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5. Televisión de la muerte
Los actuales medios de comunicación y el afán sensacionalista de los mismos han hecho de la nuestra «la era de la indiscreción». No hay intimidad, por pudorosa que parezca, que no pueda convertirse en espectáculo. Hasta la misma muerte. El hecho ha ocurrido, por primera vez, en Alemania el 10 de junio de 197 1, cuando la televisión alemana emitió un documental sobre la agonía y muerte de varias personas en circunstancias diferentes (21).
Ha habido reacciones apasionadas en contra y a favor de la televisión de la muerte, lo mismo que ha pasado, por ejemplo, con la televisión del parto.
Con Higuera podríamos llegar a las siguientes conclusiones: -En general, el miedo y el pudor que existen actualmente en relación a la muerte son puramente socioculturales y han sido impuestos al hombre moderno por la sociedad actual, lo mismo que ocurrió antes con la sexualidad.
-Por múltiples condicionamientos sociales se pretende relegar a la muerte a un plano de poco relieve en la sociedad, y en el individuo se la relega al inconsciente.
-Pero la muerte sigue siendo algo humano, algo de lo que no se puede prescindir ni social ni individualmente, cuando se quiere conocer plenamente qué es el hombre.
-Por todo ello, revitalizar el pensamiento de la muerte, sin incidir en morbosidad y presentarla con dignidad y respeto en toda su trágica grandeza, no sólo no es inmoral sino conveniente, siempre que se haya respetado la voluntad de los interesados y familiares.
-Todo eso podrá ayudar enormemente al conocimiento del hombre en profundidad y nos ayudará a todos a prepararnos consciente y responsablemente a ese momento decisivo de nuestra vida (22).

NOTAS


  1. B. Häring, Moral y medicina, Madrid 1972, 7-8.

  2. Ibid., 39; Die ärzulichen Belönisse: Arzt und Christ 8 (1962) 1-34.

  3. Y. Congar, El servicio cristiano de curación, en Etica y medicina, Madrid 1972, 187-188.

  4. A. Auer, El carácter cristiano de la actuación médica, en Etica y medicina, 38-44.

  5. Ibid., 36.

  6. Ph. Aries, La mort inversée. Le changement des attitudes devant la mort dans les sociétés occidentales: La Maison-Dicu 101 (1970) 57-89.

  7. E. Morin, L'homme et la mort devant l'histoire, Paris 1951; B. 0. Glaser-A. L. Strauss, Awareness of dy¡ng, Chicago 1965; N. Vers1uss, Desconocimiento social de la muerte: Concilitim 65 (1971) 291-303.

  8. G. Gorer, Death, frief and mouring, Nex York 1965

  9. J. Mifford, The american way ofdeath, New York 1963.

  10. S. Spinsanti, Muerte, en Diccionario enciclopédico de teología moral, Madrid 1974, 686-687.

  11. Varios, L'hommeface á la mort, Paris 1952.

  12. R. W. Gleason, The word to come, New York 1958; K. Ralmer, Sentido teológico de la muerte, Barcelona 1965; R. Troisfontaines, Yo no muero, Barcelona 1966; M. Bordoni, Dimensioni antropologiche, Roma 1969; L. Boros, Mysterium mortis. El hombre y su última opción, Madrid 1972.

  13. R. Garaudy, Palabra de hombre, Madrid 1976, 45-46.

  14. Ibid., 57.

  15. H. U. von Balthasar, Eschatologie: Fragen der Theológie heute, Einsiede1n 1960; J. Moltinann, Teología de la esperanza, Salamanca 1969.

  16. P. Grelot, De la mort á la vie éternelle, Paris 1971; cf. 0. Culimann. Inmortalidad del alma, Madrid 1970.

  17. A. Paul, Pluralité des interprétations théologiques de la mort du Christ dans le nouveau testament: Lumiére et Vie 20 (11971) 18-33; G. Crespy, Recherche sur la signification politique de la mort dur Christ: Ibid., 89-109.

  18. L. Boros, Mysterium mortis. El hombre y su última opción, Madrid 1972; Cf. J. D. Benoit, ¿Resurrección al final de los tiempos o inmediatamente después de la muerte?: Concilium 60 (1970) 99-111; B. Häring, Moral y medicina, 122-123.

  19. A. Auer, El médico y la verdad, en Etica y medicina, 72-73.

  20. G. Perico, I malatti hanno diritto alla verità: Aggiomamenti Sociali (1959) 545-554; L. Rossi, La verità ai maiatti ma con massima prudenza: Palestra del Clero (1965) 877-881; Y. Congar, ¡Se debe revelar al enfermo la gravedad de su estado? en Etica y medicina, 225-228; B. Häring, Moral y medicina, Madrid 1972, 126-129.

  21. G. Higuera, El espeCtáculo de la muerte humana. Motivo de reflexión moral, en Experimentos con el hombre, Santander 1973, 270-288.

  22. J. M. Sáenz, Experimentos con el hombre: Pentecostés 12 (1973) 100-101.


8. REVOLUCIÓN SEXUAL
en El amor y la sexualidad, Problemas actuales de moral, c.8,

vol. II, Sígueme, Salamanca, 1982, 231-270.

INTRODUCCIÓN
El amor constituye hoy uno de los elementos más importantes de la revolución cultural que estamos viviendo. Por una parte, el hombre de nuestro tiempo ha descubierto la importancia del amor al tomar conciencia del papel que el «nosotros» debe ocupar en la sociedad del futuro. Hemos dominado las cosas gracias a la ciencia y la técnica hasta límites verdaderamente insospechados para los hombres de las generaciones que nos precedieron. Con precisión matemática podemos llegar a la luna y dominar las grandes fuerzas de la naturaleza como la energía atómica. Pero esto no nos basta. Queremos más que tener cosas llegar a ser personas libres y respetadas de hecho por los demás como únicas e irrepetibles. Y sabemos que no podemos ser un yo sino frente a un tú con quien hacer un nosotros.
Pero esta tarea de darnos unos a otros nos resulta extraordinariamente difícil. A veces, en momentos de desaliento, llegamos incluso a pensar que Nietzsche tenía razón cuando afirmaba que no nos queda más que esta alternativa: o morder a los otros en la convivencia o mordernos a nosotros en la soledad. Y, sin embargo, tenemos un ansia irreprimible de amar. Y estamos convencidos de que sólo amando llegaremos a ser nosotros mismos. La verdadera madurez psicológica consiste en superar el complejo narcisista que nos amenaza constantemente. Y en esto, evangelio y sicología coinciden maravillosamente. También Jesús, como cualquier buen pedagogo, nos dice que sólo el que se da puede encontrarse a sí mismo.
La moral es la conciencia crítico-dinámica del mundo. Pero el mundo nos interpela en estos momentos desde lo más profundo de sí mismo para estudiar con él, sin prejuicios de ninguna clase y de cara al futuro, lo que vamos a hacer con el amor, esa inmensa fuerza que hemos tenido reprimida por tanto tiempo y que nos está explotando en las manos actualmente.
Esta gigantesca revolución cultural en que estamos metidos nos plantea la cuestión urgente de cómo van a ser en el futuro el matrimonio y la familia, que han sido hasta ahora el lugar privilegiado del amor. ¿Cómo responder de un modo honesto y válido a este urgente desafío?
Como dice J. David, uno de los fenómenos más importantes de la segunda mitad del siglo XX parece ser la batalla que se está librando en torno a la familia. Puede ser que éste llegue a ser el acontecimiento decisivo de nuestra época. De esta batalla dependerá en gran parte el futuro y la supervivencia de nuestra civilización (1).
La familia en estos momentos es mucho más fuerte y estable de lo que parece deducirse de muchas informaciones aparecidas en los medios de comunicación social. Y esto se debe fundamentalmente a que la familia normal no es noticia periodística. Sin embargo creemos que la actual familia nuclear urbana, característica de nuestra sociedad, está en crisis y que esta crisis se va a acentuar probablemente en los próximos años, no necesariamente para mal, sino para dejar paso a un nuevo tipo de familia que será en gran parte lo que nosotros queramos y decidamos (2).
Las causas de la crisis de la familia moderna son muy variadas, pues se trata de un fenómeno complejo. Estas nos parecen las más importantes: la movilidad migratoria de la familia con su incidencia negativa en el arraigo y cohesión de la misma; la excesiva reducción de la familia nuclear urbana (padre, madre y dos o tres hijos) con exclusión de los ancianos, los solteros y hasta los mismos niños pequeños cuando las madres trabajan; la no preparación de los cónyuges para la intimidad familiar propia de nuestro tiempo (diálogo y ternura); la incapacidad de la familia para asumir de un modo constructivo la mayor esperanza de vida (unos 75 años), que hace que los cónyuges, al emanciparse los hijos, se queden el uno frente al otro sin saber qué hacer con los treinta o cuarenta años que les restan de vida; la insensibilidad social de la mayor parte de las familias como tales que no han sabido superar el lastre burgués y conservador que arrastran para convertirse en agentes de cambio y de liberación integral del hombre y de la sociedad; la erosión de la estabilidad familiar como consecuencia de la actual alergia a las estructuras, sean las que sean, y a los compromisos definitivos de una vez para siempre, y como consecuencia también de la permisividad moral de una sociedad en que conviven de la noche a la mañana hombres y mujeres; la intimidación y eclipse de los valores y en especial de los valores religiosos que tanto han contribuido hasta ahora a dar un carácter sagrado y trascendental a la familia en occidente.
Es evidente que ante esta crisis se impone la creación de nuevos modelos familiares que, salvando los valores fundamentales trasmitidos por nuestros mayores, sepan adaptarse trasculturalmente a las nuevas situaciones y responder creativamente a las inquietudes y esperanzas de las nuevas generaciones.
Esta nueva familia debería ser más abierta (grupos de matrimonios o superfamilia), más íntima y entrañable, más comprometida socialmente y, en el caso de los creyentes, más mistérico cristiana en el sentido profundo y sacramental de la palabra.
La literatura sobre el amor y la familia en la segunda mitad del siglo XX es inmensa (3). Desde los años cincuenta se han publicado numerosísimos libros sobre la familia en general (4) y sobre los temas candentes, a veces explosivos, que el amor y el matrimonio han ido poniendo sobre el tapete, con una rapidez vertiginosa y acelerada.
En este texto estudiaremos sobre el amor: la revolución sexual, los diversos elementos que integran el fenómeno del amor (sexualidad, amistad, socialización y misterio cristiano), la nueva evaluación ética de la sexualidad y el amor y los principales y más explosivos problemas que se nos plantean hoy en este campo, como son: el pudor, la masturbación, la prostitución, las relaciones sexuales extramatrimoniales, la paternidad responsable y el divorcio.

El protagonista de la novela Opiniones de un payaso del premio Nobel H. Böll pone al rojo vivo el problema de la revolución sexual. Encarándose con los funcionarios religiosos del matrimonio, les dice:
Con Marie todo iba bien, mientras ella se preocupaba por mi alma, pero vosotros le habéis inculcado el preocuparse por su propia alma, y ahora ocurre que yo, a quien falta el órgano para la metafísica, me preocupo por el alma de Marie. Si se casa con Züpfner, caerá en un verdadero pecado. Esto he comprendido de vuestra metafísica: es fornicación y adulterio lo que ella comete y el prelado Sonunerwild es un alcahuete.
En nombre de la moral tradicional precisamente se pretende en este caso considerar pecado desligarse del hombre a quien se ama de verdad para arreglar los papeles y salvar la moralidad consuetudinaria (5).
En realidad desde Freud y después de muchos siglos de represión sexual, estamos asistiendo a una verdadera revolución en el campo del sexo y del amor, que, si bien todavía no ha cambiado radicalmente las estructuras sociales de la familia, las ha afectado notablemente (6).
La revolución sexual como fenómeno explosivo se inicia con Freud (7) y en este momento se manifiesta a nivel biológico-genético, psicológico profundo, sociológico y religioso-moral.
1. Revolución sexual biológico-genética
En 1962, los doctores J. D. Watson y F. H. C. Crick recibieron el premio Nobel por descubrir la molécula ADN. Desde entonces, los adelantos en genética se han precipitado a ritmo creciente. La biología molecular está a punto de estallar y salir de los laboratorios. Los nuevos conocimientos genéticos nos permitirán trajinar con la herencia humana y manipular los genes para crear versiones completamente nuevas del hombre.
Una de las posibilidades más fantásticas es que el hombre podrá hacer copias biológicas exactas de sí mismo. A través de un procedimiento denominado cloning, será posible obtener del núcleo de una célula adulta un nuevo organismo que tenga las mismas características genéticas de la persona que suministre aquel núcleo celular. La «copia» humana resultante iniciará la vida con un caudal genético idéntico al del donante, aunque las diferencias culturales alteren después la personalidad o el desarrollo físico del clone. El cloning hará posible que las personas se vean nacer de nuevo y llenen el mundo de hermanos gemelos.
¿Está muy cerca el cloning? «Se ha realizado ya con anfibios –dice el premio Nobel Joshua Lederberg– y tal vez alguien lo está haciendo ahora con mamíferos. No me sorprendería enterarme de ello el día menos pensado. En cuanto al momento en que alguien tendrá el valor de probarlo con el hombre, no tengo la menor idea. Me atrevería a situarlo en una escala temporal de cero a quince años, a contar desde ahora» (8).
Durante estos mismos quince años, los científicos aprenderán también el modo en que se desarrollan los diversos órganos del cuerpo, y empezarán sin duda a hacer experimentos sobre varios medios de modificarlos. Dice Lederberg: «tales como el tamaño del cerebro y ciertas cualidades sensoriales del mismo serían directamente controladas, en su desarrollo... Creo que esto ocurrirá muy pronto».
Conviene que los legos comprendan que Lederberg no es en modo alguno el único miembro de la comunidad científica que se siente preocupado. Sus temores sobre la revolución biológica son compartidos por muchos de sus colegas. Las cuestiones éticas, morales y políticas suscitadas por la nueva biología espantan a la mente. ¿Quién vivirá y quién morirá? ¿qué es el hombre? ¿quién controlará la investigación en estos campos? ¿cómo habrán de aplicarse los nuevos descubrimientos? ¿no provocaremos horrores para los cuales está el hombre totalmente impreparado? En opinión de muchos científicos del mundo, se acerca la hora de un «Hiroshima biológico».
1. Revolución sexual
Imaginemos, por ejemplo, las implicaciones de los avances biológicos en lo que podríamos llamar «tecnología del nacimiento». El doctor E. S. E. Hafez, biólogo universalmente respetado de la universidad del Estado de Washington, sugirió públicamente, fundándose en sus propios y asombrosos trabajos sobre la reproducción, que dentro de diez o quince años una mujer podría comprar un diminuto embrión congelado, llevarlo al médico, hacer que éste lo injerte en su útero, llevarlo durante nueve meses, y parirlo como si hubiese sido concebido dentro de su propio cuerpo. Desde luego, el embrión se vendería con la garantía de que el niño resultante no padecería ningún defecto genético. La compradora podría saber también, por anticipado, el color de los ojos y del cabello del niño, su sexo, su probable estatura al hacerse mayor y su probable índice de inteligencia.
En realidad llegará un momento en que incluso se podrá prescindir del útero femenino. Los niños serán concebidos, alimentados y criados fuera del cuerpo humano. Indudablemente sólo es cuestión de años para que el trabajo iniciado por el doctor Daniele Petrucci en Bolonia y por otros científicos en los Estados Unidos y la Unión Soviética, permita a las mujeres tener hijos sin las molestias del embarazo.
Las opciones morales y emocionales con que habremos de enfrentarnos en las próximas décadas hacen vacilar la mente. Estas maravillas biológicas no sólo pueden convertirse en realidad, sino que lo más probable es que así sea. A pesar de las profundas cuestiones éticas sobre si deberían llegar a ser realidad, persiste el hecho de que la curiosidad científica es, por sí sola, una de las más poderosas fuerzas impulsoras de nuestra sociedad (9).
En todo esto hay todavía indiscutibles elementos de ciencia ficción, pero, a juzgar por las investigaciones en marcha, no parece que la realidad vaya a ser muy diferente, como ha puesto de relieve el Instituto americano de bioética de la fundación Kennedy. Y esa realidad va a afectar, como es evidente, a las relaciones sexuales.
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