Selección de capítulos




descargar 1.59 Mb.
títuloSelección de capítulos
página45/49
fecha de publicación22.01.2016
tamaño1.59 Mb.
tipoLección
b.se-todo.com > Historia > Lección
1   ...   41   42   43   44   45   46   47   48   49
1) Libertad sexual
La explosión de la familia nuclear se realiza muchas veces en un clima contestatario que analizamos anteriormente a propósito de la revolución sexual. Se busca a todo trance liberarse de la represión sexual por los medios más extravagantes.
Cada primavera se inicia en los Estados Unidos una enorme emigración. Solos o en grupos, cargados con sacos de dormir, mantas y trajes de baño, unos 15000 estudiantes americanos dejan a un lado sus libros de texto y se dejan llevar por un agudo instinto migratorio que les conduce a la playa de Fort Lauderdale, Florida, blanqueada por el sol. Allí, durante una semana, esta gregaria y confusa masa de adoradores del sol y del sexo nada, duerme, flirtea, bebe cerveza y se tumba en la arena. Al terminar este período, las muchachas de bikini y sus bronceados admiradores lían los bártulos y emprenden el éxodo en masa. Cualquiera que se encuentre cerca de la caseta montada por esta ciudad de descanso para dar la bienvenida al turbulento ejército oirá los estruendosos anuncios del altavoz: «Un coche con una pareja puede llevar a un pasajero hasta Atlanta... Necesito trasladarme a Washington... Salgo a las diez para Louisville ... ». A las pocas horas, nada queda de la bulliciosa «asamblea playera», salvo botes y latas de cerveza tirados en la arena, y un millón y medio de dólares en las cajas de los comerciantes locales, que consideran esta invasión anual como una bendición diabólica, que amenazando la salud pública, aumenta sus beneficios privados.
Lo que atrae a los jóvenes es algo más que una irreprimible pasión por el sol. Tampoco solamente el sexo, cuya satisfacción puede conseguirse en cualquier otra parte. Más bien es una impresión de libertad sin responsabilidad. Según una estudiante neoyorquina que estuvo recientemente en este festival «una no tiene que preocuparse por lo que hace o por lo que dice, porque ciertamente nunca volverá a ver esas personas». Lo que proporciona el rito de Fort Lauderdale es una aglomeración transitoria de personas que hace posible una gran diversidad de relaciones interpersonales. Y es precisamente esto –la temporalidad– lo que caracteriza cada vez más las relaciones humanas a medida que avanzamos hacia el superindustrialismo. Pues así como las cosas y los lugares pasan a ritmo creciente por nuestras vidas, lo propio hacen las personas (24).
Cuando el «club Mediterráneo» vende un boleto de vacaciones que lleva a una joven secretaria francesa a Tahití o a Israel para una semana o dos de sol y de sexo, fabrica para ella una experiencia con el mismo cuidado y tan sistemáticamente como Renault fabrica sus coches. Así un anuncio de dos páginas en The New York Times Magazine empieza con estos titulares: «Tómense 300 hombres y mujeres. Colóquense en una isla exótica. Y elimínese toda presión social». Establecido en Francia, el «club Mediterráneo» dirige actualmente 34 «pueblos» de vacaciones en todo el mundo (25).
Los jóvenes rechazan una moral puramente formal y teórica, que no tiene en cuenta la vida y que se apoya últimamente en el miedo a la sexualidad en general y al otro sexo en particular. Esta moral no tiene en cuenta los valores y se sostiene gracias al conformismo social. Además los jóvenes se rebelan cada vez más contra el monopolio sexual de los adultos, como si la sexualidad fuera un dominio exclusivo suyo. Y, finalmente, los jóvenes reaccionan cada vez más contra el fariseísmo de una sociedad erotizada al máximo (cine, literatura, teatro, televisión, publicidad) desde el punto de vista de los estímulos, pero que después no da oportunidades para satisfacer el deseo sexual ni una educación capaz de dominarlos (26).
2) Sexualidad difusa
Más importante y trascendental es el fenómeno de la sexualidad difusa, del que hablamos anteriormente, y el de la apertura a una amistad que desborda ampliamente los límites del hogar. Como dice E. Fromm, el hombre está llamado a una amistad universal:
Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar. La afirmación básica contenida en el amor se dirige hacia la persona amada como una encarnación de las cualidades esencialmente humanas. Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El tipo de «división del trabajo» corno lo llamó W. James, que consiste en amar a la propia familia pero ser indiferente al «extraño» es un signo de una incapacidad básica de amar. El amor al hombre no es, como a menudo se supone, una abstracción que sigue al amor a una persona específica, sino que constituye su premisa, aunque genéticamente se adquiera al amar a individuos específicos (27).
3) Sustitución sexual
La sabiduría popular recomienda evitar las tentaciones huyendo de las personas sexualmente atractivas. Pero la huida no es una solución definitiva, ya que el miedo crea una situación de inseguridad en el hombre. Por eso lo mejor, según algunos, es insensibilizar sexualmente a las personas. Para ello el método más sencillo es el de la «sustitución sexual» en virtud de la cual se desplaza la sexualidad a otros campos más inofensivos, como el perro, el gato, una muñeca, las ideologías, los partidos políticos.... etc. Por ejemplo, el niño que no es criado por su madre fácilmente sustituye el seno materno por su dedo pulgar. Estos desplazamientos y sustituciones constituyen uno de los mecanismos de defensa más usados por el hombre en su apertura sexual (28).
b) Es posible amar a varias personas a la vez?
Aquí cabe hacerse una pregunta sumamente importante para el futuro de la familia y que no podemos soslayar por más tiempo, porque empieza a preocupar a muchísima gente de buena voluntad. ¿Es posible amar de un modo total y para siempre a varias personas a la vez ? No se trata, como se ve por la pregunta, de una amistad más o menos social en la que el yo y el tú no se dan total y definitivamente, sino de un tipo de amistad en que ésta es vivida de un modo radical y hasta las últimas consecuencias.
1) Amor no genital
La respuesta a esta pregunta será diferente, según se excluya o no la genitalidad. En el primer caso, aunque se trate de una amistad intersexual, optamos por la respuesta afirmativa. Podemos querer a más de una persona al mismo tiempo y por cierto de un modo total y para siempre, con tal de que las queramos de un modo diferente. Si las quisiéramos del mismo modo, en ese caso no las querríamos de un modo insustituible. Podríamos, en efecto, sustituir a una por otra. Y la amistad consiste precisamente en darse el yo al tú en lo más radical de la persona, en lo que ésta tiene de único e irrepetible. Así, por ejemplo, el hombre puede y debe amar con todo su ser a Dios y al prójimo. Dios no es celoso del prójimo. Todo lo contrario. Nos llega a decir que, si no amamos al hermano a quien vemos, no podremos amar a Dios a quien no vemos (1 Jn 4, 20). Tampoco el hombre puede ser celoso de Dios, ya que su amor, lejos de anular el amor humano, lo potencia y consolida. Igual ocurre a nivel humano. Podemos amar con todo el ser a los padres, al cónyuge, a los hijos y a los amigos. Pero con tal que los amemos de modo diferente. Incluso, cuando se trata de personas situadas en la misma categoría, por ejemplo, los hijos, es necesario amar de modo diferente a cada uno viendo en él alguien único e insustituible. Desde el momento que se pensara, pongamos el caso, que este hijo, que acaba de morir, puede ser sustituido por otro, dejaríamos de amarlo verdaderamente.
2) Amor genital
¿Y en el plano genital? ¿no es posible querer de verdad al cónyuge y, sin dejar de quererle absolutamente nada, querer también al mismo tiempo a otra persona? ¿por qué aquí precisamente hemos de poner una limitación, cuando en todos los demás casos nos decidimos abiertamente por la apertura?
El problema no es nada fácil. Hemos de reconocerlo con sencillez y humildad. Esto explica que durante siglos la humanidad haya aceptado la poligamia. El mismo Dios, que hace la alianza con Israel, la tolera durante siglos. Ante este hecho, Tomás tuvo que hacer malabarismos dialécticos para explicar que la prohibición de la poligamia está implicada en el derecho natural. Aun ahora, en nuestro mundo, después de varios siglos de haber tomado conciencia del matrimonio monogámico, no tenemos muy claras las razones de por qué. Y cuando los jóvenes contestatarios nos urgen con sus argumentos y sobre todo con sus hechos no quedamos a veces muy bien parados en un enfrentamiento frontal con ellos.
Muchos psicólogos como Duyckaerts, Oldendorff, Sarano, etc., piensan que querer hacer entrar a la fuerza toda la sexualidad en el matrimonio puede provocar una verdadera explosión. B. Russell en su libro Le mariage et la morale, critica de un modo severo la influencia de los factores socioculturales y religiosos sobre el matrimonio (29).
Sin embargo, la existencia de esta dificultad no justifica de por sí volver hacia estadios superados en la evolución de la humanidad. No cabe duda que el hombre se va madurando poco a poco y poco a poco también va tomando conciencia de nuevas y más profundas exigencias que bullen en el interior de su ser. Hoy, por ejemplo, después de haber descubierto el valor de la libertad humana para contraer matrimonio, no podemos pretender volver a la época aquella en que se compraba a la mujer como una mercancía. Podemos explicar de algún modo las situaciones pasadas, pero no podemos ignorar la evolución del hombre y su nueva manera de vivir. Lo que no quiere decir que nos movamos sólo entre sobreestructuras circunstanciales que podemos cambiar a nuestro antojo. Algunas de estas exigencias, que hemos descubierto en el decurso de los siglos, aunque fuesen ignoradas por las generaciones anteriores, no son simple moda, sino expresión de algo que estaba latente y que un buen día ha terminado por aflorar al nivel de la conciencia.
a) Falsas razones en contra de las relaciones sexuales extramatrimoniales
¿Qué razones podemos aducir hoy para oponernos al fenómeno de la neopoligamia que algunos tratan de introducir en nuestra sociedad?
Ciertamente no podemos oponernos a él por motivos definitivamente superados, como puede ser el «derecho de propiedad» exclusiva sobre el cuerpo del otro que concede a los cónyuges el matrimonio. Hoy pensamos que el matrimonio no es un contrato de compraventa. No se compra al otro. Ni siquiera deberíamos decir que «tenemos novio o novia», «tenemos marido o mujer». No se tiene a alguien. Se es un nosotros. Del mismo modo que en rigor no se tiene una empresa. Se es una empresa, una comunidad de trabajo. Se tiene un coche, se tienen unas máquinas, pero no se tiene a unas personas. Y menos todavía se las posee. Es cierto que en el antiguo testamento todavía se enfoca el problema del adulterio a la luz del derecho patriarcal de propiedad. Por eso se prohíbe desear el campo, la casa, el asno y la mujer del prójimo. Pero en esto la revelación no hace sino adaptarse al contexto histórico en que se realiza, lo que indica, como ya vimos, la capacidad de adaptación que Dios tiene en su trato con los hombres. Pero hoy, después de veinte siglos de cristianismo y después del enorme impacto que el personalismo ha hecho en el mundo actual, no podemos fundamentar nuestro rechazo de la poligamia y de las relaciones sexuales extramatrimoniales en un pretendido derecho de propiedad sobre el otro, como si el otro fuera una cosa que se compra y que se posee en plan de propiedad privada. Incluso, enfocadas las cosas así, el argumento terminaría por desfondarse, porque vamos a pasos agigantados hacia una socialización de la propiedad.
Tampoco hemos de apoyamos en los «celos» para excluir las relaciones sexuales extramatrimoniales. Los celos son expresión de un amor poco seguro en sí mismo. Demuestran que de verdad no nos hemos dado de un modo total y para siempre el uno al otro. Los celos se sitúan en esa zona turbia en que la generosidad no ha superado todavía de un modo claro y tajante el riesgo del narcisismo. De prevalecer los celos, el yo terminará por encerrarse en sí mismo, regresando al seno materno para saborear allí de un modo angustioso y casi neurótico su falta de apertura y de compromiso.
Ni siquiera «los hijos» son el motivo radical de la exclusión de las relaciones sexuales extramatrimoniales. Con motivo de la Humanae vitae muchos llegaron a pensar que al papa más que la píldora le preocupaba el problema de la explosión de la sexualidad. En efecto, el esquema clásico de la moral sexual era el siguiente: las relaciones sexuales están orientadas esencialmente a la procreación, ahora bien el hogar es imprescindible para los hijos, luego las relaciones sexuales son exclusivas del matrimonio. Pero, si admitimos que las relaciones pueden cerrarse sistemáticamente a los hijos y vivirse como simple expresión de amor mutuo, no se ve por qué no pueden ser también expresión de esa amistad que parece inevitable en el mundo de nuestros días. Es cierto que el amor de los padres repercute sustancialmente en los hijos. Estos son hasta cierto punto consecuencia del desbordamiento del amor que se tienen los padres. Y si éstos no se aman, los hijos quedarán profundamente tarados por esta deficiencia. Pero, en realidad, el amor de los padres es separable de los hijos. Estos pueden muy bien no existir y, sin embargo, queda en pie el problema de las relaciones sexuales extramatrimoniales.
b) Posibles razones en contra de las relaciones sexuales extramatrimoniales
El criterio, como siempre, tenemos que buscarlo en el dinamismo intrínseco del amor que se tienen él y ella y no en elementos exteriores al mismo. ¿Exige el amor conyugal vivirse en exclusiva? Creemos que sí. Y aquí llegamos a la raíz de la cuestión.
Lo cósmico. Hemos de distinguir claramente para solucionar este problema, dos formas de dar que tenemos en nuestras manos. Un dar que podríamos llamar materializado, y otro más espiritual o psicológico. En el primer caso, cuando yo doy lo que tengo, lo pierdo. Por ejemplo, si tengo dinero en mi poder. Un millón de euros. Si los doy, me quedo sin ellos. Esto ocurre siempre que se trate de cosas. En cambio, cuando se trata del plano espiritual, lejos de perder lo que doy, gano. Por ejemplo, está comprobado que la mejor manera de aprender es enseñar lo que se está estudiando. Y lo mismo podemos decir del amor. Cuanto más me dé a los otros, mayor será mi capacidad de amar. Como decía un psicólogo, el hombre que se encierra en su hogar y no es estimulado de, alguna manera por varias mujeres o la mujer que no sale de su casa para nada y no es estimulada por varios hombres, terminan por empobrecerse afectivamente y caerán seguramente en la banalización de su amor conyugal. Nos referimos, claro está, a una amistad no genital.
¿Por qué no podemos también abrirnos en el plano genital? Sencillamente, porque la genitalidad tiene una profunda resonancia cósmica. Se diría que está en íntimo contacto con la naturaleza. Aunque puede y debe ser expresión de la persona, es de por sí más algo que alguien. Lo mismo que si yo ofrezco una caja de bombones, aunque lo haga como expresión de mi yo, doy una cosa y ésta se acaba al darla. La sexualidad genital, por su proximidad a lo cósmico, tiene una consistencia material que la limita radicalmente. La fenomenología del orgasmo nos hará descubrir en él una especie de resonancia de las explosiones primordiales del cosmos, que nos deja profundamente sobrecogidos. Cuando este instinto que ocurre «en mí», la sexualidad, se hace verdaderamente «mío», como expresión de todo mi ser, no puede dejar de ser lo que es, resonancia cósmica y por lo tanto cuantitativo además de cualitativo. Por eso quizás todos los hombres y mujeres, hoy, a pesar de sentirse muy liberales en el pensamiento, cuando se plantean en su propia carne el problema de las relaciones sexuales extramatrimoniales, terminan por experimentar, si no con la cabeza, sí con el corazón, que su genitalidad es exclusiva y que se agota al darse de una vez para siempre a la persona amada. Esta y no otra cosa es el fenómeno del enamoramiento que todos más o menos hemos vivido y que poetas y filósofos de todos los tiempos han tratado de describir y analizar, desde el Cantar de los cantares hasta las más modernas películas de fondo psicoanalítico.
Lo psicosocial. El hombre tiene miedo instintivo a la soledad, a la separatidad y quiere sentirse en comunión con el cosmos. Los pueblos primitivos intentaban vivir esta comunión por medio de expresiones de tipo orgiástico.
La raza humana, en su infancia, se siente una con la naturaleza (como el niño unido a su madre). El suelo, los animales, las plantas, constituyen aún el mundo del hombre, quien se identifica con los animales, como lo expresa el uso que hace de máscaras animales, la adoración de un animal totémico o de dioses animales. Pero, cuanto más se libera la raza humana de tales vínculos primarios, más intensa se torna la necesidad de encontrar nuevas formas de escapar del estado de separación.
Una forma de alcanzar tal objetivo consiste en diversas clases de «estados orgiásticos». Estos pueden tener la forma de un trance autoinducido a veces con la ayuda de drogas. Muchos rituales de tribus primitivas ofrecen un vívido cuadro de ese tipo de solución. En un estado transitorio de exaltación, el mundo exterior desaparece, y con él, el sentimiento de separatidad con respecto al mismo. Puesto que tales rituales se practican en común se agrega una experiencia de fusión con el grupo, que hace aún más efectiva esa solución. En estrecha relación con la solución orgiástica y, frecuentemente, unida a ella, está la experiencia sexual. El orgasmo sexual puede producir un estado similar al provocado por un trance o a los efectos de ciertas drogas. Los ritos de orgías sexuales comunales formaban parte de muchos rituales primitivos. Según parece, el hombre puede seguir durante cierto tiempo, después de la experiencia orgiástica, sin sufrir demasiado a causa de su separatidad. Lentamente, la tensión de la angustia comienza a aumentar y disminuye otra vez por medio de la satisfacción ritual.
Mientras tales estados orgiásticos constituyen una práctica común en una tribu, no producen angustia o culpa. Participar en ellos es correcto e, inclusive, es virtuoso, puesto que constituyen una forma compartida por todos, aprobada y exigida por los médicos brujos o los sacerdotes; de ahí que no existen motivos para sentirse culpables o avergonzados. La situación es enteramente distinta cuando un individuo elige esa solución en una cultura que ha dejado atrás tales prácticas comunes. En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición. En contraste con los que participan en la solución socialmente aceptada, tales individuos experimentan sentimientos de culpa y remordimiento. Tratan de escapar de la separatidad refugiándose en el alcohol y las drogas (por ejemplo, con frecuencia los hijos de divorciados); pero cuando la experiencia orgiástica concluye, se sienten más separados aún; y ello los impulsa a recurrir a tal experiencia con frecuencia e intensidad crecientes. La solución orgiástica sexual presenta leves diferencias. En cierta medida, constituye una forma natural y normal de superar la separatidad y una solución parcial al problema del aislamiento. Pero en muchos individuos que no pueden aliviar de otra manera el estado de separación, la búsqueda del orgasmo sexual asume un carácter que lo asemeja bastante al alcoholismo o a la afición a las drogas. Se convierte en un desesperado intento de escapar a la angustia que engendra la separatidad y provoca una sensación cada vez mayor de separación, puesto que el acto sexual sin amor nunca elimina el abismo que existe entre dos seres humanos, excepto en forma momentánea (30).
Hoy en día, con el descubrimiento de la persona como alguien único, irrepetible e insustituible, los hombres se resisten a pensar que no son «el único» o «la única» en el encuentro de amor. La fijación sexual es el fruto de la madurez sexual psíquica. Se diría que con el tiempo el yo y el tú, en virtud de una especie de impregnación sexual, se hacen insustituibles el uno para el otro. Por eso nada de extraño que la inestabilidad juvenil dé paso con el tiempo a una consolidación que hace imposibles o excepcionales los intercambios sexuales. Si el encuentro del yo y el tú es satisfactorio, no hay motivos para ir en busca de otras experiencias. Cualquier encuentro periférico dirá relación a la persona que se ama desde siempre y para siempre. De esa manera «él» llega a ser la encarnación del hombre y «ella» de la mujer.
Lo religioso. No queda la menor duda que en el pensamiento cristiano, a partir de la Biblia y en especial del nuevo testamento, las relaciones sexuales extramatrimoniales están condenadas. Lo que no aparece claro en esa condenación es el motivo o los motivos intrínsecos de la misma.
1   ...   41   42   43   44   45   46   47   48   49

similar:

Selección de capítulos iconSelección natural
«costo» de la selección natural,2, ySewall Wright, quién elucidó sobre la selección y la adaptación,3

Selección de capítulos iconResumen de capítulos 5, 6, 7, 8, y 9

Selección de capítulos iconRealidades 3 repaso examen final capítulos 5-8

Selección de capítulos icon2. Desde la perspectiva que defiende la selección multinivel, la...

Selección de capítulos iconSelección La selección del ganado se realiza en los establecimientos...

Selección de capítulos iconLa vida comúN en la interpretación de los últimos Capítulos Generales...

Selección de capítulos iconA continuación se presenta el Resumen Analítico Educativo (rae) de algunos capítulos del libro

Selección de capítulos iconTesis de trabajo 6 Metodología 7 Índice por capítulos y tema de trabajo

Selección de capítulos iconSeparata preparada para la Maestría en Gerencia y Atención a Personas...

Selección de capítulos iconSeleccióN selección en masa




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com