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fecha de publicación22.01.2016
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2. Ver
Mucho más complicado es el problema del ver. El mundo moderno se debate entre el viejo concepto del «pudor» y un «destape» la mayoría de las veces sin gracia ni humanismo.
Los moralistas tradicionales llegan a hacer una verdadera geografía del desnudo distinguiendo entre zonas vergonzosas, próximo a las vergonzosas y no vergonzosas, que dio lugar a conflictos de lo más pintorescos sobre la delimitación de las fronteras entre unas u otras zonas. La cara, por ejemplo, de la mujer no se podía descubrir en público en la antigüedad y todavía hoy está absolutamente prohibido en algunos países musulmanes el que la mujer descubra ante los demás su rostro. Todavía no hace muchos años ciertos confesores hicieron un verdadero problema por unos centímetros más o menos de manga o de falda.
En el otro extremo nos encontramos con una forma de «destape» que tiene no poco de exhibicionismo y de fea manipulación de la sexualidad con fines puramente lucrativos y consumistas.
Creemos que la sociedad actual deberá resolver este problema con madurez, sin tabúes de ninguna clase y sin dejarse manipular por nadie a nivel económico. Vamos a estudiar el pudor a diversos niveles para tener de él, si es posible, una visión integral.
a) Biología y pudor
No se puede negar que la sexualidad tiene una base biológica fundamental. Por eso hay que tenerla en cuenta como punto de partida, sin ignorar el influjo que la cultura puede y debe ejercer sobre el instinto sexual y que ha ejercido de hecho.
Aunque el sistema básico sexual ha sido conservado en una forma bastante primitiva, se han introducido numerosos controles y restricciones de menor importancia. En realidad, la introducción de restricciones culturales debió remontarse a muy antiguo. Si la sexualidad tenía que agudizarse para mantener unida a la pareja, debieron lógicamente tomarse medidas para apaciguarla cuando sus miembros estaban separados, a fin de evitar el estímulo excesivo de terceros. En otras especies animales que forman parejas y viven en comunidad, esto se logra mediante ademanes agresivos de sus componentes, pero a una especie cooperativa como la nuestra le convenían métodos menos beligerantes. Aquí es donde entra en juego el empleo de técnicas de control sofisticadas intelectuales.
Aparece, en primer lugar, el empleo de vestiduras antisexuales que varían de una cultura a otra en lo que se refiere a lo que podíamos llamar señales sexuales secundarias, como los senos, los labios..., etc. En ciertos casos extremos, el aparato genital de la mujer queda no solamente oculto, sino totalmente inaccesible mediante los llamados «cinturones de castidad» o más drásticamente todavía cerrando los labios de aquél con grapas o anillos metálicos, como se usa todavía en algunos países musulmanes.
Otro importante método de ocultamiento sexual fue la realización en privado del acto sexual. Dormir o acostarse con alguien se ha convertido así en sinónimo de copular. Por eso el encuentro sexual se realiza normalmente a la hora de ir a la cama por la noche y no se distribuye a lo largo del día, como ocurre entre los animales.
Pero esto no quita que la sexualidad esté latente y adopte con frecuencia actitudes contradictorias frente a esta represión social. La mujer, por ejemplo, se cubre los senos y seguidamente acentúa su forma con un sostén. Y, si se pinta los labios, es para acentuar su estimulo sexual. Algunos piensan que, estando así las cosas, sería mucho mejor volver al punto de partida. ¿Por qué refrigerar una habitación, si después encendemos fuego en ella? Pero no se puede ser simplista sin poner en serias dificultades la estabilidad matrimonial. No es fácil nadar y al mismo tiempo guardar la ropa.
La moderna civilización está tratando de encontrar una solución en esta difícil dialéctica mediante sustitutivos más o menos inocuos de los estímulos sexuales directos. La solución ha sido el «voyeurismo» en su más amplio sentido, que se practica hoy en gran escala. El «voyeurismo» significa la obtención de la excitación sexual mediante la contemplación de la cópula de otros individuos, pero sin participar en ella. Casi todo el mundo se dedica a esta práctica mirando, leyendo o escuchando. La mayor parte del material de televisión, de la radio, del cine, del teatro y de la novela tiende a satisfacer esta demanda. Las revistas, los diarios y las conversaciones contribuyen también a ello. Este servicio se ha convertido. en una industria importante. Pero, en realidad, y a pesar de tanta alharaca, el observador sexual no hace nunca nada. «Todo se realiza por poderes» (2).
En general, puede decirse que la sexualidad humana sigue ajustándose fundamentalmente a su base biológica, a pesar de todas las restricciones socioculturales de la misma. Y cada día tiende el hombre a considerarla de un modo más espontáneo y natural.
b) Antropología y pudor
1) Origen del pudor
¿Cuál es el origen del pudor? Los dualistas trataron de justificar el pudor defendiendo que en el hombre hay «partes deshonestas» que es necesario cubrir porque el solo mirarlas mancha al que las ve y al que se deja ver. Algunos, sin llegar a tanto, hablan del estupor del hombre al descubrir lo mucho que queda en él de animal, por lo que prefieren taparlo e ignorarlo para sentirse más hombres. Este dualismo está prácticamente superado, lo que cuestiona el pudor tal como lo veníamos practicando hasta ahora. Si el pudor se apoya única y exclusivamente en la idea de que los órganos sexuales son intrínsecamente deshonestos, como en realidad no lo son, entonces no habría que extrañarse ante la creciente falta de pudor que advertimos en las nuevas generaciones.
Pero, en realidad, el sentimiento del pudor es algo mucho más profundo. El pudor, en efecto, es una reacción defensiva gracias a la cual el hombre trata de proteger la zona más íntima y profunda de sí mismo.
Por una parte el pudor intuye que toda expresión sexual es un signo de algo más profundo, es decir, del yo íntimo. Una sexualidad, que no expresa al hombre total, no tiene sentido, como dijimos anteriormente. Por eso desnudarse físicamente delante de otro significa –si nuestros gestos no están desprovistos de significación auténtica– que estamos también dispuestos a desnudarnos espiritualmente ante él, ofreciéndole lo más profundo de nuestro ser.
Ahora bien, todos sentimos una repugnancia instintiva a confesarnos en público, a abrirnos ante los demás. Preferimos hacerlo en la intimidad, y aun así nos cuesta no poco. En general hay que hacerlo por pequeñas dosis para no atropellar la revelación y poder así dar cada paso de un modo connatural y sencillo. Es cierto que para algunos –por temperamento extrovertidos– será esto más fácil que para los introvertidos y tímidos. Pero siempre habrá que tener en cuenta esta reserva natural del yo que llamamos pudor.
En el fondo, todos sentimos un miedo instintivo a que, al desnudarnos y manifestarnos tal como somos, no se nos aprecie en nuestro justo valor y no se nos tenga en cuenta como lo que somos: únicos e irrepetibles (3).

2) La Biblia y el pudor
El relato de la creación en la Biblia contiene una clara alusión al pudor. «Estaban los dos desnudos, el hombre y la mujer, sin avergonzarse uno de otro» (Gén 2, 25), lo que indica que los órganos sexuales no son intrínsecamente deshonestos y que lo normal es que el hombre y la mujer puedan verse desnudos con toda naturalidad. Pero después del pecado y en relación con el pecado aparece el pudor. «Descubrieron que estaban desnudos» (Gén 3, 7). Y Adán tuvo vergüenza: «Temeroso, porque estaba desnudo, me he ocultado», le dice al Señor (Gén 3, 10). Por lo que el Señor les proporcionó a Adán y Eva unos taparrabos elementales de materia vegetal.
Que la trasgresión de Adán y Eva tiene una cierta relación a la sexualidad no cabe la menor duda. Basta considerar que la serpiente pertenece a un mito cananeo en el que se presenta relacionada con el falo. Pero es muy difícil sacar de este texto demasiadas conclusiones para el problema que estudiamos. El tema del pecado original es muy complejo –no lo vamos a estudiar aquí– y en todo caso está claro que el pudor, según este relato, no es propiamente un valor sino el signo de las barreras que el pecado establece entre el hombre y la mujer y el hombre y Dios. La causa del pudor, como la de otras barreras, por ejemplo, clasistas o nacionales, es el egoísmo o, en terminología psicoanalítica, el narcisismo (4).
3) La negación del pudor
En los últimos tiempos se ha ido abriendo paso un movimiento que tiende a relativizar fuertemente el pudor, considerándolo un fenómeno sociocultural que varía mucho de pueblo a pueblo y de época a época y que podría llegar a desaparecer completamente en un futuro próximo, como algunos pronostican y desean. Esta relativización del pudor la comparten desde los primitivos positivistas hasta los psicoanalistas y estructuralistas de ahora (5).
4) Revalorización del pudor
Sartre hace un análisis extraordinariamente fino de la distinción que existe entre ver y mirar. Ver al otro sexo no es malo. Lo malo es que generalmente los hombres no ven, sino que miran el desnudo y lo miran tragándose visualmente al otro como persona. El pudor, en el fondo, es la resistencia del yo que no quiere ser reducido a categoría de cosa (6).
Quitando lo que de vergüenza negativa hay en la doctrina de Sartre, podemos afirmar que el pudor es negarse a aparecer a los otros como simple corporeidad. El riesgo de esta postura es que se termine por ignorar al cuerpo so pretexto de defender al yo profundo y se pretenda saltar por encima del cuerpo en busca de una persona descorporeizada a causa del persistente dualismo a que ha estado sometido el encuentro del hombre y la mujer y sus relaciones interpersonales.
Por eso el ideal seria llegar a una actitud nueva en que los hombres llegaran a encontrarse como personas integrales en que no todo se reduce a ver al otro desde fuera, sino tal como es en realidad por fuera y por dentro sin reduccionismos de ninguna clase y con un gran amor y respeto al mismo tiempo (7).

3. Desear
A propósito del deseo sexual hay que distinguir entre deseo real y ensoñación platónica. En el primer caso, el deseo compromete al yo de un modo pleno y total. El hecho de que el deseo no pueda convertirse en realidad por causas ajenas a la voluntad del interesado no quita a éste en modo alguno su responsabilidad. Es lo que pusieron de relieve los profetas y Jesús a lo largo de su predicación. Desde el punto de vista de la intencionalidad es lo mismo desear a la mujer del prójimo y no llegar a nada con ella por imposibilidad física de hacerlo o hacerlo realmente cuando lo permiten las circunstancias.
Este aspecto de la responsabilidad moral ha sido especialmente puesto de relieve por la sicología moral evolutiva. J. Piaget, por ejemplo, ha comprobado que hasta los diez años más o menos el niño se preocupa sobre todo del aspecto exterior de su conducta, prescindiendo de su buena o mala voluntad. En cambio, a partir de esa edad desaparece por completo el criterio puramente objetivista, para subrayar el proceso iniciado anteriormente de intencionalidad (8).
Otra cosa, en cambio, muy diferente es el deseo de algo en un plano de pura ensoñación, que se querría vivir en teoría, pero que no se piensa ni se quiere realmente traducir en la praxis. Este deseo, como dijimos anteriormente, no parece estar implicado en la doctrina de Jesús sobre los deseos. La ensoñación platónica está muy lejos de la mentalidad bíblica y corresponde a otros ámbitos culturales muy diferentes, como, por ejemplo, el que estudiamos en el «amor cortés» del siglo XIII. Negar este mundo de la ensoñación nos parece inhumano y empobrecedor. Hoy más que nunca el hombre necesita de la ensoñación sea para compensarnos de las frustraciones de la realidad (Freud), sea para preparar creativamente el futuro (Bloch). Pero, en ningún caso, podemos identificarla sin más ni más con la realidad fáctica. El único riesgo en este sentido es el de que la ensoñación se haga obsesiva y reste fuerzas a la voluntad de compromiso real, convirtiéndose así en una especie de cáncer moral.
A mitad de camino entre el deseo realista y el deseo platónico nos encontramos con lo que los antiguos moralistas llamaban deseo real de futuro. El yo desea algo que desea realmente hacer, pero no ahora, sino más tarde, cuando lo permitan las circunstancias. Por ejemplo, dos novios desean tener relaciones sexuales cuando “se casen”. Algunos moralistas exageradamente puritanos censuraban este deseo por miedo a que llevara a los interesados a quemar etapas y a realizar inmediatamente algo que sólo después seria bueno o, incluso, por miedo simplemente a experimentar una conmoción sensible.
Sinceramente hoy no estamos de acuerdo con estas preocupaciones. Pretender bloquear este deseo es ignorar el proceso de maduración de la persona humana y considerar el matrimonio y las relaciones sexuales como algo intrínsecamente malo que no se puede imaginar ni desear previamente. Es lógico que los novios sueñen y se emocionen pensando en lo que el futuro va a ser para ellos. Negarlo sería antinatural y antipedagógico. Lo único que se ha de hacer en este sentido es integrar esta emoción en una iniciación integral al amor evitando su reducción a un nivel puramente sensible y biológico.
4. Tocar
El problema de los «tocamientos» ha constituido un verdadero caballo de batalla para los antiguos moralistas. Hoy toda la cuestión está siendo revisada de arriba a abajo a causa sobre todo del descubrimiento del tacto y de su importancia en la pedagogía humana.
a) El papel del tacto
Como dijimos antes, en la cultura occidental ha habido ciertamente una sobresaturación de la palabra a costa del tacto, que ha dado lugar a una discriminación en todos los niveles entre la actividad liberal (palabra) y la manual (tacto). La emancipación de la gente y el redescubrimiento del cuerpo como dimensión integral del hombre están poniendo de relieve la comunicación no verbal por medio del tacto.
1) La distancia física
La intimidad en el trato interpersonal exige el poder entrar en la «burbuja» del otro. Esta burbuja representa un margen de seguridad para el yo. Si un extraño irrumpe en ella, inmediatamente el yo sentirá la necesidad de huir o de atacar, según los casos. Por el contrario, no es posible ser prójimo de alguien si no nos «aproximamos» a él. El grado de proximidad es signo de la intimidad a que se quiere llegar en el encuentro del yo y el tú. Hall ha confeccionado una escala hipotética de distancias consideradas apropiadas en Estados Unidos para cada tipo de relación.
El contacto de hasta 45 centímetros es la distancia apropiada para hacer el amor o conversar íntimamente. A esta distancia las personas se comunican no sólo por medio de palabras sino por el tacto, el olor, la temperatura del cuerpo; cada uno es consciente del ritmo respiratorio del otro, de las variaciones en el color o textura de su piel. La fase próxima de lo que Hall llama distancia personal es de 45 a 75 centímetros. Viene a ser el tamaño de la burbuja personal en una cultura de no contacto como la nuestra... Para la mayoría de la gente la distancia personal en su fase lejana, 75 centímetros a 1 metro veinte está limitada por la extensión del brazo, es decir, el límite del dominio físico. Es la distancia apropiada para discutir asuntos personales. La distancia social próxima es de 1 metro veinte a 2 metros... La distancia social lejana, entre 3 y 4 metros, es la que corresponde a comunicaciones formales... Más allá de 4 metros se considera distancia pública, adecuada para pronunciar discursos o algunas formas rígidas y formales de comunicación (9).
2) El «tocamiento»
Lo que el hombre experimenta a través de la piel es mucho más importante de lo que la mayoría de nosotros piensa. Prueba de ello es el sorprendente tamaño de las áreas táctiles del cerebro, la neuronal y la motora. Los labios, el dedo índice y el pulgar sobre todo, ocupan una parte desproporcionada del cerebro.
El tacto es probablemente el más primitivo de los sentidos, tanto en lo que se refiere a la evolución de la vida en general, como al desarrollo del embrión en el seno materno. Cuando el individuo descubre las relaciones sexuales, en realidad está descubriendo la comunicación táctil; de hecho, parte de la intrínseca emoción que se siente a través de la experiencia sexual, puede deberse a esta vuelta a un medio de vivencia mucho más primitivo y poderoso.
El niño, como se ha comprobado experimentalmente, necesita del contacto de la madre (caricias) para sentirse seguro de sí mismo y superar lo que se ha llamado el «shock epidérmico» que experimenta al perder el contacto con el seno materno y sentirse solo y desamparado en medio del mundo. No en vano el hombre es el animal que tiene una piel más fina y más extensa que le permite un amplio sistema de comunicación táctil con el medio ambiente. Pero de hecho por motivos socioculturales íntimamente relacionados con el dualismo la comunión táctil entre adultos e, incluso, entre niños, está excesivamente controlada y es, sin duda, una de las causas de la actual inseguridad del hombre moderno (10).
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