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a) Planteamiento subjetivo
Desde un punto de vista objetivo, la doctrina tradicional de la iglesia era clara y terminante. La masturbación, se decía, es siempre un pecado grave por parte de la materia. Pero subjetivamente no es imputable, siempre que hay ignorancia de esta gravedad en el sujeto o falta absoluta de libertad. Esta ignorancia era relativamente frecuente en los adolescentes. Hoy, dada la mayor información sexual de los niños, estos casos están disminuyendo rápidamente.
Hay también ciertos casos en que la pasión es tan fuerte que puede condicionar de tal modo la libertad del yo, que éste en algunas ocasiones llega hasta a perder por completo el control de su voluntad. Es natural que en todos estos casos el sujeto no es responsable de lo que hace, tanto si se trata de la masturbación, como de cualquier otra materia moral, por grave que ésta sea. Si la pasión no es suficiente para bloquear el uso de la libertad, por lo menos puede ser una circunstancia atenuante en la mayoría de los casos.
Modernamente estamos introduciendo, como antes dijimos, unas nuevas categorías antropológicas a este respecto. La más importante de ellas es el vértigo. Sobre todo en el caso de la masturbación nos encontramos con frecuencia esta situación extraña. El yo, psicológicamente precoz y bombardeado obsesivamente por lo erótico, termina muchas veces por sentir una especie de vértigo moral. Ve que se cae, se da perfectamente cuenta de ello, no quiere caerse y sin embargo el abismo termina por engullirle y se cae irremediablemente. Es evidente que en esta hipótesis el sujeto no es responsable de su masturbación, aunque tenga conciencia de ella. Aquí está la diferencia radical entre una masturbación vertiginosa y una polución nocturna. En ésta el sujeto no es consciente y por eso no es libre ni responsable. En cambio, en la masturbación vertiginosa el sujeto es consciente y sin embargo no es libre porque el abismo le atrae sin posibilidad de resistencia, como en el caso del vértigo físico.
b) Planteamiento objetivo
Cuando decimos planteamiento objetivo no nos referimos a un mundo abstracto totalmente al margen de la persona humana. Aludimos a los valores que no aparecen en cuanto tales en un planteamiento meramente subjetivo. Prescindiendo, pues, de situaciones estrictamente subjetivas en que la masturbación no puede imputarse al sujeto por falta de responsabilidad, cabe ahora plantearse el problema mucho más profundo y radical de saber si la masturbación es un valor o un contravalor.
1) Nivel religioso
No podemos plantearnos este problema en un nivel religioso propiamente dicho, ya que la masturbación no aparece de un modo explícito y preciso ni en la Biblia ni en la iglesia primitiva. A lo sumo nos encontramos con prohibiciones generales de carácter sexual en las famosas listas de pecados del nuevo testamento. Pero los textos en los que algunos habían creído encontrar una alusión a la masturbación, se refieren más bien a la homosexualidad. La preocupación de la iglesia por la masturbación es más tardía y está ligada probablemente a la ascética monástica.
2) Nivel biológico
Más interesante es el planteamiento del problema a nivel biológico. Este ha sido el enfoque tradicional. Hay en él algunos aspectos totalmente superados por la ciencia moderna. Por ejemplo, en la edad media se llegó a pensar que la masturbación era inmoral, porque constituía un verdadero aborto. Entonces se creía que en el proceso de la reproducción todo se debía al esperma masculino. En él había ya una especie de embrión (homunculus) que se desarrollaría después en el seno materno. El papel de la madre era puramente pasivo y se reducía a albergar dentro de sí al nuevo ser humano, ofreciéndole calor, cobijo y alimentación, lo mismo más o menos que haría después en el hogar, cuando el niño hubiese nacido. No olvidemos que el óvulo femenino no fue descubierto hasta el siglo XIX por Baer. Y sólo entonces tuvimos que aceptar de un modo ineludible el papel activo de la mujer en el proceso de reproducción.
Para la mentalidad tradicional, según esto, la masturbación era un verdadero asesinato, pues el derrame del semen masculino suponía la muerte para millones de seres humanos en camino. Hoy está claro que no se puede hablar de aborto y asesinato sino a partir de la fecundación del semen, como mínimo. Sólo entonces tenemos serias posibilidades de encontrarnos con un verdadero hombre. Antes no hay alguien sino algo. Y para matar es necesario eliminar a alguien quitándole la vida. Otro aspecto superado de este planteamiento biológico es presentar a la masturbación como inmoral por los perjuicios graves que puede ocasionar a la salud. Esta manera de considerar el problema ha existido hasta prácticamente nuestros días. Pero en realidad no es correcta; no es cierto que la masturbación sea perjudicial para la salud física del hombre. Puede serlo, si se abusa de ella. Pero esto ocurre igualmente en el uso normal del matrimonio. Un adulto, por ejemplo, que se masturba dos o tres veces por semana, no causa de por sí ningún perjuicio a su organismo. No hemos de apoyarnos en pseudomotivos para combatir la masturbación ya que esto termina por descubrirse y hace mucho daño al prestigio de la función crítica que debe ejercer la moral.
El único aspecto del planteamiento biológico de esta valoración que todavía puede seguir interesándonos más o menos es el que insiste en que la masturbación se aleja del modelo biológico de heterosexualidad impuesto por la naturaleza. Los animales no se masturban, si no los colocamos en determinadas circunstancias, por ejemplo, de hacinamiento.... etc, con lo que en el fondo introyectamos en ellos nuestra problemática humana.
¿Qué decir de esta manera de argumentar? Tiene algo de razón, porque somos en parte biología, como dijimos antes. Pero lo biológico ha sido asumido por el hombre y trasformado radicalmente en él. En nosotros la sexualidad más que instinto «en mí», es fenómeno «mío» y por lo tanto expresión de toda mi persona. La masturbación es, pues, manifestación de todo el ser humano. Aun en la masturbación meramente fisiológica, que se realiza casi como quien bebe un vaso de agua, el yo está implicado de algún modo, aunque sea en zonas más superficiales y periféricas. Y si no estuviera de ningún modo comprometido, asistiríamos a una grave disociación de la sexualidad, que terminaría probablemente por provocar su ruina en forma de inhibición o frigidez.
3) Nivel psicológico
Finalmente, puede plantearse el problema de la valoración de la masturbación a nivel psicológico. El dominico francés A. Plé ha sido uno de los grandes promotores de esta apertura. Esta psicologización del problema se ha llevado a cabo a nivel patológico y a nivel normal. Desde un punto de vista psicológico-médico se han estudiado ciertos casos de masturbación descubriendo en ellos verdaderas neurosis obsesivas, lo que no ofrece mayor dificultad en el diagnóstico, ni en la terapia. Mayores dificultades encontramos en el planteamiento psicológico normal de la masturbación. A este nivel la masturbación ¿es benéfica para el psiquismo? ¿gravemente perjudicial? ¿levemente?
a) Valoración revolucionaria
Schwartz y otros psicólogos piensan, como dijimos antes, que la masturbación no solamente no es perjudicial para la persona humana, sino que es benéfica para la maduración de la misma. La masturbación no sería sino la primera etapa de la iniciación sexual, que después de pasar por la prostitución, el amor libre y las relaciones sexuales prematrimoniales, desembocaría finalmente en el matrimonio.

Un análisis fenomenológico de todo este proceso nos descubre inmediatamente lo endeble de esta construcción. Es evidente que hemos de prepararnos al amor. Estamos de acuerdo que amar no es cosa fácil. Son pocos, muy pocos, los que llegan a un amor pleno y trascendental. Pero la dificultad no estriba tanto en lo sexual, cuanto en la amistad, como dijimos antes. Con estas experiencias previas al matrimonio: masturbación, prostitución, amor libre y relaciones sexuales prematrimoniales, lejos de madurarnos en el amor, nos exponemos a dañarlo seriamente. Es evidente, siguiendo este mismo esquema, que cuanto más lejos del amor pleno del matrimonio se produzcan estas experiencias más perjudiciales pueden ser. La masturbación de por si daña más que la prostitución. Nos referimos al sujeto, porque en la prostitución tenemos un elemento nuevo que complica enormemente las cosas y es la manipulación y alienación del otro, a quien se compra como mercancía y se trata como algo, como cosa, y no como alguien. Y la prostitución es más perjudicial que el amor libre y éste más que las relaciones sexuales prematrimoniales. Perjudica mucho más a un joven ir cada semana con una chica que tener experiencias con la que va a ser definitivamente su mujer. En esto estamos de acuerdo con el esquema antedicho. Pero no podemos admitir que el esquema constituya una escala de valores propiamente dichos.
El gran peligro de todas estas experiencias es que, no siendo expresión de amor en un grado u otro, son inauténticas psicológicamente e inmorales. En la masturbación no expresamos el amor a nadie. Y si se hace imaginativamente, por ejemplo, en los casos de sustitución, nos encontramos ciertamente con una circunstancia atenuante. Tampoco la prostitución es expresión de amor. Todo lo contrario. El amor libre y las relaciones sexuales prematrimoniales sí lo son en parte. Pero no de un modo total y para siempre en el primer caso, o de un modo precoz en el segundo, como veremos después.
Faltando, pues, contenido y validez a estas expresiones sexuales, tienen el riesgo de que, si nos instalamos en ellas, se produzca una fijación en el proceso de maduración afectiva, o lo que será todavía peor, una regresión. Pongamos el caso de la masturbación, que estamos estudiando ahora. Si un joven se instala en ella mecanizándola, en lugar de constituir una etapa de iniciación, el muchacho quedará fijo en esa actitud por el shock que le produce. Y, aun cuando después se case, va a correr el riesgo de convertir su matrimonio en una masturbación indefinida, sea porque prefiere la masturbación a las relaciones sexuales, sea porque, aunque acepte éstas, las viva formalmente como masturbatorias.
Claro está que todo esto se aplica sólo en el caso de que nos encontremos con una verdadera actitud masturbatoria y no con casos aislados que no han llegado a zonas profundas del yo. En esa hipótesis es muchísimo menor la importancia de la masturbación.
Todo lo que hemos dicho hasta ahora se refería fundamentalmente a los jóvenes en su proceso de evolución afectiva. El caso de los adultos puede ser diferente, sobre todo si se trata de personas casadas y que tienen la oportunidad de vivir conyugalmente de un modo normal. Más complejo es el caso de los celibatarios voluntarios o por fuerza de las circunstancias. Sobre todo la situación de estos últimos es muy especial y hace que muchas veces en ellos la masturbación tenga muchos atenuantes y sea por lo mismo menos perjudicial que en los otros, desde un punto de vista psicológico.
b) Valoración tradicional
En el extremo opuesto a esta teoría que ve en la masturbación algo inofensivo y hasta beneficioso para la maduración del amor, nos encontramos con la sentencia tradicional, según la cual la masturbación es intrínsecamente grave en todas las circunstancias, siempre que el sujeto sea consciente y libre. Nos da la impresión de que esta valoración es demasiado abstracta e impersonal. Se mueve en un mundo de conceptos y no de personas concretas. Hace una definición de la masturbación, sin tener en cuenta las circunstancias concretas de la vida y la fusila sin contemplaciones. Pero, en realidad, hay muchísimos tipos de masturbación, como dijimos antes, y no todas pueden tratarse de la misma manera. La masturbación no es sólo fisiología, sino sicología y ésta es muy complicada y compleja. Si la masturbación no consistiese más que en un hecho fisiológico, la solución podía ser tan simplista como pretende la sentencia tradicional. Pero no es así. Quien se masturba es un hombre concreto y su masturbación expresa una actitud humana por demás compleja. Sin tener en cuenta lo que hay debajo de la masturbación no podemos valorarla adecuadamente.
c) Valoración actual
En la zona intermedia entre los radicales de ahora y los tradicionalistas de antaño nos encontramos con una corriente de opinión que poco a poco se va abriendo paso en el campo de la antropología y la moral. La masturbación no es de por sí buena, no es un valor en cuanto tal. Perjudica al hombre en cuanto impide el movimiento de entrega heterosexual al otro. Y es por lo tanto inmoral. Pero el grado de perjuicio depende de hasta dónde llegue su enraizamiento en profundidad. No puede ser igual de grave en el caso, por ejemplo, del muchacho que por culpa de la masturbación se encierra en sí mismo y se hace incapaz de darse a los demás y de poner ilusión en lo que lleva entre manos: estudio, juegos, relaciones interpersonales, que en el caso del otro muchacho para quien la masturbación no pasa casi de ser un simple desahogo fisiológico que apenas si le roza a flor de piel.
Muchos creen que la masturbación no puede ser grave nunca porque no implica el yo profundo, la opción fundamental, diría Curran, o no compromete a todo el hombre, como dice Oraison. Personalmente creemos que puede haber casos en que la masturbación puede ser suficientemente profunda como para pensar que perjudica gravemente a la persona y casos en que no (1).

NOTAS


  1. A. Artus-E. Rolland, La masturbation, en Morale sexuelle et difficultés contemporaines, Paris 1953, 243-290; A. Snoeck, Masturbatión et péché grave, en Puberté et problémes sexuels de l'adolescence, Paris 1956, 141158; L. Scremin, El vicio solitario, Bilbao 1959; R. A. McCorinink, Adolescent masturbation: Homiletic and Pastoral Review 60 (1959-1960) 527-540; A. R. Kosnik, The imputability of acts of masturbation among males, Roma 1961; C. Curran, Masturbation and objectively grave matter: an exploratory discussión: Promedings of the Catholic Theological Society of America 21 (1966) 95-112; M. Petitmangin, La masturbation. Etudes, clinique, morale, pastorale, Paris 1967; A. Plé, La masturbación, Bilbao 1970; A. Nalesso, L'autoerotismo nell'adolescente, Torino 1970; A. Baen, El autoerotismo como problema pedagógico: Revista del Instituto de la Juventud 25 (1970) 71-88; F. Santos Neila, La masturbación en la moral coránica: Pentecostés IX (1971) 194-221; A. Aisteens, La masturbación en los adolescentes, Barcelona 1972; B. Häring, Masturbazione, fenomeno e guarigione, Catania 1974; L. Rossi, Masturbación, en Diccionario enciclopédico de teología moral, Madrid 1974, 625-636.



17. LA PROSTITUCIÓN

en “El amor y la sexualidad” Problemas de Moral,

c.17, t, 2, Ed. Sígueme, Salamanca, 1982, 574-581.


La prostitución es la utilización venal y profesional con fines eróticos del propio cuerpo (prostitución propiamente dicha) o del cuerpo de los demás (proxenetismo). La mayor parte de la prostitución está a cargo de la mujer, pero se dan también casos de prostitución masculina y homosexual.
En todos los casos encontramos estos elementos: una persona que vive notoriamente del ejercicio de su cuerpo, ofreciéndose sin selectividad previa al primer venido y a base de una remuneración económica. Es decir, en toda prostitución tienen que darse estas características: notoriedad, profesionalidad, no selectividad y remuneración económica. Si falta cualquiera de estos elementos, no tenemos una prostitución propiamente dicha. En un sentido lato, entendemos por prostituirse renunciar a determinados valores humanos para obtener un beneficio económico.
1. Historia de la prostitución
La prostitución tiene probablemente un origen religioso y se remonta a la llamada prostitución sacra o cultual, de carácter mágico, que encontramos en diferentes contextos religiosos: el Japón, la India.... etc. En Babilonia estaba ligada al culto de Astarté y en Grecia al de Afrodita. Los fenicios la difundieron en todo el Mediterráneo, a través de su red comercial y de navegación.
En la antigua Grecia, muy liberal a este respecto, coexistían a la luz del sol diversas formas de prostitución. Una pública (el gremio o sindicato oficial), que pagaba contribución al Estado, de quien recibía protección, y otra privada, exenta de impuestos. Las primeras vivían en «casas públicas», que aparecen bajo el gobierno de Solón, y que se establecen junto a las puertas de las ciudades y de las termas. Paralelamente a las prostitutas públicas, Grecia creó un tipo de «he ta iras» cultas, inteligentes y artistas, muy semejantes a las «geishas» japonesas de nuestro tiempo.
Según las leyes de Solón, se castigaba el adulterio, pero no la prostitución, porque en el primer caso y no en el segundo se violaban los derechos de propiedad que el marido tenía sobre la mujer. El varón, en cambio, aunque casado, era libre de tener relaciones sexuales extramatrimoniales, siempre que fuera con una mujer no casada (1).
Roma trasformó radicalmente la prostitución regulándola severamente (limitación, segregación en los lupanares, control oficial) y dándole un carácter de infamia y envilecimiento que no tenía antes. En Roma nació el proxenetismo y de Roma proceden la moderna prostitución occidental y los actuales burdeles.

En Bizancio la prostitución alcanzó su máximo esplendor y de allí pasó al mundo árabe.
Durante el renacimiento se propagan, como en la antigua Grecia, pero sin ninguna relación entre, ellas, las prostitutas adocenadas y las «grandes cortesanas», como Tulia de Aragón, Ninon de Lanclos, Ambre..., etc.
En la actualidad encontramos muchas formas de prostitución pública y controlada o clandestina. Existen las prostitutas clásicas, que reciben en las casas públicas, las que hacen el trotoir, las candele, como las llaman en Italia, fijas por la noche junto a una pequeña hoguera, las «amazonas» que se ofrecen al volante de su coche, las «chicas-por-teléfono» y toda una serie de formas de prostitución a mitad de camino entre la prostitución profesional y el amor libre, que ha dado lugar a un tipo de prostituta moderna, que une su trabajo prostitucional al de camareras, cajeras, hostesses, bailarinas, maniquíes..., etc . (2).
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