Encuentros con Humanoides




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está en este libro, sino en un próximo que pensamos escribir.

¿Habría que identificar al séptimo círculo, señalado por los gigantescos ovninautas, con el séptimo -planeta de nuestro sistema solar? En tal caso deberíamos deducir que procedían de... Urano. Sus grandes ojos, su aversión a la luz solar, parecen postular, ciertamente, su procedencia de un mundo mucho más oscuro que el nuestro. Dejémoslo en interrogante. El lector avisado ya se habrá dado cuenta de que los casos que vamos exponiendo no son los «clásicos». En efecto, no me propongo volver a contar aquí, para aburrimiento del lector «enterado», los casos más conocidos de humanoides. Así, nos saltaremos el caso de Johannis, y todos los que, como él, han recibido gran publicidad. Todos ellos se encuentran en libros míos anteriores, o en buenas recopilaciones, como Los humanoides, así como en distintas obras de Aimé Michel, Jacques Vallée, Michel Carrouges y otros autores que se han ocupado del fenómeno «humanoide». Lo que yo pretendo es mantener la atención del lector con casos poco conocidos en nuestras latitudes, y ello sin seguir un riguroso orden cronológico ni una estricta metodología expositiva.

Este libro no es un manual del ufólogo (ya los hay, y excelentes, por ahí,

como el de Alberto Adell, por ejemplo). Yo no soy un ufólogo que escribe manuales, sino un escritor fascinado por lo insólito y que procura contagiar su fascinación al lector. Sólo casos poco conocidos, pues. Como el que sigue.


El caso de Guaporé
Seguimos en el Brasil. Debo confesar que este caso ya está publicado —como

el anterior— en una obra mía: Ovnis en Iberoamérica y España. Pero se trata de resúmenes, y la versión que aquí recojo es mucho más amplia además, narrada en primera persona. Son los protagonistas, en efecto, quienes hablan.

El 28 de noviembre de 1953, Pedro Serrate y Francisco de Assis Teixeira. residentes en la población de Pedras Negras, a orillas del rio Guaporé, salieron para cazar patos, dirigiéndose precisamente a la Bafa dos Patos, a -dos horas de camino de la población citada. Una vez llegados allí, se apostaron en lugares distintos, como acostumbraban hacer. Cuenta Francisco que en determinado momento vio pasar sobre su cabeza un aparato desconocido, y que siguió con la mirada hasta que lo vio posarse en la superficie del agua, sin hacer el menor ruido. Pedro, que se encontraba subido a un árbol, también vio el aparato, que dio una vuelta a gran velocidad sobre la bahía, parando a unos cuatro metros del punto donde él se encontraba. He aquí lo que contó Pedro Serrate: «El aparato no hizo ruido alguno. En la parte posterior, a cada lado había un tubo curvado de unas dos pulgadas -de grosor, por donde salía agua. Tenía unos cuatro metros de largo por unos dos y medio de ancho y unos dos de alto. El casco era como una bacía, siendo de vidrio o de un material semejante

toda la circunferencia de la panza; me día más o menos un metro de altura.

La cobertura o cúpula era abombada, se apoyaba sobre el vidrio y estaba sostenida por barras de metal existentes en el interior, sin remaches en la cobertura. En la parte trasera había una especie de timón, de un sistema cola

de pez, de cerca de un metro de largo por unos cincuenta centímetros de ancho

Todo el aparato era de un color azul oscuro. En el interior estaban seis personas, sentadas tres a cada lado. Eran cuatro hombres y tres mujeres, todos los cuales no aparentaban tener más, de veinte años de edad. Parecían ser de estatura media y tenían los cabellos rubios. Eran blancos y de tez bastante

sonrosada. Las mujeres llevaban los cabellos hasta la altura de los hombros,

partidos a ambos lados, y parecían europeas (parecendo pessoas européias). Todos

estaban vestidos con ropas gruesas, del mismo color del aparato. En el interior

había dos bultos: uno, en la parte delantera, y otro, en la parte trasera. Ambos estaban cubiertos. No sé qué eran. Cuando los intrusos se dieron

cuenta de que habían sido vistos, levantaron el vuelo, sin hacer ninguna señal.»

Cuando los tripulantes percibieron su presencia, la distancia entre Serrate y el aparato ya era menor de tres metros. Se elevó silenciosamente, sin desprender humo, desapareciendo en un segundo, a una velocidad increíble. He traducido la declaración de Pedro Serrate literal mente, casi sin quitarle ni ponerle una coma, para dar mayor sabor de autenticidad al relato. Contó el corresponsal del diario O Imparcial, que se publica en Guarajá Mirim en el territorio de Guaporé, que los dos cazadores pasaron una semana sin poder controlar sus nervios, impresionados por lo que afirmaban haber visto.

Este CE III (encuentro cercano del tercer tipo) es muy ortodoxo. Y se corresponde extrañamente con el que ahora vamos a relatar...

El OVNI de Lago Argentino

Cronológicamente, este caso es el más antiguo de la Argentina del 1950 El testigo fue un estanciero de Santa Cruz territorio de la Patagonia, llamado Wilfredo H. Arévalo. Por tanto, antecede en casi tres años al anterior de Guaporé. Pero el lector no dejará de darse cuenta de sus concordancias. No creo que los dos modestos cazadores de Pedras Negras tuviesen conocimiento de este caso que, por otra parte, sólo -había sido publicado por la prensa argentina y,

posteriormente en la prensa española (despacho de Agencia Efe-United Press

publicado con fecha 18 de abril de 1950).

Pero vayamos a los hechos. Cuando se encontraba a las 6.30 de la tarde en un lugar de su estancia y en el día atado, el señor Wilfredo H. Arévalo

vio aterrizar un enorme disco, mientras un segundo aparato se mantenía en el aire sobre el primero. El hacen dado remitió a la prensa un detallado relato de esta sorprendente observación. «Una de las dos máquinas —dice el texto redactado por el señor Arévalo— tomó altura y quedó fija en el espacio, mientras la otra, luego de describir círculos pronunciados, se posó suavemente en tierra. Era una máquina circular, sumamente plana y como fosforescente, de cuya parte superior surgía un humo azulado, luminoso, y un denso vapor verdoso azulado, con fuerte olor a benzol quemado.

"Este aparato circular —sigue explicando el señor Arévalo— tenía un gran plano giratorio, que daba vueltas constantemente, a modo de disco. Su estructura parecía ser de aluminio o algún otro metal liviano y extrañamente fosforescente. En su parte media había una cabina como de vidrio (la cursiva es mía; recuérdese la descripción que hace -Pedro Serrate), en forma de bóveda, y en su interior se

movían cuatro hombres sumamente altos y esbeltos, vestidos con ropas blancas, y que tenían más de dos metros de estatura.»

Termina el hacendado diciendo que el aparato se elevó vertiginosamente, cuando sus tripulantes lo divisaron. Al examinar aquella zona, al día siguiente, Arévalo y sus peones encontraron la hierba chamuscada. El estanciero comunicó el caso a la aviación militar argentina y al rotativo bonaerense La Razón, que más tarde publicó los nombres de otras personas que habían visto aparatos semejantes, en la. misma -región, simultáneamente.

La fecha es interesante: dos días antes del supuesto arribo de los ummitas a la Tierra. ¿Se trataría de una avanzadilla de reconocimiento? Pero hay otra posibilidad.

Ovnis «Made in Germany»
En uno de mis libros, Los doce triángulos de la muerte, examino, detalladamente esta posibilidad. Y que no es otra sino la de que los «platillos volantes" (especialmente los que se han visto en el cono sur americano, más algún caso

esporádico del resto del mundo) pudieran ser.. alemanes. En efecto: a fines de la Segunda Guerra Mundial, en los laboratorios subterráneos secretos de Breslau, estaba muy avanzada la construcción de nada menos que cuatro prototipos de discos volantes, formando parte del programa de Vergeltungswaffen (armas de represalia), de las que llegaron a utilizarse las primeras de la serie: las V-1 y V-2 lanzadas desde Peenemunde contra Gran Bretaña. Dirigía los trabajos, en Breslau, el capitán de ingenieros Richard Miethe, con la colaboración del teniente Christiansen y el ingeniero italiano Giuseppe Belluzzo, inventor del

turborreactor. De los cuatro modelos, uno de ellos llegó a ser operacional y, según Renato Vesco, destruyó una escuadrilla de Liberators americanos sobre el Palatinado bávaro.

Este prototipo tenía un techo de 20 000 m y una vélocidad de 2000 km por hora. Iba propulsado por cuatro turborreactores BMW, y su forma era discoidal, con

la cabina del piloto en una cúpula transparente central. Cuando los rusos presionaban por el frente del Este y los americanos avanzaban por el Oeste, mientras Hitler y sus acólitos se encerraban en el búnker berlinés, todos los planos y prototipos secretos de Breslau fueron embarcados en un submarino, que partió de Kiel con rumbo desconocido. Con este precioso material a bordo, es posible que el sumergible arribase a algún puerto de América del Sur. Como es sabido, en esa región del planeta existen poderosas comunidades germanas, donde muchos nazis fugitivos han encontrado ayuda y asilo. No es fuera de lo posible, pues, que

los trabajos iniciados en Breslau hallaran su continuación en algún lugar de las

inmensas extensiones sudamericanas, ya sea en la Pampa o en la Patagonia. Esto

explicar algunos ovnis tripulados por hombres altos y rubios, vistos

especialmente poco después de finalizar la Segunda Guérra Mundial, pero no

explicaría todos los ovnis. Ni siquiera los japoneses dispondrían de pequeños

pilotos macrocéfalos, estadísticamente los más numerosos en los encuentros

cercanos del tercer tipo

Quien quiera más información sobre el particular, que acuda a mi obra

citada. De haber algo de verdad en tal suposición, ello aún haría más embrollado

el problema, de por si ya muy enrevesado.

5. LAS OLEADAS DE 1950 y 1954

La oleada de 1950
El caso del estanciero argentino Wilfredo Arévalo coincidió con la oleada

española de 1950, por mi desenterrada de colecciones de prensa atrasada,

siguiendo el mismo método que empleó Ted Bloecher para hallar cerca de un millar

de casos contemporáneos de la célebre observación de Kenneth Arnold, ocurrida,

como es sabido, el 24 de junio de 1947. Yo no descubri tantos casos como. Ted:

solamente unos cincuenta, que luego, en el curso de la llamada Operación

Antiquites¯ lanzada por el extinto CEONI de Valencia, y sus fundadores Vicente-Juan Ballester Olmos, Carlos Orlando y Miguel Guasp, elevó esta cifra a un centenar, aproximadamente, de casos.

Ahora bien: lo curioso es que el flap español coincid¡a matem ticamente

con una oposición de Marte. (Digo curioso» y no debería decido: lo verdaderamente curioso sería que no hubiese coincidido...)

Esta minioleada no dio prácticamente ningún caso de aterrizaje: en su estudio sobre el fenómeno aterrizaje, Ballester Olmos sólo recoge dos CE I; es decir, dos encuentros cercanos del primer tipo, sin acompañamiento de ocupantes o humanoides.

Para Francia, según la compilación de Figuet-Ruchon, tan sólo tenemos un caso, que para mí resulta extremada mente dudoso. Tan dudoso que Valide no lo recoge en su catálogo Magonia, aunque le concede gran espacio en el texto de Pasaporte a ídem, lo cual parece dar a entender que lo considera más bien una manifesta-ción demoniaca o algo parecido.

Antes de pasar a exponerlo sucintamente, quiero observar aquí que la oleada de 1950, en cualquier lugar del mundo que se manifestó, se caracterizó por su ausencia de aterrizajes y, en consecuencia, de humanoides. La gran mayoría de casos se encuadran en la clasificación CE I y CE II, según la metodología propuesta por Hynek. No hay CE III (encuentros cercanos del tercer tipo). Diríase que se trató principalmente de una operación de "reconocimiento aéreo».

Por ello —y por sus características intrínsecas—, el caso francés de Cours-les-Barres no encaja con estas coordenadas.

Vamos a ver qué ocurrió, y luego daré mi interpretación de los hechos (no tan extraños como pretende Vallée).

Los hechos se desarrollaron el 20 de mayo de 1950, a las cuatro de la tarde, en

un lugar llamado Givry, del municipio de Cours-les-Barres, en el departamento

del Cher (Bord de-Loire), en las cercanías de Fourchambault. El único testigo fue una joven, la señorita Micheline G. (manifesta su deseo de mantener el anonimato).

La protagonista del suceso (digno de figurar en El Caso, o en su sucedáneo actual, Interviu) salió de su pueblo para dirigirse a pie a Fourchambault (Niévre), siguiendo el borde del Loira. De pronto —según sus declaraciones—

se vio rodeada por una luz blanquísima, brillante como un destello de magnesio.

Oyó un gran soplo, un violento torbellino, como una ráfaga de tempestad, que hizo temblar a Micheline y le puso la piel de gallina.

Escuchó entonces un aullido feroz y agudo, y vio inclinarse la copa de los árboles, mien tras las ramas y la hierba se agitaban violentamente. Esto duró poco; luego notó un sabor acre, ácido, desconocido, en el aire; luego todo se normalizó.

Siguiendo su camino, la joven vio aparecer de pronto ante sí dos enormes manos que bajaban hacia ella, aplicándose sobre su cara y su cuello. Sintió el contacto de una «piel» fría y lisa y de un pecho extraordinariamente duro y frío, como si fuese de hierro. Medio muerta de -miedo, Micheline se vio entonces arrastrada por la cabeza, desde atrás, en dirección a un camino que

desembocaba en un prado. La muchacha se puso a rezar. Casi inmediatamente, aquellos horribles dedos la soltaron y las manos desaparecieron por encima de ella. Acto seguido oyó un leve rumor, como el que causaría un cuerpo

al arrastrar se, y esperó a ver a alguien, persona o animal. No vio a nadie, pero las hierbas y las ortigas se inclinaban como bajo los pasos de alguien que las pisara. Las zarzas y las ramas de las acacias se agitan, como para

dejar paso a un cuerpo invisible, para volver después a su sitio.

Micheline, presa de un gran shock, se dirige hacia la casa donde habitan los

escluseros de Givry. Al atravesar el camino, se produce de nuevo una ráfaga tan violenta que casi la hizo caer, quedando al mismo tiempo deslumbrada por una luz blanca, brillantísima, mientras sentía como una descarga eléctrica en su cuerpo, seguida de una breve paralización. Vuelve a flotar un olor nauseabundo e indefinible en el aire, pero esto dura poco: de nuevo vuelve a reinar la calma.

Los escluseros atienden a la víctima de esta supuesta «tentativa de abducción», que está ensangrentada y con el cuerpo recubierto de magulladuras y morados. En el cuello muestra las huellas de unos dedos. Conviene señalar que los escluseros, pese a encontrarse dentro de la-casa, a aquella hora, quedaron

deslumbrados por un gran resplandor blanco poco antes de la llegada de Micheline. La gendarmería, avisada por el padre y el hermano de Micheline (que sospechaban que su hija y hermana había sido objeto de un intento de violación), investigó en el lugar de los hechos, descubriendo que las zarzas estaban calcinadas y ennegrecidas en unos puntos, y en otros solamente amontonadas y aplastadas. Las acacias mostraban diversas quemaduras; algunas aparecían rafas y dobladas.

La valla del prado, hecha con estacas y alambre de púas, aparecía derribada y rota. Las estacas mostraban señales de quemaduras y algunas habían sido arrancadas. Las hojas de las acacias aparecían marchitas y chamuscadas. La gendarmería de Fourchambault abrió una encuesta sobre el caso. La encuesta oficial no llegó a ningún resultado y se dio carpetazo al asunto. Las autoridades lo consideraron como un intento no consumado de secuestro o violación, cuyos autores quedaron impunes. (Debía de ser muy urgente, en verdad, el ansia sexual del presunto violador, para causar tal estropicio a su alrededor e incendiarlo todo con su ardor. Aunque el atacante también podía haber sido el hombre invisible, escapado de la novela de Wells o del filme protagonizado por Claude Rains.)
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