Encuentros con Humanoides




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Porque —repito— no existe término medio: o se admite, o no se admite. Aquí no

vale el «si, pero...».

Y antes de poner punto final a esta introducción, otra pregunta: ¿Por qué «humanoides»? ¿Por qué estos seres han de tener forma más o menos humana?

¿Qué se ha hecho de los monstruos de la ciencia-ficción? Pregunta sin respuesta,

de momento (aunque yo podría decir que los monstruos de la ciencia-ficción

sólo existen en la ciencia ficción). Como la respuesta no sea la de suponer

que la forma humana responde a un patrón cósmico, en el que se encarna la Inteligencia. Nuestro pragmatismo, empero, como notarios que somos de lo insólito, nos lleva a comprobar que las cosas son así. No como quizá desearíamos que fue sen. Lo que, por otra parte, da un sello de veracidad a las declara-ciones de los testigos. Si los «ovninautas» fuesen hijos de la imaginación humana, seguramente revestirían formas mucho más fantásticas.

En realidad, su variación tipológica es de una pobreza abrumadora, pese

a clasificaciones como la de Jader U. Pereira, con sus veintiocho tipos, que no son más que variaciones sobre tres temas principales: el pequeño humanoide

macrocéfalo (el más importante numéricamente), el humano —como usted y como yo, amigo lector— y el «sobrehumano» o gigante (muy raro estadísticamente).

Luego hay algunos —muy pocos— tipos aberrantes y monstruosos: el «monstruo» de Sutton, los horrendos gigantes de Zanfretta (sin embargo construidos sobre el

patrón humano), y algún que otro ser de pesadilla, que presta cierta amenidad

y variación a lo que, sin ellos, resultaría una ménagerie bastante monótona, y paremos de contar.

Mejor dicho: empecemos a contar. Los encuentros


1. HUMANOIDES DE LA «BELLE EPOQUE»
El verdadero «abuelo de todos los humanoides» sería sin duda, y con todos los honores, el famoso Springheel Jack victoriano. Este Superman avant la lettre, que pegaba unos brincos increíbles (de ahí que el vulgo lo bautizara con el

nombre de "Juanito el de muelles en los tacones", que eso es lo que viene a significar Springheel Jack), asustó a la gente, por los oscuros y angostos callejones londinenses, en los años 1837 y 1838, en los albores de la época vic-

toriana.

Su aspecto era impresionante. Alto y huesudo, de fuertes manos que parecían garras, iba envuelto en una amplia capa, se tocaba con un casco metálico y llevaba el cuerpo enfundado en un traje de aspecto metálico y brillante. En

mitad del pecho lucía una lámpara, según declaraciones de los asustados testigos. Tenía unas orejas grandes y puntiagudas, como las del "señor Spock" en la serie televisiva Star Trek.

En 1877, Jack —o un hermano gemelo suyo— fue vuelto a ver en Inglaterra, concretamente en Aldershot. Esta vez pasó volando, en uno de sus saltos increíbles, sobre dos asustados centinelas, que le dispararon sin resultado alguno

Con esto llegamos a la Belle epoque propiamente dicha.., y a la famosa «oleada» norteamericana de 1896-1897, con sus centenares de observaciones del o de los airships o «naves aéreas» misteriosas. Muchas de estas observaciones

—especialmente cuando la náve aérea estaba posada en tierra— van acompañadas de

la observación simultánea de sus «ocupantes» que, salvo raras excepciones (una

de ellas es la del granjero Alexander Hamilton y su «ternera arrebatada»),

son seres humanos corrientes.

El aspecto del airship era muy julio vernesco, y recuerda extrañamente al de la nave Albatros, inventada por Robur, uno de los personajes de Verne. Cuando, hace

unos años, estudié la cuestión, lo primero que me pregunté es qué había sido antes, si el huevo o la gallina (si el Albatros de ficción o el airship real). Efectuada la correspondiente investigación, comprobé que ambas eran casi coetáneas, con una ligera ventaja para el Albatros. Esto derrumbó una teoría que había esbozado, según la cual Verne pudo inspirarse en la «oleada» norteameri-cana para describir «su» nave. Por lo visto fue al revés.

¿Se trataba de otra de las fabulosas premoniciones de Verne? ¿ O bien tanto

el escritor francés como los desconocidos constructores del airship se inspiraron en los últimos adelantos aeronáuticos de la época?

Esto es precisamente lo que apuntan dos, suponemos que jóvenes, investigadores

belgas, Josiane y Jan dAigure, en una serie de artículos publicados en la

revista Inforespace. Afirman que el airship norteamericano de 1897 no era extraterrestre, sino que su origen era terrestre y bien terrestre,

Según su documentadísimo trabajo —que casi me ha convencido—, la tecnología

de la época tenía muchas realizaciones similares, por sus características,

al enigmático airship, y los vuelos en aeróstato eran entonces mucho más

corrientes de lo que hoy suponemos. Es más: fue uno de estos artilugios

—un globo aerostático— lo que vio precisamente el campesino John Martin desde Denison, en 1878, dando al objeto observado el flamante nombre de saucer (platillo), antecediendo así, en casi setenta años, a Kenneth Arnold.

De ser cierta esta tesis, significaría un golpe mortal pata la teoría de VaIlde

(compartida por John Keel y otros), según la cual los ovnis se camuflan

de acuerdo con la tecnología más avanzada de cada época. (No veo que la de la actual se caracterice precisamente por «discos volantes» y naves que dominan la antigravedad, sino por horrísonos proyectiles cohete y pesadísimos Saturnos,

que se levantan trabajosamente del suelo, consumiendo miles de toneladas de

propergoles.) Pero hay autores capaces de todo, antes que reconocer que nos hallamos en presencia de una tecnología superior y de una civilización más avanzada, que no es terrestre, sin hablar de unos seres con mayor capacidad cerebral e inteligencia que nosotros (mejor dicho, que ellos).


Empieza el siglo XX
El caso más antiguo que conocemos en este siglo, de encuentro con humanoide,

se remonta a 1901. Es un caso en que, además del ser, el testigo vio una

«máquina». Esto es importante, porque para algunos investigadores muy rigurosos —por ejemplo, para nuestro Vicente-Juan Ballester Olmos—, un caso de humanoide

sin ovni «no vale»: en tales casos —siempre según el investigador valenciano— puede tratarse de una «aparición», un fenómeno antropomorfo «keeliano», una proyección psíquica u holográfica, e inclusive una alucinación. (Aunque todo ello sería también válido para la observación con aparato incluido.)

Según refieren Jenny Randles y Philip Barnet, en el articulo que consagran

al caso (FSR, vol. 24, núm. 5, marzo de 1979), el testigo de este caso aún

vive; se trata de un caballero muy anciano que no desea revelar su identidad.

Randles y Barnet lo llaman simplemente Frank. Ocurrió así. Una tarde de verano

del año 1901, con el siglo recién estrenado, cuando Frank tenía diez años, regresaba a su casa después de jugar al aire libre, con sus amiguitos, aprovechando el tiempo cálido y soleado. El niño vivía entonces en una casa con terraza, situada en Bournbrook, localidad cercana a Bournville, en los actuales West Midlands. La casa se alzaba a un extremo de la terraza y en la parte posterior tenía un jardincito. El chico, para atajar, tomó por un sendero, situado tras el jardín, cuando se dio de manos a boca con una extraña estructura, posada sobre el césped.

El objeto parecía una casita y era rectangular, pero estaba rematado por una pequeña torreta situada en el centro del mismo. No se veían ventanas, pero sí una portezuela en el centro de la parte que miraba al testigo. El curioso objeto era de una tonalidad verdeazulada y mostraba un extraño brillo metálico.

Parece que el artefacto medía 1,20 m de altura, alrededor de 1,80 m de largo y cosa de un metro de ancho.

La puerta llegaba sólo a media altura (o sea, que debía de medir unos 60 cm).

Por esta portezuela, ante el asombro de Frank, salieron al -exterior dos

pequeños seres, de un metro aproximadamente de estatura. La puerta se abrió hacia afuera, exactamente igual que la puerta de un coche. Uno de los humanoides

se quedó junto a la puerta y el otro avanzó cautelosamente hacia Frank, tendiéndole los brazos y haciéndole ademanes que el niño interpretó claramente como de que no se acercase y que se retirase.

El testigo no oyó ninguna palabra: el contacto se realizó únicamente por gestos.

Los pequeños seres tenían aspecto humano. Su tez era de una coloración similar

a la nuestra y sus rasgos fisionómicos no tenían nada de particular. Eran barbilampiños y parecían tener entre 30 y 40 años.

Ambas figuras vestían igual, con un traje muy ajustado que parecía —o así se lo pareció al niño un uniforme militar, aunque él no les vio insignias ni distintivos.

El color del «uniforme» era un gris verdoso. La característica más curiosa del atavío de los seres, sin embargo, era el casco con que se tocaban y que, al parecer, les cubría también las orejas. Era oscuro y parecía una gorra, aunque por ambos lados asomaban dos «alambres» o «antenas» verticales, que medirían unos 23 cm de largo por unos 7 mm de grosor. El niño no observó la presencia de un barboquejo ni cualquier otro medio de sujeción del casco a la cabeza.

Frank se dio inmediatamente por aludido y retrocedió varios pasos. El ser que

se había adelantado hacia él regresó rápidamente a la «nave» y, reuniéndose con su compañero, ambos penetraron en el interior. A los pocos segundos se produjo un brillante destello y algo que parecía un arco eléctrico rodeó el objeto, formando un círculo completo a su alrededor y brillando intensamente. Entonces, emitiendo un fuerte zumbido, el objeto salió disparado hacia arriba y desapareció por encima de los tejados, describiendo una parábola. En la parte posterior del artefacto, el muchachito distinguió una luz roja pulsante.

Así terminó este curioso encuentro. Algunos vecinos afirmaron haber oído también el fuerte zumbido, y un par de ellos dijeron que habían visto el objeto cuando estaba en el aire. El joven testigo no experimentó ningún malestar ni efectos particulares, después de su observación. Es curioso observar aquí que, al parecer, durante el resto de su vida Frank no vio jamás un ovni, ni considera como tal el objeto que vio posado en el prado, en la trasera de su casa. Para él no era más que «un curioso vehículo», y sólo muchos años después aceptó la posibilidad de que pudiera tratarse de una nave procedente de otro mundo.

Por más que se esforzó repetidamente por considerarlo una visión, o una fantasía, él mismo observa: «¿Cómo podía soñar algo que no me interesaba, ni sobre lo que no había leído nada, pero que muchos años después resultó ser cierto?»

El caso de Frank se sitúa de pleno entre las dos gran des oleadas de «naves volantes» de 1897 y de 1909. Los tripulantes vistos, sin embargo, no parecían humanos. Como acertadamente observan Randles y Barnet, este caso parece representar una transición entre las observaciones proporcionadas por dichas oleadas (que siempre tratan de aparatos «victorianos» en la punta

de la tecnología contemporánea) con los de las actuales «naves de observación», de

superavanzada tecnología electromagnética y antigravitatoria. A esto, Frank comenta ingenuamente: «Tal vez los platillos volantes son un modelo más perfeccionado que el vehículo que yo vi.» Tal vez.

Un buen susto para mister Lithbridge

La oleada norteamericana de 1897, en realidad se desarrolló de noviembre del

año anterior (1896) hasta mayo de 1897. La oposición o mínima distancia (en este caso de 80000000 de km) de Marte con la Tierra se produjo en diciembre de 1896; o sea, en plena oleada.

En el año 1909 tenemos una nueva oleada de «naves misteriosas», que afectó principalmente a Inglaterra y al País de Gales. El apogeo de dicha oleada fue en mayo del año mencionado. Y en setiembre del mismo tenemos nueva oposición

(perihélica) con el planeta Marte, que lo situó a tan sólo 55000000 de km de

nosotros. Las oposiciones marcianas, en efecto, varían entre las afélicas,

a 100000000 de km, y las perihélicas, a 55000000. En ambos casos, distan-

cias ridículas, astronómicamente hablando, y traspuestas por la luz en unos pocos minutos.

Como me he cansado de decir, escribir y repetir, esta coincidencia de oposiciones de Marte y destacados eventos ufológicos «no es casual», ni la puede admitir el cálculo de probabilidades Pero no hay peor sordo que el que no quie-

re oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. El 18 de mayo de 1909 se registra un curiosísimo «aterrizaje» en los montes Caerphilly, en pleno País de Gales. Hubo un solo testigo, un tal mister Lithbridge, o Lethbridge, que vivía en Cardiff. Se hallaba paseando a las once de la noche (una hora un poco rara para pasear) por la carretera que cruza el monte Caerphilly, cuando, en un campo

próximo, distinguió un gigantesco aparato en forma de cigarro o de torpedo. Ante este fantástico aparato se hallaban dos «hombres» cubiertos con gruesas vestiduras. Cuando los dos seres distinguieron al testigo, cambiaron rápida-

mente unas palabras en una lengua extraña y, muy excitados, se precipitaron hacia la nave elíptica. El aparato despegó inmediatamente, dejando al pobre mister Lithbridge completamente estupefacto.

Este comportamiento, característico de los encuentros cercanos del tercer tipo, corresponde al Dont bother us! (No nos molesten!), señalado por el doctor Hynek. Es completamente opuesto al «contacto mesiánico», en que el «ocupante» u «ocupantes» dan elevados mensajes a los subyugados contactees. En otro caso, ocurrido muchos años después y que hoy es un clásico (el de Valensole, del 1 de

julio de 1965), los «ocupantes» se comportaron exactamente de la misma manera. Los años 1909 y 1965 fueron casualmente años de oposición marciana. Aviso para los navegantes...

Una reunión de humanoides
Según los investigadores Michel Figuet y Jean-Louis Ruchon (véase Bibliografía), éste sería el primer caso conocido de humanoides en Francia. Hay que saltar a 1921 para encontrar el siguiente encuentro cercano. Ocurrió a las diez de la noche de un día indeterminado del año 1906, en las afueras de La Celle-sous-Gouzon, pueblo del departamento del Nord. El único testigo (fallecido en 1977) contaba dieciocho años a la sazón. Los dos investigadores citados lo presentan como Jules R Los hechos se desarrollaron de la manera siguiente. Cuando el testigo llegaba a la bifurcación de donde partía el camino que conducía a la finca de Manaly, percibió a diez o doce «personajes» sentados en corro en el mismo centro del camino. Pasó a unos diez metros de ellos y los extraños personajes lo contemplaron en silencio. El breve encuentro no duró más de una docena de segundos. «Eran todos hombres —declaró el testigo—. Ni jóvenes ni viejos. Parecían ir todos vestidos del mismo modo, con una especie de uniforme gris.»

Jules había recorrido apenas un centenar de metros, cuando de pronto, al ras de las copas de los árboles, vio surgir a un ser volador. El ser iba muy aprisa y le pasó prácticamente por encima de la cabeza. Tenía el cuerpo alargado horizontalmente y la cabeza levantada, mirando hacia delante, como para ver a dónde iba. Llevaba las piernas tendidas y juntas, los brazos no eran visibles, pero el ser llevaba a la espalda como dos «alas» inmóviles. Se dirigía hacia el lugar donde estaban reunidos los demás. El testigo percibió un ligero silbido, como de fricción con el aire.

Las «alas», en realidad, podían ser un dispositivo antigravitatorio. Este personaje recuerda al famoso Mothman de Virginia occidental, estudiado por John Keel) aunque sin su catadura siniestra. No es la primera vez que aparecen «hombres» u «hombrecitos» volantes en la casuística. En este mismo libro recogemos el caso de Cussac, notable por muchos conceptos, y en el que varios pequeños humanoides negros evolucionan por los aires para penetrar en
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