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2) El yo abierto al tú
Una actitud egocéntrica de partida nos incapacita radicalmente para la amistad. Sólo aquel que se olvida a sí mismo y se da al otro puede saborear una amistad verdadera. Pero el «tú» es una realidad compleja. Cuando vemos el «tú» lo primero que vemos en él es su periferia vital. Lo que tiene. Sus cosas. En un segundo momento podemos ver algo más profundo de su yo. Lo que hace, sus actividades. Ciertamente es más importante lo que hace que lo que tiene, pero no hemos llegado con eso todavía a la intimidad del «tú» Esa intimidad constituye el núcleo esencial de su existencia, aquello que hace que el tú sea un tú único e irrepetible. «Te amo a ti porque eres tú». En ese estrato radical se sitúa la amistad. Cuando digo que la amistad es un darse el yo al tú se trata en realidad de darse el yo al tú profundo. Lo otro no es amistad. Enamorarse del coche que tiene un muchacho no es amistad verdadera. Ni tampoco dejarse fascinar por sus brillantes actividades. La verdadera amistad es un zambullirse en el tú profundo, de tal suerte que, aunque perdiera todo lo que tiene y todo lo que hace, e, incluso, aunque externamente el tú viera ajarse su belleza, seguiría siendo válida, porque la amistad no se queda en la periferia del ser, sino que tiende inexorablemente, cuando no es falsa, a las profundidades del tú. Todo lo periférico puede ser cuadro de la amistad, y hasta puede realzar la amistad, pero nunca será el elemento definitorio de la amistad verdadera, la que no falla nunca, la que no nos decepciona, la que es amistad en una palabra y no una falsificación sintética de la misma.
El yo puede ver al tú de muy diferentes maneras:
a) Alienación del tú por el yo
Desde que Hegel propuso el concepto de alienación, se ha convertido éste en uno de los tópicos de la cultura moderna (20).
La alienación, tal como aquí la entendemos, supone que el yo se desinteresa por completo de los que le rodean hasta el punto de ignorarlos metafísicamente. Es como si no existieran. Los mejicanos emplean una palabra extraordinariamente significativa a este propósito: «ningunear». Con nuestra conducta muchas veces «ninguneamos» a los otros, o, como decía ya Quevedo, los reducimos a la categoría de «Don Nadie». ¡Cuántas veces, en los trasportes públicos, en los campos de deportes y hasta en los lugares de culto, reducimos a nada o nadie a quienes nos rodean! Esta radical indiferencia hacia el tú es muchas veces una simple consecuencia del inhumano hacinamiento de las grandes metrópolis. No nos queda tiempo para mirar a los demás. Los vemos igual que a las cosas que están ahí, pero no los miramos. Para mirar hay que estar abiertos al otro, hay que interpelarle y hay que esperar su respuesta cuando él nos devuelva la mirada o la fije en nosotros, como hacen Pedro y Juan, cuando encuentran al paralítico en la entrada del templo. «Este, al ver a Pedro y Juan que iban a entrar en el templo, les pidió una limosna. Pedro fijó en él la mirada juntamente con Juan y le dijo: Míranos. El les miró con fijeza, esperando recibir algo de ellos» (Hch 3, 3-5). Pero la mayoría de la gente vive a la carrera sin mirar ni ser mirados. Y además faltan espacios de libertad y de sosiego donde de verdad podamos mirarnos tú a tú con calma y profundidad.
Sin embargo, más grave, infinitamente más grave es la actitud de aquellos –y a ella nos referimos– que si «ningunean» a los otros, no es por falta de tiempo y a causa del trajín vertiginoso de la vida moderna sino porque abrigan dentro de sí una absoluta indiferencia a todos los demás o a algunos en particular. En ese caso estos tales son responsables de un verdadero asesinato mental. No derraman físicamente la sangre del otro, pero le hacen la vida irrespirable, creando en torno a él un ambiente de absoluta indiferencia. No hay nada más envilecedor para el hombre que sentirse absolutamente ignorado por los otros. Ya pueden gritar y agitarse y llamar la atención. Los otros continuarán impasibles su marcha como si no nos vieran o, peor todavía, como si fuéramos inexistentes, nada o nadie.
b) Utilización del tú por el yo
Otras veces el yo se fija en el tú, pero lo hace no por amor, sino por la utilidad que le puede reportar. El yo sigue sin ver en el tú a alguien, pero, por lo menos, empieza a ver en él algo útil, interesante, al que le puede sacar jugo. Es lo que decía cáusticamente Sartre al prevenirnos contra la ilusión de la amistad. Cuando vemos acercarse al otro sonrientemente, hemos de pensar enseguida qué es lo que espera obtener de nosotros. Es un vampiro existencial en potencia. Todos, en efecto, buscan su propio interés. Los intereses que el hombre busca en sus semejantes pueden ser muy variados. Unos tratan de utilizar al otro a nivel de tener. En realidad, no buscan al otro por el otro, sino por lo que tiene, sobre todo si tiene mucho o algo que puede interesarnos. En nuestra actual sociedad economizada, en la que lo único que cuenta para muchos es el dinero, sea a nivel privado o estatal, el peligro de explotación socioeconómica es inmenso y nos va a costar mucho liberarnos de esta opresión.
Dentro de la misma familia puede darse esta explotación económica. La mujer en la antigüedad era simplemente cosa, una entre tantas de las que formaban parte del patrimonio patriarcal, igual que la casa, el campo o los animales domésticos. El noveno mandamiento «no desees la mujer de tu prójimo» tiene un contexto fundamentalmente económico. En el Deuteronomio 5, 21 se dice: «No codiciarás la casa, el campo, su siervo o sierva, ni su buey ni su burra, ni cosa alguna de las que son de tu prójimo». Por eso «no desearás la mujer de tu prójimo». De ahí que expresiones todavía usuales como «tengo novia o mujer» no sean sino restos de esta mentalidad primitiva y deberían ser sustituidas por otras que se refiriesen al ser y no al tener, como somos novios o casados, es decir, somos un nosotros, como diremos después.
Otras veces se utiliza a los demás a nivel del hacer o del poder. Alguien en particular o un grupo social determinado tratan de manipular a los otros para convertirlos en simples peones de su estrategia. Si hay algo verdaderamente odioso en nuestro tiempo es ver cómo grupos minoritarios en el mundo capitalista y comunista han tratado de instrumentalizar a las mayorías silenciosas con unos métodos u otros para acaparar así el poder de decisión y monopolizarlo a expensas de la base. En ese clima de domesticación social todo el que tiene una brizna de poder trata de hacer lo mismo en su propio territorio. Ante esta gigantesca manipulación se empieza a sentir un sordo ruido de protesta en la base,

que terminará, creemos, por trasformar radicalmente esta sociedad en que los otros son meros objetos, para dar lugar a una nueva sociedad formada por sujetos libres y responsables.
Finalmente, se puede utilizar a los otros a nivel de placer. El placer sexual tiene un sentido, como hablaremos después, lo mismo que el tener o el hacer, pero el tú no puede en ningún caso convertirse en instrumento de placer para el yo. El yo y el tú pueden llegar a amarse entrañablemente y sentir así el placer del éxtasis y la comunión, pero sin instrumentalizarse el uno al otro. Nunca y por ningún motivo el tú puede convertirse en objeto para el yo. La amistad exige ver en él siempre un sujeto con el que se comparte todo.
El caso límite en esta instrumentalización del placer lo tenemos en la prostitución. La mujer o eventualmente el hombre aparece aquí como simple instrumento de placer hasta el punto de que da lo mismo uno o una cualquiera y se cae así en el más repugnante anonimato. Esto, añadido a la instrumentalización económica de las personas –se vende placer sexual con criterios puramente comerciales– hace de la prostitución algo odioso e inaceptable, que deja al hombre al borde del desequilibrio psicológico y la degeneración biológica. Los que sufren esta intolerable manipulación terminan convertidos generalmente en pura basura social.
c) Proyección del yo en el tú
La alienación y utilización del tú por el yo reducen al otro a la categoría de algo, sea este algo indiferente (alienación), sea interesante (utilización), pero siempre algo que se ve no en sí mismo, sino en función del yo y como cosa más que como persona.
En esta nueva actitud que vamos a analizar ahora, las cosas cambian radicalmente. El yo, al menos en apariencia, se interesa por el tú, en vez de ir directamente a sacarle el jugo, pero, probablemente sin darse cuenta, no se dirige al otro en cuanto otro, es decir, en cuanto distinto de él –lo que es fundamental para la amistad–, sino en cuanto descubre en el otro la proyección de sí mismo, que de un modo inconsciente refleja sobre él. «Cree el ladrón que todos son de su condición». ¡Con qué facilidad proyectamos en el otro nuestros defectos y cualidades, olvidándonos que él es distinto de nosotros, otro yo, autónomo y responsable como nosotros, que tiene también defectos y cualidades como nosotros, pero no necesariamente los nuestros, ya que cada uno de nosotros es único e irrepetible! ¡Cuánto nos cuesta salimos de nuestra piel y de nuestra experiencia vital, para meternos en la existencia del otro! Es lo que con tanto éxito ha intuido Moreno en su psicodrama, invitando, por ejemplo, a la mujer a hacer el papel del hombre y viceversa, o a intercambiar los roles de blancos y negros, patronos y obreros, capitalistas y comunistas. Estos ensayos demuestran prácticamente lo difícil que es comprender al otro desde él mismo.
Con frecuencia, por ejemplo, en relación a la amistad y al amor, el hombre proyecta en su mujer la imagen de su madre y la mujer en el hombre la de su padre, complicando las relaciones directas hombre-mujer. Más complicada todavía es la proyección que hace el marido en su hija en que ve la proyección de su madre a un nivel en que le parece posible superar las barreras del encuentro sexual ya que su hija es para él carne de su carne. Y lo mismo puede ocurrir con la madre en relación al hijo.
Todo este juego de proyecciones y contraproyecciones puede enmarañar de tal modo las relaciones afectivas que éstas llegan a perderse en esta trama inconsciente y absurda en la que al final nadie sabe quién es en realidad y todo se convierte en una especie de juego sicodélico.
d) Rivalidad entre el yo y el tú
En la rivalidad, por primera vez en este proceso tipificado de apertura al tú, que estamos analizando, el yo ve en el tú otro distinto de sí. Y además lo valora y lo teme. En realidad, es preferible que nos odien a que nos alienen, nos instrumentalicen o nos conviertan en sombra fantasmagórica de los demás. Mucho mejor, por ejemplo, para un sacerdote, es estar en un campo de concentración que en un museo de antigüedades. En el primer caso se nos considera peligrosos, lo que quiere decir que, en el fondo, se nos valora. En el segundo caso somos simplemente objeto de curiosidad anacrónica.
Como vimos, en otro lugar, el fenómeno de la agresividad en el mundo moderno es verdaderamente preocupante. Y no sólo a nivel difuso e inconsciente y por lo tanto incontrolable. Hay un enorme excedente de agresividad en el hombre moderno provocado por una serie compleja de causas, que está haciendo dificilísimas las relaciones entre los hombres, incluso dentro del hogar. Hoy ser amigo de verdad cuesta mucho. Y son por eso muchos los que desisten y se esconden en su madriguera, aun conscientes, como decía Nietzsche, de que si no te muerden los otros terminarás mordiéndote a ti mismo.

La agresividad interpersonal llega a veces a términos insospechados de refinamiento y al empleo de unas técnicas por demás sofisticadas en que el yo hiere al otro en su punto vulnerable, pero con guante blanco. Se puede uno servir, incluso de una aparente amabilidad y una terminología afectuosa, que, por el contexto en que va inserta, o por el retintin de la pronunciación hacen que la tensión sea mucho más dolorosa que si se tratara de una explosión espontánea y sobre la marcha. Hay casos escalofriantes en que los ataques al otro se preparan fríamente a lo largo de los días para conseguir mayores destrozos en la sicología del tú.
e) Amistad y amor entre el yo y el tú
Finalmente, la última actitud posible ante el tú es la del amor y la amistad. El otro aparece no como algo, sino como alguien y como alguien no rival y enemigo sino amigo. Ni que decir tiene que ésta debe ser la actitud válida entre el yo y el tú, tanto desde el punto de vista antropológico como cristiano. Sólo a base de amor y amistad puede crearse un auténtico nosotros. Mientras el yo y el tú no pasen en sus relaciones interpersonales de la indiferencia, el interés manipulador, la proyección narcisista y la rivalidad, no dejarán de ser un yo y un tú aislados, yuxtapuestos quizás el uno junto al otro físicamente, pero incapaces de integrarse entre sí para constituir entre los dos un nosotros de verdad (21).
f) El nosotros
El «nosotros», como dice Laín Entralgo, es quizás el mayor descubrimiento del nuestro tiempo. Después de una fuerte experiencia del objeto, de la cosa y del yo, los hombres modernos nos sentimos comprometidos con el descubrimiento y la creación del nosotros. Nos apasiona la tarea, porque somos conscientes de sus enormes posibilidades revolucionarias, pero no estamos quizás preparados para esta gran aventura y nos sentimos a veces abrumados ante las dificultades que el nosotros nos está planteando apenas recién estrenado. Estos tropiezos no deben desalentarnos. Quizás lo más grande y bonito que podemos hacer en estos momentos es realizar el nosotros en todos los niveles y en todos los campos. Pero ¿qué es el nosotros? Cuando dos jóvenes empiezan a quererse y con una cierta timidez y rubor se deciden por fin un día a emplear esta palabra tan embriagante «nosotros», no saben precisamente qué quieren decir con ella. ¿Qué ocurre con el yo y el tú, cuando empiezan a vivir entre ellos la comunidad del amor? Muchos piensan –por ejemplo, la escuela psicologista de Tarde– que el nosotros no es más que la yuxtaposición del yo y el tú, una suma de dos unidades autónomas e independientes. Otros, en cambio – Durkheim –, opinan que el yo y el tú no son sino el eco del nosotros y, por cierto, de ese masivo nosotros impersonal y abstracto que es la sociedad. El yo y el tú en este caso no serían sino una reducción del todo, casi sin personalidad propia. Quizás la realidad se encuentre entre un extremo y otro. En el amor el yo y el tú más que sumarse se multiplican creando un nosotros verdaderamente original que trasforma de un modo específico al yo y al tú que se integran en él. Cuando el yo y el tú se aman, algo nuevo y original nace en el mundo, como cuando una madre da a luz a un niño. Hay también un nosotros bebé que nace tímidamente y que se desarrolla y crece a medida que el yo y el tú se van integrando entre sí y va dejándose trasformar por la comunidad de amor que entre ellos se ha formado.
1) Reciprocidad
¿Cómo se realiza esta integración del yo y el tú en el nosotros ? Lo primero que hemos de tener en cuenta en ella es el fenómeno de la reciprocidad. Un verdadero nosotros no puede existir si a la entrega generosa del yo, el tú no responde de un modo semejante. Sólo a base de reciprocidad mutua podemos sentirnos un verdadero nosotros. Aquí radica la fundamental y esencial diferencia entre el amor benevolencia y el amor amistad. Puedo querer a los otros y hacerles todo el bien posible, pero, si el otro no me quiere y no brinda su amor en reciprocidad, nunca llegaremos a ser amigos y nunca saltará entre los dos polos ese chispazo que es el nosotros. El yo y el tú podemos realizarlos como nosotros sólo si los dos nos empeñamos seriamente en hacerlo. Es cierto que hemos de empezar esta gloriosa tarea dándonos nosotros primero. Si comenzamos por buscamos, no lograremos más que a lo sumo una simple yuxtaposición del yo y el tú, pero nunca lograremos integrarnos. Eso sólo es posible cuando los dos que se aman piensan ante todo y sobre todo en darse y sólo esperan la reciprocidad como una añadidura, que madura como consecuencia lógica de nuestra generosidad.
La tendencia a la reciprocidad está en la naturaleza misma del amor. ¡Amare et amar¡, decía Agustín, esto es: amar y ser amado. El hecho de que un ser espere algo esencial de mí me permite pensar que todos los hombres y el mundo entero me necesitan, que no soy un parásito inútil y que mi existencia no carece de sentido.
Muchos pesimistas, por ejemplo, Sartre, creen que el deseo de reciprocidad en el amor es uno de los anhelos irrealizables que tiene el hombre y que pone de manifiesto lo absurdo de la existencia humana. Aun en los casos de amor y de amistad que parecen alcanzar la reciprocidad perfecta se trataría sólo de una ilusión. A lo sumo nos encontramos con un monólogo a dos. Según esto, el amor no sería sino una modalidad del odio camuflado. Sin embargo, aunque difícil de lograr, la reciprocidad verdadera no es una ilusión ni una utopía inalcanzable. La experiencia prueba que es más frecuente de lo que muchos creen.
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