Encuentros con Humanoides




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Bromas aparte, el prestigioso y serio investigador de campo Charles Garreau, que fue el primero en conocer la historia por una larga carta que le escribió Miéheline G., cuenta lo siguiente en un libro suyo de 1971: «A consecuencia de. esta carta, cuyo estilo sencillo tenía un acento de sinceridad, me fui a ver a Micheline G. La interrogué detalladamente, sin tener necesidad de hacerle precisar ningún pormenor. Ella conservaba un vivo recuerdo de su aventura. Volví en su compañía al lugar de la agresión. Una vez allí, ella me precisó las diferentes escenas y me las situó. Habían pasado veinte años, pero ella aún

tenía una mirada angustiada al evocar aquellos instantes

de terror.»

«Nunca lo podré olvidar —confió a Garreau He pensado con frecuencia en lo que me sucedió, y me he preguntado muchas veces por-qué me encontré libre de pronto. Ahora estoy casi persuadida de que si mi agresor me abandonó allí y no se me llevó, fue porque creyó haberme matado. En estas condiciones, yo no tenía sin duda ningún interés para él.»

Micheline —precisa Garreau— es una campesina, que frisa hoy en la cincuentena (esto -se escribió en 1970). «Es una persona sencilla, muy estimada, trabajadora -e incapaz de inventar esa historia», le dijeron los habitantes del pueblo que entrevistó. Soltera, vivía con su padre en una casita a orillas del Loira. «Por aquel entonces —precisó al investigador— yo no creía en los platillos volantes, por la sencilla razón de que nunca había oído hablar de ellos.»

¿Qué hemos de pensar a la vista de todos estos datos, algunos contradictorios? ¿Que la joven Micheline urdió toda esta historia? ¿Para qué? ¿Para adquirir fama de ex céntrica entre sus paisanos? ¿Para desprestigiarse? ¿Y cómo explicar las lesiones físicas que presentaba?. Hay que admitir que algo bastante grave

le sucedió. ¿ Intento de violación o de rapto?

¿Cómo explicar entonces las huellas físicas encontradas en el lugar de los hechos, el resplandor —visto por los escluseros—, los árboles tronchados,

la hierba pisoteada, el furioso vendaval, étc.? Por más que esto pueda escandalizar a algunos, el episodio parece más bien una «acción satánica". Si sólo se hubiese tratado de una agresión a la joven —sin otros efectos

físicos—, la tesis «intento de violación» se sostendría. Pero concurren en el caso una serie de elementos que pudiéramos llamar «demoniacos», que en mi opinión obligan a excluirlo de la casuística ovni (pese a que la propia Micheline había visto el día anterior «una especie de estrella fugaz;

-que se detuvo bruscamente»). Si por ello —o a pesar de todo— queremos incluirlo en la casuística ufológica, tendríamos que suponer que se trata de la interven-ción de unos seres parecidos a los que, muchos años después, dieron tan tremendo susto al vigilante nocturno italiano Fortunato Zanfretta. En am bos casos intervienen seres de apariencia «demoniaca» (por sus acciones los conoceréis). Envío ambos casos, envueltos en celofán y con una tarjeta, al ex jesuita Salvador Freixedo, con mis mejores saludos. Creo que pertenecen a su

jurisdicción. Pienso que en el universo hay fuerzas malévolas en acción, que participan en una lucha multisecular entre el-Bien y el Mal (por más que esta idea me repugne, por su maniqueísmo implícito), y que el hombre puede ser uno dé los objetivos de esta lucha (por más que esta idea también me repugne,

por su antropocentrismo implícito). Salvador Freixedo, ahí va este ramo de flores.

La oleada francesa de 1954

Con esto llegamos majestuosamente a la oleada francesa de 1954, uno de los hitos cruciales en la investigación ufológica y, especialmente, en el estudio de

los aterrizajes y de los humanoides. Dos años antes, en 1952, hubo también oposición con Marte (en 1954 fue en junio; y en 1952, en abril) Y también se produjo oleada mundial, recogida en su aspecto «aterrizaje» por Jacques Vallée,

quien contabiliza una veintena de casos para este período. Entre ellos volvemos a encontrar una aparición «demoniaca», digna de hacer compañía al caso de Zanfretta: el "monstruo» de Frametown (Virginia occidental), del 13 (naturalmente) de setiembre. Esta aparición, además de demoniaca, resultó muy

«maloliente» e incluso produjo graves efectos irritantes en las mucosas de los testigos.

La víspera o sea, el día 12— tuvo lugar el encuentro de un grupo de jóvenes con el célebre monstruo de Sutton, o Elat woods, también en Virginia occidental. Todo hace presumir que se trataba del mismo ser, que tal vez estaba buscando a su «colega» el Mothman. Entre los casos de 1952 está también el de Oskar Linke, ex comandante de la Wehrmacht.

La oleada francesa de 1954 es muy importante. Se trata de una oleada «servida a domicilio» en un país densamente poblado de la Europa occidental. Durante tres meses, los racionalistas hijos de Descartes contemplaron una fantasmagoría de luces, bolas de fuego, soucoupes volantes y, para colmo, petits bonshonzmes en aluminium (hombrecitos de aluminio) que, al parecer, se apeaban de aquéllas pira aterrorizar a desprevenidos y sólidos ciudadanos (de extracción rural,

principalmente). ¿ Qué estaba pasando en los cielos y en el suelo de la France? Hubo dos investiga dores que aceptaron el reto que les ofrecía aquel enigma, y trataron de desentrañarlo mediante métodos distintos. Fueron, como es sabido, Aimé Michel y Jacques Vallée. He explicado tantas veces, en libros, -artículos

-y conferencias, en qué consiste la Ortotenia de Michel y el estudio mediante ordenador de Vallée sobre un muestreo de aterrizajes de aquel año, que me produce sueño intentarlo de nuevo. Como ya he apuntado anteriormente, cualquier parecido entre este libro y un manual de ufología es pura coincidencia.

Quien quiera documentarse sobre estos aspectos, que acuda a alguna de mis obras

didácticas e históricas anteriores. Este libro, querido lector, no pretende ser más —ni menos— que un ejercicio de dedos sobre el tema «humanoide».

No mencionaré, pues, los «clásicos»: Poncey, Prémanon (que después de todo parece que fue un fraude), Chabeuil, la meseta de Millevaches, ni ninguno de los haut lieux de la ufología, francesa y no francesa. Mi pretensión es otra:

establecer paralelos, hacer comparaciones y sacar consecuencias (siempre que

esto sea posible). Y mencionar casos desconocidos (al menos para el lector

español no especializado).

Pero hay un caso sobre el que, en su tiempo, no se dijo todo. Y convendrá

que ahora volvamos a él. Es un ((clásico», y así figura, con todos los honores,

en los libros de ufología. Helo aquí.

El caso de Marius Dewilde, revisitado
El encuentro del obrero metalúrgico Marius Dewilde, que habitaba con su mujer,

su hijo y su perro en las afueras de Quarouble, en la frontera franco-belga, fue

un "contacto en dos tiempos». En mi obra fundamental El gran enigma de los

platillos volantes (que me llevó cinco años escribir) recojo así su primera

deposición (en el sentido jurídico, naturalmente..., aunque su extraño encuentro

había de provocar luego, en Marius Dewilde, la del otro tipo, mientras declaraba

ante la policía, a causa de la impresión sufrida):
—Mi mujer y mi hijo acababan de acostarse y yo leía junto al hogar. El

reloj de pared marcaba las 10.30 cuando me sorprendió oír ladrar a mi perro

Kiki. El animal aullaba lúgubremente. Creyendo que tal vez se habría introducido

algún ratero en el patio, tomé la lámpara de bolsillo y salí. Al llegar al

jardín, distinguí una masa sombría sobre la vía férrea, a menos de seis metros

de la puerta de mi casa. Pensé que debía de tratarse de un carro abandonado allí

por un campesino. Me dije que debía advertir a los empleados de la estación, a

primera hora de la mañana siguiente, para que lo retirasen en evitación de un

accidente.

»En aquel preciso instante mi perro llegó saltando hacia mí y de pronto, a

mi derecha, oí un rumor de pasos precipitados. En aquel lado existe un sendero

llamado “el camino de los contrabandistas”, pues a veces éstos lo utilizan de

noche para franquear la frontera franco-belga. Mi perro ladraba furiosamente, vuelto en aquella dirección. Encendí la lámpara eléctrica y proyecté el rayo luminoso hacia el sendero.

»Lo que vi nada tenía que ver con los contrabandistas. Eran dos “seres” distintos a todo cuanto yo había visto. Estaban a tres o cuatro metros de mí, detrás de la valla, que era lo único que me separaba de ellos, y se dirigían

uno detrás de otro hacía la masa sombría que yo había observado sobre, la vía férrea.

"Uno de ellos, el que iba delante, se volvió hacia mí. El haz luminoso de mi lámpara hizo surgir, en el lugar donde debía tener la cara, un reflejo de vidrio metálico. Tuve clarísimamente la impresión de que su cabeza estaba encerrada en un casco de escafandra. Además, los dos seres vestían unos trajes análogos a los de los buzos. Eran de muy pequeña talla, probablemente de menos de un metro,

pero extremadamente anchos de hombros, Y el casco que protegía la « cabeza” me pareció enorme. Vi sus piernas, pequeñas, proporcionadas a su talla, según me pareció; mas, por el contrario, no distinguí brazos.. (Detalle observado algunas veces.) Ignoro si los poseían. "Pasados los primeros segundos de estupor, me precipité hacia la puerta del jardín con intención de cortarles el paso, para capturar al menos a uno de ellos. Estaba apenas a dos metros de las dos siluetas cuando, brotando de pronto de una especie de cuadrado que se abrió en la

masa oscura que yo había distinguido sobré los rifles, me cegó una iluminación potentísima como la luz del magnesio. (Otras veces los testigos la comparan a la luz de la soldadura en arco.) Cerré los ojos y quise gritar, sin conseguirlo. Estaba como paralizado. Intenté moverme, pero las piernas no me obedecían.

"Como en sueños, a un metro de mi ruido de pasos sobre la losa de cemento que hay frente a la puerta de mi jardín. Eran los dos seres que se dirigían hacia la vía férrea.

»Por último, el proyector se apagó y readquirí el dominio de mis músculos. Eché a correr hacia la vía. Pero la masa sombría qué estaba sobre ella se elevaba ya del suelo, balanceándose ligeramente a la manera de un helicóptero Sin embargo, pude ver cómo se cerraba una especie de puerta. Por debajo brotaba un espeso vapor oscuro, con un ligero silbido. El aparato ascendió verticalmente hasta

unos treinta metros de altura; después, sin dejar de elevarse, se dirigió hacia el oeste, en dirección de Anzin. A partir de cierta distancia, adquirió una luminosidad rojiza. Al cabo de un minuto desapareció en el horizonte.

Este primer encuentro de Marius Dewilde, de treinta y cuatro años a la sazón, tuvo lugar el 10 de setiembre de 1954. Del «aterrizaje» quedaron huellas físicas sobre las traviesas de la vía férrea: cinco marcas idénticas, de unos 4 cm cuadrados de superficie cada una, causadas probablemente por las «patas» (béquilles) del aparato. Según los ingenieros ferroviarios de la SNCF, consultados por la policía. La Gendarmería del Aire y la D.S.T. (Dirección de Se

guridad del Territorio), «para producir aquellas huellas hacía falta una presión producida por un peso de treinta toneladas” (sic). Por más adeptos que actualmente tenga la hipótesis parapsicológica, no creo que Marius Dewilde

hubiese podido producir tales efectos por telergia. La mente humana y sus poderes tienen también un límite. Hasta aquí, lo que yo publiqué en mi obra citada. De ahora en adelante, vamos a penetrar en terra incognita, y ello gracias a Mard Thirouin, director y fundador que fue de la revista Ouranos, de Valence, y a su sucesor y amigo Pierre Delval, actual director de la misma. Aprovechando la relativa proximidad que hay de Valence a Ouarouble, Thirouin dedicó bastantes días seguidos a investigar en el lugar mismo de los hechos. Trabó así una sólida amistad con Marius Dewilde, hombre sencillo, sano y honrado

(siempre e mismo patrón), amistad que, a la muerte de Thirouin, Dewilde continuó con el equipó de Ouranos y con el sucesor de aquél, Pierre Delval. Gracias a estas amistosas relaciones se ha podido saber que el caso tuvo aspectos no revelados por su protagonista a la policía, que aquí abordaremos (no en su totalidad, porque hay cosas que Dewilde ni siquiera quiso confiar a sus amigos de Quranos).

Pero antes de pasar a ellos, hay que ceder de nuevo la palabra a Marius Dewilde..., ¡para que nos relate su segundo encuentro, sucedido exactamente un mes después! (como si de Fátima se tratase). El primer encuentro fue nocturno: este segundo ocurrió en pleno día:
—Ocurrió entre las 11.30 y el mediodía. Mi hijo, de tres años y medio, me pidió salir y entonces, a cincuenta metros de mí, vi un objeto idéntico al precedente,

pero posado sobre otra vía esta vez. Avanzando con prudencia, comprobé -la presencia de una abertura rectangular en la base de la cúpula y uña hilera de ventanillas (hublots). Varios seres se encontraban alrededor del objeto.

Uno de ellos, qué parecía ser el jefe, se me acercó y ambos nos encontramos a unos tres metros del aparato. El ser tenía una talla de 1,20 m aproximadamente

y llevaba un casco provisto de una pieza transparente ante la cara. Sus rasgos, regulares, eran de tipo asiático, mongol. (Dato muy repetido.) La mandíbula era robusta y tenía los pómulos salientes, las cejas y los cabellos negrísimos, los ojos par dos y la tez de un hombre blanco bronceado. El ser acarició a mi hijo, que yo llevaba en brazos, me dio unos golpecitos en la espalda, sonriendo,

antes de pronunciar unas palabras en una lengua desconocida para mi. Su sonrisa

y su comportamiento eran análogos a los nuestros. Acto seguido se apoderó de

una de mis gallinas, que confió a dos de sus compañeros. Acarició de nuevo a mi hijo, me volvió a dar cariñosos golpecitos en la espalda y subió al aparato. Un panel tapó la puerta y el objeto despegó verticalmente, desapareciendo hacia el este.
¡Curioso encuentro, en verdad; este del 10 de octubre de 1954, con caricias al

niño, golpecitos amistosos en la espalda, y hasta el robo de una gallina, como si de «gitanos cósmicos» se tratara! Su mismo absurdo lo hace verosímil. ¿Era Dewllde un «elegido» para estos dos contactos separados por un mes de intervalo? Sea como fuere, veinticuatro años después de estos dos extraños encuentros. Dewilde confió ciertos detalles inéditos sobre su aventura a sus amigos de Ouranos. -Así, por ejemplo, mencionó la misteriosa caja negra (cuya existencia, además de las autoridades policiacas y militares, conocían muy pocas personas).

Cuando se produjo el aterrizaje del 10 de setiembre de 1954, Marius Dewilde encontró sobre la vía férrea una caja metálica, de unos 70 cm de largo por unos

40 cm de grosor. Cuando Márius dirigió la luz de su mechero hacia la caja,

la tapa de ésta se cerró, pero no antes de que él pudiera distinguir como unos. aparatos o herramientas dispuestos en su interior. Marius Dewilde se llevó

la caja a su casa, con la intención de abrirla. Pero comprobó que no poseía

ningún sistema de cierre conocido y que sus paredes eran totalmente lisas, sin que se distinguiese en absoluto el en caje de la tapa. Sin embargo Dewilde —no olvidemos que y era obrero metalúrgico trató de forzar la caja con ayuda de una sierra para metales y de una lima, mas todos sus intentos resultaron vanos. El metal de que estaba hecha la caja parecía durísimo e inatacable por medios conocidos de Dewilde.

Llegamos ahora a un punto muy particular de esta historia, según señala Pierre Delval en el artículo que consa gró al tema) Aunque la primera reacción de Marius fue la de avisar a la policía sobre lo que había visto —y así lo
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