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2. Revolución sexual psicológico-profunda
a) Marcuse
H. Marcuse parte de la tesis sustentada por Freud, particularmente en El malestar en la cultura, de que la civilización necesita una rápida restricción del «principio del placer». Pero, a la luz de la propia teoría freudiana, y basándose en las posibilidades de la civilización llegada a su madurez, H. Marcuse aduce que la existencia misma de ésta depende de la abolición gradual en todo lo que constriña las tendencias instintivas del hombre, del fortalecimiento del instinto vital y de la liberación del poder constructivo del eros.
Marcuse piensa que la cultura occidental ha creado los prerrequisitos para el surgimiento de una civilización no represiva, lo que le lleva a un replanteamiento de la teoría freudiana en pugna con E. Fromm, K. Horney, H. Starck Sullivan y otros neofreudianos, que, según Marcuse, han abandonado algunos de los descubrimientos más decisivos de la teoría psicoanalítica.
1) Represión sexual
Las causas de la represión sexual son muy complejas según Freud, nos dice Marcuse. Vamos a analizar algunas de ellas.
a) El placer igual a muerte
El placer, en efecto, una vez satisfecho, provoca un relajamiento que tiene mucho de muerte. Nada de extraño que el placer produzca con frecuencia sensación de hastío y aburrimiento. «Si es verdad que la vida está gobernada por el principio de Fechrier del equilibrio constante, consiste en un continuo descenso hacia la muerte» (El yo y el ello). De esta manera el placer aparece vinculado el principio del Nirvana y como una expresión suya.
Sin embargo, la primacía del principio del Nirvana, la aterradora convergencia del placer y la muerte, se disuelve tan pronto como es establecida. Los instintos de la vida (eros) ganan ascendencia sobre los instintos de la muerte. Continuamente, cancelan y retardan el «descenso hacia la muerte» (10).
b) La realidad exige la represión del placer
El ello está libre de las formas y principios que constituyen al individuo consciente, social. No se ve afectado por el tiempo ni perturbado por contradicciones; no conoce «valores», ni el bien y el mal, ni tiene moral (Nuevas aportaciones al psicoanálisis). No aspira a la auto conservación (Esquema del psicoanálisis); sólo lucha por la satisfacción de sus necesidades instintivas, de acuerdo con el principio del placer (Nuevas aportaciones al psicoanálisis).
Bajo la influencia del mundo exterior (el medio ambiente), una parte del ello que está dotada con los órganos necesarios para la recepción de los estímulos y su protección, se desarrolla gradualmente como el yo. Es el mediador entre el ello y el mundo exterior. La percepción y la conciencia son sólo la más pequeña y más superficial parte del Yo, la parte topográficamente más cercana al mundo exterior; pero, gracias a esta serie de instrumentos (el sistema perceptivo consciente) el yo mantiene su existencia, observando y probando la realidad, tomando y conservando una «verdadera imagen» de ella, adaptándose a la realidad y alterándola de acuerdo con su propio interés. Así, el yo tiene la tarea de «representar el mundo externo ante el ello, y por tanto de salvarlo; porque el ello, luchando ciegamente por gratificar sus instintos, sin tomar en cuenta el poder superior de las fuerzas exteriores, no podría de otro modo escapar a la aniquilación». Al realizar esta tarea, la principal función del yo es coordinar, alterar, organizar y controlar los impulsos instintivos del ello para minimizar los conflictos con la realidad, reprimir los impulsos que son incompatibles con la realidad, «reconciliar» a otros con la realidad cambiando su objeto, retrasando o desanimando su gratificación, trasformando su forma de gratificación, uniéndolos con otros impulsos, y así sucesivamente. De este modo, el yo «destrona al principio del placer, que ejerce un indiscutible imperio sobre los procesos en el ello, y lo sustituye por el principio de la realidad, que ofrece mayor seguridad y más amplias posibilidades de éxito» (11).
c) El trabajo se hace mediante sustracción a la energía sexual
El síndrome instintivo «infelicidad y trabajo» se repite a lo largo de las obras de Freud, y su interpretación del mito de Prometeo está centrada en la conexión entre el discurso de la pasión sexual y el trabajo civilizado (El malestar en la cultura). El trabajo básico en la civilización no es libidinal, es esfuerzo; ese esfuerzo es «desagrado» y ese desagrado tiene que ser fortalecido. Porque, ¿qué motivo puede inducir al hombre a dirigir su energía sexual hacia otros usos si sin ningún arreglo puede obtener un placer totalmente satisfactorio? Si no hay un «instinto del trabajo» original, la energía requerida para el trabajo (desagradable) debe ser extraída de los instintos primarios, de los instintos sexuales y destructivos. Puesto que la civilización es principalmente la obra de eros, es antes que nada extracción de la libido. La cultura «obtiene una gran parte de la energía mental que necesita sustrayéndola de la sexualidad» (El malestar en la cultura) (12).
d) La culpabilidad sexual como precio del proceso
Freud atribuye al sentido de culpa un papel decisivo en el desarrollo de la civilización; más aún, establece una correlación entre el progreso y el aumento del sentido de culpa. El expone su intención: «representar el sentido de culpa como el problema más importante en la evolución de la cultura, y comunicar que el precio del progreso en la civilización se paga perdiendo la felicidad mediante la elevación del sentido de culpa» (El malestar en la cultura). Recurrentemente, Freud subraya que, conforme progresa la civilización, el sentido de culpa es «desfortalecido» «intensificado», va «cada vez en aumento».
Hemos repasado brevemente la prehistoria del sentido de culpa; tiene origen en el complejo de Edipo y fue adquirido cuando el padre fue asesinado por la asociación de hermanos. Ellos satisfacieron su instinto agresivo, pero el amor que tenían por su parte les provocó remordimiento, creó el súper yo por identificación y, así, creó las restricciones que deberían prevenir una repetición del acto. Subsecuentemente, el hombre se abstiene del acto; pero de generación en generación el impulso agresivo revive dirigido contra el padre y sus sucesores, y de generación en generación llega a ser entonces una fuente dinámica de conciencia; cada nuevo abandono de la gratificación aumenta sus severidad e intolerancia… cada impulso de agresión que dejamos de gratificar es asumido por el súper yo y va a aumentar su agresividad» (contra el yo) (13).
Esto se agrava si tenemos en cuenta el carácter ancestral de la moral.
Los principios morales «que el niño mama de las personas responsables de su manutención durante los primeros años de su vida» reflejan «ciertos ecos filogenéticos del hombre primitivo» (Alexander, The psychoanalysis of the total personality). La civilización todavía está determinada por la herencia arcaica y esta herencia, como afirma Freud, incluye «no sólo disposiciones, sino también contenidos ideológicos, huellas en la memoria de las experiencias de generaciones anteriores». La sicología individual es así, en sí misma, sicología de grupo, en tanto que el individuo mismo todavía tiene una identidad arcaica con las especies. Esta herencia arcaica es un puente sobre el «abismo que separa a la sicología individual de la sicología de masas» (Moisés y el monoteísmo) (14).
A lo largo de los siglos se ha ido creando poco a poco una moral represiva de la sexualidad, que está íntimamente vinculada con la lucha por la existencia.
El factor exógeno aquí es la ananke, la lucha consciente por la existencia. Esta fortalece los controles represivos de los instintos sexuales (primero mediante la violencia bruta del padre original, luego mediante la institucionalización y la interiorización) tanto como la trasformación del instinto de la muerte en agresión y moral socialmente útiles. Esta organización de los instintos (que en realidad es un largo proceso) crea la división civilizada del trabajo, el progreso y «la ley y el orden», pero también inicia la cadena de sucesos que llevan al debilitamiento progresivo de eros y, por tanto, al aumento de la agresividad y el sentimiento de culpa. Este desarrollo no es «inherente» a la lucha por la existencia más que en la organización opresiva (15).
2) Liberación sexual
Si la represión sexual ha sido compleja, no lo va a ser menos la liberación.
a) Recuperación del tiempo perdido
En todos los procesos de liberación sexual nos encontramos con una sensación más o menos solapada de recuperación del tiempo perdido. «Eso se dice antes». Y muchas de las reacciones conservadoras a ultranza en materia sexual parecen lindar con el ridículo que experimentan algunos ante el hecho de haber perdido el tiempo inútilmente.
Si la memoria se mueve hacia el centro del psicoanálisis como una forma de «conocimiento» decisiva, es por algo mucho más importante que un mero recurso terapéutico. El valor terapéutico de la memoria se deriva del verdadero valor de la memoria. Su verdadero valor yace en la función específica de la memoria de preservar promesas y potencialidades que son traicionadas e inclusive proscritas por el individuo maduro, civilizado, pero que han sido satisfechas alguna vez en su tenue pasado y nunca son olvidadas por completo. El principio de la realidad restringe la función cognoscitiva de la memoria, su relación con la pasada experiencia de la felicidad que despierta el deseo de su recreación consciente. La liberación psicoanalítica de la memoria hace estallar la racionalidad del individuo reprimido. En tanto el conocimiento da lugar al re-conocimiento, las imágenes e impulsos prohibidos de la niñez empiezan a decir la verdad que la razón niega. La regresión asume una función progresiva. El pasado redescubierto proporciona niveles críticos que han sido convertidos en tabúes por el presente. Más aún, la restauración de la memoria está acompañada de la restauración del contenido cognoscitivo de la fantasía. La teoría psicoanalítica elimina estas facultades de la esfera libre de compromiso del soñar despierto y la ficción y recaptura sus verdades estrictas. El peso de estos descubrimientos debe destrozar con el tiempo el marco dentro del que fueron hechos y al que fueron confinados. La liberación del pasado no termina con la reconciliación con el presente. Contra el restringimiento personalmente impuesto del descubridor, la orientación hacia el pasado tiende hacia una orientación hacia el futuro. La recherche du temps perdu llega a ser el vehículo de la futura liberación (16).
b) La fantasía como liberación inconsciente de la sexualidad
En la teoría de Freud, las fuerzas mentales opuestas al principio de la realidad aparecen relegadas principalmente al inconsciente y operando desde él. El mando del principio del placer tiene lugar sólo en los procesos inconscientes más profundos y más arcaicos. Estos no pueden proporcionar ningún modelo para la construcción de la mentalidad no represiva, ni pueden servir como comparación para establecer el verdadero valor de tal construcción. Pero Freud separa la fantasía como la única actividad mental que conserva un alto grado de libertad con respecto al principio de la realidad, inclusive en la esfera del consciente desarrollado. Recogemos su descripción en Los principios del acontecer psíquico: con la introducción del principio de la realidad una manera de actividad mental fue aislada; se la dejó fuera de la experimentación de la realidad y permaneció subordinada tan sólo al principio del placer. Esta manera de actividad es la fantasía (das Phantasieren) que empieza a funcionar en los juegos infantiles y después, afirmándose bajo la forma del soñar despierto, abandona su dependencia de los objetos reales.
La fantasía juega una función decisiva en la estructura mental. Liga los más profundos yacimientos del inconsciente con los más altos productos del consciente (el arte), los sueños con la realidad; preserva los arquetipos del género, las eternas, aunque reprimidas ideas de la memoria individual y colectiva, las imágenes de libertad convertidas en tabúes. Freud establece una doble conexión «entre los instintos sexuales y la fantasía» por un lado y «entre los instintos del yo y las actividades de la conciencia», por otro. La dicotomía es insostenible, no sólo a la vista de las posteriores formulaciones de la teoría de los instintos (que abandona la posible existencia de los instintos del yo), sino también por la incorporación de la fantasía dentro de la conciencia artística (e inclusive dentro de la moral). Sin embargo, la afinidad entre la fantasía y la sexualidad sigue siendo decisiva para el funcionamiento de la primera.
El reconocimiento de la fantasía (la imaginación) como un proceso del pensamiento con leyes propias y valores verdaderos no era nuevo en la sicología y la filosofía; la contribución original de Freud yace en el intento de mostrar la génesis de esta forma de pensamiento y sus conexiones esenciales con el principio del placer. El establecimiento del principio de la realidad establece una división y una mutilación de la mente que inevitablemente determina todo su desarrollo. Los procesos mentales anteriormente identificados en el yo del placer son divididos ahora: su corriente principal es canalizada dentro del dominio del principio de la realidad y es obligada a acomodarse a sus exigencias. Condicionada así, esta parte de la mente obtiene el monopolio de la interpretación, la manipulación y la capacidad de alterar la realidad, de gobernar la memoria y el olvido, inclusive de definir lo que es la realidad y cómo debe ser usada y trasformada. La otra parte del aparato mental permanece libre del control del principio de la realidad, al precio de llegar a ser impotente, inconsecuente, irrealista. Si el yo era anteriormente guiado y condicionado por la totalidad de su energía mental, ahora sólo es guiado por la parte de él que se adapta al principio de la realidad. Tan sólo esta parte debe determinar los objetivos, normas y valores del yo; bajo la forma de razón llega a ser la única depositaria de la capacidad de juicio, de la verdad y lo racional; decide lo que es útil y utilizable, bueno y malo. La fantasía, como un proceso mental separado, nace y al mismo tiempo es dejada atrás por la organización del yo de la realidad dentro del yo del placer. La razón prevalece; llega a ser poco agradable, pero útil y correcta; la fantasía permanece como algo agradable, pero llega a ser inútil, falsa, un simple juego, una forma de soñar despierto. Como tal, sigue hablando el lenguaje del principio del placer, de la libertad de la represión, del deseo y la gratificación no inhibidos, pero la realidad actúa de acuerdo con las leyes de la razón, que ya no están relacionadas con el lenguaje de los sueños.
Sin embargo, la fantasía (la imaginación) conserva la estructura y las tendencias de la «psique» anteriores a su organización por la realidad, anteriores a su llegada a ser un «individuo» colocado frente a los demás individuos. O por el mismo motivo, como el ello, al cual permanece relacionada, la imaginación preserva el «recuerdo» del pasado subhistórico, cuando la vida del individuo era la vida del género; permanece relacionada con la imagen de la unidad inmediata entre lo universal y lo particular bajo el dominio del principio del placer. En contraste, toda la historia subsecuente del hombre se caracteriza por la destrucción de la unidad original. La posición del yo «dentro de su capacidad como organismo individual independiente» llega a estar en conflicto consigo mismo «en su otra capacidad como miembro de una serie de generaciones» (Introducción al psicoanálisis). El género vive ahora en la conciencia un conflicto siempre renovado entre los individuos y entre ellos y su mundo. El progreso bajo el principio de actuación actúa a través de estos conflictos. El principium individuationis, llevado a cabo por este principio de la realidad da lugar a la utilización represiva de los instintos primarios, que siguen luchando, cada uno de acuerdo con su propia manera, por conciliar el principitan individuationis, mientras son constantemente desviados de su objetivo por el mismo progreso que su energía sostiene. En este esfuerzo, ambos instintos son sojuzgados. Dentro y contra del mundo del antagonista principium individuationis la imaginación sostiene las protestas del individuo total, la unión con el género y con el pasado arcaico.
En la teoría de Freud la liberación de la represión es un asunto del inconsciente, del pasado humano subhistórico e inclusive subhumano, de procesos primarios biológicos y mentales; consecuentemente, la idea de un principio de la realidad no represiva es un asunto de retrogresión. Que tal principio pueda llegar a ser una realidad histórica, un problema de desarrollo de la conciencia, que las imágenes de la fantasía puedan referirse a un futuro inconquistado de la humanidad antes que a su pasado (malamente) conquistado, todo esto le parece a Freud, a lo más, una agradable utopía.
El peligro de abusar del descubrimiento del verdadero valor de la imaginación para las tendencias retrogresivas es ejemplificado por la obra de Karl Jung. Con más énfasis que Freud, él ha insistido en la fuerza cognoscitiva de la imaginación. Según K. Jung, la fantasía está unida «de una manera indistinguible» con todas las demás funciones mentales; aparece «unas veces como la original, otras como la última y más audaz síntesis de todas las capacidades». La fantasía es por encima de todo la «actividad creadora de la que salen las respuestas a todas las preguntas contestables»; es la madre de todas las posibilidades, en la que todos los opuestos mentales tanto como los conflictos entre el mundo externo y el interno están unidos». La fantasía ha construido siempre el puente entre las inconciliables demandas del objeto y el sujeto, la extroversión y la introversión (14).
El carácter simultáneamente retrospectivo y expectante de la imaginación es establecido así claramente; mira no sólo hacia atrás, hacia un pasado aborigen dorado, sino también hacia adelante, hacia todas las posibilidades todavía irrealizadas, pero realizables. Pero desde las primeras obras de Jung, el acento se coloca en las cualidades retrospectivas y consecuentemente «fantásticas» de la imaginación: el pensamiento soñador «se mueve de una manera retrógrada hacia el material crudo de la memoria», es una «regresión a la percepción original» (18).
En el desarrollo de la sicología de Jung sus tendencias oscurantistas y reaccionarias han llegado a ser predominantes y han eliminado las profundas percepciones críticas de la metapsicología de Freud (19).
El verdadero valor de la imaginación se relaciona no sólo con el pasado, sino también con el futuro. Las formas de libertad y felicidad que invoca claman por liberar la realidad histórica. En su negativa a aceptar como finales las limitaciones impuestas sobre la libertad y la felicidad por el principio de la realidad, en su negativa a olvidar lo que puede ser, yace la función crítica de la fantasía. «Reducir la imaginación a la esclavitud –inclusive si la llamada felicidad es puesta en juego– significa violar todo lo que uno encuentra en su ser más interior de justicia suprema. Sólo la imaginación me dice lo que puede ser» (20).
Los surrealistas reconocieron las implicaciones revolucionarias de los descubrimientos de Freud: «la imaginación está cerca quizás de reclamar sus derechos». Pero, cuando preguntaron: «¿No pueden aplicarse también los sueños a la solución de los problemas fundamentales de la vida?» fueron más allá del psicoanálisis al exigir que el sueño se convierta en realidad sin comprometer su contenido. El arte se unió a la revolución. La adhesión sin compromisos al valor estricto de la imaginación abarca a la realidad de una manera más completa. Que las proposiciones de la imaginación artística sean falsas en términos de la organización actual de los hechos pertenece a la esencia de su verdad. Este gran rechazo es la protesta contra la represión innecesaria, la lucha en favor de la última forma de libertad «vivir sin angustia». Pero esta idea sólo puede formularse sin castigo en el lenguaje del arte. Dentro del contenido más realista de la teoría política e inclusive dentro de la filosofía ha sido difamado como una utopía casi universalmente (21).
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