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fecha de publicación22.01.2016
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2) Enjuiciamiento
¿Qué decir de todo esto? Indiscutiblemente hoy tenemos una mayor predisposición para comprender a estos pueblos subdesarrollados. Su contexto histórico es muy diferente del nuestro. Y también nuestros antepasados pasaron probablemente por un estadio sociocultural parecido. No podemos sin más ni más imponer nuestra estructura a unos pueblos que no están preparados psicológicamente para ello. Algunos misioneros y funcionarios occidentales han corrido este peligro en tiempos pasados queriendo desarraigar a sangre y fuego costumbres inveteradas, sin una adecuada preparación psicológica y, sobre todo, sin dar tiempo al tiempo. Por ejemplo, no se puede extirpar alegremente la poligamia en una sociedad cuya economía se apoya precisamente en ese hecho y en la que no hay sitio para las solteras. Provocaríamos un desastre económico y dejaríamos tiradas en la calle a una serie de mujeres que no habrían cometido otro pecado sino amar de acuerdo con los usos ancestrales de su gente. Ya vimos cómo el mismo Señor fue paciente, durante siglos, con el pueblo hebreo hasta que se consiguió la desaparición de la poligamia y el divorcio.
Pero otra cosa muy diferente es saber si el comportamiento de estos pueblos, en lo que se refiere al matrimonio de prueba, es un valor en sí al que debemos retornar. Tenía razón sin duda G. Jung cuando afirmaba que de vez en cuando hemos de hacer un rebusco en la sombra, es decir, en los elementos que hemos ido eliminando o reprimiendo a lo largo de los siglos, para recuperar algunos valores perdidos y poder de este modo ser yo mismo o nosotros mismos. De lo contrario nos exponemos a insistir en un desarrollo unilateral de la historia y de la humanidad.
Esto es indudable y lo que va a quedar sin duda como logro de este sensacional rebusco en las profundidades del inconsciente colectivo va a ser un mayor respeto a la vida en todo lo referente al matrimonio. Las estructuras deben estar al servicio de la vida y no la vida al servicio de las estructuras. Sobre esto no cabe discusión.
Pero esto ¿quiere decir que vamos a ignorar siglos y siglos de historia? ¿es necesario recomenzar de cero? ¿volveremos a la jungla, como ya está ocurriendo en algunos otros aspectos de la cultura moderna, por ejemplo, entre quienes rechazan sistemáticamente la higiene o ponen en el mismo pie de igualdad a Bach y ciertas musiquillas negroides sin garra y sin contenido? Esto sería claramente un retroceso absurdo y sin porvenir. No hace falta perder muchas energías en condenarlo. La misma historia se encargará de hacerlo, porque va radicalmente en contra del dinamismo de la vida.
La evolución ha consistido precisamente en una superación de la naturaleza. Poco a poco los hombres nos hemos ido alejando de la ambigüedad biológica para conseguir, a base de esfuerzos incalculables, la precisión humana. Gracias a esto hemos descubierto el concepto y el precepto de los antiguos griegos y romanos. Todo ello nos ha llevado a valorar el tiempo en su unidad más pequeña que es el instante. Lo que ocurre en mí se hace mío y se hace mío precisamente porque es expresión de mi yo. Y el yo lo vive como una totalidad no diluida, sino concentrada. Soy yo, yo mismo, protagonista de mi existencia entera y por siempre jamás. Y soy único e insustituible. Este descubrimiento del yo no puedo tirarlo por la borda, porque volvería a ser algo en vez de alguien y me alienaría radicalmente.
En esta línea volvemos a redescubrir el valor del sí. Algunos han visto como un signo de nuestro tiempo la ambigüedad y la indecisión, confundiendo lamentablemente libertad y responsabilidad con indecisión y falta de compromiso. Es necesario promover la decisión libre y responsable de la gente, pero esto no quiere decir que hemos de crear una generación que no sabe lo que quiere ni a dónde va y que no sabe o no puede comprometerse con nada ni con nadie. Sin darnos cuenta estamos sustituyendo el sí o no claros y precisos por el casi. Y así tenemos casi casados, casi célibes, casi cristianos y hasta casi hombres, como le ocurrió a aquel a quien le preguntaron cuál era su sexo y respondió: «varón, pero sin fanatismo».
Está bien prepararse al sí, pero una vez dado, hemos de saber que un sí es un sí. Y que en el amor un sí es total y para siempre, como dijimos antes. Pablo, un gran místico y al mismo tiempo un gran psicólogo, lo dice tajantemente en su segunda carta a los corintios, que es una especie de desahogo del apóstol:
Al proponeros esto, ¿obré a la ligera? O lo que yo me he propuesto, ¿me lo propuse llevado de sentimientos humanos, de manera que haya en mí «sí» y «no»? Pero Dios me es testigo fiel de que nuestra palabra con vosotros no es «sí» y «no». Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, que os hemos predicado yo, Silvano y Timoteo, no ha sido «sí» y «no», antes ha sido «sí». Cuantas promesas hay de Dios son el «sí», y por él decimos «amén», para gloria de Dios en nosotros. Es Dios quien a nosotros y a vosotros nos confirma en Cristo, nos ha ungido, nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones (2 Cor 1, 17-22).
En Cristo la maduración sociocultural del si se hace mistérica. Gracias al Espíritu santo, nuestro sí humano se hace trascendente y se graba a fuego, como si quedáramos sellados por Dios.
El deterioro del sí es en gran parte fruto de la sociedad alienante de consumo en lo que tiene de peor y de más negativa. Los jóvenes que más se oponen a un compromiso serio y definitivo en el matrimonio, no son los mejores, los más abiertos, los más comprometidos de verdad, sino los que todavía se sienten hijos de papá y no acaban de despegar de la sociedad de consumo hacia una sociedad más justa y humana. La sociedad de consumo, en efecto, ha consagrado el famoso eslogan «úselo y tírelo». Esto puede estar más o menos bien cuando se trata de cosas. Pero no podemos en modo alguno aplicarlo a las personas. El yo y el tú, en lo que tienen de más radicalmente suyo, son insustituibles. Pensemos, antes de lanzarnos a la aventura de amar al otro, lo que vamos a hacer, porque después no podremos tirarlo al cesto de la basura, como si fuera una servilleta de papel. Destrozaríamos probablemente al tú y nuestro yo quedaría profundamente degradado. Muy poca diferencia habría entre nosotros y el vampiro existencial de que nos habla Sartre.
Frente a esta superficialidad imprecisa y descomprometida del «úselo y tírelo» preferimos el compromiso profundo y bien definido del sí total y para siempre. Entre el mito de don Juan, cuya ambigüedad y falta de compromiso ha sido tan finamente analizada por Marañón, y el Dios de Oseas que está dispuesto a amar al tú, pase lo que pase, nos quedamos con este último. No olvidemos que la mayor dificultad en el acoplamiento matrimonial procede no de la sexualidad, sino de la amistad. La técnica sexual no es difícil y puede aprenderse sin mayores problemas. Donde de verdad podemos encontrar serias dificultades es en el campo de la compenetración psicológica, que puede incluso interferir en la misma sexualidad. Cuando se insiste en el matrimonio de prueba, es, en el fondo, porque se sigue pensando con una mentalidad anacrónica del siglo pasado, que la causa principal de las crisis matrimoniales es el problema sexual. Y, como se piensa que no es lo mismo conocer por fuera o por dentro las dificultades, se desea hacer el matrimonio de prueba para comprobar desde dentro si el matrimonio funciona o no. Pero no siendo la sexualidad la causa principal, ni mucho menos, de las crisis matrimoniales, sino la amistad y siendo ésta, hoy sobre todo, posible antes del matrimonio, no se ve el porqué del matrimonio de prueba. Los novios tienen en la actualidad suficientes oportunidades para vivir desde dentro su amistad y para comprobar si son capaces o no de darse un sí total y para siempre.
De todos modos no han faltado entre los mismos teólogos y juristas quienes han aceptado la hipótesis del matrimonio de prueba a partir de una actitud de la iglesia, cuyos orígenes se remontan a la edad media. Nos referimos al llamado matrimonio rato y no consumado. Como vimos anteriormente, este matrimonio es absolutamente válido desde el momento en que los esposos se dan el consentimiento mutuo. Pero no es indisoluble hasta que los esposos lo consuman sexualmente. En el fondo tendríamos aquí una especie de matrimonio de prueba. Si entre el matrimonio y su consumación física las cosas no van bien o a uno de los cónyuges se le ocurre pensar que se ha equivocado de camino y que Dios le llama a la vida religiosa, puede disolverse este matrimonio. Claro que hoy –no así en la edad media– son muy pocos los casos en que se da este matrimonio rato y no consumado. En general, la consumación sigue a las pocas horas del matrimonio, a no ser en el matrimonio por poderes, en que los esposos tardan en reunirse o no llegan a hacerlo nunca. Se comprende que en estos casos ocurra más fácilmente una crisis matrimonial.
En realidad, nunca nos ha convencido demasiado esta teoría y praxis del matrimonio rato y no consumado, como explicaremos más detalladamente al hablar de la indisolubilidad matrimonial. Por otra parte, como dijimos antes, hay actualmente algunos teólogos y juristas que pretenden una ampliación de esta doctrina extendiendo la consumación a lo psicológico. Mientras no se dé un acoplamiento fundamental en todos los órdenes entre él y ella, el matrimonio no estaría plenamente consumado y podría rescindirse.
Esta consumación psicológica la admite hoy la iglesia para el momento de contraer el matrimonio, pero no para después. Si cuando él y ella se casan, no se entregan de verdad y responsablemente de un modo total y para siempre, el matrimonio no es válido y puede ser declarado nulo. Así, de hecho, la iglesia ha extendido las causas de nulidad en un afán sincero y entrañable de resolver problemas angustiosos de separación de los cónyuges. Pero rescindir un matrimonio, que se considera válido, por no llegar a su consumación plena, no parece aceptable. Ya que o ha sido válido y lo ha sido porque el yo y el tú constituían en ese momento un auténtico nosotros y entonces no hay que esperar a su consumación psicológica, o no formaban en aquel momento un nosotros de verdad y entonces el matrimonio es inválido y puede más tarde ser declarado nulo.
Otra cosa diferente es saber si un matrimonio, que fue válido, puede después ser rescindido, si se llega a una verdadera incompatibilidad psicológica de los cónyuges. Pero de eso hablaremos más tarde con ocasión del divorcio.
En realidad, lo que aquí se ventila es saber si yo puedo entregarme al tú para siempre, pero de un modo condicional. A lo que respondemos de un modo categórico que no. Como decíamos a propósito de la amistad, la entrega al tú tiene que ser necesaria-

mente para siempre. El para siempre no es accidental y adjetivo en el amor, sino esencial y sustantivo. El yo y el tú nos amamos porque tanto él como yo nos sentimos insustituibles. No somos cosas que pueden usarse y después tirarse al cesto de la basura. Somos personas únicas e irrepetibles. Yo no puedo sustituir al tú por otro. Lo degrado radicalmente. Antes de decidirme por él puedo y debo pensarlo y madurarlo para hacer la elección del modo más libre y responsable posible. Pero hecha la elección, el tú es un tú para mí, y por eso mismo un tú que no puedo sustituir por otro. Si lo hago será a base de alienar radicalmente a ese tú. Y yo me degradaré con él. Porque desde que nos unimos hemos formado un

nosotros del que soy existencialmente parte. En ese nosotros yo me siento único e insustituible para amar al otro. Renunciar a esa insustituibilidad es minar lo mejor de mí mismo, aquello precisamente que hace de mí algo más que una cosa, lo que me coloca

en la categoría de persona, de alguien único e irrepetible. Lo que yo tengo o hago lo puede tener o hacer otro, pero lo que yo soy no lo puede ser nadie más que yo a lo largo de toda la historia (5).
Si el matrimonio de prueba se reduce a una experiencia puramente sexual, puede ser que llegue a eliminar ciertas incompatibilidades físicas, cuyo descubrimiento después del matrimonio puede provocar conflictos conyugales, pero no constituye en modo alguno una garantía de estabilidad para el matrimonio. La satisfacción sexual es un factor necesario en el amor, pero no es el único ni el más importante. En realidad, una experiencia sexual no es un matrimonio.
Si el matrimonio de prueba quiere ser una experiencia de vida en común, es sin duda alguna una cosa mucho más seria y profunda. Pero ¿cuánto tiempo deberá durar esta prueba? La armonía psicológica de la pareja exige mucho tiempo y de hecho nos encontramos con divorcios incluso después de veinte o veinticinco años de matrimonio, como consecuencia de una prolongada crisis de adaptación o de aburrimiento. Pero además una experiencia, que no se decide a afrontar el amor como un proyecto para siempre, no es en realidad un matrimonio. Es otra cosa. Por lo que no ofrece garantía alguna respecto al futuro matrimonial. En realidad, no podemos asegurar el amor como se asegura una casa contra incendios. Según dice O. Thibault, «ya que es imposible eliminar el riesgo en el amor, lo mejor es prepararnos para afrontar el riesgo» (6).
b) Relaciones sexuales prematrimoniales
Los sondeos y estadísticas que hemos realizado sobre este fenómeno no son lo suficientemente significativos como para poder afirmar de un modo preciso y riguroso el volumen y la importancia de las relaciones sexuales prematrimoniales. De todos modos parece que no exageramos si decimos que este problema es importante en nuestra sociedad. Siempre ha habido fallos en las relaciones prematrimoniales, sobre todo en los ambientes rurales. En algunos sitios, incluso, se consideraba necesario antes de casarse demostrar prácticamente la capacidad de tener hijos para asegurar los mayorazgos. Pero, en general, hoy este fenómeno es mucho más extenso, sobre todo en las ciudades y particularmente en los ambientes más desarrollados, hasta el punto de que podemos hablar de verdadera proliferación.
1) Causas
Las causas de este hecho son sin duda complejas. En parte se debe a la irrupción de la mujer en el mundo moderno. Mientras la mujer vivió enclaustrada detrás de unas rejas, el trato de los novios estuvo muy vigilado. Prácticamente los chicos y las chicas no podían verse solos. Se encontraban a través de la ventana enrejada, en las plazas de los pueblos o ciudades, más por grupos que a solas, o en compañía de la famosa «carabina». Todo esto

cortaba casi de raíz la posibilidad de las relaciones sexuales prematrimoniales. Hoy, en cambio, los chicos y las chicas tienen una gran libertad de salir juntos y de encontrarse a solas. El coche y los apartamentos juveniles han contribuido no poco a la explosión de este fenómeno.
Otra causa, que ha contribuido también considerablemente a este fenómeno, ha sido la liberación del tabú sexual que estamos viviendo en estos momentos. Hemos pasado de un extremo a otro. De la represión brutal a la liberación desenfrenada. Nada de extraño por eso que muchos jóvenes deseen afirmar su autonomía en un mundo liberado, precisamente, por medio de las relaciones sexuales prematrimoniales. Sienten una profunda satisfacción de poder vivir el amor a sus anchas sin control de nadie y dejándose llevar sencillamente de su amor. Se sienten más ellos mismos y creen con esto haber conseguido una primera etapa de su liberación social. El amor y la sexualidad no tienen por qué dar cuenta a nadie de sus exigencias y dinamismo (7).
2) Valoración
Antes de estudiar este problema hemos realizado un sondeo entre padres, educadores y sacerdotes comprometidos en la pastoral juvenil para ver lo que pensaban a este respecto. En general, casi todos se han declarado contra las relaciones sexuales prematrimoniales, pero casi ninguno de ellos ha sabido decir por qué, lo que es sumamente grave. A los jóvenes hoy no les podemos imponer las cosas porque sí, porque siempre se han hecho de un determinado modo, porque no lo quiere la sociedad o la iglesia, porque los padres se van a enfadar y reaccionarán violentamente. Todo esto no hace mella en la mayor parte de los jóvenes de nuestro tiempo. Si no les damos razones válidas que prueben la autenticidad de nuestras opciones, seguirán viviendo a su aire la sexualidad prematrimonial, convencidos incluso de que hacen bien.
Esto indica el grado de intrinsecismo que tenía nuestra moral tradicional. Ya han pasado, gracias a Dios, los días en que podíamos imponer la moral desde fuera. Hoy los jóvenes estarán dispuestos a hacer cosas difíciles, siempre que vean en ella algo profundo y radical. En este sentido, el problema estriba últimamente en saber si las relaciones sexuales prematrimoniales están o no en contra del dinamismo intrínseco del amor, pero escindiéndose de las imposiciones externas de la sociedad.
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