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2. La paternidad responsable en el concilio Vaticano II
Tal como se habla planteado el problema de la paternidad responsable antes del concilio y dadas las expectativas del mundo por saber lo que la iglesia católica decidía en esta materia tan trascendental, era inevitable que el concilio Vaticano H se viera abocado a plantearse este problema, como así ocurrió de hecho.
a) Interés del concilio por este problema
El gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón (Gaudium et spes, n. l).
Uno de los problemas que más ha preocupado al mundo de nuestro tiempo y también a la iglesia es, sin duda, el problema de la natalidad, sobre todo en los países en vías de desarrollo, sometidos a un fuerte proceso de explosión demográfica. También en el ámbito de los países más o menos desarrollados se dan casos frecuentes en que se impone por diferentes motivos serios y hasta graves el control de la natalidad. Como hombres y cristianos nos preocupa esta situación angustiosa de miles de hermanos nuestros que con frecuencia se han sentido entre la espada y la pared.
Este era el clima psicológico que reinaba en el concilio a la hora de abordar este tema polémico y trascendental para el mundo.
b) Paternidad responsable
El concilio no quiso de intento afrontar el tema de la jerarquía de fines dentro del matrimonio. En el fondo, este problema, como dijimos antes, está francamente superado. Pero, en cambio, el Vaticano II ha afirmado netamente el principio de la paternidad responsable.
1) ¿En qué consiste la paternidad responsable?
Aunque la familia voluntaria y responsablemente numerosa constituye, según el concilio, un gran valor para la sociedad, sin embargo no podemos decir que el ideal cristiano sea una familia instintivamente numerosa. No hay que tener menos hijos ni más de los que Dios pide a cada matrimonio en una situación concreta. Está mal no tener hijos por egoísmo, pero también está mal tenerlos irresponsablemente.
El niño que viene al mundo, tiene derecho a tener un hogar y a ser alimentado y educado convenientemente (15). Pero cabe preguntarse hasta qué punto muchas familias están capacitadas para proporcionar todo esto a sus hijos.
La pasividad irresponsable no puede presentarse, según el concilio, como una virtud. Constituye un grave pecado de irresponsabilidad. Algunos todavía no han acabado de entender esto. Piensan, en efecto, que la paternidad responsable se reduce a tolerar por un motivo u otro la limitación de la natalidad y no ven en ella una verdadera obligación. Lo mismo que es culpa moral no tener hijos, cuando se deben tener, es también culpa tenerlos cuando no se deben tener. Esto después del concilio está definitivamente claro.
2) ¿Quiénes son los responsables de la paternidad?
Respecto al sujeto de la paternidad responsable hay no pocas confusiones entre la gente en apariencia bien formada. Hay muchos todavía en efecto que acuden al médico o al sacerdote para pedir una autorización, como si la paternidad responsable no fuera un asunto de su exclusiva competencia. Son ellos efectivamente, el padre y la madre, y siempre los dos de común acuerdo, quienes tienen la última palabra en esta decisión. Ellos son los que han de decidir cuántos hijos van a tener y con qué distancia uno de otro. El hombre y la mujer, en su función de trasmitir la vida y educarla, son cooperadores e instrumentos del amor de Dios creador. Por ello, con plena responsabilidad han de cumplir su misión, sin presión de ninguna clase.
Esto no quita, sin embargo, la ayuda que los otros pueden prestar a la familia en su paternidad responsable. Esta ayuda consiste ante todo en la información que los esposos necesitan la mayoría de las veces para que su paternidad sea verdaderamente consciente. Sociólogos, médicos y moralistas-sacerdotes tienen una importante tarea en este sentido, sobre todo si llegan a trabajar interdisciplinarmente respetando las mutuas competencias, pero colaborando para proporcionar a los esposos una información integral y de conjunto.
El sociólogo informará a los esposos sobre la situación demográfica del mundo y particularmente de la región en que viven los interesados. Hay países, por ejemplo el Uruguay, en que urge la afluencia inmediata de sangre joven, si se quiere evitar una esclerosis nacional. Y hay otros, en cambio, en que la explosión demográfica, al menos a corto plazo, plantea problemas ingentes. Aunque no es fácil medir esta gravedad, si tenemos en cuenta que el futuro es en gran parte imprevisible y que muchas de las regiones afectadas por la explosión demográfica tienen en realidad una densidad de población muy baja, corno ocurre con casi toda América latina. No olvidemos lo que dicen los rusos: que cada niño que nace es ciertamente una boca más a alimentar, pero también dos brazos más para el trabajo.
Los médicos deberán informar a los esposos sobre las consecuencias de la paternidad para su salud física y psíquica. Habrá ocasiones, en efecto, en que una nueva procreación sea gravemente peligrosa para la salud de la madre, para la prole que se espera y para el equilibrio psicológico del hogar.
Y finalmente el sacerdote-moralista deberá ser la conciencia crítica, en el Señor, de lo que la paternidad debe ser, de acuerdo con los planes divinos. Debe iluminar a los esposos sobre lo que es el amor y de cómo éste debe vivirse corno encuentro interpersonal abierto a los otros.
Pero no sólo se ha de ofrecer a los esposos la ayuda de la información, para que su paternidad sea verdaderamente responsable. A veces será también necesaria una ayuda en forma de cooperación. Ante las limitaciones de muchos individuos corresponde a la sociedad crear tales condiciones económicas, culturales y sociales que permitan a todos contraer matrimonio, tener hijos y educarlos convenientemente. Esto exige por parte de la sociedad solucionar el problema de la vivienda, crear fuentes de trabajo y centros de educación y garantizar la seguridad social.
Para todo ello la cooperación internacional se hace sumamente necesaria respecto a los pueblos en vías de desarrollo, sobre todo si están sometidos a un grave problema de explosión demográfica, como ocurre en casi todos los países del tercer mundo.
Pero tanto esta información como la cooperación, deben mantenerse, como antes dijimos, dentro de la propia competencia. Sociólogos, médicos, sacerdotes y autoridades deben respetarse mutuamente y no pueden en ningún modo invadir el terreno que no es el suyo, aunque en ocasiones puede ser muy interesante un trabajo en equipo interdisciplinar, en el que cada competencia aporte su punto de vista.
Y en todo caso, nadie debe sobrepasar su misión, ya que hay que respetar siempre la libertad de los esposos, como se dice enfáticamente en la Populorum progressio. Son ellos y sólo ellos los que, después de haberse informado convenientemente, han de tomar una decisión responsable. Las comunidades políticas, económicamente desarrolladas, lo mismo que las grandes fundaciones y asociaciones que operan a nivel internacional, «no deben prometer su ayuda a condiciones, expresas o no, que impliquen la restricción de los nacimientos», corno dicen a su gobierno los obispos norteamericanos 16. Esto sería evidentemente, además de inmoral, «una nueva forma de colonialismo» (Mater et magistra, (III).
Y es tarea urgente de todos los responsables educar a los pueblos más subdesarrollados, para que cuanto antes todos los esposos se sientan realmente capacitados de decidir por ellos mismos lo que atañe a su paternidad.
3) Criterios de la paternidad responsable
El concilio nos dice claramente cuáles han de ser estos criterios:
Los esposos cumplirán su deber de responsabilidad humana y cristiana, mientras con un respeto dócil para con Dios, con un esfuerzo y deliberación común, tratarán de formarse un recto juicio, mirando no sólo a su propio bien, sino al bien de los hijos nacidos o posibles, considerando para eso las condiciones materiales o espirituales de cada tiempo o de un estado de vida, y, finalmente, teniendo siempre en cuenta los bienes de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la misma iglesia. Este juicio se lo han de formar los mismos esposos en última instancia, ante Dios. En su modo de obrar los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder exclusivamente a su arbitrio, sino que siempre se deben dejar gobernar por la conciencia, que a su vez se ha de amoldar a la ley divina, y se ha de dejar guiar por el magisterio de la iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del evangelio (Gaudium et spes, n. 50).
Es decir, los esposos deben tratar de descubrir la voluntad de Dios sobre ellos a través de la situación concreta en que se reencuentran. Ante todo y sobre todo deben estar casados. Lo mismo que se ha de ofrecer a un hijo es un hogar. Pero hay que tener también en cuenta otras realidades. La casa, la salud física y psíquica de los componentes de la familia, las posibilidades económicas y educativas de la pareja y la seguridad social son factores muy importantes que se deben considerar para resolver responsablemente el problema de la paternidad, sin olvidar los carismas en orden a la generosidad que pueden tener las familias en grados distintos a pesar de encontrarse en igualdad de circunstancias objetivas. No hay que olvidar tampoco, como dice el concilio, el bien de la sociedad temporal y de la misma iglesia.
4) Métodos de la paternidad responsable
Según el concilio se han de evitar todos los métodos de carácter cierta o dudosamente abortivos.
La insigne misión de Proteger la vida, que Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres, se ha de llevar a cabo de un modo digno del hombre. Por ello, la vida ya concebida ha de ser salvaguardada con extremado cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables (Gaudium et spes, n. 51).
Es preciso, en este sentido, hacer referencia a la difusión y aplicación de dispositivos intrauterinos, métodos preferidos por los promotores de ciertas campañas anticonceptivas en los países en fase de desarrollo. La ciencia, como vimos al estudiar el aborto, no ha aclarado todavía de manera cierta el momento preciso en que comienza a existir la persona humana. Algunos piensan que esto ocurre en el preciso momento de la fecundación del óvulo. Otros, en cambio, sostienen que hay que esperar para ello a la anidación del óvulo fecundado en la matriz.
Prescindiendo de los métodos abortivos ¿qué métodos tienen a su disposición los esposos para llevar adelante su paternidad responsable en el caso en que ésta les exija no tener hijos por el momento o definitivamente?
El concilio no da sólo un criterio general. Al tratar de conjugar el amor conyugal con la trasmisión responsable de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, que guarda integro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero. Todo método que sistemática y directamente se oponga a la naturaleza de la persona humana y de sus actos es inauténtico y, por lo mismo, inmoral.
En la formulación de este principio hubo grandes y apasionadas discusiones. El principio es, sin duda alguna, una maravilla de equilibrio y sabiduría. Por una parte se excluye con él la abstracción de la ley natural, que no gustaba a muchos, sobre todo si se entiende en sentido exclusivamente biologicista. Se habla de persona y no de naturaleza, como criterio último. Pero, para evitar el peligro del relativismo exasperado, se habla de naturaleza de la persona, con el fin de evitar un personalismo efímero y episódico, que no tendría consistencia. Y se habla no sólo de actos, sino de la persona. Lo que más nos importa hoy a los moralistas es la opción fundamental que compromete a todo el yo, más que los actos particulares. Muchos habían insistido a propósito de la paternidad responsable en que lo decisivo era la vida en su totalidad, más que un acto en particular. La familia que cree en conciencia estar llamada a tener, por ejemplo, cuatro hijos, no debe preocuparse para nada del problema del acto conyugal en concreto. Su vida es fecunda de acuerdo con las circunstancias en que se encuentra y eso basta para ser verdaderamente responsable en cuestión de paternidad. El concilio está de acuerdo que el criterio último es la persona en su totalidad de vida, pero exige que se tengan también en cuenta «sus» actos, no como realidad aislada, sino precisamente como expresión de la persona (17).
Cuando parecía que el concilio entraba en la recta final del problema de la paternidad responsable y todo estaba preparado para abordar el problema de la «píldora», el papa Pablo VI, se reservó el tema para sí y vetó su planteamiento en el aula conciliar. Con ese fin nombró una comisión pontificia encargada de estudiar el argumento y preparar una decisión papal (18).
3. La paternidad responsable y la comisión pontificia
Las diversas composiciones y recomposiciones de la comisión pontificia para el estudio de la paternidad responsable (léase «píldora») nos llevarían muy lejos y son un signo manifiesto de las dubitaciones del papa Pablo VI en este terreno.
En abril de 1967 se filtró a la prensa mundial el borrador de los documentos, mayoría y minoría, dentro de la comisión, que no lograban ponerse de acuerdo a pesar de la insistencia papal. La publicación clandestina de estos documentos causó un verdadero revuelo en la opinión pública. Estaba claro que las dos corrientes de moralistas, la más abierta, mayoría, y la más conservadora, minoría, no lograban ponerse de acuerdo y no eran capaces sino de yuxtaponer sus opiniones, con lo que la decisión del papa se hacía extraordinariamente difícil (19).
En el fondo todo el problema estaba en decidir si el hombre tiene que respetar absolutamente la naturaleza de la sexualidad, considerándola intocable y tabú, o, si por el contrario en éste como en los demás campos, la naturaleza puede ser dominada por la ciencia y la técnica humana para ser puesta al servicio del amor interpersonal y de una paternidad verdadera consciente y responsable. Los conservadores pensaban lo primero y los abiertos lo segundo.
A primera vista la actitud de los conservadores resultaba francamente extraña a los ojos de los no iniciados en la historia de la moral cristiana. En efecto, no se explica uno fácilmente cómo el proceso de la cultura, que es una dominación de la naturaleza virgen por medio de la ciencia y de la técnica y que se ha aplicado sin escrúpulo alguno al cultivo de la tierra, a la domesticación de los animales y al dominio del cuerpo humano (medicina y cirugía incluso por motivos estéticos) sólo en el campo de la sexualidad pueda ser vetado por la moral. ¿No será que está jugando aquí el tabú sexual más que el respeto a la naturaleza en cuanto tal? (20).
a) Documento de la mayoría
1) El magisterio de la iglesia en esta materia no es decisivo
Es cierto, según la mayoría, que la encíclica Casti connubii condena solemnemente toda intervención anticoncepcional en el uso del matrimonio. Sin embargo hoy nadie cree que se trate de una definición dogmática, sino de una afirmación enfática de la doctrina tradicional de la iglesia como reacción a la conferencia ecuménica de Lambeth que había abierto las puertas a la anticoncepción y por temor a una indeseable disminución de la población mundial.
El hecho de que la encíclica cite Gén 38 (el caso de Onán) no es una prueba de que la doctrina de la encíclica sea de revelación divina. Se trata de un texto discutido y no son pocos los que piensan que Onán es condenado no por el empleo de métodos anticonceptivos (la interrupción del acto' sexual) sino por negarse egoísticamente a cumplir la ley del levirazgo (dar descendencia a la viuda del hermano) (21).
La tradición a la que hace referencia la encíclica no es una tradición apostólica o una atestación de fe, sino una forma tradicional de doctrina, formulada de diversas maneras a lo largo de los siglos (22).
El magisterio ha evolucionado desde una noción muy limitada de la naturaleza y de ley natural hasta la doctrina del Vaticano II, que da una gran importancia a la expresión del amor conyugal en el uso del matrimonio.
Múltiples son las razones de esta evolución: la mutación social del matrimonio y de la familia, la promoción de la mujer, la disminución de la mortalidad infantil, los nuevos conocimientos biológicos, fisiológicos y sexológicos, la nueva estimación de la sexualidad y de las relaciones conyugales, el deber de humanizar al hombre y de dominar la naturaleza para ponerla al servicio de la persona humana y el sentido de los fieles, según el cual condenar a los cónyuges a una larga y heroica abstinencia en las expresiones de la vida conyugal no es correcto y responde seguramente a una mala interpretación de las exigencias morales.
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