíble para cualquiera. Y, sin embargo, es rigurosamente cierta. No
es posible expresar en términos sencillos la naturaleza de los descubrimientos de Ramanuján.
Versan sobre los misterios más abstractos de la noción del número, y particularmente de los
«números primos».
Poco se sabe de lo que, fuera de las matemáticas, despertaba el interés de Ramanuján. Se preocupaba
poco de arte y de literatura. Pero le apasionaba todo lo extraño. En Cambridge se había montado una
pequeña biblioteca y un fichero sobre toda suerte de fenómenos desconcertantes para la razón.

2. Cayce

Edgard Cayce murió el 5 de enero de 1945, llevándose un secreto que ni él mismo había podido
penetrar y que le asustó toda la vida. La «Fundación Edgar Cayce», de Virginia Beach, que cuenta
con médicos y con psicólogos, prosigue el análisis de los legajos. Desde 1958, los estudios sobre la
clarividencia gozan en América de créditos importantes. Es que se piensa en los servicios que
podrían prestar, en el terreno militar, los hombres aptos para la telepatía y la precognición. Entre
todos los casos de clarividencia, el de Cayce es el más puro, el más evidente y el más extraordinario.
El pequeño Edgar Cayce estaba muy enfermo. El médico rural estaba a la cabecera de su lecho. No
había manera de sacar al muchacho de su estado de coma. De pronto, bruscamente, sonó la voz de
Edgar, clara y tranquila. Y, sin embargo, dormía. «Le diré lo que tengo. He recibido un golpe en la
columna vertebral con una pelota de béisbol. Hay que hacer una cataplasma especial y aplicármela
en la base del cuello». Con la misma voz, el chiquillo dictó la lista de plantas que había que mezclar y
preparar. «De prisa, pues el cerebro está en peligro de ser alcanzado».
Por si acaso, le obedecieron. Por la noche, había cedido la fiebre. Al día siguiente, Edgar se levantó,
fresco como una lechuga. No se acordaba de nada. Ignoraba la mayoría de las plantas que había
mencionado.
Así comenzaba una de las historias más asombrosas de la medicina. Cayce, campesino de Kentucky,
completamente ignorante, poco inclinado a usar su don, y que se lamentaba sin cesar de no ser
«como todo el mundo», cuidará y curará, en estado de sueño hipnótico, a más de quince mil
enfermos, debidamente homologados.
Obrero agrícola en la granja de uno de sus tíos, después dependiente de una librería de Hopkinsville
y por último dueño de una tiendecita de fotografía donde se propone pasar tranquilamente sus días,
hace de taumaturgo contra su voluntad. Su amigo de la infancia, Al Layne, y su novia, Gertrudis,
unirán sus fuerzas para obligarle. Y no por ambición, sino porque no tiene derecho a guardarse su
poder, a negarse a ayudar a los afligidos. A1 Layne es un tipo enfermizo, siempre está malo. Se
arrastra. Cayce consiente en dormirse: describe los males y dicta los remedios. Cuando se despierta
exclama: «Esto no es posible; no conozco la mitad de las palabras que has anotado. ¡No tomes esas
drogas, es peligroso! No comprendo nada. ¡Todo esto es cosa de magia!» Se niega a volver a ver a Al y
se encierra en su gabinete de fotografía. Ocho días más tarde, Al llama a su puerta: jamás se ha
encontrado tan bien. La pequeña ciudad se conmueve; todos quieren consultarle. «No voy a ponerme
a curar a la gente porque hablo en sueños». Acaba por aceptar, con la condición de no ver a los
pacientes, por miedo de que, al conocerlos, su juicio se vea influido; con la condición de que algún
médico asista a las sesiones; con la condición de no cobrar un céntimo y no recibir siquiera el menor
regalo.
Los diagnósticos y las prescripciones formulados en estado hipnótico son de una precisión y sutileza
tales, que los médicos están convencidos de que se trata de un colega disfrazado de curandero.
Limita sus sesiones a dos por día. No es que tema la fatiga, pues sale de sus sueños muy descansado.
Es que quiere seguir siendo fotógrafo. No trata en absoluto de adquirir conocimientos médicos. No
lee nada, continúa siendo el hijo de unos campesinos, provisto de un vago certificado de estudios. Y
se rebela contra su extraña facultad. Pero, en cuanto decide dejar de emplearla, se queda afónico.
Un magnate de los ferrocarriles americanos, James Andrews, acude a consultarle. Le prescribe en
estado de hipnosis, una serie de drogas y, entre ellas, cierta agua de orvale. No hay manera de
encontrar este remedio. Andrews hace publicar anuncios en las revistas médicas, sin resultado. En
el curso de otra sesión, Cayce dicta la composición de aquel agua, extremadamente complicada.
Después, Andrews recibe una respuesta de un joven médico parisiense: el padre de este francés, que
también era médico, había elaborado el agua de orvale, pero había dejado de explotarla hacía
cincuenta años. La composición era idéntica a la «soñada» por el modesto fotógrafo.
El secretario local del «Sindicato de Médicos» se apasiona por el caso Cayce. Convoca un comité de
tres miembros, que asiste a todas las sesiones estupefacto. El «Sindicato General Americano»
reconoce las facultades de Cayce y le autoriza oficialmente a realizar «consultas psíquicas».
Cayce se ha casado. Tiene un hijo de ocho años, Hugh Lynn. El niño, jugando con unas cerillas,
provoca la explosión de un depósito de magnesio. Los médicos pronostican la ceguera total en plazo
breve y recomiendan la ablación de un ojo. Aterrorizado, Cayce se sume en uno de sus sueños. En
estado hipnótico, se pronuncia contra la ablación y prescribe quince días de aplicación de compresas
de ácido tánico. Según los especialistas es una locura. Y Cayce, presa de los mayores tormentos,
apenas se atreve a desoír sus consejos. Al cabo de quince días, Hugh Lynn está curado.
Un día, después de una consulta, sigue dormido y dicta, una tras otra, cuatro recetas muy precisas.
No se sabe a quién pueden referirse, y es que han sido formuladas por anticipado para los cuatro
próximos enfermos.
En el curso de una sesión, prescribe un medicamento al que llama «Codirón» y da la dirección de un
laboratorio de Chicago. Llaman por teléfono. «¿Cómo pueden haber oído hablar del "Codirón"?
Todavía no ha sido puesto a la venta. Precisamente acabamos de realizar la fórmula y de ponerle el
nombre».
Cayce, aquejado de una enfermedad incurable que sólo él conocía, muere el día y a la hora que había
anunciado: «El cinco por la noche, estaré definitivamente curado». Curado del mal de ser «algo
distinto».
Interrogado durante su sueño sobre su manera de proceder, había declarado (sin acordarse de nada
al despertar, como de costumbre) que se hallaba en condiciones de ponerse en contacto con
cualquier cerebro humano viviente y de utilizar las informaciones contenidas en aquel o en aquellos
cerebros para dar el diagnóstico y el tratamiento de los casos que se le presentaban. Era tal vez una
inteligencia diferente la que entonces se animaba en Cayce, y que utilizaba todos los conocimientos
de la Humanidad, como se utiliza una biblioteca. pero casi instantáneamente, o al menos a la
velocidad de la luz o de la electromagnética. Pero nada nos permite explicar el caso de Edgar Cayce,
de esta manera o de otra. Lo único que se sabe cierto es que un fotógrafo de pueblo, sin curiosidad ni
cultura, podía ponerse, a voluntad, en un estado en que su espíritu funcionaba como el de un médico
genial, o mejor, como todos los espíritus de todos los médicos juntos.

3. Boscovich

Un tema de ciencia ficción: si los relativistas están en lo cierto, si vivimos en un Universo de cuatro
dimensiones, y si fuésemos capaces de darnos cuenta de ello, lo que llamamos sentido común
saltaría hecho pedazos. Los autores de obras de anticipación se esfuerzan en pensar en términos de
espacio tiempo. Iguales esfuerzos hacen los físico – matemáticos, en un plano de investigación más
puro y con un lenguaje teórico. Pero el hombre, ¿es capaz de pensar en cuatro dimensiones? Para
ello necesitaría estructuras mentales diferentes. ¿Estarán reservadas estas estructuras al hombre de
después del hombre, al ser de la próxima mutación? Y este hombre de después del hombre, ¿está ya
entre nosotros? Los novelistas de lo imaginario así lo han afirmado. Pero ni Van Vogt, en su hermoso
libro fantástico sobre los Slans, ni Sturgeon en su descripción de los Más que humanos, se han
atrevido a imaginar un personaje tan fabuloso como Roger Boscovich.
¿Ser mutante? ¿Viajero del Tiempo? ¿Extraterrestre disfrazado con la apariencia del serbio
misterioso?
Boscovich nació en 1711, en Dubrovnik: al menos esto fue lo que declaró, cuando tenía catorce años,
al matricularse como alumno libre en el colegio de los jesuitas de Roma. Allí estudió matemáticas,
astronomía y teología. En 1728, al terminar su noviciado, ingresa en la Orden de los jesuitas. En
1736, publicó una comunicación sobre las manchas solares. En 1740, enseña matemáticas en el
Collegium Romanum, y después es nombrado consejero científico del Papado. Crea un observatorio,
inicia la desecación de las ciénagas pontinas, repara la cúpula de San Pedro, mide el meridiano entre
Roma y Rímini, sobre dos grados de latitud. Después explora diversas regiones de Europa y de Asia y
realiza excavaciones en los mismos lugares en que más tarde, Schliemann descubrirá Troya. En 26
de junio de 1760 es nombrado miembro de la Real Sociedad de Inglaterra, y en tal ocasión publica un
largo poema en latín sobre las apariencias visibles del Sol y de la Luna, del que dicen sus
contemporáneos: «Es Newton con el verbo de Virgilio». Le reciben los más grandes eruditos de la
época y sostiene una importante correspondencia con el doctor Johnson y con Voltaire en particular.
En 1763 le ofrecen la nacionalidad francesa. Asume la dirección del departamento de instrumentos
de óptica de la Marina Real, en París, donde vivirá hasta 1783. Lalande le considera el más grande
sabio de su tiempo. D'Alembert y Laplace se asustan de sus ideas avanzadas. En 1785 se retira a
Bassano y se consagra a la impresión de sus obras completas. Muere en Milán en 1787.
Muy recientemente, a impulsos del Gobierno yugoslavo, se ha vuelto a examinar la obra de
Boscovich, y principalmente su Teoría de la Jilosofia natural (1), editada en Viena, en 1758. La
sorpresa ha sido mayúscula. Allan Lidsay Mackay, al comentar esta obra en un artículo del New
Scientist, del 6 de marzo de 1958, estima que se trata de un espíritu del siglo XX que se vio obligado
a vivir y a trabajar en el XVIII.
Por lo visto, Boscovich se había anticipado no sólo a la ciencia de su tiempo, sino también a nuestra
propia ciencia. Proponía una teoría unitaria del Universo, una ecuación general y única que rige la
mecánica, la física, la química, la biología e incluso la psicología. Según su teoría, la materia, el
espacio y el tiempo no son divisibles hasta el infinito, sino que están compuestos de puntos: de
granos. Esto recuerda los recientes trabajos de Jean Charon y de Heisenberg, a los que Boscovich
parece superar. Logra dar cuenta tanto de la luz como del magnetismo, de la electricidad y de todos
los fenómenos de la química, conocidos en su tiempo, descubiertos después o por descubrir. En él
encontramos los quanta, la mecánica ondulatoria, el átomo constituido por nucleones. El
historiador de la ciencia L. L. Whyte asegura que Boscovich lleva al menos doscientos años de
adelanto a su época, y que no se le podrá comprender realmente hasta que al fin se logre realizar la
unión de la relatividad y la física de los quanta. Se calcula que en 1987, al celebrarse el segundo
centenario de su muerte, su obra será probablemente apreciada en su justo valor.
Todavía no se ha pretendido dar ninguna explicación de este caso prodigioso. Actualmente circulan
dos ediciones completas de sus obras, una en serbio y otra en inglés. En la correspondencia ya
publicada (colección Bestenmann) entre Bascovich y Voltaire, encontramos, entre otras ideas
modernas:
La creación de un año geofísico internacional.

La transmisión del paludismo por los mosquitos.

Las aplicaciones posibles del caucho (idea puesta en práctica por La Condamine, jesuita amigo de
Boscovich).

La existencia de planetas alrededor de estrellas distintas a nuestro Sol.

La imposibilidad de localizar el psiquis en una región determinada del cuerpo.

La conservación del «grano de cantidad» de movimiento en el mundo: es la constante de Planck,
anunciada en 1958.

Boscovich atribuye una importancia considerable a la alquimia y da traducciones claras y científicas
del lenguaje alquimista. Para él, por ejemplo, los cuatro elementos, Tierra, Agua, Fuego y Aire sólo
se distinguen por la disposición particular de las partículas sin masa ni peso que los constituyen, lo
que coincide con la investigación de vanguardia sobre la ecuación universal.
Otra cosa no menos alucinante de Boscovich es su estudio sobre los accidentes de la Naturaleza. En
él encontramos ya la mecánica estadística del sabio americano Willard Gibbs, propuesta a finales del
siglo XIX y no admitida hasta el XX. También descubrimos una explicación moderna de la
radiactividad (perfectamente desconocida en el siglo XVIII) por una serie de excepciones a las leyes
naturales: lo que nosotros llamamos «penetraciones estadísticas en las barreras de potencial».


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Lluvias extrañas

Sebastián Jarré
Buenos Aires – Argentina
xrn@hotmail.com

Charles Fort, durante años se dedicó obstinadamente a reunir miles de datos donde cuenta de
extrañas lluvias caídas en distintos sitios del planeta. Consiguió reunir más de 60 mil notas – todas
extraídas de revistas y diarios muy renombrados – que daban cuenta de esas raras lluvias.
En el archivo de Fort hay comprobadas lluvias de peces sobre Londres y otras ciudades, lluvias
rojas, negras y amarillas, lluvia de ranas caída de enormes bloques de hielo (¡algunos del tamaño de
un elefante!), lluvias de carne, de trozos de algodón, de lodo, de arena, y también de... sangre.
En el año 1800, en Seringapatam, en la India, se registraron (según la revista Nature del 1° de
noviembre, anota Fort) una sucesión de lluvias de granizo. Durante una de ellas se encontraron dos
piezas de hielo que tenían el tamaño de un elefante pequeño. Ese mismo año, informes del instituto
Smithsoniano revelan que en los EE.UU cayeron piedras de hielo de 2 y 3 kg. de peso.

El 27 de febrero de 1877 en Penchloch, Alemania, cayó una espesa lluvia amarilla, color oro, cuya
materia tenía 3 formas distintas: semejaban una flecha, un grano de café y un disco. No se
encontraron trazas de polen y la sustancia despedía un fuerte olor animal. El análisis químico reveló
la presencia de nitrógeno y amoníaco. Charles Fort – en su obra "El libro de los condenados" al
hablar de esta lluvia – dice: "Tal vez fueran símbolos jeroglíficos de alguien que intentaba decirnos
algo".

El 14 de febrero de 1870, cayó en Génova, Italia según el profesor Beccardo, director del instituto
Genovés de Física, citado por Fort, una sustancia amarilla que cubrió las calles, al punto de que era
difícil caminar. Según se estimó, la cantidad de esta materia amarilla que cubrió Génova era de
aproximadamente 100 mil toneladas.

El 30 de abril de 1887 se produjo una lluvia densa, ardiente, negra y pestilente. El mismo fenómeno
se repitió el 9 de octubre de 1907 y el 2 de marzo de 1908. La "explicación" fue que se trataba de
polvo de carbón que habría flotado en el aire desde las minas de Gales. Pero una lluvia similar se
registró el 20 de enero de 1911 en Suiza y otra en el cabo de Buena Esperanza, el 5 de febrero de 1912.
Según el reverendo James Rust una lluvia negra cayó en Slains, Escocia, el 14 de enero. Otra en
Carluke, a 250 km. de Slains, el 1 de mayo. Y otros dos en este sitio el 20 de mayo de 1862 y el 21 de
octubre de 1863. El informe químico identificó esta sustancia no como un producto volcánico o
ceniza, sino como escoria de fundición. "Resulta imposible – dice Fort – imaginar que un producto
artificial como es la escoria de hierro haya podido caer en tan grandes cantidades y en sitios tan
distintos". Y agrega un dato sorprendente: El 9 de noviembre de 1819 cayó una lluvia negra de
escoria de metal sobre una vasta zona de Canadá. Esta lluvia fue acompañada de una sacudida
sísmica y de una intensa oscuridad aunque era pleno día.

No sólo caen – según Fort – diversos colores desde el cielo. En ciertos momentos de la historia, y en
los más variados lugares, se produjo la precipitación de sustancias realmente increíbles.
El 13 de agosto de 1819 en la ciudad de Amherst, en Massachusetts, un objeto misterioso, recubierto
de una pelusilla como la que se encuentra en la fábrica de paños, se abatió contra el suelo. Separada
la pelusa apareció una sustancia pulposa de color amarillento que despidiendo un olor muy
nauseabundo, se volvió de color rojo vivo por el simple contacto con el aire.

En Londres, la tarde del 5 de mayo de 1848, cayó una lluvia extrañísima. Traducida textualmente la
nota de Charles Fort dice la siguiente: "A las 5 de la tarde el cielo estaba apacible sobre la ciudad de
Londres. De pronto sin previo aviso, comenzó a soplar un fuerte vendaval que hizo volar a toldos y
sombreros. El sol se apagó y una oscuridad densa se desplomó sobre la ciudad. Apenas se podía ver a
dos pasos. A partir de ese momento comenzó a caer desde la alto un copioso chubasco de agua y
peces. Durante casi 1 hora cayeron miles y miles de pequeños peces de una 15 cm de largo, de color
plateado y grandes aletas. Examinados por los expertos no pudieron ser reconocidos. Se enviaron
muestras a todas las Universidades de Inglaterra y ninguna pudo decir de que especie eran esos
peces. Finalmente, una comunicación llegada desde el Cairo y firmada por el decano de la facultad de
ciencias naturales de esa ciudad informó que esos peces correspondían a una especie de agua dulce
que prolifera en el mar de Galilea. No se pudo explicar cómo habían caído sobre Londres esos peces
que los palestinos llaman Pez de San Pedro".

En agosto de 1894 , miles de medusas , grandes como un chelín , fueron señaladas sobre la ciudad de
Bath, en Inglaterra. En el mismo momento no lejos de ahí, en Wigan, cayó una lluvia de pequeñas
ranitas.

En una nota tomada de Comptes Rendus, Fort anota que la "sustancia negra caída en Entre Ríos,
Argentina, el 30 de junio de 1880 recuerda a ciertas formas de lignito". Es de color negro verdusco ,
similar a otras que se precipitaron en Francia (1868), Australia (1861), India (1867) y Portugal (1902).

Fort, que murió en 1932 dejando muchos seguidores, no conoció la proliferación de los Ovnis. Como
dijo Louis Pauwels – unos de sus discípulos más brillantes – tal vez hubiese anotado en su archivo
que cuando cesaron las lluvias extrañas, apareció en el tranquilo horizonte del planeta una rara
constelación de objetos voladores no identificados...
Tras la muerte de Charles Fort las lluvias acontecidas fueron más insólitas que las que describió:
Chaparrones de tela de araña mojando pueblos y ciudades, están desconcertando a meteorólogos del
mundo entero, que no obtienen explicación a tan inusual y original fenómeno.
La caída más frecuente es la de trozos de hielo, que en algunas ocasiones pesan 45 kg. A estos le
siguen las de ranas, peces y cangrejos, que parecen preferir ambientes fríos como los del norte de
Gran Bretaña para caer.
Cabe señalar un suceso muy raro ocurrido un atardecer de verano de 1969: los ventanales de una
hostería de los Alpes alemanes próxima a Oberstdorf fueron literalmente destrozados por una lluvia
de monedas antiguas, en especial rupias, maravedíes y piastras. El violento chaparrón
paleomonetario se repitió a la mañana siguiente, y atrajo a numerosos curiosos a la zona. La policía
destacó en el lugar a 4 patrulleros y una unidad de perros especializados que rastrearon la zona sin
encontrar pista alguna sobre el extraño ataque. Los dueños del establecimiento declararon que
durante las 2 precipitaciones de monedas se oyeron voces en lenguas extrañas, que algunos
huéspedes interpretaron como griego antiguo y otros como sánscrito.
Quiero hacer mención de un caso ocurrido en Argentina (Buenos Aires), hace más de 45 años – con
exactitud no poseo la fecha – según testimonios de personas que presenciaron el fenómeno: "Una
lluvia de ranas en estado de congelación – como dentro de cubitos de hielo – cayó sobre la Capital
Federal. No sólo cayeron ranas sino también rosa y flores en el mismo estado de congelación que las
ranas..."
Siguiendo un poco con más sucesos en el mundo:
Durante 4 años, en la década de 1980, la población de Evans, Colorado (EE.UU), vio caer del cielo
millones de granos de maíz , semilla que nadie cultivaba en 10 km. a la redonda. El fenómeno,
aunque suene increíble, tuvo antecedentes documentados en Winchester, Inglaterra, y en otras
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