Encuentros con Humanoides




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asistir a las fiestas de Carnaval, que dejase en entreabierta una de las

ventanas de la casa para que él pudiese entrar, a su regreso de la pesca.

Prestes y Salvador pasaron el día pescando tranquila mente, sin la menor preocupación. Hacia las siete de la tarde, bajo una bruma ligera y uniforme, con un tiempo bonancible, impropio para la formación de chispas eléctricas y de «rayos en bola», ambos compadres regresaron del río Tieté. Se separaron al llegar a una bifurcación de caminos, dirigiéndose a sus respectivas casas, que estaban situadas en lugares distintos y distantes.

Una hora después, Joáo Prestes, absolutamente aterrorizado, irrumpió en casa de su hermana Maria, explicando a gritos y de forma entrecortada que, cuando

intentó abrir la ventana de su casa, se vio bañado por un haz silencioso

de luz, contra el que se protegió tapándose la cara y la cabeza con ambas manos.

Cayó al suelo, aturdido, donde permaneció unos momentos, sin perder el conocimiento. Se levantó y huyó corriendo de allí en dirección al centro del poblado, para pedir socorro. Sus movimientos eran aparentemente normales.

Los vecinos de su hermana Maria, entre los que se con taba Aracy Gomide, fueron

llamados inmediatamente. Prestes no cesaba de repetir su historia. Los

cabellos, la cabeza, los ojos y las ropas (camisa de manga corta y pantalones con las perneras recogidas; en aquel clima tropical, Prestes no llevaba sombrero

ni zapatos), así como las partes del cuerpo protegidas por la camisa y

los pantalones, no presentaban trazas de quemaduras, profundas o ligeras,

ni ninguna anomalía. El hombre tenía los ojos -muy abiertos de espanto y

hablaba con voz excitada.

Pero a los pocos instantes, comenzó una escena de pesadilla: las carnes

de Prestes empezaron a hacerse visibles, adquiriendo el mismo aspecto que si hubiesen sido cocidas durante largas horas con agua hirviente. Luego empezaron a «desprenderse de los huesos», cayendo a trozos de la -mandíbula, del pecho, de los brazos, de las-manos, de los dedos, de la parte inferior de las piernas, de

los pies y de los dedos de los pies. Algunos fragmentos de carne quedaron colgando de los tendones, sin que ninguno de los presentes se atreviese a arrancarlos. Luego todo se deterioró con mayor rapidez si cabe: el desgraciado

mostraba los dientes y los huesos descarnados. Prestes rechazó enérgicamente el agua y los alimentos que le ofrecieron, pero en ningún momento pareció sentir

dolores, pese á lo atroz de su situación. La nariz y las orejas se desprendieron también y, rodando a lo largo de su cuerpo, cayeron al suelo. El pobre hombre se había convertido en un espectro terrorífico, que se iba deshaciendo de mutilación en mutilación. Con los ojos desorbitados de terror, pronunciaba palabras ya ininteligibles, con una boca que se desarticulaba. Acabó pronunciando únicamente sonidos roncos y guturales, incomprensibles totalmente.

En medio de la confusión general originada por la espantosa -escena, el cuerpo

casi descompuesto de Prestes fue colocado sobre una carreta, con la intención

de llevar lo a la Santa Casa de Santana de Parnaiba, que era el hospital más

próximo. Pero transcurridas seis horas después del incidente, fue un cadáver

el que regresó a Aracariguama, pues Prestes murió por el camino, antes de llegar al hospital. Hasta sus últimos instantes, de su boca, ya sin labios ni carne, habían salido sonidos guturales inarticulados, -como si intentase seguir contando su espantosa experiencia. Como el cadáver no fue objeto de autopsia,

el certifica do de defunción, que fue firmado por varios testigos ignorantes,

decía tan sólo: «Muerte por quemaduras generalizadas.» Palabras incapaces

—como se señala en el informe transcrito— de traducir esta muerte atroz y desconocida para la ciencia médica actual, puesto que tanto los síntomas como-las terribles lesiones causadas no correspondían a quemaduras de tercer grado, o al resultado de una descarga eléctrica de alto voltaje, -tanto natural como artificial, ni a ninguna de las radiaciones conocidas. La policía realizó una encuesta rutinaria, que no reveló nada importante, ni en la casa de Prestes ni en sus alrededores.

El único detalle que puede darnos alguna pista es que, tanto antes--como después

de la muerte de Joao Prestes Filho, en el cielo nocturno de Atacariguama

se vieron extrañas luces que evolucionaban de manera caprichosa, y-que las sencillas gentes de la región no supieron identificar con nada conocido.

Un intento-de interpretación

Es muy sencillo decir que Joao Prestes Filho fue una de las primeras víctimas

de los ovnis hostiles que surcan nuestros cielos. Su caso no se repitió, y todo

nos hace suponer que el incidente pudo haber sido «casual»; es decir, que la

inteligencia que se esconde tras el fenómeno ovni, en 1946 aún no sabía que

determinados aspectos y subproductos de su avanzada tecnología podían ser muy nocivos, incluso mortales, para el hombre terrestre.

Así las cosas, en la revista barcelonesa Stendek, y en su número 15 (diciembre

de 1973/marzo de 1974), se publicó la siguiente nota, en su p. 34:

SOBRE EL CASO JOÁO PRESTES

«En el número 13 de Stendek, de junio de 1973, incluimos un artículo titulado

“Un misterioso haz de luz causa una-muerte atroz en el Brasil”, original del profesor Felipe Machado Carrión.

»Recientemente, al leer el último número de la publicación brasileña Boletin

SBEDV, correspondiente a enero agosto de 1973, en la página 2 advertimos una nota que hacía referencia al mencionado suceso. En la misma se dice textualmente:

“En una investigación posterior (de este caso) que hicimos, junto con el

grupo local de Sao Roque, llegamos a la conclusión, después de una labor

minuciosa, de que la muerte de Prestes no se debió, muy probablemente, a ningún

fenómeno relacionado directa o indirectamente con el problema OVNI. Desgraciadamente, el caso fue publicado por la prestigiosa revista Fiying Sauter Review de-marzo-abril de 1973 -(y en la francesa Phénoménes Spa tiaux), en la versión original del primer investigador.”

»Damos constancia de ello publicando esta nota."

El «desmentido» a que hace alusión esta nota, resulta do al parecer de una

contraencuesta, en realidad es obra del doctor Walter Bühler, presidente

de la Sociedade Brasilera para o Estudo dos Discos Voadores, o SBEDV

en sigla. René Fouéré se hizo eco también de este «desmentido» en el número triple (40-41-42) de Phénoménes Spa tiaux, de junio-septiembre:diciembre de 1974. En su comentario, Fouéré dice algunas cosas muy sensatas. Después de

insistir en que su revista y órgano del GEPA fue la primera publicación

mundial que difundió el caso, en la versión del profesor Machado Carrión,

cita el «Decálogo» de la SBEDV, en la que esta entidad puntualiza su posición

ante el fenómeno ovni. Los dos primeros postulados de este decálogo son los

siguientes:

1.° Los discos volantes son extraterrestres (os discos voadores so extraterrenos).

2.° Sus tripulantes se han comportado de una manera pacífica (seus tripulantes

tem se comportado em atitude pacifica).
Aquí no se trata de «hipótesis de trabajo», sino de «afirmaciones». «Los discos

volantes son extraterrestres».., y además «son pacíficos». Esto, la SBEDV por lo visto lo considera artículo de fe. Naturalmente, tanto Fouéré como yo pensamos que es imposible abordar el estudio de lo que sea a partir de actitudes dogmáticas y apriorísticas. -Ante un fenómeno tan complejo y variado

en sus manifestaciones como es el fenómeno ovni, creemos que la actitud más

prudente, por parte del investigador, es la de «una mentalidad abierta». Negando los hechos no se consigue hacerlos desaparecer. Si la muerte atroz de

Joao Prestes Filho no fue causada por la «luz» (por llamarla -de alguna manera)

procedente de un ovni, ¿ qué alternativa sugiere el doctor BuhIer?

Pero aun admitiendo que la «luz» procediese de un ovni, esto no nos sitúa ipso jacto en «la guerra de los mundos». Prestes pudo verse sometido «casualmente» (lo repito) a una manifestación tecnológica, a un «campo de fuerzas» (de alguna forma hay que llamarlo) generado por el ovni con fines que «no eran precisamente» el de matar a un ser humano.

En el discurso o address que tuve el honor de leer el 11 de diciembre de

1979 ante el Grupo de Estudio Ovni (UFO Study Group) de la Cámara -de los Lores

de Inglaterra, que preside mi buen amigo lord Clancarty (Brinsley Le Poer

Trench), dije lo siguiente, entre otras cosas: «Permitidme que os hable

de nuevo de los ovnis “malos” y de los ovnis “buenos”... ¿ Se puede acusar a

un cable de alta tensión de la muerte de un muchacho que ha cometido la temeridad de agarrarlo con la mano desnuda? ¿Podemos decir que el cable de alta tensión es “malo” por haber causado la muerte del muchacho? Del mismo modo, ¿podemos acusar al ovni de haber causado las quemaduras sufridas por el ser humano que, por simple casualidad, se hallaba en el lugar donde aquél aterrizó, viéndose expuesto a su campo de fuerzas? ¿Podemos tildar al ovni de “malo” por esta razón? Otras veces, el efecto de la “luz” que de él emana es “curar” las heridas del testigo. Recordemos el caso del doctor X.»

Esto es, amigo lector, lo que precisamente vamos a hacer.

Recordemos el caso del doctor X
Aquí, a diferencia del caso de Joao Prestes, sí que hubo fenómeno ovni. (Sin que ello quiera decir que no lo hubiera en el caso brasileño: pero aquí el ovni —u ovnis— fue —fueron— visibles.) Esta vez, la misteriosa «luz» ultra terrena produjo efectos-benéficos. Vamos a ver cómo. Este caso tuvo lugar la noche del 1 al 2 de noviembre de 1968 (noche de Todos los Santos), en una villa encaramada

en la ladera de un monte que domina un amplio valle, en el departamento francés de los Bajos Alpes (hoy Alpes de Alta Provenza). El testigo y a la vez propago-nista fue un médico, persona muy conocida y respetada en la comarca, donde había ocupado importantes cargos en la administración local. Tal vez por esto deseó que su nombre permaneciera en el anónimo: dato muy importante y positivo para valorar la verosimilitud o no de una observación ovni, ya que con el anónimo se descartan de entrada una serie de motivos espúreos: afán de notoriedad, intento de comercialización del supuesto caso, megalomanía, posible fabulación

(consciente o inconsciente), etc. El doctor X (así lo llamaremos) contó únicamente lo sucedido a su amigo y vecino Aimé Michel, el gran investigador francés, el cual publicó después un estudio magistral del episodio en un número extra de la Flying Saucer Review titulado «UFO Percipients».
Pero -pasemos a los hechos. En la madrugada del día 2, el doctor X fue despertado, por la voz de su hijito de dieciocho meses, el cual no lloraba, sino que parecía pedir algo. El doctor X pensó que el niño tal vez tenía sed, y, teniendo cuidado de no despertar a su esposa, se levantó y fue a tientas de su habitación a la del niño, que era contigua a la del matrimonio: Encontró a la criatura de pie en su camita, señalando muy excitada a la ventana. Las persianas estaban cerradas, pero a través de las rendijas el doctor vio un relampagueo intermitente que él tomó por chispas eléctricas. Es preciso señalar aquí que el doctor X sufría una cojera permanente, resultado de una hemiparesis sufrida como consecuencia de heridas que recibió en 1958, durante la guerra de Argelia (una mina de tierra estalló bajo su jeep, hiriéndole grave e irreversiblemente en la medula espinal).

Además, el 29 de octubre —o sea, poco antes del incidente— se había causado

él mismo una profunda herida en la espinilla, cuando estaba partiendo leña en la trasera de la casa: el hacha se le escapó de la mano y le hirió en la pierna. A consecuencia de ello, tenía el pie correspondiente muy hinchado y doloroso. El médico de cabecera le había prescrito cuatro días de reposo con la pierna en alto. Estos detalles son importantes, como veremos después. El doctor X cogió el biberón vacío del niño y se dirigió renqueando hacia la cocina. Mientras seguía el corredor, siguió viendo el relampagueo intermitente a través de las persianas, oyendo al mismo tiempo la lluvia, que tamborileaba en el tejado del chalet. Al entrar en la cocina, observó que el reloj eléctrico marcaba las 3.55. Decidió entonces abrir una ventana, para ver qué era lo que causaba aquel relampagueo silencioso. Desde la villa, como hemos dicho, se divisaba una gran extensión de valle, y he aquí lo que vio el doctor X: por su derecha venían hacia él dos enormes objetos en forma de plato. De la parte central inferior, ambos objetos lanzaban intermitentemente, y a la vez, un potente rayo de luz, que era lo que causaba el supuesto relampagueo. -Al llegar frente a la casa, los dos objetos viraron y se dirigieron en derechura hacia el observador. Acto seguido se aproximaron el uno al otro y «se confundieron en un solo objeto». Aquel disco gigantesco se ladeó, entonces, hasta presentar su parte ventral o inferior hacia la casa, y por unos momentos una luz blanca, deslumbradora, bañó el chalet, y el doctor X, que estaba asomado a la ventana, con los batientes

y las persianas bien abiertos. El doctor X llevaba únicamente un jersey

encima del pijama. En el breve: espacio de tiempo que duró su observación, el

doctor X pudo ver que los dos objetos eran unos discos gigantescos, rematados

por una especie de antena (que se conservó al confundirse ambos objetos

en uno solo) Por los lados se proyectaban también horizontalmente otras supuestas antenas. Mientras el doctor X, mudo de asombro, contemplaba aquel espectáculo increíble; el objeto resultante de la fusión de los dos anteriores desapareció de pronto, dejando tan sólo un poco de humo en el aire...

Impresionadísimo por lo que había visto, el doctor X cerró la ventana y miró

la hora en el reloj de pared: las 4.05. Habían pasado únicamente diez minutos.

Tomó entonces un cuaderno de notas que estaba encima de la nevera y escribió

todo lo que había visto, haciendo también un croquis de los objetos. Volvió entonces al dormitorio, despertó a su mujer y se puso a explicarle la observación. Ambos se hallaban excitadísimos, hasta que la mujer gritó de pronto: «Tu pierna!» Entonces el doctor X se dio cuenta de que estaba andando normalmente por la habitación, mientras relataba lo visto a su mujer. La cojera había desaparecido. Estupefacto, el médico se arremanga la pernera del pijama:

la tumefacción había desaparecido también, la herida apenas se veía y la pierna

tenía un aspecto saludable...

Después de seguir hablando todavía un rato, el matrimonio se volvió a acostar.

A la mañana siguiente, ella se despertó a las diez, vio que su mandó aún dormía

y no lo molestó. Él siguió durmiendo profundamente hasta las dos de la tarde. Cuando se despertó, no recordaba «absolutamente nada» de lo que había sucedido aquella noche, ni siguiera cuando su mujer le enseñó sus propias notas y los croquis hechos por él mismo.

El ovni de los Monegros
Pasan unos días. Las secuelas de las heridas sufridas en la guerra de Argelia

han desaparecido completamente. El doctor camina -de manera normal. Pero aún se encuentra bajo la gran impresión que le ha producido el insólito episodio de

la noche de Todos los Santos. Él no sabe entonces —no puede saber— que aquella

misma noche, a las cuatro de la madrugada, a unos ochocientos kilómetros a vuelo de pájaro (o de ovni) de los Bajos Alpes franceses, cinco soldados barceloneses, destinados a Zaragoza, volvían en coche a la capital de Aragón, después de haber pasado el permiso de Todos los Santos con sus familias. A la hora citada atravesaban la región semidesértica de los Monegros, entre Lérida y Zaragoza, cuando a la altura del pueblo de Monegrillos, su coche (un Seat 1 500) empezó a fallar, -los faros se apagaron y la radio (que estaba puesta) empezó a acusar interferencias, hasta que dejó de funcionar. Ante su atónita mirada, y posado en la llanura, vieron un objeto hemisférico gigantesco, de color rojo anaranjado. Mientras lo contemplaban espantados, el objeto se elevó y en dos segundos se convirtió en un punto en el cielo, en medio del silencio más
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