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2. Sicología de la prostitución
El fenómeno de la prostitución es muy complejo y no debe simplificarse de un modo unilateral, porque eso nos impediría ver la hondura del problema.
a) La prostituta
Parece comprobado que la prostituta no lo es «por placer». No, es en general una ninfómana. Más bien reacciona a la prostitución con una frigidez de carácter defensivo. El placer, si lo busca, tratará de encontrarlo en otro tipo de relación más humana y personalizada, incluso, a veces, de tipo homosexual, como reacción a la agresión varonil.
Pero no hay que pensar por eso que la prostituta no está dotada de capacidad afectiva. Saben amar en ocasiones, aunque, como dijimos, generalmente, dentro de un contexto diferente al de la prostitución. Y, si llegan a tener hijos, pueden amarlos, se preocupan de ellos y procuran que tengan un tipo de vida diferente al suyo. Sin embargo, no hay que creer que son frecuentes los casos de prostitutas, idealizadas por grandes artistas de cine, como A. Girardot, J. Fonda, G. Masina..., etc., que están dotadas de un gran corazón y que en cualquier momento pueden ser recuperadas en el matrimonio (Las noches de Cabiria).
En realidad, la mayoría de estas pobres mujeres presentan un cuadro típico de «debilidad mental», no sólo por falta de cultura (algunas son analfabetas), sino por motivos más profundos y estructurales. De esta debilidad mental, su única verdadera tara característica, dependen algunos rasgos de su temperamento, como la incoherencia, la sugestionabilidad, la imprevisionalidad, la vida fácil, la pereza, la vulgaridad. Tienen un sentido falso del gusto, del confort y del sentimentalismo.
Esta debilidad mental se manifiesta especialmente en la fuga típica de todas las menores de edad que se prostituyen. La fuga reviste generalmente dos dimensiones: fuga de un ambiente hostil, en que han vivido hasta el momento de prostituirse, y fuga de sí mismas. Al término de la fuga de su ambiente se encuentran paradójicamente con un cuerpo deshabitado, sin alma y sin libertad, que pertenece a todos y a ninguno.
¿Cuáles son los factores que ponen en marcha este mecanismo de fuga? Algunos pretenden relacionar esta fuga con la emancipación feminista. La mujer querría la misma libertad sexual del hombre (3). Otras veces puede tratarse de una venganza familiar en contra de los padres o del marido. En ocasiones es un fenómeno puramente neurótico. De todos modos parece que siempre está latente en la prostituta el secreto deseo de vengarse del varón por medio de una relación sexual truncada y venal y por lo mismo envilecedora. La prostituta responde con la frigidez a la oferta fálica que queda así desvalorizada y en el fondo ridiculizada. La pasión del cliente se convierte en una pantomima.
b) El cliente
Muchos jóvenes recurren a la prostitución simplemente para hacer su «primera experiencia». Hoy, con la liberación de la sexualidad en los ambientes juveniles, está desapareciendo rápidamente este tipo de prostitución.
Más bien los casos que encontramos actualmente de prostitución responden a un vacío psicológico. Pero ¿qué vacío? No se trata simplemente de una represión sexual cualquiera. La prostitución se da en proporción notable entre los marinos que hacen escala en los puertos durante largas travesías por el mar. Pero son muy pocos los célibes o viudos que recurren a la prostitución para compensar su abstinencia sexual (4). La prostitución responde sobre todo a un estado profundo de frustración afectiva que puede darse en personas casadas y con una experiencia familiar normal. Se trata de personas permanentemente frustradas, quizás desde la misma infancia, en la que no existió un troquelado afectivo satisfactorio.
3. Sociología de la prostitución
No cabe duda que la pobreza es un clima propicio para el reclutamiento de las prostitutas. Pero más que la pobreza en sí, son las consecuencias de la pobreza en determinados contextos sociológicos, como la migración al suburbio, la desocupación y la guerra los verdaderos causantes de la prostitución en la mayoría de los casos. La familia, en esas situaciones límite, pierde raíces y consistencia y da lugar a ese tipo de persona mentalmente débil en la que hace fácilmente presa la prostitución.
Pero a esto hay que añadir la absolutización mítica de las relaciones comerciales, que se produce con el fenómeno del urbanismo cuatro o cinco años antes de Cristo. Por primera vez, con el cultivo del campo, la domesticación de los animales y la creación de la cerámica, hay alimentos de sobra, que se pueden conservar en los cacharros de barro e intercambiar entre unas familias y otras, unos pueblos y otros. Esto lleva a los hombres, los grandes ganadores de esta revolución comercial (las mujeres no pueden desplazarse para atender a los niños), a considerar también a las hembras como objeto de compra. La mujer se convierte en propiedad del hombre. Por eso nada de particular que se la compre de una vez y para siempre (matrimonio) o de paso y por una sola vez (prostitución). El consumismo moderno no ha hecho nada para acabar con esta penosa situación. Al consumismo en el fondo le interesa más tener que ser. Lo único que hará en este sentido es crear formas más refinadas y sofisticadas de prostitución.
Sólo una revolución radical de las estructuras será capaz de acabar de una vez para siempre con la prostitución.
4. Valorización moral de la prostitución
La prostitución es la más inauténtica de las relaciones sexuales entre hombre y mujer. Deja a los dos con mal sabor de boca y hastiados en lo más profundo de sí mismos. El uno y la otra terminan despreciándose visceralmente después de un efímero encuentro envilecedor (5).
La prostitución, según Marx, es «una expresión particular de la prostitución general del obrero». Por eso en una importante declaración rusa de 1922 se dice: «En un Estado de trabajadores no hay lugar para las prostitutas. Luchamos para hacer penetrar en la conciencia de los hombres la idea de la indignidad e inadmisibilidad de la compra del cuerpo humano». A pesar de esto, no ha desaparecido por completo la prostitución en la Unión Soviética y países satélites. También el régimen cubano se ha declarado enfáticamente opuesto a la prostitución. Antes de Castro Cuba era un gigantesco burdel de Estados Unidos. Ahora, sin desaparecer del todo, parece que la prostitución en Cuba ha disminuido notablemente con métodos netamente policíacos.
La inautenticidad de la prostitución radica en su falta absoluta de amor. En otras formas inadecuadas de sexualidad encontramos no pocos elementos afectivos. Aquí ninguno. Fuera de la sexualidad propiamente biológica, aceptada por la mujer de un modo pasivo (frigidez), no encontramos en este tipo de relación nada que nos recuerde el amor. En la prostitución no interesa la persona del otro –de parte y parte da lo mismo cualquiera–, no se comparte con él nada realmente humano, el encuentro se reduce a un instante fugitivo e irrepetible y se hará lo posible para que nadie se percate de este «nosotros» puramente clandestino, que se avergüenza de sí mismo.
La mayor parte de las prostitutas terminan hechas un guiñapo física y psicológicamente. Aunque hoy en día es mucho más fácil que antes controlar las enfermedades venéreas, sin embargo, el abuso de la sexualidad hace verdaderos estragos en el cuerpo y en el espíritu de estas pobres desgraciadas.
Por comprensiva y abierta que sea la sociedad, nunca podremos justificar una degradación moral del calibre de la prostitución. Podemos, sí, explicarla psicológica y sociológicamente, pero nunca podremos aceptarla moralmente. Es de por sí degradante y además degrada a una sociedad incapaz de acabar con ella, desde la raíz, después de varios miles de años de tolerancia y convivencia solapada por parte de políticos y mercaderes (6).
5. ¿Penalización de la prostitución?
Como hemos dicho a propósito de otros problemas morales, no toda culpa ha de considerarse necesariamente delito, es decir, no toda culpa debe ser penalizada como perjudicial para el bien común de la sociedad en cuanto tal.
Roma fue la primera nación en reglamentar punitivamente la prostitución. No se llegó a prohibirla porque los dos grandes moralistas romanos Catón y Cicerón consideraron la prostitución como una especie de «válvula de seguridad» para salvaguardar la moralidad pública. Agustín llegó a decir: «Suprimid la prostitución e inundaréis nuestra sociedad con el vicio». Las prostitutas, decía, «son en una sociedad lo que una cloaca en un edificio. Suprimid la cloaca y el edificio se convertirá en un lugar infecto». La influencia de Agustín en los moralistas posteriores ha sido enorme en este campo como en otros. Tanto Tomás de Aquino, como Alfonso de Ligorio defendieron prácticamente la misma doctrina de la tolerancia con respecto a la prostitución (7). Cierto que Justiniano, Carlomagno y Luis, rey de Francia, trataron de prohibir la prostitución, pero poco práctico consiguieron. De hecho, hoy, esta tolerancia existe de un modo u otro en todo el mundo, y hay, incluso, algunos partidarios de la revolución sexual que pretenden costearla a cargo de la seguridad social como un servicio público igual que otro cualquiera (8).
En 1857 surgió la FAI, es decir, la Federación Abolicionista Internacional con el fin declarado de acabar con la tolerancia de la prostitución (9).
El concilio Vaticano II ha recordado a todos el carácter infamante de la prostitución y Pablo VI, dirigiéndose a la FAI en 1966, insistió sobre la necesidad de sensibilizar a la gente informándola y educándola para que cada cual asuma su parte de responsabilidad en este «indigno comercio que con toda razón puede considerarse como la forma más degradante de la esclavitud moderna y vergüenza de la sociedad» (10).
Puede ser que conviniera hacer una legislación más restrictiva de la prostitución, sobre todo introduciendo la figura jurídica de la delictividad del cliente, pero lo más positivo debería ser, en este caso, como en otros, la profilaxis moral.
En este sentido, habría que dar una mejor educación afectiva a las nuevas generaciones, tanto a nivel de la sexualidad, como sobre todo del amor, reestructurando la familia con nuevas formas de socialización de la misma, que respondan a las exigencias del hombre y se eviten de ese modo las frustraciones afectivas, que están en la raíz de la prostitución. Es necesario crear para ello una sociedad en que la sexualidad se sienta menos reprimida y todos se consideren dueños de sus destinos y no prevalezca el tener sobre el ser (11).

NOTAS


  1. Plutarco, Vidas paralelas, Madrid 1964, 125.

  2. Y. Bullougb, The history of prostitutión, New York 1964.

  3. M. Schachter, A propos d'une certaine prostitution dangereuse: la prostitution «acte gratuit» chez de grandes adolescents: Revue de Psychiatrie V, 2 (1970) 158-173.

  4. M. Sacotte, La prostitución, Barcelona 1963.

  5. M. Dongier, L'attrait de la prostitution et de la prostituée: Acte Psychiatriq. Belge 64/7 (1964) 719-724; J. Corderch, Structure psychodynamique de la prostitution: Rev. de Psiquiatría y Sicología Médica VI/7 (1964) 517532; P. Durban, La psychológie des prostituées; Anal. Médico-Psychol. (1966) 169-192.

  6. O. Nilipon, La esclavitud de la mujer moderna, Madrid 1956.

  7. A. Dugre, La tolérence du vice d'aprés saint Augustin el saint Thomas: Gregorianum 6 (1925) 442-446.

  8. R. M. Palem, Prostituzione, en Dizionario di sessuologia, Assisi 1975, 551-561.

  9. J. Jiménez, Abolicionismo y prostitución, Madrid 1963; M. Sacotte, La prostitution. Que peut-on faire?, Buchet Chastel 1971.

  10. N. Blázquez, Prostitución, en Diccionario enciclopédico de teología moral, Madrid 1974, 874-889.

  11. K. Millet, La prostituzione, Torino 1975.



18. RELACIONES SEXUALES PARAMATRIMONIALES

En “Amor y sexualidad” problemas actuales de moral,

c.18, t.2. Ed. Sígueme, Salamanca, 1983, 583-610.

Entendemos por relaciones paramatrimoniales el uso pleno de la sexualidad fuera del matrimonio. La liberación del amor que estamos viviendo en la actualidad ha provocado una indiscutible explosión de la sexualidad genital en zonas que podríamos llamar marginadas. No es que en épocas anteriores no haya habido también explosiones similares. Pensemos, por ejemplo, en el renacimiento italiano. Pero ahora este fenómeno se presenta con características propias. Siempre ha habido faltas contra la ortografía, pero hoy hay quienes niegan las mismas reglas de ortografía. Siempre ha habido en materia sexual quienes han vivido la genitalidad al margen del matrimonio. Pero lo han hecho en general, con conciencia de obrar mal. Ahora, en cambio, no sólo hay quienes siguen actuando del mismo modo y creyéndose pecadores, sino que hay otros muchos que piensan que esta marginación de la sexualidad fuera del matrimonio o, por lo menos, de un matrimonio en sentido estricto, no es censurable.
Las principales manifestaciones de esta marginación son las relaciones pre o extramatrimoniales.
1. Relaciones sexuales prematrimoniales
Lo primero que hemos de hacer para enfocar adecuadamente este problema es distinguir convenientemente entre matrimonio in fieri o matrimonio de prueba, por una parte, y relaciones prematrimoniales, por otra. En el primer caso no se trata propiamente de relaciones prematrimoniales sino intramatrimoniales, mientras que en el segundo caso las relaciones son extramatrimoniales, aunque se vivan como una preparación al matrimonio. Por no hacer esta distinción de un modo claro y preciso existen no pequeñas confusiones a este respecto.
a) Matrimonio in fieri o de prueba
1) Descripción
En realidad, matrimonio in fieri o de prueba no se identifican totalmente. El matrimonio in fieri es un matrimonio que se realiza no instantáneamente como el matrimonio occidental basado en el consentimiento –un si que se da en un instante– sino un matrimonio, propio de los pueblos primitivos, que se gesta a lo largo de un proceso que dura más o menos tiempo y que implica diversas formalidades de carácter consuetudinario y social. «De ordinario, no se sabe del todo en qué momento exactamente, si es que lo hay, se ha formalizado realmente el mutuo consentimiento» (1).
El matrimonio no se realiza en un instante. Se empieza tanteando entre las dos parentelas la cesión de la mujer y su precio, se hacen después viajes exploratorios, se pasa más tarde a la cohabitación y al pago, a plazos, del precio convenido, y se concluye el proceso generalmente con el nacimiento de los hijos, prueba fehaciente de la no esterilidad de la madre (2).
El matrimonio de prueba, en cambio, constituye un matrimonio legal e instantáneo como el nuestro, pero reversible. El matrimonio in fieri tiene también un carácter de prueba. Si no resulta, sobre todo si la mujer no tiene hijos, se da por concluido. Pero lo propio de él es su extensión a lo largo del tiempo. El matrimonio de prueba propuesto por E. Parson en 1906 y Lindsey y Evans en 1927 y reconsiderado después por muchos modernos responde más bien al concepto de eficiencia característico de las culturas industriales.
El matrimonio de prueba cree en el amor para siempre. Pero piensa que es muy difícil en la actualidad. Por eso es mejor probarlo antes de hacer un compromiso definitivo.
La idea del matrimonio de prueba está surgiendo en muchos ante las dificultades concretas que encuentran los jóvenes esposos al casarse. Una gran parte de los matrimonios no llega a la plenitud sexual. Son muchísimas las mujeres que no han sentido nunca o casi nunca la plena satisfacción de la sexualidad. En el plano más íntimo del diálogo y de la compenetración amistosa, el problema es muchísimo mayor todavía. Todo esto hace que se viva el matrimonio un poco a la intemperie y que los jóvenes vean muy problemático comprometerse el uno con el otro de un modo total y para siempre. Es natural entonces, que, tratándose de algo tan importante para la vida, porque cubre quizás la parte más densa y profunda de nuestra existencia, muchos experimenten la necesidad de probar el matrimonio, antes de comprometerse definitivamente en él. Es como ocurre –perdón– cuando vamos a comprar melones. Estamos tan escarmentados de los que nos salen mal, que no nos animamos a llevárnoslos, si no podemos catarlos previamente (3).
Pero hay todavía algo mucho más profundo que nos lleva a mirar con simpatía el matrimonio de prueba y el matrimonio in fieri. Y es un deseo indiscutible que experimentamos en nuestro tiempo de ponernos en contacto directo con la vida, más allá de todas las estructuras socioculturales que nosotros, los hombres occidentales, hemos ido acumulando a lo largo de la historia y que, a veces, nos impiden ver el encanto sencillo y natural de la existencia.
En este sentido, casi llegamos a envidiar a los pueblos subdesarrollados. Por ejemplo, en África central, a este respecto, nos encontramos con ciertas tribus que viven el matrimonio en un contexto mucho más vital que nosotros. Nosotros somos capaces de realizar el matrimonio en un instante. Un momento antes del matrimonio la sexualidad está mal. Es pecado y una grave inmoralidad. Un momento después, la misma sexualidad no sólo es buena y lícita, sino hasta obligatoria. El famoso débito conyugal de los juristas.
Y esto ocurre no sólo en la cuestión matrimonial, sino también en otras zonas importantes de la existencia. Por ejemplo, en la compra o venta de un terreno o de cualquier otra cosa importante. Nosotros, los occidentales, podemos vender la Volkswagen a la Mercedes simplemente poniendo una firma debajo de un papelito.
Todo esto es consecuencia de un largo proceso de evolución. Poco a poco en occidente hemos ido analizando la realidad vital hasta encerrarla en conceptos y preceptos bien determinados y lo más breves y concisos posibles. Así la hemos podido manejar más fácilmente. Gracias a eso hemos llegado a dominar con la ciencia y la técnica el universo, acelerando cada vez más el proceso vital, hasta dar una importancia definitiva al valor del instante y la puntualidad. Hemos reducido la vida a puntos trascendentales.
En la misma liturgia cristiana occidental hemos querido determinar, por ejemplo, el momento preciso en que se realiza el misterio trascendental de la eucaristía. Empezamos por eliminar como no decisiva la liturgia de la palabra, después quitamos el ofertorio y terminamos por aislar, dentro del canon, la fórmula de la consagración. Y aun habrá casuistas que discutirán si sólo con la consagración del pan antes de que ocurra la del vino, podemos obtener el misterio eucarístico. Claro que hoy esta mentalidad ha sido ampliamente superada por el concilio Vaticano II. Pero demuestra una vez más la tendencia del hombre occidental en todos los terrenos a puntualizar y reducir a decisiones instantáneas las grandes tareas de la existencia.
En cambio el negro del África central vive los acontecimientos decisivos de su vida en un contexto más vital, en el sentido casi biológico de la palabra. Está más cerca de la naturaleza que nosotros. Para casarse, por ejemplo, el novio compra a la novia, pero la compra, diríamos, a plazos, que va pagando poco a poco al tío materno, que es quien decide la oportunidad o no de entregar a la joven. Si no tiene dinero para terminar de pagar lo estipulado o las cosas no van bien, sobre todo si no se tienen hijos, la muchacha es devuelta al clan del que procede y se da el ensayo por fracasado.
Lo mismo ocurre cuando se trata de comprar algo. El vendedor, después de ponerse de acuerdo con el comprador, debe consultar con su parentela, con los jefes de la tribu y hasta con los antepasados y las divinidades del poblado, a quienes se ofrece un rito mágico. Todo lo cual retarda la operación y permite madurarla. Intentar acelerar este proceso sería verdaderamente intolerable para la mentalidad de estos pueblos. Tendrían una sensación parecida a la que experimentamos nosotros cuando sufrimos un corte de digestión.
Pues bien, muchos hombres de nuestro tiempo, en occidente, empiezan a sentir más y más la necesidad de volver a la naturaleza. Se sienten como estafados por nuestra civilización superacelerada y antivital. Empezamos a huir de las ciudades contaminadas, en las que apenas podemos movemos y respirar. Y comenzamos a sospechar que las frutas y los pollos obtenidos artificialmente en un tiempo récord no son el ideal para nuestra salud. Y nos dan ganas de quedarnos con los productos no estandarizados del campo. Nos gustaría volver los ojos a los pueblos primitivos en muchos aspectos de la vida, también en lo que se refiere al matrimonio, para disfrutar de la espontaneidad de la vida. Y pensamos que quizás no están del todo descaminados quienes tratan de vivir un modelo de matrimonio más cerca de la naturaleza y por lo tanto más lento en su proceso de maduración (4).
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